Disclaimer: Nada me pertenece. Alto OoC por parte de algunos personajes.
¡Nos vemos abajo!
—¡¿Qué estabas pensando al hacer eso, Bella? —gritó Edward. Ella lo miró sin expresión alguna en su rostro.
—¡Estás enfermo! ¿Cómo puedes tenerme cautiva de esta manera? —exclamó furiosa mientras él sonreía.
—Cálmate, gatita. Soy yo quien debería de estar enojado. No sabía que tenías tendencias cleptómanas —se burló.
—¡Voy a reportarte! Vas a irte a la cárcel por hacerme esto.
Él sólo se rió a mandíbula batiente.
—Pequeña Bella, la policía come de la palma de mi mano. Estamos en el año dos mil diez. La corrupción rige al mundo.
—¡Te odio!—la muchacha estaba a reventar por la rabia. Frotó sus manos contra el sucio vestido, manchándolo con sangre de sus claramente lastimadas manos.
—Ven aquí —habló Edward con suavidad—. Déjame ver tus manos, cariño.
Ella se rehusó, sus ojos se llenaron de lágrimas y sus pequeños labios se fruncieron en un lindo puchero.
—¡No!
—Demonios, ¡odio que te comportes así! Trato de ofrecerte ayuda.
—Me moriré por tu culpa —susurró ácida.
—No, no te vas a morir. Voy a cuidarte.
Eso la sacó de quicio. ¿Cómo se atrevía? Soltó un grito rabioso, golpeó el suelo con los pies, y entonces lágrimas gordas comenzaron a escapar de sus ojos de cachorro. Edward se pasó la mano por su desordenado cabello de manera nerviosa.
—No hagas eso —ordenó casi con sequedad. Después se acercó a ella, y tomó sus lastimadas manos.
—Te pondré un poco de alcohol para que no se infecte —le dijo. Se dio la vuelta, dirigiéndose al mini-bar de la sala. Ahí guardaba alcohol, algodón y pinzas para emergencias.
—Eres una tonta —le reprochó—. No debiste hacer eso.
Bella tembló y dejó que Edward revisara sus manos. No quería pescar una infección o enfermedad por las heridas abiertas.
El algodón fue empapado con alcohol y Edward, bruscamente, lo frotó contra una de sus delicadas manos. Ella lloriqueó y se alejó de él.
—Dámelo, por favor. Yo lo haré
—Lo siento —se disculpó—. Es sólo que acostumbro a hacerlo así, nunca había…
—Está bien —cortó—. Solo dámelo.
Edward fríamente le arrojó el algodón y el alcohol, y ella tomó asiento para limpiar sus manos, quejándose de vez en cuando por el ardor. Edward, cómodamente, se sentó en el sillón y cerró los ojos, desconectándose del mundo.
Pasaron varios minutos y Bella comenzó a preocuparse por él, ya que permanecía inmóvil y con los ojos cerrados. Esperó unos minutos más a que despertara, sin embargo no lo hizo.
—¡Edward! —le llamó la chica—. ¿Estás bien? —Edward abrió los ojos, y se mostró irritado por unos segundos. Después su expresión pasó a una de completa incomodidad. Le dio la espalda sin dirigirle la palabra, lo que a Bella le pareció algo grosero, pero después habló. Ella había dirigido su mirada a sus manos de nuevo, un poco más tranquila porque él había despertado. En aquellos momentos no le hubiera parecido algo tan malo que él muriera, pero no se quería ver involucrada en algo que parecía un homicidio.
—Sí, Bella… escucha, iré a recostarme un poco a la habitación. —rápidamente en aquellas palabras, Bella detectó una oportunidad de escapar—. Si necesitas algo… —Edward no dijo nada más. Subió las escaleras con dureza palpable en sus pasos. Bella se sentía mucho más tranquila estando sola, sin el bipolar Edward intimidándola más a cada segundo.
Ya que terminó de limpiarse, se aseguró de tirar todo lo que había manchado. Se dirigió a la cocina, en busca de un contenedor de basura, para tirar todo el algodón.
—————
—Escucha, ¿Jenks? —hablaba Emmett por el móvil—. Necesito que consigas dos expedientes. Los hombres son Alec Ricci, y Jasper Hale. Ambos acaban de entrar al clan de James Gigandet. Consigue toda la información que tengas. —sabía que Edward le había encargado a Mike la información de Alec, pero ese cabrón era tan estúpido que prefería hacerlo él mismo. «Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo».
Jason Jenks era el abogado que servía al lado sucio de Chicago. Se encargaba de todos los papeleos ilegales, documentos, identificaciones falsas, investigaciones e incluso limpiaba expedientes. Principalmente servía a Edward Cullen y a sus hombres, pero era un hombre ambicioso y mientras la paga fuera buena podía hacer pequeños trabajos para otras personas.
—Entiendo. ¿Algo más?
—Sí… quiero que investigues todos los avances de ese mismo clan.
—Bien, señor. Lo llamaré cuando tenga todo, a más tardar mañana.
—Apresúrate, Jenks. Y ya sabes, ni una palabra a nadie. Mándalo al hotel Edmont, habitación 437.
—Por supuesto, señor.
La llamada terminó, y Emmett guardó su teléfono en el bolsillo. Ojalá Jenks se demorara, así tendría un poco de tiempo libre.
Desató su corbata negra, y la dejó en el suelo para acostarse en la cama y prender el televisor de plasma. Había estado viviendo en hoteles desde las últimas semanas. En su casa estaban haciendo unas reparaciones en cuanto a la seguridad, por lo que le era difícil seguir a Edward a todas partes con facilidad.
Acarició todo su pecho de manera vertical con la mano derecha, un gesto tranquilizador que había obtenido de su madre. Él había entrado al negocio cuando tenía diecinueve años. Había hecho pequeños trabajos para ganar dinero y no estaba en sus planes involucrarse mucho en aquel mundo, sin embargo después de haber hecho bastantes favores sin ser descubierto o herido una sola vez, las personas comenzaron a buscarlo. Había comenzado con pequeñeces como testificar falsamente y transportar automóviles con droga o dinero lavado, y llegado hasta el extremo de exterminar personas. A Edward le había conocido mientras estaba en Londres cuando tenía veintiún años. Él le había localizado ahí, para que asesinara a un tipo que había traicionado el Omertà. No podía ocuparse de eso él mismo puesto que estaba siendo vigilado por el FBI. Aquel quebrantamiento le estaba causando problemas legales, estaba furioso. Emmett accedió y cuando terminó, le presentó a Jenks, quien rápidamente le sacó de aquel embrollo. Edward entonces decidió contarle sus planes del futuro y le ofreció el puesto como segundo. Habían estado juntos desde el principio de su organización hasta lo que era ahora. A pesar de que Edward y él tenían la misma edad, Edward tenía ya mucha más experiencia, puesto a que su familia, antes de la muerte de sus padres, ya había estado muy dentro del negocio. Su padre, Carlisle, incluso había formado parte importante de los Vulturi durante un tiempo. Después decidió formar su propia organización en la que él sería líder y operaría en América. Había llegado a ser algo grande, pues tenía las amistades correctas.
Durmió profundamente durante varias horas, intentando deshacerse del horrible dolor de cabeza que había tenido por tanto trabajo.
Un par de horas después, alguien llamando a la puerta de la habitación lo despertó. Antes de abrir los ojos se frotó la cara, y luego se levantó rápidamente, mareándose un poco por el veloz movimiento. Se dirigió a la puerta de su casa, y la abrió después de observar por el agujero y confirmar que no había nadie. En el suelo había un grueso sobre amarillo completamente sellado. Lo recogió y se sentó en el sofá para comenzar a leerlo. Después le comunicaría a Edward lo que había averiguado y decidirían si en realidad los hombres eran una amenaza o no.
—¿Bella? ¿Cariño? —Edward entró a la cocina, con el cabello húmedo y ropa diferente. Bella levantó la vista como reflejo cuando éste la nombró. Secretamente, le encantaba que Edward le apodara con palabras dulces. Sentía un extraño cosquilleo cada vez que lo hacía.
Había pasado aproximadamente una hora desde la discusión. Bella no había comido desde la mañana, y ya estaba anocheciendo, por lo tanto se encontraba hambrienta. Esperando que Edward no bajara, decidió cocinar un poco. El refrigerador estaba completamente lleno, nada hacía falta. Las estanterías estaban repletas con cientos de especias diferentes. Se sentía realizada en ese lugar. La cocina era una de sus pasiones, adoraba hacerlo y había que admitir que su sazón era esplendida, además era lo único que la ayudaba a despejar la mente. La señora Yorkie nunca la dejaba cocinar porque temía gracias a la torpeza que mostraba a la hora de servir la mesa.
—Dios —Edward aspiró profundamente el olor—. ¿Qué es eso? Huele increíble…
Bella se sonrojó.
«Que adorable», pensó Edward.
—Lo siento… tenía hambre y…estaba preparando algo. Pensé que no te molestaría.
—Descuida, me alegro de que lo hayas hecho. Me olvidé completamente de todo. Disculpa mi inconsciencia.
Ella asintió y regresó sus manos a la estufa. Freía unos cuantos trozos de pescado que había encontrado en el refrigerador. Les había agregado algunas verduras y especias. Era una comida que su padre adoraba, y por eso le encantaba hacerla. Traía viejos recuerdos a su memoria.
Edward suspiró y contuvo el impulso de morderse la lengua.
—También quería disculparme por la forma en que te traté esta tarde —dijo con su voz más suave, que hizo que las piernas de Bella temblaran—. Pero entiende. Pudo haberte pasado algo malo. En cuanto me enteré de que te habías ido me volví loco. ¿Sabes lo que puede pasarle a niñas como tú ahí afuera? ¡Ni siquiera conoces la ciudad!
—¡Pero tampoco tienes ningún derecho sobre mí!
Edward se frotó el pecho nerviosamente. No quería volver a la situación anterior.
—¡Sé que no! Pero tampoco puedo dejar que te pase algo. Yo te traje aquí y…
—Entonces llévame de regreso a Phoenix —suplicó.
—Pronto regresaras. Lo prometo.
—No voy a acostarme contigo —masculló Bella con voz filosa. Edward la miró durante breves segundos.
—Ya veremos —respondió con el tono de voz tan filoso como el de ella. —. Creo que tu pescado se quemó. Vístete. Te llevaré a cenar.
Bella regresó su vista sobresaltada al sartén: efectivamente, el reverso del pescado tenía una capa negruzca y el olor quemaba sus fosas nasales.
—¿Qué me pongo? —le preguntó indecisa. No iba a rechazar la oferta, tenía demasiada hambre.
—El vestido purpura —respondió enseguida. De sólo imaginarla en él, se ponía a jadear como un perro en celo—. Lleva también el abrigo negro. Es una noche fresca.
—Está bien. Sólo dame un segundo, tengo que limpiar esto.
—No seas tonta, gatita. Charlotte lo limpiará mañana.
—Estoy harta de tus sobrenombres. Mi nombre es Bella. B-E-LL-A —se lo deletreó maliciosamente como si fuera un retrasado mental.
—Anda. Ve a vestirte, no quiero que se haga tan noche.
Ella le dio la espalda para dirigirse al cuarto, y Edward tuvo que contener las ganas de pegarle una nalgada a ese culito respingón. Cuando Bella le dejara tomarla, jugarían al amo y a la esclava y se lo dejaría bien rojo, para luego masajearlo y untarle crema. Bella le parecía tan inocente que estaba seguro de que sería muy sexual en la intimidad. Él también subió a su habitación para cambiarse. Supuso que Bella se encontraba en el baño vistiéndose, pues no estaba en la habitación. Fue hacia el ropero para tomar uno de sus extremadamente costosos trajes. Era raro cuando se vestía con ropa casual, siempre dentro de su casa o cuando salía a lugares donde no debía llamar la atención.
Se puso una simple camisa blanca, con pantalones y chaqueta de color negro. La tela de la chaqueta era gruesa como la de un abrigo, por lo que no tenía que llevar un saco extra. En el bolsillo interior de la chaqueta puso una pistola negra, la cual no se marcaba en el abrigo por la tela gruesa. Revisó que tuviera balas y el seguro puesto.
—¿Bella? Te esperaré en la sala. Date prisa.
—Está bien. Bajo en un momento.
Edward se dirigió a la sala y prendió en gran televisor de plasma. Sintió su teléfono vibrar en su bolsillo. El identificador marcaba "numero privado".
—Edward Cullen.
—Edward, soy Emmett. Tengo la información. Estamos en problemas.
—¿De qué hablas?
—De Hale. Jasper Hale. Edward, el tipo se pudre en dinero. Tiene una hermana gemela que está en el manicomio, ¿y sabes por qué? Por que vio como tu padre asesinaba al suyo. Su padre era Jasper Withlock I. ¿Te suena?
—No, en realidad no.
—Bueno, esto pasó hace ocho años, cuando él y su hermana tenían quince. Supuestamente, ahora tienen veintidós.
—¿Supuestamente?
—Edward, el tipo cambia su identidad por lo menos tres veces al año. Su hermana está internada en Texas ahora, pero tiene unos documentos de transferencia al hospital St. Mary's, aquí en Chicago.
—¿Está loca?
—Según esto, no. Trastornada. Pero Edward, eso no es todo. ¿Recuerdas el asesinato de Afton Vulturi, en año pasado?.
—Claro —respondió él. Afton había sido una de las grandes figuras de los Vulturi, sin embargo a pesar de toda la supuesta seguridad, el hombre había sido asesinado en la propia mansión Vulturi. Al asesino jamás lo habían encontrado, el asesinato había sido perfecto, sin dejar ni una huella. Un par de testigos intentaron describirlo, pero al hombre se lo había tragado la tierra.
—Fue él Edward. Y lo hizo porque Afton fue el encargado de una operación en la que su abuelo murió. ¡Su abuelo! Edward, tengo el presentimiento de que este tipo viene tras de ti, para vengar a su padre.
—No —negó Edward—. Eso es ridículo. Pasó hace años, y ni siquiera fui yo.
—Más vale prevenir que lamentar, Edward. Cuídate. Si este tipo mató a Afton Vulturi, debe ser muy ingenioso. Oh, de Alec Ricci, no encontré mucho. Él me tiene sin cuidado. Un par de arrestos por posesión de armas y traslado de un auto con mercancía ilegal.
—Bien. ¿Dices que la hermana de Hale irá a St. Mary's?
—Correcto.
—Mantenla vigilada. Si Hale intenta amenazarme, lo chantajearé con ella. Revísala tres veces esta semana, y después una vez cada dos semanas. Solo asegúrate de que esté ahí si llego a necesitarla.
—Está bien. Pero creo que la próxima semana saldré de la ciudad, así que le diré a Mike que le vigile, y a Seth que cubra mi puesto. Por cierto, ¡No vuelvas a salir sin avisarme! Se supone que debo cuidarte. Tus clases de boxeo no te ayudaran a esquivar o detectar una bala.
—Sí, lo siento por eso —se disculpó con una media sonrisa—. Ahora, tengo que irme. Saldré a cenar.
—¿Con Bella? Cuídala, que es como una gota de agua. Se te escapará en cualquier momento.
—La regresaré a Phoenix el domingo. No tengo tiempo ni paciencia para lidiar con su testarudez.
—Asegúrate de que nadie se entere. No la arruines.
—Lo sé. Colgaré, estoy hambriento.
—¡Espera! —llamó Emmett—. Iré contigo. ¿Dónde nos vemos?
—Por Dios, Emmett. No me pasará nada. Son las diez de la noche, es demasiado temprano para que alguien salga. Descansa, ve televisión. Estaré bien. —y colgó antes de que pudiera replicar.
Lo guardó de nuevo en el bolsillo y salió de la casa, dirigiéndose a la parte trasera. El terreno era enorme, había comprado varios kilómetros en esa zona. Era un área totalmente deshabitada, no tendría ningún vecino, lo cual era conveniente para su situación. Además el sitio era hermoso. Si se adentraba en el terreno, llegaba a una parte del lago Michigan a la que nadie más que él tenía acceso. Había comprado arena y esparcido sobre todo el lugar, y construido una pequeña casa playera, ya que se encontraba bastante alejada de su casa normal.
Pasó por la piscina y siguió caminando unos pocos metros más. Rápidamente llegó a una enorme bodega. Pulsó el código de seguridad en la puerta y esta se abrió y automáticamente las luces se encendieron.
Había un montón de carros, algunas camionetas y motocicletas estacionadas dentro de la enorme bodega. El suelo era de un material negro y brillante, mientras que las paredes eran increíblemente gruesas y hechas de metal brillante, y había mucho espacio entre cada carro por si decidía sacarlo. Todos los vehículos se veían elegantes, y muy costosos. Le pertenecían a Edward, este tenía cierta obsesión por coleccionar automóviles—la mayoría negros— e incluso había algunos que sólo había manejado un par de veces. No los conducía siempre, sólo le gustaba tener la satisfacción de poseerlos. Todos ellos eran a blindados y a prueba de bombas.
Sacó uno de sus favoritos, el Maybach Exelero negro, y lo llevó hasta la entrada de la casa. Bella ya estaba ahí y él bajó para ayudarla a subir al auto. Mientras ella se sentaba en el asiento el fijó su vista en sus muslos blancos y suaves, y anhelando lo que había entre ellos. Probablemente eso era todo lo que obtendría de ella.
Isabella se veía «exquisita» en el vestido. Tanto, que él tuvo que retenerse de mandarla a su habitación y mantenerla encerrada ahí por siempre, sólo a su disposición. Sentía una rabia profunda al saber lo morbosos que podían ser los pensamientos de un hombre al verla, la pervertirían, la imaginarían desnuda, enterrándose en ella con frenesí y sin piedad. Al menos eso era lo que él pensaba.
El camino fue silencioso. Bella se negaba a hablar con Edward y este tenía un profundo dolor de cabeza, que esperaba se calmara con la comida.
—Ponte el abrigo. —le ordenó el con la masculina mandíbula completamente tensa al ver como un joven la miraba y susurraba unas palabras para sí.
—Pero no tengo frío.
—¡Ponte el maldito abrigo! —se encogió y se lo puso a regañadientes. Rápidamente entraron a la recepción del restaurant. Todo se veía tan elegante que temió que sus modales no fueran suficientes. La recepcionista, una mujer rubia, los recibió con una sonrisa, sin embargo no quitó la vista de Edward. Llevaba una agenda negra en sus manos.
—Señor Cullen —seguía sonriendo—. Su mesa esta lista. Permítanme sus abrigos.
Edward decidió dejárselo puesto, mientras que Bella se lo tendió a la mujer ignorando la mirada molesta de Edward, y ella lo colgó en un elegante perchero negro.
—Síganme.
Los elegantes tacones negros que la mujer llevaba sonaban con cada paso que daba. El interior del restaurant era aún más elegante, con candelabros de cristal y manteles de seda. Los centros de mesa eran elaborados floreros con rosas rojas y blancas, y estaban arregladas con dos tipos de copas y cientos de cubiertos de diferentes tamaños.
—Pueden sentarse. Los atenderán en un segundo.
—Gracias —dijo Edward, dirigiéndole una deslumbrante sonrisa torcida que las dejó hipnotizadas a ambas por algunos segundos—. ¿Puedes traernos un par de cartas?
Ella asintió.
—Sí, sí. Claro… ahora regreso.
Después de un par de minutos, un camarero regresó con dos cartas y las tendió, mientras rellenaba las copas con champagne. Ella no tenía mucha experiencia con las bebidas alcohólicas. Claro, había dado unos pocos sorbos al vino en reuniones a las que asistía con sus padres, pero nunca había sido del tipo de chicas que iban a discotecas y se embriagaban completamente. Quizás por eso aún permanecía virgen.
Abrió la carta, con la intención de elegir algo, sin embargo no había un solo platillo que conociera y estaban nombrados con palabras italianas.
—¿Quieres que ordene por ti, cariño?
Ella asintió con las mejillas sonrojadas, admitiendo su ignorancia.
Edward pidió, para comenzar, un par de sopas de crema de champiñón con pan. Bella la comió con lentitud, intentando guardar compostura y tomando varios sorbos de vino cuando lo recordaba. Como platillo fuerte, ordenó algo en italiano, lo que hizo que le temblaran las piernas y sintiera un cosquilleo de excitación.
La comida resultó ser un filete de pescado con verduras y papas, todo hermosamente acomodado en un lugar específico, la pequeña ensalada con la que el plato venía estaba acomodada de una manera elegante que le hacía ver como una flor.
—¿Edward? ¿Eres tú?
Una mujer se acerco a la mesa con la vista fija en Edward. Tenía el cabello largo y rubio, con un cuerpo alto y delgado y piel blanca. Edward la vio por un momento y después se levantó de la silla.
—Hola, Tanya —saludó Edward sin más que cordialidad en la voz—. Gusto en verte.
Ella fijó su vista en Isabella, que se encontraba mirando la escena con molestia. Su mirada fue fría y la intimido, pues no dejó de verla durante un par de minutos. Abruptamente regresó su atención a Edward para abrir su boca y soltar:
—Qui est cette fille? (¿Quién es esta chica?)
—Tanya, ne commencez pas, s'il vous plaît. Et cesser d'être si rude. N'a pas Eléazar vous a appris quelques bonnes manières? (Tanya, no empieces, por favor. Y deja de ser tan maleducada. ¿Eleazar no te enseñó algunos modales?)
Bella estaba ya molesta. Esto era una terrible falta de respeto hacia ella. Estaban hablando un idioma completamente desconocido para ella, pretendiendo que no estaba ahí. Los minutos pasaron y no pudo evitar notar el tono ligeramente amenazante en la voz de Edward mientras pronunciaba las palabras. Y aunque le hacía empapar las braguitas escuchar la suave voz de Edward emitir esos sonidos con ese sensual acento, no pudo evitar ponerse rabiosa.
¿Para eso había insistido tanto Edward? ¿Para ignorarla cuando una mujer más bella apareciera?… ¿Estarían hablando de ella? ¿Estarían burlándose? ¿Edward le estaría diciendo piropos? Esa mujer era preciosa, y por la mirada despectiva de antes, sabía que la veía como nula competencia. Al parecer no era la única mujer en la que Edward causaba estragos mentales.
Ellos continuaron hablando en francés, ignorándola completamente, lo cual la hizo enojar aun más. Escapando de la mirada de Edward, con la mitad de su comida en la mesa y sin su abrigo, salió con pasos furiosos y puños apretados a sus lados. En cuanto estuvo fuera del lujoso lugar, comenzó a correr por la calle solitaria, intentando tragarse el coraje de la humillación.
———
Caminaba por una calle oscura. No estaba muy lejos del restaurant, pero esa área de la ciudad estaba tan silenciosa que le asustaba. Estuvo a punto de volver varias veces, pero se obligó a continuar. No había pensado en las consecuencias de su huída, y tampoco se había dado cuenta de que no eran buenas horas para vagar por la ciudad.
Vio a dos hombres salir de lo que parecía una taberna. Caminaron juntos, tambalearon un poco, y cuando la vieron, se pararon en seco. Se susurraron palabras y continuaron caminando, esta vez con más precisión. Entonces ella se dio la vuelta, dispuesta a regresar con Edward. Sus pasos eran largos y pesados, pero comenzó a desesperarse cuando escuchó a los hombres ebrios más y más cerca de ella, con pasos torpes. Inocentemente decidió doblar en una calle. Casi se desmayaba cuando descubrió que era un callejón sin salida alguna.
—Hola, bonita.
El corazón le latía desenfrenado, como un colibrí al batir sus alas mientras volaba. No respondió nada, pero cruzó los brazos sobre su pecho y se relamió los labios con nerviosismo. Intentó escabullirse por el espacio que había entre los dos hombres, sin embargo uno de ellos la empujó hacia la pared. Aun llevaban cervezas en las manos. Uno de ellos le dio un largo trago sin dejar de observarla.
—Ese vestido se ve costoso —le dijo uno de los hombres, el cual tenía un poco de barba en el rostro sucio. Bella tenía frío, había dejado el abrigo y era una noche fresca. Intentó calmar su respiración, la cual estaba completamente descontrolada del miedo. Deseó que Edward estuviera allí, no era muy buena persona, pero la cuidaba de Chicago.
Los dos hombres comenzaron a acercarse aun más a ella. Uno de ellos ya había terminado de beber el licor en la botella. La arrojó al suelo y esta al quebrarse produjo un sonido que le puso los cabellos de punta.
—¿Buscas alojamiento esta noche? Yo puedo dártelo… A un costo especial.
Ambos hombres rieron burlones, y ella negó.
—No, gracias —respondió con voz temblorosa, e intento pasar por en medio de ellos para salir del callejón.
—¡No me toques! —se sobresalto cuando uno de ellos la tomo por el brazo.
—Cálmate —dijo uno de ellos intentando tranquilizarla. Estaban tan cerca a ella que podía oler el aliento a alcohol que desprendía de ellos.
—Es muy noche. No deberías estar sola a estar horas. Mucho menos en estos barrios —intentó rozarle la mejilla pero ella se apartó.
—No estoy sola. Yo… me perdí, pero vengo acompañada. Mi novio, Edward Cullen…
—¿Cómo dices?
—Edward Cullen. Vengo con él.
—No puede ser cierto.
Se sintió un poco más segura cuando vio la expresión incrédula de los hombres.
—Y si no me dejan ir, llegará en cualquier momento por mí. En verdad, es lo mejor que pueden hacer.
—Pequeña mentirosa. Si en verdad fueras la… querida, de Edward Cullen, no estarías aquí. No sin al menos cinco escoltas. Ahora ven, cariño, porque no quiero llegar muy tarde a casa… ya sabes, mi esposa me dejará afuera —dicho esto se le echó encima. El cuerpecillo pequeño de ella no soportó tal peso, y cayó al suelo, lastimándose la espalda y los codos con el frío suelo.
—Apúrate. Quiero mi turno y hace frío —le apresuró el otro.
—¡No me toque! —las lágrimas le nublaban—. ¡Edward! ¡Edward!—gritó desesperada. Él la protegería, incluso si tenía las mismas intenciones que esos hombres.
Quien estaba sobre ella, brutalmente rompió el vestido desde el escote, rasgándolo y dejando ver su ropa interior.
—Pequeña puta deliciosa —le susurró. Pataleó e intentó golpearlo, sin embargo el segundo hombre llegó y tomó sus manos, estrellándolas violentamente contra el suelo y dejándola inmóvil. Le bajó el sostén hasta la cintura, dejando que el aire frío endureciera sus pezones. El hombre tiró de ellos sin piedad, haciéndole aullar de dolor—. Esto te gusta, ¿verdad?
—¡No me toque! —gritó ella, asustada y enojada, intentando deshacerse del agarre que la mantenía inmóvil. Sintió como le bajaban las braguitas de algodón y un par de manos sucias acariciaban sus muslos. El hombre le besaba el cuello y pasaba las manos por todo su cuerpo. Estaba desesperada.
—¡No! ¡No!
Entonces escuchó un enorme estruendo, que fue como el canto de un ángel para ella. De pronto el oscuro callejón se encontró alumbrado y un automóvil se abrió paso estrepitosamente, las llantas al ser frenadas con brusquedad produjeron un chillido. Ella no podía ver nada, aun tenía al hombre encima pero este se encontraba distraído, al igual que su amigo.
Vio borrosamente cómo un cuerpo torneado —e instantáneamente supo de quién se trataba— bajaba del carro negro. Su vista se aclaró y divisó a Edward, con una expresión más furiosa que nunca, casi animal, con la mirada fija en ella y la asquerosa persona encima de ella. El otro hombre vio la escena asustado y sin pensarlo echó a correr, dejando a su amigo a su suerte.
—Te vas a morir hoy, cabrón —el hombre sobre ella retrocedió asustado ante las palabras furiosas de Edward. Este metió su mano en el bolsillo de su saco y sacó una pistola, apuntándole con el brazo derecho. No hizo nada por unos segundos, sin embargo después de unos pocos segundos, el brazo de Edward bajó de posición un poco—. Se te acabaron los días felices. Te metiste con la niña equivocada. —veía cómo Edward respiraba pesadamente, y después un terrible zumbido la sobresalto… Él había disparado, doblemente, con dirección a la entrepierna del hombre. Éste comenzó a retorcerse de dolor en el suelo y comenzó a rogar por piedad. Edward sólo lo vio, con una leve satisfacción brillando en sus ojos pero la misma mueca tensa de furia. Varios minutos después, dio un disparo final a su cabeza, atinando justo en medio de sus ojos. Fue entonces cuando le dirigió la mirada a Bella y le hizo una seña para que se acercara.
—Gracias, gracias —dijo ella con adoración, corrió hacia él, ignorando su casi desnudes, y escondió su rostro en su pecho, mojando su costosa camisa—. Te juro que no trataré de escaparme otra vez —prometió, con la dulce voz quebrada. Continuaba llorando desconsoladamente, intentando mantener el roto vestido cerrado.
Aquella promesa había relajado a Edward. Había esperado histeria por haber asesinado al hombre frente a ella, sin embargo era todo lo contrario. Aún así, estaba furioso. ¿Cómo habían osado tocar a su niña? ¿Cómo se había atrevido ella a dejar su lado de nuevo?
—Tranquila, princesa, tranquila… toma, ponte esto —murmuró, controlando la furia en el momento. Se quitó el pesado abrigo, y ella alzó los brazos para tomarlo. Error. Jamás podría quitar la imagen de esos pequeños pezones rosas de su mente. Tragó fuerte e intento no verlos, su polla le decía que fuera y tomara uno en su boca, sin embargo aun le quedaba autocontrol y sabía que no era el mejor momento para que su pequeña lidiara con su calentura.
Ella abrochó el abrigo, aun llorando, y regresó a sus brazos. Él la recibió con dulzura, acunándola contra él y acariciando su sedoso cabello. La tomó en sus brazos y la dirigió al automóvil.
—Si no hubieras llegado…—se lamentó mientras él la depositaba en el asiento del automóvil.
—¿Ahora entiendes por qué debes obedecerme?
Ella asintió rápidamente. —Juro que lo haré de ahora en adelante.
—Vámonos de aquí.
Ella asintió de nuevo. —Por favor.
Prendió la calefacción del auto y sacó su teléfono. Cuando el semáforo estaba en rojo, comenzó a teclear.
«Seth, cuerpo en la avenida Harlem. Deshazte de él»
Bella estaba acurrucada contra la puerta del automóvil, su cabeza reposando en el cristal de la ventana.
—¿Estás enojado? —le preguntó con voz débil. Sospechaba que ese par de copas de champagne de verdad la habían afectado.
—No, gatita. Duérmete, te bajaré cuando lleguemos.
—Perdóname. Ya sé que he dado muchos problemas, pero ya no intentaré irme… me salvaste de esos hombres horribles. Te debo mucho ahora. —Entonces cerró suavemente los ojos y se quedó dormida. Quizás no fuera mala idea quedarse con ella. Había bajado las defensas, y tenía la idea de deberle algo.
Cuando llegó a casa, se aseguró de que las puertas estuvieran cerradas y la barda encendida. Además tenía cuatro guardias en las entradas. No podía permitirse ser asesinado, estaba en la cumbre y además no tenía ningún sucesor o alguien a quien dejarle la organización. Aunque Emmett era el segundo al mando y confiaba ciegamente en él, sabía que tenía más aspiraciones en la vida. Cualquier día renunciaría para irse y formar una familia, y no pensaba ser él quien lo ataría.
Pulsó en código de seguridad en la entrada de su casa, con Bella en sus brazos, y la llevó hacia en piso de arriba, en su habitación.
—Bella, despierta. Debes ponerte un pijama.
Ella sólo se quejó y rodó por la cama. Pero él no soportaba que llevara ese vestido sucio para dormir.
—Bella, es enserio. Debes cambiarte de ropa. Toma.
Le tendió otra de sus camisas, esta vez una azul marino de manga larga, y ella la aceptó a regañadientes. Bostezando, entro al baño. Él aprovechó para sacar el bote de píldoras naranja que guardaba en un cajón del buró. Tomó una y la pasó por su garganta, sin beber nada. Casi siempre olvidaba tomarlas, por eso se encontraba en la situación en la que estaba.
Bella salió unos minutos después, con apenas los botones del medio abrochados. Tenía una magnifica vista de la línea entre sus grandes pechos. Sorpresivamente, extendió sus brazos y le rodeó el cuello con ellos. Le encantaba la Bella somnolienta. No tenía control alguno sobre sus acciones.
—Gracias otra vez, Edward. —Le dio un suave beso en la comisura de los labios y acarició su cabello.
—De nada, amor. Anda. Acuéstate. Apenas puedes estar de pie.
Ella lo soltó y se recostó en la cama, seguida por Edward, que también se había puesto un pantalón de pijamas pero había dejado su pecho desnudo, mostrando así varios tatuajes cubriendo su pecho y sus brazos. Estaba demasiado cansada como para distinguir lo que eran. Se acurrucó contra él, y este se dio cuenta de que su piel estaba un poco fría. Sacó el pesado edredón y se lo pasó por el cuerpo para calentarla. La acercó más a él, por primera vez sin tener ningún pensamiento sexual, sólo preocupándose porque no tuviera frío e intentando transmitirle calor corporal.
Estaba tan relajado así. Le gustaba esa sensación de tranquilidad y total paz. Pero no estaba seguro de querer que Bella lo proporcionara. Aun no olvidaba que Jessica le visitaría la próxima semana. ¿Para entonces ya la habría tomado? Odiaría que se encontraran ambas, en la misma casa, con él en ella. Aun seguía preguntándose como todavía estaba en esa situación con Jessica… lo hacía, más que nada, por respeto: desde que habían sido sólo unos niños, sus padres les habían llenado la cabeza con ideas. Habían crecido prácticamente comprometidos, sin embargo todo se formalizó cuando los encontraron, a los dieciséis años, dormidos, desnudos en el sillón. Él había desvirgado a Jessica. El padre de ella estaba furioso y le obligó a proponerle matrimonio por haber "corrompido" a su hija. Sabía que Jessica tampoco quería casarse con él, de hecho no había realizado ni un solo plan o comentario sobre boda. Usaba esa excusa para tener acceso al dinero de Edward, y este no deshacía el compromiso porque sentía que se lo debía.
De pronto Bella frotó su naricita fría contra su pecho. Dejó los amargos pensamientos acerca de Jessica y se dedicó a observar a Isabella. De pronto ella susurro su nombre, de una manera suave y sensual que le encanto. Su nombre jamás había sonado igual de bien en otros labios.
Estaba seguro, las cosas mejorarían. Haría a Isabella Swan suya, aunque se tardara una semana, un mes o un año.
¡Si, regresé! Pff… pasó mucho tiempo :$ Muchos me preguntaron si dejaría las historias… ¡NO! Gente, dejar estas historias no es una opción. Puedo tardarme años en actualizar pero pueden confiar en que algún día lo haré. Para los que preguntan por El amo y su esclava, lo convertiré en un one-shot. Haré uno de cada pareja :)
Bueno, ¿Qué pensaron de este capítulo? ¿Para qué creen que son las píldoras? Se sorprenderán xD No es nada malo, no se preocupen. Como ven, Bella ya comenzó a confiar en Edward, me cansé de darle tantas vueltas al asunto. Y como se habrán dado cuenta, la escena del callejón está basada en la de la película, de hecho mi intención fue hacerla similar. También quiero decir que no sé nada de francés, todo lo hice con un traductor xD. Em am em… IMÁGENES de autos, Jasper, Rosalie, Emmett, ropa etc, en mi perfil. También reemplacé otros lugares de la casa. GRACIAS a Leon L por betear el capítulo :D
Besos… la próxima historia en actualizar será el amo, no sé si con el one-shot de Carlisle y Esme o si el de Edward y Bella… llevó casi lo mismo de largos en ambos, pero bueno, ya veré.
Cuídense, hasta la próxima.
