Aquella casa estaba a la altura del Señor de la Noche, un hombre misterioso y salvaje como un animal nocturno y, al mismo tiempo, poseedor de una energía especial, que lo armonizaba con todo lo que le rodeaba. No cabía dudas.
Era un castillo victoriano, en Fauborg Marigny, a pocos minutos de la calle Bourbon. Los farolillos de las paredes estaban iluminados y conferían a la casa un color dorado especial, ya que el exterior se había pintado de tono mostaza, con techos muy altos, dos torretas con buhardillas planas y los lados inclinados, además de todos los acabados exteriores decorados con cornisas blancas. Tenía un estilo señorial a la vez que urbano.
A Karin le hubiera gustado ver más y preguntarle por qué un Hozuki vivía cerca de una calle tan pública como la Bourbon y no había elegido otro lugar diferente en el que residir. Pero Karin ni siquiera pudo admirarla como se merecía porque en cuanto la sacó del Porsche, Suigetsu volvió a comerle la boca y a cargarla en brazos. Y con la boca llena, no se habla.
Subió las escaleritas con ella en brazos, abrió la puerta de su casa con las llaves, y la cerró con un golpecito del pie.
Los suelos estaban cubiertos de madera barnizada, lo adivinaba por el limpio golpeteo de las suelas de sus zapatos.
Y se trataba de una estancia muy amplia y grande… Olía bien.
Su cerebro intentaba ver lo que sus ojos no podían, pero hubo un momento en el que dejó de procesar información. Fue cuando Suigetsu abrió una puerta que los llevaba directamente al sótano.
Una excitación nerviosa la recorrió, pero Suigetsu no dejó que se asustara, no lo iba a permitir. Por eso la entretuvo jugando con su lengua, rozándola con la de él.
A Karin le faltaba el aire. Era como si muriese. Como morir de amor. Qué increíble experimentar una sensación como aquella. Ella, escéptica y práctica para el amor y las relaciones, estaba siendo arrollada por un tren de alta velocidad. Por el tren del Príncipe. ¡Y solo con un maldito beso!
Bajaron las escaleras a cámara lenta. Si Suigetsu encendió una luz o no, ella no se dio cuenta. No lo sabría decir. Estaba tan concentrada en él, en su cuerpo, en la facilidad con la que la sujetaba, como si no pesara nada, que se dejó llevar. Su conocido control se esfumó, y permitió cederle las riendas a ese hombre cuya fuerza la bañaba a raudales.
Karin estaba preparada para cualquier prueba a la que la sometiera. Posiblemente, porque había deseado eso desde siempre, y hasta ese momento no lo había descubierto.
El olor a cuero y a metal que impregnaba esa sala la cobijó y la estimuló, como lo harían los muros seguros y protectores de un hogar.
Y lo supo. Sin más. Aquel castillo, también era su hogar. Y le daba la bienvenida.
Suigetsu jamás se había encontrado en aquella situación. En la de ser absorbido por la fuerza magnética de una mujer. Con Karin quería hacer de todo: quería cuidarla y someterla. Quería que con él fuera valiente y también que se rindiera.
Estaba enamorado hasta lo más profundo de su alma. Su esencia lo había capturado y cautivado. Y sabía que cuando por fin la leyera, se anudaría a ella para siempre. Pero por ahora, la atracción sería eterna.
Había sido un flechazo, y el don y el milagro de tenerla lo ponía en una situación incómoda, al mismo tiempo que estimulante, ya que un Dómine como él necesitaba del reto supremo que suponía hacer feliz a su Reina. Porque solo los Amos más poderosos, y los más exigentes, eran capaces de tener a una Reina por encima de ellos.
La piel de Karin olía a mujer, a rosa salvaje y femenina. No se cansaba de hundir la lengua en su boca, ni de amasarle las nalgas mientras la tenía cogida.
Conocía su mazmorra de cabo a rabo, pero la novedad de cargar en brazos a su alma gemela lo había desorientado un poco. Aun así tenía muy claro lo que hacer. La colocó frente a su sillón orejero de piel negra, donde él se sentaría, y donde la poseería a horcajadas.
Suigetsu encendió la luz de la sala y la graduó a una más baja y tenue.
—No veo nada —dijo Karin impaciente.
—No tienes que ver nada. Solo me tienes que ver a mí. —La dejó lentamente en el suelo y la sostuvo con las manos en sus caderas—. Ahora no te muevas.
Karin tragó saliva y asintió.
Dios, estaba tan segura de sí misma y tan segura de él que parecía que habían nacido el uno para el otro.
—¿Estás asustada?
—No —contestó ella—. Nada de esto me da miedo. Nada de lo que puedas hacerme me asusta.
—¿Nada?
—No.
—¿Y sabes por qué?
Karin entrecerró los ojos para ver el rostro y la silueta recortada de Suigetsu a través de esa débil luz. Aunque no veía bien, si avistaba tras su figura una enorme cristalera que daba a un jardín interior. Un precioso jardín natural con una cascada de obra custodiado por un buda de piedra. Pequeñas lámparas de suelo iluminaban los caminitos de hierba rasa y las charcas que contenían peces. Era un pequeño bosque mágico y privado solo apto para él y para la mujer que eligiera. Y era tan bello que parecía irreal. Se contraponía al mobiliario que había dentro de esa especie de inframundo de placer y dolor…
Karin había divisado una cruz de San Andrés, un potro, una camilla con esposas de cuero para manos y pies, un sillín de tortura, un muro de piedra con cadenas y cuerdas, y otras zonas más donde esas mismas cadenas pendían sobre lugares estratégicos, como por ejemplo, el sillón orejero frente al que estaban en ese momento.
—¿Karin? —No había contestado a su pregunta—. Te he preguntado si sabes por qué razón no me tienes miedo.
—No sé el porqué —aseguró respondiendo con sinceridad—. Solo sé que estoy aquí contigo, y que nunca me había sentido tan viva como ahora.
—Yo sí sé por qué.
—Ilumíname —lo retó.
—Tienes alma bedesemera —dijo llevando sus manos al botón de su pantalón—.Estás hecha para esto. Para mí —recalcó—. Karin, si entras en mi mazmorra es para someterte a mí. ¿Entendido? —le alzó la barbilla con delicadeza—. ¿Sabes lo que eso implica?
—Sí. Lo sé.
—¿Y tienes ganas de complacerme?
—Sí… Señor —contestó por iniciativa propia.
Karin había estudiado y leído. Además, con lo observadora que era, se quedó con la copla en la noche del Cat´s Meow. Suigetsu no veía el momento de meterse dentro de su cuerpo y demostrarle quién mandaba en ella. Porque ella, aunque aún no lo comprendiera, mandaba también en el de él.
—Buena chica —la felicitó besándola suavemente. Después, se apartó y susurró sobre sus labios—. No quiero que te muevas ahora. Te voy a desnudar y tú te vas a quedar muy quieta.
—¿No me vas a seguir besando? —preguntó decepcionada.
—No habrá una parte de tu cuerpo que no bese, preciosa. Y se acabaron las preguntas por ahora. Esta es mi mazmorra, y aquí mando yo.
—Sí, Señor. Haz conmigo lo que quieras. —Sabía que su voz le acariciaba la polla, y que aquel tono sureño lo ponía como un toro. Y así lo quería. Excitado por ella.
—Levanta los brazos por encima de tu cabeza.
A cada orden de Suigetsu, Karin sonreía internamente. Aquello era un juego, lo tenía muy claro. Suigetsu la sometería porque ella se lo permitía, y eso era lo más gratificante.
Ceder el liderazgo. Ceder las decisiones a otro. Entregar la voluntad a ese hombre que sabría darle todo lo que necesitaba.
Le obedeció y alzó los brazos. Suigetsu no tardó ni dos segundos en quitarle la camiseta por la cabeza y dejarla en su precioso sostén de encaje de color burdeos. Él se pasó la lengua por los labios y ronroneó.
—Joder… —dijo desabrochándose el botón de su pantalón— estoy tan duro que todo me aprieta.
Ella desvió sus ojos hasta su entrepierna y deseó poder verle desnudo, aunque sospechaba que Suigetsu iba a retrasar aquella contemplación.
Notó sus dedos ágiles desabrochándole el sujetador y entonces, sus pechos emergieron libres frente a él.
Tenía una buena noventa y se sacaba partido de ello.
Suigetsu no pudo evitar no tocarlos y no cubrirlos con las manos. Karin aguantó los brazos en alto pero no era una tarea fácil hacerlo mientras le estaban sobando los senos así.
—Suigetsu…
—No. Suigetsu no —le dio un leve pellizco en el pezón y disfrutó del cambio turbulento en la mirada de Karin.
—Argh…
—¿Argh? —dijo socarrón—. Si te ha gustado.
—Me ha sorprendido —contestó carraspeando—… Señor.
—Bien —Suigetsu dejó caer la cabeza y se llevó el pezón castigado a la boca.
«Ay, por Dios…», Karin dejó caer la cabeza hacia atrás y se mordió el labio inferior. Solo con eso ya notaba cómo se humedecía entre las piernas.
—Voy a hacer que estés más cómoda —Suigetsu se incorporó y sujetó sus muñecas con las esposas de cuero que pendían del extremo de las cadenas. Las sujetó bien, y la dejó colgada—. Ya puedes dejar caer el peso sobre las bridas de cuero. Te sujetarán bien.—Pero así no podré tocarte, Señor.
Él negó de un lado al otro y sonrió con dulzura. Que ella quisiera darle placer era un sueño.
—No. Ahora no. Esto es todo para ti. Todo. Darte lo que necesitas me hace sentir bien. Me satisface. Disfrutaré de verte disfrutar. Pero no quiero oírte a no ser que yo te lo pida. ¿Entendido?
—Sí, Señor.
—Cierra los ojos. ¿O prefieres que te los tape?
Le excitaba la sugerencia, pero no sabía a lo que atenerse. Que Suigetsu le diera a escoger quería decir que se preocupaba mucho por su primera experiencia en sus manos, y eso la hizo sentirse a salvo.
—Como tú convengas.
Suigetsu dio un paso hasta tocar con su torso cubierto por la camiseta, el torso desnudo de Karin. Alzó una mano y le hundió los dedos en su pelo liso, que tenía destellos de sol. Tiró de los mechones levemente y le mordió la barbilla.
—Quiero tenerte con los ojos tapados. Quiero que te concentres en mí y en lo que sientes estando en mis manos.
Karin dejó escapar el aire entre los dientes y asintió nerviosa.
Después de esas palabras, ya no pudo decir nada más. Ni ver. Ni tampoco oír ni una palabra de su boca.
Se había puesto en sus manos.
Suigetsu le quitó los pantalones, le bajó las braguitas y la dejó desnuda por completo. Su cuerpo era divino. A él le encantaba el modo en el que se le estrechaba la cintura para luego darle esa voluptuosa forma a la cadera. Karin tenía un vientre terso y duro, en el que las abdominales se le marcaban ligeramente, así como los oblicuos.
Sus piernas torneadas eran producto de ir mucho en bici. Y su pubis, sin vello, era tierno y carnoso, y a él le vinieron ganas de probarlo de golpe.
—Me gustas mucho así. Sin pelo. Es mucho mejor para las relaciones de dominación y sumisión. El sexo a veces puede ser rudo. —Le pasó el índice entre su intimidad y Karin se estremeció—. Y el vello molesta. Abre las piernas.
Ella lo hizo, y esperó a su toque más profundo. Pero no vino nada más.
Escuchó a Suigetsu desprenderse de su propia ropa.
Notó sus manos en las caderas y a continuación fue alzada y acomodada después sobre sus piernas, que parecían mármol de lo duras que estaban.
Hubiera deseado tocarlo, pero Suigetsu mandaba, no ella.
Suigetsu se volvió loco al tenerla desnuda. Intentó esforzarse por no perder el control, pero era demasiado tarde. Demasiada mujer.
Quería a Karin. La quería para él.
Y había llegado el momento de demostrarle todo lo que podía ofrecerle, y de enseñarle el mundo de las sensaciones BDSM. Su mundo. Sus sensaciones. Su manera de amar y de tocar.
Amasó sus nalgas con los dedos y después le dio dos cachetadas a la vez. Ella se mordió el labio inferior y él la besó orgulloso. Sería su primera vez con él, todo cambiaría para ella.
Suigetsu tenía en sus manos una responsabilidad titánica, a su altura, pero no a la de todos. Karin era una joya.
—¿Sabes lo que es el spanking? —preguntó Suigetsu con la voz rota.
Ella asintió.
—¿Qué has leído? Habla, Karin.
—He leído mucho desde el Cat´s Meow. También he visto videos.
—Buena chica —la felicitó acariciándole las nalgas que había palmoteado segundos atrás—. ¿Entonces sabes lo que voy a hacerte?
—Me lo puedo imaginar.
—¿Y estás preparada?
—Sí, Señor.
—Eso espero. Yo voy a dar lo mejor de mí para estar a la altura y no dejarme llevar por todo lo que en realidad quiero hacerte.
—Házmelo. No quiero nada a medias.
Tal vez fue la orden. El imperativo de una mujer que atada y a su merced, le pedía que le hiciera algo. En realidad, era él el Dómine, pero Karin tenía una energía tan imperiosa y autoritaria que era difícil juzgar su papel sometido.
Aun así, le encantaba igual. Adoraba que fuera de aquella manera, que tuviera su personalidad tan definida, porque demostraba que se sometía porque le apetecía y porque se quería rendir a él, y eso era un regalo.
Una ofrenda incalculable.
Sus manos actuaron solas al contemplar a aquella diosa desnuda, encima de él, esperando sus caricias y sus azotes, sus besos y sus órdenes. Y lo tendría todo.
—Cuenta en voz alta.
Y Karin contó. Contó hasta veinte azotes en voz alta. A veces, la voz se le iba por el escozor, pero nunca por un dolor extremo que no pudiera soportar. La picazón la revitalizaba como una bebida energética. La ponía en guardia.
Tenía las nalgas al rojo vivo, su pelo rojo cubría su estilizada y elegante espalda, y cogía aire por la nariz, absorbiendo cada impacto con gusto y con una concentración inhóspita en una neófita. A no ser, que fuera una bedesemera de alma y corazón.
—Joder… —murmuró Suigetsu tomándola de las mejillas y besándola en la boca. No le salían las palabras. Karin era pura y auténtica para él, su pareja hecha a su medida.
Le ardían las manos del spanking, igual que quemaba la piel del trasero de aquella mujer. Le quitó la venda negra de los ojos—. Eres increíble. Y preciosa.
Mientras la besaba, internó una mano entre sus piernas y tocó justo lo que anhelaba tocar. Su humedad.
Eso significaba que le gustaba. Que aquello le gustaba tanto como a él, que estaba erecto hasta el ombligo. Y que imaginaba lo que vendría a continuación. Eso era lo que más caliente le ponía.
—¿Qué esperas que pase ahora? —Suigetsu le llenó la boca con su lengua y sus besos, mientras tiraba de su larguísima mata de pelo y le obligaba a echar la cabeza hacia atrás para besar su garganta y morderla a placer—. Voy a tenerte durante horas, Karin. No quieres medias tintas, ¿verdad?
—No —gimió ella abandonada a las sensaciones.
—Entonces, seré tan bruto como quiero, y te gustará. Te prometo que te gustará.
Ella sabía muy bien que le iba a gustar.
Él la reacomodó abriéndole más las piernas. Y guió su propio miembro al interior de su cuerpo.
Karin no pudo mantener los ojos cerrados. Se obligó a mirar hacia abajo cuando notó la gruesa invasión y la extraña textura. Llevaba preservativo pero, por debajo del profiláctico, podía percibir extrañas protuberancias duras y algo frías.
—¿Qué demonios llevas ahí? —preguntó en un susurro.
Suigetsu sonrió y le tapó la boca de golpe con la mano.
—¿Te he dicho que hables? —le preguntó apretando los dientes y empujando sus caderas hacia arriba para invadirla.
Ella negó con la cabeza y agrandó más los ojos al sentir cómo él la llenaba y lo inverosímil que le parecía todo.
—Tengo piercings genitales —le murmuró disfrutando de lo estrecho de su interior y de lo resbaladiza que estaba—. Ya los verás, Reina.
Ella lo miró comprendiendo al instante lo que quería decir. Muchos Amos llevaban varios abalorios metálicos en sus órganos sexuales. Habían de muchos tipos: Príncipe Alberto, Delfín, Ampallang… Suigetsu parecía tener muchas de esas punciones, y ella las notaba con intensidad contra las paredes de su matriz. Aquello le gustó, al tiempo que le enterneció que un hombre tuviera pendientes en toda su herramienta. Tal vez, con el tiempo, le dejaría jugar con ellos… Karin le ofreció la boca para que él la besara, y él la complació.
Procedió con ella con todo el cuidado que sus ganas y su fuerza le permitieron. Con tres duras estocadas, estaba alojado en todo su interior, al máximo, estirándola y llenándola. Los piercings de Suigetsu la rozaban en el clítoris y también en la zona perianal. Dios, era tan placentero…
Él la rodeó con firmeza con los brazos, y empezó a mover sus caderas hacia adentro, para que ella notara cómo de profunda era su penetración.
—Conmigo siempre va a ser así —le dijo hablándole sobre la boca para después retirarse y morderla ligeramente en la oreja—. Lo querré absolutamente todo de ti. Cuando yo quiera. Como yo quiera. Y tú disfrutarás de ello… —la tomó de las caderas, para izarla levemente y después empalarla de nuevo con contundencia—. Así. Bien adentro.
Karin siseó y se agarró a las cadenas como pudo. Era como si Suigetsu le arrebatara el cuerpo, le poseyera la mente y conquistara parte de su alma.
Estaba dentro de ella, pero en realidad, estaba en todas partes. Los abalorios metálicos y redondeados resbalaban a través del clítoris enrojecido e inflamado, y mientras tanto su potente vara la moldeaba por dentro hasta que no había un recoveco que rellenar.
Mientras la poseía, Suigetsu no dejó de mirarla en ningún momento, disfrutando de sus gemidos, y de lo entregada que estaba con él. No había tenido ningún reparo.
Karin era transparente; si decía que iba a hacer una cosa, la hacía. No engañaba, no se hacía pasar por alguien que no era; no era tímida, ni cobarde, ni tenía reparos, como tampoco tenía prejuicios. Aceptaba lo que Suigetsu le ofrecía porque era también lo que ella deseaba.
Y si hasta entonces, no había sabido definir qué era lo que más le gustaba, o qué la complacía; él se lo demostraría. Esa mujer tan poderosa mentalmente necesitaba que alguien la arrollase, que alguien más fuerte le demostrara que podía confiar y apoyarse, que no tenía por qué hacerlo todo sola.
—Dios… Karin.
Suigetsu le hizo el amor en el sillón orejero, con la brutalidad que a un Amo mandón y arrogante le caracterizaba, pero también, con su bondad y su compasión. La azotaba en las nalgas con la palma abierta, cuando ella estaba en el cénit de su orgasmo. Se lo arrebataba de la punta de los dedos. Jugaba con ella. Karin se volvía loca. Ambos estaban empapados en sudor, y solo cuando él así lo quiso, le dio el primer orgasmo de esa noche.
Ella estaba hinchada, ardía por dentro y por fuera. Temblaba agarrada a las cadenas, y le dolían las piernas de mantenerlas tan abiertas durante tanto rato.
Palpitaba sin cesar, y tenía el labio inferior hinchado de tanto mordérselo.
Suigetsu le agarró del pelo y juntó su frente a la de ella.
—Abre los ojos y mírame —le ordenó sin dejar de trabajar su interior como un pistón.
Ella tenía la mirada vidriosa y las pupilas dilatadas. Estaba tan guapa y tan salvaje que Suigetsu tuvo que hacer acopio de voluntad para no correrse antes que ella.
—Ahora, preciosa. Ahora sí.
No se detuvo hasta que sintió los espasmos de Karin que se sujetó con más fuerza a las cadenas colgantes por miedo a salir disparada. Dejó ir el aire entre temblores y lo miró en todo momento, corriéndose con él en el interior.
Para Suigetsu su primera vez fue mística. Sus cuerpos se anudaron, y como un novato, se corrió con ella, cuando nunca antes le había pasado.
—¡Mierda! —rugió ajustando el movimiento de sus caderas a su eyaculación—.¡Karin! —gritó dejándose ir.
Ella se dejó caer hacia delante, sobre él, todo lo que el amarre le permitía.
Luchando por recuperarse, cogía aire a bocanadas. Apoyó la frente en el musculoso hombro del Amo y exhaló diciendo una única palabra, sonriendo con dulzura sin que él la viera.
—Suigetsu.
Él la arrulló contra su cuerpo. Quería que ambos se tranquilizaran, que valorasen lo que acababan de compartir. Era tan difícil acoplarse de ese modo en la primera vez.
Sin embargo, su bestia interior y tacaña quería más. Mucho más de ella esa noche.
—Esto solo es el principio —le dijo sin desatarla, para volver a acomodarse en su interior. No tardaría nada en hincharse de nuevo. Con ella era imposible no estar excitado permanentemente—. ¿Quieres más?
—Sí… —asintió pasando la lengua por el cuello de Suigetsu. Deseaba comérselo, saborearlo. Todo. Suigetsu gruñó como un salvaje. Le pasó las manos por las nalgas calientes y muy enrojecidas. Podrían estarlo más. Cuando la sangre se moviera con más rapidez de un lado al otro, de la vagina al trasero, el orgasmo y las sensaciones sería todavía más descomunal. El siguiente sería siempre mejor que el anterior.
—¿Cuánto más? —preguntó tanteándola.
Ambos se miraron durante largos segundos. Sus ojos oscuros se iluminaron con el candor y la claridad de los de esa gata de pelo rubio que lo montaba como una amazona.
Ella inclinó la cabeza a un lado, se relamió el labio superior y contestó:
—Todo.
Suigetsu lo sabía. Era tan avariciosa como él. Se matarían follándose el uno al otro, tal vez ese sería su futuro más inmediato. Su destino. Morir el uno en brazos del otro.
Lo iban a comprobar en breve.
—Te vas a enterar —era una amenaza en toda regla.
Iba a poseerla tantas veces como hicieran falta, hasta asegurarse de que esa mujer, cuando saliera de su castillo, supiera a quien pertenecía, y comprendiera que no podrían volver a estar separados jamás.
