hooolaa ke les sta pareciendo la historia? espero ke les ste gustando jeje
recuerden de ke nada me pertenece
Capítulo 7
Bella sirvió unas empanadas de manzana a la pareja que estaba sentada junto a la ventana y limpió la mesa de al lado. Había tres mujeres ojeando las estanterías y pensó que pronto se verían tentadas por la zona del café. Se quedó un momento mirando por la ventana con las manos llenas de tazas. Se acercaba el trasbordador seguido de gaviotas que revoloteaban en círculos y se zambullían en el agua. Las boyas se mecían en el mar que ese día estaba tranquilo y de color muy verde. Un balandro, con las velas henchidas, cortaba suavemente la superficie del agua.
Ella también había navegado en otra vida y en otro mar. Era uno de los pocos placeres que recordaba de esa época. La sensación de volar sobre el agua y de elevarse con las olas. Era curioso que el mar la hubiera atraído siempre. Le había cambiado la vida y se había adueñado de ella.
Aquel nuevo mar le había concedido otra vida. Ese pensamiento le hizo sonreír, se volvió y se chocó con Edward. Trastabilló a pesar de que él la agarró del brazo.
—Lo siento. ¿Te he manchado? Qué torpe soy. Estaba mirando...
—No ha pasado nada —pasó los dedos por las asas de unas tazas y se las quitó con mucho cuidado para no volver a tocarla—. Estaba en tu camino. Un barco muy bonito.
—Sí —se apartó y volvió precipitadamente detrás de la barra. Detestaba que se le acercaran por la espalda—. Pero no me pagan por mirar los barcos. ¿Vas a tomar algo?
—Respira, Bella.
—¿Cómo?
—Que respires —dijo amablemente Edward mientras dejaba las tazas en la barra—. Tranquilízate.
—Estoy bien —notó cierta crispación en su tono. Las tazas chocaron entre sí cuando las retiró—. No esperaba que hubiera nadie detrás de mí.
Él hizo una mueca.
—Eso está mejor. Me llevaré una empanada y un café grande. ¿Has terminado de plantar las flores?
—Casi.
No quería hablar con él, de modo que se entretuvo haciendo el café. No quería que el policía de la isla charlara amigablemente con ella y la observara con esos ojos verdes y penetrantes.
—Quizá esto te sirva de algo cuando hayas terminando y tengas que cuidar las flores.
Dejó una bolsa encima de la barra.
—¿Qué es?
—Una herramienta de jardinería.
Contó el dinero y lo dejó también en la barra. Ella se limpió las manos en el delantal y frunció el ceño, pero la curiosidad le impulsó a abrir la bolsa. Sonrió al ver el ridículo sombrero de paja adornado con absurdas flores artificiales.
—Es la cosa más tonta que he visto en mi vida.
—Los había aún peores —aseguró él—. Pero así evitarás que el sol te queme la nariz.
—Es un detalle de tu parte, pero no deberías...
—Por aquí se llama buena vecindad —justo entonces sonó el busca que llevaba en el cinturón—. El deber me llama.
Cuando Edward estaba bajando las escaleras, Bella sacó el sombrero y corrió a la cocina para probárselo y mirarse en el reflejo de la campana extractora.
.
.
Alice Cullen se sirvió otra taza de café y dio un sorbo mientras miraba por la ventana de la comisaría. Había sido una mañana tranquila, como a ella le gustaban. Sin embargo, había algo en el ambiente. Hacía todo lo posible por pasarlo por alto, pero había algo. Le resultaba más fácil decirse que debía ser el exceso de estímulos recibidos la semana que había pasado en Boston.
No era que no lo hubiera pasado bien. Todo lo contrario. Los seminarios y talleres sobre cumplimiento de la ley le habían interesado y le habían abierto nuevas perspectivas. Le gustaba el trabajo de policía, la rutina y el cuidado por los detalles que suponía, pero el caos y el bullicio de la ciudad la agotaban aunque fuera durante tan poco tiempo.
Edward habría dicho que lo que pasaba era que no le gustaba mucho la gente... y ella hubiera sido la última en discutírselo. Lo vio bajar por la calle. Calculó que tardaría unos diez minutos en llegar a la mitad de la manzana. La gente lo paraba y él siempre tenía algo que decirles.
Pensó que era algo más que eso, a la gente le gustaba estar cerca de su hermano. Tenía una especie de... no le gustaba la palabra «aura», era demasiado típica de Rosalie. Decidió que era mejor «aire». Edward tenía un aire que hacía que la gente a su alrededor se sintiera mejor. Todo el mundo sabía que si le contaban sus problemas, él les daría una respuesta o se preocuparía por encontrarla.
Alice pensó que Edward era una persona sociable, afable, paciente y eminentemente justo. Nadie diría lo mismo de ella.
Quizá por eso formaran un equipo tan bueno.
Como ya estaba a punto de llegar, Alice abrió la puerta al aire del verano y a los sonidos de la calle. Como a él le gustaba. Había hecho un puchero de café y estaba sirviéndole una taza cuando por fin entró.
—Frank y Ripley Purdue han tenido una niña de tres kilos y setecientos gramos a las nueve de la mañana. La van a llamar Belinda. Robbie, el más pequeño, se cayó de un árbol y se rompió un brazo. El sobrino de Missy Hachin que vive en Bangor se ha comprado un Chevrolet último modelo.
Edward cogió el café mientras hablaba, se sentó, puso los pies en la mesa y sonrió. El ventilador del techo volvía a chirriar. Tendría que ocuparse de eso.
—¿Qué me cuentas tú?
—Un exceso de velocidad en la carretera del norte —le dijo Alice—. No sé dónde creen que van con tanta prisa. Les he explicado que los acantilados, el faro y todo lo demás llevan siglos en el mismo sitio y que no parece probable que vayan a desaparecer de la noche a la mañana —sacó un fax del bolsillo—. Ha llegado esto para ti. Isabella Swan. Es la cocinera nueva de Rosalie, ¿no?
—Mmm.
Ojeó el informe del departamento de vehículos a motor. No había infracciones de tráfico. Tenía permiso de conducir de Ohio que debería renovar dentro de dos años. El coche estaba registrado a su nombre. Tenía razón sobre la matrícula nueva. La tenía desde hacía menos de una semana. Antes llevaba matrícula de Tejas. Interesante.
Alice se sentó en una esquina del escritorio que compartían y bebió el café que él había dejado.
—¿Por qué la has investigado?
—Es una mujer interesante.
—¿Que tan interesante?
Edward iba a contestar, pero sacudió la cabeza.
—¿Por qué no te pasas por el café a la hora del almuerzo y lo compruebas tú misma? Me interesa conocer tu impresión.
—Quizá lo haga —Alice miró con el ceño fruncido hacia la puerta abierta—. Me parece que se acerca una tormenta.
—No hay ni una nube, querida.
—Se acerca algo —musitó, en parte para sí misma, antes de coger su gorra de béisbol—. Daré una vuelta, quizá pase por el café para echar una ojeada a la recién llegada.
—No tengas prisa. Yo me ocuparé por la tarde de la patrulla en la playa.
—Te lo agradezco.
Alice se puso las gafas de sol y salió. Le gustaba el pueblo y el orden que reinaba allí. Para Alice, todo tenía un sitio que debía mantenerse. A ella no le importaban los caprichos del mar o del clima, era otro orden natural de las cosas.
Junio significaba la llegada de una oleada nueva de turistas y de veraneantes, una subida de temperaturas, hogueras en la playa y parrillas humeantes. Significaba también demasiadas fiestas, los borrachos y desórdenes de rigor, algunos niños que se perdían y las inevitables riñas de enamorados. Pero los turistas que hacían fiestas, se emborrachaban, se perdían y discutían, aportaban también una remesa de dólares que permitía que la isla se mantuviera a flote durante las tempestades del invierno.
Ella soportaría alegremente (de acuerdo, quizá no tan alegremente) los problemas que creaban los visitantes durante esos meses con tal de mantener a Tres Hermanas. Esos dieciocho kilómetros cuadrados de rocas, arena y tierra eran todo el mundo que ella necesitaba. Bañistas achicharrados abandonaban la playa para ir a comer. No podía entender qué llevaba a un ser humano a tumbarse al sol hasta quedar como una sardina a la parrilla. Además de parecerle incómodo, ella se habría vuelto loca de aburrimiento en menos de una hora.
Alice no era de las que se tumbaban si podía estar de pie. Le gustaba la playa. Corría por la orilla todas las mañanas, fuera invierno o verano, y luego, cuando el tiempo lo permitía, se daba un baño. Cuando hacía demasiado frío iba a la piscina cubierta del hotel. Pero prefería el mar.
Bañarse en el mar había contribuido a que tuviera un cuerpo atlético que solía vestir con pantalones caqui y camiseta. Tenía la piel bronceada, como la de su hermano, y los mismos ojos verdes y despiertos. Su pelo era algo corto y negro y solía llevarlo recogido por la parte trasera de una gorra de béisbol. Los rasgos de su rostro formaban una mezcla extraña: una boca ancha con el labio superior algo grande en comparación con el inferior, una nariz pequeña y unas cejas oscuras y arqueadas. Su físico había hecho que Alice se sintiera incómoda de pequeña, pero le gustaba pensar que había madurado y que había dejado de preocuparle.
Entró en el café, saludó a Lulú con la mano y se dirigió hacia las escaleras. Con un poco de suerte echaría un vistazo a esa tal Bella Swan y, además, evitaría a Rosalie. Le quedaban tres escalones por subir cuando supo que no iba a tener tanta suerte.
Rosalie estaba detrás de la barra, con su aspecto elegante de siempre, vestida con un vestido vaporoso de flores. Tenía el pelo recogido en la nuca, con algunos mechones rubios sueltos alrededor de la cara. La mujer que trabajaba a su lado parecía muy arreglada, casi remilgada en comparación con ella.
Alice prefirió inmediatamente a Bella. Se metió los pulgares en los bolsillos traseros y avanzó hacia la barra.
—La ayudante Cullen —Rosalie inclinó la cabeza y la miró por encima del hombro—. ¿A qué debemos el honor?
Alice no le hizo caso y se dirigió a Bella.
—Tomaré la sopa del día y un sándwich.
—Bella, ella es Alice, la hermana que le ha caído en desgracia a Edward. Dado que ha venido a comer, podemos dar por sentado que ha sucedido algo extraordinario.
—Vete al carajo, Rosalie. Encantada de conocerte, Bella. Tomaré también una limonada.
—Muy bien —Bella miró a una y luego a la otra—. Ahora mismo —murmuró mientras entraba en la cocina para preparar el sándwich.
—He oído que la sacaste directamente del trasbordador —continuó Alice.
—Más o menos —Rosalie sirvió la sopa—. No la molestes, Alice.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—Porque te conozco —Rosalie dejó la sopa en la barra—. ¿Notaste algo extraño cuando te bajaste ayer del trasbordador?
—No —contestó con demasiada rapidez Alice.
—Mentirosa —siseó Rosalie en voz baja mientras Bella volvía con el sándwich.
—¿Se lo llevo a la mesa, ayudante Cullen?
—Sí, gracias —Alice sacó dinero de un bolsillo—. ¿Por qué no me llamas, Alice?
Alice consiguió sentarse justo en el momento en que Bella dejaba la comida.
—Tiene muy buena pinta.
—Espero que le guste.
—Estoy segura. ¿Dónde aprendiste a cocinar?
—Aquí y allá. ¿Quiere algo más?
Alice levantó un dedo y tomó una cucharada de sopa.
—No. Está buenísima. De verdad. ¿Has hecho tú todos esos bollos?
—Sí.
—Es mucho trabajo.
—Me pagan por eso.
—Claro. No dejes que Rosalie te explote. Es una tirana.
—Al contrario —dijo Bella con un tono gélido—. Ha sido increíblemente generosa y amable. Que le aproveche.
Alice decidió que Bella era leal y siguió comiendo. No podía culparla por ello. También era educada, aunque un poco rígida, como si no estuviera muy acostumbrada a tratar con la gente. Nerviosa. Había asistido visiblemente sobrecogida a la conversación todavía suave entre Rosalie y ella. Alice se encogió de hombros y pensó que había personas que no soportaban los conflictos, aunque no fueran con ellas.
En general, decidió que Isabella Swan era inofensiva. Y una cocinera de primera. La comida le había puesto de tan buen humor que se entretuvo en la barra cuando salía. Le resultó fácil hacerlo ya que Rosalie estaba ocupada en otras cosas.
—Muy bien, lo has conseguido.
Bella se quedó de piedra, pero mantuvo la cara inexpresiva y las manos quietas.
—¿Cómo dice?
—Voy a empezar a venir habitualmente, algo que había conseguido evitar durante años. El almuerzo ha estado sensacional.
—Ah. Me alegro.
—Seguramente te habrás dado cuenta de que Rosalie y yo no somos precisamente muy amigas.
—No es asunto mío.
—Vives en una isla y los asuntos de los demás son tus asuntos. Pero no te preocupes, la mayoría de las veces conseguimos evitarnos. No quedarás atrapada en medio. Me llevaré un par de esas galletas con virutas de chocolate para luego.
—Le sale más barato si lleva tres.
—No se hable más. Me llevaré tres. Le daré una a Edward y quedaré de maravilla.
Bella, más tranquila, metió las galletas en una bolsa e hizo la cuenta. Pero cuando tomó el dinero de Alice y las manos se rozaron, se quedó boquiabierta por la sacudida. Alice le lanzó una mirada larga y cargada de impotencia. Agarró las galletas y se fue hacia las escaleras a grandes zancadas.
—Ayudante... —le llamó Bella con la mano muy apretada—. Se deja el cambio.
—Quédatelo —masculló entre dientes mientras bajaba precipitadamente.
Al pie de la escalera estaba Rosalie con las manos cruzadas y las cejas enarcadas. Alice se limitó a gruñir y siguió adelante.
holaaa ke les parecio Alice? jeje a mi la verdad me encanta ke se asi jejeje... espero se diviertan mas adelante kn tds las peleas ke tiene ella y Rose jeje
espero reviews jeje
bye
