Todos los personajes y la historia pertenecen a JK Rowling.

P.O.V. TAURUS MALFOY

La fiesta fue un éxito, si no hubiera sido por el hecho en que dos alumnos de sexto casi les da un coma etílico, que castigaron a todo el equipo de quiddich a quedarse dos horas diarias en la mazmorras con Snape durante una semana y que quitaron a la casa Slytherin 30 puntos por el alboroto.

Pero esos son nimiedades en comparación a los logros conseguidos, a pesar que estaba claro que la fiesta se había montado por mi cumpleaños nadie se había chivado para salvar su culo. Una mezcla de admiración y respeto sentían por mi. Cada vez era más populares, perdón, éramos más populares. Si bien yo, me congenié con los Slytherin de cursos superiores, mi hermano consiguió durante la fiesta la amistad de Nott y Zabini además de la admiración enfermiza de Parkinson. Aunque me horripilaba la actitud de la chica, era una sangre limpia. Su apellido como los Malfoy era uno de los Sagrados 28. Se tendría que sacrificar un poco Malfoy. Greengrass también se hizo amigo de mi hermano, pero al ser chica no compartía tantas cosas como con Nott y Zabini.

Durante la fiesta les dejé claro que ante cualquier problema acudieran a verme, que ahora éramos familia. Los muy imbéciles me creyeron. Solo haré algo si me beneficia a mi o a mi hermano, en caso contrario, ya se pueden ayudar solitos. Además gracias a la fiesta, tenía a disposición una red de contactos, de información y de cotilleos que usaría en mi favor sin pestañear.

A la semana de la fiesta, me desperté con un ejemplar del profeta en el que decía que habían conseguido robar en Gringotts. Qué extraño, si es una fortaleza. También nos comunicaron que empezaríamos las lecciones de vuelo junto con Gryffindor. No me hacía mucha gracia la idea, pero al igual que pociones era otra clase que estaba seguro que sería el mejor. Llevaba más de dos años practicando sin descanso durante unas dos horas diarias. Me encantaba volar. Lástima que no dejen inscribirse en el equipo de quiddich a los de primero.

Estábamos fuera esperando a la señora Hooch. Para matar mi tiempo me fije en mis compañeros, Draco estaba tan tranquilo como yo. No había practicado ni la mitad de tiempo que yo, pero estaba seguro que entre los presentes era el que más experiencia tenía. A Parkinson y Zabini también los notaba confiados. No pude pensar lo mismo de Nott y Greengass, parecían nerviosos. Crabbe y Goyle también estaban relajados, pero no me engañaba su actitud, estaba seguro que no habían visto una escoba en su vida. Todo lo que no fuera comida les importaba una mierda. Por último me quedé observando a Violet Potter, no sabría como definir su estado de ánimo. Se dio cuenta que la observaba y me miró con el ceño fruncido.

Posteriormente, desvié mi vista hacia los Gryffindor. Jaja. Casi se me escapa una risita. La sangre sucia temblaba como una hoja. La comadreja, el torpe y Potter no estaban mucho mejor que ella. Eran patéticos.

Entonces llegó la profesora, la señora Hooch. Era baja, de pelo canoso y ojos amarillos como los de un halcón.

—Bueno ¿qué estáis esperando? —bramó—. Cada uno al lado de una escoba. Vamos, rápido.—Extended la mano derecha sobre la escoba —les indicó la señora Hooch— y decid «arriba».

—¡ARRIBA! —gritaron todos.

Mi escoba, la de Draco, la de Zabini, la de Parkinson y la de Harry Potter saltaron de inmediato en nuestras manos. Hice una mueca, eso no me lo esperaba de Potter. Después de unos minutos todos consiguieron levantarla. El último fue el torpe traidor a la sangre.

Luego, la señora Hooch nos enseñó cómo montarse en la escoba, sin deslizarse hasta la punta, y recorrió la fila, corrigiendo a mi hermano Draco la forma de sujetarla. Era cierto, que no era la forma más ortodoxa para cogerla, pero si a él le iba bien quien se creía esa arpía que era para corregirle. Otra vez la ira me nublaba la vista, se intensificó cuando escuché una risita casi inaudible de parte de Potter y comadreja. Están jugando con fuego.

—Ahora, cuando haga sonar mi silbato, dais una fuerte patada —dijo la señora Hooch—. Mantened las escobas firmes, elevaos un metro o dos y luego bajad inclinándoos suavemente. Preparados... tres... dos...

Pero el torpe traidor a la sangre dio la patada antes de que sonara el silbato.

—¡Vuelve, muchacho! —gritó, pero Longbottom subía en línea recta... Cuatro metros... seis metros... Tenía la cara pálida y asustada. Se cayó de la escoba, pero la escoba tenía vida propia y seguía subiendo perdiendose en el bosque prohibido.

La señora Hooch se inclinó sobre el torpe, con el rostro tan blanco como el del chico.

—La muñeca fracturada —la oí murmurar —. Vamos, muchacho... Está bien... A levantarse.

Se volvió hacia el resto de nosotros.

—No debéis moveros mientras llevo a este chico a la enfermería. Dejad las escobas donde están o estaréis fuera de Hogwarts más rápido de lo que tardéis en decir quidditch. Vamos, hijo.

Longbottom, con la cara surcada de lágrimas y agarrándose la muñeca, cojeaba al lado de la señora Hooch, que lo sostenía.

Ya no podía aguantar más, me estaba riendo a carcajadas. Unas lágrimas de risa se escaparon de mis ojos. Me caía mal el traidor a la sangre, pero era muy gracioso

—¿Habéis visto la cara de ese gran zoquete?

Los otros Slytherins me hicieron coro riendo sonoramente, salvo Violet Potter que estaba callada y mi hermano Draco que solo se le dibujaba una pequeña sonrisa.

—¡Cierra la boca, Malfoy! —dijo Parvati Patil en tono cortante.

—Oh, ¿estás enamorada de Longbottom? —dijo Pansy Parkinson—. Nunca pensé que te podían gustar los gorditos llorones, Parvati.

Me empieza a caer mejor esta chica.

—¡Mirad! —dijo Zabini, agachándose y recogiendo algo de la hierba—. Es esa cosa estúpida que le mandó la abuela a Longbottom.

Acto seguido le miré y le hice un gesto para que me la lanzara. Zabini me entendió y me la lanzó Era una recordadora me fijé. Traidor a la sangre, gordo, torpe y olvidadizo, lo único que le salvaba es que era un sangre limpia.

—Trae eso aquí, Malfoy —dijo Harry Potter calmado. Todos se quedaron callados para observarnos

Sonreí con malicia.

—Creo que voy a dejarla en algún sitio para que Longbottom la busque... ¿Qué os parece... en la copa de un árbol?

—¡Tráela aquí! —rugió Harry, pero yo ya había subido a mi escoba y me alejaba.

Tenía que demostrar a Potter lo inferior que era a mí. Desde las ramas más altas de un roble le llamé:

—¡Ven a buscarla, Potter!

Harry cogió su escoba.

—¡No! —oí como gritaba la sangre sucia gritó—. La señora Hooch dijo que no nos moviéramos. Nos vas a meter en un lío.

Harry no le hizo caso. Le ardían las orejas. Se montó en su escoba, pegó una fuerte patada y subió. Luego Violet también cogió su escoba.

-¿Qué haces Potter? -le preguntó Zabini a Violet.

-Taurus ha dicho ven a buscarla Potter. Resulta que yo también soy una Potter, así que..- se puso a volar como si llevara toda la vida.

Hice una mueca de desagrado. ¿Cuantas muestras de desprecio tengo que aguantar de Violet Potter? ¿Se cree que por qué es de Slytherin voy a aguantarla sin más? Niñata entrometida.

Dirigieron sus escobas para enfrentarme. Los miré asombrado. Por mucho que los odiara, estaba seguro que no habían volado. Para ser su primera vez, era impresionante que volaran sin miedo a la altura. A mi me costó un par de semanas acostumbrarme a la altura.

—¡Déjala —gritó Harry— o te bajaré de esa escoba!

—Ah, ¿sí? —dije burlándome

Se inclinó hacia delante, cogió la escoba con las dos manos y se lanzó a por mi como una jabalina. Me aparté justo a tiempo, Harry dio la vuelta y mantuvo firme la escoba. La siguiente que se abalanzó fue Violet, no con tanta destreza como su hermano, pero igual de valiente. La esquivé como si nada.

—Aquí no están tu hermano, Crabbe y Goyle para salvarte, Malfoy —exclamó Harry.

Volví a sonreír burlonamente.

—¡Atrapadme si podéis, entonces! —grité.

Me elevé a toda velocidad a unas decenas de metros, cuando me percaté que no faltaría mucho hasta que llegara la profesora Hooch. Miré hacia abajo y vi como Harry me perseguía aunque no tan confiado como antes. Violet había desistido de la persecución y ya estaba en tierra. Tiré la bola de cristal hacia delante y bajé a tierra a toda velocidad

Harry se inclinó hacia delante y apuntó el mango de la escoba hacia la bola. Estaba ganando velocidad en la caída, persiguiendo a la bola. Extendió la mano y, a unos metros del suelo, la atrapó, justo a tiempo para enderezar su escoba y descender suavemente sobre la hierba, con la recordadora a salvo.

-Mierda. -mascullé apesadumbrado.

—¡HARRY POTTER!