Fic dedicado a Jacky :3

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Autora: Chia-sama

Capítulo siete:

La cena

Los días habían pasado demasiado deprisa y ni siquiera se había dado cuenta. Desde la noche que pasó en compañía de Kintaro Tooyama se había pasado más horas delante del ordenador, describiendo escenas de besos y pasiones rotas por la cabeza serena de los amantes para todas sus historias, intercalándolas en diferentes párrafos y finalmente, enviándolas a la editorial. Se moría de vergüenza por tal de no ver a la cara a su jefe, quien le solía enviar e-mail como agradecimientos y recordándole las ganas que tenía para verla, especialmente el viernes.

Sus mensajes demostraban su alegría y su entusiasmo juvenil que nadie más podía ver y comprender, pues siempre lo tomaban como un hombre demasiado serio e intranquilo que siempre necesita mover alguna parte de su cuerpo para no golpear a uno de sus subordinados. Nada de eso era cierto. Era un hombre totalmente diferente a como lo veían. Su único pecado era ser humano. Se cansaba como cualquier otra persona. Sentía dolor y odiaba que lo pisotearan. Su orgullo continuaba estando tras ambas facetas.

Tecleó las últimas líneas del párrafo que terminaría su primera novela romántica en aquella editorial y se sintió terriblemente feliz. Era la primera vez que terminaba algo y sabía que estaba siendo publicada, aunque fuera en una revista y semanalmente. Aunque las cartas y los emails, de sus fans eran terriblemente grandes, sentía una gran explosión de satisfacción cada vez que leía uno, ayudándola a continuar. Pero se había dado cuenta de una cosa y es que el miedo irracional a terminar por escribir algo que no terminara de su agrado la estaba torturando. Siempre había tenido problemas con los finales.

-Veamos…- murmuró mientras tomaba la taza de té caliente entre sus manos- "Selena estaba profundamente enamorada de él. Lo sabía. No podía hacer otra cosa que esperar que el sentimiento de amor fuera tan efusivo que Emanuel, el gran policía que la había estado protegiendo desde sus primeros días como camarera, decidiera poner un anillo de bodas en su dedo, y así, le susurraría todas y cada una de las noches de amor, cuan de profundo lo amaba"….. Esto me suena a final de novela barata- suspiró y borró el trozo- Jo, ¿cómo podría hacerlo?

Escuchó un sonido ronco detrás de ella y giró la cabeza para poder encontrarse a su compañero totalmente dormido en el sofá cuan largo era. Le parecía extraño que necesitara dormir, pero según había logrado leer en el libro de su madre, Ryoma necesitaba ahora dormir como un humana y él dormiría las horas que ella no hiciera. Él lo aceptó, especialmente cuando se trataba de trabajo, pero a veces se dedicaba a apagarle el ordenador o hacer que terminara por irse a dormir a la fuerza.

El sonido de la llegada de un nuevo mensaje la hizo regresar la atención al ordenador. Nada más abrirlo casi dio un brinco, buscando la fecha.

-¡Santo cielos! ¿Ya es viernes? ¡Oh, no!

Ryoma gruñó detrás de ella, moviéndose para despertarse y mirarla con sus dorados ojos totalmente cansados. Unió las manos en modo de rezo para pedirle disculpas y corrió hasta el armario.

-Oh, oh, cielos- exclamó mientras comenzaba a coger ropa para vestirse- tengo que ir a hacer la compra, poner la mesa, hacer la mesa… digo, la cena. Ay, estoy tan nerviosa que no sé ni lo que digo.

Se volvió hacia él de nuevo, suspirando.

-¿Ryoma-kun vas a acompañarme a comprar?

El aludido movió la cabeza afirmativamente. Desde que lo había dejado abandonado decidió que iría a todas partes con él, pero se tomaría la molestia de preguntarle antes de hacerlo. Había lugares donde él no deseaba, ir como por ejemplo, la peluquería o a comprar ropa interior femenina. Le había preguntado una vez de la forma más vergonzosa que logró hacerlo. Ryoma no la entendía bien cuando le preguntaba si también iría con ella a comprarse ropa interior y mientras hablaba, ella jugueteaba con una de su braguitas rotas. Por desgracia, esta salió disparada y atravesó al chico, pero era imposible no ver qué eran. Ryoma se negó con un no rotundo mientras la fulminaba con la mirada y se sentaba en la ventana, dándole la espalda. La misma postura que solía hacer cuando ella tendía la ropa interior en el tenderete.

-Vale, pues me visto y vamos- le informó.

Le había escuchado gruñir repetidas veces a medida que se acercaba el fin de semana. Sabía por su comportamiento despistado y a la vez pasota que no le interesaba nada las fiestas y por supuesto, era más que obvio que no gustaba de Kintaro tampoco.

Terminó por vestirse y cepillarse los dientes y el cabello. Él ya la esperaba en la puerta, con la cesta de la compra en la mano extendida. Se la aceptó y esperó que cerrara tras ella antes de comenzar a bajar las escaleras. El aire fresco de la ciudad le acaricio la piel. Comenzaba a hacer más calor y por eso mismo, esas corrientes frescas eran agradecidas.

Se había terminado aprendiendo el camino a la perfección y gracias a dios, cuando se perdía, Ryoma solía guiarla. Pese a que había cambiado mucho desde que Ryoma había salido de su casa desde hacía veinticinco años, durante dos o tres salidas le bastó para aprenderse la direcciones correctas, sin embargo, ella no. Le era tan difícil. Sentía como si cada vez que lograba aprender algo al día siguiente estuviera cambiado. ¿Qué no quedaba la tienda de los bocadillos a la izquierda y no a la derecha? ¿O no había unos cines en el centro en lugar de la calle de la derecha? Darle vueltas en ese momento era una tontería. Tenía otras cosas más necesarias para pensar.

Había visto que Kintaro comía cualquier cosa que se le pusiera delante y fuera comestible, pero seguramente también tendría sus preferencias. Lo malo del asunto, es que no los conocía, así que debía de improvisar. Y esperaba hacerlo correctamente.

-Hum, Sukiyaki… ¿o saba no shioyaki?.... aunque, también podría hacer algo de Fuji fu yong… Oh… no sé…

-Todas- opinó Ryoma encogiéndose de hombros.

Lo miró dubitativa. Igual tenía razón. Ya que no daba con ninguna y no sabía qué hacer, podría probar con esos platos y que él comiera lo gustara, aunque no fuera la época de alguno, cosa de la que no estaba interesada. Generalmente solía comer algo de sopa, carne… pero no se molestaba en hacer demasiados platos para ella sola, aunque ahora que tenía que entregarle energía a Ryoma, comía demasiado.

La entrega de energía se ejercía cada Lunes, Miércoles y finalmente, los sábados. Aunque fue ella quien tuvo que imponer esa regularidad. Ryoma solía hacerse el sueco a la hora de la verdad, generalmente por las noches para poder descansar enseguida. Al parecer, a su compañero fantasmal le preocupada de sobremanera dejarla sin energía tan seguido. Pero no creía que tuviera que preocuparse tanto cuando trabajaba en casa y podía dormir siempre cuanto quisiera durante el día.

Tras comprar las cosas necesarias y algo de bebida nueva, regresaron al piso. Ryoma volvió a tirarse en el sofá para dormir y ella, se puso manos a la obra en la cocina. Por suerte, gracias a ser una única persona y Ryoma no ensuciar a penas, el piso estaba siempre limpio y acogedor. Además, ella era una de esas personas que odiaba tener que oler polvo o ver algo sucio. Por tal, tenía la manía de ducharse, si era posible, tres veces al día. Si no había otra, al menos una vez.

-¡Ay!- Exclamó dejando caer el cuchillo.

Por no prestar atención a lo que hacía el cuchillo había atravesado fácilmente la piel de su dedo y el dolor llegaba intermitente mientras sangraba. Alargó la mano para tomar el trapo de la cocina, pero su dedo fue refugiado dentro de algo húmedo y cálido. Giró la cabeza para ver. Ryoma había introducido dentro de su boca el dedo herido y la miraba acusadoramente, seguramente, culpándole por su torpeza. Enrojeció y apartó la mirada.

Desde la noche en que llegó tras estar con Kintaro, se le hacía más difícil sostenerle la mirada a su compañero de piso. No sabía por qué, pero se sentía profundamente inquieta desde que él la desnudara. Era bien cierto que estaba adormilada, pero juraría haber recibido algún roce por parte de Ryoma, que era vergonzoso y tampoco las tenía todas consigo a la hora de creer que no veía en la oscuridad. Porque si realmente veía…

Me vio en bolas… completamente desnuda… cielos.

Su corazón comenzó a palpitar con fuerza, especialmente, cuando él decidió que su dedo era el manjar más sabroso y comenzó a mordisquearlo con suavidad y a lamerlo juguetonamente con su muy inquieta lengua. Lo miró perpleja dentro de su vergüenza y alejó la mano cuando sus miradas chocaron. Ryoma retrocedió hasta salir, lamiéndose los labios mientras ella se tocaba la mano con sorpresa, hasta que sin darse cuenta, llevó el dedo hasta su propia boca, alejándolo cuando se dio cuenta. La herida había desaparecido y no quedaba ni rastro de dolor o piel rasgada.

Intentando no darle más importancia continuó con la cena. Justo cuando terminaba, dirigió una mirada hasta el reloj de la estancia.

-Hum…- farfulló- tengo que bañarme. Dejaré esto en fuego bajo y listo.

Salió al salón, encontrándoselo cerca de la ventana, junto al gato negro que terminó por comprender que estaba muerto. Era algo beneficioso que algunos gatos no tuvieran que hacer ningún pacto con nadie.

-Ryoma-kun- llamó- voy a ducharme. ¿Puedes mirarme lo de la olla y apagármela cuando sea y media?

Él afirmó nuevamente a regañadientes y ella suspiró. Era bastante difícil tratarlo cuando estaba de mal humor y por alguna razón que desconocía era más seguido ese comportamiento. Creía que era por culpa de aquella noche, pero el mal humor aumentaba según se acercaba el viernes. Ahora, estaría segura de que tendría las respuestas.

No le dio más vueltas y se adentró en el baño. Un buen baño relajante refrescaría su piel y la dejaría sentirse más limpia que las cortas duchas. Además, el olor dulce de las sales de fresa era muy apetecible, tanto, que no pudo evitar darse un suave mordisco en el brazo, riendo por su actitud. Se tomó su tiempo en salir y cuando lo hizo, se sentó sobre el baño, toalla religada a su cuerpo sobre el váter, dispuesta a terminar su arreglo. No solía hacerlo, pero los zapatos que pensaba ponerse dejaban sus dedos al aire y decidió que por ser coqueta una vez no sería malo.

Pintó sus uñas de un rosado blanquecino y después, las de las manos. Se roció la piel con perfume de rosas nutritivo. Cepillo sus cabellos hasta que quedaron libres de enredos y los recogió en una coleta alta sobre su oído izquierdo, colocándose horquillas en el resto de los cabellos para evitar que los cortos salieran, dándole un toque de loca. Se maquilló suavemente y volvió a sentarse para secarse los algodones de entre los dedos. Fue justo cuando alzó la mirada, encontrándose con la dorada. Ryoma miraba directamente hacia sus piernas. No.

Entre ellas… eso quiere decir que está viendo… ¡Está viendo mi…!

-¡Ey!- Protestó, cerrando las piernas de golpe- ¡Mirón!

Se levantó para cerrar la puerta, jadeante y avergonzada.

Descarado… pervertido…. Oh, cielos, debí de darme cuenta antes. ¿Cuánto tiempo lleva mirándome? ¿O he sido yo quien no se ha dado cuenta de que estaba ahí antes de que yo comenzara con todo?... oh, oh… ¿lo habrá visto entero…? Todo mi… oh, oh.

Meneó la cabeza totalmente avergonzada, sin poder saber qué hacer para poder controlar su respiración. Generalmente, Ryoma se sentaba ante la televisión, cambiando de canal para que supiera donde se encontraba, claro que aquello solo era mientras no podía verle. Ahora, el chico fantasma caminaba por cualquier lugar de la casa, demostrando su presencia con su cuerpo frio y capaz de atravesar cualquier objeto, por eso mismo, Ryoma no necesita de puertas y a veces, cuando lo perdía de vista, se lo encontraba saliendo del baño sin avisar, dándole un susto de muerte. Él sonreía orgulloso de hazaña, pues al parecer, echaba en menos aquellos días que no hacía más que molestar a los que vivían a su lado.

Suspiró, algo más recuperada. No podía borrar que un muerto hubiera visto sus encantos y tan descarado. Rogó por poder olvidarlo y cruzó los dedos mientras terminaba de vestirse. La hora se le venía encima y todavía le quedaba por poner la mesa.

Colocó en su cuerpo un mono negro de piernas y salió tras ponerse dos pequeñas piedras en sus oídos como último detalle, para perfumarse con uno de los botes de colonia que tenía sobre la repisa del armario. Suave toques de perfume detrás de las orejas, en la mandíbula, el cuello y las muñecas, además de algo de desodorante que no perturbara el olor.

Colocó un candelabro sobre la única mesa que tenía, encima de un mantel rojizo con servilletas a juego. Tres velas blancas, platos, cubiertos y dos compas de champan y una de vino para él y otra de agua para ella. Le hubiera gustado acompañarle, pero algo le decía que no era lo correcto, ¿y si volvía a perder la compostura como aquella noche? Esa noche, era capaz de terminar en la cama con él. Seguramente, su cuerpo, más alocado que su conciencia, era capaz de ceder rápidamente.

Regresó a la cocina para terminar todo y justo a la hora de indicada, escuchó el sonido de un coche detenerse ante la puerta de su casa. Desde la ventana de la cocina era idóneo poder verlo. La negra limusina que siempre lo acompañaba. Sus cabellos pelirrojos, su sonrisa natural que mostraba cuando estaba feliz. Un ramo de rosas rojas en el brazo y una botella de champan.

Casi se le detuvo el corazón. Kintaro era apuesto. Muy apuesto y con aquellas ropas no ayudaba a hacerle verse más feo. Una camisa blanca y unos pantalones negros que quedaban perfectamente pegados a su musculatura. Cerró la persiana con fuerza y pegó su frente contra el frio cristal, esperando que su corazón decidiera latir con menos rapidez de la acostumbrada. Desde luego, ese día no gastaba para su desbocado compañero.

Llevó parte de la cena a la mesa y se limpio las manos en una servilleta antes de darse los últimos retoques ante el espejo de la entrada. El timbre resonó por todo el piso. Buscó la mirada dorada y unió las manos en súplicas.

-Por favor, pórtate bien…- y abrió la puerta.

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Oh, sí. Compórtate. No hagas esto, no hagas lo otro, piensa, no mires, retrocede, no asustes. Todo aquello era una locura. No podía hacer nada sin recibir una súplica o una regañina por parte de la chica. Desde el día que la dejó fuera de la casa es cierto que se había tomado las cosas con mucha diferencia y probablemente él estaba irritado, pero sabía perfectamente quien era el culpable: Él.

Ese maldito ejecutivo, o el dueño de la editorial de la revista más comprada del mundo- según había leído en una encuesta en otra revista- y que parecía ser la prefería por todas las mujeres, especialmente desde que se publicaba las novelas románticas escritas por la muchachita de trenzas, aunque ahora se hubiera puesto como una barbie de esas que quieren engatusar y tener sexo seguro. Genial. Encima tendría que soportar ver como se enrollaban. Oh, sí, un día perfecto.

No, no había que culparle por estar de tan tremendo mal humor, era simplemente que ver la cara de idiota feliz y babeante que ponía el chico, le entraban las cuatro cosas y eso contando con que ya estaba muerto. Nada del otro mundo, por supuesto, eran claramente celos como todo hombre, pero no, no pensaba reconocerlo porque ella estaba viva y podía hacer lo que quisiera. Hasta ahí bien. Perfecto. Pero el amor de dios, que alguien le diera un bate para golpearlo y sacarlo de la case antes de que llenara el suelo de babas por ver el gran escote del mono que llevaba la chiquilla. Muy mona por cierto, demasiado, diría él.

-¡Muchas gracias por recibirme, Saku!

-De… de nada. Pasa, pasa.

El chico se adentró y le entregó un ramo de rosas, seguramente recién cortadas de alguno de sus invernaderos y preparadas para que mantuvieran su frescor, junto a una botella de champan. Sakuno no tardó en alabar las flores como si fuera la primera vez que veía unas y le invitó a pasar. Cuando el pelirrojo vio la mesa tan bien preparada, logró apartar la mirada del escote de la chica y ver que había más mundo fuera de dos tetas.

Sakuno colocó las flores en uno de los pocos jarrones que tenían, donde siempre solía colocar algunas margaritas o cualquier flor bonita que encontraba en la calle y terminaba agradándole. Regresó de la cocina con otro plato de comida y espero que al chico le diera tal indigestión que no regresara…. Jamás. Sin embargo no se sentaron a comer. Ambos caminaron hasta el ordenador. Oh, el maldito ordenador. Caminó con ellos.

-¿De verdad te preocupa el final?- Cuestionaba Tooyama con el ceño ligeramente fruncido- igual deberías de publicarlo y si en todo caso el público no queda contento, hacer un epílogo sobre él. O bien podrías remodelarlo si quieres. Quizás… no sé, hacer que le pida realmente en matrimonio, ¿no ven esas cosas las mujeres muy emocionantes? Yo es que no entiendo mucho.

El chico hizo una mueca que hizo reír a la joven Ryuzaki. Él, ni lo comprendió. Encontraba que Sakuno tenía demasiada imaginación y la hacía trabajar demasiadas horas delante del ordenador y dormir poco. Por suerte, había descubierto que el tiempo que él estuviera durmiendo servía para darle vitalidad a la muchacha. Quizás, era lo bueno que tenía compartir aquella maldita bala. Encima, por si no descansaba poco, había hecho un horario sobre sus tomas de energía que conseguía de ella. Suerte que terminaba completamente dormida.

Otro bueno que había descubierto ese día es que podía curarle las heridas con su saliva. Y también… que la chica gozaba de unos encantos que aturdían. Había visto al completo la sexualidad femenina en su esplendor y ella ni se había dado cuenta hasta el final. No lo había hecho adrede, por supuesto. Simplemente se había sentado ahí porque era el lugar donde siempre se sentaba para ver la televisión, pero ella olvidó cerrar la puerta. No era su culpa que desviara la mirada y se encontrara con tremendo panorama. Al menos, le había servido para descubrir que sí: era capaz de tener erecciones. Aunque esta no duró demasiado.

Sabía perfectamente para quién se había puesto guapa. Y ahí estaba, babeando y contado chistes pésimos sobre alguna cita que hubiera tenido. Y ella reía. ¡Oh, dios! Estaba riéndose como una colegiala enfermiza de amor. Tímida, pero claramente enferma. ¿Qué demonios había pasado entre ellos para que saltaran tantas chispas de atracción? ¿Acaso la cita en la que la dejó fuera había tenido algo que ver?

Probablemente, se dijo, encogiéndose de hombros.

Ellos seguían ante el ordenador y él junto a ellos. Se agachó y desenchufó aquel estúpido trasto distraedor de personas y mentes. Quema vistas y roba tiempo. Sakuno le miró incrédula, reaccionando a tiempo. Kintaro puso los ojos en blanco ante la pantalla.

-¿Se apagó de golpe? ¿Le suele pasar mucho?- Interrogó estúpidamente.

-No, no- negó la chica introduciendo la clavija- Es que el enchufe está algo viejo, tendría que cambiarlo. Pero… por favor, cenemos antes de que se enfríe- invito, dedicándole una última mirada de advertencia.

Suspiró y se encogió de hombros, siguiéndoles y apagando las velas al pasar. Sakuno lanzó un suspira de frustración y las encendió de nuevo. Tooyama rio ligeramente antes de atraparla de las caderas con gentileza e invitarla a sentarse mientras abría la botella de champan que había traído. Sentado en la silla que debería de ser para el invitado, empujó la copa con sus dedos cuando el dorado liquido iba a ser volcado. De nuevo, la chica gritó asustada, empujando la botella a tiempo de llegar a un desastre.

-Lo siento- se disculpó el pelirrojo aturdido- juraría que había apuntado bien.

-No, si no ha sido usted… seguramente es que había una GRAN arruga en el mantel. Yo la sujetaré.

-Oh, perfecto.

Entonces lo vio. Aquel tipo iba a por todas. El cuento de la típica gotita que caía fuera de la copa y daba en la piel de la chica. Lo vio inclinarse con la mano femenina delicadamente tomada en una de las suyas y lamerle el lugar. Automáticamente, la chica enrojeció. De la misma forma que había hecho cuando él le lamió el dedo. Frunció el entrecejo y cambió rápidamente de lugar cuando vio que el chico iba a sentarse en su lugar.

-Gracias por invitarme, en serio. Y… por tomarte tanto tiempo en cocinar por mí.

-Bueno… esto no es nada… Usted me ayudó anteriormente a mí y creo que una cena queda insignificante a su lado.

-¿Qué fue lo que hice?- Inquirió el hombre con aspecto despistado- solo te he dado trabajo.

-Me acompañó a aquella tumba y estuvo a mi lado sin hacerme preguntas. Cualquier persona….

-… Tiene secretos- interrumpió Tooyama frunciendo las cejas- Me gusta que tengas secreto, Saku-chan. Te hace ver más… interesante. Casi todas las mujeres que conozco no tienen ese magnetismo. Son fáciles de leer. Que si pintauñas, que si peluquería, que si revistas para estar bonitas, etc. Desde luego, ese día me lo pasé genial. Me llevaste de aventura, en pocas palabras.

Las mejillas femeninas se tiñeron de rojo nuevamente y agachó la mirada hasta el plato que tenía ante ella. Kintaro Tooyama pareció contento de esa respuesta y alargó la mano para tomar su copa de champan y beber. Justo cuando se la estaba llevando a la boca la empujó sobre la comida. El pelirrojo parpadeó confuso y Sakuno volvió a mirarle con los ojos como platos y jadear aturdida.

-Vaya… creo que estoy muy torpe esta noche, Saku-chan. Seguro que es porque estoy contento de estar cenando a solas contigo, de nuevo.

Sakuno sonrió sin mirarle, con la mirada clavada en él la paso hacia el sofá, indicándole que se estuviera quieto en un rincón. Se encogió de hombros y se sentó en el sofá. Sakuno suspiró aliviada y volvió a prestar atención al visitante, sorprendido porque la chica no hubiera contestado a sus halagos. Desde luego, el chico era torpe intentando conquistarla, pero cabezón, lo era un rato.

-O… ¿es cosa de tu amigo fantasma?

El aura de la chica cambio radicalmente a sorpresa y miedo. Sakuno tropezó el tenedor con su nariz y lo dejó caer, mirándolo con los ojos a puntos de salírsele de las cuencas. Movió el labio inferior ligeramente en un temblor de culpabilidad y él mismo se tensó, clavando su mirada en el sujeto. Kintaro rompió en carcajadas y sintió ganas de estrangularlo hasta que llorara como una niña.

-Era una broma mujer. Solo repetía lo que le he escuchado decir a un tipo que subía conmigo las escaleras. Me ha preguntado- explicó- ha qué piso iba y cuando le he dicho tu casa, se ha puesto pálido.

Movió la cabeza negativamente y frunció el ceño mientras la miraba con atención a los ojos, para continuar.

-Preocupado, le he preguntado qué le pasaba y me ha dicho sobre los fantasmas y sobre ti.

-¿Sobre mí?- La chica parpadeó, confusa.

-Sí. Bueno, dijo que eras la inquilina que más tiempo había vivido en ésta casa sin salir corriendo ni gritando sobre fantasma y que quizás por eso te estabas convirtiendo algo turumba. Dice que siempre te vas antes de que la puerta se cierre y cuando has bajado tres o cuatro escalones esta se cierra con llave, mientras te quedas esperando. Después, las bolsas de la compra. Traes demasiadas como para poder cargarlas tu sola- meneó la cabeza sin dejar de hablar- o que siempre estas caminando de un lado a otro, incluso por las noches. Que vas más veces al baño de lo que debería ir un ser humano, etc. De cosas.

-Cielos…- masculló Ryuzaki asustada- parece un…

-Un mirón- terminó Tooyama por ella- claramente. Le he advertido para que no crea que estas solas y también…- el pelirrojo se rascó la cabeza y humedeció sus labios mientras reía nerviosamente- le he dicho que a veces vas más al baño porque yo me quedo aquí. Saku-chan, es que no me parece bien que un hombre que vive solo y sea tan mayor y peligroso, esté vigilando lo que hace una joven que vive sola. Por eso, encuentro mejor que sepa que hay un hombre viniendo de vez en cuando a verte.

Rodó los ojos cansado. Ya había uno viviendo con ella y era suficiente como para protegerla. Podía tocar los objetos y a las personas también, así que, ¿qué le costaría golpear a un baboso que intentara molestar a la chica? No por nada iba siempre con ella a todos lados. No le parecía necesario que el pelirrojo hubiera hecho eso. Pero Sakuno por supuesto, no pensaba igual que él. Había sonreído ampliamente y jugaba con la servilleta entre sus dedos, sin poder mirar al pelirrojo por pura vergüenza. Sentía perfectamente como latía su corazón y comenzaba a estar frenéticamente excitada. Se tensó automáticamente.

-¿No dices nada?- Presionó Kintaro inclinándose hacia ella- dime si hice mal o bien al menos, por favor.

-Yo es que… no sé… no sé qué debo de decir… es la primera vez que alguien hace algo así por mí que no sea de mi familia…- confesó, ignorándole por completo.

¿O es que eso quería decir que él ya formaba parte de la familia porque Tooyama era un sujeto al que seducir? Oh, sí. Eso seguro. El visitante se alzó de su silla de nuevo y se arrodilló ante ella, tomándole las manos entre las suyas y besándoselas. Sakuno tembló y enrojeció de nuevo.

Mierda, ¿por qué tenían que compartir también los sentimientos? No. Solo él los sentía. Ella no se daba cuenta de nada. Seguro que ni siquiera recordaba que tenía un compañero de piso que estaba viendo toda la escena ante sus ojos.

-No te preocupes, Saku-chan. Yo lo haré todas las veces que haga falta y así, podré estar más tiempo contigo. No te avergüences. Y si es necesario, me encargaré de ponerte un guardaespaldas en la puerta para que nadie te toque, no por nada eres uno de mis trabajadores más queridos.

Era tan frágil que lo pudo sentir: El alma de Sakuno caérsele a los pies ante la última frase dicha por su jefe. Pero si Tooyama estaba interesado en ella no dejaría las cosas así. Desvió la mirada para no verlo, si es que realmente hacía algo, pero lo único que llegó a besarle fue la frente y alejarse como si la chica quemara entre sus manos. Frunció el ceño, al verla intranquila.

-Pero, creo que ya sabes que eres mi preferida- puntuó- te lo demostré la otra noche, pero hoy he decidido comportarme, o si no, te aseguro que esa cama será estrenada en otros temas diferentes al de dormir.

Una punzada de calor le recorrió a la vez que la chica se ponía como un tomate y comenzaba a abanicarse con la servilleta. Definitivamente, iba a odiar compartir tantas cosas con su pactante. Tooyama no pasó por alto aquel gesto y se inclinó para tomarle una de las manos y llevarla hasta su pecho, demostrándole así que estaba en condiciones similares. Sakuno entrecerró los ojos, mirándole jadeante, tocando con la punta de sus dedos la dura piel bajo la camisa. En cuestiones de segundos, se inclinó también y ante sus morros, se besaron.

Un escalofrió recorrió su fría espalda, provocando que se irguiera. Caminó a grandes zancadas hasta ellos e hizo que la chica metiera la mano dentro de su plato. El beso, demasiado provocativo, se rompió. Sakuno, con el rostro colorado por la vergüenza y la rabia, se giró hacia él, enviándole en un siseo a la cocina. Protestó entre dientes y caminó hasta el lugar. Ella le siguió tras excusarse con Kintaro, mirándole acusadoramente tras cerrar la puerta con el pie y dejar los platos en el fregadero.

-¿¡Por qué me haces esto!?- Exigió acalorada y sin alzar la voz- Ryoma-kun, me lo estás estropeando todo y yo no te he hecho nada.

Se limpió las manos en un trapo y descansó la espalda en la nevera, mirándole claramente como un culpable que iba a ser juzgado gravemente. Frunció el ceño. Se acabaron los planes. Se acabó fingir.

-No te enteras de nada- espetó.

Y la aprisionó contra la nevera, dejando que fuera su boca la que hablara…

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n/a

Sí, lo sé. Este capítulo es cortito. Pero buehg, es así. No hay más. Además, termina de este modo. Me encanta escribir sobre Kintaro y Sakuno en éste fic, aunque desgraciadamente, me colé en su carácter, lo siento. Pero bueno, que quede claro que no lo hice aposta.

En fin… nos vemos prontito.