Disclaimer: Está demás decir que ningún personaje de Percy Jackson me pertenece. Sólo una historia para entretenimiento, sin fines de lucro.
Summary: Una misión simple hace surgir asuntos complicados. Quizá Percy no sea el héroe invencible que el creyó. Los dioses están más metidos en su vida de lo que él cree.
Cronología: Después de "La batalla del Laberinto" y antes de "El último héroe del Olimpo" (Percy Jackson y los dioses del Olimpo).
VIII
Conserve la calma.
El ruido de su marcha rompía el silencio del bosque. En el cielo, el sol apenas comenzaba a cobrar fuerza y la humedad afloraba, espesando el aire y sofocándole los pulmones. Partieron del campamento de las cazadoras apenas el alba comenzó a vislumbrar en el horizonte. Bajo la mirada de Annabeth, Thalía se despidió del grupo y Artemisa con un frío gesto. Ella se reservó su conversación con la diosa para sí al volver a la tienda. Sabía que debía guardarse la información si quería mantener el ánimo del grupo –si es que eso podía aplicar a Percy-, pero Annabeth no dejaba de cuestionarle, y no tardaría mucho en descifrarlo.
Nico era el único que no parecía mostrar interés alguno por la razón de la visita de Artemisa. Él tendría en ese momento sus propios asuntos. El incómodo sentimiento de que Nico sabía más de lo que aparentaba, volvió a asaltarla. Intentó alejar cualquier pensamiento cercano al hijo de Hades, pero entre más lo intentaba, menos se veía capaz.
Y además, estaba Percy. Algo dentro de sí, se desgarraba solo con verle. Su estado empeoraba cada vez más rápido. Sus mejillas comenzaban a hundirse en su rostro de forma enfermiza. Cada día parecía costarle más cosas tan simples como mantenerse de pie. Sintió su boca secarse tan solo recordar la conversación con Artemisa.
¿Confían la vida de un semidiós a la voluntad de un Olímpico?
Volvió a sentirse ridiculizada por el simple hecho de tener esperanza. Pero debía tenerla. Su instinto de supervivencia de semidiós así se lo exigía. Tras de ella, Percy se esforzaba por seguir el ritmo. Sabía que se guardaba cualquier muestra de cansancio y ni siquiera se quejaba, pero no dejaba de sentir cerca de él esa atmósfera de agonía que ahora cargaba. ¿Cómo podría mantenerle con vida para, si acaso su inocente fe acertaba, un dios le sanara? Concluyó de mejor manera, que cualquier interrogante de la misión quedaría despejada al regresar a casa. Así que dejó de lado sus dudas, y se enfocó en poner un pie delante del otro.
Irrumpieron en la profundidad del bosque y se dejaron guiar por el cauce del río. Se mantenían lejos de los claros para evitar ser detectados. Perder su rastro era una prioridad. Tan pronto lograran cruzar el parque estatal Castlewood, alcanzarían la interestatal 44 y se dirigirían a Indianápolis, retomando de allí su ruta hacia Nueva York. Avanzaban tan rápido sus piernas se lo permitían. Al parecer la protección de Artemisa funcionaba de maravilla, pues no encontraron señales de compañía no deseada en horas. Conforme el día avanzó, el bosque pareció espesarse. Los cantos de las aves y zumbidos de los insectos se apagaron. El silencio volvía incómoda la caminata, como si alguien estuviese asechándoles por allí.
– ¿Escucharon eso?
La voz de Annabeth vibró entre los árboles. Se detuvo apenas le escuchó. Nico y Thalía se inmovilizaron al instante, intentando detectar cualquier movimiento.
– Debió ser el viento. No hay más almas en kilómetros, más que nosotros.
– Gracias Don Detector-de-vida-extraterrestre, pero eso ya nos lo aseguró Artemisa hace horas.
– Sólo digo que no hay nada de qué preocuparse –alegó Nico.
– Justo como en el tren ¿cierto? Ningún peligro a bordo.
Nico enarcó una ceja ante el comentario, pero no replicó. Thalía se mordió la lengua. El chico no era culpable por sus estúpidos pensamientos de adolescente. Pero le irritaba que le repitiera lo que ya sabía, y siendo honesta, necesitaba alguien que no estuviese agonizando, para descargarse.
– Chicos – Annabeth seguía escudriñando las copas de los árboles. – Escuchen.
Ellos volvieron la vista también. Antes que siquiera sus sentidos mortales lo detectarán, sabía que estaba allí: el escalofrío se abrió paso en su columna vertebral, y la sofocante sensación de un observador invisible le hizo un nudo en el estómago. Mientras sus amigos seguían buscando entre el bosque, ella clavó su vista en las nubes. Comenzaban a agolparse inusualmente sobre sus cabezas.
– Siempre han estado allí.
Se sobresaltó al escuchar a Percy. Aprovechó la parada para echarse sobre un árbol. Lucía débil, y aquella frase salió entre el jadeo de su respiración.
– ¿También puedes sentirlo?
Percy asintió.
– Moviendo hilos. Todo este tiempo.
Thalía pasó saliva. ¿Sabía Percy de todo el timo que implicaba la misión? Se volvió hacia Annabeth y Nico, que se encontraban lo suficientemente lejos para no escucharles, buscando dónde acampar. No necesitaban ser hijos de Zeus para saber que una tormenta se avecinaba.
– Intentarán capturarnos –se volvió con Percy – Detendré la tormenta.
– ¿Estás segura?
– Si –titubeó ella –será divertido.
Él sólo la miró. Thalía entendió en ese momento, que Percy sabía lo que era estar a cargo y proteger a sus amigos. Ser hijos de los Tres Grandes era igual que portar una marca permanente de liderazgo. No era que todos esperaran más de ellos. Tomar las riendas, en ellos, era natural.
Así que si detener una tormenta era necesario para asegurar la vida de sus amigos, lo haría.
O al menos, creyó que podría.
La velocidad del viento fue más rápida que ella. La temperatura descendió de golpe varios grados. Giró hacia el cielo de nuevo. El somnoliento sol de la tarde desapareció. Un embudo de viento comenzaba a formarse justo sobre sus cabezas.
– Percy –él apenas parecía escucharla –Ve con Annabeth y Nico. Que levanten la tienda y…
El rayo cayó antes de que siquiera pudiesen ponerse a salvo. El estrépito trueno los ensordeció unos segundos. Cuando volvió a abrir los ojos, Nico caía inconsciente desde un abeto alto, varios metros delante de ella. El impacto los impulsó lejos, como una onda de fuerza, y a la llegada de un segundo rayo, ya había perdido de vista al resto de sus amigos. Una repentina tormenta barría entre latigazos de corrientes cualquier intento de incorporarse. Thalía sentía como el clima se resistía a su voluntad de controlarle, como tirar de una soga mientras alguien jalaba del otro extremo.
Buscó con desesperación a los demás, pero la lluvia torrencial apenas le permitía ver. Se aferró de unas cuantas raíces, resistiendo los golpes del viento. Creyó escuchar a Annabeth llamándole, una y otra vez a su derecha, luego a su izquierda, y otro par de veces más, a su derecha.
Entonces, el vórtice decidió absorberla, tal como si fuera una aspiradora gigante. Todo su cuerpo se paralizó al comenzar a ganar altura. Dos metros. Cuatro metros. Diez metros. El claro del bosque se difuminó mientras el torbellino le envolvía. Un par de risillas sobrehumanas pasaron junto a ella. Fue, entonces, consciente que mantenía cerrados los ojos como si le fuera la vida en ello. En contra de sus instintos, se obligó a abrir los ojos. Lo que contempló bajo sus pies le provocó nauseas: se encontraba muy por encima de la reserva, la cual se había reducido a una mancha verde.
¿Aún no lo comprendes?
Las palabras hicieron eco en su cabeza. La presión sobre sus pulmones la deslizaba de apoco a la inconciencia.
Esto es más grande que tú, hija de Zeus.
"No, no lo es."
Las risas burlescas se intensificaron. Los espíritus del viento le mantenían dentro del vórtice. Tomó una bocanada de lo que fuera que hubiese a esa altura. En un acto final de valentía, presionó con toda su fuerza de voluntad a la tormenta. El clima cedió ante su deseo el tiempo suficiente para soltarle. Quizá luego lastimaría su ego, pero en ese momento, en caída libre, se dejó los pulmones en un grito. La inercia la dirigía directo al río. Ocultó su cabeza entre sus brazos, esperando un impacto que nunca llegó. El viento se detuvo y el silencio la rodeo.
– ¿Percy?
Flotaba dentro de una burbuja de oxígeno. Percy la atrajo hacia él y juntos salieron a la superficie, siendo empujados por dóciles corrientes hacía la orilla.
– ¿Sueles caer de esa manera?
– Solamente cuando los endemoniados espíritus del viento me atacan –dijo ella. Percy dibujó una sonrisa torpe antes de desplomarse. No tardó mucho en comenzar a roncar. Normalmente, él podría decidir mantenerse seco. Pero parecía que sus fuerzas solo le habían alcanzado para salvarle de la vida. Suspiró aliviada, agradeciendo tocar tierra firme de nuevo.
No lo lograrás.
Ella abrió los ojos de inmediato. La voz, de nuevo. Intentó girar en busca del origen. Sus movimientos se ralentizaron, como si su cabeza pesara una tonelada.
Luchas por causas perdidas.
Contempló un ave despegar cuadro por cuadro. Como una reproducción en cámara lenta. Un estallido, un pestañeo, y el ave se alejaba rápidamente.
– ¿Están bien? –Annabeth apareció detrás de ellos. Tenía varias magulladuras, y parecía haber perdido un duelo con algún campista de la cabaña de Démeter. Pero fuera de ello lucía intacta.
– Todo bien – Thalía parpadeó rápidamente para comprobar sus movimientos, ahora en velocidad normal – ¿Dónde está Nico? –preguntó con un involuntario tono de terror.
Apareció tras Annabeth. Cargaba con una pinta de acabar de despertarse de una buena siesta. Podría haber estado a punto de morir apenas medio minuto atrás, pero no pudo reprimir una sonrisa boba al verlo.
– Se ha metido un buen golpe en la cabeza, y quizá necesite cuidarse el brazo unos días. Pero estamos bien.
– Con que eres de cabeza dura, eh – le lanzó Thalía –De buen cráneo, como buen hijo de Hades.
– Ni lo menciones – siseó Nico.
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Horas después no podrían reír de su suerte. Averiguaron que el brazo de Nico estaba lo suficientemente fracturado como para ser sanado con néctar. El golpe en la cabeza, le había afectado el sentido del equilibrio, teniéndose que cuidarse de la gravedad cada tres pasos. Además, Percy seguía sin despertar. Dejaron de insistir cuando cayó el sol. No les gustaba la idea de retrasarse y quedarse una noche más allí, pero tuvieron que ceder al cansancio.
– Es un idiota.
– No tenías opción.
– Igualmente es un idiota –dijo Thalía – Lo de atraparme en el río, lo agotó demasiado.
– No es tu culpa, fue su decisión –añadió Annabeth, volviéndose a ver a Percy. Su rostro parecía más una hoja de papel. Si no fuera por el tímido subir y bajar de su respiración, cualquiera pensaría que estaba muerto.
– Hay algo que no cuadra –murmuró Annabeth. Su mirada se perdía en el cilindro de plata con el que jugueteaba, y que portaban desde Las Vegas.
– ¿De qué hablas?
– Las empusas, ¿por qué los querían a ustedes, teniendo esto con nosotros?
Sintió su mirada sobre sí. Annabeth sabía que ella lo sabía. O quizá no, aún.
– Es extraño, ¿no? –Alcanzó a coincidir – Tendremos que cuidarnos aún más de aquí en adelante.
Los tormentosos ojos grises de su amiga seguían puestos en ella. Podía escuchar sus pensamientos zumbar a toda velocidad en su mente.
– Montaré la primera guardia –murmuró nerviosa antes de salir de la tienda.
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– ¿Thalía? – Ella se detuvo en seco – ¿Qué ocurre?
Se volvió sobre sus talones. Emergiendo desde las sombras del bosque, Nico le taladraba con la mirada, sus ojos eran perturbadores. La cabeza de Thalía aún palpitaba dolorosamente por la conversación con Annabeth. Por un segundo, se sintió tentada a contarle todo.
Luego de la subida imprevista a la estratósfera, fuera del control que solía tener sobre el clima, Thalía se sentía inquietantemente aterrada. Le arrastraron con tal facilidad que ni siquiera pudo oponer resistencia. La situación la superó. Así que no pudo evitar pensar en Percy. Su destino era más terrible que ser elevado varios kilómetros sobre la superficie terrestre. Sobre sus hombros descansaba el destino del Olimpo. Su pecho dolió de solo imaginar lo difícil que debería ser aquello para su amigo. En el fondo ella se sentía quizá, inequívocamente culpable por unirse a Artemisa y escapar de su destino, dejándole esa tarea a Percy. Tan fácil como: Buena suerte, diviértete salvando al mundo mientras yo disfruto la inmortalidad. Pero allí estaba. Enfrentándose a la misión sin replicar.
Y Nico parecía poder comprenderlo. Ambos cargaban con el nombre de sus padres a cuestas. Ambos vivían bajo la misma condena. Clavó su mirada en sus manos, sorprendiéndose al ver su mano aferrarse a la de ella. Los menudos dedos del hijo de Hades sujetaban suavemente su mano. Incluso en ese tímido contacto, podía distinguir lo frías y tersas que eran, contra su áspera piel marcada por la vida silvestre. Apenas proceso aquella imagen, Thalía se zafó de aquel contacto que parecía quemarle.
– Nada sólo…
Él estudió su rostro y abrió la boca para hablar, pero Thalía se le adelantó.
– No vueltas a tocarme –su voz salió más fría de lo que planeó. Nico asintió lentamente, con un aire de decepción en su rostro.
– ¿Algo más? –apuntó ella, cuando Nico no hizo gesto de retirarse.
– Yo… tienes que ver algo.
Se alejaron de la tienda, tomando la ruta de nuevo hacía el río. Thalía reconoció el sitio cuando llegó. El lodo aún conservaba sus siluetas marcadas, justo donde Percy y ella habían emergido un par de horas antes.
– ¿Y bien?
– Observa allí –Nico le señaló la marca que correspondía a la silueta de Percy. Thalía se inclinó sobre ella y la sangre se le heló. Una onda expansiva de vegetación muerta rodeaba la marca. La tierra se había secado y algunas grietas comenzaban a dibujarse.
– ¿Esto es?
– Lo conozco bien –soltó Nico –Es del inframundo.
– Está peor de lo que creíamos.
– En realidad, no es lo que parece –Nico se arrodilló junto a ella.
– ¿Qué quieres decir? –inquirió ella entrecerrando los ojos.
– Los sanadores en Kansas nos aseguraron que era ponzoña del Tártaro –trazaba líneas al azar con sus dedos en la tierra seca – Piénsalo, ¿cuándo escuchaste de algún veneno que se alimente de la energía vital de un semidiós?
– No lo sé, tú eres el experto aquí –le espetó, manteniendo su distancia.
Nico torció la boca en una mueca.
– Hay algo en… en él, que no se siente bien –dijo al fin Nico.
– Wow, sí que eres observador. No lo hubiese imaginado.
Nico frotó su brazo fracturado – Sabes de lo que hablo.
– No, en realidad no –Thalía no entendía cómo un montón de vegetación podrida podía tener relación con la cura para Percy.
– Hay mucha angustia –Nico bajo la vista echándole una mirada triste a la silueta de Percy –Mucho dolor, y yo, yo puedo sentirlo. Y algo dentro de él lo está empeorando.
Abrió la boca para diferir, pero ella sabía perfectamente que era verdad. Artemisa le advirtió que lo que fuese que estuviese matando a Percy, no se encontraba en los dominios de su hermano. La pregunta que llevaba dándole vueltas desde entonces salió sin resistencia:
– ¿Podemos salvarle?
La mirada de Nico se oscureció.
– Tengo una teoría. No te va a gustar.
Es muy probable que ustedes estén por allí leyendo BoO en estos momentos. Pero si son de ese 1% que sigue al pendiente de las actualizaciones de los fics en estos días, les agradezco seguir por acá.
Nunca está de más agradecerles sus reviews, sugerencias, comentarios y observaciones.
Si, muchos cabos sueltos. No los olvido. Todo a su tiempo.
Hasta la próxima.
