Por favor, perdónenme el retraso en la actualización. Espero compensarlas con este capítulo. La reconciliación llega al fin, pero aun hay más. Luego de éste, tendremos un capítulo más y un epílogo; y ya no habrá más angustia, sólo romance. Disfrútenlo.

Castle no me pertenece.


Capítulo 8.

Silencio, calma, frío, miedo. Eso es lo que ha de sentirse cuando te hundes en aguas azules, profundas y gélidas mientras el terror entra junto con el líquido a tus pulmones, inundándolos, obstruyéndolos, quemándolos, consumiendo el oxígeno y la vida a la vez que un rugido sordo truena en los oídos, acallando hasta los propios latidos. Y entonces la vida se detiene, el tiempo se congela, el pulso se acelera, la respiración se contiene y sólo queda esperar el desenlace...o un milagro. Eso es lo que espera Kate en este momento: un milagro.

Los ojos de color turquesa son ahora mismo esos océanos insondables, serenos y helados en los que danzan tormentas bajo la quietud tenebrosa de sus superficies. El rostro de Richard Castle no es otra cosa que una máscara perfectamente colocada tras la que se esconden emociones contenidas, ocultas con rigor y firmeza. No hay un solo gesto, un movimiento, un suspiro que indique reacción alguna. La tempestad esperada, la furia justificada, las recriminaciones, los cuestionamientos...nada de lo que sería normal tras una confesión de tal calibre. Y la calma resulta ser mil veces peor que la tormenta para quien espera el juicio, el veredicto y la ejecución.

El duelo de miradas se prolonga durante más minutos de los que cualquier temperamento humanamente debería soportar. La dulzura que comúnmente se concentra en las pupilas castañas, ahora se enturbia con un temor que no se disimula y con una agitación teñida de angustia. Kate siente que se asfixia entre la espera y el agónico silencio. Veía venir una explosión sin precedentes; un tremor ensordecedor; un estrépito similar al que genera una bomba en el momento mismo en el que toca tierra. Preveía furia, gritos, palabras duras en tonos altos. Estaba incluso un tanto preparada para eso. Lo que no auguró y para lo que no se mentalizó fue para la implosión sosegada y distante en la que parece estar sumergido el hombre al que acaba de darle una noticia que va a cambiar su vida y su relación definitivamente.

Casi quisiera pedirle, suplicarle que diga o haga algo antes de que el atronador silencio la desquicie y la vuelva a sumir en un llanto descontrolado como el que ha estado acechándola desde que cometió la estupidez de salir de su vida. Hace menos de 24 horas que leyó sus cartas; que lo confrontó y que pusieron el corazón en palabras y se las dijeron frente a frente, confesándose que se aman como siempre y más que nunca; apenas por la mañana de este día sentía que tocaba el cielo y recuperaba el alma a través de los labios tan amados... Y ahora mismo siente que se le tambalea el mundo y que su felicidad pende de un hilo mientras espera una sola frase que la eleve o la hunda. Hasta que, finalmente, esas palabra esperadas y temidas llegan.

-Esperas un hijo... ¿mío?

Desde luego que alcanzó a leer la pregunta vibrando en la última palabra. Y duele. Maldita sea, cómo duele la sola sombra de una duda... Especialmente porque es merecida. Pero, merecida o no, arde, quema, hiere. Se obliga a tragarse las lágrimas, a soslayar la que, bajo otras circunstancias, constituiría una ofensa implícita, así como a desechar el orgullo en beneficio de un bien mayor y necesario; sobre todo muy necesario.

-Sí, Rick. Espero un hijo tuyo...nuestro –un casi imperceptible dejo de desafío se asoma entre cada frase-. Sé que me merezco tu falta de confianza en mi amor por ti, pero aun así, duele como no tienes idea el hecho de que pienses siquiera que pude haber buscado a alguien más tan pronto como nos...separamos.

-Tienes razón. Yo –titubea Rick con incomodidad-... la pregunta estuvo fuera de lugar; pero dime algo, Kate, ¿lo sabías cuándo te fuiste de casa?

Es como un golpe seco en las entrañas. Ahora se da cuenta Kate de que realmente no había manera de prepararse para este momento. Por más que este sea el punto culminante de la conversación y que se encuentre ante la pregunta esperada y obligada, sabe bien que no hay nada que pudiera haber hecho este trago menos amargo. Por lo que más vale apurarlo de una sola vez.

-Sí –le sostiene la mirada a pesar de que la vergüenza y el remordimiento se le atascan en la garganta-. Sí lo sabía. De hecho, esa fue, en parte, la razón por la que tomé la decisión de terminar nuestra relación.

Y entonces el rostro tan amado se transfigura; la mirada antes vacía se llena de curiosidad e indignación mientras los puños se cierran en un esfuerzo titánico por controlar los impulsos que empiezan a rebelarse. Aparentemente la calma empieza a cederle terreno a una tempestad en ciernes.

-¿De qué demonios estás hablando, Kate? –A pesar de la mesura deliberada, hay un temblor que traiciona a las emociones que despiertan-. Quiero que me hagas el favor de explicarme cómo mi hijo ha podido ser un motivo para que tú me dejes.

-El motivo no fue nuestro hijo, Rick, sino mi estupidez. La verdad es que, además de las razones absurdas e infundadas que te di cuando dejé el loft aquella noche, sucedió algo en particular que me hizo salir corriendo de la manera más cobarde y necia.

Rick mantiene los labios cerrados en una firme línea, indicándole que continúe.

-Unos días antes de marcharme, accidentalmente escuché lo que ahora creo que fue sólo una parte de una conversación entre Martha y tú... Saqué deducciones apresuradas y, evidentemente, erróneas; e hice, finalmente, lo que siempre termino haciendo. Huir.

Se vuelve a hacer el silencio. La mirada de Rick se desenfoca en un visible intento de recordar, de saber qué pudo haber escuchado Kate para haber tomado una decisión tan radical como impulsiva. Repasa los hechos lejanos, las charlas pasadas, buscando una pista que le ayude a descifrar la intrincada mente de Katherine Beckett. Y de pronto la luz se hace, el recuerdo llega y la gota cae. Ahora sí se avecina borrasca.

-Te lo voy a preguntar una sola vez, Kate, y lo mínimo que merezco es franqueza y la mayor precisión posible. ¿Cuál fue exactamente la parte que escuchaste de lo que hablaba con mi madre y que te llevó a tomar una de las decisiones más dolorosamente estúpidas de nuestras vidas?

-Ella –carraspea, aclarando la garganta-... Quiero decir, Martha...hablaba de que tú y yo diéramos el siguiente paso, de matrimonio, de hijos, Y tú le respondiste que no... que así estábamos bien y yo...

-Y tú, como siempre, en lugar de quedarte, escuchar, hablar, preguntar o reclamar, supusiste lo que te resultaba más cómodo; lo que te daba la excusa perfecta para hacer lo que siempre haces; correr, huir, esconderte. Con un solo minuto más que te hubieras detenido a pensar, a oírme, a concederme el maldito beneficio de la duda, con eso habría bastado para borrar de un golpe todas tus elaboradas dudas y reproches que, al final de cuentas, parecen no ser otra cosa que pretextos para echar por tierra lo que hemos construido y que, en el fondo, te aterra. Lo único que yo tenía era miedo, terror de expresar mis deseos, mis planes para nosotros. Sólo quería darte todo el tiempo y el espacio que necesitaras...pero al final de cuentas, te las arreglaste para torcer las cosas hasta que se acomodaran a tu impulso de escapar.

El volumen de la voz es bajo, contenido, pero firme y filoso. La vena del cuello masculino salta en reflejo del esfuerzo que hace Rick para no dejar que su rabia y su impotencia salgan en forma de vociferaciones de las que luego, con toda seguridad, se arrepentiría. La expresión es severa, dura...muy diferente al gesto afable permanentemente instalado en el rostro de ese hombre que suele no tener más que amabilidad y sonrisas para quienes lo rodean. Pero por ahora no se ve ni un vestigio de esa dulzura y ligereza tan propia de Richard Castle. Y Kate no encuentra –por más que la busca- la manera de deshacerse de esa sensación de estrangulamiento en la boca del estómago; no encuentra su voz, ni el oxígeno para emitirla, ni el valor para hacer o decir nada en su favor y defender lo indefendible. Sólo le sostiene la mirada tanto como puede soportar el brillo glacial en los círculos azules, luego baja los párpados, retrae la mano que tenía sobre el mostrador y que iba encaminada a alcanzar la de su compañero, coloca ambas sobre su regazo, tratando en vano de ocultar sus nervios. Y espera...sólo espera a que llegue la sentencia. El aluvión sólo pausa, pero no cesa.

-Y, lo creas o no –continúa Rick sin clemencia-, puedo entenderlo todo, Kate; justificarlo todo, pasarlo por alto todo. Tus arranques, tus miedos, tu cobardía, tus desplantes y cada resultado de tu ofuscación. Puedo hasta tomar mi parte de culpa en el hecho de que dudaras de mis intenciones para nuestro futuro. Lo único que no puedo ni comprender ni disculpar es que me hayas ocultado un acontecimiento que, sin duda, es uno de los más importantes de mi vida. Que tú, conociéndome como conoces y sabiendo lo que sabes de mí, hayas dudado siquiera por un momento de la enorme felicidad que significa para mí ser padre. Si, aunque sea durante un segundo, consideraste la posibilidad de irte de mi vida sin dejarme saber que llevas un hijo mío en tu vientre...eso sí no sé si puedo perdonártelo, Kate. No tenías derecho... Realmente no lo tenías.

Una lágrima solitaria y furtiva rueda por la cara de Rick, teniendo en Kate el efecto de un rayo que la calcina por dentro y la reduce a polvo. Una vez más resuena en su cabeza el ya tan desgastado "¿Qué hice, por Dios bendito? ¿Qué fue lo que hice?" La desolación y decepción que emanan de ese hombre abatido, la quiebran, la anulan, le duelen más que el dolor propio. Necesita encontrar una forma, un puñado de argumentos que le dejen claro la profundidad de su amor por él; la magnitud de su arrepentimiento; y la decisión tomada hace muchas semanas de hacerle partícipe de cada paso rumbo al nacimiento de ese ser al que dieron vida. Cómo nunca, odia su incapacidad con las palabras y con sus emociones. El tiempo vuela, se agota; el enojo y el rencor empiezan a subir como la espuma, las compuertas están cerrándose y, o alcanza a colarse por el último resquicio y queda dentro, o se resigna a quedar fuera definitivamente. Piensa, Kate, piensa...y habla de una maldita vez, antes de que sea demasiado tarde. Inspira, espira. Una vez, dos veces... Habla. Ahora.

-Tienes razón, Rick, desde luego que no tengo ningún derecho a privarte de la dicha de ser padre por segunda vez. Admito mi error al no habértelo dicho antes de marcharme. De hecho, me equivoqué desde el momento en que salí de tu vida de esa manera estúpida y absurda. No tengo justificación, no tengo disculpa, no hay fundamentos. Lo asumo todo. Lo único que puedo y debo decir en mi favor es que fui a buscarte después de unos días para confesarte la verdad, pero no estabas; te acababas de ir a tu gira. Y no me pareció que esta fuera una notica que se debiera dar por teléfono. Sé que no tengo perdón; pero también sé que te amo y que lo único que deseo es regresar a tu vida; compartir contigo cada minuto de cada día de esta espera. Por favor, Rick...perdóname.

El opresivo y desesperante silencio. El frío que cala hasta la médula. La calma amenazadora. El miedo paralizante e incontrolable. Cada segundo expectante, cada latido del corazón, duelen, calan, hieren como una cruel agonía. Y con todo y eso, es preferible a un adiós que sería peor que una condena a muerte. Al final, el sonido llega, pero el calvario no acaba.

-Necesito tiempo, Kate –hay desánimo en su voz, decaimiento en su postura, resignación y tortura en la mirada-. Espacio para pensar y decidir qué hacer. Debo irme ahora; quiero estar solo.

Se encamina hacia la puerta con pasos cansados, la abre y apenas si voltea para exigir más que sugerir:

-Come, Kate. Si no lo haces por ti, hazlo por el bebé. Estemos como estemos nosotros, él tiene que estar bien.

Se va. Kate siente que se le hunde el suelo; que sus reservas de llanto de alguna manera se reabastecieron y lágrimas renovadas mojan su rostro pálido e infinitamente triste. Las cosas salieron exactamente tan mal como las preveía. El día que empezó con una tímida esperanza cobrando vida al calor de de siete cartas de dolor y amor infinitos, ahora termina empapado en gotas amargas de contrición y una soledad que no será capaz de llenar el mundo entero si no lo tiene a él y a su amor, rodeándolos a ella y a su hijo como el más dulce y protector de los abrazos.

Se obliga a comer de los contenedores que quedaron olvidados sobre la mesa; no se molesta ni en sacar platos o cubiertos de metal. Mastica y traga la comida tibia, más por instinto que por hambre o placer. Se obliga a deglutir, auxiliada por un vaso de agua templada. Termina, guarda, limpia. Todo en modo automático. Con la mente lejos, muy lejos; ni siquiera sabe dónde... Sólo sabe que sigue con tesón al dueño de su corazón y sus suspiros, esté donde esté él. Daría todo por conocer su paradero; por poder seguirlo con algo más que con sus pensamientos. Hace una silenciosa plegaria por que, dónde quiera que se encuentre, esté seguro y a salvo, aun y cuando por dentro se sienta destrozado a causa de ella.

Camina al sofá como autómata; se deja caer en el en calidad de bulto y se recuesta, acomodando su cabeza sobre un mullido almohadón. Sus manos se unen sobre su vientre en ademán protector, acariciándolo con ternura por debajo de su blusa.

-Mi cielo –por ese breve momento se iluminan sus ojos al dirigirlos hacia donde se anida su hijo-, no hay nada que yo desee más que traer de regreso a tu papá para compartir con él cada experiencia que viviremos contigo. Voy a luchar con todo por conseguirlo; pero, pase lo que pase, vamos a estar bien, bebé... Te lo prometo.

La noche será larga. No tiene idea de lo que le depare el siguiente día. Lo ama, lo extraña, lo necesita con locura. Pero, venga lo que venga, ya un pedacito de él se quedó con ella para llenarle la vida. Cierra los ojos en búsqueda de un descanso que no puede darse el lujo de negarle al que ahora escucha los latidos de su corazón desde dentro.


El líquido tinto es un mudo testigo que sólo contempla a través del cristal diáfano que lo contiene; lastimero y oscuro como una señal de duelo; coloreado de nostalgia y de recuerdos de tiempos mejores en los que otra copa se situaba a un lado mientras una bella mujer acompañaba al hombre solitario y taciturno que hoy, desde hace muchas horas, ha dejado relegada su bebida en favor de sus recuerdos.

La pequeña y elegante oficina situada en el sótano del bar, propiedad de Rick Castle, permanece en relativas penumbras a esas horas de la madrugada. Recostado en un sillón que le queda demasiado estrecho, el escritor mira hacia algún punto perdido en el techo, con el antebrazo izquierdo sobre la frente y las piernas cruzadas sobre el descansabrazos de la butaca contigua. En la mesilla lateral, olvidada, yace una copa de vino tinto que apenas han tocado sus labios. Hoy no hay whiskey. Esta noche declinó la bebida escocesa y su ardiente espíritu, en favor de la que, inevitablemente, lo lleva a evocarla a ella. Hoy necesita exorcizarse; hundirse en los infiernos y emerger purificado, exonerado, despojado de sus demonios y dispuesto a conceder indultos y ofrecer nuevos comienzos. Hoy le es indispensable sumergirse en reminiscencias; paladear el sabor del recuerdo de su piel; embriagarse con el fantasma de su fragancia; alcanzar el delirio en las sombras que sus besos le dejaron en los labios. Hoy debe llegar al punto de quiebra en el que el dolor de la ausencia se haga sentir en cada poro de su cuerpo y en cada rincón de su alma, hasta que lo empape y lo aturda; hasta que lo vuelva consciente a plenitud de lo que sería una vida unido a ella sólo por el ser que crearon juntos; tan cerca pero tan lejos al mismo tiempo. Debe hundirse en la posibilidad de una pena tan honda que el temor de vivirla vuelva pequeño cualquier pecado y posible cualquier absolución.

Porque no puede seguir mintiéndose. Una revelación de ese calibre cambia la vida, lo cambia todo y lo pone en perspectiva. El amor por una mujer –esa clase de amor que siente el por Kate- merece todos los intentos y las oportunidades. Hoy por la mañana, luego de hablar con ella, ya estaba dispuesto al perdón y al olvido. Después llegó el descubrimiento; con él la pena del tiempo perdido; de las experiencias anheladas y no vividas junto a la mujer que ama y que, además, es la madre de su hijo. Enfado, preocupación, decepción, pesar, confusión. Pero por encima de todas esas poderosas emociones, prevalece sólo una: un amor sin límites por esa vida nueva, una felicidad sin nombre ante la criatura que está en camino. Sí, el amor por una mujer cambia la vida...pero el amor por un hijo concebido con esa mujer, lo supera todo, lo puede todo, lo perdona todo. El resto se vuelve pequeño ante la grandeza que implica el milagro del amor y de la vida que nace de ese invulnerable sentimiento.

Y de pronto se evaporan las dudas, se esfuman las inquietudes, se disuelven los miedos al calor de la esperanza y el perdón que emergen luminosos y tibios como el sol de primavera. El porvenir se abre prometedor y radiante, rompiendo como un rayo de luz nítida luego de la larga y tenebrosa oscuridad.


Kate se pregunta a quién se le ocurrió llamarle a este suplicio "nauseas matinales"; debe haber sido a algún sujeto del sexo masculino y que, desde luego, jamás vivió un embarazo. Porque hay días –como éste- en que la necesidad de devolver el estómago la aqueja mañana, tarde y noche, indistintamente y sin causa aparente. Simplemente al bebé parece molestarle todo: lo que come y lo que no come pero sí huele; si se alimenta o si no lo hace, o si está trabajando, durmiendo o...pensando en su papi –como sucede siempre independientemente de cualquier otra actividad que realice-. Y hoy es una de esas jornadas inclementes en las que ya no tiene ni idea de que le queda en el intestino para regresar. Se siente cansada, con la frente perlada de sudor, sus manos temblorosas por el esfuerzo...y con un deseo enorme –como tantas otras veces- de tener a su lado al hombre que ama, al padre de su bebito; aunque no pueda hacer nada para evitarle los malestares, pero con el simple hecho de saberlo a su lado, sosteniendo su cabello y acariciando su espalda, con eso bastaría para hacerla sentir mejor. La necesidad que siente de él está volviéndola loca. Hoy no es un buen día definitivamente, y no lo será mientas no lo vuelva a ver. Pero hasta ahora, su mañana no es sino un suplicio; son las 12 del mediodía, ha pasado en el baño más tiempo del tolerable, y Rick no ha dado señales de vida.

Cuando al fin parece que los espasmos ceden y que su estómago se asienta, Kate se lava los dientes, se acicala, retoca su maquillaje, se aplica su perfume y sale rumbo a su escritorio, menos dispuesta de lo que debería, para enfrentar las horas que le quedan por hoy en la 12ª. Si Rick no aparece, ya tendrá tiempo de sobra por la tarde para decidir su siguiente paso. Él le pidió espacio, y se lo debe, pero no está segura de poder pasar un día más sin él. Quizá pueda darse el lujo de un mensaje...sólo unas cuantas palabras de las muchas que ella le debe.

Su corazón escapa un latido en el momento en que su escritorio entra en su campo de visión; pero es el hombre sentado a un lado de su mesa de trabajo quien que le arranca un suspiro y le humedece los ojos. -Rick está aquí, ha venido a pesar de todo- se dice a sí misma entre emocionada y angustiada; incierta ante lo que pueda haber venido a decirle su ex compañero. Bien sabe Dios que lo qué daría ella a cambio de recuperarlo como compañero, como amigo, como amante, como su todo y más. Él aún no se ha percatado de que Kate se aproxima, de modo que la nerviosa detective aprovecha los segundos y los pasos que la separan de Castle para respirar hondo y acomodarse el cabello que, por otro lado, está impecable luego de que ocupara de él frente al espejo del baño; todo con la secreta esperanza de encontrarse con el objeto de sus anhelos en cualquier momento.

Rick parece presentir su presencia –como siempre-, y voltea justo a tiempo para recibirla de pie, ofreciéndole un vaso desechable de té frío de durazno, mientras sobre la superficie del escritorio descansa su propio café y un envoltorio que, con toda seguridad, debe contener algo para comer. Kate siente como se le entibia el corazón al sentir nuevamente a su alrededor el halo protector y guardián que sólo ese hombre es capaz de brindarle.

Están frente a frente por algunos instantes y ella siente como su corazón se derrite de anticipación y ternura ante lo que alcanza a percibir en el rostro de Rick. Está, en primera instancia, más guapo que nunca. Perfectamente peinado y afeitado. El aroma de su loción le llena los sentidos y, por suerte, no se producen efectos desagradables en su estómago. Su rostro luce radiante, su mirada límpida y con una manifiesta determinación brillando en el fondo de las pupilas como fuego fatuo. Y su sonrisa... Oh, Dios, su sonrisa podría muy bien iluminar a todo Manhattan en un día gris. Hay esperanza, optimismo, alegría genuina y amor...legítimo y auténtico amor, ahora multiplicado y concentrado.

Kate siente como su mundo recupera el eje; como su vida se endereza y como la nube oscura se aleja de sobre su cabeza por obra y gracia de la sonrisa y la mirada de Rick. Los labios de la detective se distienden, franca y cálidamente. Durante esos momentos no hay nada ni nadie más que ellos dos, su amor, y esa vida nueva que late pujante en sus entrañas, sintiendo como la felicidad de su madre irradia en ondas tibias que le inyectan vida y bienestar.

-Buenas tardes, detective –saluda Rick en tono jovial y ligero, como en los viejos y buenos tiempos.

-Buenas tardes, Rick –responde Kate al saludo en el mismo tenor juguetón, pero haciendo énfasis en su nombre.

-Te traje un té y algo para comer. ¿Has comido algo hoy?

-Sí, pero no llevo un buen día. Lo he devuelto todo. Tengo el estómago vacío ahora mismo... Así que muchas gracias por la comida. ¿La compartimos en la sala de descanso? –Pregunta cautelosa-. A esta hora esta solo por aquí.

-Buena idea. Vamos.

La hace caminar por delante mientras él carga con las provisiones como el caballero que es, pero Kate se eleva a las nubes en el momento en que siente como la mano libre de Rick se posa en la parte baja de su espalda, en un gesto familiar e íntimo que logra que sus esperanzas renazcan sin remedio.

Una vez en la sala de descanso, ella se encarga de cerrar puertas y bajar persianas. Él coloca sobre la mesa los alimentos y las bebidas; está por retirarle la silla para que se siente cuando, en un golpe de audacia, Kate lo detiene, le toma las manos entre las suyas y se atreve a preguntar:

-Rick, sé que me pediste tiempo y que no debo presionar pero...simplemente no puedo con esta incertidumbre. ¿Has pensado cómo quieres que manejemos esto? –Se nota insegura y temerosa, pero sigue-. Yo estoy dispuesta a acatar lo que tú decidas.

Rick entrelaza los dedos con los de ella, dándole seguridad y certeza sin siquiera haber empezado a pronunciar palabra-. La sonrisa sigue ahí, la ternura que se desborda por los ojos; todos los indicios apuntan hacia el mejor escenario, sin embargo ella necesita escuchárselo decir, requiere –como siempre- el consuelo de sus palabras.

-Te amo, Kate. Más de lo que nunca he amado a ninguna mujer –se acerca hasta casi tocar su frente con la de ella-. Te dije y te repito que no hay nada que yo desee más que un futuro contigo y con nuestro hijo; con él o ella y alguno más si tú quisieras. Si no deseas tener más, igual soy infinitamente feliz, siempre que estemos juntos. Ha sido difícil encontrar motivos para perdonar las semanas en las que he estado en la ignorancia, lejos de ti, luchando por olvidarte y contra el olvido. Todo este tiempo en el que me he perdido de compartir contigo las molestias, los cambios, los miedos, las preguntas y todos los cuidados que me muero por darles. Pero te amo. Eso es todo lo que sé y me importa. Y amo a nuestro bebé, Kate. Lo único que quiero es tomarte en mis brazos y sostenerte ahí hasta el momento en que tenga que compartirte con ese pequeño por el que estamos esperando. Así que, por si no lo has entendido: si tú estás dispuesta, yo quiero intentarlo otra vez.

A modo de respuesta, Kate no hace otra cosa que soltar sus manos y echarle los brazos al cuello, acercando sus labios a los de él para robarle un beso tierno, intenso, dulce, suave; cargado con mucho anhelo, con necesidad, con esperanzas y promesas que se sellan con esa caricia. Conforme los segundos pasan, el beso se profundiza, los labios se parten, y juegan, provocan. Las manos empiezan a moverse compulsivamente por las curvas y los planos definidos y suaves. Escapan suspiros, gemidos, susurros apasionados de palabras de amor y de deseo. Los nombres de uno y otra escapan entre exhalaciones candentes mientras las caricias se enardecen y la pasión se inflama.

Luego de deliciosos minutos, el sentido común aparece como una chispa en el fondo de sus mentes obnubiladas y se separan entre risas eufóricas y roces suaves con los que buscan mantener un contacto que no se sienten preparados para romper. Se acomodan ante la mesa, tomados de las manos y embriagados de alegría renovada, dispuestos a comerse el mundo y beberse los vientos ahora que están juntos otra vez...y esperan ambos que en esta ocasión, sea para siempre.

-Supongo que eso significa que sí estás dispuesta ¿verdad? –pregunta Rick más por bromear con ella que porque realmente tenga dudas.

-Sí, definitivamente sí. Quiero compartir contigo mi vida, este embarazo, esté bebé que es afortunado porque tiene al mejor papá del mundo –le planta un beso fugaz en los labios como confirmación de su halago-. Quiero un futuro contigo, Rick, sólo contigo.

-Mmmm, veremos si sigues pensando lo mismo luego de una semana experimentando el plan de mimos, cuidados y protección pre natal que tengo diseñado para mi hijo y su madre, y que pienso poner en práctica a partir de...pues de ahora mismo.

-¿Plan de mimos, cuidados y protección pre natal? –Pregunta Kate, divertida por la expresión de complot en la cara de Rick-. Vamos, Castle, tú y yo sabemos que no soy buena paciente.

-Oh sí...no me lo tienes que decir. Lo sé por experiencia –le sonríe con ternura mientras le acomoda una hebra de cabello detrás de la oreja y le roza la mejilla con las yemas de los dedos-. Pero estoy seguro de que, por esta vez y tratándose de nuestro hijo, harás una excepción y me dejarás consentirte y cuidarte ¿o no?

Kate sólo lo ve con ojos de adoración. Siente que un caudal de emociones tibias y azucaradas se producen en algún punto de su mente y le recorren el cuerpo como un bálsamo reparador. No se explica cómo fue capaz de sobrevivir las primeras semanas de su embarazo sin tener a su lado a este hombre extraordinario, amoroso, gentil y lleno de amor para ella y su bebé. No sabe siquiera cómo pensó alguna vez que podría vivir sin él.

-Sí, Rick. Claro que voy a dejarte cuidarnos y mimarnos y hacernos muy felices a este pequeño y a mí –hace una pausa, buscando palabras-. De hecho, me atreví a llamar al consultorio de mi ginecóloga y reservar para esta tarde mi segunda cita. Hoy me harán el segundo ultrasonido ¿sabes? Y, no estaba segura de si te vería pero, la verdad es que...tenía la esperanza de que, de no ser así, la revisión médica sería una excusa perfecta para verte. Sabía que por muy enojado que siguieras conmigo, no te perderías la oportunidad de ver a nuestro hijo en un monitor ni de oír sus latidos.

Ahora es Rick quien acorta la distancia entre ellos y, tomándola de por la nuca con delicadeza, la besa en los labios, poniendo en ese beso toda su gratitud, su alegría, su amor por ella y por su hijo.

-Por supuesto que no me la perdería. Hoy veremos al bebé por primera vez, Kate, juntos... ¡Gracias!

-No, Rick, gracias a ti... Por todo.

Se sostienen la mirada por un momento, hablando sin hablar; diciéndose en silencio todo lo que las palabras no alcanzan a expresar. Difícilmente podrían encontrarse dos personas más felices en ese momento a kilómetros a la redonda.

-¿A qué hora es la cita con la doctora?

-A las 4. Y pedí la tarde libre. Así que después podríamos hacer lo que tú quieras.

-Vamos al loft, pasamos la tarde ahí ¿estás de acuerdo? –Aún se asoman rescoldos de duda en la pregunta de Rick, y a Kate le duele eso-. Pero...

-¿Pero...? –le da un ligero apretón Kate a la mano de Rick que sostiene en la suya, animándolo a hablar.

-¿Quisieras...quedarte esta noche en el loft, conmigo, Kate? –pregunta con cautela, seguro de que hay posibilidades de que ella le diga que no.

-Claro que sí –otro beso; no se le ocurre cómo más devolverle la seguridad y la confianza-. Luego de ver a la ginecóloga, pasaremos a mi departamento y me llevaré lo indispensable. Ya después nos organizamos para trasladar lo demás.

Kate no le pregunta si está de acuerdo en que se mude con él otra vez. No le da oportunidad de dudar ni titubear. Le deja claro con palabras y hechos que ella está en esa relación definitivamente y que no va a perder el tiempo para empezar a demostrarle cuánto lo ama y lo decidida que está a recuperar el terreno que haya podido haber perdido por su necedad.

Y la sonrisa que él le devuelve es todo el premio que necesita por su osadía y su valor. Le da gracias al cielo en silencio por haber podido devolver a su rostro esa expresión de felicidad genuina.

-Te amo, Kate. Los amo...mucho.

-Te amo...siempre.

Continuará...


Gracias por su apoyo y por seguir conmigo esta aventura. Me encantaría conocer sus opiniones. Un abrazo,

Val.