Capítulo VIII.
De cómo Zelda aprende que las Diosas a menudo aprietan, pero nunca ahogan
No todos los días podían ser felices.
Seguramente nadie esperaría que todos los días de su vida fueran maravillosos, porque lo que hace maravillosos a esos días es precisamente que no ocurren con mucha frecuencia. Pero todo el mundo aborrece esos días en los que parece que las Diosas conjuran contra uno y no hay forma de que absolutamente nada vaya como estaba previsto. Lo cierto es que las princesas regentes del reino de Hyrule eran propensas a tener días de estos con más frecuencia de la deseada, y a Zelda le había tocado hoy.
Todo había comenzado con aquella reunión con lord Aiden y el guardián. Ciertamente, la principal preocupación de la princesa en ese momento era el recién llegado noble, e incluso ahora que estaba entre rejas, no estaba del todo segura de haberse librado por completo de él. Pero por otra parte, solo había un acertijo de distancia entre ella y un matrimonio con el guardián. Y aquello sí que la aterraba; la asustaba como nada en el mundo. Desde el momento en que alcanzó la mayoría de edad, y con ello, comenzaron a llegar propuestas de matrimonio, siempre supo que no podría elegir a su futuro marido con el corazón. Acabaría casándose con el que fuera más adecuado para los intereses del reino, aquel que poseyera las tierras más fértiles, el ejército más numeroso y los súbditos más leales. Y pese a que al final sería ella quien tomase la decisión, para ella era como si estuviese ya tomada. Solo había que ordenar los candidatos según su conveniencia, y el que obtuviera el primer lugar se haría con el premio. Porque eso era lo que ella significaba para gran parte de la nobleza: un trofeo, una recompensa por ganar una competición.
Sea como fuere, aquella no era la razón para que Zelda llegase a pensar que debía de haber hecho algo para enfurecer a la mismísima diosa Hylia. Lo que había truncado irremediablemente la mañana de la desafortunada princesa era, una vez más, su estimado Consejo de Sabios. Al enterarse de que lord Aiden había pedido matrimonio a la princesa, una buena parte del consejo había apoyado tal propuesta, e incluso habían recomendado a Zelda que debería aceptarla. Por supuesto, los sabios del consejo rara vez aceptaban un no por respuesta. Así que la princesa había visto cómo su mañana se malgastaba en discutir con tercos carcamales que no tenían el mayor reparo en despreciar, tanto a ella como a su trabajo como regente, con el único pretexto de que las mujeres eran incapaces de gobernar sin un hombre a su lado. Por suerte para la princesa, la finalidad del Consejo de Sabios era únicamente consultiva. Las decisiones finales las tomaba ella, unilateralmente, si así lo deseaba. Aun así, ni siquiera Zelda, que ya contaba con experiencia, podía pasarse buena parte de la mañana rebatiendo a sus sordos consejeros y salir ilesa. Así que allí se encontraba, sentada en la cómoda butaca de su despacho, frente al lujoso escritorio, agobiada y con dolor de cabeza, mientras trataba de leer, sin mucho éxito, un pesado libro de historia antigua.
No muy lejos de allí, un joven de pelo rubio y ojos claros retornaba al castillo, tras disfrutar de un tranquilo y relajante paseo por la Ciudadela. Debía de faltar poco para el mediodía, así que se dirigió a la habitación de Moy. Al llegar, llamó a la puerta, y cuando oyó una voz que le instaba a entrar, abrió.
—¿Cómo te encuentras? Tienes mejor aspecto —dijo Link.
—Estoy mucho mejor, gracias. De hecho, estoy preparándome para ir a buscar al comerciante. ¿Cómo te fue con la princesa?
—Pues de momento bien…, supongo —añadió, tímido—. Se me planteó el segundo acertijo esta mañana, y al final hubo que resolverlo en el momento.
—Hm, qué raro. ¿Por qué iba a hacer eso la princesa?
—No fue cosa suya. Verás… Llegó otro pretendiente, un tal lord Aiden…
—¿Lord Aiden? —preguntó Moy, visiblemente preocupado. Su expresión habitual de alegría y júbilo había dado paso súbitamente a una de preocupación.
—¿Lo conoces?
—Es de lo peor, Link. Es capaz de hacer prácticamente cualquier cosa para conseguir lo que desea. Y si está cortejando a la princesa, no parará hasta conseguirla… Ten mucho cuidado, chico. Y protege a Zelda.
—Pero ella no necesita mi protección, tiene a todos los soldados-
—Tú haz caso de lo que te digo. Mantén los ojos bien abiertos.
—Moy, no entiendo nada…
—Durante mis días en el castillo, hubo una cierta parte de la nobleza que se rebeló contra el rey. Aún no se sabe del todo quién fue, pero yo tengo claro que fue obra de lord Aiden y su familia. Y si está tratando de cortejar a la princesa, en algún momento intentará algo, estoy seguro. Por eso debes tener cuidado.
Link estaba bastante alarmado por las palabras de Moy, y su cara así lo reflejaba.
—¡Jo, jo, jo! No me pongas esa cara. Tampoco se va a acabar el mundo mañana. Quería avisarte, por si acaso. Pero no creo que se atreva a hacer nada —dijo Moy, mientras golpeaba suavemente el hombro de Link, tratando de tranquilizarle.
—Si tú lo dices… —repuso él, algo desconcertado.
—Bueno, chico. Debo irme. No puedo hacer esperar más al comerciante. Partiré esta tarde si es posible. —Moy abrazó afectuosamente al chico, en señal de despedida—. Tienes un caballo en las cuadras del castillo para cuando desees volver. Cuídate.
—Tú igual, Moy. Ten cuidado.
Tras despedirse de Moy, el joven guardián comenzó a deambular por los pasillos, y estancias del castillo, sin rumbo fijo, y sin pensar en nada en concreto. Terminó por llegar al vestíbulo del castillo, una sala amplia y majestuosa, con una escalinata en el centro, y decorada con tapices de color escarlata. Link no podía evitarse sentirse empequeñecido en el castillo, a pesar de que ya llevaba un par de días allí. En aquella estancia podían caber fácilmente cuatro o cinco cabañas del guardián del bosque.
Una figura en lo alto de la escalinata llamó su atención. Era Impa.
—¡Ah, Guardián! —dijo, mientras se acercaba.
—¿Sí?
—La princesa Zelda desea veros.
—¿A m-mí? —preguntó Link, tremendamente sorprendido.
—Así es. Está en su despacho. Subid por estas escaleras y seguid el pasillo hasta encontraros con unas grandes puertas de madera. No tiene pérdida.
—De acuerdo… —respondió el joven, sin salir de su asombro.
Link siguió las indicaciones de Impa y pronto se encontró con la que parecía la entrada al despacho.
En el interior de aquella sala, una cierta princesa retomaba su lectura por sexta vez en el mismo punto. Estaba totalmente agotada, y el hecho de que todas sus energías se hubiesen desperdiciado parloteando con nobles solo conseguía enfadarla más. Oyó que alguien llamaba a la puerta, y se extrañó, pues no esperaba a nadie.
—Buenas tardes, Princesa —escuchó la voz del guardián, mientras entraba. Desde luego, él era de las últimas personas a las que le gustaría ver en ese momento.
—Guardián, ¿qué hacéis aquí?
—Eh, pues… Impa me dijo que deseabais verme… —respondió Link, confuso y titubeante.
—¿Impa? Debe haber sido un error —dijo Zelda, frunciendo el ceño, extrañada.
—Bueno, disculpad las molestias. Me iré.
Antes de irse, el joven no pudo evitar fijarse en el terrible aspecto de aquella mujer. Su cara lucía una expresión de terrible agotamiento, y su espalda, aunque apoyada contra el respaldo de su asiento, estaba ligeramente encorvada. Sin saber muy bien por qué, Link se detuvo y se aclaró la garganta para llamar la atención de Zelda.
—Disculpad el atrevimiento, Princesa, pero no parecéis tener buen aspecto. ¿Ocurre algo?
—No es nada —respondió, rápidamente, con frialdad—. Además, ¿qué os hace pensar que compartiría mis problemas con vos?
—Pues no sé si os habéis dado cuenta, pero precisamente yo soy el perfecto confidente.
—¿Estáis hablando en serio? —repuso Zelda, sorprendida ante las palabras del joven.
—Pensadlo. He tenido mucha suerte al resolver correctamente dos acertijos. Muy posiblemente falle el tercero, y cuando eso ocurra, podréis hacer conmigo lo que queráis. No podré contar nada de lo que me digáis entonces.
—¿Y si acertáis?
—Si acierto, entonces seréis mi esposa. No traicionaría vuestra confianza.
Zelda se quedó callada unos segundos, meditando la oferta del joven guardián. Sonrió tímidamente ante su respuesta, pues le pareció que no entendía del todo cómo funcionaban los matrimonios en su mundo. ¿Cómo iba a contarle sus problemas a aquel joven cuando precisamente él se encontraba entre ellos?
—En cualquier caso, estoy bien. ¿Os importaría dejarme sola?
—Princesa, perdonad mi insistencia. Realmente creo que os haría bien hablar con alguien. Yo… solo pretendo ayudar. Pero si es lo que deseáis, me iré.
Aquellas palabras parecían ser totalmente sinceras, y Link ya le había prestado su ayuda con anterioridad, a pesar de que, igual que ahora, la necesitara y no la hubiese pedido. Era cierto, Zelda estaba bastante harta de embotellar sus pensamientos, y en aquel momento necesitaba desahogarse. Obviamente no podría contarle nada de su pequeño problemilla con él, pero el asunto del Consejo de Sabios era otra cosa. No fue capaz de contenerse. Justo cuando se disponía a hablarle al chico, alzó la cabeza para comprobar que se había ido. Desafortunadamente, había tardado demasiado tiempo en decidirse.
¿O tal vez no?
Rápidamente se levantó y abrió la puerta del despacho. Link aún estaba ahí, a varios pasos. El ruido de la pesada puerta abriéndose llamó su atención y se giró.
—Esto… ¿os importaría… pasar un momento, Guardián? —dijo Zelda, visiblemente avergonzada de estar pidiéndole ayuda.
Link no dijo nada, se limitó a sonreír e hizo lo que la princesa le acababa de pedir.
—Por favor, sentaos —le pidió ella, una vez estuvieron dentro. Link tomó asiento frente al escritorio de la princsa.
—¿Se trata de lord Aiden? —dijo Link, sin pensar demasiado.
—Pues… en cierto modo, sí. Lord Aiden es… bueno, cómo decirlo… —titubeó la princesa, tratando de buscar el adjetivo apropiado.
—¿Insufrible? —soltó el guardián, de nuevo sin utilizar demasiado la cabeza. Justo cuando hubo pronuncado la palabra, se llevó la mano a la boca instintivamente, como señal de que lamentaba haberlo dicho.
—No es eso… —respondió Zelda, sin poder contener una risita, pues había encontrado la palabra que buscaba—. Sí es cierto que puede ser un poco… insufrible —dijo esa palabra en voz baja, mientras se reía ligeramente—, pero no es eso lo que me preocupa.
—Ah… ¿Entonces, qué es?
—Pues veréis, el Consejo quiere que me case con él. Y evidentemente, ya no es posible, pues ha fallado el acertijo. Pero eso no les detiene, y es muy frustrante. La reunión de esta mañana ha sido horrible. Es cierto que es un hombre de buena familia, es hábil y sería un buen partido. En cualquier caso, la que decide soy yo, y no me casaré con él. Pero… ni siquiera quiero imaginármelo.
A Link todo aquello le resultaba extraño a la vez que injusto. Cualquier persona debería poder elegir con quién casarse. Comprendía que el hecho de que lord Aiden fuese un noble de alta cuna le convertía en un buen candidato para casarse con la princesa, pero aquel hombre era literalmente inaguantable, y eso, en opinión de Link, era bastante más importante que el estatus. El guardián reparó también en el hecho de que imaginarse a Zelda con otro hombre le producía pesar. Una parte de él deseaba ser ese hombre, pero a la vez era plenamente consciente de que las princesas de Hyrule y los guardianes del bosque de Farone no están hechos para casarse la una con el otro. Aquello era algo que había asimilado el día que puso el pie en el castillo, y eso hizo que su imagen mental de Zelda casada con otra persona fuese menos dolorosa.
—Veréis, Princesa… Yo no sé mucho de estas cosas. Pero si lord Aiden no ha resuelto el acertijo, creo que eso os facilita las cosas a la hora de no casaros con él.
—Eso es cierto, pero el Consejo…
—¿Puedo haceros una pregunta?
—Sí, decidme.
—¿Cada cuánto se renueva el Consejo?
—Pues el cargo de consejero es vitalicio, así que… supongo que cada vez que algún consejero fallece o solicita que se le reemplace por imposibilidad de ejercer sus funciones.
—Podría renovarse el Consejo cada cierto tiempo. De esa forma, es posible que los consejeros se tomaran su labor más en serio.
Pues claro. Aquella era una idea fantástica. ¿Cómo no se le había ocurrido a ella?
—Tenéis toda la razón, podría funcionar —dijo Zelda. Su expresión había cambiado por completo. Link pudo ver en sus ojos cómo la frustración y el agobio acababan de desaparecer, y esto le hizo sonreír.
—Bueno, me alegro de haberos sido de utilidad, Princesa.
—Desde luego. Es más, voy a intentar poner en marcha esa idea tan pronto como sea posible. Voy a reunirme con Impa ahora mismo.
Zelda se levantó de la silla y se dirigió a la puerta del despacho, hecho que el guardián interpretó como una señal de que debía abandonar la estancia. La princesa le sujetó la puerta mientras él salía, y cuando ambos se encontraron fuera, ella se detuvo a cerrar con llave mientras Link se alejaba del despacho.
—Ah, Guardián.
—¿Sí? —preguntó, dándose la vuelta.
—Gracias.
Al final, aquella conversación con Link había resultado más beneficiosa de lo que Zelda pensaba en un principio. Y además, sin saberlo el joven guardián había ayudado a la princesa a aliviar parte de su tensión relacionada con el matrimonio. Era agradable saber que, si al final acababa casada con Link, su marido sería una persona atenta y dispuesta a escuchar.
Y para qué negarlo, terriblemente apuesto.
[NdA] Las cosas parece que van avanzando entre estos dos, ¿no? Decidme qué os ha parecido.
Pottertf: ¡gracias por seguirla! Espero que te siga gustando.
Hylian Champion Shirayuki: pero si no te dejara con la intriga no sería tan interesante, ¿verdad? Jeje (?)
