Buenas tardes! Perdón por la tardanza en actualizar, pero me fui de viaje y no me había llevado la computadora. Este es uno de mis capítulos favoritos porque fue el primer disparador de la historia, tanto hacia adelante como hacia atrás. Espero que a Uds. también les guste :)

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Al día siguiente, Albafica garabateó unas líneas y dejó el papel en el alero de la ventana donde siempre lo hacía. Bajó las escaleras por los once templos restantes con el corazón oprimido, mientras ocultaba sombrías dudas en lo más profundo de su corazón. El Patriarca lo había enviado en su primera misión oficial como Santo de Oro, y aunque no era capaz de admitirlo, lo cierto era que no tenía la menor gana de ir. Se sintió sucio por eso. Se suponía que era un Santo protector de Athena, pero en vez de eso hubiera preferido quedarse abrazando a Mirena toda la mañana y levantarse tarde. Por Athena, la abrazaría todo el día. No podía acercarse tanto a nadie más en todo el mundo por culpa de su sangre envenenada. Recordó de pronto que ella jamás le había explicado cómo se había hecho esa especie de armadura invisible con hidrógeno líquido, o lo que fuese que hubiera hecho. Sintió curiosidad pero también admiración. Sentía que la armadura le pesaba sobre los hombros y le dificultaba el movimiento, pero durante la misión no tenía más opción que llevarla todo el tiempo, eso le había explicado el Patriarca Sage. Se preguntó por qué, pero no se atrevió a contrariarlo. El anciano tenía casi un siglo, y era el de rango más alto en todo el Santuario. No le correspondía a él cuestionar sus decisiones.

Se dirigía a un lugar llamado Isla del Curandero. Allí habitaba alguien que clamaba poder curar todas las enfermedades sobre la Tierra, y Sage sospechaba que podía ser un espectro del ejército de Hades. Antes de partir, Albafica se había tomado un momento para consultar a Shion de Aries. Él era el más cercano a las actividades del Patriarca, y muchos comentaban por lo bajo que seguramente sería el próximo en ocupar ese puesto. El Santo de Aries le explicó sobre los espectros, sus rangos, sus habilidades; pero todo aquello Albafica ya lo sabía por lecciones de su propio Maestro. Lo que el Santo de Piscis realmente quería era consultarle al reparador de armaduras sobre su Armadura y por qué se sentía tan pesada, por qué su Cosmos era tan difícil de llevar. Quizás era porque sentía que no era suya, no realmente. No la había ganado justamente como Mirena con su Armadura de Orión. Pero lamentablemente para él, Shion le dijo lo mismo que ya sospechaba, que debía encontrar en su propia alma la forma de despejar esas dudas. Pero primero debía permitirse sentirlas, porque sólo sintiendo se permite sanar lo que se oculta. Agradeció el consejo, pero no lo comprendió, así que lo archivó en una parte de su memoria sin darle más vueltas.

Los días pasaron lentamente. Caminar con todo ese peso encima le dolía hasta en los huesos. Por eso cuando finalmente llegó a la orilla y observó la Isla del Curandero a lo lejos, en el horizonte, fue fenomenal. Preguntó a los aldeanos por el hombre que clamaba poder curar todas las enfermedades y todos señalaron inequívocamente la fortaleza en el bosque, en medio de la isla. Se dirigió allí a paso perezoso para encontrar las puertas abiertas. Con ciertas dudas, entró. Avanzó por un largo pasillo hasta encontrar un modesto trono de madera de algarrobo y almohadones de terciopelo rojo, pero su mirada se centró en el rostro de su ocupante. Rasgos marcados lo hacían parecer un hombre duro, el cabello caía rojo y recordaba a las Rosas del Templo de Piscis, mientras esos ojos negros lo escudriñaban. El Santo tragó saliva y apoyó una de sus rodillas en el suelo, agachando la cabeza.

-Mis respetuosos saludos, Maestro –comenzó-. Yo soy Albafica de Piscis, y me presento ante usted por encargo de –el hombre lo interrumpió en medio de la frase.

-Sé quién eres –Piscis sintió un escalofrío-. Ya nos conocemos –declaró-. ¿No te acuerdas de mí? –Albafica negó enérgicamente con la cabeza-. Mi nombre es Luco de Dríade… tal vez tengas mejores recuerdos de mi hermano, Lugonis de Piscis –esa revelación lo golpeó. Abrió grandes los ojos y contuvo el aire, incapaz de respirar.

-¿Ya nos conocemos? –balbuceó. Luco siguió.

-He estado junto a mi hermano el fatídico día en que te encontró –sonrió con malicia-. Sabes, eres de mi familia, así que te diré la verdad –dijo, encogiéndose de hombros.

-¿La verdad? –inquirió él, poniéndose de pie y afinando sus sentidos. Se preguntó si serían ciertos los rumores sobre los espectros de Hades.

-Conozco el dolor de no poder acercarse a nadie, lo he visto en mi hermano y su sangre envenenada –afirmó Luco-, y tú también la tienes… he visto caer enfermos a unos pájaros de mi jardín –Albafica tragó saliva. Lo de los pájaros había sido un descuido que hubiera preferido no mencionar. Ahí estaba la prueba de por qué no podía realmente acercarse a nadie. Harían bien en temerle. Luco hizo una seña hacia el pasillo, y un sirviente acercó un pequeño almohadón con el pajarillo que temblaba, al borde de la muerte. Luco tomó un frasquito de su bolsillo y le suministró dos gotas al animalito. Enseguida se levantó y voló como si nada le hubiera ocurrido-. Son los lirios que crecen en esta isla –explicó-. Si tú lo deseas, puedo curarte a ti también. Sólo te pediré a cambio una nimiedad.

-Es muy impresionante –admitió Albafica-. Y le agradezco su oferta, pero temo que debo rechazarla –dijo, más por obligación que poder verdadero convencimiento-. Soy un Santo protector de Athena, y no puedo renunciar a la misión que me fue impuesta, sin importar lo penosa que se me haga –admitió.

-Yo era como tú –informó Luco-, tengo un hijo ¿sabes? Un buen día, como no podía ser de otro modo, él cayó enfermo por este mismo veneno… ¿te lo imaginas? –Albafica asintió despacio. Claro que se lo imaginaba. Pero los Santos de Oro tenían prohibido ser padres porque deberían dedicar su vida a Athena, así que no era necesario meditar sobre ese espantoso dolor-. Pero el misericordioso Hades salvó la vida de mi hijo, y sólo tuve que unirme a su ejército –Albafica apretó los puños-. Te ofrezco lo mismo a ti. Únete a Hades y no volverás a sufrir.

-Eso es mentira –balbuceó-. Jamás me uniría a las fuerzas del mal –dijo, levantando la voz-. ¡Jamás! –Luco se levantó y reveló la armadura negra que poseía bajo su amplia túnica. Chasqueó los dedos y Albafica sintió como si sus moléculas se dividieran y flotaran, viendo la estancia desde arriba. Luego todo fue blanco. Cuando volvió a mirar estaban fuera, en un claro del bosque. Comprendió que lo había transportado allí, pero no dilucidaba por qué. Entonces vio los lirios que crecían a su alrededor, semi ocultos por la hierba.

El Santo de Piscis atacó primero con ciertas dudas, con la esperanza de que al golpear primero, si lo hacía con bastante fuerza, quizás no tuviera que golpear de nuevo. Pero Luco esquivó esa explosión de su Cosmos y se arrepintió enseguida de haber puesto tanta fuerza en un solo golpe. Intentó otra vez pero era inútil. Gran parte de sus ataques, sino todos, incluían alguna forma de veneno; que estaba absolutamente neutralizado por los lirios. Varios golpes le propinó su enemigo, pero se juró a sí mismo que no se rendiría, que lo haría por su Diosa Athena. Se dio cuenta de que sus movimientos eran cada vez más lentos, que sus golpes eran más débiles, y que el trozo de oro que tenía encima parecía pesar más toneladas a cada segundo. ¿A quién engañaba? Estaba perdido y lo sabía. Luco lo inmovilizó con la fuerza de su Cosmos y lo arrojó hacia un gran sauce. De algún modo las ramas comenzaron a moverse por la voluntad del espectro y se enredaron en sus extremidades, apretando con fuerza, haciéndolo incapaz de moverse. Aunque la armadura no se rajó siquiera, pudo escuchar sus propios huesos romperse y ver la sangre que resbalaba entre las uniones de su armadura. La presión era tanta que era incapaz de respirar. Pronto dejó de oír, y supo que no tardaría en perder la conciencia. Su último pensamiento fue para Mirena. Luego, todo fue oscuridad.

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Cuando se remontaba a su infancia, llegaba un punto en que la mayoría de los recuerdos involucraban nieve. Por eso cuando vio a su discípula en esa armadura blanca que brillaba, se hinchaba de orgullo. Hacía que la misma nieve se viera gris. Hacía años que no pisaba el Blue Gaard, pero no lo encontró igual que antes. Sin embargo, era el lugar perfecto para enseñarle a Mirena a perfeccionar sus ataques de hielo. Hacía ya dos meses que estaban allí y aunque sus progresos eran, como siempre, impecables; Dégel se daba cuenta de que algo le faltaba. Una noche, durante la cena, sintió la necesidad de recordarle a su alumna que los Santos de Oro no tienen permitido casarse ni formar una familia. Ella se encogió de hombros y dijo que ya lo sabía, aunque notó cierto desagrado de su parte. Esa noche no pudo dormir, sus pensamientos se mezclaban con rosas rojas y el color del océano. Invocó una plegaria silenciosa por su amigo, donde quiera que estuviera. Por la mañana agradeció que el casco de la armadura cubriera sus ojeras. Caminó lentamente, sus pies se hundían en la nieve, montaña abajo donde se encontraría con Dégel. De pronto paró en seco. Un grito de dolor que sonaba sólo en su cabeza le hizo punzar el corazón. Siguió ese Cosmos, sin saber en qué parte del ancho mundo lo hallaría. Se deshizo en polvo de estrellas, dejando las huellas en la nieve sin más continuación.

Cuando abrió los ojos, también allí estaba amaneciendo. Se encontró en un claro de un bosque cubierto de lirios pero sus ojos fueron enseguida hacia el gran sauce. Mirena ahogó un grito de horror cuando vio la sangre goteando a los pies del árbol. Era evidente que el enemigo del Santo de Piscis, fuera quien fuera, lo había dejado allí para que muriera. Mirena cortó esas ataduras separando las moléculas con total facilidad y lo bajó con cuidado. Lo primero que hizo fue tomarle el pulso en el cuello y lanzar el aire con alivio al sentir un leve latido. Lo apretó contra su pecho y rompió a llorar, preguntándose si su Cosmos sería suficiente, si sería capaz de curar heridas tan profundas. Pero fracasar no era una opción. Deseó que su compañero abriera los ojos y le mostrara ese color que le gustaba tanto. Supo que la única manera de hacerlo sería que lo curara ella misma, que ningún médico podría acercarse a esa cantidad de sangre envenenada sin morir en el intento. Rezó con fuerza, con verdadera devoción, como lo hacía su Maestro Dégel; y puso todo el poder de su Cosmos en la tarea que tenía por delante.

Albafica abrió los ojos de súbito, envuelto en un dolor insoportable. Enseguida se dio cuenta de que ya no estaba en el claro del gran sauce sino en alguna otra parte del bosque. Estaba acostado sobre el suelo pero su cabeza estaba elevada, como si la hubieran acomodado en una improvisada almohada. Girar la cabeza le provocó un dolor atroz, pero le hizo sonreír cuando se dio cuenta dónde estaba acomodado y por qué se sentía tan conocido. Eso que había llamado almohada, en realidad era el muslo de Mirena, que descansaba a su lado con la espalda recargada en el tronco de un árbol. Se veía espléndida en armadura. La mano de ella descansaba sobre su pecho en un suave abrazo. Estaba dormida, seguramente por el esfuerzo. Hizo un esfuerzo por ser silencioso y no despertarla, mientras algunas lágrimas escapaban bajo sus párpados. No supo si lloraba de dolor o de alegría o de agradecimiento. No era la primera vez que le ocurría algo como aquello. Aunque levantar el brazo le tomó un esfuerzo sobrehumano, tomó la mano de ella y la apretó suavemente.

-Alba-chan –susurró ella, abriendo los ojos de a poco-. Estás despierto –él sonrió de lado, buscando sus ojos con la mirada-. Perdóname… no he terminado. Los órganos internos eran lo primero. Sientes dolor, ¿verdad?

-No te disculpes –susurró él-. Salvaste mi vida –él le sonrió e intentó incorporarse, aunque le provocó un dolor agónico. Mirena comprendió lo que intentaba hacer y lo ayudó a sentarse a su lado, con la espalda sobre el tronco del árbol. Ella lo abrazó con suavidad y enseguida él sintió la calidez de su Cosmos actuando sobre sus huesos y sus músculos. Momentos después, se sintió algo mejor. Mirena cerró los ojos, visiblemente agotada.

-No te ibas a sentar muy bien con esa espalda rota –sonrió, con los ojos semi abiertos-. Después continuaré. No te muevas mucho, te harás daño –indicó. Él apretó los párpados, con visible dolor.

-Mire… no me alcanzará la vida para agradecerte –balbuceó-. Lamento que te duela por mi culpa –dijo, entrelazando sus dedos.

-Tonterías, Alba-chan, curar es mi misión en la vida –balbuceó sonriendo-. En especial a ti, Caballero. Cuéntame algo –pidió con pereza en su voz-. ¿Contra quién has pedido? –dijo burlonamente. Algo se rompió dentro del Santo, que apretó fuerte los párpados y contuvo la respiración. Instantes después, rompió a llorar. Mirena lo abrazó contra su pecho-. Perdóname, no quise…

-No importa –interrumpió él, escondiendo su rostro en el hueco de su cuello. Susurró cerca de su oído, con la voz quebrada-. Te amo –confesó-. Te he amado incluso desde antes de verte, desde aquel día que sentí tu Cosmos entrando al Templo de Piscis. Tú lo sabes, yo sé que sabes. Pero los Santos de Oro tenemos prohibido –se interrumpió de pronto, ahogado por sus propio llanto-. Un verdadero Caballero lucharía por quitarse esos sentimientos de adentro, por ser verdaderamente fiel a Athena. Yo no puedo siquiera pensar en intentarlo. Soy tan egoísta –sollozó-. No merezco esta armadura. No merezco ser llamado Caballero, no soy digno. Debiste dejarme morir –Mirena lo sostuvo contra sí todo el rato. En silencio, ella también lloraba.

-Cállate –ordenó con la voz quebrada. Eso le sorprendió-. No hay ley que te ordene qué sentimientos debes tener en tu corazón, ni hay ley que te impida disfrutar de estos momentos de mutua compañía –entrelazó sus dedos, acariciando el dorso de su mano con el pulgar-. ¿Cómo vas a defender el amor de Athena, si tú mismo no eres capaz de tener amor en tu corazón? ¿Cómo vas a defender la paz del mundo, si tú mismo no estás en paz? La voluntad de defender a otro hace que nuestro Cosmos se eleve, ¿te acuerdas? –él asintió apenas-. Mi Maestro me ha contado que Lugonis te encontró en un campo de rosas venenosas. ¿Eso te parece casualidad? ¿No crees que alguna fuerza superior te ha hecho sobrevivir a eso por alguna razón? Yo creo que esta armadura te ha escogido mucho antes de que pudieras comprenderlo. Te pertenece –tomó su mano y le guió suavemente hacia su pecho-. Escucha –ordenó. Él enumeró los latidos de Mirena, eran cansados pero también cálidos, lo hacían sentir en casa-. ¿Puedes oírlo? ¿Puedes sentirlo? También te pertenece –lo besó en la cabeza con dulzura, como lo haría con un niño-. Tú lo sabes, yo sé que sabes –afirmó, mientras las lágrimas seguían cayendo con fuerza-. Eres digno –afirmó-. Jamás te dejaría morir –con un movimiento suave tomó el rostro de él entre las manos, obligándolo a mirarla a los ojos-. No llores más, Caballero –balbuceó.

-¿De veras lo crees? –inquirió.

-De veras –dijo ella, con una media sonrisa triste-. Pero si dudas de ti mismo, limitas tu propio poder. Entonces tú eres tu propio enemigo.

-Ayúdame –suplicó él, esquivando la mirada.

-Es lo que intento, mi pececito –afirmó con dulzura-. Yo creo en ti, en tu poder, en la fuerza de tu espíritu. Quisiera que pudieras verte con mis ojos por un momento –él sacudió la cabeza, como negando un pensamiento. Entonces le sonrió con cierta tristeza.

-No te vayas nunca –pidió-. No sé qué haría sin ti –Mirena lanzó una risita.

-Tonterías, lo harías bien de todos modos –volvió a sostener la mirada. Ella acarició su pómulo-. ¿Te duele mucho? ¿Quieres continuar ya con esos huesos rebeldes? –él negó.

-Dime, por favor –suplicó, con la voz rota-. Necesito escucharlo porque de veras, no lo sé –admitió-. No sé nada, Mire. Por favor –balbuceó. Ella le sonrió y se acercó un poco más, hablando directamente a su oído, rozándolo con sus labios. Eso le hizo estremecer.

-Te amo –susurró-. ¿Cómo es posible que no lo sepas? –negó suavemente con la cabeza-. Te amo tanto, pececito –él lloró con fuerza, con fuertes espasmos que contraían su pecho, con el dolor recorriéndolo de punta a punta-. No, mi cielo, no llores más –sollozó-. Estate quieto, te harás daño –lo abrazó con fuerza, pasando sus brazos alrededor de su espalda-. Amor mío, que tan profundas son tus heridas –comprendió de pronto-. Siento no haberte dicho antes… pensé que sabías. De veras que sí.

-Mirena –balbuceó-. No te disculpes –repitió-. No sé qué decir, me siento avergonzado.

-No tienes que decir nada, sólo debes permitirte sentir. Tienes un corazón noble, y ahora lo estás usando. No hay vergüenza en eso –sonrió-. Sólo sintiendo te permites sanar lo que ocultas –Albafica recordó de pronto que Shion le había dicho la misma cosa. En un arrebato de valor, observó a sus ojos y se acercó de pronto. La besó sin ceremonia, con fuerza, con verdadero deseo. Ese beso detuvo el dolor de su alma. Le hizo sentir en casa, como si no hubiera nadie más sobre la tierra-. Eso es –susurró ella frente a sus labios.

-Amor mío –susurró-, no tienes idea cuánto tiempo hace que deseaba probar tus labios –admitió-. Te amo –balbuceó, y volvió a besarla-. Te amo, Mirena.

-Yo te amo a ti –respondió ella-. Estarás bien, te lo prometo. Siempre te cuidaré. Siempre estaré ahí para curarte, Caballero –lo besó, acariciando su cuello con el pulgar-. Tendrás éxito en esta misión, lo sé –suspiró-, y luego volverás conmigo –él asintió.

-¿Encontraste la carta en la ventana? –inquirió él, cambiando de tema. Ella negó con la cabeza.

-¿Me dejaste una carta? Qué extraño –se encogió de hombros-. Oh, ya lo sé… quizá yo partí antes que tú –Albafica subió una ceja-. ¿Qué decía?

-¿Partiste antes que yo? ¿Dónde estabas? –inquirió confundido.

-En el Blue Gaard en Siberia –se mordió el labio-. Discúlpame por no haberme despedido. Estaba enfadada y me fui sin hablar con nadie.

-¿Por qué te enfadaste?

-Teneo me mandó a llamar al campo de entrenamiento. Pensé que quizás quería que lo curara, estaría en su derecho, así que fui –suspiró-. Cuando llegué, no paraba de repetirme en todo el rato las cosas que los Santos de Oro tienen prohibidas, y me dijo que si desertaba, él mismo lo informaría al Patriarca –resopló-. Me fastidió haber ido allí para escuchar tamaña lista de idioteces, así que lo dejé hablando solo. Cuando volví, mi Maestro Dégel ya tenía las valijas listas y no me dejó decir nada.

-Oh –solo pudo balbucear él-. Lo siento… yo tampoco me despedí de ti –se encogió levemente de hombros, aguantando un quejido de dolor-. Por eso te escribí. Temía que si la armadura no respondía como era debido, la misión me costaría la vida –suspiró-. Habría sido así de no ser por ti.

-¡Basta! –lo regañó, subiendo la voz-. ¿Cómo tengo que hacer para que dejes de tener una opinión tan mala de ti mismo? –esbozó una sonrisa triste-. Tal vez fue fortuito que no hallara la carta, me hubiera enfadado aun más –Albafica bajó la mirada y apretó los labios en una fina línea.

-¿Estás enfadada conmigo? –Mirena dejó salir algunas lágrimas.

-Estoy enfadada porque no crees en ti mismo –confesó ella, y lo apretó contra sí-. Hagamos un trato entonces, ¿vale? –Albafica asintió-. Cuando sientas que no puedes, recuerda mis palabras, como yo he recordado las tuyas en la batalla –tomó aire-. Eres digno, eres poderoso, tu Cosmos es basto y dorado, bondadoso y fuerte. Puedes vencer a cualquier enemigo que te propongas. Nadie merece esta armadura más que tú –inclinó levemente la cabeza y lo besó suavemente-. No te olvides, por favor –ordenó.

-No lo olvidaré –dijo con solemnidad-. Gracias, amor mío –ella sonrió.

-Aún no hemos terminado –puntualizó-, vamos a terminar con esas heridas tan feas, y luego tengo que volver antes de que el Maestro Dégel me cuelgue de los pulgares y me azote por toda la semana por haber tenido el descaro de interferir en misiones ajenas –Albafica abrió grandes los ojos.

-Lo siento si te metí en problemas –balbuceó. Mirena negó con la cabeza como quitándole importancia y concentró su Cosmos en sus manos mientras repasaba los lugares donde debía curar huesos y músculos. Albafica cerró los ojos y sintió como todo ese dolor desaparecía de a poco, con una calma que nunca imaginó que tendría. Sintió como las fibrillas de sus músculos volvían a unirse y se deshinchaban, incluso al ver sobre su piel parecía que allí no había ocurrido nada. Un buen rato después se sentía perfectamente, aunque Mirena respiraba pesadamente, agotada por el esfuerzo. El Santo la abrazó con verdadera devoción, recorriendo su espalda y la parte posterior de sus brazos con suaves caricias.

-Ten coraje, pececito –balbuceó ella. Él asintió y la besó por última vez-. Te irá muy bien. Nos veremos pronto –y con esto último, desapareció deshecha en polvo de estrellas ante sus ojos, sin darle más oportunidad de replicar.