La historia no me pertence yo solo me ajusto a la traduccion.
Mas problemas para bella, desilusiones y discusiones despues de una noche de placer. Es algo triste, bueno para mi.
Un falso Novio
Capitulo Ocho
—¡Bingo! —dijo Edward suavemente.
—¿Y no has usado…? —empezó a decir Bella.
—No —contestó él, paseando por la habitación.
Bella lo miraba guiñando los ojos, pero sin lentillas no podía ver nada interesante. Aquel pensamiento hizo que se ruborizara—. Ha sido culpa mía. Soy un idiota —estaba diciendo el—. No quería pensar, no podía pensar. No tengo excusa, maldita sea…
—Así no ayudas nada —lo interrumpió Bella. Como recompensa, Edward se colocó directamente frente a ella—. Esto es tan culpa tuya como mía —insistió, intentando pensar con claridad. Aunque era casi imposible después de las sensaciones explosivas que acababa de experimentar. Su cuerpo le seguía pareciendo el cuerpo de otra mujer—. Ni siquiera se me había ocurrido pensar…
—Lo sé —murmuró él, sentándose a su lado.
¿Lo que habían compartido le habría afectado a él tanto como a ella?, se preguntaba Bella. Le hubiera gustado, pero estaba segura de que no era así. Él no era virgen y aquélla no era la primera vez que sus fantasías se hacían realidad.
Entonces, ¿por qué estaba tan alterado por no haber usado protección?
—Por curiosidad, ¿no llevas preservativos?
—Aunque tú creas lo contrario, yo no soy un semental en busca de conquistas —contestó Edward.
Por el tono de su voz, Bella adivinó que la pregunta no le había hecho ninguna gracia—. No llevo preservativos en la cartera desde que tenía dieciocho años.
No sabía por qué, pero aquello hizo que Bella se sintiera mejor. Al menos sabía… ¿que? ¿Qué Edward no había pensado que los necesitaría estando con ella? Aquello sí que era un cumplido.
—Yo creí que los marineros siempre iban preparados.
—Esos son los boy scouts.
—Ah.
El incómodo silencio que siguió parecía una eternidad, pero no fueron más que unos segundos. En aquel breve espacio de tiempo, Bella consideró la posibilidad de haber quedado embarazada.
Además de la lógica preocupación y ansiedad por comportarse de forma tan estúpida, no podía evitar sentirse emocionada.
Hacía tiempo que había abandonado la idea de tener hijos. Después de todo, tenía veintiocho años y no era exactamente una rompecorazones.
Y, aunque la idea de ser madre soltera era en cierto modo descorazonadora, su instinto maternal la hacía desear ponerse a dar gritos de alegría.
De repente, sintió un nudo en el estómago y se levanto para ponerse las gafas. Pero, cuando vio a Edward sentado en la cama, desnudo, como una estatua griega, pensó que debería haber permanecido ciega durante aquella conversación.
Aquel cuerpo masculino lleno de músculos la hacía perder el equilibrio.
Tenía que admitir que estaba enamorada de Edward Cullen. Absurda, locamente enamorada.
Siempre lo había estado.
—No vale de nada que nos preocupemos por algo que ya no podemos evitar —dijo Bella, después de aclararse la garganta.
—¿Qué hacemos entonces? ¿Olvidarnos del asunto?
No podían hacer eso y ella lo sabía. Y sabía que aquella noche iba a quedar grabada en su corazón con letras mayúsculas. Incluso aunque, como imaginaba, no hubiera quedado embarazada.
Pero no pensaba pasar por la humillación de contarle a Edward su secreto.
Intentando sonreír, se cruzó de brazos, pensando en lo ridículo que era mantener aquella conversación estando completamente desnudos. Por supuesto, si no hubieran estado completamente desnudos, la conversación no habría sido necesaria.
—Lo único que digo es que no va a pasar nada —sonrió ella, intentando mostrarse segura de sí misma—. Es muy poco probable quedar embarazada la primera vez.
Edward se levantó de la cama y tomó su ropa del suelo.
—Me pregunto cuántas parejas a lo largo de la historia han querido consolarse con esas mismas palabras —dijo mientras se ponía los vaqueros.
A la mañana siguiente, Edward se dirigía a la habitación de Bella después de haber tomado un café. Aunque no necesitaba cafeína para despertarse, porque no había podido pegar ojo en toda la noche. ¿Cómo podía dormir después de cometer una estupidez como la que había cometido?
Había estado despierto durante horas, recordando cada momento de aquella noche con Bella. Sus caricias, sus gemidos. Nunca se había sentido tan cerca de una mujer. Aquella noche hacía que todo lo demás en su vida pareciera carente de importancia.
Le había dado miles de vueltas, intentando descifrar qué había ocurrido entre los dos, pero no encontraba la respuesta. Si alguien le hubiera dicho unos días antes que iba a encontrarse en aquella situación, se habría echado a reír.
¿ Edward Cullen? ¿El maestro en el juego del amor, atrapado por una morena medio cegatona?
Siempre había pensado que él era del tipo de hombre que nunca se casaba. Que la vida militar era demasiado dura para una esposa. Y que ésas eran las razones por las que había permanecido soltero durante tantos años. Pero empezaba a preguntarse si la verdadera razón era que, hasta entonces, no había encontrado a la mujer adecuada. Una mujer por la que estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Una mujer que le hacía pensar en cosas como un hogar… hijos.
¿Hijos?
Por Dios bendito. ¿Qué harían si Bella quedaba embarazada?
No debía pensar en eso, se decía. Quizá ella tenía razón. Quizá no ocurriría nada y podrían despedirse como si aquel viaje nunca hubiera tenido lugar.
Era raro, pero aquella idea no lo animaba en absoluto. Todo lo contrario.
Los recuerdos del día anterior daban vueltas y vueltas en su torturada mente. La manera en la que el viento jugaba con su pelo, su forma de mirarlo cuando no llevaba puestas las lentillas, su risa cristalina, sus gemidos. Ella le había tocado el corazón.
¿Y qué demonios iba a hacer él al respecto?
Lo mejor sería meterla en el coche y llegar a Forks lo antes posible, pensaba, suspirando pesadamente.
La puerta de su habitación estaba abierta y la vio de espaldas frente al acantilado, mirando el océano. Sus rizos castaños bailaban suavemente mecidos por el viento. El jersey azul de cuello vuelto sobre pantalones del mismo color le sentaba a la perfección.
Cuando ella se dio la vuelta al oír sus pasos, Edward pensó que sus ojos aquella mañana eran de un chocolate imposible.
La deseaba de nuevo, de una forma imperiosa y tuvo que echar mano de todo su autocontrol para no envolverla en sus brazos y poseerla allí mismo. Empujando a un lado su deseo, avanzó hacia ella como lo haría en un desfile militar.
—Buenos días —dijo Bella.
—¿Buenos? —replicó él, malhumorado.
Edward estudiaba sus rasgos, buscando los signos de una noche en vela, pero no los encontró. Aparentemente, Bella había dormido de un tirón.
—Yo creo que sí —contestó ella, volviéndose para mirar el océano.
— Bella …
—No hace falta que te disculpes otra vez —lo interrumpió ella, sin volverse—. Además, te recuerdo que no estoy de buen humor por las mañanas.
—Maldita sea, Bella, ¿qué quieres que diga?
—¿Por qué tienes que decir nada? Somos dos adultos que han disfrutado de una noche juntos.
—Eso es todo —replicó ella, mirándolo por fin. ¿Eso era todo? ¿Esa era la espectacular noche que habían compartido?
No, Edward se decía a sí mismo. Era mucho más. Mucho mas y lo dos lo sabían.
—No pongas esa cara —dijo ella—. No voy a contárselo a tu madre ni nada por el estilo.
—Estás muy simpática por las mañanas —murmuró Edward para sí mismo. Él había estado despierto toda la noche y ella, no sólo había dormido como una niña, sino que estaba bromeando sobre algo que a él lo había dejado convulso.
¿Era aquella una especie de justicia cósmica? ¿Estaba el destino pagándole por todas las veces que se había tomado una relación como algo sin importancia?
—Además —dijo Bella, interrumpiendo sus pensamientos—. Yo debería darte las gracias.
—¿Qué?
—Sí —sonrió ella, apartándose el pelo de la cara—. Ahora que… ya tengo experiencia, digamos, podré hacer que mi relación con Brad parezca más real.
—¿Brad? —repitió Edward. No sabía cómo había podido pronunciar aquel nombre. En ese momento vio que ella se había puesto el anillo de diamantes y sintió un feroz deseo de quitárselo y tirarlo al mar.
—Mi prometido, ¿recuerdas? Cuando hable de él ahora, podré convencer a todo el mundo de que es real.
Edward no estaba seguro de si debía sentirse halagado o insultado. ¿ Bella iba a usar su noche juntos para mentir sobre su novio imaginario?
Edward había sentido que la tierra se movía aquella noche y ella estaba usándolo para su ridícula novela de amor.
El destino era muy juguetón.
Cuando llegaron al estado de Washington, Bella empezó a sentir mariposas en el estómago. Miró a Edward para decir algo, pero él seguía con la misma expresión hosca que había mantenido durante toda la mañana y prefirió no hablar.
Un inmenso bosque recorría el borde de la carretera pero, por primera vez en su vida, Bella no se sentía emocionada por el paisaje. Ni siquiera las viejas secuoyas eran una distracción.
Pronto llegarían a casa. A Forks. Y estarían rodeados de familiares y amigos. Y aquel… interludio se habría terminado.
La desilusión y la desesperanza empezaban a atenazar su corazón.
Iba a echar de menos a Edward. Echaría de menos estar a solas con él. Bromear y reír con él.
Hacer el amor con él…
No podía dejar de pensar en ello. No podía dejar de vivir de nuevo cada roce, cada susurro.
De repente, el bueno de Brad le parecía un petardo. ¿Cómo podría su marinero imaginario compararse con el auténtico? ¿Y cómo podía aparentar que amaba a ese tal Brad, cuando el hombre al que amaba de verdad estaba a unos centímetros de ella? No podía hacerlo. Era imposible.
—¿Sabes una cosa? —dijo, abruptamente—. He estado pensando.
—¿Sobre qué?
—Sobre Brad —contestó Bella. Las facciones de Edward se tensaron—. He decidido que no es marinero. Es contador.
—¿Estabas pensando en él?
—Pues sí —contestó ella. Era mejor pensar en su novio de ficción que en uno que parecía estar a punto de darle un puñetazo al parabrisas—. Prefiero que sea contador.
—A mi no me parece buena idea —gruñó él.
—No te estoy pidiendo tu opinión —dijo Bella —. Simplemente, creí que era mejor decirte lo que había pensado para que lo supieras.
—No funcionará —dijo él, con los dientes apretados.
—¿Ah, no? ¿Y por qué no?
—¿Quién se va a quedar impresionado por una birria de contador?
—Bueno, no es una birria…
—Pero no es un marinero.
—Es un contador muy importante —replicó ella.
—Un contador es un contador, por muy importante que sea.
—Mira, la verdad es que esto no es asunto tuyo.
—Pues debería serlo.
Bella lo miró, confusa. Era una conversación rara, pero al menos era una conversación.
—¿Qué quieres decir?
—Yo seré Brad —dijo Edward entonces.
Bella lo miró durante unos segundos, como si estuviera viendo un extraterrestre.
—Tú no puedes ser Brad. ¡En Forks te conoce todo el mundo!
—Diremos que yo soy tu prometido —suspiró Edward, quitándose las gafas de sol—. Y Brad desaparece de la historia.
Bella sintió un escalofrío. Un fin de semana con Edward, pensaba. Un fin de semana de besos y abrazos, un fin de semana para vivir aquella fantasía loca en la que Edward Cullen la amaba. Sólo un fin de semana, que valdría toda una vida.
Los ojos de Bella se llenaron de lágrimas y tuvo que apartar la mirada. No podía ser, se decía. Si vivía aquella fantasía con Edward, la vuelta a la realidad sin él sería insoportable.
—No —dijo por fin.
—¿Por qué no? —preguntó él—. Tú misma has dicho que todo el mundo en Forks me conoce. Y un prometido de carne y hueso es mucho mejor que uno ausente.
—Es una locura —murmuró Bella. Una parte de ella deseaba decir que sí. Deseaba decirle a todo el mundo que Edward le había dado el anillo y que le había prometido un futuro lleno de amor. Pero la racional Bella cruzó los brazos sobre el pecho, obstinada—.
Es absurdo.
—¿Y un novio imaginario no lo es?
—Ayer te parecía buena idea —replicó ella—. ¿Por qué ahora no te gusta? No me has dicho una palabra en toda la mañana y ahora, de repente, te ofreces a ser mi prometido. ¿Por qué?
—Un capitán de marineros al que todo el mundo conoce es mejor que un contador imaginario, ¿no te parece?
—Supongo que sí —murmuró ella.
—Vaya, gracias —sonrió él, por fin—. Pero ésa no es la única razón.
—¿Cuál es?
—Piensa en ello, Bella —la sonrisa de Edward se había evaporado—. No puedes ignorar la posibilidad de que puedes estar embarazada.
—No lo estoy.
—No lo sabes —insistió Edward, obligándose a sí mismo a mirar la carretera. Había estado pensando en ello durante toda la mañana y por fin se le había ocurrido aquella idea. Era la única solución—. Piénsalo un poco. Si estás embarazada, ¿qué le vas a decir a tus padres? ¿que el padre del niño es ese Brad? — Bella hizo una mueca de angustia—. Tu hijo no puede tener un padre de mentira. Aunque sigas adelante con tu plan de «romper» con tu prometido dentro de un mes, tus padres querrán conocer a ese Brad en algún momento. Al fin y al cabo, será el padre del niño.
—Oh…
Y Edward iría al infierno antes que dejar que nadie pensara que su hijo era hijo del imaginario contador.
—Le diremos a todo el mundo que vamos a casarnos y después, aunque no estés embarazada, puedes romper conmigo.
—¿Y si lo estoy?
Si lo estaba, no podrían romper. Edward se encargaría de ello. Pero sabía que no era el momento de decírselo.
—Nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento —contestó él, aparentando tranquilidad.
—No sé… —empezó a decir ella, confusa.
—Es lo mejor, Bella.
Al menos, pensaba Edward, no tendría que escucharla hablar de aquel Brad durante toda la semana. Realmente, odiaba a aquel tipo.
Y además, no tendría ningún problema para convencer a todo el mundo de que Bella y él estaban prometidos. La atracción que sentían el uno por el otro era evidente.
—¿Y qué le decimos a nuestras familias? —preguntó Bella entonces. Aquella pregunta era como un jarro de agua fría. Edward no había pensado en ello—. ¿No deberíamos decirles la verdad?
—Esto cada vez se complica más —murmuró él.
Ir a pasar unos días a Forks le había parecido una buena idea. Unos días para pensar, para relajarse. Pero, en aquel momento, estaba más angustiado y confundido que nunca.
—Dímelo a mí.
—Muy bien —dijo Edward por fin—. Les diremos la verdad. De todas maneras, no iban a tragárselo.
—Vaya, muchas gracias —replicó Bella.
Edward se mordió la lengua. Lo que había querido decir era que sus padres sabían que era un solterón empedernido. Pero, a juzgar por la expresión de Bella, ella lo había tomado como un a tener los mismos problemas de comunicación que cualquier pareja, pensó de repente.
Una hora más tarde, Edward paraba el coche frente a la casa de los padres de Bella.
—¿Estás preparada?
Bella apartó la mirada del elegante edificio de dos plantas y lo miró. Edward había adoptado su actitud de marinero. La mandíbula firme, los ojos fríos, los labios apretados. Desde luego, la viva imagen de un novio feliz.
Aunque, seguramente, ella no tenía mejor aspecto.
¿Cómo se habían complicado tanto las cosas en un periodo tan corto de tiempo?, se preguntaba.
—Supongo que sí…
—¡ Bella!
Bella se dio la vuelta y vio a Rosalie corriendo alegremente hacia el coche. Detrás de ella iban sus padres y los padres de Edward.
Aparentemente, las dos familias se habían juntado para celebrar su llegada.
Bella saltó del coche para abrazar a su hermana, pero se tropezó con un aspersor escondido en la hierba y habría caído al suelo si Rosalie no la hubiera sujetado.
—Estás más guapa que la ultima vez —rió su hermana—, pero no has cambiado mucho, ¿verdad, Bella? Sigues tropezándote por todas partes.
—Es verdad —rió ella, mirando el aspersor—. ¿Cuándo lo instalado papá…?
—¡Dios mío! —exclamó Rosalie de repente, mirando el anillo de pedida en la mano de su hermana pequeña—. ¡Estás comprometida y no me habías dicho nada! ¿Quién es él? — Bella tomó aire. Tenía que pensar algo rápidamente. Edward llegó a su lado en aquel momento y Bella le lanzó una mirada de socorro—. ¡No puede ser! –exclamó Rose, a quien aquella mirada no había pasado desapercibida—. ¡No lo van a creer! —gritó a sus padres y los padres de Edward, que acababan de llegar a su lado—. ¡Edward y Bella están prometidos!
Bella miró a su hermana, después a su madre y después a la madre de Edward. La cara de las tres mujeres irradiaba felicidad. Era horrible.
—Rose… —empezó a decir Bella. Pero sus padres los habían rodeado y todo el mundo se puso a hablar a la vez.
—Ya era hora —decía Charlie Swan, abrazando a Edward.
—Papa… —intentó hablar Bella.
—Desde luego que sí —decía Carlisle Cullen, dándole a su hijo un golpe en la espalda.
—Mira, papá… —empezó a decir Edward.
Nadie estaba escuchando.
—Creí que nunca se iban a dar cuenta de que son perfectos el uno para el otro —decía Esme Cullen, abrazando a su hijo.
Renee Swan le dio a su hija un sonoro beso y Bella miró a Edward, desesperada.
—Soy tan feliz, Bella —decía su madre, con lágrimas en los ojos.
Que lindos son los rencuentros familiares. No me gusta que la duendecilla de Alice aun no aparesca pero bueno como he dicho antes la historia no es mia desgraciadamente
jaja tube ganas de escribir algo por primera vez
Creen que bella este embarazada? sera niño o niña? mandelo en un review porfa
