Casi héroes
"A real human being, and a real hero. Back against the wall and ours. With the strength of a willing to cause . A pursuit some called outstanding"
"A real hero", College ft. Electric Youth
Capitulo 8: Impulsos
Al bajarse del autobús en East Los Ángeles, Katniss y Peeta comenzaron a caminar a través de una calle llena de negocios y luces, que aun a pesar de la hora, seguía llena de gente. Durante el trayecto, y tal como Katniss había predicho, nadie pareció haber puesto demasiado interés en la manera en que vestían. Lo único bueno que se podía sacar de la apatía de la gente era que nadie parecía estar interesado especialmente en los asuntos de los demás.
Los carteles brillantes iluminaban la calle principal y la llenaban de colorido. Las personas que iban de un lado para otro parecían querer disfrutar del viernes por la noche como era debido, haciendo filas para los locales de discos o simplemente caminando de un lado a otro riendo o tomándole fotos a alguna celebridad que pasaba.
—¿Qué es lo que haremos? —preguntó Peeta mientras se abrían espacio a través de la congestionada avenida—. ¿A dónde vamos?
Katniss se detuvo en un semáforo esperando que la luz le diera paso a los peatones.
—Hay un club al final de esta avenida que de la noche a la mañana pasó de estar a punto de quebrar a ser el más importante de la ciudad. Beetee se infiltró en los archivos para ver quién era el nuevo dueño y nos encontramos con alguien interesante: un hombre llamado Caesar Flickerman, que fue liberado de prisión hace unas pocas semanas.
La luz del semáforo cambió así que Katniss y Peeta siguieron caminando calle arriba. Entre todo el colorido y el gentío sus disfraces pasaban desapercibidos. Katniss continuó hablando.
—Lo más curioso de todo es que salió de prisión porque alguien pagó la fianza. Pero no hay nada en los registros sobre quien fue este misterioso benefactor.
—¿Y creen que fue Snow?
—Estamos casi seguros. Son muchas cosas extrañas juntas: el pago de la fianza, la desaparición de los registros, que ahora Flickerman sea el dueño del club y lo haya hecho resurgir tan fácilmente… —Katniss hizo un gesto de incredulidad con sus cejas—. No está de más investigar un poco el asunto.
Peeta asintió de acuerdo.
—Está bien. Entonces, ¿cuál es el plan?
—El club es un viejo edificio de tres pisos que tiene una escalera de emergencias a un lado. Subiremos por ella y entraremos sin que nadie se entere.
—Usar identificaciones falsas está muy visto, ¿eh? —dijo Peeta con algo de humor.
Katniss puso los ojos en blanco.
—Esto es serio, Mellark —dijo Katniss frunciendo el ceño—. Una vez que estemos dentro yo me encargaré de despejar el camino hasta el despacho de Flickerman. Tu solo tendrás que seguirme.
—Así que yo me quedo de brazos cruzados mientras tú te llevas toda la gloria. ¡Vaya misión!
Katniss se detuvo de repente así que Peeta hizo lo mismo. Ella levantó una mano en el aire y vio a Peeta con seriedad.
—No podemos arriesgarnos a que algo salga mal. Así que déjame hacerlo de esta manera y dedícate a no cagarlo todo. Haymitch no te mandó aquí para que fueras el héroe. Te mandó para que aprendieras a ser uno primero.
—Está bien —accedió Peeta tratando de no sonar tan desilusionado como se sentía.
Katniss relajó la postura y suavizó el tono de su voz para volver a hablar.
—Es tu primera ronda y aun te falta mucho entrenamiento, Mellark. Cualquier error puede costarnos caro, ¿lo entiendes, no?
—Sí, lo entiendo —dijo Peeta, recuperando algo de su afabilidad habitual—. Trataré de comportarme esta vez y tal vez para la próxima pueda ser el héroe —le guiñó un ojo a Katniss dándole a entender que por ahora todo estaba bien.
—La suerte se acaba —repuso Katniss—. Y cuando eso pasa, solo puedes confiar en tu experiencia. Tómalo como un consejo.
—Entendido, capitán —dijo Peeta haciendo un gesto militar llevándose la mano a la frente.
—Basta ya —rió Katniss, tomando a Peeta por el brazo obligándolo a bajarlo—. Y ya es hora de que comiences a llamarme Fire Girl, Protector. Vamos.
Katniss siguió caminando con Peeta pisándole los talones. A medida que avanzaban más gente se aglutinaba en las entradas de los clubs, mas autos cambiaban las luces a toda velocidad y más ruido comenzaba a instalarse en el ambiente. Los Ángeles, en todo su esplendor, extendían sus alas ante la noche.
Peeta sintió como el ritmo de la noche lo envolvía y electrificaba sus sentidos. Una vibración intensa, que se metía en él desde la piel hasta lo más profundo de su ser, lo contagió inevitablemente de la agitada vida nocturna. De repente sentía una excitación difícil de contener, y no sabía si se debía a la expectativa de aquella misión que estaba a punto de cumplir o a algo más.
Y fue justo en ese momento, con la sensación de estar allí y de no estarlo, de estar justo al lado de Katniss y a mil metros de ella, que lo vio. Un solo hombre corriendo a través de la otra acera, empujando a todo aquel que se interponía en su camino, renqueando de una pierna y con la mano sosteniéndose con dolor un punto de su abdomen. Peeta lo vio pasar y luego vio a tres tipos más corriendo tras él, luchando contra la corriente de personas para llegar a su objetivo.
Peeta ni siquiera lo pensó mucho. Simplemente se lanzó a través de la avenida, recibiendo bocinazos de queja en el ínterin, tratando de correr lo más rápido que podía tras aquel hombre malherido. Katniss tardó un segundo en seguirlo, incapaz de comprender que estaba haciendo Peeta y por qué se había lanzado como un loco a la avenida para comenzar a correr por la otra acera pero con la firme determinación de no quitarle un ojo de encima.
Peeta siguió corriendo, gritando a todos a quienes se encontraba que le dieran permiso. Sentía que tenía que hacer algo. Aquellos tres hombres parecían estar dispuestos a matar al primero, debía detenerlos. Había algo en aquel primer tipo, además de su pierna herida, que hizo que Peeta sintiera la necesidad de ayudarlo. Era como si en su mirada hubiera visto una señal de auxilio.
—¡Háganse un lado! ¡Permiso! —gritaba a toda voz, con el poco aire que sus pulmones no habían cogido para la carrera.
Las personas se apartaban de inmediato, viendo con extrañeza cómo iba vestido.
En un cruce el semáforo para peatones se puso en rojo pero Peeta no se detuvo. El perseguido y sus persecutores habían logrado pasar pero Peeta no podía quedarse atrás. Así que siguió corriendo cogiendo impulso para pasar por sobre el capó de un auto que frenó lo justo para no golpearlo. Peeta ni siquiera se detuvo para asombrarse de su hazaña. Estaba cada vez más cerca.
Entonces, a unos veinte metros por delante, el hombre perdió el equilibrio gracias a la pierna que tenía herida y cayó de bruces contra el suelo. Los otros tres no tardaron en llegar, y un corro de gente se aglomeró alrededor, para ver qué eraba pasando. Peeta llegó justo en el momento en el que uno de los tipos pateaba al hombre en el suelo y con la adrenalina fluyéndole en las sangre como gasolina se abrió espacio a través de los curiosos e interpuso su cuerpo entre el hombre y los agresores, recibiendo una patada justo en su estomago. Afortunadamente el dolor no duró más que un segundo y Peeta reaccionó enseguida para asestarle un empujón con los pies al tipo que lo pateó, haciendo que trastabillara hacia atrás. Los otros dos tipos lo sostuvieron a tiempo para evitar que cayera, pero sus miradas de odio ahora estaban dirigidas a Peeta.
—¡Alto! —gritó este, levantando ambas manos—. ¡Déjenlo en paz! ¡Este hombre está herido!
—¡Claro que esta herido! Y pronto estará muerto —escupió el tipo que lo había pateado—. Quítate de en medio, chico, esto no es asunto tuyo.
—No dejaré que maten a nadie hoy. Antes tendrán que pasar por encima de mí.
—Estas tentando a tu suerte, chico —volvió a decir el mismo hombre—. Quítate antes de que tú también acabes muerto.
Peeta no se amedrentó por la amenaza ni se movió un ápice, incluso luego de ver como los tres tipos que tenía enfrente sacaban unos revólveres de sus chaquetas. En cambio se levantó y se irguió todo lo que pudo, con sus puños en el aire listo para la pelea. No creía que eso pudiera detener una bala, pero no pensaba echarse para atrás por su falta de recursos, no cuando la vida de un hombre estaba en juego.
Tal vez la determinación en su mirada hizo que el tipo con el que estaba hablando se ablandara un poco, porque con el ceño fruncido bajo el revólver para preguntarle a Peeta.
—¿Por qué haces esto, chico? ¿Estás dispuesto a sacrificar tu propia vida por un hombre que ni siquiera conoces? ¿Perdiste el juicio?
Peeta, sin bajar los puños, contestó con un tono desafiante.
—¿Y qué me dices de los tres pendejos que tratan de cargarse a un tipo herido mientras todos los demás solo se dedican a ver? —dijo abarcando con su mano al corro de curiosos a su alrededor—. ¿En verdad soy yo quien ha perdido el juicio?
La expresión del tipo se tornó indescifrable, con una sonrisa ladina formándose en su rostro.
—Conmovedor —dijo—. Pero en verdad tengo un asunto que resolver con el hombre que esta a tras de ti así que si me disculpas…
Y volvió a levantar su revólver apuntando a Peeta mientras se acercaba peligrosamente a él, flanqueado a ambos lados por sus amigos. Peeta volvió a tomar aire pensando en la manera de desarmar al hombre antes de que apretara el gatillo, estaba seguro de que en los entrenamientos le habían enseñado algo como eso. Lentamente soltó el aire contando lentamente hasta tres para saltar a la acción.
Uno… dos…
Y en el exacto momento en el que el hombre puso su dedo sobre el gatillo, una sombra salió de entre los mirones y derribó al hombre contra el suelo, inmovilizándolo con una llave. Peeta tardó un par de segundos en comprender que se trataba de Katniss, que había llegado junto a él y lo estaba ayudando. O salvando, para ser precisos.
Los otros dos tipos, confundidos por la repentina aparición de la chica, fueron tras ella para tratar de quitarla de encima de su amigo. Con agilidad Katniss comenzó a luchar contra los dos al mismo tiempo, mientras el otro comenzaba a levantarse del suelo.
—¿Qué te parece algo de ayuda, Protector? —pidió Katniss a Peeta mientras se agachaba para evitar una patada en la sien y rápidamente desarmaba con un puntapié a uno de los tipos.
Peeta lo captó enseguida y cogió impulso para tirarse sobre el tipo que Katniss acababa de desarmar. Desprevenido, el hombre cayó al suelo con Peeta a su espalda quien lo tomó de los brazos y lo inmovilizó de la manera en que Katniss le había enseñado, para luego con un certero golpe en el cuello aturdirlo definitivamente y dejarlo inconsciente sobre el cemento.
Cuando Peeta se levantó Katniss ya había terminado con los otros dos, quienes yacían en el suelo, uno totalmente inconsciente y el otro aullando de dolor sosteniéndose las partes nobles. Al ver que todo estaba bajo control, Peeta se acercó hasta el hombre al que había rescatado.
—¿Estás bien, amigo? —le preguntó, acercándose para comprobar que tenía signos vitales.
El hombre, a punto de quedar inconsciente, abrió un poco los ojos para ver a Peeta un momento.
—Gracias —le dijo con un hilo de voz antes de desmayarse.
—¡Rápido! ¡Que alguien llame al 911! —ordenó Peeta a las personas que estaban alrededor.
Sorprendentemente, todos comenzaron a moverse para ayudar al hombre y pocos minutos despues la sirena de la ambulancia comenzó a abrirse paso por encima del bullicio de la avenida.
—Vamos, debemos irnos —instó Katniss a Peeta, pero al tratar de dejar el sitio en el que todo había ocurrido un montón de personas les obstruyeron el paso y comenzaron a hacerles preguntas.
—¿Cuáles son sus nombres?
—¿Qué tratan de hacer?
—¿Dónde aprendieron a pelear así?
Pidiendo permiso para pasar continuó caminando junto a Katniss, pero cuando un pequeño niño se acercó hasta él se detuvo para mirarlo.
—¿Quiénes son? —preguntó el pequeño con sus grandes ojos infantiles abiertos de curiosidad.
Katniss, unos pasos más adelante lo instó a que continuara con la mirada pero Peeta se quedó junto al niño unos segundos más.
—Soy Protector y ella es Fire Girl —le dijo, viendo en los ojos del niño el reflejo de una esperanza que creía perdida.
—Ustedes son mis héroes —sonrió el pequeño. Peeta sonrió, con el corazón hinchado de orgullo por esa simple frase.
Revolviéndole el cabello al chico con la mano continuó con su camino dejando a todos atrás incapaces de decir o hacer nada más.
Katniss apretó el paso y pronto se encontraron varias manzanas más arriba. Katniss se detuvo frente a la entrada de un edificio de oficinas y apoyó su espalda contra el directorio para recuperar el aliento. Allí, en la semi oscuridad, permanecían ocultos de las miradas de los transeúntes.
Katniss cerró los ojos y respiró una, dos, cinco veces para recuperar la calma. Peeta estaba a su lado, recuperándose también del estallido de adrenalina que había sufrido su cuerpo. Ambos volvieron a respirar normalmente luego de un par de minutos, pero aun despues de eso Katniss seguía sin abrir los ojos. Peeta la contemplaba esperando el momento en que se desatara la tormenta. No creía poder salir de aquella sin ninguna represalia de su parte.
Sin embargo, se sorprendió al escuchar a Katniss decir:
—Nadie debe enterarse de esto.
—Ya sé que fue una locura, yo… ¿qué? —Peeta detuvo el discurso de disculpa que ya tenía preformulado y sin entender lo que había dicho Katniss se le quedó viendo, animándola a continuar.
—Si Haymitch se entera de esto te matara por haber hecho todo este espectáculo y a mí por permitírtelo. Haremos como si nada hubiera pasado y olvidaremos este pequeño altercado para siempre.
—Katniss, yo… —comenzó Peeta pero Katniss lo detuvo con un gesto de mano.
—Ni siquiera lo intentes. Nada ha pasado, ¿de acuerdo? Estábamos camino a cumplir con la misión de nuestra ronda. Vamos a terminar con todo esto de una vez, ¿sí?
—De verdad no entiendo… ¿Ni siquiera me vas a pedir que no vuelva a hacerlo? ¿O que no haga nada más el resto de la noche? —preguntó Peeta.
—Confío en que despues de esto no volverás a sucumbir ante un nuevo impulso de idiotez. Así que veámoslo como algo positivo: ya has cubierto tu cuota de estupidez esta noche; es muy poco probable que puedas cagarla de nuevo.
Cada palabra de Katniss era como un latigazo para Peeta. Podía sentir a través de su tono que estaba muy cabreada con él. ¡Pero es que no podía evitar hacer lo que hacía! No podía decir que se arrepentía de haber salvado a ese hombre. Entendía que al hacerlo había roto justamente una de las primeras reglas que Katniss le había dejado en claro: no exponerse en público, pero lo volvería a hacer una y mil veces, sin importar cuánto se molestara Katniss luego, antes que permitir que una injusticia fuera llevada a cabo justo frente a sus ojos.
Antes de que pudiera decir algo, Katniss comenzó a caminar por la acera.
—Vamos antes de que se haga más tarde —le dijo a Peeta al pasar a su lado.
Peeta suspiró resignado y siguió a Katniss sin mediar más palabra. En el fondo de su cabeza aun seguía resonando el "gracias" musitado por aquel pobre hombre al que defendió y mas fuerte que eso el "ustedes son mis héroes" que ese pequeño niño le dijo con una sinceridad demasiado peligrosa. Porque esa simple frase había avivado en Peeta el deseo de ser un héroe. Aquel niño lo había visto con la misma devoción con la que él veía e idolatraba a sus héroes de comics, a pesar de que era obvio que no estaba a la altura. Y era precisamente por eso que no quería defraudarlo y haría todo lo posible por ser el héroe que aquel niño y toda la gente de Los Ángeles necesitaba.
…
—Es aquí. "El palacio de Caesar". Absurdo a más no poder —comentó Katniss deteniéndose frente al edificio, luego de leer con ironía el cartel iluminado que colgaba sobre la entrada.
Frente a ellos tenían un viejo edificio de tres pisos cuya fachada habían remodelado para hacerlo parecer un palacio romano. Una larga fila de personas esperaba fuera para entrar. Katniss le indicó a Peeta que lo siguiera a través del pequeño callejón de servicio que estaba a un lado del edificio y una vez que estuvieron fuera de la vista de las luces y de la gente comenzó a explicar lo que tenían que hacer.
—Ayúdame a bajar la escalera —le indicó a Peeta.
Para acceder a las escaleras de servicio había que bajar una escalera que estaba a un piso de altura. Peeta permitió que Katniss se montara sobre sus hombros para alcanzarla y con un estruendoso chirrido la escalera se deslizó hasta el suelo.
—Gracias al cielo esa horrible música no deja que se oiga nada —dijo Katniss, bajándose de Peeta y comenzando a subir—. Esa escalera nos hubiera delatado en un segundo.
Peeta siguió a Katniss a través del oscuro metal hasta que llegaron a la azotea. En el medio había una puertecilla y junto a esta, en el suelo, un tragaluz. Katniss se acercó a la puerta y trató de abrirla, sin éxito.
—Maldición —masculló por lo bajo mientras empleaba toda su fuerza para tratar de derribar la puerta—. ¡Esta trancada!
—¿Y ese era tu plan? ¿Infiltrarnos por la puerta cerrada de la azotea?
Katniss le dedicó una mirada fría por debajo de su antifaz.
—Ese era mi plan A. Mi plan B es entrar por el tragaluz —dijo señalando el cuadrado de vidrio junto a la puerta.
—Debes estar bromeando…
—Ni siquiera un poco. Venga, vamos.
Katniss sacó de su cinturón la cuerda y la ató con habilidad a la manija de la puerta. La comprobó un par de veces antes de sentenciar que lograría bajarlos a ambos con seguridad. Luego se dirigió hasta el tragaluz, cuerda en mano, y de una patada rompió el cristal, que repiqueteó miles de veces al estrellarse contra el suelo de abajo.
—Iré yo primero. Luego tú tendrás que hacer lo mismo. Te esperaré abajo —dijo, antes de lanzarse a través del hoyo que había abierto con su bota.
Peeta la siguió con mucho cuidado, tratando de bajar por la cuerda lentamente para no acabar sobre las esquirlas de cristal. Katniss ya lo estaba esperando y a juzgar por la expresión de su cara ya había entrado en modo "lista para matar".
Caminaron a través de un pasillo de paredes azules. El suelo retumbaba a sus pies con la música de abajo pero no había nadie allí. Finalmente llegaron a un recodo pero antes de doblar Katniss se detuvo y se pegó a la pared. Peeta la imitó. Ella se asomó ligeramente para ver que había del otro lado y luego volvió su cabeza para informar a Peeta de lo que había visto.
—Solo hay dos guardias apostados a la puerta del despacho de Flickerman —dijo con la voz hecha un susurro.
—Esa es una buena noticia, ¿no? —dijo Peeta, también hablando bajito—. Podremos con ellos fácilmente.
—Ese es el problema —negó Katniss—. Parece demasiado bueno para ser verdad.
—¿Qué hacemos entonces? —preguntó Peeta. Katniss levantó una ceja mientras formaba una curvaba peligrosamente sus labios.
—Déjamelo a mí.
Katniss sacó de su cinturón una pequeña bola parecida a una granada. Le quitó el seguro y la lanzó hasta los pies de los guardias. Con una pequeña explosión, la bola comenzó a expulsar un humo que en menos de un minuto logró tumbar a ambos guardias al suelo. Katniss salió de su escondite y con ayuda de Peeta colocaron a ambos hombres sentados contra la pared.
—En este tipo de casos es mejor no hacer mucho ruido. No sabemos qué nos encontraremos detrás de esa puerta y tal vez el factor sorpresa pueda ser nuestro único aliado.
Se detuvo junto a la puerta y tomó una bocanada de aire para concentrarse en lo que tenía que hacer. Vio a Peeta con una mirada entre esperanzada y temerosa que él respondió con un firme asentimiento de cabeza.
—Asegúrate de tener esos cuchillos que te di a mano —dijo Katniss como último consejo antes de girar la perilla y abrir la puerta.
En una silla reclinable de cuero negro se encontraba un hombre que vestía un traje azul brillante. Estaba hablando por teléfono y no parecía haberse dado cuenta de la irrupción de Katniss y Peeta en su despacho. No había nadie más. Katniss intercambió una mirada extrañada con Peeta antes de apuntar la flecha hacía Caesar y aclararse la garganta para llamar su atención. Flickerman levantó la vista a la flecha que estaba dirigida directamente a él y la sonrisa que hasta entonces había mantenido se transformó en una expresión demudada.
—Te… llamo luego —dijo, colgando el teléfono y poniéndolo sobre la mesa. Sin apartar la mirada siquiera un segundo de la flecha trató de ocultar su nerviosismo fingiendo naturalidad, como si a fuerza de ignorarlo el ligero temblor que se había apoderado de sus manos fuera a desaparecer—. ¿Puedo… puedo ayudarlos en algo? —preguntó, con una cordialidad que flaqueaba.
Katniss no bajó el arco ni se movió un ápice.
—¿Eres Caesar Flickerman? —preguntó en un tono frio.
—El mismo —respondió este forzando una sonrisa—. ¿Y tú eres…?
—La que hace las preguntas aquí, Flickerman —replicó Katniss dando un paso al frente—. Dime, además de los dos guardias de la puerta, ¿nadie más te protege?
Caesar hesitó un momento pero finalmente contestó.
—No.
—Estas mintiendo —dijo Katniss tensando muy bien la flecha en su arco—. Protector, tranca la puerta —le ordenó a Peeta, que hizo lo propio enseguida—. Seguro que tienes algún botón para llamar a seguridad detrás de tu escritorio, ¿no es así? —le dijo a Caesar—. Pues lamento decirte que no hay nada que pueda salvarte de esta, amigo.
—No sé qué es lo que han venido a buscar, pero les aseguro que no tengo nada que valga aquí.
—Yo creo que sí. Buscamos algo de información. Información sobre un hombre llamado Snow, ¿te suena conocido?
Caesar abrió los ojos sorprendido. Parecía no haberse esperado esa pregunta. Se recompuso lo más rápido que pudo y se aclaró la garganta visiblemente nervioso.
—No, creo que no…
—Fue Snow quien te sacó de prisión, ¿cierto?
Esta vez Caesar ni siquiera trató de negar aquello y en cambio dejó a un lado su turbación para adquirir una actitud amenazante.
—¿Qué es lo que quieres? —le espetó a Katniss.
—Queremos saber donde esta Snow.
—¿Y por qué crees que yo tendría esa información?
—Deben de tener un vínculo muy estrecho si es capaz de pagar una fianza y ponerte a la cabeza de un club tan importante. ¿En dónde se esconde Snow, Caesar?
En ese momento un estruendo les llegó desde el otro lado de la puerta. Peeta se volteó hacia Katniss, comenzando a perder los nervios.
—Creo que tenemos visitas…
—¿Dónde está Snow? —volvió a insistir Katniss.
Caesar sonrió con superioridad desde su asiento.
—En pocos segundos mis hombres tumbaran esa puerta y acabaran con ustedes —les dijo—. ¿Qué te hace pensar que debo contestar a esa pregunta?
—Una flecha en el cuello, tal vez —le dijo Katniss soltando la flecha que tenía entre sus manos. Caesar no tuvo tiempo de moverse, congelado de la impresión y solo cuando la flecha de Katniss le atravesó en un punto justo por encima de la clavícula fue capaz de reaccionar, gritando como un loco del dolor.
—¡ESTÁN LOCOS! ¡AYUDA, AYUDA! —gritaba sin parar tratando de sacarse la flecha del hombro.
—Esto… Fire Girl —la llamó Peeta, inseguro. Trataba de contener la puerta con su peso pero los hombres de afuera no tardarían mucho más en echarla abajo—. No creo que pueda contenerla mucho más.
—Quítate de allí —resolvió Katniss sacando otro tipo de flecha de su carcaj y tensándolo hábilmente en su arco—. Encárgate tú de Flickerman, yo me encargo de esto.
Peeta corrió hasta el cuerpo de Caesar que por el impacto de la flecha había terminado tendido en el suelo. La sangre brotaba copiosamente de la herida y en vano Caesar trataba de contenerla con la mano.
—¡Aléjate de mí! ¡Están locos! ¡Ayuda! —no paraba de gritar, incluso cuando Peeta se acercó para intentar ayudarlo.
Katniss seguía con el arco tensado frente a la puerta, contando los segundos que faltaban para que esta se derribara. Su mente trabajaba a velocidad vertiginosa, comenzando a sopesar todas las opciones que tenía y cual le traería mejores resultados.
No sabía a ciencia cierta cuantos hombres estarían detrás de la puerta, pero a juzgar por la fuerza con la que esta se sacudía, debían de haber al menos cinco. La flecha que tenía en sus manos lograría hacer explotar todo el lugar apenas impactara, pero eso solo significaba que todo el club se enteraría que estaba pasando algo. Sin embargo, podía tratar de derribar a cada hombre individualmente pero eso sería un trabajo difícil, incluso para ella, porque los hombres seguramente venían armados y estaban preparados para luchar. Ni siquiera tenía el factor sorpresa de su parte.
La puerta dio otra sacudida que la hizo despegarse de sus goznes. Cayó al suelo haciendo que se levantara una nube de polvo que solo permitió a Katniss distinguir figuras borrosas. Pero a pesar de todo pudo contarlas. Eran más de cinco. No tenía chance alguna de luchar cuerpo a cuerpo ni siquiera con la mitad antes de acabar herida.
No lo pensó mucho más y antes de que sus enemigos se enteraran de que ella era lo único que les impedía la entrada, soltó la flecha.
Peeta levantó la mirada el tiempo justo para ver como la flecha volaba hacia la puerta y explotaba con un ruido tremendo. Katniss había llegado a su lado y estaba tratando de protegerse con el escritorio de Caesar de los pedazos de escombros que volaban por toda la habitación.
—¡Protege a Flickerman! —le gritó Katniss entre el ruido de la explosión, los escombros cayendo y los hombres de afuera gritando ya de sorpresa ya de agonía—. ¡Aun necesitamos que nos diga donde esta Snow!
Peeta hizo lo que ella pedía, sosteniendo la cabeza de Caesar sobre sus rodillas y tratando de hacerlo hablar.
—No les diré nada —escupió Caesar. Parecía haberse debilitado mucho en el tiempo que duró la explosión. Sin embargo aun conservaba ánimos para amenazar a Peeta porque continuó diciendo—: Snow se enterará de esto. Y los perseguirá hasta acabar con ustedes. Nadie se mete con Snow y vive para contarlo. ¡Nadie!
Una tos lo hizo detenerse y con los espasmos un hilillo se sangre comenzó a salir de su boca.
—Caesar, nosotros podemos ayudarte. Si Snow te tiene amenazado de cualquier forma nosotros podemos protegerte. Solo debes decirnos donde está y nosotros nos encargaremos de acabar con él.
—¡No quiero que acaben con él! —chilló Caesar desesperado pero mucho más débil despues del ataque de tos—. Me sacó de la cárcel y me hizo dueño de este club. Snow me garantizó que ya nadie me buscaría si hacia lo que él me pedía —y esto último parecía más una acusación que una constatación de los hechos.
Peeta levantó la cabeza un momento para ver qué estaba sucediendo en la habitación. Todo el lugar estaba prendido en llamas. Katniss luchaba con un par de hombres cerca de la puerta. Uno cayó, con una flecha en el centro del pecho que Katniss se apresuró en volver a poner dentro del carcaj. El otro quedó noqueado por una patada certera. Peeta escuchó a más hombres acercándose a través de la puerta y el sonido de la alarma de incendios en el fondo. Volvió a ver a Caesar en sus piernas, agonizando. No creía que lograra salir vivo de aquella herida que Katniss le había propiciado. La sangre había formado ya un pequeño charco a su alrededor y los ataques de tos eran cada vez más seguidos.
—Caesar, amigo —siguió diciendo Peeta, tratando de sonar conciliador, tratando de ganarse la confianza de Caesar en sus últimos minutos de vida—. Caesar, escucha. Puedo salvarte. Llevarte al hospital y hacer que te salven. Solo necesito que colabores conmigo. ¿Dónde está Snow?
Con una mano temblorosa Caesar tomó el cuello del traje de Peeta y acercó su oreja a su boca.
—No lo sé —le dijo con una sinceridad irrefutable que solo puede florecer a las puertas de la muerte—. No lo sé —lloriqueó, abatido—. Nunca he hablado con él en persona.
—¿Y cómo te comunicabas con él? —le preguntó Peeta en un último intento desesperado de obtener información—. ¿Cómo fue que te puso a la cabeza de este club?
La mano temblorosa de Caesar se dirigió entonces en dirección al escritorio. Con su dedo, señaló algo que estaba sobre este.
—El teléfono… Seneca Crane… él trabaja para Snow… él sabe donde…
Y aquello fue lo último que dijo antes de desfallecer para siempre en los brazos de Peeta. Peeta tardó unos cuantos segundos en comprender que Caesar había muerto allí, justo frente a él. Con cuidado dejó su cabeza sobre el suelo y se levantó aun incapaz de creer lo que había pasado. Con el poco sentido que aún conservaba, se giró para buscar el teléfono de Caesar sobre el escritorio. Estaba justo allí donde este lo había dejado la ultima vez, a pesar de que alrededor todo era un desastre. Peeta tomó el teléfono y se lo metió en el cinturón. Luego se acercó a Katniss para ayudarla.
Ella estaba acorralada contra la pared tratando de defenderse de tres hombres a la vez. Peeta salió corriendo y logró derribar a dos de ellos. Tomando un jarrón que había caído cerca, los golpeó hasta que cayeron. Katniss usó su arco para golpear al tercero en la cabeza. Se aseguró de que los de Peeta no estaban en condiciones de seguir luchando y luego se dirigió a él.
—¿Qué ha pasado con Caesar?
—Está muerto.
—¿Y te dijo donde estaba Snow? —preguntó Katniss desesperada.
—No, pero…
Peeta se vio interrumpido por el sonido de disparos provenientes de la puerta.
—Debemos salir de aquí antes de que lleguen los bomberos y la policía —dijo Katniss, poniendo otra flecha en su arco y lanzándola a la puerta, causando otra explosión.
O antes de que el edificio colapse, agregó Peeta en su mente.
Mas escombros comenzaron a salir disparados en todas direcciones y esta vez no tuvieron tiempo de ponerse a salvo bajo la mesa. Katniss tenía ahora una seria herida en la mejilla y Peeta podía sentir un dolor en la sien. Al llevarse la mano para revisársela se encontró con un líquido pegajoso. Sangre.
Katniss no se detuvo a contemplar si su nuevo muro de contención había funcionado. Podía escuchar algunos gemidos de dolor del otro lado y eso era suficiente. Tenía unos pocos minutos si actuaba rápido. Corrió hacia la amplia ventana del despacho de Caesar y usando su arco como mazo la hizo añicos de un golpe. Entonces se asomó y vio algo que no le gustó en absoluto. La ventana no estaba cerca de nada con lo que sostenerse, era una caída libre de tres pisos hacia abajo. Se echó para atrás, aterrorizada. Por primera vez se sentía como en un callejón sin salida.
—No podemos saltar —gimió—. Está demasiado alto.
Al otro lado de la puerta escucharon como mas hombres llegaban por el pasillo y comenzaban a disparar y a dirigirse hacia ellos incluso a través del fuego. Peeta vio a Katniss con sus grandes ojos azules muy abiertos.
—No tenemos opción. Tenemos que salir de aquí enseguida.
—¡Pero moriremos! ¡Ni siquiera yo puedo soportar el golpe de una caída así!
Peeta la vio por un momento con renovados ánimos.
—Pero yo sí.
—¿Qué…?
Pero Peeta ya no estaba pensando en nada más. Se asomó a la ventana y vio la caída que los esperaba abajo. Imaginó el dolor que supondría una caída así para alguien normal y se alegró, de verdad se alegró inmensamente de que sus huesos estuvieran recubiertos de metal y su umbral del dolor fuera insanamente alto. El doctor Keller no sabía del enorme favor que le había hecho con aquella operación que le había salvado la vida hace ya varios meses. Se giró y le tendió una mano a Katniss.
—Ven. Yo puedo aguantar el golpe.
Katniss lo vio con miedo temblando en sus ojos. Trató de negar con la cabeza pero todo lo que le salían eran temblores espasmódicos. Peeta había perdido la cabeza si pensaba que lograrían saltar y vivir.
El sonido de un pedazo de techo derrumbándose acompañó una nueva marea de escombros. El humo había comenzado a ser demasiado espeso siquiera para ver a través de él.
—Katniss… —Peeta extendió aun más su mano para hacer que ella la tomara—. No pasará nada, debes confiar en mí.
Katniss se quedó viendo a Peeta, buscando en aquellas orbes azules llenas de paz donde estaba el engaño. Pero entre más las veía más se convencía de que Peeta tenía razón y que no había nada que temer. Solo debía dejar de pensar por un momento y confiar en él.
El ambiente estaba cargado de fuego y humo, era asfixiante. Daba lo mismo saltar o quedarse allí. Morirían de cualquier forma, aunque saltando tenía la certeza de que lo último que vería antes de morir serían los azules ojos de Peeta y eso le daba cierta tranquilidad.
Tomó la mano del muchacho y asintió con firmeza, dándole a entender que pasase lo que pasase, confiaba en él. Peeta la acercó más a él, rodeándola con su brazo, antes de saltar a la oscuridad.
Katniss tuvo el suficiente sentido común de aferrarse a Peeta antes de que el vacio que sentía en el estomago se apoderara por completo de ella.
…
—Katniss, ¿estás bien? —escuchó que alguien le preguntaba aunque sentía la voz a miles de kilómetros de distancia. Se incorporó abriendo los ojos y vio a Peeta observándola con preocupación a menos de un palmo de distancia.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Katniss con voz rasposa.
—¡Saltamos del maldito despacho de Caesar Flickerman! ¡Eso es lo que ha pasado!
—¿Yo… cómo? ¿Cómo es que no morimos?
—Te dije que podía resistir la caída. Creo que tengo un poco magullado el hombro pero estoy bien. ¿Recuerdas la operación de la que te conté el otro día?
Katniss arrugó el rostro al recordar lo que Peeta le decía. Asintió quedamente.
—Ahora… ¿te puedes mantener de pie tu sola? Porque aun tenemos que salir pitando de este lugar. La gente esta gritando por todas partes. El edificio se esta viniendo abajo.
Con la ayuda de Peeta, Katniss se incorporó hasta ponerse de pie. Esperó unos segundos hasta que el mundo dejó de dar vueltas a su alrededor y permitió que este la guiara de la mano. El salto desde el despacho de Caesar los había hecho caer en la parte trasera del callejón por el que habían entrado. La gente se amotinaba en la entrada para tratar de averiguar qué había ocurrido. Peeta y Katniss salieron sin ser vistos del callejón y comenzaron a caminar rápidamente en sentido contrario. Mientras hacían el camino de regreso a la parada de autobús por la avenida vieron pasar varias patrullas de policía, una ambulancia y un camión de bomberos, todos dirigiendose hacia el Palacio de Caesar. La noticia de lo que había pasado ya se había extendido a todos los rincones de aquella avenida, y la gente no dejaba de ir y venir aventurando qué es lo que había ocurrido realmente.
Peeta aceleró el paso con la vista hacia el piso, y Katniss hizo lo mismo, esperando que esa noche terminara de una buena vez. No se permitieron ni siquiera tomar un respiro hasta que estuvieron seguros dentro de la cabina del autobús. Afortunadamente, a esa hora iba totalmente vacío así que se sentaron en el último asiento para hablar.
—¿Prefieres que te lleve a tu casa primero? —le preguntó Peeta a Katniss al ver que esta recostaba la frente sobre el asiento de adelante con cansancio.
Katniss negó levemente con la cabeza y respondió en un murmullo.
—Me dejé algunas cosas en tu habitación, tengo que volver por ellas. Y tengo que asegurarme de que puedas llegar hasta allí sano y salvo. Tus padres no saben que saliste, ¿recuerdas?
Peeta no había pensado en eso hasta ese momento. Le parecía que había pasado toda una vida desde que había salido de su casa más temprano esa misma noche.
—¿Segura que estas bien? —volvió a preguntar Peeta al ver que ella no levantaba la cabeza.
—Lo he arruinado todo. Se suponía que las cosas saldrían bien esta noche, pero ya ves como todo se fue al carajo. Hicimos un desastre público, destruimos un edificio y matamos al único hombre que podía saber el paradero de Snow… ¡para nada! Porque no logramos sonsacarle nada. He sido una idiota en pensar que podíamos con esto. Haymitch debería haber mandado a Finnick y a Gale a investigar a Flickerman, ellos de seguro podrían haber conseguido algo de información.
Mientras Katniss se lamentaba en voz alta Peeta recordó algo. Se metió la mano en uno de los bolsillos del cinturón y se encontró con que aun tenía allí el teléfono de Caesar. Katniss estaba equivocada, no todo había salido mal.
—Katniss —la llamó—. Katniss.
—¿Qué, Peeta? —preguntó Katniss con hastío levantando la cabeza por fin.
—No todo está perdido. Logramos conseguir esto.
Le pasó el teléfono a Katniss para que esta lo inspeccionara con una expresión adusta en el rostro.
—¿Un teléfono? ¿Qué se supone que haremos con un teléfono?
—Es el teléfono de Flickerman —explicó Peeta haciendo que Katniss comenzara a ver aquel pequeño aparatito de una forma distinta—. Antes de morir me dijo que si queríamos saber donde esta Snow, debíamos hablar con un hombre que trabaja para él. Parece que Flickerman solo tuvo contacto con Snow a través de un tal Seneca Crane y tiene su número en su teléfono.
Katniss contempló el teléfono con ilusión antes de dedicarle a Peeta una mirada de felicidad.
—¡Oh, Peeta! ¡Esto es maravilloso!
—Igual creo que está bloqueado —apuntó Peeta con humildad—. Sigue siendo de poca ayuda.
—Beetee se encargará de eso, no te preocupes. Has conseguido muchísimo más que cualquiera de nosotros en su primera misión.
Y antes de que Peeta pudiera decir nada más para excusarse Katniss lo atrapó en un abrazo.
—Ay… —se quejó—. Katniss… el hombro —señaló con la voz comprimida por el dolor.
—¡Lo siento!
—No te preocupes —sonrió Peeta para tranquilizarla. En ese momento llegaron a la parada de casa de Peeta así que bajaron del autobús bajo la mirada escrutiñadora del conductor, que los escaneó de arriba abajo antes de decidir que aquello no era de su incumbencia.
Llegaron a la casa de Peeta en pocos minutos. La calle estaba desierta. Katniss le enseñó a Peeta como llegar hasta el techo del garaje y de ahí a la ventana de su habitación y cuando ambos estuvieron dentro Peeta se permitió soltar un gran suspiro a la vez que se dejaba caer con cansancio sobre la cama.
—¡Vaya noche! —exclamó.
—¡Chist! —le reclamó Katniss—. Tus padres están durmiendo.
—¡Que se jodan! —expresó Peeta con júbilo aunque bajando significativamente la voz—. ¡Acabo de saltar de un tercer piso sin morir! ¡Mis padres pueden hacer lo que quieran!
Katniss sonrió para unirse a la pequeña celebración de Peeta. Desde que supo que habían conseguido el teléfono de Caesar ella también estaba de buen humor.
—Me dijiste que te molestaba el hombro, ¿es muy grave?
Peeta se sentó en la cama e hizo un par de movimientos circulares con su hombro antes de dictaminar su sentencia.
—Duele, pero no creo que sea nada grave.
—¿Y esa herida que tienes en la sien? —preguntó Katniss, preocupada.
Peeta se llevó la mano al lugar que apuntaba Katniss sintiendo la sangre seca pegada a la piel.
—Creo que me lo hice durante la segunda explosión.
Katniss frunció el ceño.
—Voy a buscar con que limpiarte eso.
Y antes de que pudiera detenerla, Peeta la vio salir de la habitación y caminar por el pasillo hasta el baño. Con miedo de que sus padres fueran a verla no pudo más que quedarse mudo y paralizado hasta que la vio regresar tranquilamente con una toalla humedecida en sus manos.
—Ven, déjame… limpiarte un poco —Katniss se acercó hasta Peeta, que todavía permanecía sentado sobre la cama, y comenzó a limpiarle con cuidado la herida de la sien—. Es increíble que despues de todo lo que hiciste esta noche solo hayas terminado con una herida en la sien y un dolorcito en el hombro. He de admitir que tienes más suerte de la que creía.
Peeta, que había cerrado los ojos para dejar que Katniss hiciera su trabajo, sonrió traviesamente.
—Creo que agoté toda mi suerte al saltar por aquella ventana. Fue algo idiota, ¿no es así?
—No tanto como lo que hiciste antes de llegar al Palacio de Caesar. Desafiar a aquellos hombres para salvar a un tipo que no conocías… eso sí que fue idiota.
—No debería haber hecho eso. Lo siento.
Katniss fijó su mirada en un punto indefinido por encima de la cabeza de Peeta antes de volver a su labor de enfermería y contestar.
—Fue estúpido e impulsivo —dijo—. Pero no estoy segura si no deberías haberlo hecho. Al fin y al cabo, salvaste a alguien. Aunque te expusiste ante la gente —agregó luego, limpiando la herida con un poco mas de presión de la necesaria.
Peeta abrió los ojos y rió divertido mientras echaba la cabeza atrás para evitar que Katniss lo magullara aun más.
—Sí, lo sé. No lo volveré a hacer —le dijo con un tono de niño que no rompe ni un plato.
Katniss lo vio con ternura y continuó limpiando la herida con calma.
—Es difícil de prometer ese tipo de cosas. No siempre podemos controlar nuestros impulsos —dijo. Luego agregó, refiriéndose a la herida—: Ya está listo.
Se levantó y dejó que Peeta se levantara para verse en el espejo. Una línea roja le atravesaba la sien desde la ceja hasta el nacimiento del cabello. Con delicadeza se pasó los dedos por encima, notando un pequeño ardor en donde su mano hacia contacto.
—¿Cómo se supone que le explique esto a mis padres mañana? Creen que me pasé toda la noche encerrado en mi cuarto.
—Ya se te ocurrirá algo —dijo Katniss—. Y vas a tener que empezar a inventarte muchas excusas de ahora en adelante. Tus padres no deben enterarse de nada de lo que hacemos.
Peeta asintió distraído, más interesado en observar con detalle la herida en el espejo. La marca de la primera vez que había salido a combatir el crimen y había logrado salir victorioso. La primera vez que sentía que había logrado algo.
Katniss se acercó hasta él por un lado así que Peeta se volteó para verla de frente.
—Tal vez si… —comenzó ella, levantando una de sus manos hasta la cabeza de Peeta. Con delicadeza tomó un mechón de pelo y lo acomodó justo sobre la herida, ocultándola perfectamente. Sonrió cuando lo terminó y dio un paso hacia atrás para obtener una mejor visión de lo que había hecho—. Creo que así no está nada mal.
Pero Peeta ni siquiera se preocupó en ver qué era lo que había hecho Katniss con su cabello. Por alguna razón, no podía despegar su vista de ella; de sus ojos, de su cara, de la sonrisa que le estaba dedicando en esos momentos. Se detuvo algunos segundos de más en sus labios sin poder evitarlo. Y los detalló como no lo había hecho antes, usando toda su percepción artística, concentrándose en cada línea, el color rosáceo que tenían, las sombras que se formaban allí donde estaban más hundidos… y el tamaño: no demasiado delgados ni tampoco muy gruesos, eran simplemente perfectos. Lo único que seguía intrigándolo a pesar de su exhaustivo examen, era saber la textura que tenían. ¿Serían tan suaves como parecían?
Sin darse tiempo a pensarlo mucho más, Peeta posó su mano sobre la mejilla de Katniss e hizo pequeños círculos con su pulgar hasta rozar la comisura de su boca. Ella por su parte se había quedado paralizada ante el contacto y no despegaba su mirada de los ojos de Peeta.
—Te lastimaste la mejilla —oyó que Peeta le decía. Asintió levemente aun ofuscada. Entreabrió un poco sus labios para decir algo, lo que fuera, pero nada venía a su mente. Estaba paralizada.
Peeta seguía acariciando la mejilla de Katniss con delicadeza, viendo alternativamente sus ojos, la magulladura en su pómulo y sus labios. ¿Qué estaba haciendo? En esos momentos Peeta no estaba muy seguro de lo que hacía, pero sí que estaba seguro del deseo que aumentaba a cada segundo dentro de él, haciendo bullir su sangre con excitación. Su mirada se detuvo finalmente en los labios de Katniss, entreabiertos, con las palabras atascadas dentro. Y se dio cuenta que lo único que quería, lo que realmente quería hacer en esos momentos, era besarla. Besarla, y comprobar por sí mismo cómo eran los labios de Katniss, el sabor que tenían, el calor que expedían, lo suaves que eran. Quería saberlo todo sobre esos labios.
Su cuerpo aun estaba sensible tras toda la adrenalina que había descargado esa noche y sentía los latidos de su corazón mucho más fuertes que de costumbre, latiéndole en el pecho, en los oídos y sobretodo en la mano que estaba en contacto con Katniss. Peeta se dio cuenta en ese instante que no habría mejor momento para hacer lo que él quería hacer. Que si lo pensaba mucho tal vez se acabaría echando para atrás.
Así que, tomando aire para infundirse un último aliento de coraje dejó caer su mano libre sobre la cintura de Katniss para atraerla más cerca. Se concentró en el impulso de audacia que de repente se había apoderado de los movimientos de su cuerpo y mirando una última vez a los ojos grises de la chica, buscando en ellos ese inconfundible brillo de aprobación, cortó la distancia que los separaba y la besó.
Al principio fue solo un choque torpe de labios. La inexperiencia se había convertido en un tercer invitado muy impertinente y lo único que ambos atinaron a hacer fue cerrar los ojos. Pero conforme Peeta relajaba sus músculos e iba aflojando su agarre y Katniss superaba la sorpresa inicial, el ritmo del beso fue pasando de lento y torpe a pausado y pasional. Katniss, que hasta ese momento había tenido los brazos colgando a ambos lados de su cuerpo, los lanzó sobre el cuello de Peeta y los entrelazó por detrás de su cabeza, utilizando algunos dedos para jugar con su cabello rubio.
Él por su parte, no parecía tener reparo en trazar líneas allí donde su mano tocaba a Katniss, haciendo un camino de trazos desde su cintura hasta su espalda.
En algún momento, sus bocas lograron abrirse lo suficiente como para permitir a sus lenguas unirse al beso. Katniss pareció no poder resistirse a eso, porque fue incapaz de contener un suspiro mientras atraía la cabeza de Peeta más cerca de ella. Él también suspiró aunque solo un segundo antes de que los labios de Katniss se despegaran abruptamente de los suyos.
Desestabilizado por la pérdida de contacto Peeta abrió los ojos, solo para ver a Katniss respirando erráticamente unos tres pasos más allá, sus labios rojos e hinchados y un leve rubor en sus mejillas. Su respiración también era irregular y su cabello, por lo general perfectamente trenzado, era un desastre.
Peeta, que estaba en condiciones similares trató de decir algo que lo sacara de aquella bochornosa situación.
—Katniss, yo…
Pero ella levantó una mano en el aire para detenerlo.
—Tengo que irme —soltó. Su voz parecía haber pasado años sin ser utilizada, porque le sonaba extraña y pastosa.
No le dio tiempo a Peeta de decir nada más. Tomó sus cosas y salió rápidamente por la ventana. La oscuridad de la noche la envolvió de inmediato y para cuando Peeta reaccionó y se asomó para tratar de ver a Katniss, ella ya había desaparecido.
¡Hola!
¡Feliz 2014! Y bienvenida a las nuevas lectoras. Espero que este año este lleno de cosas lindas para todas. Esta vez no he tardado tanto en actualizar tomando en cuenta que 1) estuve enferma casi toda la semana y 2) el mega capitulo que les traje. En serio es lo mas largo que he escrito en mi vida así que espero que haya sido de su agrado ;) Por fin hemos llegado a la acción, aunque este capi es solo un abreboca de lo que sucederá mas adelante. Es hora de estar atentas mis queridas lectoras, porque todo lo que pasó en este capi tendrá consecuencias mas adelante y será de vital importancia para la trama.
Ahora sí, las dejo para que comenten y me digan que les ha parecido, que tienen bastante para comentar jajaja. ¿Cómo creen que avanzará la relación Katniss-Peeta a partir de este momento?
Gracias a Gpe 77 por su comentario del capítulo anterior.
Un beso grande. Nos leemos.
Mariauxi.
