8 Salvada

Al día siguiente, Kagura caminó junto con Kagome hacia la universidad. El día se había levantado sin sol, unas nubes grises cubrían el cielo y pequeños copos de nieve caían.

-Brrrr….- la chica más joven se acomodó la bufanda. - qué frío hace hoy.

Kagura asintió. Entraron al aula y se sentaron. La clase de matemáticas aplicadas pasó lentamente. Una vez sonó la campana y el profesor se fue, los alumnos aprovecharon para hablar entre ellos.

-¡Kagome!

La clase se giró hacia la voz proveniente de la puerta del aula. Un chico albino de no más de veinte años con el uniforme masculino y una gorra negra hacia atrás saludó a la chica. Kagura se fijó bien en su rostro. Ojos dorados.

-Inuyasha. - el chico se acercó a la mesa de Kagome, con Kagura al lado, observándolo. -¿Qué haces en este edificio si INEF es en el otro lado?

Inuyasha se sonrojó un poco.

-Sólo quería venir a visitarte.-susurró.- Em, bueno…¿Querrías ir a cenar a algún sitio esta noche?

Kagura ahogó una carcajada y Kagome se encogió.

-Sí, claro. A la salida nos vemos.- Inuyasha sonrió. Tan rápido como había entrado, salió.

-¿Ese es el hermano de Sesshomaru?- preguntó Kagura a Kagome. Ella asintió.

-Son hermanastros. - Kagome miró hacia la pizarra y vió al profesor entrar - hablando del rey de Roma.

Kagura dió un leve respingo cuando lo vio, pero Sesshomaru se mantuvo impasible como de costumbre. Era profesor al fin y al cabo. No habría romance en la escuela, como en muchas series televisivas y Kagura lo agradeció.

A las dos de la tarde, Kagura agarró el violín y salió por la puerta, no sin antes dirigir una mirada a su profesor. Él no la miró.

-En tres días tengo la actuación - pensó mordiéndose el labio inferior. Un dolor agudo en la sien creció mientras las paradas del regional se acercaban a Ome. Unos ojos rojos le taladraron la memoria y por un momento pidió que fueran de otro color.

Que fueran ámbar.

Enhorabuena, chicas - una mujer que rondaba los sesenta aplaudió sentada a segunda fila de butacas vacías. Kagura retiró el violín de su dolorido cuello y agradeció las tiritas que se había puesto ese dia en las puntas de los dedos. - Kagura, recuerda afinar las últimas doce notas, hay un leve descenso que no logras corregir.

Kagura asintió lentamente, guardando el violín en su funda con cuidado. Se abrigó con la sudadera de la academia y se despidió de sus compañeras. El entrenamiento había ido muy bien hoy, se repitió mentalmente, permitiéndose sonreír un poco.

El problema lo tuvo luego, cuando salió hacia el exterior por la gran puerta negra que cubría el recinto de la academia. No recordó que le heló más; si el viento de pleno diciembre a las nueve de la noche golpeando en su rostro o ver a Kanna sentada en unos de los bancos de la acera de delante.

-¿Kanna?- preguntó en un susurró, muy confusa. La niña levantó la vista desde varios metros de distancia.

Espera, si Kanna estaba aquí…

-Kagura. - Sus ojos se abrieron con horror y al principio vaciló antes de girar lentamente la mirada. - Ha pasado un tiempo, hija.

-Naraku - intentó recobrar la compostura lo más rápido que pudo, pero notó cómo le temblaba el labio inferior mientras decía su nombre. -¿Qué haces aquí?- escupió, frunciendo el ceño.

-No te preocupes, cariño. -la sonrisa que le dio le hizo estremecer - Solo venía a preguntar sobre la actuación de domingo. - Kagura cerró los ojos lentamente, apretando el agarre sobre la funda de su violín. - Para venir a verte.

-Y para llevarte todo lo que gane.

La mirada agria que le dirigió a su padre hizo que Naraku dejara de sonreír. Vio como fruncía el labio superior y en ese momento oyó la voz de la recepcionista.

-Ah, Kagura. No sabía que aún estabas aquí. - la mujer mayor caminó guardando las llaves del establecimiento, que ahora cerraba. Se paró frente a la pareja y sonrió inocentemente a Naraku. - Debes ser su padre.

-Un placer. - sonrió él. Kagura gimió internamente ante la falsedad de su progenitor. - He venido para preguntar sobre el horario de la actuación del domingo.

Kagura quiso huir.

-Oh, si - no, no se lo digas - El aforo es limitado, pero recomendamos venir sobre las cinco para poder estar en butaca. A las seis menos cuarto empiezan los teloneros y a las seis ya sale la orquesta.

Naraku sonrió.

-Muchas gracias, nos veremos el domingo.

La mujer se fue, haciendo una pequeña reverencia y Kagura solo podía mirar al suelo. Naraku se acercó a su oído antes de caminar hacia su hermana pequeña.

-Adiós, Kagura. Kanna estará ansiosa de verte tocar.

No sintió como la nieve caía sobre ella, ni como el agua helada le subía por los talones de sus bambas mojadas. Lo que sí que sintió fueron las lágrimas que le calentaron las mejillas y seguidamente una chaqueta caer sobre sus hombros. Jadeó y miró por encima de su hombro, temerosa pero confusa a la vez.

Sesshomaru no dijo nada mientras la arrastraba hacia su coche, y ella no preguntó qué hacía allí. Recordó cómo le tendió un pañuelo y le hizo secarse las lágrimas mientras conducía hacia su casa. Recordó la moqueta roja y el piano de cola. Y también recordó la manta que le cubrió mientras ella se sentaba en el sofá.

Él no preguntó hasta pasadas un par de horas. Y a ella no le importó.