4

En busca de respuestas, parte final

XXVII.

Estaban en el cubículo del equipo de Borin. Ríos se había sentado en la silla de Omagi, al parecer acostumbrándose ya a ese lugar; mientras éste se encontraba sentado y recostado al respaldar de la silla de su compañera, que parecía mucho más cómoda. Oía con los ojos cerrados y en silencio… o se había dormido. Rivers simplemente apoyaba el trasero en el organizadamente atestado escritorio al que se había sentado Omagi.

La morena hablaba, mirando a su compañero tranquila pero firme.

—… entonces, llamé a un contacto en la policía y éste me dijo, entre amigos, que era un secreto a voces que Repin era uno de los Solohov pero que, como desde pequeño tuvo serios problemas de drogas y, luego, de apuestas; en verdad nunca fue parte del negocio familiar. También era un secreto a voces, de esos que no quieren ser investigados, que la sobredosis en la cárcel no fue ningún accidente… Los Solohov, ya sabes, la familia más poderosa de la mafia rusa de por estos rumbos; decidió que el que él alertara de su más nuevo negocio a las autoridades, fue la gota que derramó el vaso.

—¿Y eso qué tiene que ver con que hayas hecho que los Marshall le propusieran un trato a la señora Lugoci? —preguntó Rivers, con un ligero ceño fruncido aunque su postura parecía relajada.

—Que se me ocurrió hacer lo mismo con todos los implicados directos del caso: buscarles alguna conexión con la mafia rusa de dónde sea. Después de que nos llamáramos y nos diéramos los informes de cómo iba la investigación en los dos bandos, empecé con la señora Lugoci. Eso de que Frunze tuviera el arma de la señora Lugoci, la hizo subir en la lista. Así me di cuenta de que su apellido de soltera es Tylor, hija de Martin Tylor y Anna Solohov… La "oveja negra".

—¿De qué hablas?

Los dos miraron con sorpresa a Omagi, que había hablado sin cambiar en nada su postura y con una voz hasta pastosa.

—El viejo Solohov, el que fue encarcelado hace unos siete años y ya murió de viejo en la cárcel, tuvo tres hijos legítimos (y varios ilegítimos, uno de los cuales era la madre de Repin): dos varones y una mujer. Los varones, Mijail y Vladimir, siguen el negocio. Mijail, como es el mayor de los varones, se puede decir que es el actual capo. La primogénita era Anna. En la mafia, se habla de ella como mínimo, de prostituta. Dejó la familia embarazada, con mucho dinero robado, junto a un tipo cualquiera; desapareciendo de la faz de la tierra. Bueno, a la frontera con Canadá, pero ellos no la encontraron.

Ríos miró a los dos en silencio, como si fuera una profesora que esperara por preguntas. Su compañero le hizo un movimiento de mano, diciéndole: "continúa" y ella lo hizo:

—Ahora, no sé cómo se darían cuenta, pero, ya saben, esto son sólo conjeturas: supieron que Evelyn Lugoci era su querida sobrina y, con base en amenazas, lograron hacer que ella acomodara las piezas para usar la Guardia Costera y que fuera su marido el que saliera como chivo expiatorio del tráfico de antigüedades robadas, si las autoridades se daban cuenta de éste.

—Ajá… ¿Lo sabes o, hipotéticamente, ella te lo dijo? —unos ojos entrecerrados dejaban ver la sospecha en Rivers.

La morena subió sus cejas y se encogió de hombros con una sonrisa juguetona que contestaba, y no lo hacía, la pregunta. Ella prefirió seguir con su historia:

—… Cuando se destapó el pastel, además de matar a Repin por eso, no contaron con que Lugoci tendría sospechas, buscaría y encontraría respuestas, como la moneda que encontraron en su estómago. Imagino que lo mataron después de quitarle el arma que, presuntamente, su esposa le prestó… de eso no sé nada, pero presumo que no fue planeado. Después de que encontraran el cuerpo, el asesino sabía que interrogaríamos de nuevo a Connelly. Creo que en principio, mandaron a Frunze a hacerlo tener tanto miedo, que no dijera nada pero, al llegar nosotros… —por primera vez desde que empezara a hablar, dejó de usar ese tono profesional y rápido, porque su voz se cortó un instante. Omagi abrió los ojos y la miró. Ríos también lo hizo, hubo un momento de entendimiento silencioso entre los dos hasta que ella tragó saliva y volvió a hablar, recuperando su aplomo progresivamente— al llegar nosotros, pienso que Connelly intentó huir aprovechando la protección que, en teoría, le daríamos. Creo que por eso, Frunze lo mató y se dio lo que ya saben que se dio…

Hubo un instante de silencio, mientras los tres pensaban muy ensimismados.

—¿Crees que Frunze mató también a Lugoci como él dice? —preguntó de repente, Omagi.

—Es capaz, pero no. Creo —el tono en que lo dijo, daba a entender que la verdadera palabra a usar era "sé"— que está encubriendo a quién lo hizo, porque necesitan tener aún a esa persona dentro de la Guardia Costera o porque tiene una alta jerarquía en la familia Solohov…

—… Y es posible que no lo aprendamos aunque logremos saber quién es. Le diste tiempo de huir, dado que lograste que nuestra única testigo aún se mantuviera más en silencio, cuando la hiciste entrevistarse con los marshall para pedir un trato sin mi consentimiento…

Borin habló de pie y detrás de Omagi. Bien podría haber pasado por una ninja, con lo silenciosa que había llegado. Además, parecía haber oído la conversación desde hacía unos instantes. Había hablado con una dureza apenas controlada y miraba a la novata casi como un lobo podría ver a su presa.

Omagi se enderezó y movió la silla para tenerla a la vista. Ríos no se quedó atrás en su mirada altiva e iba a abrir la boca cuando Rivers tomó la palabra. Por primera vez, parecía totalmente serio. No enojado, serio. Eso hizo que todos lo volvieran a ver:

—Ella es una agente de CGIS como tú y yo. No necesita tu permiso para actuar de la manera que cree que es mejor actuar. No es tu subordinada, es mi compañera, y si alguien debería estar hablando con ella de esa decisión, seríamos Paulsson que es su jefe y yo, por simple camaradería entre compañeros; no tú.

Omagi dejó ir un silbido bajo, mirando desde los ojos totalmente negros de Rivers, a la expresión enojada de la pelirroja alternativamente.

—Es mi caso Rivers y lo que se haga o no se haga con una testigo, es mi decisión. Si ella creía que era mejor llamar a los marshall, pudo haberlo hablado con el equipo, y no hacerlo a nuestras espaldas.

—Sé que no haces tratos con los sospechosos —dijo Ríos por fin. Hablaba con un tono que quería ser tranquilizante—. Y ya han matado a tres personas porque podían hablar de su comercio. Esa mujer estaba muerta si salía de aquí.

En ese momento, Omagi fue testigo de una discusión en toda regla. Los tres hablaban a la vez, alzando cada vez más el volumen de la voz, irguiéndose y acercándose…

—¡Pudo haberse quedado aquí, bajo nuestra protección, después de que nos dijera de qué se trataba todo! ¡Ahora podríamos perder a nuestro asesino, mientras los marshall hacen su trabajo…! ¡La novata ha sido por más impulsiva!

—¡No es tu caso, Borin! Tal vez debía haber dejado más en claro esto desde el principio, pero es nuestro caso y tú no eres la jefa, eres nuestra compañera… Además, tú fuiste la que desde el principio, no fue cooperativa con nosotros y…

—¿Qué querías? ¿Que pusiera por encima de la vida de esa mujer el encontrar al asesino? ¡Esto es cosa de prioridades, y ya hemos perdido a dos personas por esta investigación!

Hubo un silencio mientras tomaban aire y empezaba otra ronda de discusión, cuando una persona se adentró al centro del cubículo moviendo a Ríos y Borin a los lados.

—¿Dónde está la señora Lugoci? Tengo entendido que ha querido ver el cuerpo de su esposo desde la tarde… —La doctora Kendra hablaba como si esas palabras los estuviera regañando por su comportamiento, por más que su expresión pareciera imperturbable.

—Está en el comedor —le dijo Paulsson, yendo hacia ellos desde las escaleras y viendo a los rostros, con cara de muy pocos amigos, a sus agentes especiales en pie—. Sus gritos se oyen hasta el segundo piso… ¿Qué rayos sucede?

Omagi se sorprendió sonriendo un poco. Era como si tres hermanos hubieran sido encontrados con las manos en la masa por sus padres… la vergüenza sonrojaba los tres rostros por igual.

XXVIII.

—… No se preocupe, lo tengo listo para que al que vea, sea a su esposo y no sus heridas —le decía la doctora Kendra, con la voz más suave y tranquila que había usado hasta el momento, mientras se llevaba abrazada de lado a la señora Lugoci afuera del comedor.

—Bajaré en un momento —les dijo Paulsson con la mano en la cerradura.

La doctora Kendra vio hacia atrás y le asintió. Luego, el jefe cerró la puerta con algo más de la fuerza necesaria y se volvió a los dos equipos, mirándolos con una severidad extrema.

Omagi se encontraba sentado muy cómodamente en el sillón para tres. Rivers y Ríos a la mesa y Borin estaba recostada al mueble, cerca de una cafetera, con los brazos cruzados.

La pelirroja fue la que habló:

—Ya que Rivers y Ríos están trabajando en lo del trato que la señora Lugoci hará con los marshalls, yo iré a hablar de nuevo con Frunze. Tal vez logre hacerlo ver que eso de ser el mártir de una familia…

—Ustedes se quedarán aquí y se pondrán de acuerdo como el equipo a cargo de esta investigación que son, antes de que yo regrese —dijo de repente Paulsson, cortante e incluyendo con una mirada a los presentes.

—Con razón nos hizo venir a todos —se dijo Omagi por lo bajo, aunque Ríos lo miró y sonrió como para hacerle entender que ella sí había oído.

Borin veía extrañada e indignada a su jefe y luego, cuando él se movía al otro lado de la puerta y cambiaba de tomar el picaporte interno por el de la parte exterior, exclamó:

—¡Víctor! ¡No puedes dejarnos encerrados aquí, como en un "tiempo fuera"! ¡No somos unas niñas de 10 y 8 años!

—Lo sé… —al mirarla, había suavizado un poco la expresión, para ponerse más firme casi al instante— Por eso, sé que lograrán ponerse realmente acuerdo cuando yo regrese. —y cerró.

Borin se quedó viendo a la puerta furiosa. Luego, se volvió a su flamante equipo, casi sin cambiar la expresión.

Omagi se había recostado totalmente en el reposabrazos del sillón, y cabeceó de sueño. Rivers la miraba y sonreía totalmente divertido y Ríos caminaba hacia ella o, mejor dicho, a la cafetera, diciendo:

—Fuerte y sin azúcar.

Borin se mordió el labio y cruzó los brazos con fuerza.

XXIX.

Omagi se había acostado en el sillón, de medio lado y en posición fetal, con la cabeza en un reposabrazos. Mantenía la boca abierta y una baba brillaba un poco en una comisura de su labio inferior. Su respiración era muy suave y su dormir tan reposado que no era perturbado por las pequeñas bolitas de papel de servilletas que Rivers le tiraba, tratando de encestar en su boca. Varias de las bolitas estaban en el cuerpo o cabello del durmiente, algunas en el suelo o el reposabrazos…

—… Pues en eso tienes razón —decía Rivers, en un susurro atento con el durmiente, mientras preparaba y tiraba otro pequeño bodoque a Omagi, que dio cerca de su nariz—. Imagino que si logramos meter a la madre en el acuerdo, la señora Lugoci olvidará un poco el resentimiento que tiene hacia mí por ser el policía malo que arrestó a su esposo.

—Claro que lo lograrás —replicó Ríos, después de tomar un trago de su vaso—. Aunque no vivan juntas desde hace tiempo, la madre de la señora Lugoci está en peligro… lo difícil es que la encontremos.

—¿Por qué lo dices?

—Porque la señora Lugoci la llamó y le contó que iba a hacer un trato y esa mujer… digamos que estuvo muy vehemente en desacuerdo. La culpó que iba a tener que huir por su culpa. Y una mujer que huyó de la mafia rusa por 40 años, debe tener sus ases bajo la manga… —Ríos cogió una galleta soda que estaba en el centro de la mesa, en un plato plástico donde sólo quedaban otras dos y varios pedacitos quebrados.

Rivers sonrió y la miró divertido:

—La abuelita fugitiva… —Ríos le sonrió en respuesta y él iba a tomar de su café, pero se dio cuenta de que no le quedaba. Se puso en pie y, mientras iba a la cafetera, dijo casi al aire—. ¿Te llevo otro, Borin?

La pelirroja estaba también sentada a la mesa, en el otro extremo de ellos. Su mirada se encontraba centrada en la pared del frente, con una expresión totalmente pensativa. El brazo que mantenía a un lado en la mesa, tamborileaba una y otra vez pero, aparte de eso, nada en ella se movía, más que su cerebro que parecía estar trabajando a toda potencia.

—… Sí —le respondió sin más.

—Admito que debí decirles que iba a llamar a los marshall —respondió de repente Ríos, como si estuviera siguiendo una conversación que no había sido iniciada.

—Debiste darnos la información nueva que tenías y, luego, ver qué decidir… —respondió Borin, volviéndola a ver enseguida.

Rivers miró hacia las mujeres, resguardado por la cafetera y el vaso en las manos, que llenaba lentamente. Ríos pareció querer replegarse un instante, pero no lo hizo.

—¿Y qué habrías hecho con esa información?

—Hubiera interrogado con más herramientas a la testigo.

—Eso hice…

Borin la miró más detenidamente y gachó un poco los ojos, como si la analizara… Rivers ahogó un gemido y tomó un poco del café en el vaso, para que no se regara más y le siguiera quemando la mano…

—¿Ella qué te dijo?

—Hipotéticamente hablando, me dijo todo menos el nombre de la persona a bordo que, muy posiblemente, mató a su esposo… —le sonrió con una simpatía que era más punzante por lo real que parecía— ¿Recuerda que le comenté, cuando estábamos en la morgue, que de seguro se trataba de alguien adentro…?

No dijo que Borin lo había desestimado, pero estaba implícito en la pregunta. La pelirroja iba a abrir la boca para decir algo, cuando dos cosas la hicieron callar: La primera fue que Rivers puso el vaso lleno de café al frente y la segunda, que su celular empezó a llamar. Omagi se despertó por el sonido en un respingo y tosió para tirar las bolitas de papel que Rivers sí había encestado en su boca… Ella contestó sin dejar de mirar a Ríos.

—Borin… —una sonrisa se abrió tímida en su boca y le puso total atención a su celular para pedir—: al punto… —oyó de nuevo y, finalmente, dijo—: Voy… vamos para allá.

Borin colgó, tomó un gran trago del vaso, se levantó y, mientras iba hacia Omagi; que se volvía a acomodar para dormirse de nuevo, les dijo a las dos personas interesadas y despiertas en el cuarto:

—¿Estamos de acuerdo en subir a ver algún gran descubrimiento de O`Connor?

—Sí —respondió Rivers, tomando después un gran trago de su vaso. Ríos asintió y Borin le dio una calleja en la cabeza a Omagi, diciendo:

—¡Suficiente descanso, bello durmiente!

Omagi se puso en pie tan rápido como dijo:

—¡Sí, jefa!

XXX.

O`Connor parecía haber sufrido una transformación en esas pocas horas. Estaba más desarreglado, todo su cuerpo acelerado aunque se mantuviera sentado y sus ojos hinchados estaban cubiertos por unos muy gruesos anteojos de montura negra, que no ocultaban las oscuras ojeras.

Apenas entraron en el prácticamente solitario laboratorio, los cuatro recién llegados pararon de caminar, viéndolo algo alarmados.

—Bien, puede que no sea gran cosa, pero al menos nos da la seguridad… —había empezado a hablar él, girando la silla hacia los cuatro. Al ver cómo lo miraban, les explicó con algo de mal humor— Hace poco tomé café y me quité los lentes de contacto, porque me dolían mucho los ojos. —Luego, los miró como si diera a entender que ellos no se veían mejor que él, pero en vez de decirlo, se devolvió a una de las pantallas de su escritorio y esperó a que llegaran a su espalda.

Después de verse un instante entre ellos, los cuatro repararon en que era verdad: aunque no parecían tan desarreglados como él, todos tenían ojeras y parecían cansados en su lenguaje corporal. Algo de esperar, que casi era la una de la mañana.

Omagi se acomodó mejor la camisa y Ríos se hizo de nuevo su cola, mientras Rivers y Borin iniciaban la marcha hacia el criminalista.

Cuando estuvieron todos detrás de él, O`Connor inició su exposición al hacer grande una ventana de video.

—Estuve trabajando con los videos que me trajo Omagi, los videos de los alrededores del puerto.

—Los que tienen una calidad terrible… —dijo el asiático y ahogó un bostezo enseguida.

—No tienen una calidad terrible, pero para lo que queremos ver sí, que el sospechoso trató lo más posible de no acercarse donde hubieran cámaras…

—¿Qué encontraste? —preguntó Borin, deseando que fuera al punto.

O`Connor le dio "play" al archivo de video. Se vio, en la parte más alejada de un aparcamiento, a un hombre caminar rápidamente por la entrada trasera del mismo, e ir hacia una lateral viendo hacia un lado, como si los autos ahí parqueados fueran de su interés. En su hombro, colgaba un gran bolso de deportes. Aunque llevaba un gorro oscuro de invierno, se podía vislumbrar en esa figura borrosa y en blanco y negro, a Frunze.

—El sospechoso llegó a las 8:48 de la mañana…

—¿No se ve saliendo antes?

O`Connor le puso "pause" al video y se volvió un poco hacia Omagi… no dejaba de tamborilear con un pie cuando le contestó rápidamente:

—No. Estuve viendo si se ve pocos minutos antes al sospechoso saliendo de los muelles, pero no. Él llegó a los muelles a esa hora y, por lo que dicen los videos, no había salido antes de ahí.

—Eso hace que tengamos seguro que él no mató a Lugoci, como proclama haberlo hecho, porque Lugoci murió alrededor de las 0830 horas y él no estaba en los muelles —analizó Borin.

O`Connor se volvió y le sonrió, diciendo:

—¡Exacto!

—Pero esos videos casi no nos dicen nada. —todos miraron malcarados a Rivers menos su compañera que asintió, y él subió sus manos en un gesto de "vengo en son de paz" mientras se explicaba—: Sólo vemos a alguien que puede ser de la talla de Frunze, eso no es suficiente prueba de que él no mató a Lugoci como dice… —tomó aire y perdió un poco la mirada antes de decir—: Es extraño buscar pruebas para decir que alguien no es el asesino.

Borin lo miró con una expresión algo reprobadora mientras Ríos pedía la atención de O`Connor al hablar:

—Tengo entendido que encontraron un bolso en el carro de Frunze…

—La imagen está en blanco y negro, por lo que no podemos ver en sí el tipo del bolso… y eso tampoco es concluyente. Muchos tienen ese tipo de bolso —le dijo enseguida el rubio.

—No importa, sé que conseguiremos que se retracte y ya lo tenemos por Connelly —finalizó la idea Borin, luego, se volvió a O`Connor y le preguntó, con un tono decepcionado—: ¿eso era todo?

El criminalista negó enseguida y se volvió al video. Le puso "play" de nuevo:

—Como pueden ver, el sospechoso llegó y se metió en uno de los pasillos entre tantos contenedores del muelle, a las 8:52. Ahí no podemos ver nada, pero menos de un minuto después, salió y se fue de los muelles.

—¿Y ya? —preguntó Ríos.

—Claro que no —O`Connor tecleó furiosamente y luego, hizo unos movimientos con el mouse, y la vista se centró en el bolso, aunque eso empeorara aún más la imagen, después de que se pixeleara un poco mejor, pudieron ver de qué hablaba él—. Está lleno de una forma diferente, como si tuviera dos cajas en él…

—Se vio con el verdadero asesino, y este le dio las reliquias antes de que el barco zarpara… —siguió la idea Borin, mirando la imagen congelada, muy concentrada.

—Debe ser alguien de abordo… —fue el turno de Rivers, con una mano en el mentón, pensativo— alguien que prefirió quedarse y aparentar inocencia, a perder el puesto en la Guardia Costera.

—¿No puedes seguir al que se vio con él? —preguntó, esperanzada, Ríos.

—No, sombras… nada.

—¿Qué dice la gente, Omagi? ¿Alguien vio a cualquiera salir con dos cajas en las manos? —insistió la morena.

Éste la miró para contestarle:

—Todos… a la vez que llenaban el barco, sacaban lo que quedaba del anterior equipaje —había terminado de decirlo mientras se acariciaba el puente de la nariz con los dedos índice y pulgar de la mano derecha, entre frustrado y cansado.

Borin, que estaba al otro lado de él, miró ese movimiento tomó mucho aire y dijo en una exclamación de energía que sorprendió y asustó a los demás:

—¡Tenía el reloj en la mano derecha!

—¿Qué? —preguntó Rivers, por todos.

—Ese tipo… Omagi, dame tu libreta… estaba escribiendo muy lentamente una lista, y dejó de hacerlo para ver el reloj… y el asesino es zurdo —miró la libreta que su compañero le diera y dio rápidamente con el nombre—. ¡Alex Mitchell!

O`Connor empezó a mover el mouse y teclear en la computadora con una velocidad pasmosa.

—No entiendo de qué…

Ella se volvió a Rivers, ya más tranquila:

—Alex Mitchell, uno de los subalternos de Lugoci. Creo que es ambidiestro, pero con una predominancia del uso de la mano zurda, porque usa el reloj en la derecha… Lugoci le consiguió el trabajo, desde hace un año y medio está trabajando con él (poco antes de que se dieran los robos) y estuvo en tres de los viajes conectados con los robos de las antigüedades, menos el de Roma. Cuando lo investigué, estaba limpio como un bebé recién nacido.

—No… estuvo en todos —la corrigió Ríos… los tecleos y "clicks" esporádicos de O`Connor como tela de fondo. Las dos se hicieron un poco para adelante, para poder verse sin que Omagi estuviera en medio de ellas—. Entre las cosas que preguntó Lugoci a su jefe y dos de los subalternos, fue si sabía de gente que hubiera preferido hacer algunos de esos viajes en nombre de otros… al parecer, es muy común entre ellos, por lo que no me pareció tan extraño que Mitchell lo hiciera en el viaje que se suponía que no había hecho, ya lo había hecho antes. Además, habían muchos que llenaban los requerimientos de haber hecho los cuatro viajes, aún haciendo cambios de ese tipo.

—Pero está limpio… —recordó Rivers, desconfiado.

—Si en verdad es un infiltrado, tal vez lo hicieron tan bien, que le dieron una identidad falsa —le contestó Omagi a Rivers, esta vez haciéndose hacia atrás, para no topar con Borin, que estaba entre los dos.

—¿Las huellas digitales…? —insistió el.

—Te gusta jugar al abogado del diablo, ¿eh? —le dijo Borin, algo hastiada.

—Y mis casos no se vienen abajo por eso.

—Es verdad, a todos le pedimos huellas digitales… —replicó indeciso, Omagi.

—Hay algunos pocos que tienen varias identidades… —respondió Ríos, apoyándose en el escritorio para mirar la pantalla en donde había una foto del susodicho. O`Connor mantenía sus manos quietas y la miraba con una sonrisa victoriosa— Como Alexei.

—¡Din-din-din! —exclamó el rubio. Todos volvieron a ver a la foto del hombre. Tenía una expresión más dura y fuerte que la que había usado en el barco. O`Connor clickeó en un lugar en específico, y vieron una ficha de antecedentes en la que él les leyó lo más importante—: Alexei Solohov, 28 años, hijo mediano de Mijail Solohov, el actual capo de la mafia rusa newyorkina y bostoniana… un cargo por agresión y dos por conspiración de asesinato, sin condena alguna.

—¿Por qué no apareció eso cuando busqué información sobre él? —preguntó Borin, indignada.

—Imagino que porque buscaste información de Alex Mitchell y este tiene las mismas huellas de Alexei Solohov… algunos de los Solohov de nueva generación tienen identidades falsas y limpias en otros estados. —explicó Ríos.

—¿En serio? —dijo Omagi, extrañado.

—Sí… creativos, ¿eh?

—Conseguí la información haciendo un reconocimiento facial de ese tal Mitchell, con conocidos integrantes de la mafia rusa de donde fuera. Esta información nos llegó desde la policía de New York.

—¿Suficiente para una orden de captura, señor abogado? —se volvió Borin a Rivers.

Este tenía el celular en la mano y dijo mientras buscaba un número:

—Estoy en esas… espero que el juez Horowitz siga padeciendo de insomnio.

Se alejó de ellos para hablar sin interrumpirlos.

Después de unos segundos de victoriosa y silenciosa exaltación, O`Connor simplemente dijo:

—Buscando la dirección de Mitchell/Solohov… —volviendo a teclear y clickear.

XXXI.

La puerta se abrió con suavidad, aunque el chirrido que hizo hubiera despertado a cualquiera en el departamento. Ríos se guardó la llave que antes le habían pedido al casero y, bien protegidos por chalecos antibalas y con focos arriba de las armas (aunque la luz de la ciudad se filtraba por una ventana del fondo), Borin entró seguida de los demás.

Haciendo uso de señas militares, la pelirroja le dijo a Ríos que revisara la sala comedor, a Omagi que se quedara en la entrada y a Rivers que fuera a la puerta de la derecha. Ella fue a la de la izquierda.

Algo agachados y lo más silenciosamente que pudieran en su paso rápido, los tres se dividieron. A los pocos segundos, todos volvieron a la sala y Omagi, sabiendo que de nada servía seguir con el elemento sorpresa, prendió la luz de la sala.

Ríos se encogió de hombros, con hastío, desde detrás del desayunador. Rivers miraba al suelo y tarareaba con un pie y Borin los miró a todos. Luego, fue rápida firmemente hacia la salida (Omagi le dio espacio al instante) mientras exigía:

—¡Vamos! ¡Tenemos un asesino que encontrar!