Lamento mucho haberlas hecho esperar tanto; espero me perdonen y me permitan desagraviarlas con este capítulo largo de reconciliación.

Castle y sus personajes son propiedad de A. Marlowe y ABC Studios.


CAPÍTULO 8.

Han pasado ya casi dos horas –a juzgar por lo que indican los números en el reloj de la mesilla de noche- desde que se despidió de su Kate luego de la memorable discusión que sostuvieron y, a pesar de lo feroz de la confrontación y del tiempo que ha pasado desde entonces, Rick no ha podido pegar un ojo ni puede borrar ese atisbo de sonrisa de su rostro mientras contempla el techo con despreocupación y abandono. Piensa –y con razón- que cualquiera que lo viera con esa expresión luego de lo ocurrido con su novia, pensaría que está rematadamente loco. Y quizá sí lo está un poco, pero en esta ocasión es más por cordura que por locura que se siente extrañamente optimista y esperanzado incluso.

No recuerda una sola vez en la que una pelea con Katherine Beckett le haya producido algo ni remotamente cercano a la satisfacción; más bien todo lo contrario. Desde siempre, los enfrentamientos con esa mujer fascinante y enloquecedora le han dejado no otra cosa que resabios de amargura, altas dosis de frustración y, en el fondo, un temor latente a perderla definitivamente. Sus temperamentos son tan intensos que cada vez que chocan, los pronósticos son reservados. Cuando ha corrido con suerte, lo más a lo que ha llegado, luego de una discusión con ella, es a experimentar la sensación de que, por mala que haya sido, les fue de ayuda y que era un mal necesario, pero jamás nunca le había dejado como resultado alivio o seguridad.

Hoy, sin embargo, a pesar de que en ciertos puntos muy álgidos era como si un monstruo de mil cabeza se levantara entre ellos y los amenazara con partirles el corazón en dos, Rick se siente liberado, descansado, sorprendido en más de un sentido y, por extraño que parezca, seguro del rumbo al que se dirigen con paso firme en cuanto a su relación. La borrasca fue intensa y atemorizante; dolorosa como cualquier batalla emocional en la que se desnudan involuntariamente los sentimientos más escondidos y emergen los resentimientos y temores mejor guardados, pero le queda más que claro que eso es precisamente parte de lo mucho que se ha logrado esta noche. Nada de lo que se dijeron debe lamentarse. Son cosas que evidentemente debían haberse puesto afuera desde hace mucho tiempo, ya que guardadas no hacían sino un daño terrible y, probablemente, progresivo. Los resentimientos mutuos por los mutuos errores, así como los sentimientos más frágiles e íntimos, no son algo que deba sellarse a piedra y lodo dentro del corazón… eso de ninguna manera. Ahí reprimidos son más potencialmente destructivos que puestos afuera para trabajar en ellos. Ahora cada uno sabe la justa medida de las inseguridades y miedos del otro; conocen a fondo las implicaciones de los actos y omisiones de un pasado en el que lo que faltó fue precisamente hablar y confesar, pasando por encima de orgullos y dudas. Después de hoy, saben ambos sobre qué terreno pisan con respecto al otro porque, aún y cuando las revelaciones se hayan dado como parte de un vaivén de golpes y contragolpes, también es cierto que debatieron y rebatieron con la intención de defenderse de las acusaciones, y en ese proceso, vertieron verdades que, recordándolas con la cabeza fría y el espíritu sereno, son un bálsamo reparador para las heridas antiguas que sus errores dejaron en los dos.

Rick ya ni siquiera es capaz de sentir un solo chispazo de rabia o de dolor por los recuerdos que afloraron a lo largo de la discusión. Uno por uno cayeron hechos trizas, aplastados por los dos sucesos que, bajo su punto de vista, cambiaron el rumbo de su relación esa noche y para siempre. Primero, la confesión de Kate respecto a las muchas veces que fue a buscarlo a lo largo de los meses en que estuvieron separados. El miedo la detuvo y finalmente tuvo que ser el destino el que metiera su mano para que se diera ese reencuentro, pero lo trascendente de esa revelación es que ella lo intentó…no una, sino más de diez veces. El "hubiera" no existe, pero cómo reconforta a Rick el hecho de saber que ella jamás se dio por vencida y que, quien sabe, quizá lo habría seguido intentando de no haberse encontrado en Barcelona y, eventualmente, se habría atrevido a llamar a su puerta para intentar reconstruir ese amor que los une y que nunca desapareció en ninguno de los dos. Esa certeza que le dio ella al dejarle saber sobre sus fallidos intentos, tiene para Rick el efecto de una restauración completa e instantánea, además de constituir un consuelo enorme ante lo que él, durante mucho tiempo, juzgó como su propia debilidad. Ya no se siente menos por haber estado a punto de llegar hasta el apartamento de Kate en Washington para suplicarle que lo dejara entrar en su vida otra vez. Ese momento de máxima vulnerabilidad -cuando sucumbió ante su melancolía e infinito amor por ella, y estuvo a un segundo de romper la promesa hecha a Kate y a sí mismo de respetar su decisión y dejarla ir- por mucho tiempo fue como una sombra con forma de fracaso y fragilidad extrema con la que le costaba lidiar en sus peores días. Y ahora, el saber –por boca de la propia Kate- que ese impulso de ir a buscarla era exactamente lo que ella se dedicó a esperar y a anhelar desde el momento en que se hizo consciente de su error, a él le brinda alivio, le cura hasta las heridas más profundas de su alma, lo calma y borra de una sola pasada meses enteros de reproches auto infligidos y –ahora lo sabe- infundados. Esos reclamos inesperados y a destiempo por parte de Kate no dejan de tener un sabor agridulce, desde luego. Una parte de Rick –muy minúscula- se rebela ante la insensatez y complejidad de esa mujer que les negó a ambos la felicidad, rechazándolo y después esperando que él no la dejara salir de su vida. Cuando recuerda el fuego en sus ojos y su voz al reconvenirlo por haberla dejado ir, casi que quisiera agarrarla, sacudirla y… y comérsela a besos hasta que ese ceño fruncido desapareciera de su bello rostro juntos con el dolor y la rabia; porque, por otro lado, se siente tan feliz de saber que si se marchó nunca fue por falta de amor a él, que no le queda espacio para albergar nada más que los sentimientos inspirados por quien fue, es y será el amor de su vida, aun con sus contradicciones y caprichos.

Y el segundo gran motivo por el que lo ocurrido esa noche no representa para él sino una victoria, a pesar de los pesares es que Kate sigue ahí, en el loft, con todo y que se dijeron arrastrados por el coraje. Ese es el mayor símbolo de esperanza y de certidumbre. Ni en sueños habría esperado nunca Rick que ella pudiera permanecer bajo el mismo techo que él ni siquiera un minuto más del necesario después de un pleito así. En más de un momento a lo largo de la conversación, él estuvo seguro de que la vería salir corriendo rumbo a su guarida para encerrarse en sí misma, dejándolo fuera, como tantas veces. Si por mucho menos de lo que se dijeron hoy, ella llegó a huir en el pasado, forzándolo a recorrer caminos espinosos hasta encontrar el que había de llevarlo de regreso hasta su corazón, él casi habría jurado que, dada la magnitud del encontronazo de hoy, las posibilidades de volver a verla en las siguientes semanas, eran prácticamente nulas. Pero ese misterio -en proceso perpetuo de ser resuelto- llamado Katherine Beckett, develó una capa más, sorprendiéndolo muy gratamente. Saberla a unos cuantos metros, dispuesta –como ella misma dijo- a reconsiderar las cosas bajo la luz del día por llegar, lo llena de euforia y de un amor tan inmenso que se siente incapaz de contenerlo. A grado tal que en este momento, en medio de la noche, lo único que anhela es salvar la distancia que los separa y envolverla en sus brazos para no soltarla nunca más; ofrecerle todas las explicaciones y disculpas que hagan falta hasta que se evapore el último vestigio de sus lágrimas y reemplazarlas con las sonrisas y suspiros que él se encargará de arrancarle aun contra su voluntad.

Con el paso de los segundos, la idea de ir hacia ella va arraigándose y volviéndose más y más atractiva…hasta que un leve detalle lo aterriza de golpe. De momento no tiene más que disculpas para ofrecerle; en cuanto al resto de los cuestionamientos de Kate, además de la tan sencilla como verídica explicación respecto a su imperdonable descuido al olvidar que la gala benéfica es este sábado, lo demás no es tan fácil de responder; de hecho es imposible satisfacer plenamente la curiosidad de la detective sin revelar demasiado sobre los planes que tiene en marcha y de los cuales ella no debe enterarse todavía. Sí, definitivamente ese va a ser un punto con el que tendrá que ser muy hábil para poderlo evadir y obtener el perdón de Kate y la correspondiente y añorada reconciliación. Pero tiene que intentarlo…y cuanto antes, mejor. Hace las cobijas a un lado y deja la cama, determinado a no esperar hasta que el sol salga para volver a ella con toda la intención de no soltarla nunca. Lo más probable es que esté dormida, pero él sabe cómo hacer que valga la pena despertarla de madrugada. Más de una vez se han reconciliado de esa forma y estando ella menos dispuesta; algo le dice hoy que no opondrá demasiada resistencia a sus intentos de derretir las capas de hielo antes de volver a hablar de lo que haya quedado pendiente. Es jugar sucio y lo sabe, pero es un juego que ambos han jugado y del que no suelen arrepentirse. Con eso en mente se encamina hasta la puerta y abandona la habitación de huéspedes, dispuesto a sacar toda la ventaja posible de que Kate esté en su casa.


Le arden los ojos de tanto llorar. Pero se lo merece. Eso es lo que piensa Kate con la dureza que la caracteriza al auto criticarse. Hunde –una vez más- la cara en la almohada…esa que pertenece a Rick, que huele a él y que despierta un sinfín de recuerdos almacenados de manera indeleble en su memoria. Ya no está muy segura de que haya sido una buena idea haber aceptado quedarse en la habitación de él en lugar de la de invitados. No es la primera noche que pasa ahí desde que volvieron de Barcelona; pero sí es la primera vez que duerme en ese espacio sin él y, lo que es peor, estando peleados. Por un lado, ha sido un enorme consuelo el simple hecho de estar ahí, donde todo le recuerda a él, donde todo sabe a él, donde todo guarda su esencia; eso le da la seguridad y calma que tan desesperadamente necesita. Pero, por otro lado, es un tormento lidiar con esa cama que sin su dueño parece tan enorme, tan vacía, tan sola. No fue Kate capaz de dormir en su lado; insensiblemente fue removiéndose hasta ocupar el espacio que, noche a noche, es él quien llena con su cuerpo cálido, firme, ávido siempre de ella…y del que durante tanto tiempo tuvo que prescindir. Los recuerdos de esas interminables noches solitarias, desesperantes, cargadas de remordimientos, son los que hacen brotar lágrimas nuevas, silenciosas y gruesas. El miedo irracional a –por su propia estupidez- vivir de nuevo ese infierno, es lo que la ha mantenido en un estado de vigilia y llanto durante todo el tiempo que ha pasado desde que se despidió de Rick y lo vio partir escaleras arriba.

Si así ha sido su noche estando ahí, en el loft, a sólo unos pasos de donde él se encuentra, no quiere pensar en lo que habría sido de ella si hubiera cedido al desgraciado impulso de salir huyendo –por pura inercia- como es su maldita costumbre. Casi puede jurar que la ansiedad de estar lejos de él, habiendo dejado las cosas como las dejaron, habría acabado forzándola a abandonar su propio apartamento en medio de la noche sólo para volver al lado del único hombre que ha sido capaz de robarle el sueño, la calma y el corazón, sin que ella quiera recuperarlos.

Más de una vez, desde que retomaron su relación, se ha dicho a sí misma que no logra reconocerse; entre poco y nada queda ya de lo que fue algún día… de la mujer que fue lo bastante necia y tonta como para permitirse perder a quien más ha amado. Las marcas dejadas en su alma durante esa eternidad en la que se sumió en el tormento de no tenerlo y de temer, minuto a minuto, que la pérdida fuera definitiva, son tan hondas, que se abren y escuecen a la menor provocación. El resultado de la ausencia de Rick en su vida, es un miedo que no entiende de razones y al que no puede controlar una vez que se apodera de ella; aunque a estas alturas, casi que quisiera que ese mismo miedo se hubiera hecho presente a buen tiempo para impedirle dejarse arrastrar por los celos y la rabia que la llevaron hasta la dolorosa confrontación que sostuvo con Rick y que ahora no tiene idea de cómo la va a arreglar. En este punto ya no sabe si siente más confundida o arrepentida o dolorida, después de todo lo que se dijeron al calor de la pelea.

Las cosas se les fueron de las manos y acabaron develándose emociones que no está tan segura si debieron salir a la superficie. Una parte de ella siente alivio tras haberse descargado de mucho de lo que llevaba encima y que no se atrevía a poner en palabras por ese miedo a perderlo que la paraliza desde que se reencontró con Rick. Y es ese mismo miedo el que ahora la está torturando además de la incertidumbre de no saber cómo se habrá tomado él sus confesiones. -Como mínimo debe estar juzgándome loca –se recrimina mentalmente al recordar la sarta de incoherencias que fueron sus pensamientos desde hace casi dos años, cuando se dio cuenta de su error y hasta hace dos meses que lo volvió a tener a su lado. Se pone en el lugar de Rick y se pregunta –cediendo a sus inseguridades- cómo es posible que él pueda seguir amándola –o cómo pudo haberla empezado a amar alguna vez, para empezar- después de todo lo que le ha hecho pasar; y después de que todavía ha tenido el descaro de repartirlo con una culpa que no le corresponde. No deja de reprocharse Kate el haber tenido el desatino de reclamarle que no la haya ido a buscar después de que ella le rompió el corazón sin contemplación alguna. Se siente tan tonta, tan egoísta, tan absurda…tan poco merecedora de él, de su eterno amor sin condiciones, de la segunda oportunidad que generosamente le brindó y que ella parece estar empeñada en echar por la borda.

Se da una vuelta más en la cama, desencajada, ansiosa, desesperada. Lamenta tanto lo ocurrido; lo extraña…y, encima de todo, sigue con más preguntas que respuestas en su cabeza. Su idea inicial era buscar una conversación tranquila y abierta con Rick mediante la cual ella pudiera aclarar sus dudas sobre los misteriosos comportamientos que él está teniendo últimamente; pero claro que, gracias a sus celos y a la desafortunada reacción que le provocaron, las posibilidades de haber obtenido la verdad con métodos probados como efectivos, se fueron al demonio, dejándoles en su lugar una discusión de proporciones épicas en la que el pasado y los recuerdos tristes sacaron lo peor de cada uno, poniéndolos a caminar al borde del abismo. Y al final de cuentas, sigue sin saber que se trae Rick entre manos; sigue sin saber bien a bien qué fue lo que pasó con esa invitación a la gala benéfica que, dicho sea de paso, aún no le ha sido extendida de manera oficial ni coherente; y, lo peor, ni siquiera sabe a ciencia cierta en dónde está parada con respecto a su recién recuperada relación con él.

A buena hora se percata de que eso es lo único que realmente le importa en esos momentos: tener la absoluta seguridad de que no lo va a perder por un arranque nacido de los celos y del miedo a perderlo. Confía en él y en su amor por ella; en la lealtad de la que siempre le ha dado sobradas muestras; en el deseo firme de hacerla feliz, de que recuperen el tiempo perdido y las oportunidades desperdiciadas. Con los ánimos fríos, sabe con certeza que Rick no la cambiaría por Alice ni por nadie y que, si algo le oculta, es porque tiene una buena razón para hacerlo…aunque le cueste entenderlo cuando los celos y las inseguridades le nublan la razón. Todo tiene una explicación y un motivo; Rick es todo lo que siempre ha deseado y mucho más… ¿Qué le costaba dejarlo hablar y concederle el beneficio de la duda en vez de lastimarlo y ofenderlo con reproches absurdos y acusaciones carentes de sentido? ¡Dios bendito! Una vez más se pregunta qué es lo que ha hecho y cómo va a resolverlo…si es que puede hacerlo.

Siente subir las aguas otra vez y corta sus lágrimas de tajo, diciéndose que no es así como va a arreglar las cosas. Lo único –como siempre- que puede hacerla sentir bien es él; su presencia, su voz, sus palabras que infaliblemente saben ser las necesarias para devolverle la calma; necesita sus abrazos, sus besos, su amor que él vierte en ella de una y mil formas. Y entonces la espera hasta el amanecer parece una penitencia inadmisible. No cree poder soportar así el resto de la noche…no sin él a su lado, envolviéndola en su amparo y consuelo. No. No esperará ni un minuto más. Va a buscarlo, a despertarlo, a hablarle, a escucharlo y rogarle, si es preciso, que acepte sus disculpas y se den una oportunidad más.

Abandona la cama y, sin darse tiempo a pensarlo, se encamina hacia la puerta de la habitación, abriéndola de un tirón, sólo para encontrarse de frente precisamente con el objeto de sus deseos y causa de sus desvelos.

-Rick…

-Kate…

Pronuncian sus nombres al mismo tiempo; enlazando sus miradas y diciéndose con ellas todo lo que, por ahora, necesitan saber. El alivio los cubre como una ola, al percatarse ambos de que sus pensamientos –una vez más- recorrieron los mismos derroteros, aun sin estar juntos. Han ido uno en busca del otro y se han encontrado a mitad del camino, con las mismas intenciones y las mismas ganas de sumergirse en el perdón y en el olvido; de esperar juntos el mañana enredados entre sábanas y entre los brazos ávidos que brindarán cobijo y refugio después de la tempestad. No hay necesidad de más palabras cuando el silencio se carga casi de inmediato con el deseo que arde entre ellos como una llama que jamás se extingue. Habrá tiempo para lo demás mañana…por ahora, son sólo ellos dos, la pasión que brilla en sus ojos como fuego fatuo y el magnetismo que atrae sus cuerpos y sus espíritus, llevándolos hacia la unión tan deseada como inevitable.


Los cuerpos desnudos ruedan por la cama, enredados entre sábanas suaves que entorpecen las caricias urgentes, ansiosas, ávidas de poseer, de marcar, de reclamar como propio cada tramo de la piel y del alma. No saben ni cómo consiguieron llegar desde la puerta de la habitación hasta su destino final…hasta el sitio que, por esa noche, representa una tregua, un respiro, un oasis de abandono sin memoria ni temores. Los besos son hambrientos y salvajes, sin rastros de ternura o mesura; sólo prevalece el deseo fiero e irrestricto de poseer, de proclamar derechos, desechando en el camino los celos, los miedos, las incertidumbres. Esta vez la piel es marcada con uñas y dientes en vez de la ser seducida aterciopeladamente con las siempre bondadosas yemas de esos dedos nobles. Las respiraciones se entrecortan con gemidos que emergen cuando el placer cruza la línea con el dolor de la desesperada espera por alcanzar un paraíso al que sólo pueden acceder a través de su conjunción perfecta. El nombre de uno y otra brota entre jadeos sonoros con los que se libera un deseo que, por hoy, va más allá del puro amor y la melancolía acumulada en el lapso de los 120 minutos que permanecieron separados, pensándose mutuamente. Sin darse descanso en la pelea por el control, roban tanto placer como el que dan, privilegiando la pasión como el lenguaje que ha de servir de antesala para la conversación que se deben pero que habrá de esperar hasta que se calme el ímpetu de sus cuerpos. Ambos necesitan la seguridad de saberse poseedores, dueños únicos y absolutos; necesitan probarse que hay una conexión inquebrantable que nadie más puede proveerles y que invariablemente los hará, incluso bajo la peor de las circunstancia, volver a donde pertenecen.

Tras minutos intensos de lucha por el dominio, él gana y ella cede, sumisa y dispuesta; sometida y consciente de que, en ese terreno, la derrota representa el más glorioso de los triunfos. Yace bajo el cuerpo masculino que se le presenta en toda su magnificencia. La prueba palpable de su virilidad se yergue esplendorosamente aun estando aprisionada contra el vientre de ella que palpita de deseo y anticipación, mientras él, con sus manos, explora su piel palmo a palmo, enardeciéndola, excitándola, encendiéndola con caricias audaces que se emparejan con palabras ardientes emitidas en susurros exclusivos para sus oídos. Pero no es sólo en palabras en lo que el experimentado amante emplea su boca experta y osada. Las zonas más sensibles del cuerpo de Kate, cantan al ritmo que esos labios les marcan cada vez que las recorren sin piedad ni descanso, llevándola al límite, arrancándole súplicas en las que le tiembla hasta el nombre, acelerándole el pulso y descomponiéndole el compás con el que su corazón late.

El tiempo se detiene y no saben si son minutos o siglos los que se suceden bajo el mágico influjo de las caricias que se tornan más atrevidas conforme el deseo se vuelve más insoportable. Ya no es posible saber dónde termina uno y empieza la otra. La fricción de piel contra piel produce tal efecto que la mente cede sus funciones al instinto puro que los mueve al unísono rumbo a la culminación que se acerca y por la que ya difícilmente pueden esperar. Y cuando ya no pueden más, cuando la llegada se vuelve más importante que disfrutar del placentero camino, el clímax es alcanzado entre embestidas potentes, gritos ahogados, besos que acallan las apasionadas palabras de apremio, y caricias íntimas que estimulan los puntos críticos en la búsqueda del tan deseado desenlace… Mismo que llega sin retraso ni apuro, sumiéndolos en un estado de éxtasis compartido que los pierde del mundo pero los reencuentra a solas, de la mano, volando rumbo a la dimensión única donde todo es perfecto y donde las probabilidades de vencer a la adversidad rebasan por mucho a las de cualquier posible separación.

Durante ese instante de gloria, el universo desaparece por completo bajo la fuerza aplastante de la única verdad sobre la que cimentan sus vidas: el amor que guardan uno hacia el otro y la determinación inquebrantable de mantenerse juntos, contra viento y marea…siempre.


La salida del sol los sorprende besándose con infinita ternura, aun desnudos y envueltos entre las sábanas y el calor del cuerpo que tienen a un lado. A cada beso le sigue el otro, largo, lánguido, dulce como el amor que se profesan. Pareciera que no llenan; que la necesidad de prolongar el contacto entre ellos no se sacia con nada. Tras el primer encuentro de su reconciliación, salvaje y apasionado, llegaron dos más a lo largo de la madrugada. Uno, lento, tierno, sereno… El otro, ingenioso y juguetón bajo el chorro de agua caliente de la ducha que tomaron juntos. Luego volvieron a caer en la cama y es ahí donde los encuentran las primeras horas de la mañana, compartiendo besos y caricias que no tiene más intención que la de demostrarse con hechos lo que las palabras todavía no han dicho. Están cansados, saciados, satisfechos y felices… intentando hallar el momento y la forma de abordar lo impostergable sin romper esa burbuja privada en la que han estado envueltos la mayor parte del tiempo desde que se reencontraron.

En una de esas pausas inducidas por la necesidad de respirar, es Rick quien, consciente de que quizá éste es precisamente el mejor momento para entrar a terreno resbaladizo por la puerta segura que les ofrece la buena disposición en que ambos se encuentran, decide dar inicio a la reconciliación que se deben y que debe ir más allá del encuentro en la cama.

-Kate –empieza, tentativo, mirándola a los ojos con seriedad y cierto dejo de vacilación.

-Dime… -Le sostiene la mirada, haciéndole saber así que sabe a dónde va y que tiene toda su atención.

-Necesito confesarte algo.

La siente tensarse mientras precaución y alerta se dibujan en las pupilas de miel.

-Es respecto al tiempo que estuviste en Washington –continúa sin esperar respuesta para no darle tiempo a acrecentar sus miedos-. Kate, yo… Las cosas no son como piensas ¿sabes? En ningún momento fue fácil dejarte partir tal como tú supones…

-Rick, yo no…

-Shhh –la interrumpe poniéndole dos dedos suavemente sobre los labios-. Déjame terminar, por favor. Tú sabes que siempre has sido mi punto más débil junto con mi hija, Kate. Puedes imaginarte que me mantuve fuerte, estoico, sereno, viéndote partir sin mover un dedo, pero no fue así… Después de todo y como tú dijiste ¿cuándo he hecho lo que tú me pides?

-Nunca lo habías hecho –interviene Kate, tan distraída por la intensidad azul de la mirada de Rick, que no se percata hacia donde la lleva con sus palabras-, pero entonces sí que lo lograste. No llamaste, no escribiste, no me buscaste. Si tan sólo supieras cuantas veces al día revisaba mi teléfono en espera de noticias tuyas, Rick. Si supieras las muchas veces que, al escuchar movimiento en el corredor de mi piso, contuve la respiración en espera de que llamaran a mi puerta y fueras tú a quien me encontrara al abrir. Al principio, conociéndote como te conozco, una parte de mí estaba segura de que el día menos esperado aparecerías en mi apartamento y…

Algo en la expresión de Rick la hace frenar en seco y revisar sus palabras; sale de la ensoñación de su recuerdo para leer con ojo experto el rostro de su compañero que le dice, en ese momento, más que cualquier revelación a grito abierto.

-Lo hiciste ¿verdad, Rick? –Un sollozo se forma de entre la certeza de esa aseveración y la inmediata comprensión de lo que hubiera podido ser y no fue-. Lo que estás tratando de decirme es que, en algún momento sí fuiste a buscarme a Washington…

Lágrimas tardías e indeseadas le nublen la vista y le encogen la voz hasta impedirle seguir hablando. Sabe bien que, a estas alturas, no tiene razón para llorar ni lamentarse por lo que ya pasó –o no pasó-. El "hubiera" no existe y carece de sentido sufrir con atraso por lo que pudo ser y no fue; pero no le es posible dejar de condolerse de sí misma cada vez que su memoria traicionera la remonta a esa época negra en la que cada minuto del día llevaba implícita la penosa carga del arrepentimiento, de la nostalgia, de un pesar que no por silencioso lastimaba menos. Cada jornada se hacía interminable y no había extenuación que anestesiara el dolor; ni siquiera podía atenerse a las horas de añorado abandono que debía procurarle el sueño, porque aun ahí la perseguían sus remordimientos y el deseo ferviente de recuperar lo perdido. Por mucho tiempo la ha acompañado ese sentimiento entremezclado de decepción, enojo y tristeza –injustificados, desde luego- porque él nunca la buscó. Una sensación de abandono y olvido más allá de la razón, ha estado presente durante todo este tiempo sin que ella lograra desterrarla a pesar de saberse injusta. Y de pronto, el saber que estaba equivocada, que no la olvidó, ni la abandonó, ni buscó dejarla atrás así, de buenas a primeras, le significa un alivio tal que es casi como si las cicatrices desaparecieran y como si el espectro de ese hueco negro que estuvo abierto en su pecho durante la separación, se esfumara, haciéndola sentir realmente completa por primera vez en mucho, mucho tiempo.

-Sí, Kate. Sí fui a buscarte –le responde Rick mientras le enjuga las lágrimas con la mano y le besa la sien-. Por favor no llores que se me parte el corazón al verte así. Habían pasado seis semanas desde que tu partida y yo estaba en uno de esos puntos que crucé mil veces en los que ya no podía más por más que me empeñara en fingir que seguía adelante. Me parecía tan absurdo todo lo que estábamos viviendo, Kate… Sólo quería verte, abrazarte y sentir que todo podía estar bien otra vez. Estaba solo aquí, en casa. Tras mucho debatir conmigo mismo, hice una maleta y me fui al aeropuerto dispuesto a salir en el primer vuelo que encontrara disponible. Llegué a D.C. a la media noche, desembarqué y cuando estaba a punto de abandonar la terminal aérea, el miedo me paralizó. Otro rechazo tuyo era lo único que podía quebrarme más de lo que ya estaba. Si te negabas a darme otra oportunidad, ahora sí ya no habría nada a que aferrarme… así que decidí quedarme con la posibilidad y aprender a vivir sólo con eso. Tú me habías dicho que tu trabajo absorbería todo tu tiempo; que necesitabas espacio para establecer tu vida allá. Pensé que si yo me imponía y no respetaba tus necesidades, tenía casi asegurado tu enojo y tu rechazo. Así que decidí que, por una vez, seguiría tus indicaciones y que quizá con eso, algún día, volverías a mí…

-Soy una imbécil –le Kate dice entre sollozos-. Sé que ya te lo he dicho muchas veces, Rick, pero, por favor, perdóname. Si tan sólo pudiera hacerte sentir cuanto te necesitaba, cuanta falta me hacía tu presencia, tu perdón, tu apoyo… Si supieras lo arrepentida que estaba y lo desolada y perdida que me sentía sin ti a mi lado. Ni el resto de mi vida me va a alcanzar para compensarte por todo el dolor que te causé, mi amor. Pero lo que sí quiero que tengas bien claro es que en el pecado llevé la penitencia. De verdad, lo siento. Y más lamento saber que hubo una oportunidad más que perdimos…por mi culpa.

-Kate –la besa en los labios brevemente pero con infinito amor-, quedamos en que el pasado ya se quedó atrás y no podemos movernos hacia adelante si seguimos enganchados en él. Las cosas pasan por algo y pasan cuando tienen que pasar. Cuando algo está destinado a suceder, llega aun cuando no se busque, tal y como nos ha pasado a nosotros. Si te estoy confesando esto es porque no quiero que vuelva a atormentarte la idea de que yo te dejé partir así, sin más. Eso nunca, cariño. Y me parece bien que anoche hayamos puesto fuera todos los residuos del pasado que nos estaban haciendo ruido, pero una vez aclarados, te ruego que, por nuestro bien, los dejemos ir.

-Tienes razón –responde, enjugándose las lágrimas y hundiendo el rostro en el cuello de él, buscando el confort y la seguridad que le brinda el saberlo otra vez a su lado-. Lo vamos a dejar ir; pero yo también quiero que entiendas que lo de Vaughn no fue, en ningún momento, falta de amor por ti. Ni por instante dudé del amor que te tengo… Más bien dudé de mi propia capacidad para hacerte ver lo que quería para nosotros, Rick. Se me juntó el estúpido incidente del video juego, la presencia de ese playboy que intentó sembrar dudas con palabras insidiosas que ni siquiera le debí permitir que pronunciara, y la oferta del trabajo con las fuerzas federales. Me deslumbré, esa es la verdad. No encontraba la forma de preguntarme por mi lugar en tu vida y, para variar, tomé la salida "fácil" que acabó siendo la más difícil: salir corriendo y refugiarme en mi trabajo. Me equivoqué y lo lamento profundamente…pero te juro que no correspondí a ese beso con Vaughn; y no lo hice por la simple y sencilla razón de que en ningún momento me sentí ni mínimamente atraída por él. Te lo juro, Rick.

-Y yo te creo, Kate –le susurra con suavidad mientras le coloca un mechón de cabello detrás de la oreja-. Te ruego disculpes la estúpida insinuación que hice anoche de que tú estabas interesada en él. Mis celos hablaron por mí y me arrepiento porque ni por un segundo he puesto nunca en tela de juicio tu lealtad.

-Disculpa aceptada. –Le asegura antes de sellar con un beso profundo y prolongado las disculpas recíprocas.

-Kate –aborda Rick el siguiente punto al terminar el beso y antes de que las necesidades físicas se interpongan en el camino de esa conversación tan necesaria. Necesito que me creas que olvidé por completo que la gala benéfica es hoy. Te doy mi palabra de que nunca se me pasó por la mente ir con nadie más que no fueras tú. Creo que perdí la noción del tiempo y supuse que tenía algunas semanas más por delante antes del evento; y tan no lo tenía en mente que por eso no te mencioné que si aceptabas acompañarme. Porque si vas a acompañarme ¿verdad?

Una mirada de esas que deberían estar patentadas con la marca de "Beckett está tratando de intimidarme" le deja ver claro y conciso que ésa no es precisamente la mejor manera de extender una invitación a una dama, menos aun después de los problemas recientes, ocasionados por el descuido del caballero. Por lo que Rick se apresura a enmendar el desliz.

-Señorita Beckett, ¿me concedería usted el honor de ser mi pareja en la fiesta de esta noche? Por favor…

-Mmm… Debería habérmelo dicho antes, señor Castle, de modo que me diera usted un poco más de tiempo para considerar su invitación –le responde con pretendida seriedad a la que traiciona el brillo travieso de su mirada-. Pero, dado que si no voy con usted, lo estaría dejando a merced de…de cualquiera que tenga la intención de ganar su afecto, haré una excepción y aceptaré ser su acompañante.

-Gracias, señorita –le responde en el mismo tono pícaro, cayendo con alivio y facilidad en la conocida y confortable zona del coqueteo y las bromas en la que se desenvuelven tan bien-. Le aseguro que no se va a arrepentir y que voy a compensarla por su magnanimidad, así como por la protección que me brinda contra las depredadoras que pueda yo encontrarme en esa reunión.

-Mmm… ¿Estás seguro, Castle? Si yo fuera tú, no diría tanto. Puedo tomarte la palabra y te aseguro que mis servicios pueden ser muy caros. –La inequívoca nota de seducción en el tono y en la insinuación bastan para ponerles a hervir la sangre de nuevo sin necesidad de más-. Y creo que sí te los voy a cobrar… después de la fiesta, claro.

-No se podrá decir de mí que escatimo en lo que vale la pena y mucho menos que no pago mis deudas. De modo que, no sé qué te parece si pago una parte por adelantado…

No acaba de decir Rick la frase cuando, sin saber ni cómo, ya la tiene encima de él, a horcajadas sobre sus caderas, haciendo alarde de su envidiable anatomía a la luz del sol naciente, y moviéndose provocadora; plenamente satisfecha ante la forma inmediata y espontánea con la que el cuerpo de su amado responde ante el sensual ataque. Un sonido gutural e ininteligible sale de la garganta de Rick y parece que con eso basta para que Kate entre en acción, dispuesta como lo está a darle los buenos días.

Con la poca capacidad de pensamiento que le queda a Rick en ese momento, se pregunta cómo es que el resto de las preguntas de Kate parecen haber quedado en el olvido; duda que así sea –esa mujer no descansa hasta encontrar respuestas-, pero agradece que le esté dando un poco más de tiempo antes de atacar de nuevo. Su plan se pone en marcha esta noche y, poco a poco, Kate irá develando los misterios. Por ahora, sólo hay un misterio que están más que dispuestos a desentrañar juntos: el enigma de sus cuerpos fundidos en un solo por obra de un amor contra el que nada puede.

Continuará...


Gracias siempre por leer y comentar. Nos leemos en el siguiente. Abrazos.

Valeria.