*Capítulo Siete: "¿Dónde están?"
–Despertó… –anunció con una voz llena de jolgorio y quebranto, mezclado en un perfecto equilibrio de emociones a flor de piel, imposibles de mantén bajo el límite establecido, que también, le impedía hacer uso del autocontrol del que tiempo atrás, se jactaba desdeñando a los ansiosos personajes que se cruzaban en su camino.
Yuuko apretó el auricular contra su oído, y se dejó llevar por el mar de lágrimas que se desataron por la bella noticia: su mejor amigo se recuperaría dentro de muy poco días. Solo debían tener paciencia y esperar.
Realmente, el joven de cabellos negros y piel pálida, no salió de la inconsciencia de la manera fácil que plantean en las películas. No, Yuuri no se había levantado con una enorme sonrisa en los labios y tampoco saludó a todos sus amigos como si no se hubiesen visto en un par de días. Él, confundido por la claridad de la habitación, entrecerró los ojos luego de abrirlos y siguió las figuras borrosas que los acompañaban. No pronunció palabra alguna, incluso, el médico que atendía su caso desde el principio del accidente, al enterarse lo que Yuuko y Takeshi lo habían oído decir una palabra, casi los cataloga de mentirosos o en el peor de los casos, locos. Era imposible que una persona que acababa de salir del coma, hablara.
– ¿Hace cuánto despertó? –instigó por saber el minuto exacta de un suceso tan trascendental. Mientras se levantaba de su cama pegada a la pared pintada de azul y saltaba al suelo para comenzar a alistarse, Jean no evitó que su voz perdiera la fuerza que lo caracterizaba. Esa excelente noticia desarmaba su corazón al punto de reducirlo a escombros.
–No más de media hora –explicó ella, caminando en círculos por toda la recepción, captando la atención de las enfermeras y demás personal administrativo. Con el cabello enredado y cayendo por su rostro sudoroso, prosiguió contándole lo ocurrido–: pero nos sacaron de la habitación de inmediato –soltó un suspiro de frustración que se mezcló con el cansancio acumulado en sus músculos–, tienen que hacerle varios exámenes, resonancias magnéticas y no sé qué diablos más –el doctor había enumerado la cantidad de pruebas a que lo someterían. Ella estaba tan plagada de alegría, que lo ignoró por completo–. Perdón si no te llamé antes –no lo meditó, ni siquiera lo recordó, solo fue consciente de que debía avisarle cuando Takeshi lo nombró–, yo estaba tan contenta que no pude procesar que hacer… –ella expulsó el aire que retenía.
Ahora podrían vivir en paz sabiendo que tomaron la decisión correcta. El coma inducido era una alternativa viable; sin embargo, también era una opción riesgosa que debería tomarse en favor de salvar una vida. Yuuri no tenía posibilidades que barajar tras sufrir el accidente… fue rápido y caótico; tan semejante a lanzarse a la nada sin paracaídas. Jean, con la desesperanza y falta de confianza en sí mismo, la llamó preguntándole que debía hacer. Juntos, representando a su familia y haciendo caso omiso a una reflexión intensiva sobre las consecuencias, aceptaron la responsabilidad de su veredicto final…
–Yuuko, no tienes nada que explicar –sonrió por la inocencia de esa chica, quien seguramente, ya tenía ganas de alimentarse. Ella seguía siendo tan pura como en sus años de universidad. Un poco más madura y maliciosa; no obstante, mantenía la esencia de candidez que la convertía en una buena mujer–, ahora mismo iré al hospital, esto es algo que debo de ver con mis propios ojos –alucinando con estrecharlo entre sus brazos, ya no siguió acallando los gritos desgarradores de su corazón–, sabes Yuuko –se mofó del momento escogido para permitir aflorar la sinceridad–. La única razón de mi cordura, es Yuuri. A pesar de no ser correspondido, lo amo con todo el corazón y estoy seguro, que aunque el mundo se acabe al amanecer, la promesa de amarlo, proseguirá tallada en mi corazón –"Bella manera de confesar tus sentimientos", pensó dándose cuenta de lo tarde que reconocía su dependencia por aquellos ojos risueños.
Ante la desnudez de su alma, Yuuko fue golpeada con un látigo de pesadumbre…
–Lamento tanto no haber dejado que su relación progresara –ella agachó la cabeza y fijó la atención en el suelo de colores degradados bajo sus pies, las figuras geométricas estaban tan bien dibujadas y puestas en excelente simetría, que le hacían preguntarse como las habían hecho–, yo no quería dudar de ti en aquellos años… a veces tu actitud dejaba mucho que desear –la juventud no era un escudo para su modo de proceder, aun así, podía defenderse diciendo que se sujetaba de una justificación para las cosas que hizo; para bien o para mal, todo ello fue ejecutado con la mejor de las intenciones.
–Todo fue culpa mía –reconfortar su consciencia de las cosas estúpidas de la época más bonita, era propicio para retomar una amistad que desplazaron a un abismo–. Sé que no confiabas en mí –agregó sentándose en el borde de su cama para acomodarse los zapatos negros que Yuuri le regaló en su más reciente cumpleaños–. Yo era un mujeriego incorregible… era obvio que pensaras que solo quería experimentar otras sensaciones.
–Me alegra saber que no me guardas rencor por eso –Yuuko detuvo los pasos que daba sin ganas y se recostó contra una pared. Las mejillas enrojecieron cuando su estómago rugió para exigirle una enorme hamburguesa con queso y mucha mayonesa, de un momento a otro su apetito retornó con una potencia implacable. Además, sus parpados le pesaban. Tenía sueño, hambre y necesitaba un baño.
–No –quizá al principio de sus negativas sí, pero no más–, me parece estúpido odiarte por eso –si tenía que aborrecer a una persona, sería al hombre que le devolvía el reflejo cuando se miraba en el espejo–, al contrario, debí haber luchado por demostrarte que lo amaba de verdad y no estaba jugando. Fui un idiota al comportarme como un patán –las memorias le jugaron una mala pasada y junto a ellas retornó la idea de ser rechazado.
Aunque su sociedad aceptaba la homosexualidad, todavía quedaba el prejuicio del amor entre personas del mismo sexo, sobre todo en Rusia, un país muy gobernado por la discriminación y la poca tolerancia. Al principio, le aterraba pensar que dirían los demás… Un ex mujeriego ¿homosexual? Vio su vida de universidad trasformada en cenizas de su propia miseria ¿Qué dirían sus padres de su nueva ocurrencia? Valía la pena sacrificar todo lo que lo convertía en un rey por un hombre que no tenía la certeza de que le correspondería.
Después de tantos años, Jean al fin tenía la respuesta que buscó como un tesoro y que se le había escapado de las manos…
–Jean, dejemos de hablar del pasado –Takeshi se acercó a su novia y depositó un beso en su frente antes de salir a buscar un restaurante donde comer. El hambre voraz los fastidiaba a los dos.
–Lo siento –con los cordones desatados y las ideas revueltas, Jean caviló el rumbo de su vida si no le hubiese dicho a Yuuko que amaba a Yuuri–, a veces olvido lo duró que fue para ti, para Yuuri y… –guardó silencio antes de pronunciar su nombre–, para Phichit –Yuuko comenzó a reír para ocultar el gran remezón que le causó oír la mención de ese muchacho. Con los años, ella aprendió a desenvolverse en el valioso arte de disfrazar la desdicha con una enorme sonrisa en el rostro. Las personas no veían más allá de un gesto apacible y eso le servía de coraza para que nadie la mirara con lastima.
–No fue duro –su máscara no se rompería, no cuando era tan feliz–, nosotros ya lo hemos superado –pese a ser convincente, Jean no se tragaba ese cuento infantil y poco creíble.
Tras anudar sus cordones usando la mano izquierda, el joven se levantó y caminó hasta el otro lado de su habitación. De uno de sus cajones sacó las llaves de su auto. Dándole una inspección rápida al desorden de sus cosas, él abandonó el cuarto semi a oscuras. Mientras caminaba en dirección a la salida, la línea telefónica permaneció en un silencio imperturbable que no se atrevió a romper. Solo escuchaba la irregular respiración de Yuuko entreverarse con el sufrimiento del que había sido víctima.
–Siempre fuiste la más fuerte de los tres –declaró, haciendo añicos la tensión adormecedora a la que eran sometidos–, por eso sacaste a Yuuri adelante y lo protegiste como si fueras una madre. Tú también lo amas, de una forma tan distinta… que es mucho más pura que mi modo de atesorarlo.
–Perdón Jean, perdóname –gimió poniendo su mano libre sobre sus labios, saliendo del control de sus sentimientos–, si yo no hubiese intervenido… – ¡Dios santo! Como se arrepentía de sus errores–, quizá Yuuri nunca habría conocido al malvado de Viktor, quizá no habría sufrido tanto.
– ¿De qué hablas? –Jean guardó las llaves en su bolsillo y se quedó frente a la puerta de su departamento, petrificado. Sabía que no le gustaría lo que le dirían a continuación, a pesar de eso, esperó las revelaciones con una impaciencia comparable a la de un anciano frente la muerte.
–Hay muchas cosas que no sabes y preferí no decírtelas –expresó mordiéndose las uñas–, Yuuri tampoco ha querido decirte nada –inhaló y exhaló–. Es mejor que lo sepas, para que hagas lo posible por divorciarlos…
– ¿Lo que me ocultan tiene que ver con sus motivos para separarse de Viktor? –meditar los sucesos desempeñados frente a su visión atenta, no le serviría para darse la noción cercana a la verdad, ya que nada relevante fue captado por su perspicacia. Yuuko afirmó a su pregunta temblorosa, meneando la cabeza, a pesar de saber que Jean no la vería hacer ese mohín.
Con la mandíbula apretada y el estómago contraído, ideó como comunicarle los hechos que desencadenaron esa maraña de infortunio, aunque batalló en conseguir su objetivo, no encontraba la ilación correcta de alguna oración. Se hallaba perdida en las profundidades de un inmenso bosque oscuro y sin salida visible, a la luz de la luna llena, oyendo los maullidos martirizantes de su propia maldición.
–Tenemos el deber de alejarlo del maldito demonio llamado Viktor, por su bienestar psicológico –revertir el tiempo no le era posible para sus extensos conocimientos, y cambiar el destino de Yuuri dependía únicamente de su recuperación, y de las cosas que haría así se condenara al infierno.
"Viktor era una inoculación nociva para su raciocinio. Era tóxico como una plaga y adictivo, igual que un narcótico. Un veneno que lo mataba lentamente… un mal que no tenía cura".
– ¡Tienes que contarme la verdad! –demandó en una exclamación de hablar inestable, estirando la mano para girar la perilla de su puerta. La creciente incertidumbre empañaba su rostro con resignación y falta de tranquilidad–, ya no aguanto de tantas mentiras y secretos –la compostura desapareció de sus manos y fue sustituida por el temblor de su pecho.
–Te diré todo –manifestó sintiendo la insistente mirada de Takeshi, que ya había regresado, admirándola con aprobación. Ellos estaban convencidos de que harían lo correcto. Confiarle un secreto ante la luz del respeto, era más que urgente. Ella suspiro–, antes de escuchar, estas forzado a jurar que guardaras cada palabra en un baúl que jamás volverás a abrir…
–El paciente está consciente –les informó el médico, revisando el tablón color crema donde las enfermeras apuntaron todo lo sucedido en las veinticuatro horas desde su despertar–, aunque solo observa a su alrededor, le puedo aseverar que es un gran avance.
– ¿De verdad no es malo que solo haga eso? –el médico le dedicó una mirada de compresión a la jovencita que permanecía abrazada a su prometido.
–Para nada –respondió quitando la vista de los apuntes–, es muy bueno –y sorprendente que se recuperara a esa velocidad–, con los días empezará a recuperar las funciones de sus sentidos, es normal que no hable o escuche. Dentro de unos minutos le terminaremos de hacer los exámenes para saber si será es permanente –añadió sin hacer mucho énfasis en el tipo de pruebas.
– ¡¿Puede ser permanente?! –Prorrumpieron con las voces afligidas y llenas de exaltación–. ¿Se va a recuperar?
–Solo los días lo dirán –reveló el hombre canoso, con el flemático carácter otorgado por los años en los que llevaba desempeñando tan cansada profesión–, cuando le explicamos sobre las consecuencias del coma inducido, también les hablé de los efectos secundarios de usar barbitúricos.
–No le reclamo nada, doctor –Jean decidió tomar la posta de la conversación–, nosotros lo sabíamos muy bien –avaló pidiéndole a Dios que no los abandonara en medio de una tormenta tropical–, solo queremos que él este muy bien.
–Lo va a estar, solo deben ser pacientes –él intentaba convencerse de que su afirmación era real, aunque no había nada seguro–. Vaya a descansar, señorita –se refirió a Yuuko–, ya estoy harto de ver su cara todos los días –bromeó para arrancar una sonrisa de ese rostro inexpresivo–, el paciente ya despertó y nosotros nos haremos cargo.
–Gracias por todo doctor –se animó a hablar el callado Takeshi. El prefería no intervenir. Ser un simple espectador, que captaba todo desde un gran palco, era lo más idóneo.
–No hay que agradecer –permitiéndose ser más cercano, el médico le dio una palmada al hombro de Jean–, es mi trabajo y me complace mucho salvar a las personas, y más si son tan jóvenes como su amigo.
Yuuko y Jean tomaron una profunda respiración a medida que el inminente encuentro les daba alcance, luego de cuatro días largos, los dos entrarían a ver a Yuuri a su habitación. Tenían ese permiso porque su estado había evolucionado bastante rápido. Todavía no podía desempeñar ciertas habilidades, como caminar y comer solo; no obstante, el doctor insistía en que su sistema motor debía descansar, había pasado un mes postrado en una cama, eso no era nada sencillo de asimilar de un día para otro.
Él ya hablaba, sí, pero quizá no sería tan entendible su forma de conversar.
–Hola Yuuri –dijeron al unísono, mostrando una afable sonrisa mientras le mostraban unas rosas blancas. Un bello obsequio de la señora Ekaterina y Georgi. El joven entrecerró los ojos y los inspeccionó minuciosamente, no usar sus lentes hacía más complicada su labor de reconocer sus rostros.
–Soy Yuuko –la joven dio un paso adelante, recordando las palabras de la enfermera: "Probablemente no sepa quiénes son, es indispensable que no se alteren, ya que eso es normal"–, tu mejor amiga, casi tu hermana –explicó cuando ella continuó acercándose.
–Yo soy Jean, también soy tu amigo –sumó su corta presentación, quedándose a una respetable distancia.
– ¿Jean y Yuuko? –titubeó poniendo sus labios, resecos y rajados por la falta de lubricación, de costado, obligándose a desenterrar de un hoyo los recuerdos que su mente ennegrecida producto de los golpes que sufrió en el accidente de tránsito.
–Sí, Jean y Yuuko, tus mejores amigos –Yuuko abrió su cartera y sacó un pequeño estuche en los que guardaba un par de lentes nuevos, ya que los suyos se rompieron en el accidente. Cuidando no molestarlo, se acercó y se los puso. Yuuri movió la cabeza de lado a lado y su panorama se aclaró.
–Jean y Yuuko –repitió varias veces, sonriendo al reconocer los rasgos de ambas faces, cuando un rayo lo iluminó dándole los recuerdos que necesitaba, su rostro dibujó un nuevo semblante–, mis amigos… chicos… –sollozó sin entender por qué. Poniendo ambas manos en el pecho, intentó aplacar el dolor que se cernía sobre su piel.
Sin aguardar a que dijera una frase más, Yuuko se lanzó a los brazos de Yuuri para demostrarle todo su cariño. No le importaba traspasar los límites de su espacio personal, ya habría tiempo para pedir disculpas por su comportamiento inapropiado.
–Yuuko –la abrazó con la intensidad de un huracán en medio del desierto. Recordando el extraño calor de hermanos que también percibía cuando, rara vez, Mari le permitía acercarse–. ¿Qué hago aquí? –pronunció su duda cuando ella se alejó para acariciar sus mejillas hundidas. Él también había adelgazado.
–Tuviste un accidente –le contó Jean, siendo más tajante de lo que le habría gustado ser. Estaba absorto y su poco manejo emocional, no le ayudaba en ese tipo de situación–. Que fue provocado por mi irresponsabilidad –tragó saliva. Si Yuuri no se recuperaba del todo, nunca se lo perdonaría.
–No le hagas caso –Yuuko giró unos segundos y censuró su comportamiento–, tuviste un accidente, que fue una horrible casualidad. Lo que interesa es que ya estás mucho mejor y eso es lo único en lo que nos concentraremos.
– ¿Hace cuánto pasó ese accidente? –Yuuko entrelazó sus manos y las apretó con fuerza.
–Un poco más de un mes –al ver la alarma encenderse en sus pupilas, adicionó a la oración para no crear pánico–: pero casi todo ya está solucionado, no tienes que asustarte.
–No entiendo –las jaquecas y la bruma espesa limitaban su entendimiento–, yo siento que ha pasado poco tiempo –era una sensación de solo haber tenido una cortísima siesta–. Hace unos días me di cuenta que estaba aquí, las enfermeras fueron muy amables y me trataron muy bien… lo malo es que no me dijeron nada que me ayudara a comprender mi situación –técnicamente eso fue lo que dijo, porque a decir verdad, las oraciones que pronunció, fueron bastante desordenadas.
–No estabas tan recuperado como ahora, eso las motivó a dejarte descansar –sin soportar la distancia minia que había entre las unión de sus manos, Jean eliminó los centímetros que le servían de barrera, hasta quedar al pie de la cama.
–Quiero que me cuenten que ha pasado en estas últimas semanas –exhortó, sintiendo que una parte de su vida le había sido robada.
–Nada importante –el joven que expresaba su amor con fugaces conexiones de miradas, cuadró los hombros–. Solo que Yuuko ha dormido poco y casi no ha comido por estar aquí todo el día –Yuuko se avergonzó por quedar al descubierto.
– ¿No había nadie que la releve?
–Estaba Georgi, Takeshi y yo –enumeró a los que consideraba amigos. Viktor y Chris también se habían ofrecido a dormir en el hospital; no obstante, ninguno accedió a recibir su apoyo. Jean hizo una mueca–, ya la debes conocer, ella no permitió que nos quedáramos más de una vez –el calor de la habitación provocó que Jean aflojara el nudo de la corbata a rayas que usaba. La costumbre de vestir traje a veces le era insoportable.
–Imagino que Yuuko estuvo gritándole a todos que eran unos ineptos –la diversión en su comentario fue el detonante para que la chica se sintiera en plenitud. Su felicidad estaba completa si Yuuri sonreía. Ese había sido el legado que recibió de alguien a quien había adorado como si fuese de su propia sangre, y aunque le costara lágrimas, ella cumpliría su demanda al pie de la letra; hasta que su último suspiro fuera expulsado de su cuerpo.
"Que tu único objetivo sea que su rostro jamás sufra al quedarse sin una sonrisa alumbrando su espinoso camino. No permitas que las sollozos lo trasformen en una coraza vacía y triste, sin propósitos por los que luchar en su vida. Busca su felicidad sobre cualquier motivo trascendental. Suena egoísta viniendo de mí… por favor, dale algo que yo ya no tengo el valor de continuar…"
¿Continuar qué? ¿Buscando? ¿Creando? Aquella interrogante desplegada a partir de un mensaje incompleto, no la dejaba descansar ni cuándo intentaba dormía en los brazos de la persona que alejaba sus pesadillas. Aun así, la tarea encomendada con fervor, seguía su curso y no la dejaría a medias.
– ¿Qué clase de suero te dieron para que adivines? –Jean alzó la mano y señaló la bolsa pequeña a la que todavía estaba conectado por vía venosa.
–Yo conozco a Yuuko, sé cómo es cuando se enoja y pierde el control –le recordó sintiéndose como su pequeño hermano consentido, forzándose a no reír, ya que en cualquier momento, ella explotaría.
– ¡Si me ibas a tachar de loca, mejor te hubieses quedado en coma! –ella frunció el ceño aparentando un enojo imposible de calmar. Los tres se quedaron mudos por la frase ruda dicha por la dulce Yuuko, antes de reír como uno pandilla de psicópatas.
A partir de ello, sus acercamientos fueron profundizándose hasta parecer cualquier charla común, en cualquier día o lugar. Por un momento, olvidaron el estado de salud de Yuuri.
–Aún tengo una duda –expuso Yuuri, quitándose los lentes, para secarse el sudor acumulado en el puente de su nariz, lo agitaba reír en esa proporciones.
– ¿Qué sucede? –Inquirieron los dos, atentos antes cualquier imprevisto–. ¿Te duele algo? –Sentados a cada lado de la cama: Jean a la derecha, Yuuko a la izquierda, y Yuuri, obviamente, en medio; los jóvenes se prepararon para salir corriendo en busca de ayuda médica. Ante su nerviosismo, el muchacho negó que sintiera algún tipo de malestar.
–Ustedes dicen que hace un mes que estoy internado aquí, pero…
–Pero… –remedaron temiendo que preguntara por ese deleznable hombre, que merecía estar sepultado diez mil metro bajo tierra. Yuuri no pretendía crear expectativa, simplemente que aún le faltaba ordenar los términos para poder manifestar sus ideas.
–No le han avisado a mi madre, a Mari o a Phichit que iban a venir –no verlos revoloteando a su alrededor le sumaba extrañeza a su internamiento. Quería tener a su mejor amigo molestándolo y abrazándolo–, me parece raro que no hayan venido a visitarme junto con ustedes ¿Dónde están? ¿Ellas siguen en Japón y Phichit en Tailandia?
Las cuerdas vocales de Yuuko perdieron la movilidad para definir la magnitud del horror que la convirtió en un cuerpo inmóvil, y el color sano de sus mejillas se esfumó de un instante a otro, dejando como protagonista a una palidez insana, comparable a la tonalidad de un papel. Por un instante, la joven quiso morir… el rostro inocente de Yuuri no reflejaba la intensión de jugarles una broma. Además ¿Quién sería capaz de mentir así?
Tal parecía que él había preferido desechar de su memoria aquello que le produjo la punzante sensación de agonía, que aun después de tantos años, persistía martirizándolo…
