Capítulo 8.

Primer Acto: Intimidando al Ministerio.

A las seis de la mañana del 2 de Septiembre, en la casa de los Potter estaban durmiendo todos los que se habían quedado en ella. Kreacher fue el primero en despertarse, como de costumbre lo primero que hacía era preparar la colada de la casa, la limpiaba a diario, no había pieza de ropa que no estuviera limpia, seca, planchada y bien guardada, ya fuera en un cajón o en una percha.

La calma y el silencio de aquellas horas, se vio interrumpida cuando el aleteo de una lechuza se aproximaba a la casa. El asistente doméstico se acercaba a la puerta para recoger el correo que estaba a punto de llegar, pero la carta que lanzaron a la casa entró sin detenerse por la ranura que había en aquella puerta, entró girando y así siguió haciéndolo mientras avanzaba por la casa.

El elfo pudo pararla si hubiera querido, pero al ver que llevaba el sello del Ministerio la dejó seguir su camino, aunque luego pronunciara muy bajito: "Amo Potter, ha llegado el correo." Continuando con sus obligaciones se fue al sótano donde seguía en mitad de la colada, "Que no diga luego que no le he avisado.". Sonriendo seguía almidonando y planchando camisas y pantalones.

La carta subía por las escaleras directa al cuarto de Harry, la puerta del dormitorio se abría al paso de esta. Flotando en mitad de la habitación y justo delante de la cama, al abrirse emitió una alarma que sobresaltó a la pareja haciendo que dieran un brinco en la cama.

"¡Aviso urgente al Comandante Auror!" Repetía una y otra vez hasta que el destinatario fue hasta ella y la tocó para que continuara informando de su contenido. "Se requiere su presencia de inmediato en el Ministerio." Tras decir aquello se abrió la carta donde explicaba lo sucedido.

— ¿Qué pasa? —Frotándose los ojos, la señora de la casa se ponía la bata y se sentaba al lado de su marido.

—Me convocan a una reunión con los consejeros del Ministerio. Han desaparecido todos los fantasmas del continente Europeo —Leyendo la información se sujetaban la mano —Está llegando información desde todos lados, anoche a la una de la madrugada desaparecieron.

— ¿También los del Colegio? ¿El profesor Cuthbert Binns…, Sir Nicholas…?

—Aquí dice todos, aunque no especifica si ha afectado a Hogwarts.

— ¿Cómo es posible? Los fantasmas que se quedan en este mundo no pueden desaparecer.

—No sé que pudo haber pasado —Vistiéndose con el uniforme del trabajo lo más deprisa que podía, le seguía hablando a la vez que salía del vestidor saltando sobre una pierna mientras trataba de ponerse el pantalón—. Pero lo cierto es que no están y hay un gran alboroto al respecto.

—Ni me imagino la magnitud, ¿sabes la cantidad de deportistas famosos que hay en forma de espectro? No me puedo creer que todos hubieran desaparecido así de repente —Se encorvaba en la cama triste, al recordar a todos aquellos colaboradores fantasmas con los que se codeaba—. El día se presenta movido entonces —Ella se vestía a toda prisa—. Voy al Ministerio también, supongo que en El Profeta vamos a tener mucho trabajo hoy —Tras estar lista se marchaba del dormitorio diciendo—. Despierto a Luna y la dejo en casa de mi madre, que ella la lleve al colegio después.


A las seis y media de la mañana, la pareja ya había acudido al Ministerio, en el pasillo de las chimeneas ya se encontraba concurrido de gente, muchas de ellas dirigiéndose hacia el edificio de los Aurores. Harry tras apretar la mano de su mujer cuando esta se dirigía al primer ascensor que la llevaría a la planta del periódico, corrió hasta la entrada del edificio y desde allí vio como la sala de espera estaba llena de gente denunciando la desaparición de algún fantasma.

—Señora por cuarta vez se lo voy a repetir, ¿cómo le explico a usted y a los demás que no se puede denunciar la desaparición de una persona fallecida hace años? —No sabían qué hacer en aquella circunstancia, los Aurores podían investigar cualquier rapto o extravío de personas vivas pero de fantasmas era un poco más complicado por no decir imposible.

—Me da igual —Decía indignada la señora que estaba presentando aquella denuncia—. El fantasma de mi tatarabuela lleva en mi casa toda la vida, para nosotros forma parte de nuestra familia como la de cualquier persona viva.

Apartando a la gente que cada vez eran más y más, que acudían de manera urgente a denunciar las desapariciones, Harry fue a la segunda planta donde estaba el personal de guardia. Los ciudadanos que lo veían a su paso, le pedían al comandante que siguiera su caso de forma personal, pero el hombre trataba de tranquilizar a la gente diciéndole que todos serían atendidos.

—En treinta minutos quiero a toda la plantilla de los Aurores en el edificio —Dando aquella orden al personal de guardia, estos comenzaron a escribir cartas urgentes a los miembros del cuerpo para que se presentaran en el edificio lo más deprisa posible.

— ¿Cuál es el plan de acción? —Le preguntaba uno de los del cuerpo que a través de la ventana, veía aquella marea de gente aproximándose al edificio.

—En principio todos tramitando las denuncias, voy a la reunión con los miembros del consejo de Magia, desde que tenga noticias ministeriales trataremos las desapariciones como un único caso común.

—Nos llegan noticias desde otros países, los cuerpos de seguridad se están colapsando ante tanta denuncia.

—Si el suceso ha afectado a toda Europa es normal.

Tras dar las últimas órdenes se dirigió hacia el edificio principal del Ministerio, donde el consejo se reunía, a pesar de ser las siete de la mañana había tal cantidad de gente por allí que los ascensores estaban a reventar.

— ¡Harry! —Mientras esperaba su turno para coger un ascensor, escuchó la voz de Hermione que también llegaba al ministerio, y la esperó a que llegara hasta él para tomarlo juntos—. Vamos a la misma reunión, también han convocado a los del Departamento de Seguridad.

Ambos subían al ascensor que les llevaría a la sala del Alto Tribunal, aunque tuvieron una desagradable visita. La reportera Verónica Fletcher también aparecía de entre la multitud y subía con ellos en el ascensor.

—Parece que nuestros caminos están destinados a chocar Harry —La periodista venía vestido con otro traje ceñido color chocolate, le pedía al encargado del ascensor que la dejara en las dependencias de El Profeta—. Espero que este desafortunado contratiempo no te impida cumplir tus compromisos, hoy te debes en exclusiva a la prensa —Sonriéndole ignoraba a Hermione que estaba al otro lado.

—Puede que hoy tenga el día más ocupado de lo esperado.

—Mejor aun, así podre ver en primera persona como el comandante de los Aurores maneja una crisis —Aunque notara la mirada penetrante de Hermione, que la observaba incrédula ante la falta de empatía y educación de aquella chica, esta actuaba como si no estuviera allí—. No veo el momento de verte en acción… —Bajándose en su planta le guiñaba el ojo y solo le sonreía—. Me organizo y subo a la novena planta, a esperas de que termine la reunión, pienso seguirte todo el día.

— ¿Quién era esa arpía? —hablando bajito para que los otros ocupantes del ascensor no escucharan, le preguntaba.

—Un problema que me ha surgido.

—Pídemelo y la trasformo en una repugnante cucaracha.

—Mejor que no, no quiero líos con la prensa.

Poniéndose en marcha, el montacargas seguía su camino hacia las otras partes del Ministerio parándose en los diferentes departamentos dejando más gente. Tenían que llegar a la novena planta del edificio, desde donde podrían acceder al décimo piso que era donde se encontraba el Alto Tribunal, allí se reuniría el consejo, aunque lo hicieron con una antelación de quince minutos.

Al salir en aquella planta, a la que muy pocos tenían acceso, su ambiente seguía igual de tétrico, con sus paredes en azulejos negros. En una de las desviaciones, a unos veinte pasos hacia delante de la salida del ascensor estaba la puerta que daba a la sala de las nuevas profecías. Tras haber pasado más de dos décadas desde que fueran destruidas, se había vuelto a llenar de nuevas predicciones y para mayor seguridad, contaba siempre con dos guardias en la puerta y un poderoso hechizo de protección que impedía el paso.

Al ver que la sala del Alto Tribunal donde les habían citado estaba aun cerrada, mientras esperaban al inicio de la reunión daban una vuelta por toda la novena planta que era de grandes dimensiones y como solían estar por allí muy pocas veces, aprovechaban para explorarla cada vez que tenían la oportunidad.

— ¿Qué crees que ocurre Harry? —Durante su trayecto había multitud de desviaciones oscuras, que daban a siniestros pasillos.

—No tengo ni la menor idea, pero aún es pronto para ir sacando conclusiones —Ambos se paraban justo delante de una pared de energía traslúcida, que impedía el paso hacia un largo pasillo aun más oscuro que los otros pero este no tenía salida, al final había una rejilla circular en el suelo, no había nada más en la pared del fondo de aquel pasillo que la rejilla, que se congelaba y descongelaba a ratos—. ¿Qué hay allí?

—Es el espacio de confinamiento de los Dementores más peligrosos, al menos hay diez mil individuos encerrados allí, muchos de ellos fueron liberados durante la segunda gran guerra y se pusieron del bando del Señor tenebroso hace casi veinte años, son muy resistentes a los Patronus.

— ¿No deberían de estar en Azkaban? Al menos eso tenía entendido yo.

—El Departamento de Misterios tiene muchos secretos Harry, secretos que no tiene ni acceso el comandante de los Aurores. Estos Dementores no se comportan como los otros, algo modifica su conducta y el Ministerio ha optado por el confinamiento extremo.

—Pero si casi no tienen personalidad, se comportan como un enjambre. ¿Qué crees que es?

—No lo sé, pero llevan encerrados algunos siglos. Después de la Segunda Guerra Mágica, el Ministerio, destinó a los que no se habían pasado al bando oscuro a la vigilancia de la prisión pero a los que sí lo hicieron, ante su imposibilidad para deshacerse de ellos, los confinaron aquí abajo con los otros.

— ¿No es como guardar una bomba de relojería?

—Mejor aquí que en ningún otro sitio, los vigilantes que custodian esta planta producen los Patronus más poderosos que se conozcan.

—Disculpen —les interrumpía un miembro del personal de aquella planta—. La reunión empieza.

Corriendo, volvieron a presentarse en la sala del alto Tribunal, en la décima planta, que esta vez tenía el acceso abierto. Allí se había reunido todos los miembros del consejo, que estaban siendo presididos por el Primer Ministro Kingsley Shacklebolt. Estaban todas las grandes autoridades de los diferentes departamentos reunidos, el graderío que rodeaba aquella sala estaba repleto de autoridades.

—Todos hemos sido informados del motivo por el cual nos han convocado —El Primer Ministro, con sus manos en el púlpito presidencial, miraba a todos los asistentes—. Muchos hemos perdido a grandes amigos anoche.

De repente un gran alboroto surgió entre todos, el suceso había afectado muy de cerca a muchos de los allí presentes, que tenían algún antepasado viviendo en su casa, o bien conocían a grandes personajes de otras épocas.

—Senadores, por favor un poco de calma —Trataba de tranquilizar al resto, para que empezaran a hablar de uno en uno—. Es un hecho del que no tenemos precedentes.

—Disculpe Ministro —Otro de los senadores le interrumpió, se trataba de Yusuf Stevenson, un hombre de unos sesenta años, de origen escocés, metro sesenta de altura, delgado, pelo poco poblado—. Pero si hay precedentes —El que había interrumpido era un erudito en lo que fantasmas se refería, sacaba unos manuscritos antiguos y los abría—, pero se remontan tan distantes en el tiempo como en su ubicación, que ya se les daba por olvidados. Hay investigaciones de desapariciones espectrales en el mundo, pero estos se remontan a varios siglos atrás: En el siglo XIII DC, en el continente asiático, en concreto en la India, se registran numerosos rumores de la desaparición de los fantasmas en aquel país. También hay registros de numerosos testigos que en el siglo X, también por aquel continente pero esta vez en China, fueron testigos de la desaparición de los fantasmas. Y si nos remontamos aun más en el tiempo, cada un indeterminado número de siglos se produce algo parecido, en diferentes países en cualquier continente.

— ¿Por qué solo hablas de rumores? —le preguntaba la máxima autoridad de aquella sala— ¿No hay nada documentado?

—Durante toda mi vida, he viajado por el mundo en busca de información sobre leyendas y mitos. En el caso de los fantasmas, por increíble que parezca…, lo único que siempre he descubierto son nada más que habladurías trasmitidas de generación en generación. Pero ningún registro documentado y en su defecto, archivado en cualquiera de los departamentos mágicos del mundo.

—Y en esos rumores que dispones… —Harry no pudo evitar intervenir—, ¿hay alguno en que explique cualquier indicio del fenómeno que lo produjo?

—Solo obtuve un dato llamativo remontándome al siglo III AC. Las fábulas que encontré hablan de la Triste Melodía que precedía a la luz del otro mundo, pero poco más, datos inconclusos y mucha exageración…. Pero… —dejaba un tiempo en sus palabras en los que pareciera respirar profundo— Sea lo que fuere solo podemos hacer conjeturas por las lagunas informativas que deja cada vez que se produce, no hay nada documentado durante décadas.

Al decir aquellas palabras se produjo un nuevo silencio en la sala, donde todos se quedaron pensativos. Harry que sabía de un acontecimiento similar, producido en la residencia de la profesora McGonagall a principios del verano, sopesó compartir aquellos conocimientos con el resto de autoridades, pero podría alterar la vida de aquella mujer de avanzada edad que solo quería descansar.

El consejo estuvo debatiendo los pasos a seguir, querían conjuntarse con el resto de autoridades Europeas para encontrar una explicación a tal extraño suceso. La reunión se alargó durante algunas horas.

Al término de aquel cónclave, todos se fueron a sus respectivos departamentos. Al salir Harry y Hermione caminaban a la par en dirección al ascensor, fue entonces cuando decidió contárselo. Separándose del grupo principal de senadores y otros administradores, se reunieron en un desvío. En uno de los muchos que había en el departamento de misterios.

Ginny llegaba también a aquel desvío portando noticias. Aunque a la prensa no le solían permitir el acceso a toda aquella curiosa planta, los reporteros que quisieran acudir allí, tenían que resignarse a quedarse tan solo a unos metros del ascensor de entrada. En el caso de la pelirroja, al ser la mujer de Harry, sí que se lo consintieron. Al encontrarse con ellos abrazó a su marido.

—Confirmado, todos los fantasmas de Hogwarts han desaparecido, los cuatro fantasmas de las casas, nuestro profesor, Myrtle, inclusive el pesado de Peeves, no hay rastro de ninguno de ellos.

— ¿Quién ha podido hacerlo?

—Tengo que contaros una cosa: —Harry sujetando las manos de las dos chicas, las apartaba aun más de los pasillos para hablar en confidencia— El otro día, cuando fui a ver a nuestra profesora me contó algo que me inquieta, pero me hizo prometer que no le diría nada a nadie. Pero la situación se ha descontrolado hasta el punto que tengo que contárselo a alguien.

— ¿De qué se trata?

—Tiene que ver con la desaparición de los fantasmas: a principios de verano hubo un acontecimiento parecido, pero de baja magnitud y nadie pareció darle mucha importancia. Desaparecieron todos los espíritus de la planta donde descansa la profesora, logré que otros fantasmas me contaran que había pasado y estos me dijeron que escucharon una melodía que les hacía ir hacia la luz.

— ¿Sabías eso y no se lo has dicho al consejo?

—Hay más, pero hice un juramento de no contárselo a nadie. Si queréis saber más, tendríais que ir a preguntárselo a la profesora McGonagall en persona, pues no pienso romper el juramento que le he hice.

—Pero debemos alertar.

—No sé si sería peor el remedio que la enfermedad, sea lo que fuere, se deshizo de lo que molestaba a la profesora. Si ahora alerto al ministerio, puede que haga lo mismo con todo aquel encargado de vigilarla. No sé qué hacer…. —De repente sintieron como temblaba la estructura del edificio y la gente comenzaba a correr hacia los ascensores—. ¿Ahora qué pasa? —Otro nuevo temblor se produjo.

— ¡Nos atacan! —decía uno de los vigilantes que corría por los pasillos, escoltando a los miembros del consejo de nuevo al Alto Tribunal donde los protegerían.

— ¿Quién se atrevería a realizar una incursión en este lugar?

— ¡Tienes que verlo para creerlo!

Harry abrazaba a su mujer a la vez que notaba como algunos Senadores trataban de Aparecerse para huir de allí, pero todo intento de escapar había sido neutralizado. No había forma de trasportarse a lugar seguro y el lugar más protegido seguía siendo el Alto Tribunal.

— ¿Qué hacemos? —Hermione se apartaba dejando pasar a los consejeros.

—Quedaros aquí. Esta planta es una de las más seguras de todo el Ministerio.

Corriendo se dirigía a los ascensores en los que había un tumulto de periodistas, tanto nacionales como internacionales acotados por un desconcertado cordón policial. Ni policías ni reporteros sabían qué hacer ante aquella situación excepcional y, en el caso del segundo grupo, esperaban el ascensor para repartirse donde, cada cual, creería que estaría más seguro.

Apartando a la gente se introducía con sus hombres en el montacargas para enterarse de lo que aconteciera fuera.


Cinco minutos antes de que la cosa se descontrolara, a las diez menos cinco de la mañana, la zona del ministerio estaba hasta reventar. Los periódicos se vendían como rosquillas, con noticias sobre lo acontecido durante la noche, los rotativos solo ponían conjeturas, testimonios de los que habían presenciado algo, pero muy pocas noticias reales. No cabría imaginarse tremendo lío se armó por la desaparición de los espíritus.

Cuando el reloj dio las diez, en el largo corredor donde estaban los portales de acceso, la materia pareció desdoblarse. Una distorsión espacio temporal, que ocupaba un radio de unos dos metros y medio, hizo que la gente se apartara preguntándose que se estaría trasportando hasta allí.

Cuando aquella distorsión se disipó, aparecieron de la nada cinco personajes, vestidos con unas túnicas negras de batalla, con un semblante muy amenazante, sujetando un pequeño objeto con la mano izquierda y con una varita de cristal, cada cual en diferentes colores, en la mano derecha.

Los transeúntes al verlos, se detuvieron al reconocer a varios de ellos. En una formación de 2 1 2, en la que eran las dos mujeres las que estaban en la delantera del grupo. Amanda Parker y Tiffany Tuner estaban a la vanguardia, en la zona central estaba Igor Morris y en la retaguardia William Wood y Jacob Smith.

Los que se habían apartado a su alrededor, no daban crédito que fueran en realidad, diversos personajes buscados por la ley los que habían ido hasta aquel protegido lugar, y comenzaba una agitación retirándose de su lado. Los nuevos invitados, lejos de preocuparse por tanta atención, sonrieron mientras algunos de ellos, sobre todo los tres que se encontraban más hacia delante, estos guardaban la figurita que tenían en su mano izquierda en el interior de la túnica.

Cuando Amanda, Tiffany e Igor dieron unos pasos hacia delante, dejando a tras a los otros dos, la primera de los tres, con su varita roja, la extendió hacia delante emitiendo un grito enloquecido a la misma vez que una onda expansiva salía de ella proyectada hacia delante. La gente que se cruzara a su paso salía despedida por los aires sin ninguna piedad, pero sin llegar a estrellarse contra las paredes, se quedaban flotando en el aire paralizados. Por su parte, aquella energía causaba un enorme temblor y destruía las fachadas, ventanas y cualquier clase de mobiliario que se le cruzara en el camino.

El chico de aquel trío de avanzadilla, que portaba la varita verde, se le estaba partiendo el alma de risa al ver las caras de aquellos pobres infelices que flotaban en el aire sin poder hacer nada. Por parte de la otra mujer, que tenía la varita violeta, su cara era un enigma, no mostraba emociones ni sentimientos.

El pánico pareció cundir, pero la misma que había provocado la primera onda destructiva, con la misma actitud enloquecida, provocó una segunda onda expansiva hacia el otro lado del conducto. Esta nueva fuerza desatara, traspasó a sus compañeros sin hacerles el menor daño, e impactaba de lleno en las personas que se agolpaban por allí provocándoles el mismo efecto.

Con la fuerza de su energía, bloquearon todos los portales de salida del Ministerio y esta se extendió por todo el recinto subterráneo, evitando que cualquiera pudiera escapar por una Aparición.

— ¡Vamos a divertirnos un rato! —con voz enloquecida y siniestra, la de la varita roja avanzaba entre la destrucción provocada.

—Yo… —De los dos que se habían quedado rezagados, Jacob aun mantenía aferrado el peón de oro negro en su mano. El joven estaba lleno de dudas y mientras miraba aquella pieza, William le observaba muy atento—. Yo no soy el peón de nadie —Sin pensárselo dos veces, arrojó aquella pieza a una de las chimeneas clausuradas, a través de los barrotes, haciendo que esta brillara y desapareciera.

—No serás el peón de nadie —Su compañero, que había observado aquel acontecimiento, seguía aferrando la pieza que le pertenecía y la guardaba en un bolsillo interior de su túnica—, pero tenemos órdenes. Ninguno de los aquí presentes quiere deshacerse de este nuevo poder, así que cíñete al plan, haz lo que te han pedido que hagas y cuando hayas cumplido las órdenes, solo entonces haz lo que te dé la gana.

—Por suerte, mis órdenes son pocas, dentro de poco seré libre.

— ¡Tenemos compañía! —decía la de la varita roja, admirando como un destacamento de las fuerzas del orden se aproximaba a repeler su intrusión.

—Dejádmelos a mí —Igor sintiéndose con un poder inimaginable, su varita brilló con tal intensidad que le cubrió por completo.

Para sorpresa de todos los que observaban, aquel personaje llevando la varita a su pecho se fusionaba con ella y adquiría un tamaño enorme a la vez que tomaba la forma de una serpiente acorazada.

Aquel reptil con forma serpentina, tenía afiladas escamas en colores verdosos aunque algunas pocas eran en color negro, en la zona de la cabeza era un más espinosa y portaba dos grandes cuernos. Con ojos hipnóticos, sus pupilas tenían la forma de la varita con la que se había fusionado. Tenía un tamaño de más de cincuenta metros de largo y de un grosor de dos metros de diámetro. Podía moverse a gran velocidad, creando una barrera ante el cuerpo de seguridad que sin miramientos le lanzaba toda clase de hechizos para derribarlo, pero para sorpresa de todos los allí presentes, estos conjuros le impactaban sin hacerle el menor daño.

La gente, que no se había visto afectada por la primera oleada, trataba de huir como pudieran de allí buscando refugio. Pero una nueva onda expansiva, provocada por la enloquecida Amanda, los volvía a dejar noqueados e imposibilitados para defenderse. La serpiente avanzaba apoderándose de la gran plaza central, aunque pudiera aplastar a la gente que tuviera delante, este los apartaba sin matarlos.

Harry Potter salía del edificio principal encontrándose con aquel panorama, todo el cuerpo de los Aurores tratando de neutralizar aquella penetración sin hacer el menor daño a los enemigos, aunque solo tuvieran a tiro a los tres que iban de avanzadilla. En la retaguardia se habían quedado los otros dos, que miraban los ojos de pánico de todos que habían presenciado el paso de sus tres compañeros. Estos individuos, ni hacían el amago de sacar una varita por si acaso aquellos dos fueran, al igual que sus aliados, inmunes a los conjuros.

— ¡Formación defensiva! —El comandante, que estaba perplejo ante el tamaño de aquella gigantesca serpiente, ordenó a toda la plantilla que creara un muro de energía defensivo que les impidiera el paso.

"¡Protego Totalum!", "¡Fianto Duri! gritaban todos los magos, tanto los Aurores como los que portaban varita y pudieran utilizarla. Comenzaron a crear una barrera defensiva que podría pulverizar a todo aquel que tratase de traspasarla. Pero sin que le hiciera nada, la serpiente primero la atravesó como si fuera aire dejando estupefactos a todos. Las siguientes en traspasarla fueron las mujeres, que tampoco les hizo ningún efecto. El siguiente fue William que ocurrió más de lo mismo, pero cuando Jacob trató de traspasarla se dio de lleno contra una pared, no fue destruido pero no pudo atravesarla dejando sorprendido al resto de su grupo.

— ¡Eres un completo inútil! —Volviendo a reírse de manera frenética, su risa contagiaba a la de sus compañeros que observaban como los Aurores habían logrado frenarlo. Amanda se burlaba de su compañero de armas todo lo que le dio la gana—. ¿Por qué te hacen efecto los hechizos?

— ¡Será porque no me hace falta que me inmunicen contra unos insectos! —Furioso, provocaba una poderosa ráfaga de energía naranja que destruía aquello que no le dejaba avanzar—. ¡A mí no me detiene nadie! —Miraba al único de sus compañeros que había presenciado el momento en el que tiró la figurita del ajedrez.

— ¿Queréis dejarlo ya? —El que ahora era una gigantesca serpiente podía seguir pronunciando palabra, solo que ahora era más sutil e hipnótica—. Vuestros ataques no me hacen daño pero hay que admitir que son un poco molestos —Les decía a los que aun seguían guardando la esperanza de detenerles. Sus pupilas brillaron más de lo normal y todo aquel que le mirara a los ojos se quedaba paralizado durante un buen rato—. ¿No tenéis algo que hacer? —les comentó a sus compañeros para que se adentraran en las dependencias del ministerio.

—Destruiré a todo aquel que se interponga en mi camino —Jacob, aun furioso, se dirigía al edificio principal, acompañado por las dos mujeres solo que era una de ella la que aun se reía de él.

—Respeta las normas compañero —le advertía la enorme serpiente—. Recuerda lo que tenemos que hacer el resto si se te ocurre matar a alguien, solo habrá una muerte mientras los cinco estemos aquí.

—Lo tengo muy presente —Sin piedad lanzó un conjuro que catapultó a unos cuantos contra las paredes, pero antes de que se estrellaran contra ellas los detuvo antes de que muriesen aplastados.

—William, ya sabes lo que tienes que hacer —El que se había trasmutado, sería el único que se quedaría en la plaza central.

El susodicho personaje que portaba varita azul, avanzando decidido, apartaba a todo aquel que se le interpusiera en el camino. Aunque los Aurores tratasen de evitar que fuera hacia su fortín, estos no pudieron hacer nada por impedirlo. La única forma era alguna clase de ataque físico, pero tampoco había muchas formas de acercarse lo suficiente como para lograr alcanzarle, pues, aparte de contar con una extraordinaria fuerza, con poderosas pulsiones de energía repelía sin ninguna piedad a todo el que se aproximaba.

Harry, al ver como sus hombres estaban siendo vapuleados, trató de cruzarse en el camino de ese personaje pero este le agarró el cuello y con una fuerza sobrehumana lo mantenía en el aire, asfixiándolo. Luego lanzó unas corrientes de aire a modo de huracán a su alrededor, para evitar que nadie se aproximara mientras lo estaba asfixiando.

—El flamante Harry Potter, quien me iba a decir a mí que estaría sujetando tu garganta —Apretándole aun más el cuello, estaba cerca de rompérselo ante la atenta mirada del que se había trasformado en serpiente. Este, con sus hipnóticos ojos, lanzó otra pulsión que paralizó a toda la gente que había en la plaza para que nadie acudiera en su ayuda—. Tu cuello parece tan frágil, podría partírtelo ahora mismo si quisiera pero… aun no es el momento —Notando como lo había dejado sin conocimiento, lo soltaba sin miramientos y caía en el suelo—. Me gustaría matarte ahora mismo pero… hoy es tu día de suerte.

Adentrándose en el edificio de los Aurores, muchos ciudadanos habían acudido a refugiarse en el interior, cuando se personó allí sufrió una consecución de impactos mágicos de todo tipo. Por desgracia ninguno le hizo el menor efecto y solo sonreía al ver la cara de inútiles que se le había quedado al cuerpo de seguridad del Ministerio.

Sin que nadie se lo pudiera impedir bajaba hacia las plantas inferiores, como siempre todo el que se le interponía era dejado KO, este personaje descendía hacia la zona de los calabozos y al final se detuvo justo delante de la sala de archivo de pruebas y antiguos casos. Dentro aun estaba el personal encargado de salvaguardar todos aquellos objetos y archivos olvidados que, expectante, esperaba detrás de la protección mágica. Sus ojos no dieron crédito a lo que aconteció pues, como si fuera aire, la atravesaba tanto esta como la puerta que lo separaba y se presentaba ante el empleado que bajando su varita, se rendía.

—Largo de aquí —Mirando al Auror que estaba aterrado, este le hizo caso y abriendo la puerta de aquella recámara, se marchaba escaleras arriba.

— ¿William? —De repente escuchó una voz, el único preso que había en las dependencias le hablaba al que se había personado allí.

— Vladimir —Pareciese que se conocieran pues se saludaban como amigos—. Veo que al final has acabado entre rejas.

—Estos magos se piensan que pueden sepultar a los Mortífagos —Sujetando los barrotes de su celda, le sonreía dejando ver su podrida dentadura—. Tú escapaste de tu prisión, lograste fugarte de Azkaban, tal vez podrías ayudarme a fugarme a mí.

—Lo de Azkaban fue una larga historia —Apuntando a la puerta de la celda la destruía dejando libre al prisionero—. Reúne a los magos oscuros, diles que seré su nuevo comandante, que no tendrán que ocultarse más. Mi marca será aun más dolorosa de la que era la de Voldemort y solo los que la lleven, podrán formar parte de mis fuerzas donde seremos fuertes e imparables — Le dejaba que acudiera a la sala de objetos requisados para que recogiera su varita y sus objetos personales.

—Después de la que has montado allá arriba, creo que no tendrás problema de reclutamiento, los magos oscuros te seguirán.

— ¡Incendio! —Gritaba a la vez que poderosas llamas, en forma de animales salvajes, prendían fuego a toda aquella sala. Unas potentes llamas lo consumían todo.

Sonriendo al ver como el fuego devoraba por completo aquella sala, volvía a la plaza central escoltando al preso liberado para que una vez fuera, este transformándose en un ser vaporoso oscuro se marchara libre. Dentro de aquella sala que había sido prendida entera, todo menos una única caja se veía calcinado, aquella caja que contenía un archivo parecía inmune a aquel fuego provocado.


En otra parte de aquel mismo lugar subterráneo, dentro del edificio principal del Ministerio, en el interior avanzaban los otros tres componentes del grupo. La gente que había optado por resguardarse en aquel edificio estaba agazapada, habían visto que atacarles no servía de nada y lo mejor era resguardarse.

Hicieron que llegara el ascensor que estaba repleto de gente que trataba de evacuar el edificio, al verles dos de los tres magos lanzaron un conjuro que los aplastó a todos contra la pared del fondo, dejando espacio suficiente para poder ir ellos cómodos en el ascensor.

Aquellos pobres desgraciados, con los ojos abiertos por completo, incrédulos por la sorpresa de verse así tan de repente, permanecían en silencio. El único que no había sido empotrado con la masa de gente que se agolpaba al fondo, era el encargado del elevador, que mirando con pavor a los tres nuevos ocupantes se apartaba un poco y se pegaba a la pared.

—Que confortables son los ascensores del Ministerio —decía la chica de varita roja a la otra, esperando a que el encargado cerrara la puerta. Cansada de esperar le dio un golpe en la nuca al empleado para que reaccionara e hiciera su trabajo.

— ¿Planta? —Preguntaba con voz entrecortada y con mucho miedo.

—Departamento de Seguridad Mágica —El tal Jacob pronunciaba aun enfadado por las constantes burlas de su compañera, que seguía preguntándole el porqué de que solo a él le afectaban los hechizos, pero esté no le decía palabra.

Al llegar a su destino, fueron interceptados por un comando defensivo, que les atacó con todo hechizo disponible. El hombre, en mitad de un griterío por parte de los que estaban al fondo, fue el único que tuvo que hacer movimientos evasivos y contraatacándolos los neutralizaba, pues a las mujeres no les hizo el menor daño y ni se dignaron a responder aquellos ataques.

—Departamento de Seguridad Mágica —Cuando la constante ráfaga de golpes cesó, cada vez más pegado a la pared donde estaban los botones de dirección, el empleado estaba aun más aterrado, al igual que la gente que se agolpaba al fondo— ¿Planta? —Como las dos mujeres se habían quedado dentro, les preguntó el destino al que querían llegar.

—Llévanos al Departamento de Misterios —La que tenía una actitud más enloquecida, saltaba de alegría al ver cómo podían ir a donde quisieran, cerrando la puerta partieron hacia su destino.

En la planta donde se había bajado el hombre, avanzaba por los pasillos en una dirección muy concreta. Como si se veía afectado por los hechizos, tenía que defenderse de los guardianes que se cruzaban en su trayecto, así como destruir cualquier barrera protectora que hubieran puesto en su avanzar. Aunque no le costaba mucho deshacerse de las defensas del Ministerio.

Cuando por fin pareció llegar hacia donde tratara de dirigirse, ahora estaba justo delante de la Cámara de Archivos Secretos del Ministerio, que tenía una gran y gruesa puerta blindada hecha en oro. Aquella antesala a la gran recámara, donde se guardaban los documentos más importantes del Ministerio, era espectacular. Amplia, rectangular, con grandes columnas cuadradas, todo en tonos dorados e iluminados con luz amarilla. Había inclusive un largo mostrador que ocupaba todo un lateral, donde una trabajadora encargada de los registros estaba escondida bajo esta, junto con otros empleados, no se les veía pero si se escuchaba sus nerviosas respiraciones.

Preparándose para derribar la última barrera que lo separaba de su objetivo, los últimos defensores de aquella planta llegaban y le atacaban por la espalda. Sus hechizos lo catapultaron hacia la puerta acorazada, consiguiendo que se estrellara contra ella, pero sin muchos más daños que unos cuantos moretones. La túnica que llevaba le había protegido bastante bien.

Furioso se ponía en pie y provocaba un contraataque hacia aquellos infelices que fueron sacudidos sin piedad en todas direcciones, hasta el punto de casi matarlos. Cuando por fin se tranquilizó de su ataque de ira, los dejó en paz y emitió un suspiro de alivio al notar como las víctimas de su cólera aun respiraban.

Sin nada más que se interpusiera en su camino, destruyó la puerta rebelando lo que había en su interior. Al ver aquella sala repleta de grandes estanterías de archivadores, que a modo de complejo laberinto, se extendían hasta donde alcanzara la vista. Eran muy altas y todas las estanterías estaban repletas de cajones enumerados donde poder guardar toda la información que había recopilado el Ministerio durante milenios.

Caía arrodillado por la emoción y con los ojos brillando al estar por segunda vez en su vida dentro de aquella sala, solo que esta vez nadie sería capaz de expulsarlo de allí. Tratando de no llorar ante la emoción, se ponía en pie y se movía por la sala. Todos los cajones estaban enumerados y parecía irse hacia algunos en concreto.

Parándose delante del cajón del archivo número 32.590 lo abrió y sustrajo las carpetas que había allí; siguió hacia el cajón número 120.999 y también sustrajo lo que había allí dentro. Por último se detuvo delante del número 1.224.421. Con las tres carpetas en la mano, se marchaba por donde había venido. Aunque antes de salir de la gran sala, en la entrada se dio la vuelta admirando todo aquel mar de información.

—Tiene que ser mío, lo quiero todo —decía hablando solo, ansioso por hacerse con todos aquellos archivos secretos. Pero dejando de lado su avaricia, continuó con lo que había ido a hacer allí y salía hacia el exterior.


En la novena planta, las dos mujeres habían llegado al departamento de Misterios, donde fueron interceptadas por un grupo de magos defensores. Estos, para su desgracia, no pudieron hacer nada ante ellas, Amanda los estampaba de una pared a otra sin piedad hasta dejarlos fuera de combate.

Impidiendo que el ascensor se fuera, retuvo tanto al encargado de este como a toda la gente que se aplastaba al fondo en aquel sitio, esperando su vuelta. Tiffany se dirigía hacia el Alto Tribunal, donde estaban los senadores protegidos por un destacamento de Aurores. En otro lado de aquel departamento, Amanda se divertía estampando contra las paredes a sus enemigos a medida que llegaba a la cámara de las profecías.

— ¡Alto! —Hermione y Ginny se interponía al paso de la que portaba la varita roja, atacándola con todo hechizo que conociesen—. No tienes derecho a estar aquí.

— ¿Qué no tengo derecho? —Tras catapultar a Ginny contra la pared dejándola inconsciente, apuntaba con su varita y aprisionaba a Hermione, la atraía hacia sí—. Escúchame miserable insecto, ahora mismo soy una de las cinco personas más importantes de todo el Reino Unido, me atrevería a decir que del mundo —Le estaba provocando un daño tremendo a la mujer, que no podía evitar gritar ante el dolor—. Me gustaría escuchar como crujen todos tus huesos, pero… puede que eso lo deje para más adelante.

— ¿Quién eres? —le preguntaba entre lágrimas, el dolor era insoportable.

— ¿Quién soy? Soy tu peor pesadilla, te aseguro que voy a disfrutar destruyéndote Hermione Granger, pero dejaré que pase el tiempo, te aseguro que no me verás venir y cuando lo haga vas a gritar, gritarás mucho y lo mejor será que nadie podrá salvarte —Con cara sádica la dejaba inconsciente por el dolor—. Eso es, duérmete, que cuando vuelvas a caer en mis manos no tendrás tanta suerte.

Aunque otros vigilantes llegaran para defender la planta, todos fueron noqueados en unos pocos segundos. Con todos sus oponentes por los suelos, se disponía a proseguir su camino, aunque se paró al escuchar una voz femenina que también andaba por allí.

— ¡Por fin! Otra mujer fuerte y decidida, de las mías.

Verónica Fletcher había llegado a aquella planta junto con la comitiva de periodistas que se agolpaba en la zona de prensa, momentos antes de que todo se descontrolase. En lugar de marcharse de allí como, todos sus colegas de profesión, aprovechó el desconcierto del cordón policial para quedarse allí cotilleando la planta que estaba vetada a la prensa. Sin hacer el menor gesto agresivo se aproximaba hasta ella sin pisar a ninguno de los que estaban desmayados por los suelos.

—Daría lo que fuera por contar tu historia al mundo.

— ¿Quien diantres eres?

—Soy Verónica Fletcher, periodista de El Profeta y una reciente admiradora tuya, eres una joven con tanto potencial que costaría no admirarte.

— ¿Quieres entrevistarme?

—No sería una entrevista en toda regla, por lo que deduzco creo que tienes una cierta enemistad con Hermione Weasley. Te conseguiré todos los datos que sean necesarios sobre ella, donde vive, donde estudian sus hijos, donde esta todo lo que le es querido. Además de eso podría catapultar tu fama hasta límites insospechados pero antes de eso… —Se acercaba al oído de la mujer que no mostraba síntomas de estar nerviosa—, todo eso te ofrezco a cambio de un pequeñísimo favor: ¿te importaría matar a Ginny Potter? —le decía aquello indicándole con la mirada cual era la víctima que quería que ejecutase—. Si lo haces te prometo que te encumbraré ante la prensa, además de proporcionarte toda la información que quieras.

— ¿Por qué no lo haces tú mismo? La tienes servida en bandeja, solo tienes que hacerlo, nadie se dará cuenta.

—No quiero que por algún malentendido me descubran, quiero a esta mosquita molesta muerta, pero no quiero ser yo la que la mate.

—Meditaré tu propuesta, de momento tengo asuntos de los que ocuparme. Puede que me ponga en contacto contigo y concretemos nuestro acuerdo, siempre he deseado ser famosa en el mundo entero —Victima de unas ansias de notoriedad, en principio aceptaba verse más adelante.

Marchándose, la reportera como la que huía de allí despavorida, dejaba sola a la intrusa que llegaba a la Cámara de las Profecías. La guardia que la protegía hasta su último aliento fue derrotada y con el acceso libre, la mujer la abría sin que opusiera resistencia. Dentro estaban todos los nuevos augurios que se habían ido acumulando a lo largo de dos décadas.

— ¡Malditas! —gritaba en mitad de aquella enorme sala que estaba repleta de altas estanterías—. Me habéis arruinado la vida y es hora de que os devuelva el favor.

Sonriendo y con una enloquecida actitud pronunciaba con todas sus ganas "¡Reducto!". Provocando una destrucción en forma de onda expansiva hacia todas direcciones, todo se desintegraba sin remedio.

La amplia sala, en mitad de un tremendo estruendo, era disgregada a excepción de una pequeña esfera muy en la distancia. Una de las profecías que caía desde lo más alto no se rompió, caía al suelo sin fracturarse. Lo único que perdió en su camino fue el nombre de su destinatario. Al verse enseguida cubierta de polvo y escombros, pasó desapercibida ante la que había provocado aquel desastre, que saltando de alegría daba una vuelta ante la destrucción provocada.

—Mataré al que vuelva a formular una profecía —Salía de la cámara encontrándose con los que estaban heridos en el suelo a los costados de la puerta, fue a estos a los que lanzó la severa amenaza. Luego siguió su camino hasta dar con el pasillo en el que se volvió a encontrar con las dos chicas que había dejado KO, en el suelo— A ti, te mataré por interés —Sin que esta se enterara, se estaba refiriendo a Ginny—. Pero a ti, querida Hermione, te mataré por puro placer —Le decía aquello a la que aun permanecía inconsciente. Cuando no le quedaba nada más que hacer se fue al ascensor, que aun seguía paralizado en aquella planta y volvió "sola" hacia la salida.


Por último, en aquella misma planta, Tiffany llegaba hacia la subida al Alto Tribunal, todos los defensores que estaban apostados en la entrada la atacaron sin provocarle el menor daño. Siempre muy silenciosa se aproximaba hacia ellos que no sabían qué hacer para detenerla, su paso era frío como el hielo y su presencia daba miedo.

"¡Alto!", le gritaban los defensores como último recurso para frenar su avance, por increíble que pareciera lo consiguieron pero solo por un momento, pues emitiendo una fría y sanguinaria sonrisa de persona perturbada, todos se estremecieron al ver aquellos ojos grandes de la mujer siniestra, que apuntándoles con su varita se preparaba para atacarles.

— ¡Basta! —El primer ministro de magia, demostrando gran valor, se personó impidiendo el ataque—. Bajad las varitas —Ordenaba con decisión a los guardias que aliviados se rindieron—. ¿Qué has venido a hacer aquí?

Aceptando la rendición de aquellos insectos, la mujer avanzaba hacia la sala del Alto Tribunal, los guardias se apartaban a su paso y el Primer Ministro la seguía intrigado de lo que pretendiese. Con todos los miembros del consejo sentados en sus respectivos asientos, el silencio fue absoluto al ver aparecer a la mujer siniestra que se ponía justo en el centro de la sala.

—Has llegado al punto más protegido del Ministerio, ahora dinos cuáles son vuestras exigencias.

— ¿Exigencias? —por fin pronunció palabra, su voz era fría como el hielo, casi daba dentera escucharla—. ¿Crees que he venido hasta aquí para exigir algo?

—Si no es así ¿a qué has venido?

—Vengo a portar un mensaje —Mirando a todos los senadores, estos se estremecían ante la forma de mirar de aquella mujer—. ¿Quisiera Brandon Blackburn levantar la mano?

Al pronunciar aquel nombre, todos los senadores se quedaron mirando hacia una parte concreta del graderío, el lugar exacto donde se encontraba el susodicho personaje, que era un senador de unos setenta años, delgado y de aspecto demacrado. Este al sentirse aludido por las miradas de todos sus compañeros alzó la mano revelándose como tal.

—Soy yo —decía poniéndose en pie.

—Me han pedido que te diga una cosa —Con su varita en la mano, con la punta jugaba con ella, picándola en el dedo índice de su otra mano—. ¿Quieres saber qué es?

—Preferiría que no.

—Suponía que dirías eso —Haciendo un movimiento en la muñeca, alrededor de este personaje comenzaron a materializarse afiladas lanzas de hielo, todos los que estaban a su lado se apartaron asustados—. Me han dicho que no deberías jugar con aquello que no conoces —Volviendo a girar la mano, todas aquellas lanzas de hielo impactaron contra el hombre atravesándolo por todos lados, ejecutándolo ahí mismo y creando un alboroto entre el resto de senadores.

Tratando de contraatacarla, los más valientes alzaron sus varitas en su contra, pero esta los repelió con una pulsión de energía que sacó a todos los senadores de sus asientos y los estrellaba contra las paredes del tribunal. Como mismo había venido, ahora se marchaba por las escaleras, en dirección al ascensor de la novena planta.

Aunque su intención fuera la de llegar al ascensor, en uno de los pasillos del Departamento de Misterios, se detuvo en seco y se llevaba la mano al pecho. Mirando hacia un pasillo que no tenía salida, avanzaba traspasando la barrera mágica que protegía aquel conducto. Llegaba al final de aquel corredor anexo donde estaba la celda de los peores Dementores que existieran.

—Oigo vuestro lamento pequeños míos —Arrodillándose al lado de la rejilla que tenía forma de un Dementor, sentía como estos estaban flotando en el interior de aquella celda—. Solo queréis una luz que os guíe, una madre que os quiera, permitidme convertirme en esa amada madre que tan desesperados reclamáis.

Apuntando con su varita lanzó un poderoso rayo eléctrico de color violeta, que rompió la rejilla circular que había en el suelo y esta energía se adentraba en las entrañas del Ministerio impactando en aquellos seres siniestros sin hacerles daño. Cuando los Dementores comenzaron a salir, flotaban alrededor de la mujer sin ninguna actitud agresiva hacia ella. Sin ningún temor los acariciaba como dóciles mascotas.

Cuando dos guardias se presentaron en aquel pasillo y vieron la liberación de los prisioneros ambos gritaron: "¡Especto Patronus!". Provocando la aparición de dos seres de luz, un rinoceronte y un tigre que se dirigían a repeler a aquellos enemigos, pero esto no pareció agradarle a la mujer. "¡No toques a mis hijos!". Gritaba mirando aquellos dos seres de luz y con su varita lanzó un poderoso rayo de energía verdosa que impactó en ambos animales desintegrando su luz.

Los que habían invocado a los Patronus, sujetándose el pecho sintiendo que les habían arrebatado algo de su corazón, su recuerdo más alegre y arrodillados comenzaron a llorar desconsolados. Los Dementores pasaban a su lado sin hacerles daño, ni a ellos ni a ninguno de los que estaban en el pasillo. Pero cualquiera que en su camino tratara de convocar a un Patronus, la que los comandaba se lo arrebataba para siempre.

Como el ascensor ya no estaba allí y no tenía la capacidad suficiente como para albergar a aquel tremendo ejército, Tiffany pareció disolverse entre ellos y por si solos fueron atravesando los conductos entre los elevadores, para por fin llegar al recibidor del edificio.


Con todo envuelto en un verdadero caos, los cinco personajes se volvieron a reunir en El Atrio. Todo el mundo tembló de miedo, al ver tremendo ejército de Dementores que acompañaba a uno de ellos. Los que no sabía lo que la bruja podía hacer, trataban de convocar sus espíritus de luz para repeler aquella amenaza, pero el que lo hacía se quedaba sin su recuerdo más preciado y peor aún, imposibilitado para volver a convocar un Patronus.

— ¿Todo listo? —Preguntaba la gigantesca serpiente, que aun seguía en el exterior vigilando.

— ¡Sí! —Jacob entregaba las carpetas sustraídas a William, que esperaba sentado sobre la gigantesca serpiente.

—Vámonos —La bruja que contaba ahora con aquel ejército, flotaba en el aire gracias a sus nuevas mascotas, que la rodeaban y protegían como a una diosa— Aun tenemos muchas cosas que hacer.

—Salgamos de aquí, me da asco estar rodeada de tanta basura —La otra bruja avanzaba hacia la zona de las chimeneas, seguida de William que iba tras ella. Fue entonces cuando la mujer sujetando la pieza con la que habían llegado hasta allí la volvía a admirar—. Aun tengo algunos encargos que cumplir, pero no soy ningún peón. Soy más bien una diosa y esta pieza no me representa. —Dedicándole aquellas palabras a la pieza del ajedrez que los había trasportado, la arrojaba a una de las chimeneas. Aquel acto hizo que su compañero se riera—. ¿Ocurre algo? —preguntaba ante la risita de su "aliado".

—Nada —Alzando las manos en señal de paz, solo podía sonreír al ver como la mujer se había deshecho del tótem que les habían regalado—. Yo seguiré siendo un peón durante un rato más —Guiñándole el ojo, acariciaba la pieza que aun seguía guardada en el bolsillo de su túnica.

Ambos compañeros desaparecieron del Ministerio de Magia sin que nadie se atreviera a levantar una varita en su contra. Tras ellos llegaban Igor y Tiffany que se iba a trasportar con todo su nuevo ejército.

—Vas bien escoltada —Toda la serpiente se dividió en escamas y el hombre, rompiendo la fusión que mantuvo con su varita, volvía a adoptar forma humana.

—Me gusta contar con mis propias fuerzas, tengo grandes expectativas de futuro.

—Te gustan los muertos por lo que veo.

—Son más de fiar que los vivos.

—Algo parecido pienso yo de los humanos, ya sean magos o Muggles. También tengo mis propias expectativas y pienso contar con mis propias fuerzas en un futuro próximo —Ignorando a todos aquellos pobres diablos, que estaban atrapados y agazapados en el conducto de salida, ambos estaban listos para trasportarse a otro lugar, cuando los detuvo Jacob.

—Mis órdenes acababan aquí, ya no tengo nada más que hacer —les comentaba a sus compañeros que estaban a punto de desaparecer— ¿A vosotros os ha pedido algo más?

—Eso es información confidencial —La mujer de varita violeta, agitándola desaparecía con todo su nuevo ejército de Dementores.

—Si no te ha pedido nada más, supongo que eres libre de hacer lo que te dé la gana.

—Pienso saquear todos los archivos del ministerio.

—Tú mismo —Con su varita se trasportó de allí hacia otro lugar.

De los cinco que eran en un principio, solo se había quedado uno de ellos, todo el mundo estaba quieto y agazapado en el suelo. Los Aurores se mantenían expectantes de lo que fuera a hacer ese personaje.

— ¡Que quede una cosa bien clara! —gritaba a todos los que pudieran escucharle—. A partir de ahora ejecutaré a todo aquel que intente detenerme, si sois listos no os interpongáis en mi camino.

Corriendo volvía al edificio principal del Ministerio, las chimeneas de trasporte volvieron a funcionar desbloqueándose. Harry Potter, que se había vuelto a poner en pie, comenzó a evacuar a todo el Ministerio. Su prioridad era la seguridad de todos y ahora que los enemigos se habían ido, podía hacerlo. Todo el cuerpo de Aurores ayudaba a la gente a abandonar la zona hasta que volviera a estar segura.

Ginny ayudaba a Hermione, que estaba herida de gravedad, a salir del interior del edificio. Al ver lo maltrechas que estaban, corriendo las abrazó y las escoltó hacia una de las chimeneas de salida. Antes de partir tuvieron una pequeña conversación.

— ¿Qué hacemos con nuestros hijos? ¿Vamos a buscarlos?

—Creo que, solo de momento, estarán más seguros estando en un lugar aislado del mundo a traerlos a la gran ciudad —Sin poder conversar mucho más las forzó a abandonar el lugar, no sin antes estas quisieran quedarse a luchar a su lado—. No me lo perdonaría si os pasara algo, dejadme esta crisis a mí y a mi equipo —Convenciéndolas de que se fueran de allí, estas así lo hicieron pero antes de irse recibieron la visita de otro personaje.

— ¡Harry! —Ronald Weasley había acudido al Ministerio, era uno de los pocos que llegaban en lugar de marcharse, al ver el estado de su mujer la abrazó con cariño aunque esta gimiera por el dolor de los huesos rotos, estas le contaron lo que había pasado.

—Llévalas a lugar seguro Ron —En mitad de aquel caos no pudo ni alegrarse de verle.

— He venido a luchar a tu lado, soy un ex-Auror ¿recuerdas? He venido a ayudarte.

Tanto su hermana como su mujer le dieron la mano pensando que tal vez no estaba en tan plena forma como para luchar, pero Ron les devolvía el apretón esperando disipar sus dudas. Al final tuvo que aceptar su colaboración, pues no sabían de cuanta ayuda les haría falta como para neutralizar al que se había quedado allí.

Poco a poco el Ministerio se quedó desierto, cuando por fin, todos fueron evacuados, se habían quedado solo el grupo de unos doscientos Aurores que se disponían a enfrentar el problema.

— ¿Qué hacemos? —preguntaba uno de los que estaba bajo su mando.

— ¿Qué habrán venido a hacer aquí? —expresaba otro de los policías del lugar.

—Nos han dado por todos lados, pero uno de ellos aun esta dentro y a este podemos dañarlo —decía otro de los del cuerpo deseoso de revancha.

—Vamos a cazarlo, pero no debe predecir nuestras intenciones, si ahora pueden matar tenemos que ser muy cuidadosos —El comandante organizaba al destacamento—. Somos más de doscientos Aurores contra un solo enemigo, tenemos que reducirlo si o si.