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—8—
El Cisne Encantado
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Discutió con su padre como solía suceder cada noche, desde la repentina muerte de su Príncipe Heredero y Reina, el Rey Clark se comportaba como si alguien tratara de arrebatar el Trono de sus cansadas manos.
Entendía su preocupación, los rumores de los comerciantes decían que varios Reinos habían caído en los últimos meses, aunque de pedir detalles o una explicación mucho más extensa, lo único que hacían era referir a las sombras.
El Reino de las Sombras, era tan antiguo como el mundo. Según los consejeros, R'as al Ghul había derrocado verdaderos imperios. Comenzó con el Reino de Gotham, una guerra sangrienta que se extendió por varios cientos de años y cuando los conquistó, siguió con los Reinos de Nueva Temiscira, Central, Costero y Estrella.
El suyo era el más lejano de todos ellos, se refugiaron tras caer la primer gota de sangre en el extremo norte del mundo. Un lugar dónde la nieve y el hielo jamás se derretían. Pocas personas podían habitar en estas tierras y es por eso que se les retiró el nombre de Metrópolis y adoptaron el de "Reino de la Soledad"
Como segundo (y ahora único príncipe) en la línea de sucesión, creía que las preocupaciones del Rey estaban algo exageradas. ¿Quién querría conquistar una zona casi muerta? De no ser por los animales salvajes que les proveían cobijo y comida, hace tiempo que se habrían extinto.
Sus pobladores no conocían la luz del sol o los verdes pastos, jamás los habían sentido contra la piel desnuda, pero al menos, tenían la seguridad de nadie más que ellos había contemplado la belleza de una lluvia de estrellas o la aurora boreal.
Cuando miraba sus manos, aún jóvenes y delicadas debía recordarse que los monarcas de Soledad se destacaban por ser justos y férreos. Gobernaban con mano de acero y eso quería decir que sin importar qué, no podían abandonar el hielo.
Hasta que las sombras fueran diseminadas y la paz fuera anunciada permanecerían en el exilio por el bienestar de todos ellos.
Sin embargo, si ya tantos Reinos habían caído. ¿Cuántos quedaban? ¿Cuánto del mundo permanecía luchando o era malditamente libre?
Ellos no eran guerreros como los Gothamitas o las doncellas de Nueva Temiscira, ni atletas como los Centrales o arqueros como los del Reino Estrella, tampoco poseían la habilidad de atravesar los cielos con aquellas ostentosas maquinas que desarrollaron los ingenieros del Reino Costero.
Los habitantes de Soledad eran cazadores, artesanos, curtidores de pieles, agricultores o escultores. Si las Sombras los acechaban la caída sería espantosa, debían protegerlos, encontrar una forma de protegerlos y según su padre, el primer paso era asegurar la sucesión del Trono.
Tenía que contraer nupcias con alguna doncella, lucir la corona, engendrar, comenzar a gobernar con sabiduría y solemnidad.
Lo sabía, lo entendía, pero aún no lo aceptaba. Apenas si tenía dieciocho años de edad, quería enamorarse, locamente, libremente, encontrar a una pareja a la que mirara a los ojos y pudiera decir, "eres tú" por encima de todo el mundo.
Supuestamente, así fue como su padre se enamoró de su madre y el abuelo de la abuela. Sus monarcas contaban historias de amor a primera vista, unidad, lealtad y familia. De ahí emanaba la devoción de su pueblo, el que siguieran confiando en todos ellos.
Si de pronto, él se casaba con una mujer que no le sacaba ni la más leve sonrisa, sabrían que las cosas andaban mal, que lo hacía con premura, que las Sombras al fin llegaron a sus fronteras.
Resopló, porque a pesar de sus negativas, el Rey Clark ya lo había dispuesto todo, mañana por la noche, bailaría con cada Dama de la Corte hasta que se le cayeran los pies.
Debía elegir a una, la indicada para toda la eternidad.
Pensó en escapar. Lo sabía, la salida del cobarde pero es que en serio, las conocía a todas y no le gustaba ninguna. Eran aburridas, hermosas, pero estúpidas.
Montó en su caballo y galopó hacia los lagos congelados, otro espectáculo natural que nadie más que ellos podía admirar era el desfile de los Cisnes, venían en esta temporada del año y según los románticos, lo hacían para encontrar a su pareja ideal.
Suspiró. Si te prometías con la bendición de los Cisnes tu unión sería para siempre.
A él le habría encantado venir con alguna vaporosa dama, contemplar a los Cisnes, prometerse lo eterno pero en su defecto aquí estaba, completamente…
—¡Hey…! —gritó pues alcanzó a ver a un cazador apuntando a los Cisnes.
En la época de su desfile los Cisnes estaban prohibidos para el consumo. No querían que se extinguieran ya que llegaban a sus linderos básicamente para procrear. El cazador no lo escuchó o ignoró y disparó, los Cisnes salieron despavoridos por todos lados pero uno cayó.
Él dio persecución al cazador hasta que lo perdió y consideró que ya era suficiente castigo que ese "animal" hubiera perdido a su presa, regresó al lago para ver como estaba el herido, quizás aún pudiera salvarlo o llegara tiempo justo de liberarlo de su tormento.
La bala lastimó una de sus alas, apenas si podía nadar o sostenerse por sí mismo, él lo levantó con firmeza, la aterrorizada ave lo picoteó algunas veces, lo lastimó y sacó sangre pero ni así lo soltó. Intentó tranquilizarlo, explicarle que no pretendía asesinarlo.
—Tranquilo, te quedarás conmigo hasta que estés bien y cuando puedas volar, regresarás con tus amigos. —el Cisne negro dejó de luchar y a medio camino del Castillo se durmió.
Estando en sus aposentos encendió el fuego de la chimenea y lo atendió lo mejor que pudo. Tal vez, era una señal divina y sí tendría su bendición para el baile de la noche siguiente, donde elegiría a la mujer de su vida.
Se resigno, dejando a su acompañante sobre las mantas de su cama y salió al balcón. Las primeras luces de todas sus noches, describían estrellas que en los grandes Reinos eran imposibles de contemplar. Es más, según los viajeros, si les hablabas de ellas, no conocían ni sus nombres pero él las conocía y adoraba a todas.
Estaba entretenido con eso, buscando a Perséfone y a Dionisio cuando una luz poco usual inundó su recámara. Entró corriendo, pensando lo peor. Un ataque con flechas de fuego o una bomba de fuego, los enviados de las Sombras estaban en Soledad y debía advertir a su padre, pero no se trataba de nada de eso.
El Cisne negro cambió de forma, era un muchacho de asombrosa belleza: piel morena, cabellos negros, músculos exquisitamente trabajados. Las vendas que le colocó resultaban insuficientes ahora, intentó reaccionar, actuar, pero lo más que consiguió fue seguir mirándolo como un bobo.
Indudablemente, esta era la fascinación que debieron sentir los mortales por sus deidades. El durmiente yacía ajeno a la perversión del mundo o tal vez, es que perdió demasiada sangre por la herida de bala. El líquido carmesí volvió a llenar la herida y humedecer su cama, buscó nuevamente en su botiquín de primeros auxilios, extrayendo vendas, compresas y yodo, la herida estaba en su antebrazo izquierdo y en cuanto ejerció un poco de presión para ayudar a cicatrizar y coagular el Cisne negro siseó de dolor y despertó.
Él se hizo a un lado para no incomodarlo, el muchacho no sabía dónde estaba pero rápidamente lo identificó.
—Eres tú…—su instinto natural, fue comenzar a gritar e internamente lo hizo porque despierto era aún más apuesto. Sus ojos verdes y delineados, el gesto altivo, los modales arrebatados.
Al percibir su desnudes y ser consciente de su mutismo, jaló su sábana de cama y con ella se cubrió. Él no tenía palabras o argumentos para explicarse lo que estaba sucediendo y como el muchacho además de apuesto era inteligente, comenzó a decir.
—Estoy maldito.
—¿Ehh..? —medio se ahogó porque alguien poseedor de aquella arrebatadora belleza, no podía ser sino mil y una veces bendito.
—No sé si estés al tanto de los avances de la guerra, pero si quieres un resumen te diré que el Reino de las Sombras ha ganado tanto poderío porque sus regentes son antiguos hechiceros.
Mi gente cayó hace unos meses y de alguna manera que aún no comprendo R'as al Ghul me dejó maldito.
—¡Eso no tiene sentido, él no puede seguir vivo! —objetó.
—Lo está, se ha mantenido joven gracias al sacrificio de sus soldados. No obstante, algunos de sus súbditos se han revelado. La última de sus hijas, mi madre es la líder de todos ellos.
—Dices que tú…—comentó y por primera vez, lo vio con algo parecido al temor. La espada en su cinto sería una buena opción ahora, pero seguía resistiéndose a la idea de que alguien tan bello fuera malévolo.
—No nací bajo sus órdenes, ni en el interior de su Palacio pero llevo su sangre en mis venas. La prueba esta en lo que soy. Él pretendía transformarme en alguna bestia horrenda pero yo me resistí y gracias a mi magia apareció el Cisne.
—De entre todas las criaturas del reino animal, ¿Por qué un Cisne? —preguntó intrigado, fascinado. Si era un mago, sería sencillo tenerlo hechizado. Entre más charlaban y lo contemplaba más se convencía de que ese conjuro surgió en el instante que lo vio.
—Desde que la situación se volvió insostenible, sobrevivientes y rebeldes comenzaron a hacer el camino desde todas partes del mundo hasta las fronteras del Reino de la Soledad.
Ningunos de sus Reyes nos ha permitido el acceso para no extender el pánico entre sus Ciudadanos, pero sus hombres nos proveen de sustento, cobijo y alimento. Cuando tenemos enfermos o surgen niños de alguna unión, recibimos la opción de obtener la Ciudadanía y mezclarnos entre los Solitarios.
La mayoría de nosotros se niega pero no por desprecio sino por orgullo.
Somos exiliados, condenados, proscritos, pero aún guerreros.
Mis padres se conocieron así, en alguno de estos campamentos y de aquella desconcertante unión nací yo. Si preguntas por qué escogí un Cisne, basta con referir la historia más popular de tu pueblo. —comentó mirándolo a los ojos, con una tímida pero honesta sonrisa y algo en su interior reaccionó.
—Si te prometes con la bendición de los Cisnes, tu unión será para siempre.
—Así es, lamentablemente la oscuridad y ambición de mi abuelo no conocen límites. Maldijo a Talía en el momento que lo abandonó y cuando me alumbró, murió.
Mi padre no se quedó a cuidarme, estaba demasiado devastado por el dolor para hacerse cargo de su único hijo. Reunió a su propia cuadrilla de guerreros y regresó a la pelea.
Jamás lo he culpado por hacerlo, aunque me habría gustado conocer el rostro de al menos uno de ellos. Sé que él era Gothamita y como descendiente de las Sombras, la fortaleza de mi madre era de lo más envidiable. Quienes me criaron, me entrenaron para la guerra desde que aprendí a caminar. Soy experto en el manejo de armas y sin embargo, no pudimos evitar que lo peor pasara.
—¿Tu maldición…? —preguntó condolido por sus perdidas. No tenía idea de nada de lo que le decía. Aunque no era enteramente su culpa. Su padre debió enseñarle todo eso, sobre el manejo de su pueblo y los avances de la guerra a Conner, su hermano mayor ya estaba comprometido con la hermosa Megan y tenían los preparativos para la boda listos. Desde las flores y los manteles hasta el vestido y las argollas.
Pensar en eso aún lo ponía famélico.
La mañana previa a la boda, ninguno de los dos despertó. Decían que la presión de la Corona fue demasiado para sus corazones y que llegada la hora, el órgano vital simplemente se apagó.
Buscaron veneno en su sangre, entradas forzadas, heridas zonas estratégicas pero no hallaron nada. Sus rostros estaban serenos, sus manos extendidas a lo largo como si buscaran el cálido tacto del otro.
Su madre, no supero el dolor de perder a su primogénito y a los pocos días también falleció. Sucedió durante la noche, mientras el cielo describía un escenario maravilloso de luz y color. La aurora boreal intentó serenar sus flageladas almas y ahora la única esperanza del Reino era él.
Su acompañante lo arrebató de sus recuerdos y negó lo referente a su maldición.
—La muerte del Príncipe heredero y la Reina de Soledad.
—¿¡QUÉ DICES…!? —gritó y en esta ocasión sí desenvainó. El Cisne negro no hizo ademán de ponerse a la defensiva o llegarlo a atacar. Aún de quererlo no tendría con qué hacerlo, a menos que lo amenazara con caricias tiernas y profundos besos.
—¡NO TENGO PRUEBAS PERO SÉ QUE LO HIZO ÉL! ¿No lo entiendes…?—inquirió con desesperación mirándolo a los ojos. Profundos y hermosos ojos nacidos en el destierro, piel morena que no podría pertenecer a sus tierras, un alma noble que lo ha perdido todo y aún así, arde en deseos de continuar al pie de la pelea. Lo admiró.
—A pesar de su magia, dominio y riquezas, ningún Reino verdaderamente a caído. Todos nos concentramos en Soledad, todos dependemos de un mismo Rey.
Si lo derrota, nos arrastrará por igual.
—¿Y por qué no matarlo a él? —preguntó guardando su espada, sintiéndose desolado porque le parecía sumamente cruel lo que sucedió con Conner y Megan. Estaban tan enamorados, tan perdidamente enamorados desde la primera vez que se vieron que él estaba seguro de que su hermano sería un Rey tan magnífico como su padre.
—Estrategia, posesión, sucesión. Obligará a su segundo hijo a prometerse con la Princesa de las Sombras, mi prima Mara.
—No…—balbuceó y todo su cuerpo tembló. Recordó sus ultimas charlas y las constantes peleas. Su padre le decía que más pronto que tarde conocería a alguien: Una chica asombrosa de apabullante belleza. —si es verdad que era su prima, entendía lo dicho sobre su belleza pero no entendía.
No podía decírselo en serio. ¡No podía estar pensando en prometerlo con una Al Ghul!
El Cisne continuó su alegato, ajeno a su identidad y su duelo interno.
—Al correrse la voz sobre la muerte del Príncipe Heredero levantamos armas. Tu majestad es lo único que tenemos, nos ha mantenido a salvo y tu Príncipe también había ido a visitarnos. Prometió que los acuerdos continuarían igual. Mantenernos en sus fronteras era la mejor de sus estrategias. Tu pueblo no es guerrero y nosotros tenemos motivación además de entrenamiento.
Juró que se vendrían tiempos mejores.
¡Jamás se rendirían ante las Sombras!
—Y si estaba tan seguro de su victoria, ¿Cómo fue que perdió? —inquirió devastado. Conner y él se llevaban siete años de edad y aunque eran hijos de los mismos padres, no se parecían en nada. Su hermano era mucho más alto y robusto, su presencia imponía adulación y respeto.
A él, las doncellas se le tiraban a los pies y los hombres hacían alarde de su delicada y baja figura. Era casi un espejo de su madre, así que la verdadera sorpresa debía ser que no naciera siendo una mujer.
Se tranquilizó, reprimió el llanto y continuó escuchando.
—Lo he estado pensando desde que acabé maldito.
—¿Cómo es que sucedió eso? —preguntó arrobado por su narración. El fuego de su hoguera los mantenía cálidos y las sombras de las llamas creaban surcos interesantes sobre su morena estampa. Era atractivo y atrayente como pocos hombres o mujeres que había visto.
Su estomago se hizo un nudo, el Cisne sonrió de medio lado y comentó.
—En el calor de la batalla mis amigos y yo nos separamos, luego recordé la tragedia de mis padres e intenté tomar la cabeza de R'as al Ghul.
—¿¡Qué…!? —preguntó impresionado. Su interlocutor ni siquiera se inmutó, ya no lo miraba a él sino que contemplaba sus manos, imaginándolas cubiertas de sangre o tal vez, deseando portar sus armas para culminar la venganza.
—Sin embargo, él ya me estaba esperando. Dicen que la sangre llama a la sangre y que la nuestra es demasiado espesa. Me ofreció el mismo trato que ya he mencionado. Casarme con Mara, unir los ejércitos de rebeldes y exiliados a su causa.
Le dije que jamás lo haría y entonces él bramó que lo quisiera o no, eso es lo que sucedería.
Me convertiría en una bestia deforme y horrenda, una mascota para que su orgullosa heredera hiciera de mi lo que quisiera.
Su magia es corrupta, tenebrosa, oscura, pero no absoluta.
Existe magia aún más poderosa, la que debió envenenar a los futuros Reyes de Soledad.
—¿Qué clase de magia maldita, retorcida y profana, podría ser esa? —preguntó sintiendo escalofríos en todo su cuerpo. Recordando la posición del cuerpo de su hermano, tan apacible y calmo, parecía que únicamente estaba soñando.
—El amor. R'as debió tratar de contaminar sus sentimientos y cuando se negaron a abandonarse el uno al otro, los aniquiló.
—Mientes…—sollozó. Era demasiado cruel todo esto. Él no podría, jamás lo haría. ¡Nunca caminaría de la mano de Mara Al Ghul hacia el altar! ¿Qué pasaría con su pueblo? Ahora que sabía que eran responsables por todos los Reinos la carga era mayor, el peso de la Corona resultaba peor.
Su padre también debería de estarlo pensando, sentir pesar por cada uno de sus vasallos.
—No lo hago. —aseguró el Cisne. —¡Tú me has visto, maldición! Cada que me transformo en uno u otro, una parte de mi se va muriendo, las plumas del Cisne en sus comicios eran blancas, pero ahora son negras casi en su totalidad. El amor a mis padres me salvó de ser su esclavo, pero la magia de mi abuelo me sigue envenenando.
No se detendrá hasta que expela mi ultimo aliento así que por eso, decidí venir a advertirles.
—El cazador…—comentó con apenas un hilo de voz.
—Era un enviado de las Sombras. ¡Tienes que decirles que ya están aquí! ¡El joven príncipe no puede casarse con ella! ¡No puede terminarse así la guerra!
—¿Y cual sería tu sugerencia para evitar más devastación y hambruna? —preguntó con el corazón en un hilo porque ahora lo veía como algo finito y no quería que muriera.
—Que abran las fronteras para que entren nuestras mujeres y niños. Te lo ruego. ¡Mis mejores amigos esperan a un niño!
—¿Y después qué…?—inquirió aunque ya se hacía una idea de la respuesta.
—Pelearemos hasta las ultimas consecuencias. R'as es arrogante, siempre comanda sus ejércitos. En esta ocasión, juro que lo mataré.
—No puedo permitir que hagas eso…—advirtió en un tono parecido a una orden. Ahora entendía los desvaríos de su corazón. Se había enamorado como un perdido. El Cisne contrajo su ceño, lo que lo hizo parecer aún más apuesto.
—Aún estás herido mi querido Cisne. Pero, si permaneces aquí como te ofrecí, juro que tus palabras llegaran a mi padre. El Rey de Soledad.
—¿¡Qué dijiste…!? —preguntó impresionado, levantándose de la cama sin importarle la sábana.
—Me disculpo por no haberme presentado hasta ahora. Mi nombre es Jonathan Samuel Kent, segundo y ahora único en la línea de sucesión.
Huí del Palacio en el momento que nos encontramos. Mi padre insistía en prometerme con una mujer de apabullante belleza. Si es prima tuya puedo entender el significado de sus palabras.
—Tú no puedes…—sentenció. Él tomó su bata de noche y se la arrojó, si continuaba mirándolo en su desnudez, no conseguiría concentrarse en nada que no fuera él.
—Lo que no puedo es permitir que más gente muera. Pensaré en tus palabras y te daré una resolución antes de la llegada del alba. Quédate aquí por favor. Reposa, sana tus heridas lo más que puedas, no puedes regresar así a la batalla.
—¿Todos sus gobernantes son así de estúpidos? —preguntó terminando de ceñirse la bata, sin dejar de mirarlo, cerrando la distancia en torno a sus cuerpos. Él le sostuvo la mirada aunque no podría negar que el calor que sentía y lo asfixiaba, ya no provenía únicamente de la hoguera.
—No entiendo tus palabras…—confesó arrobado, intimidado, perdidamente enamorado.
—Anteponen la seguridad y las necesidades de los demás a las propias.
—No hacemos eso…—mintió.
—Sí lo hacen, tus ancestros se recluyeron en este lugar para proteger a su pueblo, pero a los demás jamás nos negaron la ayuda. Pudieron asesinarnos para mantenernos alejados, dejarnos morir, evitar que las Sombras, que mi abuelo les hiciera algo tan terrible como esto.
—Las muertes de mi hermano, madre y cuñada serán vengadas. Nosotros somos estrategas más no guerreros. De haberles negado la ayuda, nos habrían asesinado o peor, conquistado. El asunto con la Corona es llegar a algún acuerdo dónde nadie más termine muerto.
—Ese sería con un anillo en tu dedo...—el Cisne se tomó la libertad de estrechar sus manos. Su tacto era cálido, como fuego líquido, veneno líquido. Recordó que su abuelo lo estaba aniquilando y eso fue demasiado para su temple.
Lloró, tomándose la libertad de buscar consuelo en su hombro, el Cisne lo estrechó sin invadirlo. Era más alto, robusto…más de lo que alguna vez hubiera soñado o ambicionado.
—R'as ya debe estar envenenando el corazón de tu padre, si insiste tanto en desposarte.
—Lo sé…su fortaleza provenía del amor de mi madre, la admiración de su primogénito, el respeto de su pueblo.
—Tampoco te desmerites así. He escuchado cosas buenas de ti.
—¿Qué…?—cuestionó y para no desvelar sus sentimientos de amor se apartó.
—Cuando el Rey nos presentó a su Príncipe Heredero hizo alusión al segundo, el mas joven y noble de sus hijos, su bondad y ternura sólo podrían compararse a la de los Cisnes.
—¿Papá dijo eso de mi...? —balbuceó sin creerlo.
—En parte, podría decirse que adquirí esta forma para acercarme a ti.
—N…no puedes decirlo en serio. —el Cisne asintió y lo reverenció.
—Mi nombre es Damian Wayne al Ghul. Es un gran honor conocerte joven príncipe, luchar por ti, morir por ti.
—¡NO QUIERO QUE LO HAGAS! —gritó con todas sus fuerzas. No quería perderlo si acababa de conocerlo. —Encontraré una forma de protegerlos a todos, sólo confía en mi y no te vayas.
—Te doy mi palabra aunque voy a necesitar que me prometas otra cosa.
—Lo que quieras…—pronunció con convicción.
—No derrames tus hermosas lágrimas por alguien que no lo valga.
—Tú y todos allá afuera lo valen. Hablaré con mi padre, sólo espera por mi.
Los acuerdos que precisaba la Corona para evitar un cruel derramamiento de sangre eran que él se comprometiera con la heredera de R'as al Ghul, conoció al hechicero pues, como advirtió el Cisne ya estaba esperando junto a su padre en el salón del Trono.
Encontrarlo ahí fue el equivalente a recibir una cruel puñalada en la espalda. No se parecía más que en el color de los ojos a su nieto. Los buenos modales lo obligaron a ofrecerle una reverencia y después le presentaron a su prometida.
Mara era la versión femenina de Damian: la misma piel morena, el mismo cuerpo bello y esbelto, más baja de estatura, con llenos y tiernos pechos, pero esos eran los mismos cabellos negros y los mismos ojos verdes.
Sintió un vuelco entero en el corazón.
La hechicera, lucía un vestido largo y entallado con escote de corazón en color verde y dorado. En cuanto sus miradas se cruzaron, fue consciente de cómo su magia trataba de gobernarlo e instalarse en su corazón.
Sin embargo, él ya estaba enamorado de alguien más.
Tenía miedo de olvidarlo, traicionarlo, pero los retratos de su madre y hermano colocados en las paredes a sus costados le recordaron que no era este el momento de andar lloriqueando. Tenía que ser inteligente, persuasivo, sagaz.
Se obligó a ofrecerle una reverencia y tomar su mano izquierda para besarla con cariño.
—Mi lady.
—Ahora que se han conocido y que tu padre ha aceptado los términos de mi contrato, lo único que falta es que pongas tu nombre.
—Lo haré. Sin embargo, el baile de máscaras ya fue programado. Para la gente del Reino de la Soledad será más sencilla la transición si se convencen de que me he enamorado con tan solo mirarla.
—¿Y lo has hecho? —preguntó Mara atravesándolo con su mirada. Él se equivocó en su primera impresión. Esos no eran los mismos verdes y alargados ojos, en los de Damian había lealtad, honor, amor, compasión. En los de Mara, sólo encontraba frialdad.
Aún así se atrevió a decirle que sí.
La amaba y el día de mañana la elegiría de entre todas las damas.
Firmaría el contrato nupcial y entonces se aclamaría el cese a la guerra. No habría más sangre derramada. Aquella era la única demanda en la que su padre se mostró inquebrantable ante R'as al Ghul.
—Si es así bésame para que te crea…—solicitó taimada y la unión de sus labios lo dejó desarmado. No sólo era su primer beso, sino su primer encuentro con algo tan oscuro y perverso. Se sintió famélico, desarmado.
Al concluir, la mujer lo miró con suma diversión.
—Si no soy a quién amas morirás en unas seis horas. Tu cuerpo no importa, desposaré a tu padre, después de todo, él ya está bajo mi magia.
Con estas terribles palabras regresó tambaleando a su habitación, los guardias intentaron acompañarlo, saber lo que le estaba pasando pero los rechazó. Cerró la puerta de un sonoro golpe y en el suelo se desvaneció.
Damian corrió a socorrerlo, al menos su presencia lo tranquilizó.
—¿¡Estás herido!? ¿¡Qué sucedió…!?
—Mara…—fue su única respuesta y al percibir el horror en los ojos del otro, lo besó.
El Cisne dijo que el amor era la magia más poderosa de todas, la única que podía romper conjuros y maldiciones. Debía ser verdad ya que todo el veneno que lo estaba consumiendo se disolvió.
El contacto de sus labios, invasivo en un principió se transformó en algo lánguido y exquisito, sus labios eran gruesos y cálidos, su lengua suave y con una textura que le recordó al hielo raspado derritiéndose en su boca, lamentablemente duró muy poco.
La mañana llegó y su cuerpo se transformó.
Las plumas del Cisne, para sorpresa de los dos dejaron de ser negras, ahora eran grises y blancas. Al tenerlo así, acurrucado entre sus brazos lo abrazó con fuerza y lloró.
Cuando se calmó, le hizo saber que tanto su abuelo como su prima se encontraban en el Palacio, ella trató de conquistar su corazón, pero no logró hacerlo porque ya era suyo su amor.
—No tienes que corresponder, si no lo sientes así. Me disculpo por haberte besado sin cuestionar. —el Cisne graznó y graznó en contestación. Él no entendía nada, pero aún así le gustaba.
—No sé que tan poderosa sea tu magia, pero si tenemos una mínima oportunidad y no termino por morir envenenado en unas horas. Deberías acudir al baile igualando la identidad de Mara.
Me he comprometido a elegir a mi esposa el día de mañana, mi consorte si no te incomoda.
Los términos del convenio para dar cese a la guerra establecen que debo desposarme con la heredera de R'as al Ghul. Sin embargo, su nombre no está en el contrato y hasta donde sé, tu también eres el heredero de R'as al Ghul.
El último en la línea de sucesión, al igual que yo.
Sé que es mucho lo que te estoy pidiendo, pero al fin creo entender por qué mi hermano y Megan murieron. La fuerza de su amor impidió que él se casara con Mara pero al estar separados no pudieron contrarrestar el veneno que los mataba.
Mi amor por ti nos ha sanado a los dos, pero debes disculparme, aún tengo muchas dudas y me consume el miedo de fallarle a todos desde adentro. —el Cisne volvió a graznar y graznar, él acarició sus plumas, su largo cuello y por acto final, besó su cabeza. Se sentía demasiado cansado para seguir charlando, se quedó dormido en la posición que estaba, con el Cisne acurrucado en su regazo, pensando en sus ojos, su cuerpo, sus labios, su todo.
Horas después, unos golpes contra la puerta lo despertaron. Sintió pánico de que ya no estuviera a su lado pero permanecía ahí, profundamente dormido. La herida en su ala ya había desaparecido y sus plumas eran blancas y brillantes como la nieve que cubría todo el Reino de la Soledad.
Damian despertó con un gentil aleteo y tras besarlo en la frente lo escondió. Quienes lo buscaban eran Kathy, la doncella de compañía de su madre, James, el escriba de su padre y Garfield, el hermano menor de Megan.
La rolliza mujer estaba desecha en llanto, no quería prepararlo para la ceremonia.
—¿Es cierto lo que he escuchado mi joven amo? ¿¡Se casará con esa mujer perversa!?
—La prioridad de un Rey, es velar por la seguridad, prosperidad y bienestar de su pueblo, y no hay sacrificio demasiado pequeño o grande para lograr ese efecto.
—¡Pero si usted, apenas es un niño…! —gimoteó derrotada casi tirándose a sus pies.
—Ha habido Reyes más jóvenes que yo. Y en cuanto mi nombre esté en el contrato la guerra cesará.
—¡Seremos sus esclavos! —exclamó Garfield, fúrico, indignado.
—No si abres las fronteras en cuanto brille la primer estrella. Diles a todos los guerreros que habitan ahí que están invitados a la ceremonia.
—Pero no entiendo. —prosiguió James. —¿Esperamos una invasión? —la mirada de Garfield se volvió oscura tras esa declaración. Él tampoco tenía pruebas pero culpaba de la muerte de su hermana al Reino de las Sombras, por eso se había negado a dejar el Palacio. No iba a marcharse hasta encontrar una explicación.
Él les ordenó que cerraran las puertas de su recámara para poder explicarse mejor.
—Esperaremos una guerra, si es que R'as no respeta su palabra. Los guerreros que entren al Palacio no deben llamar la atención, tienen que ocultar sus armas y mezclarse entre la población. Si es necesario, lleven los vestidos de mi madre y los trajes de mi hermano.
—¡Es una locura…! —lloriqueó Kathy.
—Es estrategia. El baile será de máscaras de modo que no notarán si los que nos acompañan son sobrevivientes de otras tierras.
—Cuentas con mi apoyo y todo el armario de Megan —añadió Garfield con convicción. Él agradeció sus palabras y después se dirigió a James.
—Tú debes llevar a los enfermos, mujeres y niños a las cuevas de Soledad, nadie mejor que un Solitario sabe lo traicionero que puede volverse el hielo en esa zona. Es prioritario que todos los Reinos nos volvamos uno. En este momento, no hay más rebeldes, exiliados y proscritos, debes tratarlos cómo si todos fueran tus hermanos.
—¿Y si se niegan a acompañarme, Señor? —preguntó el escribano otorgándole una prolongada reverencia.
—Para que confíen en tu palabra debes llevar el emblema del Rey y a este Cisne. —la pieza de joyería la arrebató de su pecho y en cuanto a Damián, ya estaba graznando como un loco.
Él sonrió y lo sostuvo en sus manos al igual que lo hizo en el momento que lo rescató. James comenzó a lloriquear a la par de Kathy, los dos opinaban que su joven majestad era tan puro de corazón que hasta se preocupaba por el bienestar de su mascota.
—No es una mascota. —aclaró y el Cisne se comportó.
—Por supuesto que no, el Cisne Blanco es el símbolo de la Familia Real. —anunció Kathy y él asintió.
—Es un aliado, en cuanto lo vean quienes viven en las fronteras aceptarán tus palabras. No tenemos demasiado tiempo para hacer esto así que muévanse todos. —los Caballeros y la Dama volvieron a reverenciarlo. Antes de despedirse besó en la frente a su Cisne y le rogó que regresara a sus aposentos para el momento del baile.
Un suave picoteo fue su contestación. Después lo dejó en las manos de Garfield.
—Casi lo olvido, mi Señor. —James le extendió un cuadernillo forrado en pastas azules.
—Es el Diario de su padre, el último que escribió antes de…
—Comenzar a reunirse con R'as al Ghul.
—Si el Rey sospechaba de algo en específico, debe estar anotado ahí.
—Gracias. Kathy a ti debo pedirte otro favor. ¿Los vestidos de las Damas de honor, permanecen en la habitación de mi madre?
—Así es. No nos hemos desecho de nada aunque es una verdadera lástima que no vayan a usarse para la boda de su hermano sino en la de usted.
—Olvida la boda. Si mal no recuerdo esos vestidos son idénticos. Llévale uno a Mara, dile que es un obsequio de mi parte y otro déjalo aquí.
—¿Pero por qué…?
—Por favor. Y en lugar de atosigarme a mí, asegúrate de mantenerla ocupada a ella. Llévale el vestido, deja sus cabellos sueltos, convéncela de que nada me gusta más que las mujeres sin maquillajes, peinados recargados o joyas.
—¡No entiendo…!
—No necesitas hacerlo. Sólo ve, ustedes dos también, ya perdimos demasiado tiempo en todo esto. Yo me ocuparé de mantener ocupados a mi padre y a R'as.
—¡Es demasiado peligroso que estén a solas con usted! —replicó James.
—No tanto como poner a resguardo a los más que podamos. Cuento con ustedes y por favor, no dejen que ningún cazador le dispare a mi Cisne.
—Lo cuidaremos con nuestra vida, Señor.
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Gracias al revuelo del baile todo el Palacio estaba rebosante de actividad, a nadie le extrañó que las mujeres fueran de arriba a abajo cargadas de prendas o que estuvieran movilizando a todos los carruajes y caballos. Él se colocó su mejor traje, el mismo que había empleado para la Ceremonia de Compromiso de Conner, decir que una incontenible tristeza azotó su corazón sería lo de menos.
Se retiró al balcón y rogó a las almas de su hermano, cuñada y madre que los protegieran en esta noche siniestra. En un arrebato de locura y pasión, también le pidió a los padres de Damian que los protegieran. Esto no era solo por el Reino de la Soledad sino por todos los que durante años se habían aferrado a la libertad. Antes de reunirse con su padre y R'as, hojeó las notas del diario.
Las primeras eran normales y claras. Sin embargo, entre más avanzaba la oscuridad de su mente, entre más se acrecentaba el número de tragedias a su alrededor, la caligrafía de Clark se volvía errática. Parecían las advertencias y las maquinaciones de un loco, sintió horror de que él mismo pudiera acabar como una marioneta de R'as al Ghul pero se controló.
Sus ultimas palabras hacían referencia al contrato nupcial. Ni él, ni nadie debía fírmalo, no era un contrato normal sino uno mágico.
—¿Estás listo, hijo? —preguntó su padre apostado en la puerta. Él asintió e intentó encontrarlo en sus ojos. Su padre aún debía estar en algún rincón de su mente, devastado, doloso por la pérdida de sus seres queridos, pero con él. No obstante, la única mirada que le devolvió fue una lejana, indiferente y fría.
Se prometió a sí mismo que los liberaría a todos y salió junto con él a reunirse con R'as
El hechicero aún le inspiraba miedo, Damian dijo que la sangre llamaba a la sangre y tal vez, pudiera intuir que se pasó la noche entera con el nieto que dejó maldito. No debía pensar en eso, sino concentrarse en los pormenores de la Ceremonia.
—¿Puedo saber cómo se llevará a cabo la firma del contrato? —inquirió fingiendo impaciencia. R'as se lo tomó de buen modo, se llenó la boca de vino y con un movimiento de sus manos hizo aparecer el documento.
—Es muy sencillo, los dos anotaran su nombre a un mismo tiempo y estará sellado.
—¿Debo entender que es un contrato mágico?
—¡Debes aceptar que mi palabra es Ley! En cuanto esté firmado todo lo anotado ahí se volverá realidad: El cese a la guerra será anunciado, mis tropas se retirarán a Parbat y todo el mundo te ovacionará.
—¿Qué pasará con la población general? —preguntó intrigado.
—Te obedecerán a ti por supuesto. Tú serás su Rey y mi nieta su Reina. —por la manera en que lo decía, por lo ambicioso, maldito y corrupto que era. No le quedó la menor duda de que gobernaría a través de los dos, ya fuera apoderándose de su corazón o su mente, los usaría y sometería a los pueblos que ciegamente confiaron en ellos.
Los esclavizaría, mataría de hambre o en el peor de los casos los usaría para que su ejército entrenara con sus cuerpos.
Palideció ante la contemplación de la idea. Damian no le podía fallar en esta encomienda, tenía que reemplazar a Mara y colocar su nombre junto al suyo en el contrato. Después, si es que el regente se negaba a sostener su palabra y enviar a su ejército de vuelta a Parbat, levantarían armas.
Su palacio, la nieve, todo lo puro y transparente que había conocido hasta ahora se llenaría de sangre pero era la única forma.
—¿Sin cláusulas ocultas? ¿Letras pequeñas en el contrato? Me das tu palabra de que tu ejército se retirara y no se derramará una gota más de sangre.
—Siempre y cuando rindan honor y pleitesía a su Real Majestad. —ahí estaba de nuevo, la insinuación a utilizarlos como muñecos.
Sonrió, colocando una mano en su corazón.
Mientras no se encontrara con Mara y recordara sus sentimientos por Damian todo estaría bien. Su amor los protegería a los dos, su unión los liberaría a todos.
—Me alegra saber que estás impaciente, Jonathan Samuel Kent. Si sigues mostrando tan buen comportamiento podría devolverte a tu padre, pero si me traicionas, morirá al igual que tu madre. Esas palabras lo dejaron paralizado.
Así que llegados a este punto, ni siquiera lo ocultaba. Se tranquilizó y miró el degradar del cielo por la ventana. La noche se acercaba, era el momento de regresar a sus aposentos, ponerse la máscara de Cisne Blanco y esperar a que Damian transformara sus formas y ocupara la del Cisne negro.
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Un coro de cuerdas, piano e instrumentos de viento le dieron la bienvenida, a pesar de tener cubierto el rostro por delicadas y suaves plumas blancas todos lo reverenciaron y supieron de quién se trataba.
Les devolvió el saludo y se unió lentamente a la fiesta. Tenía un terrible presentimiento en su corazón y es que a pesar de dejar la ventana abierta para él, no regresó. El vestido que Kathy dejó en su habitación seguía sobre la cama, junto a la máscara del Cisne negro que confeccionó para él.
¿Qué pudo salir mal? ¿Los cazadores de las Sombras los descubrieron? ¿Le dispararon a Damian y aniquilaron a los refugiados? No…los rebeldes no eran tan tontos. Si se veían traicionados o amenazados sonarían las trompetas, los cielos se llenarían de fuego y entonces él…debería poner su nombre en el contrato para evitar una masacre y convertirse en un esclavo.
Renegó y casi sollozó.
Detrás de una gran multitud R'as al Ghul enfundado en las pieles de un mejor mozo le sonrió como un lobo: dos hileras de dientes amarillentos y torcidos, levantó su brazo y le mostró a su heredera.
El vestido de las Damas de honor estaba confeccionado por sedas preciosas a lo largo y suaves plumas a lo bajo y alto, el color era negro como la noche, como los cabellos de la apabullante hechicera que le sonreía traicionera.
Su corazón se detuvo, la sangre se heló al interior de sus venas.
No obstante, esta había sido su decisión y debía actuar en consecuencia.
La reverenció, la halagó, la invitó a la pista de baile y no fue hasta que sus tactos se encontraron que todo el hielo y el temor se desvaneció. Un intercambio de miradas, aún a través de las máscaras y supo que era el objeto de su adoración.
—Eres tú…
Damian sonrió y bailó junto con él al compás de la melodía. Tenía demasiadas dudas en su corazón, demasiados sentimientos encontrados. Sin embargo, se permitió disfrutar por algunos instantes del momento.
—¿Dónde está Mara? —inquirió en un susurro.
—Inconsciente, encerrada y maniatada. Te dije que dos de mis amigos esperaban a un niño, pero los otros tres, insistieron en venir conmigo.
—¿Y estás seguro de que tu abuelo no te reconoció?
—La sangre llama a la sangre y ella y yo tenemos la misma sustancia. Su padre era el hermano mayor de mi madre, Dussan.
—¿Entonces estamos a salvo?
—Por ahora. No sé cuanto tiempo más pueda mantener esta fachada.
—Te esperé…—comentó en referencia a los angustiosos minutos que lo aguardó en su recámara.
—Necesitaba atrapar a Mara. No recordaba muy bien cómo era y además, esta es la primera vez que uso esta clase de magia.
—Nunca más lo hagas…—advirtió porque lo prefería mil y una veces tal y como es. Damian sonrió de nuevo y ellos danzaron, danzaron y danzaron hasta que no hubo una persona en el salón de baile que no hablara de sus sentimientos de amor.
Siguiendo el protocolo su padre decretó que su hijo, el futuro Rey de Soledad, ya había encontrado a su pareja para la eternidad.
Hubo un revuelo de vítores y aplausos hasta la parte en que R'as al Ghul desveló su verdadera identidad.
Un silencio sepulcral se apoderó del Palacio, Kathy rompió en sonoro llanto, Garfield parecía nervioso, esperando el momento de llamar a todos a levantar armas, en cuanto a James Olsen, si no estaba ahí, quería decir que se encontraba en las cuevas con todas las mujeres, enfermos y niños. Damian lo miró a los ojos dándole seguridad y fuerza. Desde la perspectiva de R'as al Ghul, lo que su heredera hacía era afianzar el dominio que ejercía sobre él.
Agradeció su gesto, su gentileza, su amor y llamó a la calma.
—Les doy mi palabra, mi juramento de que esta unión, será por el bien de todos nosotros. No habrá más sangre derramada, más esclavitud, más temor. Los reinos se levantarán de los escombros y por eso, que tengo que hacer esto. —los rumores resonaron por todos lados. Damian intentó mantener una postura neutral pues Mara al Ghul, lo que estaría haciendo era relamerse de gozo, levantar la cara como toda una Reina y mirar a los demás como si no fueran dignos de postrarse en su presencia.
El hechicero hizo aparecer el contrato y dos plumas con sus tinteros ante ellos flotaron. Sólo debían colocar su nombre y estaría hecho. Sin embargo, las sombras siempre han sido más poderosas que la luz y la verdadera Mara llegó. Tanto su rostro como buena parte del vestido y las puntas de sus dedos destilaban escarlata. R'as montó en cólera y desenvainó su espada, juró que iba a matarlos por tal desacato pero su padre, el que creía vacío y olvidado desenfundó y lo enfrentó.
Damian y él se apresuraron a anotar sus nombres, los demás invitados de la Corte dejaron caer sus máscaras y levantaron sus armas, los soldados de las Sombras también llegaron al Palacio. Al colocar el punto final, el contrato de disolvió y una magia oscura los envolvió.
Los enviados de las Sombras desaparecieron, pero tanto Mara como R'as se quedaron. El Rey Clark cayó presa de una estocada a traición. Él dejó escapar un grito de angustioso dolor. Damian recuperó su apariencia real, desenfundó su espada y tras su cuerpo lo protegió.
—Te dije, que si te atrevías a traicionarme asesinaría a tu padre. —acotó R'as, impávido ante la masacre.
—¡También dijiste que lo tenías controlado y nos protegió! ¡El Reino de la Soledad, ni ningún otro Reino se rendirá jamás! —ante su grito varios guerreros ovacionaron: el choque de las espadas de las guerreras de Nueva Temiscira, las botas de los atletas del Reino Central, las cuerdas siendo tensadas por cada Arquero del Reino Estrella, el coro de los aviadores de Reino Costero y finalmente, el tronar de puños de los sobrevivientes de Gotham. R'as, ni se inmutó. Estaba tan seguro de ganar esta afrenta que ni siquiera los miró, es probable que no recordara cómo fue que sometió y destruyó a cada uno de sus Reinos.
Dirigió una mirada espeluznante a su nieta y en un acto sin precedentes la asesinó.
La mujer que era tan parecida a su amado lloró, suplicó, rogó hasta su ultimo aliento y él sintió su dolor cómo si fuera propio. Mara no entendía cual fue su error si en todo lo complació.
—Lo único que debías hacer era que alguno de estos ineptos cayera en tu juego.
Sus pulmones se vaciaron, todo su cuerpo tembló. Los presentes del Reino Solitario ensombrecieron sus gestos por igual, porque si esa era su estrategia. R'as estaba en un error fatal. Ni el Rey Clark, ni el príncipe Conner o él, traicionarían a su corazón. ¿Cómo si no habrían sobrevivido durante tantos años en el exilio? Sus monarcas se debían al amor de sus consortes, a la unión de su familia, a la lealtad de su pueblo.
El hechicero ajeno a todo esto, se dirigió ahora a él.
—Tu reino caerá, arderá hasta las cenizas cómo lo tenía planeado para este día. Sucederá en cuanto mueras.
—¡No vas a tocarlo! —advirtió Damian sombrío.
—Tal vez yo no, pero tú sí. Tienes mi sangre ¿O es que a caso ya lo olvidaste? —los ojos de R'as se volvieron rojos y con su magia comenzó a dominar a Damian, él se replegó mínimamente hacia atrás porque no se atrevería jamás a luchar en su contra. Lo amaba, lo amaba tanto que con gusto le daría su vida.
Los demás guerreros intentaron separarlos, detenerlo, pero la magia de R'as al Ghul los mantenía quietos. La espada de Damian se cernía contra su cuello, su rostro estaba bañado en llanto. ¿Cómo protegerlos? ¿Cómo apoyar a su pueblo si ni siquiera tenía el coraje de enfrentar a su asesino?
—Dami, mírame a los ojos….tú dijiste que no querías ver más lágrimas de mis ojos.
—¡JAJAJAJAJA! ¿Así que tratas de apelar a su amor? Los que nacimos en el Reino de las Sombras, no tenemos la capacidad de amar. Si fuera recíproco, mi magia no lo estaría corrompiendo.
—¿Y por qué no lo ha matado? —pronunció una voz proveniente de una mujer en avanzado estado de gestación. A sus espaldas reconoció a James y a otro caballero de cabellos anaranjados. Ellos debían ser sus amigos, quienes lo conocían mejor que nadie y si apelaban a su bondad, entonces tenía una oportunidad.
Lo besó. Sin importar que el acero de la espada cortara su carne y derramara su sangre. El amor era la magia más poderosa de todas, capaz romper conjuros, maldiciones. Hacer que las hordas de guerreros recuperaran el control de sus cuerpos y se lanzaran contra R'as.
Él escuchó infinidad de gritos bélicos, la mayoría llevaban en su interior el clamor de centenas de vidas perdidas. James Olsen vengó a su Rey, Logan Garfield a su hermana, Kathy gritó por su adorada Reina y hubo muchos más que aclamaron la memoria de Conner. Damian le devolvió el beso con la misma intensidad en que era entregado, volvió a sentir su calidez, su ternura, su amor y por ultimo, preocupación.
—Lo nuestro no va a funcionar si no comienzas a mostrar más interés por tu vida.
—¿Y por qué tendría que hacerlo? Si de ahora en adelante tú vas a cuidarme.
—Detecto exceso de confianza en tus palabras, Rey.
—Llámalo un presentimiento, Consorte. —las mejillas de su Cisne se colorearon adorablemente. La herida en su cuello ya estaba sanada y si hacían una recapitulación de los eventos, ellos dos ya eran esposos.
—Jon… —Damian le dio la espalda en lo que todos a su alrededor celebraban el cese a la guerra y la caída de R'as al Ghul. Sin él al mando sus ejércitos caerían de inmediato. Podían regresar a casa. Por fin, después de tantos años había esperanza.
—No tuve oportunidad de decírtelo el otro día porque me transformé en Cisne, pero también te quiero. La magia del amor sólo funciona si éste es recíproco. —él sonrió como un bobo y decidió molestarlo un poco.
—¿Y desde cuando me quieres?—preguntó porque era evidente que la demostración de sus sentimientos lo ponía incómodo.
—No voy a responder eso.
—Entonces, adivinaré. ¿Desde que me miraste a los ojos? ¿O la primera vez que te besé? ¿Te cautivo mi corazón noble o mi bello cuerpo?
—¡Yo estoy más bueno! Y si saberlo hará que te calles, te diré que me interesaste desde que evitaste que muriera desangrado en el hielo.
—Aww…hablando de eso, te mandaré a construir una casita di-vi-na.
—Para tu carro maniaco, por si no lo has notado ya es de día.
—Oh…
—¿Me querías sólo por eso, cierto? —inquirió enarcando una ceja. Él miró a su a los lados y como nadie se fijaba en ellos respondió.
—¿Las infinitas oportunidades de tenerte desnudo en mi cama cada que cambiaras?
—Para eso no necesitas magia.
—¿Entonces sí te atrae mi cuerpo?
—El paquete completo, Jon…—ellos iban a compartir un nuevo beso pero entonces, sus amigos y todo el mundo los interrumpieron. Tenían demasiado trabajo qué hacer, empezando por sepultar a sus muertos y restaurar los reinos.
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—Violette Moore—
