Capítulo 8: La huída.
Ya estaba amaneciendo, los dementores traerían tarde o temprano el desayuno.
Sirius se estaba alistando.
Primero recogió el espejo de James, que doce años atrás había arrojado con furia al no poder comunicarse con él. Luego, tomó la foto de Lily, James y Harry, y se la colocó en el bolsillo. Todas las cosas que había tomado del Valle de Godric años atrás, estaban en su túnica. Se guardó los periódicos que en dos ocasiones Cornelius Fudge le había entregado. Y algo que significaba mucho para él, la caja metálica de la estantería. Tenía que saber que había allí dentro...
La puertita de acero comenzó a moverse.
Una mano podrida llena de pústulas apareció con un plato de madera en la mano. Mientras lo apoyaba en el suelo, Sirius se transformó, y corrió. Corrió más rápido que nunca antes lo había hecho.
Paso por al lado de unos cinco dementores, pero no llegó a contarlos bien, porque se dirigía con prisa hacia la escalera que se hallaba no tan lejos de allí.
La alcanzó y bajó. Seguía corriendo como nunca.
Se hallaba ya en la recepción, y una vez allí, sabía que no podía frenar.
Los dementores ya habían quedado atrás, y el mago de la recepción lo vería.
Y, efectivamente, al verlo se puso de pie y comenzó a gritar a los dementores para que lo agarren.
Demasiado tarde, Sirius ya había pasado las puertas de madera gastadas, que doce años atrás, había cruzado estando algo mareado.
Estaba en la isla. Debía hacer algo rápido. No tenía opción, debía nadar.
Los dementores saldrían y lo agarrarían si no hacía algo ya.
Se transformó de vuelta, y se tiró al agua.
Sintió un ruido en el bolsillo de su túnica. La caja metálica se había abierto.
Volvió a la orilla, y la sacó de adentro de su túnica.
Tanta preparación se había echado a perder. Los dementores cruzaban las puertas de madera y se deslizaban a él. Sirius miró que había en la caja metálica. No podía creerlo, había, nada más y nada menos que... una varita mágica.
Sin pensarlo, apuntó a los dementores con ella, y gritó:
-¡Expecto patronum!
Un lobo plateado, no tan grande, salió del extremo de la varita.
Corrió hacia los dementores, y uno a uno, se fueron alejando.
Estaba a salvo...
O no...
El mago de la recepción corría por el pasillo de Azkaban.
Sirius apuntó a la puerta de madera gastada y exclamó:
-¡Fermaportus!
Al instante, las puertas se cerraron, y se sintió un golpe. Seguramente, el mago blanco había chocado contra ellas.
Sirius sonrió.
Y se acordó...
"-Es inútil, no se podrá abrir tan fácil. Tienes las herramientas necesarias, solo necesitas pensar mejor. Aunque ningún mago que estuvo aquí, fue capaz de abrirla."
La caja se había abierto con el agua.
Tenía las herramientas. En el baño podría haberla abierto.
Y Sirius lo sabía.
La caja que tenía las pelotas de Quidditch en Hogwarts, se abría sumergiéndola en el agua, además de usar la varita.
Toda su infancia había jugado al Quidditch, y siempre, antes de los entrenamientos, se ofrecía junto a James a abrir la caja. De esa manera, perdían tiempo yendo al baño, y quedarse allí un largo rato, antes de volar...
Volvió a transformarse en perro.
Se tiró al agua, y comenzó a nadar.
Él era una de las razones por las cuales había sobrevivido. Él lo había hecho feliz, aún estando encerrado allí. Su ahijado, a quien vería muy pronto. Y eso lo hizo nadar cada vez más rápido, haciendo que el castillo se perdiera de vista.
Gracias a Harry, era feliz una vez más...
Fin.
