Capítulo 8

La señora Moreau tuvo que trabajar el sábado. El padre de Arthur se ofreció a cuidar de Francis el tiempo que fuera necesario. Arthur canceló una cita con Blanche con el propósito de pasarla con Francis. Argumentó que había sido castigado, una gran mentira porque ni cuando estaba castigado de verdad dejaba de salir. No lo hacía por querer la compañía de Francis, sino para protegerlo de los platillos de su padre y de la amenaza ambulante de James. Se lo dejó bien claro cuando lo recibió por la mañana con una pequeña maleta bastante abultada. Francis explicó que traía todo lo necesario para pasar el día sin inconvenientes.

-¡Tu casa está al lado! –exclamó Arthur, aunque a su padre le pareció una idea excelente-. ¡Si necesitas algo sólo tienes que ir a buscarlo allá!

Francis se encogió de hombros. Su padre le amonestó la rudeza, y le ordenó que subiera la maleta su habitación. James miró de reojo a Francis antes de salir, Arthur supuso que no volvería hasta el anochecer. A media mañana su padre le informó que iría a revisar el auto en el garaje, que se portara bien y no le causara problemas al invitado. Arthur asintió, ahorrándose el confesarle que era Francis quien solía traerle problemas a él.

Cuando estuvieron solos, fueron a la habitación de Arthur. Él iba de un lado para otro, moviendo cosas y despejando el suelo mientras que Francis se sentó en la cama, quedándose quieto, hasta que sus pies se toparon con algo en el suelo. Se agachó y recogió lo que reconoció como una revista por la textura de sus páginas, después de tocarla y rasgarse el dedo índice con uno de sus extremos. Soltó un gemido, llevándose el dedo a la boca. Arthur se volteó a él.

-¿Y ahora qué? –le preguntó, acercándose.

Francis le mostró el dedo con la pequeña herida.

-Haré como si no te hubiera oído –dijo Arthur, rodando los ojos.

-Eres una persona horrible –soltó Francis.

-E igual, ¿cómo te la hiciste? Sólo has estado allí, sin moverte ni nada…

-Con papel –Francis señaló con su dedo sano la revista en cuestión.

Arthur se quedó sin aire cuando distinguió con qué se había topado Francis y en seguida su cara se volvió completamente roja, tomó la revista entre sus manos y se apresuró a esconderla dentro del armario. Era una de las revistas que le conseguía Gilbert a menudo.

-Yo te noto nervioso –observó Francis-. ¿Es alguna cosa mala para ti? ¿Alguna cosa muy vergonzosa?

-¡Claro que no y cállate, qué sabrás! –le apestó Arthur.

-Que perverso tú eres, yo estoy seguro que es alguna cosa viciosa. No me extraña a mí. Tú tienes el aire de ser un degenerado –dijo Francis, sonriendo ampliamente.

-No sé qué intentas decir pero si sigues hablando voy a meterte en el armario y lo cerraré con llave.

-Pero si yo no hablo y tú tampoco hablas, ¿qué haremos nosotros?

-¡Cállate de una vez!

Arthur le pasó seguro a la habitación, para cuidar que nadie los interrumpiera incluso cuando sólo estuvieran ellos dos en la casa. Mientras que Francis se mantenía en silencio, Arthur buscó su ipod y lo conectó en su equipo de música. Había unas hadas sentadas encima del armario, instaladas como si estuvieran a punto de presenciar un espectáculo.

-Eh… Niñita…

-Dime, oruga salvaje.

-¿Recuerdas cuando me retaste a bailar esa música para niñas que tanto te gusta? Estuve practicando y estoy listo para machacarte con una canción.

Francis pareció quedar tan sorprendido que perdió el habla, por un momento Arthur temió que se desmayara de la impresión. El color en sus mejillas no bajaba la intensidad de su tono. Arthur ya había decidido fingir que había sido una broma y burlarse de él a su vez, cuando Francis se reincorporó:

-¿Tú me concederás una pieza? ¿Tú estás presto?

-¡Es sólo para humillarte, nada más! No creas que me gusta verte feliz o hacer estas cosas ridículas a menudo –Arthur siguió justificándose, pero Francis lo ignoró.

Se levantó de la cama y se acercó a Arthur. Éste hizo sonar la primera canción de su lista de reproducción.

-Bien, monsieur sauvage –dijo Francis tras una leve reverencia-, yo te doy el honor.

Arthur le dio un pisotón para que se dejara de tanta tontería. Le tomó de la mano y, cuando iba a colocar la otra en la cintura, vio cómo Francis hacía lo mismo.

-Lo estás haciendo mal –le gruñó Arthur-. Pon tu mano en mi hombro.

-Mi mamá dice siempre que es en la cintura.

-Pero no conmigo. ¡Que la pongas en mi hombro!

-Tú eres la pareja de baile con el peor humor que jamás yo he tenido en la vida –le amonestó Francis, colocando la mano en el hombro de Arthur.

Pero los problemas siguieron a medida de que la canción avanzaba.

-¡Francis, deja de intentar llevarme, soy yo quien te lleva a ti!

-Mi madre siempre dice…

-¡Pero no conmigo!

Francis terminó obedeciendo para mantener la armonía. Arthur no se explicaba por qué parecía tan feliz, cuando claramente sólo estaban bailando con el fin de demostrarle su patetismo (Arthur aún no tenía claro cómo lo haría, pero de que era un hecho, lo era). Cuando terminó la canción, se encontraron bailando la siguiente y la siguiente y la siguiente…

Hasta que la puerta de la habitación sonó, sobresaltando a Arthur. Pegó un brinco y por reflejo le dio un empujón a Francis, que trastabilló hasta caer en la cama. Apagó la música abruptamente pese a las protestas confundidas de Francis, y abrió la puerta. Era su padre, quien vino a decirles que el almuerzo ya estaba listo. Arthur ayudó a bajar a Francis hasta la cocina, en el camino aprovechó para prohibirle comentar nada al respecto de su sesión de baile.

Francis apenas comió el platillo del señor John, Arthur tuvo que comer su plato y el de él como consecuencia, para evitar herir los sentimientos de su padre. Esa vez era especial, parecía haberse esmerado por conseguir una comida digna del gusto de su invitado. Obviamente había fracasado en su propósito y a Arthur le daba cierta pena que a Francis dejó atónito.

-No conozco nada –le susurró, cuando el señor John se distrajo.

Cuando terminaron, Arthur recogió los platos y los fregó, mientras que Francis y el señor John iban a la sala a entretenerse frente al televisor. Cuando volvió, se sentó en el suelo, apoyándose en el sofá y obligando a Francis a abrir las piernas. Había esperado que el chico se quejara, pero siguió absorto con el programa de televisión que él y el señor John oían.

Su padre anunció que iría a telefonear a Liam, Lorcan y Haydn y que pronto volvía. Se levantó de su asiento y salió de la habitación. Arthur siguió en la misma posición, pero cambió el canal, de una serie de comedia norteamericana a un canal de películas extranjeras, e intentó prestarle atención a una película italiana subtitulada al inglés. Después de un rato se percató que Francis le estaba acariciando el cabello, con una delicada parsimonia.

-¿Francis?

-¿Hm?

-¿Te estás enterando de lo que va la película?

-No, en la vida.

-Qué mal es… -comenzó Arthur, sintiéndose incómodo por primera vez. No concluyó su aseveración.

-Sí. Es horrible –asintió Francis, entendiéndolo.

-¿Acaso no quisieras…? –preguntó Arthur.

-Yo puedo oír, sentir y tocar. Hay unas texturas que yo estoy seguro que una persona normal no prende el tiempo de apreciar, y es la misma cosa con los olores y los sabores. Yo prendo mi tiempo con cada uno porque es las únicas cosas que yo tengo. Ustedes confían mucho en la vista.

Arthur no se quedó satisfecho con la respuesta, a él le seguía pareciendo una desgracia el nunca poder ver nada que lo rodeara, si a él le ocurriera se sentiría en desventaja. No sabría cómo manejar el hecho de ser consciente de sólo una pequeña parte del mundo, cuando éste era tan vasto y había tanto por explorar.

Quiso cambiar el tema de conversación, entonces se le ocurrió una idea que podría proporcionarle diversión (a él y únicamente a él).

-Bueno, ya cumplí con tu reto ridículo.

-¿Cuál?

-Lo del… B-Baile –susurró Arthur antes de continuar-. Será justo que me toque a mí retarte.

-¿Como una justa de caballeros? –propuso Francis y a Arthur le agradó la idea.

-Sí. Yo gané la mía, ahora te toca a ti.

A Francis se le iluminó el rostro.

-¡Atiende! –exclamó, y le instó a sentarse a su lado. Arthur le obedeció-. Ya que tú has ganado, tú ameritas una recompensa.

Arthur iba a pedirle el mini deportivo que había en su habitación y que todavía se negaba a robar. No habría más sospechosos que él, un robo tan obvio era de novatos. No llegó a decirle nada, porque se quedó confundido al ver cómo Francis se inclinaba hacia él. Cuando estuvieron a milímetros Arthur lo detuvo colocando una de sus manos en la frente.

-¿Qué vas a hacer?

-Darte el beso que te mereces.

Arthur soltó una interjección alterada, antes de tirarlo hacia atrás.

-Estás de broma, ¿no?

-Pero tú tienes la victoria y en las justas de caballeros, ellos normalmente recogen el amor de la persona que ellos aman.

-Ya, pero yo no te quiero y tú no me quieres a mí y si dices una palabra en contra te voy a partir los dientes.

-Entonces, ¿no beso?

Arthur le jaló del cabello, con la mala suerte que James entrara en ese preciso momento, habiendo concluido sus diligencias solitarias por la ciudad. Francis dio un chillido e hizo ademán de golpearle, pero Arthur ya se había levantado, conociendo cómo reaccionaría. Pero no esquivó el golpe de James en su nuca.

-A ver, enano, ¿qué parte de no meterte con los discapacitados te faltó entender? –James hizo crujir sus nudillos, Arthur se preparó para una ofensiva. Se enfrascaron en una pelea tosca, que obligó a Francis a trasladarse al extremo más alejado del sillón, sin entender la situación desatada por su culpa.

James y Arthur se separaron cuando su padre se precipitó en la sala para poner orden. Los castigó y mandó a ambos chicos a su habitación, mientras que se disculpaba con Francis por el mal trago. Éste, después de un rato, preguntó si estaba bien ir al cuarto de Arthur. El señor John no vio inconveniente, y lo condujo hasta él. Le advirtió a su hijo que se comportara, y así entonces vería si le rebaja el castigo. Salió de la habitación y Arthur cerró la puerta tras de sí.

Francis se sentó en la cama, nuevamente, y Arthur a su lado.

-¿Por qué tú y tu hermano se tratan mal también? No me ha gustado.

-Así se tratan todos los hermanos del mundo. Tú no lo sabes porque no tienes a nadie.

-Yo sí tengo. Una hermana, en Francia. Ella tiene diez años.

-Ah.

Arthur había supuesto que era hijo único, porque sólo uno estaría tan consentido, mimado y sobreprotegido como Francis.

-Sin embargo, ahora que yo lo pienso, tu hermano ha defendido mi honor –dijo, sonriendo con satisfacción.

-No, sólo quería golpearme, que es diferente.

-En la vida. Tú aún no me dices en qué trata mi desafío.

Arthur se quedó en silencio unos segundos, recordando lo que le había propuesto al otro.

-Tienes que conocer Londres, de verdad, no tu casa y el parque nada más.

-¿Cómo es eso?

-Saldrás conmigo el próximo sábado. Todo el día.

Francis asintió, sin encontrar inconvenientes.

-Y si gano, mi recompensa es…

-Ya se verá. Primero cumple el reto –Francis asintió, dándole un apretón cariñoso en la mano. Arthur se soltó, ligeramente abochornado-. Igual exijo mi premio.

La siguiente vez que se vieron, Francis le traía a Arthur un mini deportivo envuelto en papel de regalo.


Arthur le comentó a Gilbert y a Dylan sobre el reto impuesto a Francis, ahorrándose detalles bochornosos como lo que él había tenido que cumplir para llegar al acuerdo; sin embargo, alardeó de su nuevo mini deportivo, que había sido un regalo generoso de Francis. Gilbert exclamó con envidia que él también quería uno, mientras que Dylan, más sabio que los dos, prefirió contentarse con uno de verdad.

Luego pasaron a los preparativos para el sábado. Gilbert sugirió llevarlo al cine para adultos, y les mostró las películas que estaban en cartelera. Ninguna tenía pinta de ser especialmente buena, pero el punto en cuestión consistía en ver la reacción de Francis y burlarse de él después. Dylan, más condescendiente, propuso ir a robar en varias tiendas usando al niño ciego como señuelo, sosteniendo que nadie repararía en ellos si a Francis le daba un desmayo inesperado en medio de la tienda.

Arthur aceptó ambas propuestas y les aseguró que las harían. Tuvo que hablar con Blanche para cancelar sus clases de baile, ella le preguntó si tenía otro compromiso y Arthur tuvo que confesarle lo que haría. Blanche, lejos de molestarse, se entusiasmó, aconsejándole llevarlo a una pista de hielo artificial o al parque de diversiones. Estuvo a punto de auto invitarse para asegurarse que le obedeciera, pero Arthur le juró que no la decepcionaría.

-Ya, confío en ti. Tú eres muy bueno.

Arthur se sintió mal. Él no creía que fuera una persona buena que hacía actos desinteresados por los demás. Él sólo había querido retar a Francis como otra manera de burlarse de él. Gilbert había entendido desde un primer momento sin necesidad de indagar en sus intenciones, tal vez porque de hallarse en su lugar, actuara con la misma falta de benevolencia.

El día pautado llegó. Arthur fue a recogerlo a las ocho de la mañana, teniendo que esperar veinte minutos a que Francis por fin estuviera listo. La señora Moreau les deseó suerte en su paseo por el parque y les pidió que llegaran pronto, antes del almuerzo para que así ella pudiera prepararles algo. Arthur asintió, sin atreverse a contradecir la hora de llegada. Para que dejara salir a su hijo, le contaron que sólo darían un paseo por el parque. No planeaba cumplir con el horario, si llegaban especialmente tarde le echaría la culpa a Francis, explicando cómo se había interesado en alargar el paseo hasta que a Arthur le pareció inaceptable y le obligó a volver.

Francis vestía tan impecable como esos anuncios de ropa donde los modelos eran retocados por computador, lo cual lejos de ser bonito, era alarmante. Arthur sintió el deseo de encontrar una acera encharcada y tirarlo en ella. Comenzaron a andar, sin aceras encharcadas a la vista.

-¿Y a dónde iremos? –preguntó Francis-. Mi mamá me dijo que no hay nada como el teatro.

-¿Y eso qué tiene que ver? –cuestionó Arthur-. Iremos al cine. Te presentaré a unos amigos.

Francis detuvo su caminar, en seco.

-Pensé que seríamos tú y yo solos.

-Te agradarán, aunque no voy a decir lo mismo con ellos –dijo Arthur-. De seguro te tirarán y te ensuciarán esa bonita ropa que llevas.

-¿Te gusta cómo estoy?

-¡Sólo para ensuciarte, idiota! –masculló Arthur.

-De todas formas, yo pensé que sería una cita de dos.

-Camina o te dejo aquí tirado.

Llegaron a la parada de autobús que los dejaría en el centro. A pesar que ya había una cola formada, llevó a Francis al principio de la fila. Entraron de primero y se sentaron en los últimos asientos.

-Eso de andar contigo tiene sus beneficios.

Arthur le explicó que sería un recorrido rápido, que Gilbert y Dylan los estarían esperando en la cafería enfrente de la próxima parada de autobús. Francis estaba nervioso, y si bien a Arthur le pareció divertido en un principio, ahora comenzaba a preocuparle.

-¿Ellos qué clase de persona son? –le preguntó.

-Son como yo.

Francis palideció.

-Tú eres una persona horrible.

-Ni tanto –le repuso Arthur-. Si así fuera te dejaría aquí solo hasta que llegaras a la última parada. Y es una zona fea, muy fea para niñitas como tú.

-Tú no harías eso…

Al llegar a su destino, Arthur le dio un codazo a Francis para que lo siguiera. Se bajaron del autobús y Arthur divisó a lo lejos a Gilbert y a Dylan. Tuvo que conducir a Francis, que se hallaba como perdido en un sitio al que jamás había venido. Arthur les hizo un gesto como saludo. Estos saltaron de sus asientos y, con la comida en mano, salieron de la cafetería sin pagar lo consumido. Fueron a un callejón, donde Gilbert les brindó un poco de su desayuno, pero Arthur y Francis lo rechazaron.

-Bien –comenzó Arthur-. Chicos, éste de aquí es Francis. Y ellos son Gilbert y Dylan.

-Un gusto. –Francis dio una ligera reverencia que confundió a los dos chicos-. ¿Quién es Gilbert?

-Soy yo, un gusto –Gilbert le revolvió el cabello, aunque tuviera que ponerse de puntillas para ello. De entre los cuatro, sólo Dylan superaba en altura a Francis.

-Y yo Dylan –dijo éste, haciendo lo mismo.

Francis terminó alejándose para poner en resguardo su cabello. Arthur preguntó si Gilbert se había asegurado de que el sitio a dónde irían primero (sin ser específicos, para mantener a Francis en el desconocimiento) ya estaba listo. Éste le dijo que, ciertamente, lo que verían seguía allí. Francis preguntó a qué se referían, pero fue ignorado.

-Igual es temprano.

-Muy temprano –señaló Dylan-. Habrá que hacer otra cosa.

Gilbert pateó una lata, que por mala suerte le dio a un gato que había estado reposando en la cima de un muro. A Dylan y a Arthur les encantó la sugerencia y tomaron otra lata para jugar futbol. Arthur le dijo a Francis que se pusiera a un lado, y como Francis puso cara de desconfianza, él mismo tuvo que situarlo en un sitio donde, esperaba, no fuera alcanzado por ningún disparo. De parte de Dylan y él no habría problema, pero sí de Gilbert, quien era experto en desviarlas.

-¿Pero qué harán? –le preguntó Francis.

-Jugar fútbol.

-¿En un callejón? –cuestionó luego.

-Y una lata como balón –agregó Dylan, antes de alejarse.

Arthur le escuchó decir, en un murmullo:

-Esta cita no es nada romántica…

Arthur rodó los ojos. Para desviar su atención, fue el primero en sacar.


Notas: ¡Hola! A pesar de que teóricamente sigo con el computador dañado (creo que no lo dije por acá), he buscado la manera de corregir el capítulo y tenerlo listo hoy. ¡Ha llegado el momento de la primera cita! (Es cuestión de perspectiva y me vale lo que piense Arthur XD)

Ahora les hago publicidad: Todas saben que el 8 de abril se celebra la Entente Cordiale, ¿no es así? Pues bueno, en la comunidad fruk me bastard se está realizando para esa fecha un nuevo evento, ¡para celebrar su mes como dios manda! Yo lo organizo, como siempre. Si están interesados pásense por la comunidad (link en mi profile) y lean las normas. Hay oportunidad para inscribirse hasta el 29 de febrero. Espero que se animen :3

Una pregunta, he visto que muchos autores responden a los reviews en los capítulos, ¿es que ff . net cambió la regla que lo prohíbe y no me he enterado? Porque me ha confundido mucho o.o

Hasta la próxima, amores.

Frases de Francis:

Monsieur sauvage = Señor salvaje.

No conozco nada = Quiso decir, "no entiendo nada", pero se confundió.