-¡Infame! ¡Calumnias! ¡Eso es imposible! ¡Tú y tu tía no sois más que unas embusteras! ¡Ansiáis el oro de Erebor, además de la piedra del arca! Como os atrevéis a insinuar eso del rey Thor y del que será el próximo rey bajo la montaña, Thorin! ¡Sois peores que las serpientes marinas del agujero marino del que provenís! ¡Traidoras! ¡Aliadas de esa maldita lagartija roja que nos arrebató nuestro hogar!- Comenzó a despotricar Dolma más que furiosa.

-Cierra esa bocaza que tienes, maldita enana o te cortaré la lengua- Pronunció Nambelle con sus ojos inyectados en sangre, levantándose, cogiendo su arma (un martillo) y acercándose a la mujer Kazhad. – ¡De verdad que no se que vio en ti mi tía, Escudo de Roble, pero seguro que el dragón Smaug sería mejor marido que tú! Tanto amor profesabas por Eria y luego de un estúpido hechizo ya ni la reconocías. ¡Es a vosotros a quien debería avergonzaros la conducta de vuestros reyes, que venderían a quienes más aman por el oro y las joyas!

Los enanos enfurecieron, no podía ser verdad lo que decía aquella muchacha, el Rey Thor era sabio y respetable, así como su nieto también lo era y no permitirían que nadie ensuciara esa visión.

Las dos mujeres se disponían a luchar, los enanos animaban a Dolma que lucharía para salvar la reputación del que era SÚ futuro esposo. Ninguno se había percatado de que el mediano había salido en busca de Eria. Necesitaba decirle tantas cosas, se sentía tan triste por ella, la dura vida que había llevado, para ser despreciada por quienes más quería y destinada a morir. Morir. Aquella palabra se hundía en el pecho de Bilbo, jamás permitiría que muriese. Por nada, ni por nadie. Ni siquiera por el estúpido de Thorin. Aunque le respetaba y le admiraba, sabía que Eria decía la verdad, ella siempre había sido sincera con él. No quería perderla y sabía que los de la compañía tampoco, incluido el rey. Casi llorando y fatigado llegó a donde se encontraba la mujer, que fumaba en una pipa con forma de dragón de un tono dorado y azul, mientras unas lagrimas caían por su cara. Estaba sentada, apoyada en un árbol con la pierna izquierda doblada y la derecha extendida. Se llevó el brazo que sostenía la pipa, que estaba apoyado en su rodilla levantada, a la boca y cuando el humo salió de su boca, entonó una triste melodía.

Oh, mi lord, más allá del mar,

Bajo la ilustre montaña

Entre hojas zafiro y arboles de oro,

Tras tres tesoros he de partir

Dejarte tras de mí para finalmente morir,

Ahora cuando las flores se mecen

Con el cálido viento,

Ojalá transmitan mi lamento

Al fin puedo oír el campanar sonar,

Es mi funeral y allí llorándome estas,

Recordándome sí, mas es tarde ya…

Cuando su voz se ahogó por el llanto, volvió a tomar otra calada, intentando no gritar y hundirse en el lamento. Miró hacia su derecha al escuchar unos pasos, pudo ver al saqueador con los ojos empapados en lágrimas, llorando por ella, ahora no cabía duda de que aquella era la verdad. Estaba incomoda, nunca nadie la había visto llorar, o eso creía ella, excepto Smaug. Era vulnerable, mucho más de lo que cualquiera pensaría. Bilbo se abrazó a ella.

- No mueras… Por favor…no estás sola, nos tienes a nosotros…- pronunciaba el pequeño hundido en el pecho de ella y sosteniendo su camisa con fuerza.

Eria no pudo evitar devolverle el abrazo tan fuerte como le fue posible sin dañar al mediano y llorar desconsoladamente, esta vez sin contenerse al ver que un ser como el Hobbit había conseguido apaciguar su corazón y su mente. Bilbo… siempre le estaría agradecida. Cesaron el llanto, se miraron y rieron con complicidad, hasta que Eria escuchó el choque de dos armas, una de ellas muy conocida. Cogió a Bilbo de la mano y corrieron hasta donde se encontraba la compañía.

Nambelle y Dolma luchaban con todas sus fuerzas, y los enanos las vitoreaban como si fuese aquello un circo. Eria ante semejante espectáculo no pudo contenerse más, nadie lucharía sin su permiso. Thorin se había quedado paralizado, casi inerte al recordar todo lo sucedido mientras Nambelle narraba la historia, ahora lo veía claro, era como si lo hubiese vuelto a vivir, el dolor de haberla perdido. Había traicionado y despreciado al amor de su vida. Y su abuelo… como podía haberle hecho aquello, solo por las convencionalidades o…quizá, quizás fuera por el pacto con los enanos del norte, la familia de Dolma. Había sacrificado la felicidad de su nieto por el maldito oro, por un pacto, por la probable oposición de algunos enanos. Luego estaba su prometida, la quería o eso había pensado siempre, creyó que sería lo más parecido a enamorarse, algo que solo les sucedía a unos pocos enanos, ella lo cuidaba y mimaba incluso se había colado en la compañía para ayudarle, aunque estaba seguro de que su futura esposa lo amaba, él sabía que desde el primer momento que vio a Eria que aquello era distinto, algo que no había sentido jamás se apoderó de él sin poder hacer nada por evitarlo…y ahora se sentía como nunca pues Eria fue y ¿seguiría siendo su esposa?... debía averiguar si ella seguía amándole, de ser así, todo cambiaría.

El combate seguía hasta que una profunda voz que emergía del la espesura del bosque pronunció un conjuro:

- Ijnar Menu Drillnastir en!

Las armas que las mujeres sostenían estaban ardiendo, así que las soltaron antes de quemarse aun más las manos. Las llamas que envolvían la espada eran verdes y su luz provenía de Eria, en la que fueron puestas todas las miradas, pues su brazo también ardía con esa intensidad y color. Había unido la piedra de la esperanza con su espada y ahora ese nuevo poder le pertenecía. Su rostro se asemejaba temible, pues su expresión dejaba ver lo mucho que se estaba conteniendo.

- Si volvéis a combatir o a hacer algo como esto, yo misma os castigaré y os aseguró que esa vez no me contendré.

Su voz sonaba tan firme y seria que las dos mujeres sintieron un miedo atroz y cesaron la discusión. Nambelle conocía lo temible que podía ser su tía enfadada, una vez había degollado a varios orcos de una forma muy basta, por intentar hacerle daño a ella que cuando tan solo era una niña. Si se enfadaba no tenia piedad, ni tampoco demasiado control sobre sí misma, seguramente por contener siempre sus sentimientos. Era una persona que podía aparentar frialdad, pero Nambelle la había visto sonreír y hacer de una madre buena, cariñosa, comprensiva… hasta el día que la vio llorar en la oscuridad de la noche asomada a la ventana de su habitación. Quería ayudarla, su tía le contaba historias de Erebor desde niña, mas nunca imagino que un enano fuera la causa de su sufrimiento. Ansiaba conocer los enanos pensando en que quizás podría aliviar el corazón de la que para ella había sido como su madre y sin embargo esto era lo peor que podía haber pasado, su amado rey prometido, sin recordarla aún, malditos fueran todos aquellos malditos enanos.

Eria se dio la vuelta disponiéndose a pasar la noche lejos de aquellos idiotas, estaba demasiado irritada. Bilbo se ofreció a acompañarla, esta aceptó, pero cuando los demás se lo pidieron la mujer les lanzó una mirada que les heló el cuerpo.