Capítulo 8
Hace quince años, Severus Snape había iniciado una misión que le tomaría toda su vida completar- proteger a Harry Potter. Sentía que era el ultimo favor que le que podía hacer a Lily Evans, quien había sido – y aun era- el amor de su vida.
Aunque había odiado y resentido al chico por los dolorosos recuerdos que evocaba, lo había protegido. Snape tenía un modo de pensar simple, vivía de acuerdo a su propio código moral, que venga lo que tiene que venir. Es por eso que le había creído a Potter cuando había dicho que el Señor Tenebroso tenia capturado a Sirius Black en el Ministerio de Magia. Había presenciado la muerte demasiadas veces durante el curso de su vida. Jamás llegaría a desearle la muerte a un miembro de la Orden del Fénix, jamás abandonaría a un compañero, ya sea que este le simpatizara o no.
Con la excepción de Albus Dumbledore, a Snape no le importaba lo que los otros pensaran de él. Sabía que la mayoría de sus colegas, los miembros de la Orden, estudiantes y magos en general, lo miraban con sospecha, no confiaban en el. Esto no le importaba en lo más mínimo. No deseaba socializar con nadie: sentía que no lo merecía después de lo que le había hecho a Lily. No necesitaba amigos: la vida le había enseñado que la mayoría de las veces el amor terminaba causando más dolor, además las amistades lo distraerían de su trabajo como espía. Se enorgullecía de sus estudiantes en Slytherin y no disimulaba su trato preferencial hacia estos, pero solamente lo hacía porque muchos de ellos tenían parientes Mortífagos y era muy importante para el parecer como si estaba de su lado. Además, cada vez que favorecía un Slytherin sobre un Gryffindor, se calmaba un poco el dolor que todas aquellas frustrantes experiencias con los Merodeadores habían dejado.
Sabía que Dumbldeore había esperado que, con el tiempo, llegara a querer al hijo de Lily. Snape estaba seguro que esto jamás llegaría a pasar. Si bien había jurado secretamente proteger al chico aunque le costara la vida, hubiera preferido que lo expulsaran del colegio y así no tener que verlo tan a menudo. Aparte de las detenciones (durante las cuales se deleitaba atormentando a Potter) Snape intentaba pasar el menor tiempo posible en presencia del chico. Y hasta las detenciones lo dejaban con un sentimiento frustrante.
Snape no deseaba saber sobre la vida del chico, aparte de lo que observaba durante la escuela, y se aseguraba de observar lo menos posible (exceptuando, obviamente, aquello que le permitiese meter al muchacho en problemas). Apenas le permitía a Potter hablar en su presencia; jamás escuchaba las explicaciones o excusas por su comportamiento. Cuando otros adultos hablaban acerca de Potter, Snape intentaba cambiar de tema o salirse de la conversación lo más rápido posible.
Por lo tanto, la situación actual, era quizá, la única manera posible de hacer que Snape llegara a conocer al verdadero Harry Potter… de empezar a sentirse diferente acerca de él.
Durante las siguientes tres semanas se creó una especie de rutina: cada mañana, a las 6:30 (una hora más tarde los fines de semana), Petunia Dursley tocaría la puerta de la habitación de su sobrino. El chico se despertaría y se vestiría con lo primero que encontraba y bajaba a preparar el desayuno para su familia. Después de, aproximadamente, una hora regresaría a atender las necesidades de su "mascota". Cada día, pacientemente, sacaba a Snape de la jaula y aplicaría medicina a su hombro herido. Luego limpiaría la jaula, llenaría con agua nueva uno de los recipientes y el otro con comida.
La herida de Snape estaba sanando lentamente; el hechizo que le había lanzado Bellatrix había sido muy poderoso. Su control era, admirable. De no ser por Potter, probablemente el hubiese muerto desangrado. Además, había tenido suerte que el chico tuviera pociones mágicas ya que los medicamentos muggles no hubieran ayudado en mucho a sanar su herida.
Cada día, Snape se paraba sobre la rodilla de Potter, obligándose a permanecer quieto mientras el chico limpiaba y aplicaba medicamento sobre la herida. Potter parecía saber cuánto le dolía a Snape el golpe, por lo que intentaba calmar al murciélago hablándole o leyendo en voz alta El Profeta, mientras trataba la lesión. Gracias a esto Snape pudo aprender cómo había cambiado la opinión pública sobre "El Elegido"; le divertía ver que toda esta atención asqueaba a Potter aun más que a Snape.
Si el chico se cansaba de leer el periódico, a veces le cantaba. Aunque claramente el muchacho jamás llegaría a ser grande en la industria de la música, tenía una voz entonada (había admitido riendo que jamás tendría el coraje de cantar frente a sus compañeros de Gryffindor, quienes seguramente se burlarían) y Snape tenía que admitir que encontraba el canto del chico algo… relajante.
Luego de haber atendido las necesidades del murciélago, Potter se bañaría y vestiría y en seguida desaparecería hasta la noche. Snape sabía que el chico probablemente estaba ocupado haciendo sus quehaceres – su sentido del olfato le permitía fácilmente detectar el olor del sudor del chico cuando regresaba, junto con la esencia de fertilizante para el jardín, pasto cortado, pintura, detergente o jabón. Muchas veces, también, olía como a comida, seguramente el cocinaba la mayoría del tiempo.
Luego de ponerse ropa limpia, lavarse la cara y las manos, quitaba la tela que cubría la jaula, saludando a Snape con su usualmente calmada voz, "Hola, Espartaco". Se sentaba en el escritorio y pasaba una o dos horas haciendo sus tareas. Cuando terminaba, ponía sus libros a un lado, se estiraba y se acostaba en su cama.
Luego le hablaría a Snape – algunas veces por más de dos horas – antes de quedarse dormido. Si una pesadilla lo despertaba durante las tempranas horas de la madrugada (algo que pasaba entre dos a tres veces por semana) el muchacho le hablaría de nuevo al murciélago por media hora o más.
La gran ironía de la situación era, por supuesto, que Potter hubiera preferido confiar sus pensamientos y emociones a Argus Filch antes que a Snape. Y Snape, por el otro lado, jamás habría deseado escuchar las angustias e ideas de un adolescente, mucho menos las de Potter – solo con pensar en ello habría hecho que sus ojos se pusieran vidriosos de aburrimiento en menos de cinco minutos. Pero, después de todo, el chico pensaba que le estaba hablando a un estúpido animal y el profesor de pociones era una audiencia cautiva que no podía hablar – estaba obligado a escuchar y al hacerlo, aprendía cada vez más de lo que ocurría dentro de la mente y el corazón de Harry Potter.
Todas las preocupaciones, angustias y miedos que Potter no se atrevía a decir ni siquiera a sus amigos, ahora las conocía Snape. Fue así como Snape se enteró de la profecía completa, de las actividades del Ejército de Dumbledore, de las sádicas detenciones con Dolores Umbridge de las que el chico había sido demasiado orgulloso como para quejarse con McGonagall, del miedo que tenía de decepcionar a Dumbledore. Aprendió de la decepción de Potter causada por el breve romance que había tenido con la Señorita Chang, de su creciente atracción hacia la Señorita Weasley y del miedo a lo que pasaría si alguno de sus hermanos llegaba a enterarse de esto, y de sus dudas sobre si alguna vez tendría una vida normal con relaciones normales. Aprendió acerca de la ambición del chico de convertirse en un Auror y de su nerviosismo por los resultados de los T.I.M.O.s. Snape acabó por aprender y entender el intenso miedo a "perder a alguien" que tenía Potter, un miedo causado por la muerte de sus seres queridos. Hasta se había llegado a enterar que el chico en verdad se arrepentía de haber visto los recuerdos de Snape el año pasado – no solo por lo que había aprendido acerca de su padre, si no porque había violado la privacidad de uno de los miembros de la Orden del Fénix por puras sospechas.
La situación había puesto al chico en la inusual posición de tener que confiar en Snape, por lo que también había puesto a Snape en la inusual posición de escuchar – realmente escuchar – a Potter. Sin poder hablar o moverse mucho, Snape tenía sus propias preocupaciones, junto con el dolor de su herida y el aburrimiento. No había noticias o anuncios acerca de su desaparición, aparentemente, o Potter las habría mencionado – sin duda, felizmente, pensó Snape irritado. Y el hecho de que nadie lo había venido a buscar aun, significaba que Dumbledore tenía alguna otra gran preocupación.
También se encontraba constantemente tenso por la posibilidad de que el Señor Tenebroso lo llamase a alguna reunión y el no sería capaz de ir. Había tenido suerte hasta ahora – Voldemort evitaba llamarlo muy a menudo pues temía que Dumbledore sospechara - pero su suerte no podía durar para siempre. Tampoco sabía, y esto le preocupaba aun más, lo que Bellatrix y McNair habían estado haciendo el día en que lo atacaron.
No tenía mucho que hacer… aparte de leer las páginas de El Profeta que Potter ponía sobre el suelo de la jaula y de escuchar cuando el chico le leía alguna de sus cartas (en especial las de algún miembro de la Orden), Snape no tenía nada para entretenerse. Dormía la mayor parte del día (como lo hacen los murciélagos), recitaba pasajes de poesía del tiempo en que había leído o estudiado con Lily y se preocupaba.
Poco a poco, sin embargo, descubrió que las única manera de entretenerse era escuchando a Potter – el consentido y malcriado niño que no respetaba las reglas. O al menos eso era lo que había pensado antes.
Snape siempre se había enorgullecido de ser una persona solitaria y de la comodidad que tenia al estar solo. Hasta ese tonto de Pettigrew había tenido más compañía que él, aun siendo la mascota del chico Weasley por más de una década. La única voz que escuchaba, era la de Potter y Snape empezó a esperar escucharla cada vez más, aunque esto jamás se lo admitiría, ni siquiera a sí mismo.
A través de las platicas de Potter acerca de sus amigos, enemigos, ideas y ambiciones, Snape empezó, aunque de manera reacia al principio, a darse cuenta de lo que Dumbledore había querido hacerle ver desde el principio – juntó con la imprudencia de James Potter, su falta de sutileza y su afán por romper reglas, el chico también tenía la compasión de Lily, su lealtad y su enorme capacidad de amar en cara a los malos tratos.
Snape también sospechaba algo que ni siquiera Dumbledore habría adivinado, quizá… que la tendencia del chico de actuar en secreto y de romper reglas, no era causada porque se sentía superior a los demás, si no por que desconfiaba enormemente de los adultos – quienes, ciertamente, jamás le habían dado una buena razón para confiar en ellos.
Era obvio, Harry Potter jamás habría sido un buen Slytherin.
¿Debilidad? Quizá. Cuando Snape escuchó los pensamientos de Potter acerca de Draco, de cómo odiaba al chico pero simpatizaba con él al mismo tiempo, sabía que el chico Malfoy jamás sería tan gentil con un enemigo. Pero también sabía que Potter compartía el poder que tenia Dumbledore de hacer que los otros le amaran – un poder que, si lo usaba de la manera correcta, podía hacer que los otros actuaran como él quería. Y aun así, era también obvio, que el chico era demasiado humilde como para hacer eso. Esto le hacía vulnerable, pero el chico tenía una integridad mucho más grande que la de Dumbledore.
No le sorprendía que el viejo brujo amara tanto al chico. Snape había aprendido de chico a no dejar acercarse a nadie, no amar a nadie. Potter parecía no poder aprender a hacer esto. En vez de ser una debilidad como originalmente había pensado Snape tal vez era ¿el poder que destruiría a Voldemort?
De todas las cosas que Potter le platicaba a "Espartaco", Snape notó que jamás mencionaba a los Dursles a excepción de unos cuantos comentarios: "Debo de apurarme y preparar el desayuno o Tía Petunia me regañará;" "Necesito terminar de podar los arbustos o Tío Vernon se enojará conmigo" "Me alegro de que la Señora Weasley enviara estos pasteles de carne – no comí suficiente en la cena porque Dudley comió raciones extras."
Snape encontró estos pequeños comentarios particularmente alarmantes ya que el chico continuaba apareciendo con lesiones menores: un moretón alrededor de su muñeca un día, un labio partido el siguiente. Hasta había aparecido un día con una marca roja en forma de mano sobre una de sus mejillas. La marca no se convirtió en moretón, pero Snape sabía que los delgados y largos dedos de Petunia habían sido probablemente los causantes del golpe. Durante esos días Potter no hablaba mucho, aunque siempre tenía una pesadilla en la noche. Su conversación luego de estas pesadillas era algo malhumorada.
Snape se había empezado a preguntar si Vernon y Petunia también maltrataban a su propio hijo de la misma manera que a su sobrino… era posible que Potter no fuera el único menor en la casa que estaba sufriendo. No fue hasta que comenzó la tercera semana bajo el cuidado de Potter que Snape se dio cuenta de la gran diferencia entre el trato que recibía Potter y el que recibía su primo.
Era Domingo, Snape lo sabía porque a Potter lo habían dejado dormir una hora más. Dursley, que obviamente no trabajaba ese día, estaba viendo algún deporte muggle en el televisor (Snape había podido escuchar las voces de los comentaristas relatando el progreso del juego cuando Potter había abierto la puerta para salir).
Potter había hecho algo para enojar a su tío, pues Snape se despertó sobresaltado por los gritos del muggle llenos de ira.
Tan sobresaltado estaba que casi se había caído del pequeño columpio de alambre del que estaba suspendido, Snape se agarró bien con sus patas y escuchó concentradamente. A través de la tela, la puerta cerrada y algunas paredes las únicas palabras que pudo escuchar fueron las que ya había usado antes Vernon Dursley, cuando le había golpeado la nariz a su sobrino: anormal, fenómeno.
Snape se preguntó intranquilo que era lo que había hecho Potter esta vez para enojar al hombre. Esperó a que sonara el golpe, como la vez pasada – pero esta vez solamente escuchó los pies del chico subiendo las escaleras rápidamente.
Bajó de su columpio y se paró sobre el suelo de la jaula al mismo tiempo en que entraba el chico. Potter se dirigió directamente a la jaula, removió inmediatamente la tela que la cubría y abrió la puertecilla.
Snape aun estaba demasiado sobresaltado como para escabullirse o protestar cuando Potter, sin previo aviso, lo agarro, llevándolo a la otra esquina de la habitación y lo metió rápidamente en una vieja jaula para hámster que estaba junto a algunos juguetes viejos y quebrados y unos electrodomésticos muy dañados.
Snape miró fijamente a Potter, sorprendido, mientras este cerraba la puerta de la jaula. Era mucho más pequeña que la jaula de la lechuza y el murciélago apenas se podía mover.
"Lo siento mucho Espartaco" dijo el chico triste. Estaba algo pálido y en su mirada había miedo, enojo y resignación al mismo tiempo. Levantó la jaula "Mi tío vendrá al cuarto para… para hablar con migo. No quiero que estés aquí, no puedo dejar que te vea. No estoy seguro de cómo reaccionaría Tío Vernon o de cómo reaccionarias tu y no quiero arriesgarme."
Antes de que Snape tuviera la oportunidad de reaccionar, Potter se movió rápidamente sin hacer ningún ruido y salió de la habitación con la jaula y cruzó el pasillo. Snape pudo ver brevemente el pasillo alfombrado y una serie de puertas cerradas. Potter se movió con rapidez hacia uno de los extremos del pasillo, silenciosamente abrió una puerta y entró a un cuarto bien iluminado por los rayos del sol.
Potter bajó la jaula.
"Aquí estarás a salvo, Espartaco" murmuró el chico "Esta es la habitación de mi primo y está en la casa de uno de sus amigos. Vendré por ti más tarde. "
Luego salió de la habitación, cerrando la puerta detrás de él, y dejando completamente sola a su mascota.
Por un momento, Snape se quedo quieto dentro de la jaula en la increíblemente silenciosa habitación, los latidos de su corazón retumbando en sus oídos. Habían interrumpido su profundo sueño y lo habían sacado del cuarto en el que había pasado las últimas dos semanas. Se sentía totalmente desconcertado.
Luego de pasar unos momentos respirando y usando técnicas de relajación, el cerebro de Snape se despejó lo suficiente como para observar y analizar su alrededor.
Estaba en una amplia y bien ventilada habitación, era por lo menos dos veces más grande que la de Potter. Las paredes estaban pintadas de un alegre color azul. Parecía que habían sido pintadas recientemente y, repentinamente, Snape se pregunto si había sido Potter el que lo había hecho… había olfateado el olor de la pintura en las manos del chico hace unos días y había visto que uno de sus pantalones tenia pequeñas manchas del mismo color que el de la pared.
Junto a una de las paredes había una enorme cama con un grueso colchón y la cubría un esponjoso cobertor con rayas grises y azules. Las cortinas, hechas de la misma tela rayada que el cobertor, ondeaban en las tres grandes ventanas, dos de las cuales tenían vista hacia el patio trasero y la otra al otro lado de la casa. Una gruesa alfombra cubría la mayor parte del suelo y en la esquina entre las ventanas había un sillón grande de cuero.
En la pared frente a la cama había un alto aparador de madera sobre el cual estaba un enorme televisor, con reproductor multimedia y una consola de videojuegos. En los estantes había una gran cantidad de discos de juego y películas.
Bajo una de las ventanas había un elegante escritorio, sobre el cual Potter había dejado su jaula. Una silla acolchonada, del tipo en que se usa en las oficinas, con una chaqueta de cuero que colgaba en uno de los hombros de esta, estaba frente al escritorio. En la pared de la izquierda había otro aparador, este era más largo que alto. Un poco más arriba de este aparador había un enorme espejo pegado a la pared. A la derecha del aparador había cinco estantes que llegaban hasta el techo. Todos estos muebles, los estantes, las dos mesitas de noche y el escritorio estaban repletos de cosas: un estéreo, CDs de música, videojuegos, relojes, portarretratos con fotografías familiares, un reproductor de CD portátil, revistas y otras baratijas despilfarradas por todas partes. Apilados alrededor de la jaula de Snape había libros de texto y otros libros, ninguno de los cuales parecía haber sido usado.
En la pared que estaba a la derecha de la cama había una puerta entreabierta que parecía conducir hacia un armario que estaba repleto de ropa.
Casi hasta el último centímetro de las paredes parecía estar cubierto con posters de muggles, fotografías y unos banderines del colegio "Smeltings".
Suspirando lentamente, Snape se sentó en el suelo de la jaula. Bueno esto respondía su pregunta de si a los dos niños los trataban de la misma manera.
La voz de Potter, en tono bajo y suave, lo despertó después del atardecer.
"Hola, Espartaco"
Lentamente, Sanpe se puso de pie. Los últimos rayos del sol inundaban la habitación. Le sorprendió haberse quedado dormido – se sentía incomodo en esta lujosa y ostentosa habitación.
"Siento no haber podido venir por ti antes, Espartaco" murmuró el chico. "Vamos… regresemos a mi habitación." Levantó la jaula y salió del cuarto con cautela.
Snape, tan irritado como siempre, se sintió aliviado de regresar a la pequeña y obscura habitación de Potter.
Potter puso la jaula para hámster sobre su pequeño escritorio y luego saco a Snape. El chico sonrió un poco al ver que el murciélago se acercaba hacia su mano en vez de esperar a que esta lo cogiera.
"Si, también me alegro de que esta tarde ya haya terminado" le dijo al animal. Snape notó que su voz sonaba un poco ronca.
Cuando estuvo de regreso en la jaula de la lechuza, Snape observo detenidamente a Potter.
A excepción por sus mejillas sonrojadas, la cara del chico estaba pálida. Había dos oscuros círculos bajo sus enrojecidos ojos. Sus ojos estaban húmedos pero no parecía haber lágrimas recorriendo sus mejillas. Su labio inferior estaba algo partido, al parecer se lo había estado mordiendo.
Con un largo suspiro, Potter se sentó en la silla y se inclino hacia atrás. Se puso rígido repentinamente e izo una mueca de dolor. Cambió de posición, esta vez con sus codos sobre sus rodillas, puso su cara entre sus manos.
Luego de 5 minutos, el chico se levanto de nuevo. Le sonrió al murciélago.
"Ahí tienes comida y agua Espartaco, haz lo que sea que haces mientras duermo" dijo Potter con gentileza. "Necesito descansar."
Mientras se movía hacia la cama la camisa, que le quedaba demasiado grande, se deslizo dejando descubierto uno de sus hombros en el que Snape vio un ancho moretón color rojo obscuro, probablemente hecho por un cinturón, contrastando contra su pálida piel.
