—Para pensar… ¿o para huir otra vez? Pensé que esa obra benéfica era importante para ti, pero parece que…
—¡Calla! —no estaba dispuesta a seguir soportando su crueldad.
Aunque lo cierto era que no podía evitar pensar en lo que ese dinero supondría para los niños de la calle de Nueva York, sabía que no era justo poner sus necesidades por encima de las de ellos.
—Entonces, ¿hay trato? ¿Dos millones para tus niños de Nueva York y para mí una esposa y, con un poco de suerte el nieto de tu padre?
De alguna manera Sam se las arregló para ocultar lo tentada que estaba de aceptar aquella proposición. Pero después de unos segundos, tomó aire y habló:
—De acuerdo.
Sam perdió la mirada en el paisaje que había al otro lado de la ventanilla del BMW de Freddie, que se deslizaba a toda velocidad atravesando la campiña . No le había preguntado adónde se dirigían, de hecho no le había dirigido la palabra desde que se habían despertado en su apartamento. En su casa pero, afortunadamente, no en su cama; al menos hasta el momento se había librado de eso.
No sabía adónde iban ni tenía la menor intención de preguntar. La única información que le había dado después de que ella aceptara el trato con tristeza había sido que iba a llevarla a la que iba a ser su casa.
—¿Por qué no dejas de comportarte como una reina del melodrama? —le dijo de pronto con la misma dureza con la que le había hablado desde su llegada—. No te pega y además no tienes motivos.
—¿Que no tengo motivos… después de lo que me has hecho? —Sam explotó con furia.
—¿De lo que te he hecho? —preguntó sorprendido—. Lo único que he hecho ha sido ofrecerte un trato.
—¡Un trato! —su indignación iba en aumento—. Me estás haciendo chantaje para que tenga un hijo tuyo —giró la cabeza para que no pudiera ver que era incapaz de controlar sus emociones y estaba a punto de echarse a llorar—. ¿Y qué pasará cuando tengas a tu hijo?
—¿Tú qué crees que pasará? —respondió él en tono desafiante—. Nunca permitiré que un hijo mío sufra el abandono de su padre o de su madre.
—¿Entonces esperas que siga casada contigo?
—Lo que espero es que sigamos casados tanto tiempo como nuestro hijo nos necesite. ¿Qué creías? —parecía estar en una reunión de negocios.
Sam no quería que se diera cuenta de lo aliviada que se sentía al comprobar que no tenía intención de separarla de su hijo una vez que hubiera nacido. Porque no importaba lo que sintiera por Freddie ni cuánto llegara a odiarlo; de lo que estaba segura era de que jamás podría abandonar a su pequeño.
Frunció el ceño al darse cuenta de pronto por dónde iban; el corazón se le aceleraba a medida que Freddie se introducía en el pueblo en el que Sam había crecido. A pesar de no haber vuelto allí desde hacía cuatro años recordaba con total claridad todas y cada una de las calles por las que pasaban. Eran las calles que había recorrido tantas y tantas veces de vuelta del colegio, cuando Freddie iba a buscarla; como el día que fue a decirle que su padre había muerto, o el día de su boda.
—Has comprado nuestra antigua casa —no era una pregunta sino una afirmación, y lo dijo con voz neutra, intentando ahogar la intensidad de sus emociones.
—Ya había empezado a negociarlo antes de nuestra boda —Peter contestó con la misma aparente falta de sentimiento—. Se suponía que iba a ser un regalo sorpresa. Sabía cuánto te afectó cuando Margaret decidió venderla. Cuando fue obvio que no ibas a estar para recibir tus regalos de boda ya era demasiado tarde para echarme atrás en la compra —al añadir aquello se encogió de hombros como quitándole importancia—. Me imagino que también podría haber vuelto a ponerla en venta, pero…
Al llegar a la entrada de la casa y oír el sonido de las ruedas aplastando la arena del camino, Sam tuvo la sensación de que, si cerraba los ojos, al volver a abrirlos vería a su padre que salía a recibirlos.
Pero su padre estaba muerto y algo dentro de ella había muerto con él.
—Está igual de siempre —dijo ella en tono distante una vez hubieron bajado del coche. No podía hablarle de otro modo, para ella no era más que un desconocido. Sin embargo esa misma noche…
Mientras luchaba contra el miedo Freddie abrió la puerta principal.
—Bueno, en realidad ha habido algunos cambios. El despacho de tu padre lo he dejado como estaba, pero… —le dio la espalda, pero su voz parecía entrecortada por la tristeza—. La verdad es que no vengo por aquí a menudo… Pero sí he cambiado ciertas cosas en las otras habitaciones.
Sam lo miró intrigada.
—Pensé que ninguno de los dos querría utilizar la habitación que había sido de tus padres, así que hice un nuevo dormitorio principal. Y el invernadero que siempre quiso tu madre, y que tu padre no tuvo fuerzas para hacer después de que ella muriera… se me ocurrió que… —hizo una pausa mientras le cedía el paso para entrar en la casa; estaba claro que había preferido no decirle lo que le estaba pasando por la cabeza.
Sam se dio cuenta de que estaba temblando como una hoja a punto de caer. Aquellas eran las mismas escaleras por las que había corrido para dirigirse a su boda con el corazón destrozado por las palabras de su madrastra; y también las que había subido a toda prisa, deseosa de alejarse de Freddie y de su matrimonio.
En cuanto consiguió hacer desaparecer aquellos dolorosos recuerdos se dio cuenta de que la casa estaba bastante abandonada; seguía teniendo la mayoría de los muebles que había elegido su madre hacía tanto tiempo, y todos ellos estaban cubiertos por una considerable capa de polvo. Por mucho que le molestara, lo cierto era que empezaba a sentir el impulso de volver a darle vida a todo aquello, llenándolo del amor que siempre había habido en aquel hogar. Confundida por lo que estaba sintiendo, se volvió hacia Freddie con los ojos llenos de rabia:
—¿Se puede saber para qué me has traído aquí exactamente? Aparte de la razón más obvia, por supuesto —añadió con mordacidad—. Me sorprende que no quieras concebir a tu hijo en la cama de mi padre.
Al ver la cara con la que la estaba mirando Freddie se quedó callada; la expresión de su rostro era más elocuente que cualquier amenaza.
—Te he traído porque esta va a ser tu casa de aquí en adelante —respondió después de un tenso silencio.
