-Capítulo Séptimo-
Hay algo universal en nuestra historia
Toris cree que hay pocas cosas tan desagradables como el primer día de trabajo después de una pausa breve, que además esta vez ha estado llena de cosas que aún está intentando poner en orden; hay un borde dorado de vestido que aún le hace cosquillas en el cerebro. Como los momentos de vacaciones no han podido quedarse entre sus sábanas, se levanta, y suspira, y evita a Feliks ya por inercia.
La frase es bastante adecuada.
Sus pies y su cuerpo y sus horarios (no tanto sus pensamientos) ya se han acostumbrado a evitar esa figura que parece ayudarlo haciéndose casi invisible; Feliks duerme envuelto en las mantas, hecho una bola, y llega tarde a casa de un trabajo que Toris se imagina más que nada, porque nunca ha ido a verlo.
No sabe qué pensar del hecho de que ya no tenga que dejarle notas de ningún tipo, porque la última vez Feliks le contestó ("ya lo sé", sin mayúsculas, con una letra redondeada y rápida) se le dibujó una sonrisa estúpida por la que preguntó Yekaterina, con una voz empalagosa como las pastas que sirven en la cafetería, y a Toris el estómago le dio un vuelco de indigestión, ante el azúcar de ella y ante sus propios nervios siempre tensos. Últimamente, gracias a Dios, su compañera le ha dado un descanso, y envuelve las frases con un algodón tonal que no le concierne al pasarle los platos y llamarlo "cielo", y recordarle que tiene que sonreír para maquillar un acento que no hace mucha gracia a parte de los clientes.
Cuando cierran el local, por la noche, Yekaterina se despide con entusiasmo de irse a casar dentro de muy poco, y aún así Toris piensa que habría sido más fácil si se hubiese enamorado de ella y no de él.
Es un pensamiento-chisporroteo momentáneo; no no no no no.
—¿Me escuchas, Felì? —pregunta Feliciano con el tenedor en la mano—. ¿Tan mal estás?
Feliks parpadea y sacude un poco la cabeza porque, porque, ¿por qué le ha picado tanto esa mención? Toris solo es Toris, solo es el chico que lo acoge en su casa y le hace la cena de vez en cuando. Que tiene la nariz algo grande pero una cara agradable y los ojos de pintura aguada.
Ay, no.
—No, no, quiero decir. —Feliks mira a su plato, aún lleno, antes de seguir hablando. Que Feliciano lo invite a cenar es bonito, pero el ambiente del sitio donde trabaja no le gusta, y le da la sensación de tener el humo de la cocina aún pegado a los huesos. Da un par de golpecitos con el tenedor en el borde del plato—. Sí, Toris es agradable en serio, ¿eh? No estoy mal ni nada. —Se ríe—. Cocina mejor que tú.
—¡Venga ya!
Le gusta Feliciano y las salidas que tiene, la forma con la que entró al restaurante y se metió en la cocina después de saludar al dueño con una expresión nueva, porque quería invitar a Feliks a cenar y, oh, ¿me lo dejarías una noche? Feliciano tiene la soltura con los desconocidos que a él le falta pero estar con él es relajante como dormir en la cama de siempre.
—Pero, ¿no me tenías que decir algo? —corta, esta vez con la boca llena. Es tarde y ya no hay nadie en el restaurante, de puertas para afuera aparentemente cerrado—. ¿O me has invitado porque me echas de menos?
Feliciano se termina su copa de agua como si fuese vino caro. Y luego, sonríe.
Por algún motivo, Feliks nota que se le aligera el cuerpo y se le pega el gesto a los labios en un instante.
¿De verdad, de verdad?
Es un alivio picante como la salsa que aún le mordisquea la lengua.
—¡Mi hermano y mi tío se marchan la semana que viene!
Feliks echa el aire de golpe y Feliciano piensa que no se había dado cuenta de que es de los que aguantan la respiración cuando esperan algún tipo de buena noticia. Espera con los tobillos cruzados porque sabe qué va a pasar, y sonríe aún más cuando finalmente ese suspiro de su amigo se convierte en una risa dulce y abierta.
—¿En serio, en serio?
—¡Claro!
Cuando su amigo se pone así le recuerda a cuando empezó a salir de su cascarón, no recuerda exactamente cuándo, a cuando pasó de ser un chaval callado sin familia conocida que evitaba su mirada y le pegaba en las manos cuando intentaba tocarlo a alguien que lo saludaba con un abrazo de vez en cuando y le enseñaba sus dibujos terminados con una sonrisa hecha de los "me fío de ti" que decía antes de que Feliciano se cargase algo.
Se le pega la alegría y nota un la punta de la aguja de la culpabilidad buscando un hueco por dónde clavarse, porque debería saberle mal despedirse de su hermano y de su tío, pero Feliciano vive al día (y Feliks, cuando se ríe, parece una campanilla).
Se abrazan al salir del restaurante y Feliciano descubre, con la confusión de un geógrafo que tiene que dibujar una isla nueva en un mapa, que Feliks tiene bastante fuerza en esos brazos delgados suyos, sucios aún de humo de cocina.
—Pensaba que estabas bien con el chico ese, Felì —le dice, entre risas.
Menos mal que Feliks decide no romper su sonrisa con palabras tontas.
Cuando Toris le abre la puerta y se frota un ojo, con un sueño adorable que le suaviza la expresión, a Feliks se le cae un poco el mundo.
Hasta allí había sido fácil y había existido un poco en una burbujita de alegría en la que lo de Toris había sido una tontería suya, una confusión nacida de las sensaciones idiotas que le daban a veces al pensar que las chicas le daban algo de miedo en su calidad de desconocidas, y que no iba a poder vivir con un amigo para siempre. Que había sido algo incómodo mientras duró, pero que iba a dormir en su antigua cama dentro de poco e iba a olvidarse de la sombra de las ojeras de Toris y de los ojos verdes de Toris y de las manos, las manos calentitas y grandes de Toris.
—Buenas noches.
Es la primera vez que lo oye hablar con sueño, aunque ya está empezando a no esconder lo que no le gusta de él y eso de llegar más tarde de lo que ha dicho está en esa lista.
—¡Tengo que decirte algo! Antes... antes de que te vayas a dormir, digo.
De repente no lo alivia tanto. De repente cree que podría soportar esa molestia horrible de dudar cómo le gusta Toris, qué le falta o qué le sobra a la definición de Toris. De repente piensa que es mejor tenerla con la esperanza de que algún día se vaya que arrancársela así.
Pero sigue hablando cuando lo mira.
—Pues... la semana que viene. Me vuelvo a... a donde vivía antes, a mi casa.
Lo primero que visualiza Toris cuando Feliks termina de hablar, y le da la impresión de que está retorciendo las manos detrás de la espalda como si le hubiese dicho una mentira, es una escena de las que le venían a la mente cuando fantaseaba sobre el futuro y no le salía mal, cuando no se veía muerto de hambre, sino contento por haber podido formar algo parecido a una familia a pesar de no haber llegado a ser médico o a pisar cualquier tipo de universidad.
Feliks, esas cosas, más o menos sin querer, se las había cargado sencillamente estando ahí (y ladeando la cabeza de forma encantadora al dibujar, con los ojos concentrados).
De todas formas, y aunque hay cierta confianza entre ellos, Toris considera que suspirar de alivio sería de muy mala educación.
—Oh.
¿De veras?
Feliks entra en casa, y cuando cierra la puerta detrás de él nota cómo se le encoge algo dentro porque prefería tenerlo siempre en la punta de los dedos que pensar que va a alejarse para volver a su espacio de cliente de los viernes.
¿O eran los jueves?
Toris ya no se ve capaz de colocar en un solo día algo que ha ido repartiendo entre siete.
—¿Solo dices eso? —le pregunta Feliks, sentándose sobre sus mantas—. No te estarás alegrando, ¿no?
Se ríe flojito al terminar y toquetea un par de botones de la camisa que luego empezará a quitarse. Toris tiene sueño pero ese detalle le prende en los pensamientos con alegría, y tiene que apartar los ojos un momento.
—No, no. —Toris consigue devolverle la sonrisa—. Pero te alegrarás de volver a casa, ¿no?
—Hm.
Con su envoltorio dorado de chispa que a Toris no debería gustarle pero le gusta.
—Iré haciendo las maletas estos días —sigue él, mirándolo a ratos—. Cuando... cuando vuelva de trabajar. Bueno, la maleta, más bien.
—Te ayudo. —Le sale solo. Cuando Feliks lo mira, sorprendido, Toris no sabe muy bien dónde meterse. Toris lleva una vida sin saber dónde meterse, buscando el ritmo de una rutina agradable como buscaba las notas del saxofón al principio—. No... no quiero que te lleves alguna camisa mía.
—Ya.
La que lleva entonces le queda algo ancha en los hombros y le recuerda a la que le envió su padre en Navidad (se dice a sí mismo que, si le ha cogido esa clase de cariño a Feliks, es porque ha pasado la Navidad y Nochevieja con él. Alfred le dejó subirse una botella del speakeasy a escondidas, y a Feliks le brillaban los ojos cuando vio el licor). Mientras vuelve a tumbarse con un bostezo, confundido, piensa que tardará en dormirse, con la convicción de que al día siguiente su estómago-conciencia no lo dejará tranquilo.
—Toris, Toris. ¡Toris!
Hace tiempo que no va a ver a Toris, desde antes de Navidad. Amelia ha estado ocupada ayudando a su madre con las fiestas y regalos, y aún tiene la espinita de no haber podido acompañar a Alfred a darle la radio.
—Oh, Amelia. Buenas tardes.
No se aprenderá cómo funcionan los turnos de Toris en la vida, así que ha decidido ir pasando cerca de la cafetería cuando sabe que podría salir. Siempre parece más alto y más grande con el abrigo, y se le dibuja una sonrisa de esas de caramelo cuando la ve correr hacia él.
—Últimamente no has venido a por flores —le dice, colocándose bien el pelo—, ¿tanto te están durando?
Toris parpadea. Hace un efecto extraño, con la campanilla de la puerta de la cafetería repiqueteando aún desde dentro, y Amelia se acuerda de que Toris le gustó un par de días (es una idea que ahora mismo le da vergüenza más que nada). Ahora, andando a su lado, se da cuenta de que está muy callado, con los ojos muy fijos en el suelo delante de él.
Nunca han tenido mucho en común y no sabe muy bien cómo se hicieron amigos, y empezar conversaciones así es complicado; últimamente, le da la sensación de que todas sus palabras son para romper el hielo entre ellos, barcos en el Polo Norte y no elegantes naves de vacaciones a la isla que parece Toris. Se pregunta si serán todos así, los extranjeros, porque el chico rubio que está viviendo con él gracias a ella tampoco es muy abierto.
No es tan raro como los pocos chinos a los que ha visto, pero aún así.
Lo mejor para deshacer esos icebergs de silencio, piensa, para cambiar un poco las nubes de aliento sin palabras que salen de la boca de Toris, es un cigarrillo.
—¿Quieres?
El cigarrillo apagado, para él, entre los dedos limpios de Amelia, le recuerda a Feliks, a Feliks sentado en el suelo con la mirada como herida y un vestido dorado que no terminaba de quedarle ni bien ni mal porque encajaba bien sobre su cuerpo pero no en las ideas de Toris.
Cuando ha visto a Amelia, rubia y brillante, se le ha ocurrido que quizá podía decirle que su inquilino se iba, que ya estaba, que no había pasado nada, ¡qué bien!, pero que no lo volviese a hacer, con palabras medidas pero eficaces porque con el tiempo ha pensado que había conseguido cartografiar las reacciones de su amiga.
El cigarrillo lo desafía de forma desagradable, y Toris frunce un poco el ceño.
—¿Desde cuándo fumas? —Sabe que no va a servir para mucho, pero le sale de dentro—. Las chicas no deberíais fumar.
Amelia le da un codazo en las costillas que pica más que ningún recuerdo incómodo y lo mira, medio molesta, desde debajo del borde de su sombrero.
—¡Y los chicos deberíais ser más agradecidos y educados!
Acaba encendiéndose el cigarrillo para ella sola, y echa el humo como una dragona enfadada que al final termina sonriéndole. Estar con Amelia tiene un no sé qué de travesura que sabes que va a salir bien, lo pone nervioso pero al final le deja sensación de rutina y de historia conocida.
—El chico aquel de la calle se va a ir pronto —dice, después de aceptar un segundo cigarrillo —. Ya casi me ha devuelto parte el dinero de cuando no trabajaba, incluso...
Que la conversación orbite hacia él, él, él, es como el vestido de antes. Amelia no dice nada, da una palmadita alegre.
(Feliks a veces hace lo mismo cuando cree que no lo ve. Ya, ya, ya está)
—¿Sí? Porque estaba empezando a saberme mal. Por ti, quiero decir —dice, entre calada y calada. Un hombre mayor los mira raro y a Toris se le eriza el pelo en la nuca como cuando acababa de llegar al país—. Ayudar a la gente está bien, pero como no tú no te dejas ayudar y estos días estabas como nervioso... ¡Ah, es verdad! ¡La radio! ¿Te gustó la radio, Toris? Alfie me dijo que sí, ¿a que es bonita?
Cuando Amelia habla de sí misma, se le encienden los ojos. Le dice que Alfie se quiere comprar un coche, ¡un coche!, que sus padres quieren que ella deje de trabajar. Que le perdona que no le haya regalado nada especial en Navidad.
Cuando Amelia habla de sí misma, le da la sensación de que Feliks ya se ha ido, y odia que solo sea agradable cuando puede concentrarse en las palabras de su amiga.
Estaban todos sin terminar, porque a medio camino a Feliks le asaltaba la misma vergüenza y timidez que tenía bajo las costillas cuando entró a vivir con Toris. Parece que los retratos, si los termina, van a ser del Toris del principio, que lo miraba con cierta confusión que no ha terminado de irse pero que ha cambiado.
Ahora mismo, le gusta hasta la duda cándida, de azúcar glas, de sus ojos cuando lo mira.
Menos mal, menos mal, menos mal que me voy esta noche.
La maleta parecía no querer cerrarse pero ahora que ha terminado se siente raro, cómo pica la certeza de irse a ir, en las manos y en el cuerpo acostumbrado a dormir en un nido de mantas sobre el suelo. Está incómodo.
Frente a la mesa de Toris, con las flores frescas de Toris, en el último domingo con Toris. Él está preparándole la última cena, y se promete, de verdad, de verdad, que esa sensación del estómago es solo porque huele muy bien.
No es alivio, no le da pena.
No se fija en los brazos descubiertos de Toris cuando le trae el plato.
Le sonríe raro, sin mirarlo a los ojos.
—Espero que te guste —dice, sentándose frente a él y apartando un poco las flores que hasta entonces estaban haciendo un fantástico escudo de pétalos azules.
—Hm. —Feliks toquetea sus cubiertos. Los que usa en casa de Toris son cuadrados y sencillos y no tienen mucho que ver con las filigranas de pobre con ilusiones que decoran los tenedores de Feliciano—. Al menos esta cena no me la harás pagar luego, ¿no?
—¡Claro que no!
Va a echar de menos que no entienda sus bromas.
Feliks se queda dibujando en silencio sobre su cama, y le da la sensación de una herida curada pero que sigue escociendo. Toris se muerde los labios cuando sale de la cocina, después de fregar los platos.
—¿Cuándo te marchas? —pregunta, flojito, tanteando lo maleducado que puede ser preguntar algo así y buscando el alivio de la seguridad de saber.
Seguridad de saber lo que va a pasarle, lo que va a sentir, es lo que le ha estado faltando todo el tiempo que Feliks ha pasado en su casa, y su estómago se lo recuerda con un pinchazo molesto.
—Qué prisas —dice, y esconde la carpeta—. Es que no sé, se me hace raro marcharme. Casi estoy pensando en esperar a que te caigas dormido o algo. —Risita dulce, y Toris piensa no no no—. ¿Te molesto?
Sí.
No.
No lo sé.
—¿Quieres que ponga la radio? —Habla sin pensar, y ha estado tan pendiente de los ojos de Feliks, de los ojos de Feliks y de las manos de Feliks—. Esperamos a que empiece una canción, y cuando se termine, te marchas.
Es una idea rara, y Toris lo está mirando con unas cejas arqueadas y casi suplicantes y una expresión que no ha visto nunca y que quiere grabar en su cabeza y en sus dibujos.
Sobre su maleta, su abrigo demasiado grande espera con aire de sentencia.
—Vale.
La primera canción que Toris consigue sintonizar, por encima del ruido inconexo y mezclado de una estática que suena como sus pensamientos, ya está empezada, y dice con la voz demasiado aguda que no cuenta, que se merece una canción entera, espera, Feliks.
Podría pedirle una canción con el saxofón, pero la nieve eléctrica del aparato y la forma en la que Toris la manipula le recuerda al batir de alas de las mariposas que parece haberse tragado con la cena, y le encanta la sonrisa con la que recibe los primeros acordes de la primera melodía nueva que encuentra.
—¡Esta, esta!
Feliks lo mira con ilusión y Toris no tiene concentración suficiente para entender las primeras palabras de la canción o para comprender la música, y la idea tardía de que podría haberle tocado algo, directamente, en persona, le araña la espalda.
No, no, Toris.
Se sienta junto a él después de colocar bien el volumen, y espera que la canción sea larga. Feliks sonríe cuando empieza a entender trozos de la letra, y qué bien le queda el lápiz entre los dedos, y qué sonrisa más bonita tiene, y cómo duele por dentro no poder quedarse con ninguna de las dos cosas.
Tiene los labios como a punto de cantar, y lo sorprende cuando se levanta y coge el abrigo. No debería encajar nunca sobre sus hombros, piensa.
—Landlords mad and getting madder —canturrea, metiendo los brazos en las mangas. Le sonríe y a Toris se le pega el gesto, se le sube tanto que le mancha los ojos—. Ain't we got fun?
Tiene un acento dulce al cantar y le tiende la mano.
Es incómodo bailar mientras Feliks se pone el abrigo, en un enredo de telas y maletas y piernas torpes, times are so bad and getting badder, sill we have fun. Uno, dos, Feliks se acerca a la cama y recupera una carpeta llena de paisajes, y Toris piensa que ojalá pudiera quedarse uno, there's nothing surer, the rich get rich and the poor get laid off.
Feliks está junto a la puerta, y la canción empieza a morirse. Le quedan un par de versos, una maleta en la mano izquierda y la carpeta de dibujo en la derecha.
La sonrisa, dulcísima.
In the meantime, in between time.
Ain't we got fun?
Toris lo besa y la canción deja de respirar al mismo tiempo.
Se termina la canción.
Su cerebro tarda un par de segundos en registrarlo; Toris lo besa con demasiado cuidado, y la sombra de sus pestañas sobre sus pómulos, sobre sus ojeras de ceniza y sueños, lo distrae. Cierra los ojos como si fuese a dormirse, y ojalá se fuese a dormir, ojalá tuviese que ponerse de puntillas, o dejarse sujetar por las manos ásperas de él en sus codos.
De él, piensa.
De su anfitrión, de su camarero, de su amigo, su, ¿qué? Su, sus labios saben a posesivo incómodo y cuando le toca el cuello, las mejillas, el pelo, a Feliks le resbala el asa de la maleta de los dedos y un par de vocales de la lengua. Se agarra de su camisa como si fueran a fallarle las piernas y nota los latidos de su corazón contra la yema de los dedos, y le falta el aire, y respira de sus pulmones como si fuese la cosa más natural del mundo.
Encaja, encaja.
Sus mejillas en sus manos y su cintura entre sus brazos, y encaja.
Cuando se separan le duele la boca, recoge sus cosas en silencio y sin entender por qué se mueve su cuerpo o qué están haciendo exactamente sus dedos con esas cosas frías e inertes, cierra la puerta detrás de él y se marcha corriendo.
Buenas noches, buenas noches.
¡Qué pena de chico extranjero con lágrimas en la garganta!
¡Ay, la radio! Este era el objetivo de la radio. Si alguien quiere escuchar la canción de este capítulo, puede buscarla en Youtube, pero es tan vieja que el copyright ha caducado y está en Wikimedia. Se llama Ain't we got fun. Los trozos que salen aquí básicamente hablan de cómo las situaciones de la gente van empeorando (things are bad and getting badder) pero que aún así se divierten.
Realmente no sé la probabilidad de que esta canción acabase en la radio en esta época. Intenté documentarme, pero era una cosa concretísima y no lo encontré. Si veis que no, ¡perdonadme este pequeño anacronismo!
Por lo demás, este capítulo me daba un miedo horrible a la hora de escribir, y me da un miedo horrible ahora, porque es una escena superdelicada y quería que quedase muy bien. Espero haberlo conseguido, porque al final, a pesar del miedo, la última escena me salió del tirón.
No sé si sé escribir cosas románticas, me suenan muy cursis, pero creo que en el fondo no están tan mal.
¡Gracias por leer, como siempre!
