Capitulo 7


Lo primero que Terry sintió al posar sus labios sobre los de Candy fue esa —antaña— sensación que lo recorría, como si una descarga de electricidad se hubiera realizado. Luego de ello, su memoria se activó. Con fuerza, con deseo. Porque los labios de Candy eran tal y como los recordaba. Suaves, carnosos, tibios. El sabor a hierbabuena del té que habían consumido mezclado con el brillo de labios sabor a fresas lo embriagaron por completo y la ilusión de tocar el cielo que solo un beso con Candy podría provocar no se hizo esperar. Y mucho más sorprendente que eso, fue darse cuenta de lo que ocurría. Candy le estaba correspondiendo.

Sus labios se movieron con soltura, como si fueran partícipes de una danza muy bien aprendida. Lento y suave, firme y decidida. Sus brazos subieron hasta rodearle el cuello y el rostro de Terry se sincronizó con el suyo. Ahí dónde al inclinar la cabeza había un recoveco, Terry se posicionó como si su rostro hubiera sido hecho para llenar aquel espacio. Una vaga ráfaga de mentol, un claro sabor a hierbabuena y la estela del tabaco que un cigarrillo le había proporcionado. Un algo que se precisaba. Un algo que le pertenecía.

Las manos de Terry se aferraron a su cintura y la atrajeron hacía sí. El cuerpo de la rubia se amoldó al suyo como dos imanes que se reúnen. Que se atraen. Su tacto suave en su nuca y sus dedos buscando sus cabellos, Terry no sabía cómo había creído que podría acostumbrarse al vacío que dejaba la rubia. Porque sus manos habían sido hechas para sujetarla —a ella y solo a ella— y su cuello moldeado para albergar su agarre —suave y gentil, posesivo a su modo— sus labios habían sido creados para besarla —y perderse en ese sutil elixir de gloria—

«No es correcto» decía una voz tan interna y lejana que no le costó dejar de escucharla. En ese momento, el mundo se había esfumado y en ese espacio, solo existían ella y el inglés que tanto amaba. Las galaxias podrían haber estallado y un nuevo Big Bang tenido lugar y la destrucción de la Tierra no habría significado nada. Porque en ese tiempo y en ese lugar, Candy solo podía concentrarse en el beso de Terry. En sus manos sobre su cintura —cuánto las había añorado—, en su aliento rozando su piel —adictivo y seductor—.

El inglés bajó la intensidad del beso y sus labios jugaron un poco con los de la rubia. Ella bajó los brazos y siguió la camisa hasta sujetarle los antebrazos. Terry apartó la cabeza y abrió los ojos, su mirada azulada se fusionó con la de ella. Candy sonrió y esperó, hasta que la sonrisa del chico se hizo presente; cálida y sensual.

— Jamás dejé amarte Terry. Ni por un instante— confesó, porque retener aquella declaración, habría sido masoquista. El castaño le pasó una mano por la mejilla y se deleitó con la suavidad de su piel.

— ¿Perdonarías mi testarudez y mi orgullo que incitaron nuestra pelea?— le preguntó.

— Solo si aceptas que fui tonta y terca. No debí haberte dejado, no debía haberte abofeteado. Desconfié. Dudé de tu palabra y jamás me diste motivos— se recriminó ella, bajando la mirada. Pero Terry la tomó de la barbilla y la obligó a mirarle. Dejó un beso en su nariz y sonrió.

— Idioteces de adolescentes. Ambos tuvimos la culpa— aseguró él inglés. Y solo entonces, la realidad del presente se cernió sobre Candy y la imagen del rubio que residía en Ohio esa noche se filtró en su memoria— Candy ¿qué pasa?— le cuestionó el castaño. Candy lo abrazó por respuesta y hundió el rostro el su pecho. La fragancia Armani se filtró en su nariz y la calidez del cuerpo de Terry la envolvió con rapidez. El castaño acababa de reaccionar y envolverla con los brazos cuando la rubia se alejó de golpe. Sin mirarle, sin darle la cara, Candy se dio la vuelta y se alejó de él.

— Debes irte Terry— le dijo— No es correcto que estés aquí. Sin importar lo que ocurrió o lo tontos que fuimos, no es correcto esto. Yo estoy con Anthony— aclaró y aquella certeza golpeó a Terry más brutalmente de lo que la bofetada de hacía seis años le acometió en el orgullo— Esto no cambia ese hecho y yo no puedo herir a Anthony de este modo—

Sin proponérselo, el castaño sonrió. La Candy que conocía era exactamente la rubia que tenía enfrente. De ideales fuertes, de moral intachable. En el pasado, Candy no había perdonado su supuesta traición por el mismo motivo por el que se alejaba en ese momento. Los valores morales que sostenían a la rubia, no aceptaban mentiras, traiciones ni hipocresías. Y Terry la amaba por ello.

— Candy— le llamó, sujetándola por los hombros, haciéndola respingar— Aunque no lo creas, comprendo lo que dices. Y concuerdo contigo. El tiempo ha pasado y Anthony es ahora tu presente. Nuestra historia se cerró aquella tarde en que nos dejamos arrastrar por la inmadurez de nuestra edad…— aceptó con decisión— Pero no puedes decirme que después de esto, no nos queda nada—

— Terry…— antes de que pudiera continuar, el castaño dio un apretón a sus hombros y sin siquiera mirarla, Candy supo que sonreía.

— No puedo perderte. No de nuevo, pecosa— le aseguró— Pero tampoco puedo arrebatarte de su lado, sin habérmelo ganado. Ya en el pasado te herí y aunque lo haya aclarado eso no cambia que el tiempo siguió su curso y me alejó de tu vida. Tal vez no merezca un lugar en tu vida pero voy a pelear por demostrarte a ti, a Anthony, al mundo entero que puedo ser el hombre de tu vida— la rubia se giró de improviso y el brillo cristalino de sus ojos le indicó que estaba reprimiendo el llanto.

— Me voy pecosa. Pero no creas que mis intentos por recuperarte van a cesar. Más que nunca, voy a pelear por tenerte y a demostrarte que nuestra historia todavía tiene mucho que escribir— sentenció. Sin una respuesta, dejando un beso en la frente de la rubia y un click al cerrar la puerta, el castaño abandonó a la rubia, sumiéndola en sus propios pensamientos.

Terry había dicho que pelearía por ella. Terry había dicho que la amaba. Y quizás porque Anthony era parte de su vida, Candy se había mostrado renuente a aceptarle en ese mismo momento. Por el rubio que tanto cariño le profesaba, la pecosa se había resuelto a alejar a Terry de nuevo, pero el castaño estaba decidido. Pelearía. Pondría todo de él para conquistarla de nuevo.

Y Anthony se había ido. El rubio no estaría para oponerse a ello.

:-:-:-:-:

Diciembre 02. Sábado.

RG Corporations. Nueva York, EUA.

Las acciones que tenía fusionadas con una empresa de tecnología oriental, y destinadas para los negocios en Nueva York habían aumentado. El valor del material valía el trato con japoneses a los que poco entendía y a los que tanto les fascinaba que comieran de su gastronomía —muy alejada del gusto del presidente inglés— y con todo ello, parecía que la oferta para lanzar un nuevo producto al mercado con dichas acciones fuera una mala idea.

— No te ves convencido— le dijo Stear al cabo de un momento. Frente a él, Terry se pasó una mano por el cabello y suspiró.

— No lo estoy. ¿Qué tú sí?— le cuestionó. El pelinegro sonrió y negó con la cabeza. Como era obvio, Stear Cornwall no había llegado a vicepresidente de la empresa por su amistad con el castaño. Aunque se conocían desde la secundaria y hacía poco —tal solo dos años— que el pelinegro se hubiera reencontrado con el ojiazul, Cornwall se había ganado su puesto por su visión empresarial y su buena crítica para los productos a lanzar. Una de las razones por las que aquellas inversiones que Terry tanto había descuidado por estar en Inglaterra en lugar de América, no se habían ido al caño, era justamente porque Stear se habían encargado de encarrilarlas a un mejor destino.

— Pues entonces creo que está decidido— aseguró el castaño— Llamemos a nuestros amigos japoneses, así pierda estas acciones, no lanzaré esto al mercado— aseguró con aplomo. Stear no dijo nada, Terry manejaba la empresa a su gusto y visto bueno y en el 99% de las ocasiones siempre acertaba en las decisiones.

— Archie ha llamado— comentó el pelinegro al cabo de un momento. Terry hizo a un lado los papeles y sonrió— Está bastante ocupado pero parece que estará libre este fin de semana. Ha pensado que ya que has vuelto a ver a Candy— sonrió el de anteojos para sonrojo del castaño— podríamos reunirnos como en los viejos tiempos— terminó. Terry sonrió.

Archie y Stear Cornwall, eran más que amigos, un par de hermanos para el castaño. El castaño y marido de la mejor amiga de Candy desde el colegio, se dedicaba a la industria automotriz dirigiendo el negocio de su familia, como Stear se dedicaba a la creación de software y programas de computadora. A su regreso a América y tras una larga temporada sin contacto con los hermanos, Terry les había contactado y visitado reavivando días pasados de una adolescencia soberanamente divertida.

Archie lo había puesto al tanto de matrimonio, más no así del hecho de que Annie todavía veía a Candy. Mientras que Stear había anunciado que había contraído nupcias con su novia de preparatoria, Patricia y con la que estaba buscando dónde asentarse en Nueva York, tras un empleo poco satisfactorio en Chicago. Terry, había ofrecido a Stear un lugar en la empresa en que de analista y productor pasó rápidamente a dirigir la industria. Y era más que nada, por esos dos chicos que Terry se había planteado volver permanentemente a América, dejando la empresa de Londres en manos del antiguo socio de su padre, Robert Hathaway.

— Sabía que no debía poneros al tanto de mi vida— se lamentó Terry con fingida indignación— Pero ya que insistes… sí, sería buena idea reunirnos de nuevo— aseguró. Stear no argumentó nada y resolvió comunicarse con su hermano para que Annie planteara la propuesta a Candy. Secretamente, ambos jóvenes, habían puesto al tanto a sus mejores amigos de su reencuentro y no se habían cortado al momento de detallar lo ocurrido, tres días antes.

De aquella noche, habían pasado tres días, pero no había habido ninguno en que Terry no apareciera en la vida de Candy. Luego de su despedida, había enviado chocolates italianos a la rubia por la mañana con una tarjeta de buenos días y había aparecido por la tarde en el hospital con una rebanada de tarta de zarzamoras en la mano.

El viernes, había aparecido por la noche en su apartamento y aunque Candy no le había permitido el paso, Terry había llevado con él un rosa y un libro que deposito en sus manos con un dulce beso en su frente antes de marcharse. «Besar a un ángel» había cautivado a Candy que esa misma noche comenzó la lectura.

Aquella mañana, Candy no había recibido presentes ni el castaño se había aparecido por su edificio o el hospital –y tampoco pretendía hacerlo- pero no pasaría mucho antes de que la rubia, recibiera su sorpresa.

:-:-:

Las manos de dolían y las piernas, le pesaban como el plomo. La jornada había sido agotadora. Un pequeño accidente de auto, había llevado a ella a un pequeño con tres huesos rotos y una cortada que requirió siete puntadas en el cráneo. Además, la autopista había albergado otro accidente que incluyó un autobús escolar y tres autos y que dejó al hospital en el ajetreo total a falta de médicos que laboraran esa tarde. Candy había ayudado en lo que podía, ya fuera atendiendo heridos o dirigiendo enfermeras. Luego de ello, llegar a casa había sido un alivio.

Abrió la puerta sin fijarse en lo que hacía y dejó las llaves junto al móvil en la cesta de siempre, su bolso quedó prensado en el perchero, justo debajo de su abrigo. Habría podido llegar al sofá sin reparar en nada, pero fue el desliz de su zapato lo que la hizo mirar. Como si la hubieran pasado por la rendija de la puerta, una carta sellada con el membrete de los Grandchester —quiénes tuvieran ancestros de la realeza inglesa y por ende su propio escudo— reposaba inerte a la espera de ser advertida.

Sonrió. Tomó el sobre en sus manos y se tumbó en el sofá. El cansancio disminuyó cuando comenzó a leer:

Candy:

Profesarte amor a través de palabras resulta imposible. Escribir poemas para resaltar tu belleza, es innecesario. Ni la tinta ni las musas me serían suficientes para detallarte mi sentir o para describir tu inmensa belleza. ¿Por qué cómo el lenguaje de la palaba escrita podría englobar todas tus virtudes? ¿Cómo obligar a las palabras a tornarse eternas para jurarte mi amor? Es imposible. Y sin embargo, aquí lo tienes.

Soy un simple hombre enamorado que ha vivido en vano si no logra llegar a tu corazón. La muerte no sería suficiente castigo por haber derrochado la oportunidad de la vida en metas banales y sueños insulsos en vez de cantarte poesías y escribirte baladas alabando tu ser, tu belleza y tu intelecto. ¿Pero qué puedo hacer, que no se haya hecho ya? Los Beatles ya inmortalizaron la belleza y Shakespeare ya retrató la agonía de este falso Montesco en un mundo que albergue tu ausencia. Monet ya retrató las mil tonalidades que has puesto en mi vida, con tu luz y tu calidez. Incluso Byron ha hecho constar que no me puedes olvidar y que nuestras memorias son tan eternas como el amor que no me canso de expresarte.

Tal vez peco de arrogante y egoísta, pero Dante ha retratado un infierno que carece de sentido. Nada parece más cruel que la desdicha de tu rechazo o el desaire que puedes declararle a mi corazón. Ninguna condena es condena a menos que se trate de vivir sin tu amor.

Admito ser esclavo de las esmeraldas en tu rostro. Adicto soy también del néctar de tus labios. Pirata bucanero pienso en convertirme, el tesoro de tu amor pretendo asaltar. Mendigo me declaro de tus besos y caricias. Dueño anhelo convertirme de tus sonrisas y tus suspiros. No invento ni tampoco alucino, cuando aseguro ser capaz de hacerte ver galaxias con un solo beso o contar tus pecas en tiempo record besando su presencia en tu cuerpo como pase de lista.

Amada mía, apiádate de mí. Dulce mujer, déjame ser parte de tu vida. Permíteme explorar el mundo de tu mano, tocar ángeles en tus besos, perder la cordura en tus caricias, rendirme ante tu esencia si me brindas tu amor. Sin promesas o falsos tesoros que ofrecerte, poseo solo un humilde corazón. Pero a cambio del tuyo, me atrevo a darte el mío, mi alma, mi razón, mi vida. Y cada estrella que en el firmamento brille, cada universo que en las galaxias existan. Cada poema y cada canción, cada carta y cada novela, cada beso y cada caricia. Ofrezco ser tuyo y tatuarme tu nombre, ofrezco ser tuyo, si aceptas ser mía.

Tú eterno poeta enamorado.

Terry.

Las lágrimas de ternura resbalaban por sus mejillas. No era la primera vez que Terry escribiera para ella. Antaño, el castaño le había dedicado tantas cartas como poemas e incluso una composición musical propia de él. Durante su maravillosa historia, habían sido muchas las ocasiones en que Terry la envolviera en cada una de sus grandes pasiones. Tardes completas mientras le recitaba a Romeo o a César. Noches en vela, mientras le susurraba bajito poemas de Byron, en lo que tardaba en dormirse o mientras la batería del teléfono durara. Mañanas en los muesos de arte más reconocidos o inmiscuidos en libros con los paisajes más bellos de Monet. Incluso había una memoria que evocaba a los Beatles, porque el castaño había conseguido que Archie y Stear le ayudaran a conseguir lo necesario para cantar «Love me do» en plena explanada del Instituto.

Y sin embargo, aquella carta, era más de lo que Candy podía esperar. Aquella de entre las muchas —ya amarillentas y degastadas— que conservaba en el fondo del baúl de plata que le había dado su padre, se había convertido en su favorita. Porque después de tanto, Terry aún tenía letras para ella. Todavía tenía musas para dedicarle sus escritos y amor para ofrecerle incluso después de su cruel desaire.

El sonar del teléfono la hizo reaccionar y limpiando el rastro de lágrimas de sus mejillas, dobló la carta con cuidado y la dejó a un lado. Tomó el teléfono de planta, apoyándose en la encimera de la cocina e intentando sonar serena respondió:

— ¿Bueno?

Hola mi amor…— respondieron de la otra línea y aunque no lo deseaba, la sonrisa que se había formado en sus labios se borró.

— Anthony…


Continuará…


JulietaG.28