A solo una hora de la media noche, la pelinegra caminaba por los pasillos de la gran mansión mirando hacia todos lados, aquellos que solo usaban los soldados, dado que allí estaban los cuartos de entrenamiento y demás tipos en los que los guardias se capacitaban. ¿Porque? Sencillo, escapaba de las criadas.

Pero no podían culparla, ¡querían maquillarla! ¡a ella! Claramente no podían esperar que se quedara por la paz.

Por lo que ahora se encontraba vestida con un, tenía que admitirlo, precioso vestido color azul, el azul de la noche sin estrellas, con escote de corazón. Tenía encajes negros que formaban un pequeño top con cuello de ballena, ajustado en sus brazos, y le mantenía pegado al vestido a través de su borde inferior, el cual consistía de un elástico que además de estar adherido a la tela azul, le entallaba la cintura. Era tan largo que casi rozaba el piso, pero tenía cortes a ambos lados, desde la mitad de sus muslos, dándole un toque sensual a su apariencia y dejándole una cómoda movilidad.

Caminó de puntillas pegada a la pared, agradeciendo internamente el llevar sandalias, pero se enderezó al escuchar un sonido bien conocido y leves sollozos.

Corrió con velocidad por el pasillo hasta entrar a la habitación de castigo.

Abrió de golpe la puerta, encontrándose con una escena que la horrorizó tanto como la enfadó.

-¡Tier!- su grito congeló en su lugar a la despiadada mujer, que quedó con el látigo alzado, goteando sangre. Entró en la habitación y corrió hasta arrodillarse junto a la pobre víctima de la monstruosa rubia. Un niño, tendido en el piso, boca abajo y sin camisa, con horribles y sangrantes heridas en toda su espalda. Posó con delicadeza su mano sobre las heridas, quemándose al instante.

Fulminó a la rubia con una mirada tan intensa, que ésta se vio obligada a agachar su mirada.

-Agua bendita- masculló con rabia -¡Dime que mierda es esto!- exigió poniéndose en pie, su mano derecha manchada con la sangre del niño, el cual gemía dolorosamente, desmayado.

-Princesa, este soldado ha desafiado mi autoridad en su entrenamiento, tiene merecido su castigo, así que si me permite, aún no he concluido- vio como la mano apretaba el látigo con más firmeza, cosa que enervó su sangre.

-Baja eso ahora mismo si no quieres que sea yo quien te azote a ti- amenazó con llamas ardiendo fieramente en sus orbes negras, intimidando a la rubia, que bajó la mano con lentitud -Creí haber dicho expresamente la última vez que no contemplaría que algo como esto se volviera a repetir- le dijo con voz amenazante, pero baja.

-Eso fue hace ocho años princesa, claramente no entendía la magnitud de la situación en aquel entonces, por lo cual, tomé como inválida su objeción- le dijo con todo el descaro la mujer, mirándola como quien mira a una cucaracha.

Ella aún recordaba claramente como fue que la horrible Harribel había torturado a Renji cuando ambos tenían once años (el pelirrojo próximo a sus doce), de tan sádica manera, que incluso le había arrancado una oreja al chico. Y también recordaba como le dejo terminantemente prohibido volver a cometer una atrocidad similar. Y ahí estaba esa mujer, diciéndole que había "invalidado" su imposición. A saber a cuantos más les impartió tortura. El solo pensar en lo que ese niño habría sufrido de ella no haber estado allí la hizo temblar de rabia.

-La insubordinación, debe ser corregida- dijo con lentitud la mujer.

-¿Y como debería tomarme yo el que te hayas dado la deliberada importancia y suficiencia de dar como "inválida" mi expresa, seria y directa orden?- le preguntó alzando la cabeza hacia esa mujer más alta, mirándola tal y como su madre siempre había echo con ella, con superioridad y aires de grandeza, encogiendo a quien estaba frente a ella. La rubia bajó la cabeza, rechinando los dientes al verse obligada a hacerlo ante una maldita mocosa -¿Cuantos años tiene el niño?- preguntó con voz oscura.

-Siete años, princesa- murmuró en voz baja.

-¿Que fue lo que hizo?- volvió a preguntar.

-Se negó a continuar con el entrenamiento de combate mano a mano, contra Hirako- contestó.

-¡Es un bebé, maldita desquiciada!-

-Princesa retírese para que pueda terminar con el castigo- exigió la rubia alzando la voz, envalentonándose a levantar la cabeza.

-Solo atrévete a ponerle un dedo encima- le dijo venenosamente, haciendo que la rubia diera rápidos pasos, abalanzándose a ella.

Una sonora bofetada retumbó por las paredes.

Karin la había golpeado con desmedida fuerza, arrojándola contra una pared a 10 metros de distancia. La mano de Karin estaba plasmada en sangre sobre la mejilla de Harribel, la cual, por más que lo intentó, no fue capaz de evitar el golpe con sus brazos. Pocos habían sido testigos, pero todos sabían que no había nadie, absolutamente nadie, más fuerte que la princesa Kurosaki Karin enfadada, enfadada de verdad.

-No quiero que esta situación vuelva a repetirse jamás- dijo fríamente, sin importarle el que la rubia se encontrara casi inconsciente del golpe, mucho peor que cualquier tortura -Y como decidas, por segunda vez, pasar por alto mis palabras, yo misma impartiré la peor de las torturas sobre ti. Te haré todas y cada una de las barbaridades que les has echo nuestros soldados, y lo multiplicaré por seis-

La pelinegra regresó con el pequeño, viendo los terribles tajos en toda su espalda. El agua bendita mantendría sus heridas abiertas y doloridas durante varios días antes de poder curarse.

Pasó despacio una de sus manos por debajo del pequeño, sintiendo su pecho jadeante, y con mucha suavidad comenzó a levantarlo, escuchando los alaridos de dolor que este soltaba, aún sin despertar, y se lo echó cuidadosamente encima, ambos aún en el suelo, cuidando que su espalda se mantuviera al descubierto. Se sacó la suave capa negra que traía y lo cubrió con ella.

Llevó al pequeño con raiki en dirección a la fuente del patio en la que había estado la noche anterior. Por muy vieja que fuera, el agua en ella era limpia y cristalina.

Se agachó hasta que el niño quedó sentado en el borde de la fuente, aún apoyado contra ella, y le sacó la capa, sintiendo como esta se había pegado levemente sus heridas, escuchando sus quejidos angustiosos.

Con mucho mimo, comenzó a enjuagar su espalda, cuidando de no rozar demasiado los profundos cortes.

Millones de lágrimas se le amontonaron en los ojos, pero las retuvo. Recordar a esos niños jugando tan alegres hacía solo unos días, y encontrarse con esto en esos momentos, la hizo sentir como si su corazón se retorciera.

Como desearía que los pequeños vampiros, sean purasangre o inferiores, tuvieran la infancia feliz que todo niño merecía, llena de risas, alegría y cariño.

Era justamente por cosas como esas, por lo que pensaba que no había criatura más infeliz que un vampiro.

Terminó de enjuagar la sangre y miró fijamente la pequeña pero fornida espalda, sintiendo en carne propia esos azotes que el pequeño había recibido, y luego observó lo que podía ver de su rostro, esa carita con un pequeño hematoma violeta del tamaño de la yema de un pulgar y una expresión de puro sufrimiento, lágrimas en las comisuras de sus ojos.

Sin pensarlo dos veces, posó su mano en medio de su espalda, escuchando un leve gritito, y sintiendo escocer su propia mano, comenzó a curarlo, al tiempo que su mirada se perdía en los rastros de sangre, que comenzaban a disolverse en el agua. Puede que luego se encontrara agotada, pero al menos la pobre criatura podría descansar como se merecía. Desde su mano, pequeñas ondas de luz blanca se extendían sobre las heridas, como cuando metes el dedo en el agua imperturbable, cerrándolas con lentitud, mucha lentitud debido al efecto del agua bendita.

Se quedó sin energías antes de lograr curarlo completamente, pero el dolor ahora debería ser mínimo al movimiento.

Con su cabeza dándole punzadas, volvió a cubrir al pequeño con su capa, y se lo cargó encima.

Saltó con suavidad hasta el tejado sobre la galería y comenzó a caminar con firmeza pero lento, pues era seguro que el niño aún estaba muy dolorido, hasta que entró a su cuarto a través de la ventana.

Abrió la cama y recostó al pequeño con suavidad sobre su espalda, viéndolo hacer una pequeña mueca antes de relajarse. Lo cubrió con las sábanas y se sentó en la cama junto a él, frente a la ventana, tomando su pequeña mano.

Sus ojos se cerraban levemente, no era una chupa-sangre loca, de echo, prefería no beber más que una buena copa cada tres días para mantenerse fuerte, pues jamás, desde que conoció a los humanos y comenzó a admirarlos, le agradó saber que ella comía de sus muertes. Pero en esa ocasión, solo por un momento, deseó tener otra copa de esa deliciosa sangre.

Se levantó de golpe al escuchar como la ventana se abría, quedándose sin aliento al ver como un peliblanco estaba de cuclillas sobre el marco de esta.

-¡Cálmate, no haré nada!- indicó él alzando las manos frente a ella, sin embargo, no flaqueó su pose. Se veía calmado.

-¿Que demonios vienes a hacer aquí?- le preguntó entre confundida y recelosa. La expresión de él se enserió, y bajó sus manos. Se hizo el silencio. Por un momento pareció que estar buscando algo, pues su vista iba de un lado a otro rápidamente. Pasaron dos largos minutos antes de que él volviera a fijar sus esmeraldas en sus orbes negras.

-¿Como está el niño?- preguntó finalmente él, haciendo que a ella casi se le cayera la mandíbula al suelo, ¿era enserio? Tanta escusa había (al parecer) buscado, ¿y le salía con eso?.

-¿Y a ti porque iría a importarte su estado?- alzó una ceja.

-No lo se- le respondió con sinceridad, luego de un tiempo de haberlo sopesado, dándose cuenta de que no tenía mucho sentido su explicación, sin embargo, en cuanto sus ojos divisaron al pequeño, pareció algo consternado -Pero sus heridas eran terribles- la pelinegra relajó su pose, viendo sincera preocupación en la mirada esmeralda -Un niño es un niño... vampiro o lobo- murmuró, más para si mismo que para ella.

La pelinegra estaba segura de que, en cualquier otra situación, o de ser cualquier otro lobo, más bien, habría librado una gran batalla. Pero con él... Toshiro... por alguna razón, no sentía la necesidad de protegerse... él no le haría ningún daño... había algo en su interior que se lo decía.

-Es solo un bebé- habló la pelinegra en voz baja, volteando la cabeza, observando la, irónicamente, angelical cara de la criatura, con el pómulo levemente dañado, pero luego lo observó a él con cautela -¿Que hacías espiando la mansión?- le preguntó alzando levemente la voz.

-No volviste- le dijo con reclamo en su voz. Abrió su boca, indignada.

-¿Y que esperabas? Actuaste como un estúpido- le reprochó frunciendo el ceño.

-De igual modo- murmuró él, inflando levemente sus mejillas al tiempo que se cruzaba de brazos, haciendo que ella se cayera de espaldas.

¿En verdad? Este tipo era terrible.

Masajeó sus sienes, algo irritada, al tiempo que lo maldecía internamente. Ni un "perdón" ni nada, no, él solo le reclamaba.

¡Si tanto la extrañaba, haberla ido a buscar!

¿No es eso lo que acaba de hacer, idiota?

-Trece vampiros penetraron en la zona, estamos vigilando el perímetro- dijo él, endureciendo su mirada.

Nop, parece que solo fue a por respuestas.

Bufó internamente. Su condena... ejem... es decir, su "prometido" no tardaría en llegar.

-¿Y que haces aquí, entonces?- preguntó ella, instándolo a continuar, intentando ocultar, sin conseguirlo, su irritación.

-Yo... - el comenzó a pensarlo.

-¿Si... ?- presionó.

-¡Agh! Quería verte, ¿si? No fuiste los últimos días y quise volver a verte, así que vine y ya, ¿ok? ¿eso era lo que querías oír?- dijo él nerviosamente, revolviendo con fuerza su cabello, y Karin podría jurar que se encontraba levemente ruborizado.

Se hizo el silencio en la habitación. La pelinegra estaba un poco perdida, ¿entró porque quería estar... con ella?

-Y... ¿porque vienen esos chupa... ejem... visitante?- preguntó él, aclarándose la garganta. Quería romper ese realmente incómodo silencio.

-Mi prometido viene con ellos, para que nos conozcamos- contestó ella con amargura, dejándose caer en su cama, al tiempo que tomaba la mano del niño, sin mirarlo a los ojos. Un extraño sentimiento se instaló en su pecho en el momento en que esas últimas palabras salieron de sus labios. Sentía como si, de algún modo, lo estuviera traicionando.

-¡¿Como que prometido?!- él alzó la voz, al tiempo que entraba en la habitación, con los puños fuertemente apretados. Ella lo observó sorprendida.

-Si, prometido, ¿acaso no me oíste?- le preguntó, arqueando una ceja. Él la tomó por el brazo y la jaló con brusquedad, haciéndola poner en pie de un solo golpe. Pero había usado tanta fuera, que acabó chocando contra su duro cuerpo. Inevitablemente recordó la razón por la que no había regresando a verlo, su exagerada y ridícula reacción ante un novio que no existía. Pero en esete caso era un prometido, y fue ella misma quien lo había anunciado. Diablos.

-Iré a matarlo ahora mismo- ¡¿que?! ¡¿él solo contra trece vampiros?! ¡¿QUE TAN INSENSATOS PODÍAN SER LOS HOMBRES?!

Iba a separarse para gritarle cuatro cosas y luego hacerlo entrar en razón, pero se encontró con que él ya estaba en el marco de su ventana dispuesto a saltar y cumplir con su palabra. O a cavar su propia tumba. Si, la verdad era que lo segundo era definitivamente lo más acertado

-¡De ninguna manera! ¡¿es que acaso eres suicida?!- le preguntó incrédula, tomándolo del brazo y devolviéndolo dentro de la habitación. ¿Como es que alguien podía tener tan poco sentido común?

-¿Estás insinuando que... ?- bramó enojado pero ella lo interrumpió.

-¿Que, que no durarías ni cinco putos segundos en contra de TRECE vampiros súper entrenados? No lo insinúo, ¡estoy a punto de grabarlo a fuego en esa enorme cabeza hueca de huevo frito que tienes! ¡¿QUE TAN CHIFLADO ESTÁS?!- estaba totalmente histérica al tiempo que le reñía su gran idiotez con gestos de sus manos, dando vueltas a su alrededor.

-Me enfrentaría a veinte vampiros de ser necesario, tú eres solo mía- declaró él rodeando su cintura y la mitad de su espalda con sus musculosos brazos (sin atar los de ella), dejándola totalmente inmovilizada, e irremediablemente pegada a él. Ni siquiera el aire cabía entre ambos.

-No hagas nada... podrían lastimarte- pidió ella en voz baja, incapaz de negar su afirmación anterior. ¡Diablos! ¿como negarlo cuando sentía y quería que así fuera?

-Prometido... - murmuró venenosamente el peliblanco. La pelinegra pudo ver como una terrible tormenta se desataba en sus penetrantes ojos esmeralda, provocándole una sensación extraña en su bajo vientre, provocando que soltara un jadeo de sus labios entreabiertos. Esto logró que la completa atención del peliblanco se centrara en ella, observándola de una manera que le hizo sentir que como si tocara un cable pelado. La mano de él le acarició levemente la cintura por sobre la tela, y ella solo dejó que sus ojos se cerraran... todo aquello era demasiado intenso.

Lo sintió murmurar cosas inteligibles, aún para su súper-desarrollado oído, al tiempo que bajaba su cabeza hasta su cuello, comenzando a olisquearlo de arriba a abajo con lentitud, haciéndola estremecer. Su agarre se apretó a su alrededor, tanto que de ser solo una simple humana, probablemente le habría roto la columna. Aún así, ella no sentía dolor.

-Tienes la piel tan fría- su aliento ardiente sobre su hombro y sus labios rozándola levemente provocaron que le temblasen las piernas.

-Es t-tu piel... e-es muy c... caliente- susurró ella con la voz entre cortada, jadeando con sorpresa al sentir como él raspaba su blanca piel con sus dientes, para luego deslizar su lengua húmeda desde su hombro hasta detrás de su oreja.

-Si... pero es por ti que estoy así- mordió su pabellón, haciéndola soltar un pequeño gritito ahogado. Llevó sus pequeñas manos a su trabajado pecho, aferrándose a la camiseta ajustada que él traía -Esto es malo, Karin- escuchar su nombre provocó que sus rodillas flaquearan, y habría caído de no ser porque el firme agarre que él mantenía a su alrededor -Es muy malo... - le susurró al tiempo que comenzaba a dejar pequeños besos junto a su oreja, en sus mejillas, y pasaba a su párpado, cruzando por su nariz para llegar al otro.

-¿Que es tan malo?- preguntó débilmente, y aún así se sintió agradecida por no jadear. Él, sin embargo, continuó con su trazo imaginario de besos, hasta llegas a la comisura de sus labios, dejando un largo rato allí posados sus labios.

-Que quiero tenerte... y por lo que huelo... tu también quieres- gruñó él antes de atacar sus labios. Los movía con desesperación sobre los suyos, tanta que casi la obligaba a responderle. Sintió como la lengua del peliblanco invadía su boca, comenzando a pelear contra la suya.

Sin poder evitarlo, las garras de Karin crecieron, rasgando su ropa y clavándose sobre la piel ardiente de él, haciéndole notar cuan duros eran sus pectorales. Lo escuchó gruñir, y por un momento temió haberlo enojado, entonces sintió como él bajaba la mano que apretaba su cintura y le estrujaba el trasero, alzándola levemente. Pasó su brazo derecho de su pecho por su hombro, arañando su omóplato. Sus labios se movían desesperados y salvajes, sus pulmones ardían por oxígeno, el cuerpo de él parecía estar a punto de prenderse fuego, y el de ella temblaba, ansioso de sentir más de ese lobo.

Se separaron solo cuando se sintieron mareados por la falta de aire, y aún así a regañadientes. Ella bajó hasta el cuello de él, besándolo también. Sintió como él se tensaba y de inmediato supo porque, incluso quiso separarse, sintiéndose algo ofendida, pero su voz la detuvo...

-Muérdeme- las palabras que él le susurró al oído no eran una petición sino una orden -Bebe hasta saciarte- lamió el interior de su oreja, encendiéndola.

Sus colmillos salieron ansiosos antes de morder el lado izquierdo de su cuello, mientras que su mano derecha se encontraba al otro lado. Su sangre era aún más caliente que su piel, podía sentir como cada gota que bebía le quemaba la garganta. Era dulce, más dulce que cualquier otra que halla probado, y le encantó. Y a él también, porque su otra mano también fue a parar en su trasero, subiéndola a su cintura.

-Estás tan endemoniadamente sexy con ese puto vestido que apenas puedo controlarme de arrancártelo ahora mismo- le dijo con voz ronca, haciéndola temblar, al tiempo que deslizaba una de sus manos por la hendidura del vestido, acariciando sus tersos muslos. La sentía succionar con fuerza, totalmente desesperada, y hasta podría decir fascinada, al tiempo que el embriagante aroma de su excitación lo embargaba -Se que te dije que lo hicieras, pero acabarás por dejarme seco- le dijo serio, pero con un toque de diversión. Karin tuvo que hacer grandes esfuerzos por parar, sin poder evitar lamer la herida un par de veces.

-Sabes increíble- echó la cabeza hacia atrás, con el cuerpo totalmente relajado. De no haber sido porque él la sostenía ahora tanto por la espalda como por uno de sus muslos, se habría caído hacia atrás sin remedio.

-Puedo verlo- murmuró él, relamiéndole los labios al ver las muecas orgásmicas de ella, y el pequeño hilillo de saliva que le escapaba por una de las comisuras de su roja boca, antes de acercarla hacia él y darle un intenso lametazo, con lascivia, saboreando concienzudamente su saliva -Quiero follarte- gruñó, mordiendo su escote por sobre la tela.

Ella iba a contestarle, a decirle que lo hiciera, que se la metiera por todos los agujeros de su cuerpo y que le hiciera cuantos más quiera para satisfacerse, pero entonces escucharon un pequeño quejido, tan suave y tierno que era claro que no pertenecía a ninguno de los dos.

Abrieron ampliamente los ojos, recordando que no estaban solos en la habitación, sino muy por el contrario, y para empeorar, era solo un pequeño niño, inocente (en la medida de lo posible luego de saber como es que era torturado) de las cosas que ellos estaban a punto de hacer. Y como cereza del pastel, ¡se estaba despertando!.

Se separaron de golpe.

-Mierda, ¿es que no podías durar así otra media hora?- masculló el peliblanco con fastidio. Karin iba a reprimirle, sin embargo, tanto ella como Toshiro soltaron una exclamación, alertados. Otras varias presencias estaban en la mansión.

-Llegaron- susurró la pelinegra sin darse cuenta, haciendo que el cuerpo de Toshiro comenzara a temblar de rabia.

-Karin... -

-No- dijo firmemente -No harás nada, y ya debes irte... antes de que el niño despierte, y antes de que alguien venga. Me escapé de las criadas, me están buscando y ahora que ellos están aquí no tardaran en venir a mi cuarto- indicó empujándolo hacia la ventana.

-¿Me estás echando?- le preguntó él alzando la voz, queriendo intimidarla, sin éxito.

-¡Si!- admitió ella con firmeza, haciéndolo subir al marco de la ventana.

-Bien- él se volteó y la jaló por la cintura, dándole un beso brutal, salvaje, forzando la entrada de su lengua y metiéndosela hasta la garganta, escuchándola gemir con fuerza, al tiempo que le abrazaba el cuello. Se separó mordiéndole con fuerza, casi y reventándole el labio, y la observó relamerse la sangre al tiempo que su herida sanaba, con demasiada lentitud... sensual. Eso lo calentó y maldijo por lo bajo al no poder saciarse de ella -Que sepas que me la cobraré. Mañana. A las ocho- le dijo, claramente advirtiéndole que si no llegaba él iría a buscarla, antes de saltar hacia el suelo y salir corriendo a una velocidad increíble, desapareciendo de su vista en solo segundos.

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Jajaja, estoy contenta, contenta, contenta! 10 en matemáticas, 10 en tecnología y 10 en lengua!

Así que bueno, por muy resentida que esté con ustedes por mis pocos reviews, quise publicar.

Respondiendo un comentario que llamó muchísimo mi atención y que en verdad quiero aclarar ya de pasada para todas/os (insisto, ¿algún chico por aquí?): Karin y Kaien no llevaban una relación incestuosa, solo sentimientos incestuosos. Pues después del beso ocurrió el ataque de los renegados donde Isshin y Kaien murieron. Solo quise escribir eso para remarcar un poco esos trágicos pasados y complejos que siempre tienen los vampiros, ya saben, eso de que siempre acaban enamorándose de familia u odiándolos profundamente (en este caso, ambas cosas ocurrieron). No saben lo mucho que me costó escribir aquello porque sinceramente soy muy rígida en cuanto a términos de amorío religiosamente prohibidos. Ya saben, incesto, adulterio, homosexualidad, etc. Bueno, simplemente no va con mis ideales.

Son mis opiniones, no me burlo ni busco ofenderlas de ningún modo.

Tampoco estoy ofendida, solo quería dejar muy en claro que escribir eso no me agradó mucho y posiblemente no se vuelva a repetir.

Sin más que decir mis malvadas-anti-reviews lectoras...

Saludos!