Los personajes no son de mi autoría, le pertenecen a Stephanie Meyer. Yo sólo los tomo prestados para esta historia. :P


8. DESAYUNO II:

Bella POV:

Tan bien.

Se sentía tan bien.

No sabía exactamente de dónde saqué el valor inicial para sentarme en el regazo de Edward, pero ahora lo agradecía con creces. Tenía unas manos que hacían magia. Por donde tocaba mi piel ardía, juntando todo ese calor en mi bajo vientre. Me sentía deliciosamente sofocada, apenas tenía aire en mis pulmones para suspirar y gemir.

Pero las ropas empañaban mi gozo. Tenían que quitarse del camino antes de que ardiera en combustión espontánea. Como pude, incité a Edward a que me quitase la blusa mientras yo tocaba su maravilloso cuerpo debajo de su camiseta. Tenía el abdomen duro y fibroso, destacándose su tableta de abdominales claramente marcados que delineé con mis dedos, logrando un excitante gruñido de parte de él.

Y no dejábamos de besarnos. Sus besos eran deliciosos, apremiantes. Su lengua danzaba junto a la mía, sintiendo ese sabroso dulzor de su boca.

Mientras manteníamos estrecho contacto con nuestros labios, una de sus manos comenzó a vagar por mi vientre, subiendo tortuosamente lento por mis costillas.

Sin más, Edward posó una de sus manos en mi pecho.

Gemí muy fuerte.

Sentí como era elevada, para luego caer en algo blando. Ahora estaba encarcelada entre la cama y el magnífico cuerpo de Edward, quien me besaba con intensidad. Soltó mis labios y comenzó a vagar por mi mandíbula y cuello, dejando besos y lametazos.

Me removí inquieta cuando mordió un poco mi cuello, quedando Edward entre mis piernas. La posición favorecía nuestros roces, que iban aumentando junto al calor que sentía dentro de mí. Edward sacó mi sujetador, dejándome completamente expuesta.

Encontraba increíblemente erótico estar desnudos de la cintura hacia arriba, mientras nuestras piernas aún tenían pantalones. Nuestros pechos se rozaban y nuestras respiraciones estaban igualmente agitadas.

Edward comenzó a bajar sus besos por mi mandíbula, pasando por el cuello y deteniéndose un momento en el nacimiento de mis pechos. Con su lengua delineó alrededor de mi pezón, pero no lo tocaba. Me sentí frustrada por un segundo, pero no duró, ya que bajó nuevamente y tocó con la lengua mi pezón, para luego soplarlo. Hizo lo mismo con ambos, dejando mis pezones duros y necesitados de atención.

Ya no podía más. No lo soportaba, esta deliciosa tortura me estaba afectando demasiado. Todas mis terminaciones nerviosas estaban alertas y cada toque me afectaba el doble.

Grité.

Grité por la increíble nueva sensación que estaba experimentando. Edward había metido en su boca uno de mis pezones, mientras que el otro lo pellizcaba con su dedo índice y pulgar.

Iba a explotar de deseo.

Pero de un momento a otro escuché una voz femenina a lo lejos, probablemente de la casa, pero no lo suficientemente cerca. Decía el nombre de Edward, pero no pude entender nada más por lo excitada que estaba.

Lo que sí pude sentir fue el cuerpo de Edward tensarse, y no en el buen sentido. Dejó de moverse y soltó el pezón que tenía en su boca con un suave "pop".

Me apoyé en mis codos y lo miré, tratando de respirar con normalidad y sin conseguirlo. Él tenía los ojos abiertos y con un poco de temor en ellos.

—¿Edward? ―logré articular, tratando de preguntarle qué ocurría y el porqué de su detención.

¡Quería seguir!

―Mi… mi… es… es mi… ―balbuceaba sin sentido.

Tomé aire para calmarme un poco, aparentemente no íbamos a seguir, este conocimiento hizo enfriar mi cuerpo lo suficiente para formar una frase coherente.

―¿Qué ocurre? ― pregunté suavemente, mordiéndome el labio inferior. Quizás había hecho algo incorrecto y él no quería continuar en lo que estábamos— ¿Hice algo… mal?

―¡No! No ―la segunda negación la dijo en un susurro―. Es que… llegó temprano ―siguió hablando despacio.

Estábamos en la misma posición. Yo con los codos apoyados en la cama y él sobre mí, a la altura de mis pechos. Me estaba comenzando a sentir cohibida, la bruma de deseo estaba desapareciendo y hablar desnuda no era una de mis actividades favoritas.

―¿Quién llegó temprano? ―pregunté por inercia, mientras miraba en otra dirección.

―Mi… mi madre.

Abrí los ojos como platos.

¿Su madre?

Su madre había llegado a la casa y yo estaba su habitación desnuda, con él encima de mí.

Miramos al mismo tiempo la puerta de la habitación, fijándonos en el "pequeño" detalle de que estaba abierta.

Completamente abierta.

¡Edward! ¿Dónde estás? ¡Necesito que me hagas un favor!

Y con esa oración sentí pisadas más cercanas, como si estuviesen subiendo las escaleras.

No lo pensé dos veces. Me paré como si me llevase el diablo, empujando a Edward en el pecho y me paré en mis dos pies. Cogí mi sujetador y mi blusa, que estaban esparcidos en el suelo y corrí hacia la puerta del baño, encerrándome en él.

¿Edward? ¡Aquí estás! Yo buscándote por toda la casa, hijo.

Mamá…

Podía escuchar la conversación de Edward con su madre a través de la puerta del baño mientras me vestía.

Querido, ¿podrías ayudar a tu querida madre?

Uhm…

Lo lamento, ¿Estabas ocupado?

"No sabes cuanto", pensé para mí. Me miré en el espejo y vi lo despeinada que estaba y lo oscuros que tenía los ojos. Al parecer el efecto de la lujuria se demoraba en disiparse.

Yo… un poco.

¿Estás con compañía?

Oh. Dios.

Tierra, te lo pido con todas mis ganas, por favor trágame ahora y no me escupas jamás.

¿P-por qué lo dices?

Pues porque hay unos adorables zapatos en el suelo, y no creo que sean de tu talla.

La voz de la mamá de Edward no parecía acusatoria, de hecho sonaba con tono de broma. Tenía una voz dulce y maternal, dirigiéndose a Edward como se le habla a un niño.

Oh, claro. Pues si, vino una compañera de carrera a la casa…

¿Estaban estudiando? Por supuesto que lo hacían, tienes tus libros en la cama y yo aquí interrumpiendo a mi hijo hacerse más inteligente.

Uh… si…

Ahora me sentía mal. Yo estaba encerrada en el baño para que la madre de Edward no me viese semidesnuda debajo de su primogénito y ella inocentemente piensa que vine a su casa a estudiar con él.

Me voy a ir al infierno.

¿Y donde está tu compañera, Edward? Vamos, preséntamela. Deseo conocerla, amor.

Ehm… está… en el baño, refrescándose. Tenía calor.

Deberías encender el aire acondicionado, cielo. Se te ve sonrojado.

Mucho, mucho calor. Debía admitirlo.

Ahora que Edward ya le había dicho a su madre que yo estaba en el baño me obligaba a salir en un futuro próximo. El problema es que no quería, me picaba un poco la culpa y el pudor.

Me armé de valor y me di un último vistazo al espejo, acomodé mi cabello y miré que mi ropa estuviese bien puesta. Tomé el pomo de la puerta y lo abrí con precaución.

Al salir del baño vi la imagen completa. Edward estaba sentado en su cama (vestido al menos) y su madre estaba en el umbral de la puerta, al frente de él. Ella era una mujer muy linda, con el pelo color caramelo en suaves ondas y el tono de piel muy claro, al igual que Edward.

Ante mi atento escrutinio ella cambió la dirección de su mirada hacia mí. Me congelé en mi posición y esperé con temor la reacción que podía tener.

—¡Querida! Edward es tan maleducado en no presentarnos ―le dirigió una fugaz mirada de reproche a su hijo y después comenzó a caminar hacia mí―. Soy Esme Cullen, la madre de Edward. Tú debes ser su compañera de carrera. ¿Cuál es tu nombre, cielo?

Ella era tan amable, tan acogedora. Se sentí a gusto con ella de forma inmediata. Es como si irradiase calor en cada palabra.

―Soy Bella Swan, señora Cullen ―estiré mi mano para saludarla, pero para mi gran sorpresa ella se acercó más y me abrazó.

―Tonterías, Bella. Puedes llamarme Esme ―dijo aún en el abrazo, con un tono maternal en su voz―. Señora Cullen es tan formal e impersonal.

―D-de acuerdo… Esme ―respondí, abrazándola de vuelta torpemente, mirando a Edward por sobre el hombro de su mamá. Él se limitó a sonreírme y guiñarme un ojo.

―Ahora… ―dijo Esme, soltándome y girando su cuerpo hacia su hijo― ¿Podrías ayudarme, Edward? Te prometo que no será mucho, podrán seguir en poco tiempo lo que estaban haciendo.

Agregó al final la última oración mirándonos a ambos con disculpa en sus ojos. Si, me sentía horrible al engañar a una dulce mujer como ella. ¿Pero cual era mi otra opción? ¿Decirle: "no te preocupes, podemos seguir nuestra sesión de sobajeos y toqueteos en otro momento, muchas gracias"?

Prefiero dejarlo pasar.

―Claro mamá. ¿Qué necesitas? ―preguntó Edward dulcemente. Sonreí ante su actuación de hijo bueno. ¿Es que era malo en algo? Tenía que averiguarlo en algún momento.

―Pues, fui al mercado a comprar las cosas para la casa, pero al estar allá decidí comprar también ingredientes para mis postres. Bueno, ahí encontré una gran oferta de la harina que me gusta y decidí comprar el quintal entero. Le pedí al niño que envuelve los pedidos que metiese el saco al auto, pero ahora no puedo sacarlo yo sola. Y en serio requiero el portaequipajes vacío, ya que en media hora más tengo reunión del club de jardinería y necesito llevar la implementación.

Mientras hablaba, Esme hacía gestos con las manos y usaba distintos tonos de voz para explicarse mejor. Lo que más me agradó fue que nos hablaba a ambos, no era de esas personas que al hablar con alguien ignoraba al resto, de hecho creo que incluía más detalles en su historia para que yo la entendiese.

―¿Podrías sacar el quintal del auto?

― C-claro mamá ―dijo dudoso. ¿Qué le pasaba?

Esme y yo nos quedamos mirando a Edward, que estaba sentado en la cama sin moverse.

―¿Para hoy, si es posible, hijo? ―dijo Esme, de broma.

―Y-yo… sí.

Edward me miraba de una forma rara y me hacía gestos extraños. Fruncí el entrecejo hacia él, haciéndole entender que no comprendía. Pasó su mano por su desordenada cabellera en forma de frustración y respiró fuertemente. Cuando bajó su mano pude ver que sobre sus piernas tenía una almohada, subí mi mirada a sus ojos y noté que eso era lo que quería hacer notar.

Aún estaba… entusiasmado.

Sonreí internamente. Al parecer no era la única que estaba afectada por nuestra breve sesión.

Ahora tenía que distraer a Esme, para que no viese la erección de su hijo y sacara esta vez las correctas conclusiones.

―Esme… ―¿Y qué le digo?― Uhm…

―¿Dime, cielo?

―Yo… ―miré a lo lejos por la ventana de Edward y vi que en el patio habían plantaciones de muchos tipos. Eso me dio la idea― ¿Esas que veo son orquídeas?

Esme miró en la dirección que yo y luego me miró a mí con una sonrisa.

―¡Si, lo son! ―tomó de mi mano y me arrastró suavemente hacia la ventana― ¿Sabes? Son mis flores preferidas, sin embargo fue una batalla hacerlas crecer en mi patio, no sé muy bien el porqué. Se me da fácil plantar, pero estas pequeñas no querían crecer.

Miré de reojo como Edward se paraba rápidamente de la cama y tiraba la almohada a lo lejos mientras salía a toda velocidad de la habitación.

Después continuamos hablando un poco de plantas con Esme. Le conté cómo mi madre también era aficionada a la jardinería, pero como era tan distraída muchas veces se le olvidaba regar o cuidar las plantas, así que más temprano que tarde terminaban por morir. Aún así en mi casa siempre habían libros de esa índole, de esta manera sabía un poco sobre el tema.

Al cabo de unos 10 minutos Edward volvió a su habitación con un poco de polvo blanco en su ropa y cara y le dijo a su madre que ya había sacado todo del auto.

―Muchas gracias, hijo. Te prometo que te lo compensaré más tarde con tu tarta de fresas favoritas ―miró su reloj de pulsera y se sorprendió―. Estoy un poco atrasada, voy a tener que despedirme apresuradamente ―se dirigió a mí―. Encantada de conocerte, Bella. No muchas personas les gustan hablar de jardinería conmigo. Encontré nuestra charla bastante refrescante.

―No hay problema ―sonreí sinceramente. Me agradó―. Un gusto, Esme. Otro día seguimos hablando.

―Te tomo la palabra ―sonrió y me abrazó nuevamente―. Espero verte otra vez ―se separó de mí y le dio un beso en la mejilla a Edward―. ¡Nos vemos!

Y así, sin más, nos quedamos otra vez solos.

―Y… ―dijo Edward rompiendo el silencio, rascándose la nuca.

―Y… ―le secundé, un poco incómoda de la situación, sin saber muy bien qué decir.

Suspiró pesadamente y me tomó de la mano, llevándome hasta el borde de la cama para que me sentara al lado de él. Lo miré atentamente, fijándome en esa pequeña arruga que se le hace al lado de la ceja izquierda cuando piensa mucho sobre algo.

―Te debo una disculpa, Bella. Yo… me dejé llevar ―frunció la boca y agachó la mirada, pero seguía acariciando mis manos con sus pulgares―. Espero me disculpes.

Yo estaba en trance al escuchar su pequeño discurso

―¿Te estás escuchando, Edward? ―le dije, mirándolo a los ojos, tratando de mostrarle todo lo que sentía. Como no me miraba, solté una de sus manos y lo tomé de la barbilla para que me encarase―. Yo no estaba diciéndote que no. De hecho, era todo lo contrario ―admití, sintiendo como mis mejillas se enrojecían.

―Lo sé, pero esa no es razón suficiente para faltarte el respeto. Yo no te invité para esto a mi casa, Bella. Quiero que te quede claro. No pretendía sobrepasarme contigo al traerte aquí —dijo con convicción.

Me sentí un poco mal, quizás a él no le afectó de la misma manera que a mí y ahora estaba tratando de insinuarme que no quería que pasara nunca más.

―¿No… no te gustó? ―pregunté con temor.

―¡Claro que me gustó! —dijo más alto de lo normal. Pegué un pequeño salto en mi lugar ante la sorpresa—. Dios, no sabes cuánto me gustó, yo… ―cerró los ojos y respiró fuerte por la nariz—Bella… ―abrió los ojos y entrelazó su mirada a la mía― Bella, si mi madre no hubiese llegado yo no habría podido ni hubiese querido detenerme. Pero creo que es muy pronto para nosotros. Me gustas, no quiero apresurarme y echar todo a perder.

―Oh ―medité sus palabras y de hecho tenía razón. Al parecer la lujuria nublaba mi discernimiento y mi sentido común. No podía acostarme con él simplemente porque estaba caliente, tenían que haber sentimientos de por medio, sino no me lo habría perdonado después de haberlo hecho―. Tienes razón. Vamos a tomarnos las cosas con calma por el momento. Vamos a ir paso a paso ―le dije con la intención de mostrarle que a mi también me agradaba la idea de esperar, pero no eliminar la posibilidad para más adelante.

―Bien ―musitó con una sonrisa. Me dio un pequeño beso en los labios y se levantó de la cama, tomándome otra vez las manos para que me parase―. Ahora que está todo aclarado voy a seguir con el itinerario de hoy. Aún falta terminar el tour por la casa Cullen.

Sonreí ante su entusiasmo, parándome de un salto y dándole un beso en la mejilla. No podía evitarlo, era tan lindo y caballeroso conmigo.

Sonrió de vuelta y entrelazó nuestros dedos, acariciando el dorso de mi mano con su pulgar.

Caminamos por el pasillo hasta una de las puertas, la que correspondía según Edward a la sala de entretención. Cuando entramos pude ver que había una serie de juguetes de chicos, como juegos de videos, Nintendo, XBox, Wii, y las tecnologías que no estaban en mi conocimiento. En un lado había una mesa de pool, al final había una pantalla plana con un sillón y los juegos varios y en otro lado había una mesa para jugar cartas, incluso con fichas.

―Esto es… impresionante.

―Lo es ―concordó conmigo―. Esta pieza es bastante nueva, tiene sólo dos años. Mi padre lo llama "el paraíso masculino".

Reí y asentí.

―Es un buen nombre. Así que aquí te diviertes con tus amigotes ―dije, dándole un codazo en el estómago.

―Si te refieres a Jasper y papá, creo que si. No hemos ocupado mucho este lugar de todas maneras ―me miró y me dio una pequeña sonrisa de vergüenza―. No soy muy sociable.

Me quedé mirándolo y analizando sus palabras. Al parecer no éramos tan distintos como yo creía. Yo lo miraba hacia arriba, como un dios, pero al parecer era tan mortal como yo y le costaba socializar con la gente. O simplemente no quería socializar, como me pasaba muchas veces.

Salimos de esa habitación y recorrimos otras, como la sala de pintar de Esme y la sala de costura de Alice, además de las habitaciones de invitados. Al llegar a la última sala que no habíamos visto, Edward se plantó frente a mí.

―Llegamos al final del recorrido del famoso tour de la casa Cullen ―dijo solemnemente, ocultando una sonrisa que amenazaba con salir―. Por favor, no sacar fotos y no botar basura en cualquier lugar. Muchas gracias.

―Falta una habitación —me quejé, con los brazos cruzados―. El tour no ha terminado.

―Lo que pasa es que nuestro último destino tiene pago extra ―sonrió de manera torcida y me acercó a él, tomando mi cintura con sus manos―. ¿Desea pagarlo, señorita?

Decidí jugar un poco con él.

―Nop, estoy bien ―mentí, pero no me alejé de él, sino que puse mis brazos alrededor de su cuello y le sonreí.

―¿Está completamente segura? ―me habló con su voz un poco más ronca y acercándose peligrosamente a mí.

―Uhm, sí… ― ya no estaba tan valiente, podía sentir su embriagador aroma propio de él y casi podía saborear su aliento en mi boca.

Acercó sus labios a los míos y los acarició suavemente, de un lado a otro, pero no los juntó en ningún momento.

―Valdrá la pena, lo aseguro ―dijo sobre mi boca, filtrando aire caliente hacia mi garganta.

Fui yo la que junté nuestras bocas, pero de una forma pausada, calmada. Nuestros labios se acariciaban y apretaban sólo lo necesario para sentirnos cerca. Sus manos no abandonaron mi cintura y las mías peinaron perezosamente los rebeldes mechones de su desordenada cabellera. Me separé de él y quedé a la misma distancia que nos había dejado justo antes del beso.

―¿Saldé la deuda? ―pregunté con nuestras bocas juntas.

―Mhmm… ―gimió Edward― Por ahora, sí.

Me dio un suave beso en los labios y se alejó para poder abrir la puerta, incitándome a entrar.

―Esta es la sala de cine ―explicó cuando ya habíamos entrado a la habitación. Él se paró justo detrás de mí y me abrazó por la cintura, mientras recargaba su mentón en mi hombro—. Es algo así como nuestra sala familiar. Tenemos una tradición de familia de ver al menos una película a la semana todos juntos.

Miré alrededor y pude apreciar que de verdad se veía como un mini cine, excepto por la luminosidad, pero en los extremos de las ventanas se encontraban unas cortinas oscuras que podrían servir para quitar la claridad por completo. En el fondo había una pantalla plana imposiblemente grande, fácil de unas 100 pulgadas. Delante de ella se ubicaba un sillón de cuero negro muy ancho, que se veía bastante cómodo y bajo él una alfombra beige de pelos.

También en una esquina había un sinfín de golosinas y botanas propias de salas de cines típicas, y al lado de todo eso se encontraba un mueble tipo cocina con un refrigerador y un microondas.

―El microondas es para las palomitas de maíz y el refrigerador para los refrescos―explicó Edward en mi oído―. Tenemos todas las golosinas que venden en los cines, para que parezca más real.

―En serio no tienen nada a medias, ¿no? ―puse ambas manos sobre las de él, que estaban sobre mi estómago y giré mi cabeza para mirarlo. Nuestras caras estaban muy cerca, me permitió poder ver a poca distancia sus hermosos y penetrantes orbes verdes, que miraban directamente mis ojos con su intensidad característica.

―Es de familia. Cuando queremos algo, perseveramos hasta obtenerlo ―respondió con un doble sentido a sus palabras. Me sonrió y apretó más su agarre, dejando mi espalda completamente pegada a su pecho―. ¿Quieres ver una película? ―preguntó, cambiando de tema y disipando un poco la tensión sexual que nos estaba envolviendo otra vez.

―De acuerdo. ¿Cuál veremos?

―La que tu quieras, busquemos en los estantes algo para ver.

Nos acercamos al mueble que tenía las películas y comenzamos nuestra búsqueda. Tenían demasiadas y de todos los tipos; románticas, comedia, acción, terror, triller, suspenso, etc. Y estaban todas las clásicas. Era verdaderamente una biblioteca de películas, nunca había visto una colección de este tipo.

―¿Qué tal "Orgullo y Prejuicio"? ―pregunté con la caja en la mano.

Él se encogió de hombros y la tomó, sacando el CD y colocándolo en el reproductor.

―Es buena, veámosla ―fue su simple respuesta.

―¿Qué? ¿Ningún comentario sobre la protagonista? ―Inquirí, con una ceja alzada― "Keira Knightley es la mujer más sexy del universo" ―imité pobremente la voz de un hombre.

Él se rió suavemente, con esa aterciopelada risa que me erizaban los pelos de los brazos. Tomó una de mis manos y me incitó a que me sentase en el sillón, al lado de él.

―Keira Knightley es nadie al lado tuyo, mi Bella ―ronroneó, acariciando mi nariz con la suya.

Este hombre no puede ser de verdad. No puede ser tan dulce y decir todas las cosas correctas. Me estremecí ante su caricia y sentí como él sonreía cerca de mí y me daba un pequeño beso, corto y suave. Luego se separó un poco y pasó su brazo por sobre mis hombros, acomodándose para ver la película.

Yo ya la había visto y había leído el libro, pero era uno de mis clásicos favoritos, me encantaba la relación entre el Sr. Darcy y Elizabeth Bennet.

―Ese Sr. Darcy no sabe hacer las cosas bien ―interrumpió Edward, hablándome suavemente en el oído.

―¿Por qué lo dices? ―pregunté con curiosidad.

―Pues, el día en que ambos protagonistas se conocen, lo hacen en una fiesta, en donde la Srta. Elizabeth le desagrada la actitud del Sr. Darcy.

Esa misma escena se estaba proyectando en la televisión, en donde todos están en la fiesta, vestidos elegantemente de acuerdo a la época.

―Bueno, sí ―confirmo―. A ella no le gusta que a pesar de que hay pocos hombres, él no se ofrece a bailar con las damas.

―Exactamente ―dice en mi oído―. Imagínate cuantos problemas se habían ahorrado si Darcy simplemente le pide una pieza de baile. Míranos a nosotros.

Y así recordé la forma en que nos conocimos.

En una fiesta.

Me invitó a bailar. Oh, y como bailamos.

Sonreí y me giré para mirarlo, él también sonreía.

Me acerqué a él y junté nuestros labios aún sonrientes, besándolo entre pequeñas risas. La estaba pasando tan bien, nuestra relación no se basaba en lo físico, porque, aunque me gustaran mucho sus besos y caricias, también éramos capaces de mantener una conversación coherente e interesante. Pero otras veces, como éstas, comprendíamos que queríamos estar cerca, pero sólo para disfrutar la compañía del otro, sin esperar nada a cambio.

Nos besamos perezosamente, acariciándonos y degustándonos. Para mayor comodidad, Edward me apoyó en el sillón y se tumbó sobre mi cuerpo, pero sin colocar su peso sobre mí. Seguimos con pequeños besos, mordiscos y lametazos, nos reíamos y seguíamos besándonos, con las voces de los actores y actrices de fondo. Nadie nos apuraba y sentía que teníamos el tiempo del mundo en nuestras manos. Era todo tan cómodo y agradable.

Pero claro, no todo dura para siempre.

¡Familia, llegué!

Edward se separó un poco de mi y apoyó su frente a la mía, dando un suspiro sonoro.

―Es Alice.

―¿Alice, tu hermana?

―Sí, al parecer llegó a almorzar ―musitó con una sonrisa de disculpa.

―"No hay nadie en esta casa. Estamos completamente solos" ―copié su voz, enronqueciendo la mía y entrecerrando los ojos.

―Yo no hablo así ―dijo con el ceño fruncido, imitando seriedad, pero las comisuras de la boca elevadas lo delataban. Me dio un último beso en la boca y se sentó, suspirando otra vez―. Vamos, te la presentaré.

Me senté y arreglé un poco mi pelo, peinando las ondas con mis dedos. Edward se paró y me tendió la mano para ayudarme. En el momento en que me paré sentí como la puerta se abrió y una pequeña muchacha de pelo negro y alocado entró hablando muy rápido.

―¡Edward! Tengo tanto que contarte, no sabes lo que me pasó hoy. Primero me encontré con la zorra de… como sea, después te cuento eso, antes de que pasara eso Jazz me dijo algo de lo más interesante sobre unos koalas ¡son tan lindos! No tan lindos como los pingüinos, claro está. Pero cuando venía hacia acá…

Me pude percatar que Alice hablaba muy rápido y al parecer tenía la habilidad de decirlo todo sin respirar. Impresionante. Pero cuando estaba hablando parece que se percató de mi presencia y dejó de hablar para mirarme primero extrañada y luego curiosa.

―Alice, te quiero presentar a Bella. Bella…

―¡Hola! ―chilló Alice, que dio saltitos hasta llegar al frente mío y abrazarme. Creo que a esta familia se le da lo de los abrazos― ¡Soy Alice! Hermana de Edward, encantada de conocerte.

―Hola ―dije dudosa, tenía mucha energía para mi tranquilidad.

―¿Estaban viendo una película? ¡Veían "Orgullo y Prejuicio"! ¡Amo esta película, es tan romántica! Nosotros vemos todas las semanas una película como familia, pero siempre vemos películas de acción o de terror. ¡Nunca vemos románticas! Cada vez que lo damos a votación, papá y Edward eligen películas de chicos y mamá para no crear un empate vota por la misma que ellos. ¡Es tan injusto!

Reí ante el entusiasmo de Alice, era bastante graciosa.

―Eso es democracia, Alice. La voz del pueblo habla y el resto acata —dijo Edward con burla en la voz.

―Pues no me gusta ser "el resto" ―respondió Alice con un puchero. De pronto se le iluminó la cara y se giró hacia mí y me tomó por los hombros―. ¡Ya sé! La próxima vez voy a invitarte a nuestra casa para ver películas, entonces cuando votemos tu lo harás por una película de chicas. Seremos dos contra dos y así mamá votará al fin por el poder femenino. ¡Es una gran idea! ―comenzó a aplaudir y saltar en el mismo lugar.

―Eso es compra de votos, Alice, no es justo. Además, nada dice que Bella vote por tu película antes que la nuestra ―acotó Edward, guiñándome un ojo.

Yo le levanté una ceja ante su confianza y decidí aplastar su ego por un momento.

―¿Por qué crees eso, Edward? Soy una chica, las chicas eligen películas de chicas. Es una ley femenina universal.

―¡Sí! ―gritó Alice y me abrazó―. Seremos grandes amigas ―dijo con total convicción.

Me agradaba Alice. Tenía esa personalidad burbujeante y alegre que cualquiera envidiaría. Aunque tenía la teoría de que hubiese bebido más café de lo normal, pero si le funcionaba a ella estaba bien, cosa de cada uno, no me iba a inmiscuir.

―Alice, ¿viniste a almorzar? ―preguntó Edward.

―Sí, Jazzy tenía cosas que hacer y no iba a poder almorzar hoy conmigo ―dijo con tristeza, que cambió súbitamente a alegría cuando continuó hablando―. ¡Así que decidí venir a almorzar con toda la familia!

―Creo que por hoy la familia soy yo ―dijo Edward, pasándose la mano por su desordenado cabello, desordenándolo aún más―. Papá está en el hospital y mamá tenía hoy su club de jardinería, así que creo que va almorzar allá.

―No hay problema. Seremos Bella, tu y yo ―concluyó feliz.

Edward me miró, consultándome con la mirada, a lo que yo asentí con una sonrisa. Él me sonrió de vuelta, haciéndome sentir esas famosas mariposas en el estómago.

―Bien, está decidido. Pero lamento decir que no hay nada preparado en esta casa, voy a llamar por teléfono para que traigan algo y no tengamos que cocinar. ¿Les parece?

—¡Maravilloso! ― gritó Alice con los brazos abiertos.

―Esperen acá mientras voy a buscar los menús y decidir que vamos a comer. No tardo.―la última frase me la dijo a mí, guiñándome un ojo.

Edward salió por el umbral y yo me quedé mirando en trance mientras se iba.

―¡Bella! ―gritó Alice casi en mi oído. Tenía la voz bastante potente para alguien tan pequeña.

―¿Uh?

―¡No me escuchabas! Te estaba diciendo que me gustaron mucho tus ballerinas ―miré hacia abajo, a los zapatos que me había regalado Leah―. Son muy lindos, ¿dónde los compraste?

―No lo sé. Mi hermana me los dio ―me encogí de hombros.

―Me gustaron mucho, se me ocurrieron bastantes conjuntos para combinarlos con ese par ―me miró con ojos de perro mojado―. ¿Te gustaría ir a comprar conmigo?

―¿Comprar? ¿Qué? ―pregunté un poco despistada.

―¡Ropa! Podemos ir a los centros comerciales y recorrer las tiendas. Prometo detenerme cuando me digas que estás cansada―. Agregó la última oración muy rápido y con la mano alzada, como si estuviese haciendo un juramento.

―Oh, bien. Cuando tenga tiempo ―dije de forma despreocupada, pero al parecer era un gran asunto para ella, ya que empezó a saltar nuevamente y agradecerme una y otra vez, mientras estaba colgada de mi cuello.

―Debes darme tu número de teléfono, así nos ponemos de acuerdo ―musitó, sacando inmediatamente su celular de la cartera.

Yo solo reí ante su entusiasmo, para mí jamás ha sido gran cosa comprar ropa, pero podía intentarlo por un día. Alice me agradaba y creo que también me haría feliz agradarle a ella.

Comencé a recitar mis números mientras sacaba mi celular del bolsillo del pantalón, para anotar en número de Alice, tal como ella demandaba.

—¡Será tan divertido! La pasaremos muy bien, podemos comprar blusas, pantalones, bolsos, cinturones…

Continuaba enumerando cosas, yo solo reía ante su entusiasmo.

―¡Podemos invitar a Rosalie! ―gritó de repente, como si se le hubiese ocurrido de un momento a otro.

Por mi estaba bien, si ella lo quería, podía invitar a quien quisiese.

―¿Quién es Rosalie? ―pregunté con curiosidad.

En ese momento entró Edward corriendo a la habitación, con los ojos abiertos como platos y una expresión de terror en la cara.

―La novia de Edward ―respondió Alice.


No me maten, por favor.

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