CAPÍTULO VIII

Julio de 2013. Clerkenwell, Londres.

No hacía ni cinco minutos que había entrado por la puerta de su casa, cuando el teléfono móvil sonó. No estaba para llamadas en aquellos momentos, por lo que al sacar el terminal del bolsillo de la sudadera que llevaba puesta, sin siquiera mirar la pantalla, descolgó y preguntó:

—¿Hola? —su voz sonó como su estado, cansada.

—¿James?

—¿William? —preguntó el otro. Su voz seguía pareciendo cansada, pero esta vez tenía una nota alegre. Sonrió contra la pantalla sin poder evitarlo. Durante aquella demoníaca semana, las llamadas de Will habían supuesto la luz entre tanta oscuridad.

—¿Te pillo en buen momento? —Al otro lado de la línea, Will no sabía si le había despertado, o acaso estaba a punto de acostarse… aunque eran las siete de la tarde. Quién sabía, al fin y al cabo Jem padecía de insomnio.

—Sí, claro, acabo de llegar a casa.

—Perfecto —se adelantó a decir el galés—. ¿Sigue en pie el plan de hoy?

—¿El plan de hoy? —Jem parecía confundido. No recordaba que tuvieran ningún plan.

—Lo de la exposición del novio de Emma. ¿No era hoy?

—Ah, sí, claro —recordó—. Pero creía que no podías venir. ¿No se suponía que tenías la graduación de tu hermana?

—Sí, la tenía. Quiero decir, la he tenido. Acaba de terminar el acto, los discursos, las fotos y todo lo demás. Pero al final, ¡sorpresa! No vamos a cenar todos juntos. El Lightworm la ha invitado a un restaurante y a un hotel súper exclusivo —dijo con un marcado retintín. Seguro que además había puesto los ojos en blanco— y súper caro. El muy traicionero fastidiador de planes.

Jem soltó una risita.

—William, es su novio. ¿Y cuántos años decías que ya llevaban juntos? ¿Iban para cinco?

—Eso no es excusa —no tardó en protestar Will—. Yo mismo llevo veinticinco años siendo su hermano mayor. Y a fin de cuentas he sido el único de su familia sanguínea en estar allí, a parte de Jace, claro.

Jem tardó un momento en concluir:

—…al final no ha acudido vuestro padre.

—No, al parecer la graduación de la única hija que le queda con vida no era lo suficientemente importante —se escuchó un resoplido, al mismo tiempo que apretaba el teléfono con fuerza.

—Oh Will, lo siento mucho…

—No pasa nada —dijo rápidamente—. Entonces, ¿vamos a la exposición? —preguntó con el ánimo súbitamente renovado.

—No sé yo, no sé yo. No me gusta ser el segundo plato de nadie…

—¿Ni siquiera de William Herondale? ¡Pero si es un auténtico honor estar presente en su menú!

A Jem se le escapó una risita, tras lo que dijo:

—Bueno, si es de él, tal vez me lo piense.

—Entonces… ¿decías que estabas en casa?

—Sí. ¿Por qué lo dices?

—Porque estoy afuera.

Jem asomó la cabeza por la ventana, pero no lo vio por ningún lado.

—No te veo…

—No estoy en la azotea, estoy en el portal.

—¿Cómo es eso? ¿Qué le ha pasado a mi William Herondale?

Will soltó una risita ante aquella reacción de sorpresa.

—Cecily me ha obligado a ponerme traje. Y sólo tengo uno que me valga, por lo que tengo que cuidarlo. Ni siquiera he venido en moto.

—Entonces te abro —dijo Jem, y apretó el botón del telefonillo que abría la puerta de abajo.

—Una advertencia, James —Will abrió la puerta—. ¿Tienes a mano gafas de sol?

Tras aquella pregunta, comenzó a subir las escaleras a grandes zancadas.

—¿Gafas de sol? Si no queda mucho para que oscurezca…

—Vaya, me has decepcionado. Creía que te adelantarías a mi chiste como haces siempre. Te decía lo de las gafas de sol porque… hoy estoy deslumbrante.

Dicho esto, colgó el teléfono y llamó a la puerta de Jem con los nudillos.

El joven asiático no tardó en abrir.

No pudo evitarlo. Le miró de arriba abajo. Y es que Will no mentía. Estaba absolutamente arrebatador. El traje le venía como un guante. Sin lugar a dudas, estaba hecho a medida y por un buen sastre. Le recubría el cuerpo como una segunda piel y centraba la atención justo donde tocaba.

Sin embargo, fue Will quien habló antes del atuendo del otro:

—No me lo puedo creer. ¿James Carstairs en ropa de sport?

Así era. Por primera vez desde que se habían conocido Jem había dejado de lado los pantalones de vestir, los fulares, las gabardinas, las camisas y los chalecos. Lucía unos pantalones bombachos grises y una sudadera blanca con algún mensaje desconocido para Will escrito en chino.

—Acabo de venir de yoga. Necesitaba relajarme un poco —dijo a modo de explicación para su falta de protocolo en la vestimenta.

Aunque Jem no se lo pudiera imaginar, a Will le costó apartar la mirada de la figura que dejaban entrever aquellos pantalones bombachos, que se ceñían en zonas que nunca antes habían estado tan ceñidas mientras que otras se difuminaban por completo e incitaban aún más a pensar en ellas. Quizás no hubiera dejado de mirar para abajo si no llegara a ser por el gorro que llevaba y centraba toda la atención en su cabeza.

—Y con gorro —añadió con una sonrisa.

Porque, coronando su cabeza, llevaba el gorro más adorable que podía existir. Un gorro gris con ojitos y bigotes de gato, así como unas orejitas sobresalientes. A ambos lados del rostro le caían dos tiras que acababan a modo de patitas.

—Oh… es verdad —Jem hizo ademán de quitárselo, pero se detuvo al ponerse la mano en la cabeza—. En fin, ya me has visto con él. Debajo llevo el pelo demasiado sucio como para salir a la calle con la cabeza descubierta. Casi lo tengo negro de nuevo, así que imagínate.

—Seguro que exageras. Pero no importa, es una buena excusa para verte con un gorro que te queda tan bien.

—Ya, claro —dijo Jem en un tono que demostraba que no le creía. Y por una única vez abandonó sus refinadísimos modales y no esperó a darle paso y cerrarle la puerta a Will, sino que caminó directamente hasta la zona de la cocina esperando ser seguido.

El galés, por su parte, entró, cerró la puerta y lo siguió diciendo:

—¿Qué tal tu ajetreada semana?

—Ajetreada —respondió, de espaldas a él. Estaba llenando de agua la tetera.

—¿Por eso no pudiste responder a mis mensajes?.

Jem, que acababa de encender la tetera, asintió:

—Sí, lo siento. Estaba hasta arriba. Esa sustitución que me ha tocado hacer en el conservatorio este último mes me ha venido fatal. He tenido que tragarme el doble de audiciones que ya de por sí me tocaban. Sólo ha pasado una semana de este mes y ya quiero que termine —dijo, llevándose las manos a las sienes, para masajeárselas ligeramente.

Will le miró con cara de pena. Jem estaba agotado, se notaba en el pelo sucio que asomaba debajo de su gorro, en sus profundas ojeras y en su postura, con los hombros cargados y la espalda combada. Incluso parecía haber adelgazado. Y mirando alrededor, descubrió que su piso no mantenía su orden habitual. Sobre la mesa se acumulaban papeles, cuadernos y bolis; en la pila tazas y más tazas, y en el sofá estaban todas las camisas y pantalones que debía haberse estado poniendo durante aquellos días.

—Venga, ve a sentarte —le ordenó, poniéndole una mano en la espalda y empujándolo ligeramente—. Ya termino yo de hacer el té.

—Pero tengo que tomar unas pastillas… —protestó el asiático.

—Ve a sentarte, que parece que no puedas ni sostenerte en pie. Ya me dices qué pastillas tengo que coger. ¿Té negro te parece bien?

—Té negro y bien cargado, por favor —respondió mientras iba a tomar asiento.

—James, ¿de verdad quieres ir a la exposición? Creo que deberías dormir como mínimo hasta mañana…

—De ninguna manera. Julian ha peleado muchísimo para conseguir una sala donde exponer él solo. Tengo que estar allí.

—Como quieras —Will comenzó a abrir los armarios, en busca de dos tazas limpias. Por suerte, Jem parecía que otra cosa no, pero coleccionaba tazas. Encontró dos muy patrióticas: una con la bandera británica y otra con la inglesa. Will puso mala cara, pero en vista de que no había otras más limpias, hubo de conformarse—. ¿Qué pastillas decías que tenías que tomar?

—Abre el cajón de debajo del de los cubiertos. Tengo que tomar las del frasco con la tapa roja…

Al abrir dicho cajón, lo descubrió repleto de frascos y cajas de medicinas. Sintió un estremecimiento en el cuerpo, y no por primera vez se preguntó por el verdadero estado de la salud de Jem.

—Creo que las tengo. ¿Y qué vas a comer?

—Nada, no hace…

—Tienes que comer algo. A ver, qué tienes por aquí… —pegó una barrida y a falta de algo más consistente, cogió un bote de galletas para el té. Lo colocó todo sobre una bandeja y lo transportó a la mesilla—. Y luego decías de mí. No tienes nada de comer en condiciones.

Jem no tardó ni un instante en rodear la taza con ambas manos. Era la taza con la bandera de Reino Unido.

—¿Tienes frío? —Will preguntó, pensando que aunque aquel día no hacía calor, estaban a principios de julio.

—No, pero… me reconforta.

—Bueno, espero que esta taza también te reconforte —Will empujó con dos dedos la taza con la bandera inglesa hacia Jem—. Si tengo que elegir entre una de las dos, prefiero beber de la del supuesto "reino unido".

Jem las cambió con expresión divertida, y dijo:

—Puedo entender que no quieras beber de la bandera inglesa pero… ¿qué tiene de malo la Union Jack?

—No nos representa —explicó Will con gesto y tono serio—. Combina las cruces de los santos patronos de Escocia, Irlanda del Norte y, por descontado, de Inglaterra. En mi opinión, encima de todas ellas, falta nuestro Y Ddraig Goch, el fiero dragón rojo.

Aun así, tomó la taza (aunque con mayor cautela que de habitual) y tomó un trago.

—¿Te quedan muchas audiciones que revisar?

—Por suerte, ya han acabado todas. La semana que viene tenemos la reunión para poner las notas. Y a la siguiente terminan las clases en el colegio —Jem daba clases tanto en el conservatorio como en una escuela privada—. Y vacaciones, al fin.

Will sonrió para tratar de animarle, y añadió:

—Venga, entonces todo lo malo ya ha pasado.

—Por suerte, sí —Jem pegó un largo sorbo, tras lo que sacó del frasco de medicinas dos cápsulas y se las tragó. Después, volvió a beber.

Will lo miraba sin perder un detalle.

—¿De verdad que estás bien?

—Sí, no te preocupes. Ya te lo dije una vez, me ves mal aspecto por la ropa —bebió otro trago de té—. Es como tú hoy. Bien podrías estar con fiebre, que no lo aparentarías.

—Vaya, gracias. ¿Entonces te gusta cómo me queda el traje? —Will no pudo contenerse, y le guiñó un ojo de aquella manera tan irresistible que él tenía. A fin de cuentas, la había ensayado durante toda su adolescencia ante el espejo.

Jem no respondió, y depositó su taza vacía sobre la mesilla.

—Hablando de vestimentas… estoy indeciso respecto a lo que me pondré hoy.

—A ver si lo adivino… ¿dudas entre una camisa gris perla y una gris niebla? —preguntó el galés con una expresión divertida en el rostro.

Jem puso cara de asombro, e imitó el gesto de fingir estar dolido que acostumbraba a poner Will.

—¿Te estás metiendo con mi forma de vestir? Ya es la segunda vez en este día.

—No es eso… si a mí me encanta como vistes —y lo decía en serio—. Especialmente hoy.

Jem obvió la última frase, ajeno a que con aquel gorrito en la cabeza, Will no podía apartar la mirada de su rostro.

—Pero dices que soy aburrido.

—No es eso —repitió—. Vamos, si hoy mismo Cecily antes de obligarme a que me pusiera el traje me ha preguntado si me pensaba poner una camisa negro profundo o negro agujero negro…

—Eso no lo arregla. Estás diciendo que ambos somos unos aburridos.

Will decidió no seguir por ahí, a la vez que hacía una nota mental: cuando Jem estaba cansado, entraba en un modo especialmente susceptible.

—Venga, enséñame entre lo que estabas dudando.

Jem se levantó y caminó hasta su habitación, que tenía la cortinilla abierta. Dentro se atisbaba un desorden de sábanas y más vestimentas descartadas. Will no se lo echaría nunca en cara. En una de las pocas llamadas que Jem le había cogido a lo largo de la semana, le había dicho cuántas horas había tenido que escuchar alumno tras alumno el canon de Pachelbel, y era un número que rozaba lo inhumano.

—Me las compró Emma el otro día, y me sugirió que me pusiera una de las dos hoy… —dijo, mientras salía del cuarto, con dos perchas en la mano. En la derecha llevaba una camisa en tono salmón claro, pero Will no se fijó mucho en ésta pues su atención la captó la camisa de la izquierda. Era floreada, y aunque a él no solían atraerle aquel tipo de camisas, no supo si por la combinación de colores o por cómo pensaba que le sentaría a Jem pero aquella le encantó.

—La de la izquierda, sin lugar a dudas.

—¿En serio? ¿No es demasiado colorida para un aburrido como yo?

—Para nada. Me encanta. Me la pondría yo mismo si no estuviese ya vestido.

Jem enarcó una ceja, incapaz de creer que a Will le gustase tanto como trataba de mostrar.

—Y si te viniese, claro.

En aquel momento fue cuando a Will le tocó enarcar una ceja.

—¿Me estás llamando gordo?

—No, sino todo lo contrario.

—¿Flaco?

—No, tampoco.

—En un diccionario de sinónimos, es lo que encontrarás contrapuesto a gordo.

—William —Jem le miró a los ojos, y centró su mirada en ellos—. Mírame. Yo estoy escuálido. Tú, por el contrario estás… fuerte.

—No estás escuálido —le discutió.

—Lo que tú digas. Voy a darme una ducha, espero que no te importe esperar.

—Para nada, aún queda rato para la exposición, ¿no? Tómate tu tiempo, relájate bajo el agua. Y —Will le retiró de la mano la percha con la camisa salmón—, ponte esa. Te quedará perfecta.

Jem no rechistó más y se metió en el baño. Will, por su parte dudó en si ponerse a leer mientras le esperaba, pero optó por una opción que esperó que no le molestase a Jem. Metió en el lavavajillas todas las tazas sucias, recogió un par de toallas y quitó las sábanas a la cama, y junto a éstas, metió la ropa sucia del cesto en la lavadora. Por último, recogió todas las camisas y los pantalones de vestir, y buscó con el navegador del móvil la tintorería más cercana.

—¿James? —preguntó, tras la puerta del baño.

—¿William? —la voz de Jem no se escuchaba muy bien debido a que se encontraba bajo el agua, pero estaba claro que le podía oír.

—¿Te estás relajando como te he dicho? —no se escuchó la respuesta de Jem, si es que la dio, a tan extraña pregunta—. ¿Estás pensando en mí?

—Claro que estoy pensando en ti.

—¿En serio? No te estarás… tocando.

—Por supuesto que estoy pensando en ti y por supuesto que me estoy tocando.

Ahí fue cuando Will se quedó sin palabras. No se esperaba aquella respuesta para nada. Se quedó allí plantado y segundos después Jem abrió la puerta.

—Pensaba en ti porque… ¿cómo no vas a pensar en una persona cuando justo en ese momento dicha persona te está hablando? Y me estaba tocando mientras tanto porque… estaba terminando de aclararme el pelo —dicho esto, y como si tratara de añadirle mayor teatralidad a su discurso, Jem se subió la capucha que tenía su albornoz blanco y negro.

Así fue como Will descubrió que también tenía ojitos y orejitas, pero en este caso, de panda.

—Esto… había pensado llevar toda esta ropa a la tintorería mientras te vestías. ¿Te parece bien?

La pregunta era amable, pero como tantas veces en Will, contenía un desafío. Le estaba retando a que si era capaz de superar su antigua timidez y podía vestirse con él delante, en una habitación sin puerta.

—Te lo agradecería en gran medida, lo cierto es que me he visto obligado a elegir entre las dos camisas coloridas porque todas las demás las tengo sucias.

—No hace falta que me lo agradezcas —la sonrisa de Will fue agridulce—. Hasta luego.

Cuando le abrió la puerta por segunda vez aquel día, Jem Carstairs tenía un aspecto renovado que estaba bastante a la altura del galés. La camisa que había elegido Will, al ser colorida le aportaba el aspecto mucho más vivo que aquel día realmente necesitaba. Unos pantalones chinos negros y un bonito par de mocasines completaban el atuendo. El pelo, en lugar de dejárselo lacio como acostumbraba, se lo había moldeado con gel por la parte de delante de forma desordenada.

Era Jem, pero había perdido aquel toque clásico y ahora era mucho más urbano y actual.

Will no pensaba quejarse por el cambio. Por una vez se quedó sin palabras. Le tendió el resguardo de la tintorería en silencio.

Jem sonrió.

—Muchas gracias William, no hacía falta que hicieses todo esto por mí. Y has recogido un poco la casa… que, por cierto, siento mucho que hayas visto el aspecto que tenía. No he podido pasar mucho tiempo aquí todos estos días…

—No tienes de qué disculparte, James. Y, por cierto, me alegra ver que de nuevo eres tú.

Jem tardó en comprenderlo, y cuando lo hizo, mostró una expresión de arrepentimiento.

—También lo siento por eso. He estado tan refunfuñón… ni siquiera te he preguntado por cómo ha ido la graduación de Cecily.

—No pasa nada. Y ya te lo contaré cuando vayamos a comer algo, porque antes de la exposición tienes que comer algo —dijo en un tono que no admitía réplica—. ¿Ya lo llevas todo?

—Un segundo.

Jem salió de su habitación tan pronto como entró, con una americana negra que se puso sobre la marcha.

—¿Salimos?

—¿Hoy no coges tu bastón?

—Báculo —le corrigió Jem mientras abría la puerta.

—¿Ni tu gorrito de gato?

A modo de respuesta, el asiático rodó los ojos.

Cuando estaban ya pisando la calle, Will volvió a insistir:

—Realmente te quedaba muy bien. Lo digo en serio.

—Ya te haré otro día un desfile de modelo con él puesto.

—¿Lo dices en serio? —preguntó Will, picarón.

—Por supuesto que no.

—Jo.

Entraron en un pub vegano que se encontraba a medio camino, y Will pidió un menú completo que después obligó a Jem a comérselo entero. Sólo cuando había acabado con la última miga le permitió levantarse y se marcharon, corriendo porque al final iban a llegar tarde.

El emplazamiento de la sala de exposiciones era una antigua fábrica que daba al Támesis, y que ahora se utilizaba para eventos culturales. Disponía de una sala grande, y bien iluminada, y el evento había tenido la suficiente publicidad como para que al llegar a Jem le costase localizar a Emma y a Julian.

—Mira, aquél es Jules —señaló en cuanto se lo encontró.

Will no se vio sorprendido. El chico en cuestión tenía toda la pinta de ser un artista. Su cabello alborotado, comparable a un nido de pájaros, y sus alegres y holgadas prendas ya lo decían; mucho más sus manos, tan expresivas mientras hablaba con un par de mujeres que parecían realmente interesadas en sus obras.

—Te pillé —dijo Emma, sorprendiéndoles y abrazando a Jem por la espalda. Después, se apartó de él y le dio un buen repaso—. A ver, déjame verte… pero si estás genial. Parece que ver a Will te haya cambiado por completo en comparación a como estabas esta mañana.

Jem, sonrojado y evitando aquel último comentario, dijo:

—Tú, Em, estás preciosa con ese vestido. Pareces completamente la musa que eres.

Un largo vestido vaporoso azul de tirantes finos, profundísimo escote y espalda al aire cubrían, o mejor dicho, descubrían el fino y delicado cuerpo de pajarillo que poseía Emma. Llevaba la melena hecha a un lado en un semirecogido, y unas finas sandalias de tacón. Los primos no tienen por qué parecerse, pero en aquel instante Will hizo la conexión de parentesco entre Emma y Jem. Ambos compartían aquella constitución delicada que les confería un aspecto etéreo.

—¡Pero yo soy más que una musa! Que sea rubia no me convierte en objeto de exposición —por primera vez, dirigió su mirada a Will, y parecía retarle a seguir mirándola.

—De eso estoy completamente seguro —ajeno al desafío, Jem se inclinó sobre ella y le dio un afectuoso beso en la frente.

—¡Ay, pero si ya han llegado Helen y Aline! —exclamó entusiasmada—. Voy a saludarlas. Will —en esta ocasión, le guiñó un ojo y cuando pasó por su lado, empujándole un poco a propósito le susurró—. Buena ésa, la de Emil Pangborn.

Will sonrió, complacido. Al parecer, se había ganado a Emma.

No siguieron a Emma, pero tampoco se movieron tras su marcha.

—¿Helen y Aline, son pareja? —preguntó Will al verlas cogidas estrechamente de la mano, simplemente por hacer conversación. Era algo más que evidente, sobre todo por el modo en el que tenían los rostros inclinados mientras hablaban.

—Sí. Se casarán el año que viene. Helen es la hermana mayor de Julian, por cierto.

—Ah, sí, comparten ese toque de… hada ambos.

—¿Hada? ¿Acaso te ha gustado Helen? ¿Por eso preguntabas si tenía pareja?

—Es bonita, pero no me van las hadas, pues éstas pueden resultar traicioneras. En cambio, prefiero a los gatos nocturnos y solitarios —Dicho este comentario, y sin apenas mirarle, se encaminó a observar el primer cuadro.

Jem tuvo que acudir a saludar a algunos cuantos conocidos (por ejemplo, la familia de Julian, que ya de por sí eran muchísimos), así que estuvo ocupado mientras Will hacía gran parte del recorrido artístico. No obstante, no estaba tranquilo, y no paraba de echarle ojeadas al galés. Justo cuando veía que se acercaba a un cuadro en concreto, le siguió.

Will se detuvo durante un buen rato ante la obra, que representaba en un estilo hiperrealista a un chico y una chica desnudos, cuyos cuerpos estaban unidos, pues compartían por caja torácica un violín. La chica, cuya larga melena ondeaba al viento, miraba con gran compasión al chico, que estaba con los ojos cerrados, apretados con fuerza. Sus lágrimas eran rojas, única nota de color en un cuadro en blanco y negro.

—¿Eres tú, verdad? —preguntó en tono calmado, sin mirarle pero sabiendo que estaba allí, a su lado.

—Fue una mala época —fue la respuesta de Jem.

Will se giró ligeramente, para mirarle también con compasión.

—James…

Pero una voz le impidió seguir hablando.

—¡Herondale! ¿Pero qué haces tú aquí?

El interpelado cerró los ojos e inspiró. Aquello no podía estar pasando. Se giró lentamente, para preguntar:

–¿Qué haces tú aquí, Magnus?

Aquel día ya se habían visto, pero aun así, Magnus se había cambiado de ropa. Había dejado atrás el traje bastante formal que había llevado en la graduación y ahora lucía unas galas mucho más bohemias y vistosas. Más propias de él.

—Tu respuesta primero, príncipe dramático. Yo soy un apasionado de las exposiciones de arte, tú, que yo sepa, no habías pisado una en tu vida.

—Eso no es del todo cierto. Para tu información… —comenzó a decir, pero de nuevo, otra voz le cortó.

Alec se había estado acercando hacia ellos, y al hacerlo, se había dado cuenta de quién se encontraba al lado de Will.

—Will, qué sorpresa verte hoy otra vez —dijo con la sonrisa amable que siempre le dedicaba—. Y hola, Jem. Esta semana no nos hemos visto, ¿todo va bien?

Ante aquello, Will sólo pudo mirar a un lado y a otro, comprobando con sorpresa la situación que estaba descubriendo. Que Jem y Alec se conocían. Y al mirar a Jem, Will vio que estaba igualmente sorprendido.

—¿Os conocéis? —preguntaron ambos a la vez—. Pues verás —de nuevo dijeron, y rieron. Pero Will gesticuló en señal que le dejaba hablar primero.

—Alec y yo vamos a yoga juntos desde que me cambiaron los horarios este año —aclaró—. Aunque tanto a él como a Magnus ya me los habían presentado y los conocía de vista, de algunas exposiciones de Julian. ¿Y vosotros, de qué os conocéis?

—Bane es… mi ex compañero de piso.

Magnus había permanecido callado hasta el momento, observando la situación para tratar de comprenderla. En aquel momento, estalló.

—Vaya, ¿así te refieres a mí, con lo importante que soy para ti?

—¿Importante? ¿Tú? —Will se le encaró de forma chulesca.

—Soy tu mejor amigo, tu único amigo, en realidad —recalcó.

—James es mi amigo —le respondió Will, en autodefensa.

—¿James? —preguntó Magnus, confundido. Después, se le iluminó la bombilla—. ¿Jem es James? Quiero decir… ¿Jem es tu James? Oh, Alec —Magnus le agarró de la mano a su pareja, y se la zarandeó con emoción—. ¡Es James!

Se sonrieron entre ellos, mientras que tanto Will como Jem se sentían violentamente avergonzados.

—Por favor, ¿podéis dejar de comportaros como unos auténticos lunáticos? —Will protestó—. La gente empieza a miraros. Por cierto, ¿por qué estáis aquí?

—El mundo es un pañuelo —dijo Alec—. Aline es amiga íntima mía de la infancia y…

—Fingieron estar saliendo juntos, ¿lo sabías? —le interrumpió Magnus, y miró a Will con una sonrisa—. Menudo par esos dos. Menos mal que allí estaba yo y los saqué del armario…

Alec le propinó un bien merecido codazo.

—Aline es la prometida de Helen, que es…

—La hermana de Julian, sí, eso ya lo sé. Pues vaya, qué historia… en fin, todo un placer haberos vuelto a ver —dijo con una cortesía sobreactuada—. Voy a terminar de disfrutar de la exposición, os dejo.

Se encaminó hacia la sala adjunta, esperando no ser seguido. Al menos no por el par de viejas cotillas de Magnus y Alec. Pero Jem sí que lo hizo.

—¿Entonces, Alec es hermano de Gabriel, el novio de Cecily?

—Así es —respondió Will con cansancio.

—Bueno, pero Alec es majo para ser un Lightworm. ¿Por qué a ti te cae bien, no?

Will sonrió, al ver que Jem ya también se refería a ellos como los Lightworm.

—Sí, claro, si Alec es un cielo de chaval, el problema es Magnus.

—¿De verdad es un problema? Si siempre me estás hablando de él… parece que hayáis pasado por mucho juntos. ¿No crees que lo estás dramatizando un poquitín? A veces siento que eliges aleatoriamente el modo en el que tratarás a la gente. O por medio de un extraño radar —ante la extraña mirada que le dedicó Will, prosiguió con su explicación—. Es como si dijeras: Gabriel Lightworm, enemigo. Charlotte, enemiga. Jem, amigo. Siento como si fruto de una rara alineación de constelaciones yo te hubiese caído bien a la primera.

—No funciona así. Para nada. Tú me caes bien porque… tú eres tú —desde su interior, Will se aplaudió a sí mismo por su pésima descripción, digna de un poeta de trece años—. A ver, que no salga de aquí. Quiero muchísimo a Magnus. Pero no aguanto que se meta en mi vida, que es lo que viene haciendo desde que Te… —se calló.

—Desde tu exnovia, ¿no?

—Sí —Will asintió.

—Se preocupa por ti, eso es algo bueno —antes que le cortara, porque le veía la intención de negar lo que había dicho, añadió—. Bueno, ya he saludado a toda la gente a la que tenía que saludar, si quieres, terminamos de ver la exposición y nos marchamos…

Pero de nuevo, sufrieron una interrupción.

—Jem, creíamos que no te encontraríamos.

Y en aquel momento es cuando a Jem le tocó incomodarse y ponerse rígido. Se giró lentamente, como tiempo atrás hubiera hecho Will.

—John, Cordelia… no sabía que fueseis a venir.

—Claro que sí. Hemos conseguido hacer un hueco para apoyar a Jules—dijo John, mientras Cordelia pasaba a abrazarle.

—Estás más delgado, Jem —observó—. ¿No has estado comiendo? Hace días que no te vemos ni hablamos por teléfono… ¿cómo llevas tu medicación?

Avasallado a preguntas, Jem tosió.

—Tío John, tía Cordelia… os presento a mi amigo William —extendió un brazo con tal de señalarle.

—Oh, William… ya queríamos conocerte —Cordelia extendió una amplia sonrisa, y le alargó la mano para saludarle—. No sabíamos que fueses tan guapo.

—Créame, si hubiese contactado conmigo, ya le habría dicho yo mismo lo guapo que soy —fue la resuelta respuesta que le dio Will, tras estrecharle la mano y besársela de forma encantadora.

Todos rieron, John y Cordelia creyendo que hablaba en broma.

—Bueno, creo que deberíamos irnos —dijo John, dándose cuenta de lo incómodo de la situación. Se notaba que compartía sangre con Jem, pues era mucho más callado y formal—. Tenemos que terminar de ver la exposición.

—Cierto —dijo Cordelia—. Jem, espero que este domingo vengas a comer. William, también espero verte pronto por nuestra casa. Las puertas siempre estarán abiertas para un tan buen amigo de nuestro sobrino.

Tras volver a abrazar a su sobrino, ambos se marcharon.

Will y Jem se miraron y suspiraron.

—Te reto a algo —sugirió Will.

—Te escucho.

—El objetivo es terminar de ver la exposición en sentidos opuestos sin que ningún conocido nos interrumpa. Después, nos encontramos en la puerta principal y nos vamos directos a tu casa. Ahora llamo al taxi, el que llegue más tarde paga la carrera.

—Hecho.

Se dieron un formal apretón de manos y comenzó la apuesta. Will fijó su atención en Alec y en Magnus, que estaban en un extremo de la sala, hablando animadamente con Helen y Aline. El asunto estaba despejado, por lo que pudo contemplar las obras tranquilamente, pero entonces se encontró con el artista, Jules, acompañado por Emma, que traía consigo a Jem. De nuevo hubo presentaciones, pero Jules fue muy simpático y no hizo que la situación se volviese tensa, Will halagó la obra como si de un entendido se tratara, se hicieron a petición de Emma una foto los cuatro juntos, pero pronto la atención de Julian fue requerida en otra parte y Jem y Will se cruzaron y siguieron por sus respectivos caminos. Jem, por su parte, tuvo que esquivar a más conocidos, aunque con los únicos que de verdad tuvo miedo fue con sus tíos, que sin embargo no se le volvieron a acercar. Cuando salió por la puerta principal, se topó con Will.

—Y el taxi llega en tres, dos, uno… —señaló el galés hacia el automóvil que se aproximaba por la calle—. Después de ti, al fin y al cabo, tú invitas.

—¿Te has detenido siquiera a mirar por un segundo el techo?

—¿Cómo? Te lo estás inventando… —Will, en cambio, giró la cabeza para mirar, pero Jem le hizo caminar hacia el taxi. Cuando estaban frente a la puerta del vehículo, se sacó el móvil del bolsillo—. Mira: A Julian siempre le encantaron los murales de techo.

Jem, anticipándose a que Will no se habría dado ni cuenta, se había sacado una foto desde abajo donde salía él mismo (así demostraba que era de aquel día, conocía a Will y sabía que podía escaquearse con la excusa de que no se sabía realmente si se trataba de otra exposición) y un techo decorado de forma sobrecogedora: parecía que mil criaturas estuviesen escapando por una abertura del tejado.

—Eso es trampa.

—Te equivocas. Tú mismo propusiste la apuesta y las reglas —abrió la puerta—. Después de ti. Al fin y al cabo, tú pagas.


—Bueno, llegados a este punto… creo que tengo que hacerte una pregunta —dijo Jem, y se le escapó una sonrisa entre sus palabras.

Habían cenado comida hindú y ahora compartían una botella de vino sentados en el sofá, acompañados por suave música de fondo. Will había convencido a Jem de que mientras siguieran bajo su techo no era peligroso la ingesta de alcohol juntos. Se equivocaba.

—¿Pregunta picante? —auguró Will—. Ten cuidado con lo que preguntas, quizás sea algo que no quieras saber…

—Quiero saber —Jem depositó la copa sobre la mesilla de café y aproximó su cuerpo al del galés—, si entre tú y Magnus hubo algo.

—¿En serio? Bah, ¿cómo puedes preguntar eso? ¿Magnus y yo? Iuk —hizo ademán de meterse los dedos en la boca y vomitar.

—¿Ni un desliz en una noche de borrachera? ¿Ni un beso siquiera?

Will dudó. Jem se anotó un tanto.

—Algo hubo… estoy seguro.

—A ver, a ver. No te imagines cosas raras—se apresuró a aclarar—. Sí que nos besamos…

—¡Lo sabía!

—Pero sólo una noche. Y fue de las experiencias más raras de mi vida.

—¿Hubo toqueteo?

—Ehm…

—¡Lo hubo!

—No… a ver, no lo recuerdo bien. Estábamos borrachos, estábamos en una fiesta en nuestro piso… Magnus aún no estaba con Alec y a mí, aunque parezca difícil de creer, me había rechazado una chica…

—Simples excusas. Cuéntame cómo fue —Jem sonreía de oreja a oreja. Estaba ansioso por conocer toda aquella truculenta historia.

—Creo que Magnus lo había pensado hacía tiempo. Lo digo porque yo estaba pasado de copas, pero estaba haciendo que estaba más borracho de lo que en realidad estaba. La chica se acababa de ir de mi habitación cuando Magnus entró. Me preguntó qué había pasado, traté de explicarle y… puf, sólo recuerdo que de pronto lo tenía encima y me estaba comiendo los morros. Y que momentos después, yo estaba sin camiseta y sus manos estaban por todas partes.

—¿Le seguiste el juego?

—Durante un poco sí. Créeme, Magnus sabe besar pero que muy bien, puede hipnotizar a cualquiera. Pero… no. Aquello no era lo mío.

—¿Estar con un tío? —inquirió Jem.

—Estar con Magnus —puntualizó Will—. No es mi tipo.

—¿Y cuál es tu tipo?

—Oh, ya sabes. Alguien que me edifique un pedestal para adorarme como su único dios y todo eso —dijo, esquivando la pregunta—. ¿Por qué querías saber lo de Magnus? ¿Te ha parecido que hubiese química entre los dos o algo así?

—No, ha sido más el hecho de que siempre te refirieras a él como tu ex compañero de piso, y no como a un simple amigo tuyo. Era como si… ocultases algo.

—Bueno pues, aparte de eso, no hay nada más.

—No sé si creerte. Al fin y al cabo, ya me has mentido antes.

—¿Cómo? —preguntó Will, sin comprender a qué se refería.

—Me dijiste que nunca antes te habías besado con un chico. ¿Fue una treta para que te dijera que besas bien?

Will lo recordó. El baño del Starbucks. Y el beso entre ambos. Oh, ahora que había conseguido no pensar en el tema mientras estaba en presencia de Jem. Hasta aquel momento, claro está.

—Ehh… yo… James, no me tortures a estas horas, por favor. Realmente no recordaba que Magnus me hubiese besado. Muchas gracias —dijo, sin deseárselas en absoluto—, por recordarme aquello que mi mente había tratado de olvidar.

—De nada —respondió Jem con una sonrisa divertida en los labios.

—Me disculparás pero… —Will se levantó—, tengo que ir al baño.

—Oh, claro. Adelante.

Cuando entró, supo que faltaba algo en aquel espacio. Fue cuando se lavó las manos que detectó el qué. ¡Jem no tenía espejo! En cuanto volvió a la sala de estar, se lo hizo ver:

—En serio, James, ¿cómo puedes vivir sin espejo en el baño? Sinceramente, yo me vería incapaz de… —Will se calló de golpe, al darse cuenta de que Jem se había dormido.

Ya lo había visto dormido antes, pero aquello no le quitaba su encanto. Jem parecía encontrarse en la más absoluta paz, aquella que había necesitado durante toda la semana. Will se preguntó qué hacer. Acabó decidiéndose por despertar a Jem para hacerle ir a la cama y que así pudiera disfrutar de un verdadero y cómodo descanso.

Pero Jem no despertaba, parecía haber cogido el sueño con ganas. Así que optó por llevarlo él mismo. Lo hizo con sumo cuidado, con tal que, ya que no se había despertado antes, no lo hiciera en medio de aquella situación tan extraña. Jem ya parecía frágil de por sí, pero lo sintió aún más cuando lo tuvo entre sus brazos.

Ya había abierto la cama, así que lo depositó con cuidado, le quitó los zapatos y lo tapó. Viendo dormir tan profundamente a Jem, a él mismo también le entró el sueño. Pero estaba lejos de casa. Y no disponía de su vehículo. Además de que iba algo alcoholizado. Y cada vez estaba más cansado. Y aquella cama le tentaba más y más. Al fin y al cabo ya habían dormido juntos antes. El mundo no se acabaría si él también se metía bajo las sábanas. Estaba pensando en eso y de golpe no sólo lo pensaba, sino que lo había hecho. Y tenía los ojos cerrados. Y, junto a Jem, con sus brazos rozándose, se durmió.


No me lo puedo creer. Otro monstruo de capítulo. En apenas una semana. No miento: si he podido escribir tanto y con tanta velocidad ha sido gracias a los maravillosos reviews de FromTheFuture y Megustaelheladodechocolatesii. Gracias, mil gracias chicas, por hacerme soñar con Jem y Will.

¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Os gustaría que el próximo tratara del despertar de la mañana siguiente? ¿Quién os gustaría más que se despertara antes: Jem o Will? Ésa es mi gran duda. Me puedo imaginar las historias por cada lado, pero tengo que decidirme por una. Ayudadme.

Mizpah