Bueno, pues he aquí el nuevo capítulo. Esta vez no me tardé tanto porque una noche me piqué traduciendo y pues... amanecí con ojeras, pero ya está listo. Eso y que todavía sigo de vacaciones... :) Bueno, a aprovechar hasta lo que se pueda.
Por último, aquí hace su aparición un personaje que es de mi propia creación, por así decirlo, así como su lugar de origen el cual, si les suena conocido, es porque me base en "El Silmarilion" de J. R. R. Tolkien. Ya lo reconocerán cuando lo vean :)
¡Gracias por las reseñas! Espero disfruten el capítulo. ¡Hasta luego!
Capítulo siete: El despertar de guerrerosNarrador: Link
Desperté en una suave cama con sábanas sedosas cubriendo mi cuerpo. No estaba vistiendo mi túnica verde o mi camisa blanca o mis botas; sólo tenía mis pantalones puestos. Una luz tenue provenía de mi lado derecho. Era la luz de una lámpara que estaba sobre una mesa redonda y sobre ella, había una ventana redonda. Miré hacia fuera... y jadié con asombro.
Estaba viajando a través de la noche. Era como si estuviera cabalgando los vientos provenientes del aliento de Farore... Mas sabía que esta obra no podía ser de una de las diosas, pues tenía frío. La divina brisa que ellas soplaban sobre mi cuerpo era cálida y suave... Y aquella brisa no tocaba mi cuerpo ni el de nadie más. Al ver la negrura de la noche, sentí como si pudiera estirar mi mano y tocar las estrellas. Ya muchas veces había visto el cielo nocturno, pero los pequeños dardos que lo adornaban siempre habían parecido inalcanzables. Ahora me parecía que podía pasar mi dedo por ellos conforme rápidamente escapaban de mi vista...
Pero ahora no era momento para recostarse y hacer nada. Tenía que descubrir en dónde me encontraba... pues los muros del cuarto que se cerraban alrededor de mí no eran algo que yo había visto antes. No había emblemas o escrituras pintadas o grabadas en su superficie metálica... Eran tan vacías como la madera y la piedra que mantiene a las casas y a los castillos de pie. ¿Qué clase de fortaleza era esta¿Me encontraba en un horrible calabozo¿Una cárcel la cual tiene una cerradura en el otro lado de la puerta y que causa que el pensamiento de libertad se desvanezca en una memoria agonizante...? No, no podía ser eso, pues la puerta que estaba ante mí estaba un poco abierta.
Salté fuera de la cama y caminé hacia ella lentamente. Podía escuchar varias voces que venían no detrás de ella, sino desde otros cuartos... puse mi mano en la manija y tiré de ella gentilmente. Había un pequeño corredor el cual llevaba a un cuarto grande, lleno de cómodos muebles, de donde venían algunas voces. Me percaté de que la mayoría de ellas eran mujeres, pues eran suaves y melódicas... Pero no todas ellas eran damas.
Estaba ileso. No tenía mi espada o mi escudo conmigo. ¿Dónde, en nombre de Nayru, podrían estar¿Acaso estas personas las habían escondido¿Estaban aliadas con el Rey Maligno, quien sólo deseaba mantenerme encerrado en este extraño calabozo hasta que el plan de mi enemigo se hubiera consumado?
Sacudí mi cabeza y traté de pensar en otra explicación. Pero antes de que cualquier otro pensamiento pasara por mi cabeza, la voz de una mujer que venía desde el otro lado del cómodo cuarto me dio la bienvenida.
- Ah... veo que ya despertaste. – dijo.
Me volteé hacia ella y me hallé frente a una hermosa mujer con una mirada intensa de color esmeralda. Su cabello largo y castaño estaba atado en una bella trenza y su piel era tan blanca como la de un fantasma bendito. Por un momento, pensé que me hallaba ante Din misma... Pero la esencia de las diosas no corría por su cuerpo.
- Me... alegra verte despierto. – continuó. - ¿Te sientes bien? Estábamos preocupados por ti... Conjuré todos los hechizos de curación que he aprendido y aun así no despertabas. Por un momento, pensé que quizás habías muerto...
- Bien... pues no es así. – repliqué. – Estoy vivo todavía, según parece... Y gracias a ti, me imagino. ¿Cuál es tu nombre?
- Aeris Gainsborough. – respondió. - ¿Y tú?
- Yo... me llamo Link. – dije. Me mantuve quieto por un instante y luego pregunté, volteando a mi alrededor: - ¿Qué... qué ha pasado¿Dónde está el castillo sombrío que estaba ante mí¿Dónde está el oscuro pozo de lava¿Dónde están las pocas cosas buenas que permanecían en el vasto mundo de Hyrule¿Qué ocurre?
- Tranquilízate. – dijo. – Escucha, creo que será mejor darte tus ropas y que nos sentemos con el resto de los muchachos. Ellos te dirán que ocurre.
- ...Sí... – murmuré, al darme cuenta de que no tenía más alternativa.
(Cambio de escena)
- Lo mismo me ocurrió a mí. – dijo el chico llamado Sora. – Simplemente desperté en un callejón oscuro. Todo lo que recuerdo es que una cosa enorme y negra me tragó, como te pasó a ti. Te encontramos en el mismo lugar y decidimos traerte con nosotros.
- Ya veo. – dije débilmente, mientras todas estas personas me veían sin decir palabra. - ¿Pero, por qué ocurrió esta tragedia?
- No sabemos exactamente por qué. – dijo el chico. – Pero parece que tiene que ver con unos seres malignos llamados Heartless.
- Una nube extraña rompe los mundos. – un hombre, Cid, intervino. – El espacio que nos rodea es la misma cosa que los separa y los une a la vez. Es un tanto complicado... pero lo más importante es que tu mundo ha sido consumido por la oscuridad y toda la gente que no tenía suficiente fuerza en sus corazones como para resistir el poder de los Heartless, se ha esfumado.
- ¿Pretenden decirme que esto no tiene nada que ver con un hombre oscuro proveniente del Oeste? – pregunté. – Un ser maligno, un terrible tirano de los Gerudo... ¿Quiere decir esto que la abominación, Ganondorf, no ha conjurado un hechizo oscuro para conquistar a todos los mundos y hacerlos inclinarse ante él?
- No podría decirte eso. – Aeris dijo. – Podría ser él... o cualquier otro villano u hombre poderoso... o podrían ser miles de villanos diferentes de los cuales nunca hemos escuchado. Pero lo más importante ahora es que sabemos como detener esto. Y este pequeño es nuestra esperanza.
- Él es el portador de la Keyblade. – dijo un extraño ser llamado Goofy. – Él es el único que puede sellar los cerrojos que llevan a los corazones de los mundos. Cuando todos los cerrojos sean sellados, nuestra misión habrá terminado y todo volverá a la normalidad... espero.
- Sí lo hará. – aseguró Donald, un extraño pato. – Pero necesitamos apresurarnos, porque los Heartless se vuelven más fuertes con cada minuto que pasa. Eso quiere decir que necesitamos que nos ayudes a encontrar los cerrojos y a cerrarlos. ¿Está claro?
- Sí, lo está. – respondí. – Mas necesito encontrar a mi querida princesa. No puedo dejar de preocuparme por ella, pues la última vez que la vi, su rostro estaba lleno de miedo y agonía. Únicamente puedo esperar que todo esto no haya sido un designio de Ganondorf y que ella esté a salvo en algún lado, invisible a los ojos de mi enemigo.
- Así que también quieres encontrar a alguien¿no? – una chica, Yuffie, inquirió. – No hay problema. No sólo estamos buscando una forma de arreglar a los mundos, sino que también estamos tratando de encontrar a algunos amigos nuestros.
- Entonces¿te unirás a nosotros? – preguntó otra chica, Akane.
- Ciertamente, lo haré. – repliqué, asintiendo. – Pero me temo que no seré muy útil en el campo de batalla a menos que tenga mi Espada Maestra, mi Escudo de Espejo y el resto de mi equipo a mis espaldas.
- Los estamos manteniendo a salvo. – dijo una tercera chica, llamada Ukyo. – Tú... tú no tienes porqué preocuparte. – tartamudeó.
Todos se voltearon hacia ella y rápidamente se puso de pie y fue a una esquina del cuarto. Akane y otro joven, Ranma, la siguieron y comenzaron a murmurar entre ellos. Supongo que nadie más los oyó hablar... Pero mis oídos son agudos y, en los días de antaño, se decía que con ellos, nosotros los Hylianos podíamos escuchar las palabras de las diosas...
- ¿Qué pasa, Ukyo? – Ranma preguntó. - ¿Por qué te fuiste corriendo así¿Te sientes bien?
- Sí, estoy bien... – replicó. – Es sólo que...
- ¿Qué? – Akane preguntó.
- Se parece tanto a él, excepto por su cabello dorado y la falta de una mirada tan hechizante en sus ojos... Me recuerda tanto a mi bebé Wilheim. Hasta habla igualito a él... – replicó Ukyo, con voz débil.
- ¿Qué le pasa a ella? – preguntó Yuffie. - ¿Por qué se fue corriendo así, tan de pronto¿Está enferma o algo así?
- Dudo eso. – dijo Leon, el último hombre quien hasta ahora no había hablado. – De cualquier manera, si nuestro amigo Cid tiene razón, pronto aterrizaremos en un nuevo mundo en menos de una hora. Así que mejor alístense, muchachos. – volteó a verme y añadió: - Vamos, Link. Te daré tus cosas.
- Te lo agradezco. – repliqué.
Rápidamente dejamos el cuarto mientras el resto de mis nuevos compañeros fueron a lado de Ukyo y comenzaron a susurrar entre ellos. Leon me llevó a una pequeña puerta, dentro de la cual mi equipo se hallaba. Sonreí para mí mismo y puse mi espada y escudo en mi espalda conforme empacaba el resto de mis accesorios, mi arco, mis flechas, mi Hookshot, mi Espejo Mágico y mi boomerang. En verdad eran muchas cosas, pero estoy acostumbrado a cargar tal peso.
Aeris nos dio alcance y agarró a Leon por su brazo. Él volteo a verla y le preguntó en voz baja:
- ¿Cómo sigue?
- Está bien, sólo un poco confundida. – replicó. – Parece que... – pausó y luego me dirigió la palabra. – Le recuerdas mucho a su novio.
- ¿En serio? – dije. - ¿Y acaso le recuerdo a alguien que ha dejado de existir¿O a un amor inmortal que fue roto por el destino?
- No, a alguien que está perdido. – Leon replicó. – Todos ellos buscan a sus amigos y a personas que quieren, justo como tú, Link.
- ¿Ellos? – pregunté. - ¿Y qué hay de ti¿No tienes a nadie a quién buscar¿O eres un lobo solitario? – me puse mi capucha y no escuché respuesta suya. – Entonces, supongo que tienes un hogar. ¿Lo estás buscando¿O acaso no tienes memoria del lugar que te protegió del viento en las noches? – suspiró y abrió su boca para responder, mas antes que dijera cualquier cosa, murmuré: - No preguntaré más. No deseo enfurecerte o entristecerte con tales cuestiones. Por ahora, preparémonos para desembarcar. Estoy ansioso por ver este... nuevo mundo.
(Cambio de escena)
- No hay suelo en el cual pararse. – musitó Ukyo al mirar dentro del profundo agujero frente a nosotros. - ¿Qué hacemos ahora¿Regresamos a la nave y nos vamos a otro mundo?
- Está demasiado oscuro. – añadió Akane. – Quizás sería mejor si saliéramos de aquí y encontráramos otro lugar en el cual descender...
- No, todavía no. – dijo Cid. – Veamos si esta cosa tiene un fondo, lo cual no me parece descabellado... No voy a posar mi trasero otra semana si hay alternativa. Ya quería estirar las piernas...
Y con esto dicho, tomó una moneda de uno de sus bolsillos y la arrojó al agujero. Todos nos mantuvimos en silencio y esperamos a que golpeara el suelo. En unos cuantos segundos, la pequeña moneda se impactó contra el fondo del foso. Sonreí para mis adentros y, volteándome hacia el resto de ellos, dije:
- No es tan profundo. Podemos bajar.
- ¿De qué estás hablando? Todavía no ha tocado el fondo... ¡Así que cállate! – Donald gruñó mientras él y el resto de mis compañeros aguardaban por algo que ya había pasado.
Sacudí mi cabeza, entendiendo que nunca escucharían la moneda de nuevo. Sin perder más tiempo, salté dentro del agujero.
- ¡Link, no lo hagas! – gritó Aeris, pero ya estaba cayendo a través de él.
De pronto, algo ocurrió que me tomó por sorpresa. Tengo entendido que cuando un cuerpo cae al espacio, su velocidad se vuelve mayor con el paso del tiempo... Pero lo que me ocurría era diferente, pues parecía que un viento mágico estaba soplando desde el fondo del foso y estaba rompiendo mi caída. Y entonces, el hoyo dejó de ser un mero túnel negro. Había muchas pinturas extrañas en sus paredes y relojes... y además, había muebles flotando a mi alrededor. ¿Qué hechicería era aquella? Para mí, era un sueño extraño, una pesadilla la cual me atormentaba aun cuando no dormía. Y eso era lo que más me horrorizaba, pues pensaba que los sueños no podían atacar a un ser despierto...
Sin embargo, todo terminó pronto. Llegué al fondo y suspiré con alivio. Miré hacia arriba y vi la misma negrura que habíamos visto en aquello que aparentaba ser un abismo sin fondo. Pero ahí estaba yo, sin daño y aguardando al resto de mis compañeros.
- ¡Link¡Link¿Estás ahí? – gritó Aeris.
-¿Estás vivo? – Cid añadió.
- ¡Sí, estoy aquí! – respondí. - ¡Y estoy bien¡Den un salto de fe; confíen en mis palabras, pues no hay nada qué temer!
- ¿Entonces estás bien? – Yuffie gritó.
- ¡Sí! – insistí. - ¡Vengan!
- ¡D-de acuerdo! – tartamudeó Akane.
No pude hacer mas que esperar y seguir observando la oscuridad. Akane, Ukyo y Sora fueron los primeros en caer a mi lado y fueron seguidos por Donald, Goofy y Yuffie. Leon, Cid, Aeris y Ranma fueron los últimos en alcanzarnos. Pepe Grillo, un pequeño saltamontes, vino con ellos también. Pero no habló mucho, ya que lo único que le vi hacer fue escribir en un pequeño diario... Me pregunté que clase de historias o poemas o crónicas estaban en ese pequeño cuadernillo por un segundo... pero luego decidí no expresar mis pensamientos y dije:
- Hay un corredor ahí. ¿Lo ven? Hay una puerta de madera al final. – desenfundé mi espada y agarré mi escudo añadiendo: - Sugiero que nos mantengamos en guardia. No confío en este lugar... Siento que sus paredes y su suelo están vivos y que nos están observando y únicamente están esperando a que caigamos en una maligna trampa suya...
- ¿No es eso un poco paranoico? – preguntó Yuffie.
- Es posible. – acordé. – Pero de cualquier modo, me siento seguro sujetando mis armas... además...
- ¡Es tarde! – interrumpió una voz. - ¡Es tarde, es tarde, es tarde¡La Reina me cortará la cabeza¡Rápido, debo ir más rápido¡Es tarde, me quitará la cabeza!
Todos nos volteamos hacia la vocecita y para nuestro asombro, vimos a un peludo conejo blanco quien corrió cerca de nosotros y se dirigió a la puerta en frente nuestro... En verdad estaba aterrado. Incluso por ese inocente roedor. No había visto algo así nunca... ni siquiera en mis pesadillas más extrañas.
- ¿Qué demo...? – Ukyo comenzó a decir. Pausó y luego dijo, encogiéndose de hombros: - No sé por qué me sigo sorprendiendo. Es decir... si sobreviví a Donald, Goofy y a Pepe Grillo¿por qué me asusto todavía?
- ¿Eso qué quiere decir? – preguntó Donald, con un poco de rabia en su voz.
- No es nada personal, cariño. – replicó ella.
- Sigámoslo y veamos a donde nos lleva. – Leon sugirió. – Quizá las paredes y el piso no nos... atacarán si seguimos su rastro.
- Piensa lo que quieras. – dije. – Pero todavía creo que este corredor tiene vida propia e incluso puedo escuchar sus suaves murmullos... no puedo mas que pensar que no somos bienvenidos en esta tierra de extraños sueños.
Caminamos por el corredor y llegamos a la puerta de madera. Respiré profundamente y puse mi mano en la manija. Quizá Yuffie y Leon tenían razón y estaba asustándome de pensamientos y pesadillas que nunca cobrarían vida. Pero aún así, no podía mas que pensar que el mundo mismo estaba maldito y que sus suelos reían con nuestro intento fútil de encontrar algo que no podía ser hallado...
Abrí la puerta y me encontré con otra puerta más pequeña.
- ¿Qué? – musité.
- Chispas... – Goofy dijo. – Parece que es una broma... Creo que alguien por aquí tiene sentido del humor¿no les parece?
- Puede que así sea y vaya que esta broma es retorcida. – dije. – Esto no es cuestión de risa... Estén alertas.
Abrí la nueva puerta sólo para descubrir otra.
- Esto es alarmante. Es irritante. – Ranma gruñó.
Y vaya que lo era. Decidí que ya era hora de terminar con aquel jueguito y pateé la última puerta, rompiéndola así. Finalmente, nos hallamos ante un pequeño hueco en la pared que daba al cuarto siguiente. Tuvimos que andar a gatas para pasar a través de él para entrar a un pequeño cuarto blanco. Tenía una pequeña cama en una orilla y una mesita en su centro. Había dos lámparas colgando de las paredes, esperando a ser encendidas. El color de las paredes era blanco y había una pequeña chimenea de ladrillo rojo a nuestra derecha. Era una habitacioncilla cómoda, posiblemente una que le acomodaría a un jovencito.
- ¿A dónde se fue esa cosa? – preguntó Yuffie. Miró a su alrededor, puesto que no había una puerta o ventana a la vista la cual hubiera podido haberle servido al conejillo como vía de escape. - ¿Cómo se...¡Oh, no es cierto! – exclamó cuando todos vimos una minúscula puerta cerrada ante nosotros.
- ¿Cómo pudo pasar por ahí? – pregunté. – Era un roedor peludo y uno chico, por cierto, pero no era tan pequeño.
- Ah, no es cuestión de ser pequeño, simplemente ustedes son demasiado grandes. – contestó una extraña voz.
Con asombro y confusión, todos nos volteamos hacia la pequeña puerta. El cerrojo había hablado. Tenía un rostro dorado y una mirada amistosa en sus pequeños ojos.
- ¿Qué...? – Cid comenzó a decir, pero el Cerrojo interrumpió.
- Hay un modo en el cual pueden encogerse. – dijo. – Solamente tienen que beber de la botella que está en la mesa. Así, podrán pasar a través de mí.
- ¿Una botella? – preguntó Sora y vio con confusión como de pronto algo apareció sobre la mesa. – Ah... esa botella. – murmuró.
- Está bien... – Akane dijo. Respiró profundamente, tomó la botella y bebió su contenido. – Ten, te toca. – dijo, dándole a Aeris la botellita, quién hizo como la chica y luego se la dio a Cid.
Todos bebimos de ella y comenzamos a sentir algo extraño dentro de nuestros cuerpos. Un cosquilleo escalofriante recorrió nuestra espalda y llegó hasta nuestras piernas... De repente, todo pareció ser engullido por una densa niebla... y caímos. Únicamente transcurrieron un par de segundos, pero parecieron ser horas despiadadas; un momento que fue prolongado por la horrenda magia del líquido. Y cuando el instante interminable por fin dejó de zumbar en nuestras mentes, nos hallamos mirando al Cerrojo el cual ya era suficientemente grande como para caber dentro de nuestras manos...
- Vaya... – Aeris murmuró. – Eso fue... intenso... No puedo pensar en otro modo para describirlo.
- Tampoco yo. – dije. – Bueno, al menos ahora podemos continuar con nuestra búsqueda... Estimado señor... – le dije al Cerrojo sin saber realmente si había otra manera de... dirigirme a él apropiadamente. - ¿Sería usted tan amable como para dejar que estos viajeros crucen al otro lado?
- Pero por supuesto... ¡Oh, Dios, se me olvidó decirles! – rió. - ¡No puedo ser abierto!
- ¿Qué! – Exclamamos.
- El pequeño conejo me cerró y se llevó la llave consigo. Lo siento mucho... ¡debí habérselos dicho antes!
- "¿Debiste de?" – Donald musitó, lleno de rabia. – Ya vas a ver, tú...
- Espera. – interrumpí. – Puedo ver una pequeña apertura detrás de la cama. Vayamos por ahí... Será más fácil que pelear contra un ser el cual no puede defenderse.
(Cambio de escena)
- ¡Atención, la corte entra en sesión¡Su majestad, la Reina de Corazones, será la jueza! – dijo una voz, la misma que habíamos escuchado en el corredor extraño.
Habíamos caminado a través de un laberinto verde, lleno de árboles de los cuales brotaban rosas rojas... Habíamos llegado a su salida sin muchos problemas, puesto que habíamos seguido el griterío que venía del jardín en el cual ahora nos encontrábamos. Este hermoso laberinto de paredes perfectas y verdes y el pasto delicado me recordaron acerca de un lugar que no había visto hace mucho tiempo... Por un instante, me sentí de vuelta en el castillo de Hyrule, esquivando una vez más sus numerosos guardias, todo sólo para observar por un momento a la bella soberana de la tierra, Zelda. Pero el furioso grito del monarca de este mundo, una mujer regordeta con un vestido de cuadros rojos y negros y rostro malvado, me recordó que mi bella tierra Hyrule había desaparecido bajo el poder de aquel hondo abismo...
Aparentemente, un juicio se estaba llevando a cabo. Cuando mis amigos y yo miramos hacia el jardín frente a nosotros, vimos un ejército de soldados... soldados cartas. Las espadas y los corazones eran sus uniformes... Jamás hubiera imaginado tal pelotón de guerreros, especialmente de aquellos, quienes podrían ser derribados por tan sólo un ventarrón... Había también un pedestal de madera, sobre el cual estaba el conejo. La Reina de Corazones se sentaba en la silla más alta y frente a ella, había una muchachita de cabellos dorados quien traía puesto un vestido azul y medias blancas. Tenía una mirada inocente y una voz tierna, pero firme...
- ¡Yo no he hecho nada malo! – dijo ella.
- ¡Silencio! – la Reina exclamó. - ¡Yo soy la jueza, así que yo decidiré quien es culpable y quien no¡Y tú, más allá de toda duda, eres culpable! Ahora... – pausó y su rugiente voz se hizo suave. – Haz sido acusada de cometer este crimen: intentar robar mi corazón. ¿Cómo te declaras?
- ¡Soy inocente, le digo! – la chica replicó y giró sus ojos en gesto de paciencia. - ¡No he hecho daño alguno¡No tiene idea de lo que está hablando! Además¡¿cómo puede decir que soy culpable si el juicio ni siquiera ha empezado!
- Así funcionan las cosas por aquí. – la Reina explicó. – Verás, yo soy la jueza. Yo decidiré si eres culpable o no, que sí lo eres, y después de eso, podrás defenderte. ¿Has entendido?
- ¡Pero eso es ridículo!
- Oigan, muchachos... ¿No deberíamos de ayudarla? – preguntó Sora en voz baja.
- No podemos. – Donald dijo. – Eso sería interferir. No podemos meternos en los problemas de otros mundos.
- ¿Aun cuando la justicia es la única gobernante de esta tierra? – pregunté. – La gente y los sirvientes no deberían ser gobernados a punta de espada ni con un hacha afilada. Si esta "reina" demuestra ser una tirana, no me importa si interfiero o no, pondré un fin a su reinado de miedo.
- Calma, "llanero solitario"... – Cid susurró. – Veamos qué ocurre. ¿Quién sabe? Puede que todo sea un juego...
- ¡Córtenle la cabeza! – gritó la Reina y las cartas soldado alzaron sus hachas y se prepararon para saltar sobre la pobre chica indefensa.
- ¡Alto ahí! – aullamos todos y corrimos hacia la Reina con nuestras armas firmemente sujetadas.
- ¿Qué es esto? – preguntó la Reina, conforme caminábamos hacia ella.
Sus guardias ni siquiera intentaron detenernos. Solamente nos miraron con asombro en sus rostros. Sus ojos se movían de nosotros a la Reina, como si preguntaran con la mirada qué hacer con estos intrusos... Podía ver que estaban aterrados por ella y supuse que cualquier acción que se cometiera la cual no fuera propiciada por una orden sería castigada por esta tirana... Era por eso que no se movían. Porque el miedo los paralizaba... Si nos hubieran atacado¿habrían sido recompensados o hubieran sido sentenciados a muerte por esta susodicha "monarca"?
- ¡No puedes hacer esto! – Sora exclamó. - ¡Esta chica es inocente y puedo probarlo!
- ¿Tú¡¿Probarlo! – gritó la Reina. - ¿Qué clase de broma es esta¡¿Testigos y abogados sorpresa¡No estoy de humor para tales cosas¡¡Córtenles las cabezas!
- ¡Sólo intenta hacer eso, pedazo de burra! – respondió Ukyo con una voz iracunda y giró su espátula gigante sobre su cabeza con furia.
- ¿Cómo me has llamado! – aulló la Reina.
- Ya me oíste. – replicó la chica. – Déjanos ir. A todos, incluso a ella. – añadió, apuntando hacia la chiquilla de cabellos dorados. – No tienes derecho de ir cortando cabezas sólo porque te viene en gana. ¡Tienes que ser justa¡Y la justicia es algo que no tienes!
- ¡A ella¡A ella! – ladró la Reina.
- Bien hecho, Ucchan. – gruñó Ranma y él y el resto alzaron sus puños y armas.
- ¡Alto! – dije y me aproximé a la monarca. El combatir la furia con furia jamás ha sido algo muy sabio... Y así pues, ideé un plan. – Reina, le ruego que escuche mis palabras.
- ¿Qué! – rugió ella.
- Por favor, tan sólo le quitaré un minuto de su preciado tiempo. – continué. – El muchacho ha asegurado que podemos encontrar al verdadero criminal. Por favor, no desate su furia contra aquellos incapaces de defenderse. Con su permiso, personalmente encontraré y traeré ante usted al criminal que ha intentado quitarle la vida. Reina de Corazones... ¿Me permite hacer esto?
La reina del mundo gruñó, se cruzó de brazos y se mantuvo queda por unos momentos. Sus sirvientes no podían creerlo. El conejo blanco la observaba boquiabierto y con ojos asombrados, pero no podía decir nada, y los soldados estaban congelados en sus lugares mientras que sus miradas estaban llenas de preguntas y estupefacción.
- Está bien. – dijo ella, finalmente, con voz tranquila, para alivio mío. – Si tú dices que puedes hallar al culpable, entonces te ordeno que lo hagas.
- Gracias, Reina. – dije. – Sin embargo, me temo que necesitaré un poco de ayuda, pues mis ojos y mis oídos pueden ser agudos, pero no lo suficiente como para encontrar a un sujeto tan escurridizo como el que la atacó.
- ¡Muy bien! – ladró. – Pero no todos tus amigos irán contigo. No estás pensando en hablar con ellos en las sombras para idear un plan para destruirme¡¿cierto!
- Por supuesto que no.
- Bueno... Tres de ellos podrán ir contigo. Elegiré a tus compañeros yo misma. – pausó por un momento y luego señaló a Sora, después a Donald y finalmente a Cid. – Ellos irán contigo. El resto de tus amigos se quedarán aquí, con Alicia, hasta que el sospechoso haya sido encontrado... ¡Pero date prisa!
- ¡Oye, espera un momento! – Akane dijo y ella, Yuffie y Ukyo alzaron su guardia una vez más. - ¡No vamos a ser tus prisioneros, pedazo de...!
- ¡Akane, por favor! – interrumpí. Caminé hacia ella y susurré en su oído: - Este es el único modo de salvar a la chica y a nosotros por ahora. Que tu ira se desvanezca... y permanece en silencio. Si no salen palabras de tu boca, su cólera estará bajo control.
- ¡Guardias¡Llévenselos! – ordenó la Reina.
Muchos soldados carta se aproximaron a nuestros amigos y los llevaron hacia una jaula, junto con la chica, Alicia. Cerraron la puerta, para disgusto suyo y los dejaron al lado de la Reina. Caminé hacia ellos y les dije:
- No se preocupen. Algo se nos ocurrirá...
- ¿Sí¿Cómo qué? – Ranma dijo. - ¿Van a construir un asesino con flores y césped?
- No, no haremos eso. – Sora intervino mientras Cid y Donald se aproximaban a nosotros. – Porque sé quien trató de hacerlo. Piénsenlo¿qué les hace falta a los Heartless¡Un corazón! Si dice que alguien intentó robarle el corazón, eso quiere decir que los Heartless no pueden estar lejos.
- Tiene razón. – Aeris musitó. – Los Heartless sí buscan los corazones de las personas... Qué chico tan listo. Me impresionas, Sora...
- Pues... – murmuró el muchacho con una sonrisa tímida.
- Disculpen... – Alicia interrumpió. – Debo decir que estoy muy agradecida por lo que intenta hacer... No quiero ser grosera, pero¿podrían apresurarse y sacarnos de aquí? Esta reina me aterra mucho... ¿Qué ocurrirá si la paciencia se le agota y nos decapita a todos?
- Eso no pasará. – Goofy dijo. – No se preocupe, señorita. Tiene ante usted al amo de la Keyblade, al hechicero real del rey y a... Eh...
- Mejor nos vamos. – Donald dijo. – Andando.
- ¡Por favor, no demoren demasiado! – dijo la vocecilla de Pepe Grillo. Noté que el pequeño saltamontes estaba escondido en el bolsillo de Goofy. – Este lugar es horrendo... Nunca me han gustado las jaulas. Especialmente si estoy encerrado en una.
- Los sacaremos enseguida. – Cid añadió. – Nos vemos luego, chavos.
- ¡Link! – Ukyo gritó.
Me volteé a ella y pregunté: - ¿Qué ocurre?
- Cuida a Sora por mí¿quieres? – dijo. – Por favor, prométeme que nada malo le va a pasar¿sí?
- Tienes mi palabra.
- Estaré bien, Ukyo. – Sora aseguró, con una risilla. – No te preocupes por nada.
(Cambio de escena)
- Muy bien... ¿Qué lugar es éste, señor salvador de todas las personas libres? – Donald se quejó. Habíamos tomado un pequeño camino oculto en el laberinto de la Reina y ahora estábamos en medio de un bosque muy raro. Se nos imponían árboles inmensos rodeados por lianas oscuras con hojas coloradas que parecían ser serpientes silenciosas con lenguas horrendas saliendo de sus bocas invisibles. Sus colmillos eran espinas afiladas que salían de sus cuerpos. No parecía haber cielo, pues estaba oculto tras un denso techo de ramas. Un extraño aroma llenaba el aire... Era la esencia de hongos, algunos dulces y otros putrefactos, pero hongos por igual. La tierra era suave y su lodo tenía un color rojizo... - ¿A dónde nos has traído, eh? – añadió. – Y lo que es más importante¿dónde esta el criminal que dijiste ibas a atrapar¡No veo a nadie por aquí, orejudo!
- En vez de quejarte, deberías de ayudar a encontrar nuestra presa. – repliqué, con un poco de enfado en mi voz. – Deberías saber mejor que yo el paradero de las sombras, pues tú ya has peleado contra estos enemigos antes. En vez de molestarnos con tus incesantes graznidos, ayúdanos a buscar a las sombras, a los Heartless. Sí deseas liberar a nuestros amigos de esa horrenda jaula¿verdad?
- ¡Sí! – respondió.
- ¡Entonces deja de quejarte y ponte a buscar! – Cid gritó. - ¡Ya me estás poniendo nervioso otra vez, Donald! Y no me gusta enojarme, si sabes a lo que me refiero. Ukyo es un pastelito dulce a comparación mía¡así que cállate!
- ¿Ah, sí...? – Donald comenzó a decir, pero Sora interrumpió.
- ¡Silencio! – exclamó. - ¿No escuchan eso?
- Sí... – susurré. – Lo he estado escuchando desde hace un rato ya, a pesar de los gritos de nuestro ruidoso amigo...
- ¡Oye! – Donald rugió, pero antes que pudiera continuar hablando, todos pusimos nuestras manos en su pico y le callamos. Entonces suspiró y preguntó en voz baja: - ¿Por qué no nos dijiste antes?
- Porque no creí que los maullidos de un gato representarían importancia alguna... – respondí, para su asombro. – Pero se han estado acercando más y más. De algún modo, no estoy seguro que la criatura que nos ha estado siguiendo es un amigo o un escurridizo rival... ¡Pero silencio, qué ya viene! – exclamé en un murmullo.
Esta vez, todos escuchamos los maullidos del ser. Desenvainé mi espada, Sora alzó su Keyblade, Donald mantuvo su báculo frente a él y Cid giró su lanza en el aire. Y de pronto, los maullidos se tornaron en risas. Una risilla que venía desde todos los árboles del bosque y del aire mismo. Volteamos hacia todos lados, mas no encontramos nada... Pero de pronto, Sora emitió un pequeño grito y saltó hacia atrás. Todos volteamos hacia donde él había mirado y dejamos que un jadeo escapara de nuestras bocas...
Un par de ojos amarillos y una sonrisa blanca nos miraban desde las sombras. Lentamente, fueron encerrados por una cabeza púrpura y redonda... Un cuerpo redondo del mismo color con rayas rosadas apreció bajo ella. Una cola se materializó tras ella y el gato dejó escapar una última risa de su hocico.
- Vaya, pero si son los extraños que desean hallar un villano para llevar paz y justicia al reino de la Reina. – dijo. Esperó a que respondiéramos, pero estábamos demasiado sorprendidos para hablar... así pues, siguió hablando. – Pobre Alicia, acusada de un crimen que no tiene nada que ver con ella... ¿Perderá su cabeza¿O serán sus amigos quienes sufrirán lo que bien debería ser el castigo de los Heartless?
- ¿Qué? – Cid finalmente musitó. - ¿Conoces a los Heartless¿Sabes en dónde están?
- Quizá sí, quizás no. – dijo el gato. - ¿Qué puedo decir? Después de todo, el gato Cheshire tiene todas las respuestas... pero no puedo compartirlas tan fácilmente. Ah, no, eso no sería divertido¿verdad?
- ¡Vaya, pues sí lo soy! – rió. Entonces, se quitó su cabeza y balanceó su cuerpo sobre ella¡como si intentara pararse sobre una pelota¡Horripilante, en verdad! – Existen cuatro cosas que les ayudarán con su misión. Sin embargo, no son fáciles de encontrar... Y lo más importante, más les vale empezar a buscarlas ya, pues... ¿quién sabe¡Alguien más puede quitárselas! – y con esto dicho, desapareció.
- ¡Espere! – exclamé, pero ya era tarde. Se había ido.
- ¿Qué supones que habrá querido decir con todo eso? – Sora preguntó.
- No hay que ser un genio para darse cuenta, chavo. – Cid dijo. – Es muy sencillo: los Heartless dejaron algún tipo de evidencia que, de ser encontrada y mostrada a la Reina, probará que Alicia es inocente. Así pues, parece que los Heartless ahora la buscan...
- ¡Para que Alicia sí resulte culpable! – Donald finalizó. – Tenemos que hallar esa evidencia... Sea lo que sea...
- Tienes razón, Donald. – dije. – Y ese es el problema exactamente. No sabemos qué buscar, pero los Heartless seguramente saben qué perdieron. Tenemos que actuar rápido y tomar cualquier cosa que podamos utilizar como evidencia.
- ¿Y si no encontraos nada? – Sora preguntó.
- Entonces me temo que tendremos que liberar a Alicia y a nuestros amigos por la fuerza. – repliqué. – Y ciertamente no deseo utilizar mi espada para hacerme camino a través del ejército de cartas...
- ¡Pues basta de charlas, a movernos! – Cid nos apuró.
Así pues, exploramos todo el bosque y sus pasajes oscuros y sus esquinas sombrías. Resultó ser mucho más pequeño de lo que creímos... No nos tomó más de diez minutos el recorrer todo el territorio del bosque. Sin embargo, nuestra breve búsqueda no nos dejó con las manos vacías. Encontramos un pequeño emblema que tenía la forma de un corazón roto... Mis compañeros me dijeron que ese era nada más ni menos que el emblema el cual los Heartless usaban como su símbolo... También encontramos lo que parecía ser la sombra de una grande antena y, de nuevo, mis camaradas me iluminaron diciéndome que esa cosa era parte del cuerpo de un débil Heartless.
Sabíamos que debíamos de darnos prisa y regresar ante la Reina. Pensé que al monarca enloquecido no le bastaría mas que echar un vistazo al símbolo del enemigo para saber que se equivocaba. Por otro lado, el darse cuenta de su error podría empeorar las cosas... Pero decidí no pensar en eso decidí confiar en la rectitud...
Estábamos por llegar a la salida del bosque cuando de pronto, mis oídos capturaron un suave sonido. Era el sonido que viene de una cuerda que está siendo halada... Y venía de nuestra derecha. Con gran rapidez, tomé mi arco y me preparé para disparar una flecha. Mis compañeros emitieron un chillido y saltaron hacia atrás mientras yo halaba la cuerda de mi arma. Después de mantenerme quieto y quedo por unos momentos, dije en voz alta:
- ¡No te atrevas a disparar, enemigo¡Las flechas que vuelan del Arco de Hada no tienen comparación!
- ¡Te equivocas, muchacho! – dijo una voz varonil con un acento nórdico. – ¡Los proyectiles que dispara el arco de Feanorth son más rápidos que las balas de un revólver! – suspiré y me preparé a disparar. Pero, para mi asombro, escuché como la criatura invisible puso su arco y flecha en una aljaba. – Pero no dispararé, pues veo que no desean dañarme. Ahora saldré de los arbustos. Por favor, no ataquen, ya que yo también soy inofensivo.
-...Qué así sea. – musité y bajé mis armas.
Y así pues, un elfo salió de las sombras que estaban ante nosotros. Era un poco más bajo que yo y vestía una túnica azul que tenía el dibujo de un dragón en su pecho. Tenía botas cafés que parecían estar hechas de cuero (aunque no estoy seguro si eso en verdad era cuero) y era fuerte. Su cabello era largo y oscuro y caía por sus hombros como una cascada que brilla en medio de la noche y tenía ojos pequeños y negros, pero su color no estaba muerto; era el negro que uno puede ver en la pensativa mirada de un sabio búho. Tenía orejas puntiagudas, similares a las mías, pero las suyas eran más pequeñas... Y emitía un brillo extraño, tan misterioso y tan bello como el del fuego que baila en la mecha de una vela... Caminó hacia nosotros y dijo:
- No están con los Heartless. Por eso decidí presentarme. Es bueno ver rostros diferentes a los de las extrañas cartas que caminan por el laberinto...
- ¿Cómo sabes de los Heartless? – Sora preguntó. - ¿Y... quién eres tú¿Cómo te llamas?
- No creo que sea muy importante que sepan cómo es que me enteré de la existencia de los Heartless, al menos por ahora. – replicó el elfo. – Pero pueden confiar en mí... pues yo también tengo un poco de... "evidencia" que probará la inocencia de Alicia.
- ¿Qué? – Donald interfirió. - ¿Cómo sabes de ella?
- Asumo que han hablado con la Reina. Mas yo no lo hice. Sólo espié y no fui visto. Sabía que la reina no liberaría a Alicia. Por ello estoy aquí, buscando al que trató de robarle su corazón. – metió su mano en su bolsillo y sacó un extraño casco y un sombrero que parecía estar hecho de paja. Mis compañeros jadearon y Sora exclamó:
- ¡Ya he visto eso antes¡Son de los Heartless¿Dónde los conseguiste?
- Hay una pequeña casa, no muy lejos de aquí, oculta bajo las densas sombras de los árboles. – dijo el elfo. – Cerca de ella, hay una mesa, llena de tazas y teteras y otras chucherías. Por fortuna o por descuido del enemigo, encontré estas dos cosas sobre las sillas que rodeaban la mesa. Pero apresurémonos y regresemos ante la Reina para salvar a Alicia. El tiempo es vital y lo estamos dejando fluir despiadadamente al estar parados aquí, charlando. Vamos.
- Alto, alto, alto, alto... – Cid intervino y sujetó al elfo por su brazo. – Antes que nada, me gustarías saber por qué, después de hablar con nosotros por un minuto aproximadamente, estás tan ansioso por ayudarnos. ¿Cómo sabemos que esta no es una trampa que nos estás tendiendo? Además, no nos has dado tu nombre.
- Me llamo Damián. – replicó. – Andando.
- Pero... – Cid musitó.
- Discutiremos esto luego. – interrumpí. – Liberemos a nuestros amigos. Entonces decidiremos qué hacer con usted, Damián.
- Lo dice como si fuese una especie de amenaza. – Damián dijo. – Pero tiene razón. Hablaremos de ello después. – y con esto dicho, corrió fuera del bosque con nosotros tras él.
(Cambio de escena)
Cuando regresamos ante la Reina, nos percatamos que, para nuestra desgracia, un escándalo había comenzado. La horda de soldados carta estaban atacando a un guerrero solitario... Vestía un Karate-Gi blanco con una cinta negra sobre su alto cuerpo musculoso. Era más grande que cualquiera de nosotros; parecía como una montaña de carne y las cartas parecían ser solamente un viento débil que intentaba derribarlo, sin éxito, pues con un golpe suyo, podía derrotar a cualquier soldado que se encontrara a su paso. También usaba una cinta roja en su cabeza que parecía jugar con el furioso ventarrón que lo envolvía. Tenía ojos y cabello cafés y éstos brillaban coléricamente con cada ataque que desataba...
Nuestros amigos todavía estaban encerrados en la horrenda jaula, al igual que Alicia. Todos ellos gritaban; algunos le imploraban al hombre que apagara su ira y otros le animaban para que continuara peleando. En cuanto a la reina, ella gritaba y pataleaba incesantemente y les ordenaba a sus soldados que capturaran al hombre.
- ¡Deténganse! – Sora gritó y corrió ante el monarca. - ¿Qué está ocurriendo¡Haga que se detengan!
- ¡Silencio! – la Reina exclamó. - ¡Este hombre es el verdadero criminal¡Mis soldados deben de capturarlo y ejecutarlo!
- Si ese es el caso¿por qué nuestros amigos siguen encerrados en esa jaula? – pregunté y caminé hacia el trono sin ser molestado, pues la batalla había terminado con la victoria del hombre. Se mantenía quieto y callado y a su alrededor, yacían todas las cartas como si hubieran sido azotadas por un huracán. – Además, este hombre es inocente. Hemos encontrado evidencia que llevará a la captura del verdadero criminal.
- ¡Él empezó! – la Reina gritó y no pude mas que girar mis ojos ante la acusación que tan sólo a un chiquillo se le hubiera ocurrido hacer.
- ¡Oiga, yo no dije ni hice nada! – intervino el hombre. – Solamente desperté en este extraño lugar y, por mala suerte, me parece, me hice camino hasta aquí y solamente le pregunté en dónde me encontraba. Fue usted quien echó todos sus soldados en contra mía.
- ¡Callado! – la reina aulló. - ¿No conoces la ley aquí¡¡Cualquiera que contradiga a la Reina es culpable!
- No deseamos contradecirla, Reina... – intervino Damián y se aproximó a la tirana. Entonces le mostró toda la evidencia que habíamos juntado y dijo: - ¡Observe¡He aquí la evidencia que ha de probar la inocencia de la pobre muchacha!
La Reina únicamente observó las cosas y gruó en voz baja...
- Muy bien, hasta aquí. – Ukyo dijo. – Ya me harté de estar encerrada aquí. ¡Así que vamos a salir! – y con esto dicho, agitó su arma una vez y destruyó el candado.
- ¿Qué! – gritó el monarca.
- Obviamente, nuestros amigos no están aquí. – declaró la chica. – Nos vamos. Y traigamos a Alicia con nosotros: no merece quedarse aquí¿verdad, Alicia...¿Qué? – musitó tan pronto nos dimos cuenta de que la muchachita había desaparecido. - ¿Dónde está?
- ¿Qué¿A dónde ha ido la acusada? – la Reina preguntó. – Sin una sospechosa, no puede haber un juicio. ¡Cartas, encuéntrenla! – ordenó y las cartas rápidamente se pusieron de pie y obedecieron el comando de su reina.
En cuanto a nosotros, aprovechamos este instante y, junto con nuestros dos nuevos compañeros, dejamos a la Reina, sus soldados y al laberinto verde.
