Ok, este título es mi primer título en inglés. Lo quería evitar a toda costa pero se me secó el cerebro :S No se me ocurrió otra cosa.
Anyways! Hola, mis queridos y estimados lectores! Yo aquí apareciandome una vez más con un nuevo request. Esta vez junté tres request. Sí, tres O.O que espero haber fundido bien y poder complacer a todos.
Los request son de:
Usuario865 : Que me pidió uno humorístico. Esto es una parodia, casi jeje Espero que cumpla tus expectativas.
Kristi92 : Que me pidió un Modern AU al estilo telenovela mexicana. Jajaja, espero que no te moleste que parece telenovela para adolescentes :P
aleja-acerca: Que pidió, copio y pego, "A mi me gusta la idea de que Astrid piense que tenga que conquistar o reconquistar a Hipo... No lo se talvez que se hayan peleado o algo así y que Astrid piense que de alguna manera lo esta perdiendo... Pero que al momento de tratar de comportarse diferente o tratar de conquistarlo Hipo quede confundido ya que no es su comportamiento normal. Si decsdes hacer algo así, me encantaría leerlo."
Perdónenme mucho que yo sé que me los pidieron hace como mil años pero escribir es un proceso tardado ;-;
De todos modos, espero que les guste.
Switch*
Categoría: HTTYD
Genero: Romance, Parodia, Drama
Clasificación: K+
Palabras: 3938
Paring: Hiccstrid
Two-shot
Resumen: Modern AU: En la isla de Berk, Astrid es juzgada por su apariencia de chica mala que difiere con la perfecta comunidad que resulta ser la provincia. No la ayuda para nada el hecho de que el perfecto y admirado por todos hijo del alcalde, Hiccup Haddock, le mueve el piso cuando la mira.
*"Switch" refiriéndome al intercambio de lugares. Hiccup siendo al que todo le sale bien y Astrid la "rechazada social".
Astrid estaba sentada cerca de los casilleros de la escuela esperando a que terminara de llover. En Berk sólo existían tres climas: Cuando el cielo se deshacía en nieve, cuando el cielo se deshacía en agua, y cuando un azul grisáceo se atrevía a asomarse por entre las nubes proporcionando apenas el suficiente sol para derretir la nieve y secar el mojado pavimento.
Esa mañana, el tercer cielo había prometido un día seco, pero Astrid aún no se acostumbraba a que Berk era tan extremoso, que podía lucir los tres cielos en menos de tres horas.
Hacía dos años que se había mudado con sus padres a tan húmeda Isla, y en aquél entonces el clima no le había parecido ningún inconveniente. Seguía sin serlo, por lo general. Excepto en días como hoy que había olvidado el paraguas sobre el escritorio y su motocicleta necesitaba un cambio de aceite, así que la había dejado en el garaje con la promesa de hacerlo ella misma cuando regresara de la escuela. La caminata que había hecho en la mañana parecía más larga cuando llovía como sólo en Berk podía llover.
La Isla de Berk había resultado ser tan pintoresca como un cuento de hadas. Con cercas de color blanco en los jardines de los vecinos y un "buenos días" cada mañana en la boca de todos sus habitantes. Berk era la epítome de los buenos modales, las mejores intenciones y los sweaters en colores pastel. Cuando llegó, Astrid sentía que se había mudado a la villa de Barbie, sólo que con menos plástico.
La escuela ya se había vaciado y odiaba tener que esperar, ¿pero qué más podía hacer? Era obstinada como ella sola y no había querido llevar la motocicleta al taller de Gobber, donde con toda probabilidad, Hiccup la atendería. Sólo el pensamiento la hizo gruñir como si le doliera el estómago.
Ridículo. Estaba siendo infantil. Se abofeteó mentalmente una y otra vez. Hiccup era un compañero de clases completamente normal, ordinario incluso. No tenía razones para huir de él. Bueno, además del incidente de la semana pasada en el laboratorio de Química. Sintió que se le calentaba la cara y esta vez dejo caer la cabeza contra el casillero de metal y se golpeó la cabeza con intención.
Estúpida, estúpida, estúpida.
No podía creer que a pesar de conocerlo desde que llegó a Berk, sólo había hablado un puñado de veces con él. Bueno, sí. Sí lo podía creer.
Recordó cuando lo conoció. Era el primer día de clases. Se había presentado frente a todo el grupo enfundada en su chaqueta negra de cuero y sus botas militares, notando de inmediato que no encajaría ahí. Todos parecían sacados de una caja de muñecas, con ropa de viernes casual en la oficina y peinados perfectos. Parecían el tipo de personas que te invitarían a una fiesta de té para su cumpleaños. La miraban con los ojos muy abiertos como si fuera una delincuente. Incluso los gemelos Thorston, que amaban hacer jugarretas, parecían intimidados.
Le asignaron un asiento al centro del salón, en la última fila de la derecha. Tenía una ventana a un lado y una vista al patio, que se veía obstruida por un árbol de avellanas. Era un buen lugar. Entonces, el muchacho de al lado de ella se había presentado como Hiccup Haddock y le había ofrecido su ayuda en lo que se le ofreciera, extendiéndole su mano para que se la estrechara.
En ese momento, por primera vez en su vida, Astrid había sido incómodamente consciente de su aspecto. Le había dado vergüenza darle la mano pues tenía una fea cicatriz que se había hecho aprendiendo a andar en motocicleta hacía unas semanas y las uñas pintadas de negro. Astrid había asentido en su dirección y desviado la vista para mirar fuera de la ventana y así prevenir que viera su cara colorearse. No había podido evitar notar que tenía una sonrisa sincera y unos ojos verdes más profundos que el bosque que rodeaba Berk.
Hiccup se había sentido incómodo y su sonrisa había caído decepcionada ante el claro desdén y desinterés de la bonita y exótica chica nueva. Había interpretado su gesto como un mensaje para que la dejara en paz y no queriendo molestarla, no le volvió a hablar el resto de la clase.
Fue el único que había tenido el valor de hablarle, a pesar de todo. Nadie parecía muy dispuesto a acercársele mucho, pero eso a Astrid no le importaba. Mudarse había sido fácil precisamente porque tampoco había tenido amigos en la otra isla en la que vivía.
Sin embargo, a la hora del almuerzo, Snotlout había decidido intentarlo. Por alguna extraña razón, era popular con las chicas, y apariencia hostil o no, Astrid era muy bonita, por lo que no podía simplemente dejar pasar la oportunidad. Se acercó a la mesa donde ella comía sola y trató de hacerse el galante. No todos se habían percatado de ello, pero cuando el sonido de algo estrellándose contra el piso alertó a toda la cafetería, fue imposible no notarlo.
Snotlout estaba en el suelo, su bandeja de comida pintando los mosaicos con puré de papas y jugo de manzana. Astrid estaba roja de la ira y sintiéndose hondamente ofendida por su intento de coqueteo como si ella fuera una chica del montón. Esa tarde Astrid se había tenido que quedar en detención y nadie más se le volvió a acercar a menos de tres metros de distancia.
Como no parecía que fuera a dejar de llover pronto, Astrid tomó su cartera del interior de su mochila y se dirigió hacia donde estaban las máquinas expendedoras. Algo tenía que comer hasta que pudiera llegar a casa. Mientras caminaba por los pasillos, siguió rumiando lo injusto que había sido todo desde que llegó a tan molesto archipiélago.
Cuando cumplió 16 años, un año después de su llegada, había podido por fin hacerse con una motocicleta y la había usado para transportarse alrededor de la isla, lo que sólo había causado más alboroto y había afianzado los prejuicios con los que ya la veía la gente. Y sin embargo, después de un par de meses, Hiccup, el siempre perfecto hijo del alcalde, también había empezado a andar en motocicleta y ¿qué pasó? Que el acto pasó de ser uno de vandalismo a una de las cosas más geniales que alguna vez se pudieron ver en la isla. Ahora todos admiraban las motocicletas.
Astrid sintió una indignación muy grande. ¿Cómo era eso posible? Pero claro, es que se trataba de Hiccup.
Hiccup el de las perfectas calificaciones, Hiccup el orgullo de su padre y por ende de Berk, Hiccup el alma buena que manejaba un refugio para animales con su madre, Hiccup que podía arreglar cualquier aparato mecánico que le pusieran en frente en el taller de su padrino Gobber, Hiccup – tan valiente él – que practicaba skydiving y snowboarding en su tiempo libre. Hiccup tan adorablemente modesto que no se daba cuenta de las miradas que le dirigían todas las chicas a sus ojos verdes y su mandíbula cuadrada.
Astrid sintió que le hervía la sangre mientras metía las monedas en la ranura de la máquina. Odiaba a Hiccup y odiaba a esas chicas porque ella no era diferente. Ella también lo notaba, y no ayudaba que por alguna razón, él siempre andaba cerca. Se sentaba al lado de ella en algunas clases o detrás en otras. Una vez se sentó frente a ella y ¡cómo se odió a sí misma por no poder concentrarse en la lección sobre la segunda guerra mundial!, si no en que su cabello estaba lo suficientemente largo como para hacerle una trencita y ¿sería acaso tan suave como parecía? Si tan sólo pudiera enredarle los dedos... Sí, definitivamente ese día se había odiado como nunca antes.
Las cosas empeoraron hacía la semana anterior que había comenzado el nuevo semestre y al profesor Bucket se le había ocurrido emparejarlos para el laboratorio de Química. Astrid estaba acostumbrada a que le huyeran y desviaran la vista cuando pasaba al lado de las personas, incluso algunos profesores. Entonces Hiccup se había acercado a ella como si tal cosa, con una sonrisa que haría pensar a cualquiera que le daba gusto que le hubiera tocado ella de compañera.
Astrid jamás lo admitiría, pero por eso a veces le huía. Todos la hacían sentir como si no mereciera atención, mientras que él la miraba dándole toda su atención. Era desconcertante. Cuando le pidió un vaso de precipitados y sus manos se tocaron, Astrid dio un respingo y un tubo de ensayo con sulfuro de plomo se le había resbalado sobre el ácido clorhídrico. La pequeña explosión fue lo de menos con el fétido olor que se había producido. Todos habían salido corriendo fuera del laboratorio, tosiendo y con los ojos llorosos.
Ella sabía que nadie le creería cuando dijera que había sido sólo un accidente, y se preparó mentalmente para que la suspendieran. Entonces, Hiccup le había dicho al Sr. Bucket que había sido culpa suya y que lo sentía mucho. Astrid estaba tan sorprendida que sólo se había limitado a verlo con los ojos muy abiertos sin atinar a decir nada. Él le había sonreído una vez más y luego desaparecido en la multitud de adolescentes intoxicados. El incidente se había dejado pasar con un "más cuidado la próxima vez" de parte del profesor y una palmada en el hombro de parte del alumnado porque, "oh pero que buena broma, ¿no, Hiccup?"
¿Por qué si ella lo hacía era una maldad mientras que si él lo hacía era súper divertido y cool?, pensó Astrid frustrada. Las galletas que había intentado sacar de la máquina se atoraron antes de caer y como no había nadie en la escuela y Astrid estaba muy enojada consigo misma, pateó la estúpida máquina. Las galletas cayeron hasta el área donde podía tomarlas. Ella dio un suspiro apoyando la cabeza contra el cristal. Tenía que aprender a manejar su ira, tenía que aprender a no huir de Hiccup.
— ¿Astrid? — preguntó una voz al final del pasillo a su izquierda. Ella giró la vista en su dirección casi con pánico — ¿Qué haces todavía en la escuela? — preguntó Hiccup.
Pensándolo mejor, siempre podía dejar de huir de Hiccup mañana.
— Nada. Ya me iba. — tomó las galletas y comenzó a alejarse con rapidez.
— ¡Espera, espera! ¿Ahora? ¡Pero está lloviendo! — dijo él siguiéndola e intentando igualar su velocidad. Astrid apretó el paso sin llegar a correr, porque a pesar de todo, se quería convencer de que no estaba huyendo.
— No moriré si me mojo un poco. — contestó apretando la voz.
— Pero no trajiste tu motocicleta el día de hoy — insistió Hiccup alcanzándola y manteniéndole el paso. Ella se detuvo en seco.
— ¿Cómo lo sabes?
Contra todo pronostico, Astrid vio la cara de Hiccup colorearse.
—T-te vi llegar en la mañana.
Ella le dirigió una mirada anonadada y luego sacudió la cabeza.
— No me importa mojarme — repitió, y siguió su camino.
— Yo puedo llevarte. — dijo Hiccup quizá demasiado rápido. — S-si quieres… — añadió en voz más baja, metiendo las manos a los bolsillos de su pantalón color caqui.
— ¿Por qué? — preguntó con brusquedad deteniéndose en sus pasos una vez más y dándose la media vuelta para encararlo.
— ¿Por qué, qué? — inquirió confundido, pues no entendió la pregunta.
—¿Por qué quieres llevarme? — explicó ella frunciendo el ceño.
Hiccup se sonrojaba más a cada momento. Se rascó la parte de atrás de la cabeza concienzudamente mientras miraba el piso.
— Eh… pues… uh… ¿y por qué no? — concluyó finalmente levantando la vista para mirarla. — Es decir, no te vendría mal y a mí no me molesta.
Astrid lo miró casi ahogándose en lo absurdo que encontraba la situación. ¿Por qué era tan amable con ella? ¿Por qué hacía cosas innecesarias? ¿Por qué se aparecía en cada esquina cuando estaba intentando evitarlo a toda costa?
— No, gracias. — dijo rotundamente y volvió a alejarse lo más rápido que podía sin llegar a correr.
Después de unos segundos, Hiccup volvió a seguirla y caminó nuevamente a su lado.
— ¿Estás segura? Porque de verdad no me gustaría que te enfermaras ni nada.
Astrid llegó hasta donde había dejado su mochila, arrojó sus cosas dentro y se la colgó en los hombros.
— Segura. Adiós. — y se dirigió con paso decidido hacia la tormenta. Al menos ahora tendría una excusa para correr. Tenía los nervios hechos nudo y se moría por poner la adrenalina que se le había acumulado en las piernas en uso.
—¡Astrid, espera! — exclamó Hiccup y la tomó de la muñeca justo a antes de que saliera. — ¿Por qué me evitas? — preguntó con un tono de desesperada confusión en la voz.
Y ahí estaba. Por fin la había descubierto gracias a sus mediocres habilidades de discreción.
— ¿Y tú por qué me sigues? — preguntó girándose en su dirección. — ¡No te entiendo! — se dio cuenta entonces que no debió de haberlo encarado, pues su mirada parecía herida, la cara de cachorrito regañado. Tragó pesado. — ¿Por qué me buscas? — volvió a preguntar notablemente más calmada, pero aun así con la angustia de la confusión impregnándole la cara.
Hiccup le soltó la muñeca lentamente, derrotado.
— Lo siento, no volveré a hacerlo si te molesta. — prometió dando un paso atrás. — Yo… eh… te veo mañana, supongo. — dijo mirando el suelo y dando media vuelta para alejarse por el pasillo.
Astrid sintió una burbuja de desesperación en la garganta. Tenía ganas de gritar, de golpear algo con tanta fuerza que le sangraran los nudillos. ¡Ah, por qué tenía que ser tan complicado! Se sintió terriblemente culpable, pues no había podido expresarse con claridad, y por más extraño que pareciera, al parecer lo había herido. No quería verlo triste, y menos por su culpa.
Se mordió el labio, y después de patear el suelo con frustración, se apresuró a alcanzarlo.
— ¡Hiccup, espera! — él se detuvo y giró la cabeza. Dejó que lo alcanzara. — Yo… um… ¿lo siento? — Preguntó con voz trémula. No sabía ni qué decir. — Tal vez… — suspiró — Tal vez, ¿podrías llevarme? Si la oferta sigue en pie… —vaciló.
La cara de Hiccup se iluminó.
— ¡Claro! — la sonrisa que le dirigió era inmerecida. — Sólo déjame ir por mis cosas. No tardo. — y se alejó corriendo por el pasillo.
Astrid se mordió el labio con más fuerza y sintió que el corazón le brincaba en la caja torácica como gorila desquiciado queriendo salir de su jaula. Se cubrió la cara con las manos y la sintió caliente. Genial. Simplemente genial. ¿Por qué tenía que moverle el tapete el chico más ridículamente perfecto de toda la isla? ¿Por qué? Era inútil preguntárselo, llevaba dos años haciéndolo y no había conseguido dar con la respuesta.
— Listo — dijo él reapareciendo por el pasillo con su abrigo, su mochila y un paraguas.
Por supuesto, compartieron el paraguas todo el camino que anduvieron por el estacionamiento hasta el auto, donde él le abrió la puerta y la escoltó para que no se mojara.
Astrid se aclaró la garganta cuando él se unió a ella en el interior del vehículo ocupando el asiento del conductor, aún sonriendo como si estuviera de muy buen humor.
— Mi casa no está tan lejos — comenzó ella, lista para darle indicaciones.
— Ya sé donde vives, Astrid — dijo Hiccup acomodando el espejo retrovisor. Entonces cayó en la cuenta que muy probablemente eso había sonado alarmante. Astrid lo miraba con las cejas alzadas. — Es decir, Berk es pequeño. Todos saben donde vive todo mundo.
— Ajá — respondió ella sin quitarle la mirada de encima. ¿Sería posible que…? No, eso era absurdo. Ella no podía gustarle a Hiccup. No siendo ella quien era y él quien es. No cuando ella estaba enfundada en chaquetas de motociclista y había infinidad de otras chicas más bonitas que ella en delicados vestidos de encaje. Astrid negó con la cabeza y fijó la vista en la avenida que se abría frente a ellos al salir del estacionamiento de la escuela.
Hiccup tamborileó con los dedos el volante. La radio estaba a un volumen bajo con música instrumental. Seguramente a Astrid no le gustaba la música instrumental, pero en las estaciones de radio de Berk sólo pasaban baladas e instrumentales de películas. Nunca antes se había avergonzado más al escuchar "My Heart Will Go On" en la radio. Se estaba estrujando los sesos por un tema de conversación que tapara la ridícula canción cuando Astrid habló.
— Lo siento — dijo bruscamente mirando las gotas que se estrellaban contra su ventana — A veces no sé como decir las cosas y termino por dar el puñetazo sin preguntar primero. — Hizo una pausa — No quise ser grosera.
— Está bien — dijo Hiccup sin darle mucha importancia — Yo sé que no eres mala, Astrid.
—¿Cómo puedes saber eso? — preguntó sarcástica — Todos en esta isla parecen estar de acuerdo en que soy una delincuente.
Hiccup se rió con ligereza.
— Mis padres no. — afirmó él rotundamente. Astrid se sorprendió con su comentario. — Mi papá sabe que fuiste tú la que denunció el robo de la pescadería de los Ingerman. Sin tu denuncia anónima nunca hubieran atrapado al ladrón.
Astrid sintió que, una vez más, se le coloreaba la cara.
— No tiene mucho sentido que sea anónima si de todos modos se dan cuenta quien eres. — se quejó frunciendo el ceño. Hiccup se volvió a reír.
—Podría reconocer tu voz en cualquier lado habiéndola escuchado con anterioridad. — dijo sin pensar. Después añadió rápidamente — O eso dijo mi padre.
— Nunca he hablado con tu padre en persona. Sólo esa vez por el teléfono. — acusó ella, los ojos entrecerrados con sospecha.
— De acuerdo — admitió él con las orejas calientes — Puede o puede que no hubiera estado yo ahí cuando llamaste — admitió. Astrid sintió que el corazón se le torcía en el pecho, y una pequeña sonrisa le jaló la comisura de los labios casi imperceptiblemente hacia arriba.
Tal vez… tal vez él de verdad, aunque no fuera muy probable, quizá ella le gustaba. No. Astrid volvió a fruncir el ceño, esta vez a sí misma. Tenía que dejar de pensar como en telenovela para adolescentes.
— El hacer una denuncia anónima no me hace menos mala persona, de todos modos. — dijo ella con mordacidad mirando nuevamente por la ventana, tratando de enfurruñarse ella sola para que su interior dejara de girar como máquina de algodón de azúcar.
— Claro que sí — confirmó Hiccup, ajeno a su batalla interna — Además, nadie que ame los animales puede ser una mala persona. — añadió.
Astrid hizo una mueca encogiendo un poco los hombros. Quiso que se la tragara la tierra. Se cruzó de brazos.
— ¿Te dijo tu mamá, huh?
— Síp. — contestó alegremente. — ¿Cómo sigue Stormfly?
— Bien — respondió ella con evasivas.
Stormfly era una cotorrita azul que se había encontrado hacía unos meses con el ala derecha fracturada. La había llevado a "El Santuario de Valka", el refugio/veterinaria de la madre de Hiccup que más bien parecía un zoológico en miniatura para que la curaran. Afortunadamente, Hiccup no había estado ese día en el establecimiento, pero al parecer eso no había impedido que su madre le contara todos los detalles de su visita. Al final, Astrid había terminado por adoptar al ave.
— Su ala ya está curada. — contribuyó — Ahora vuela por la casa cada que quiere. Aunque no parece muy deseosa de irse. — A pesar de todo, Astrid sonrió recordando a su mascota.
— No se me ocurre una razón que pudiera tener para querer dejarte — dijo Hiccup con suavidad y la mirada en su rostro aprovechando la luz roja. Astrid sintió el peso de su mirada y se removió en su asiento, echándose el cabello fuera de la cara en un tic nervioso.
Hiccup la miró sonrojarse y no pudo evitar curvar los labios hacia arriba. Estaba muy lejos de ser un experto casanova, pero ésta era la primera vez que tenía una conversación de verdad con ella y todo parecía estar yendo de maravilla. Y si era capaz de hacer que sus mejillas se colorearan, aún podía tener una oportunidad. No queriendo que dicha conversación muriera, preguntó:
— ¿Y a qué se debe que no hayas conducido tu motocicleta esta mañana?
Astrid apretó los labios.
— Le hace falta un cambio de aceite.
Hiccup se animó un poco más al saber que podía ayudar con eso.
— Puedes traerla al taller cuando deje de llover. O mañana, o cuando puedas. — se dio cuenta que seguramente sonaba demasiado entusiasta y se aclaró la garganta — Yo puedo encargarme de ello.
— No, yo… — Astrid se había estado mordiendo tanto los labios que seguramente terminaría por sacarse sangre — No es necesario, seguramente tienes mucho trabajo.
— No hay problema, si pasas mañana después de clases la tendré lista antes de que te des cuenta.
Astrid se tomó un momento antes de contestar. Seguía mirando por la ventana y Hiccup notó que parecía mentalmente agotada. La vio suspirar antes de contestar.
— Claro, ¿por qué no? ¿Qué daño puede haber? — Se rendía. Al parecer no importara lo que hiciera, el mundo parecía conspirar en su contra para que conviviera con él.
Además, tendría que acostumbrarse si quería evitar otro accidente en el laboratorio. Lo que le recordaba…
— ¿Hiccup? Uh… — volvió a echase el cabello detrás de la oreja — Gracias. — murmuró con la vista fija en su regazo, en sus manos hechas puño mientras retorcía los dedos.
— ¿Por qué?
— La semana pasada, en el laboratorio… no tenías que hacerlo.
Hiccup se encogió de hombros.
— Meh, no te preocupes por ello. — dijo él, descartando el pensamiento como si tal cosa — Al final no hubo repercusiones — le sonrió, y había una chispa en su sonrisa que le aclaró las dudas. Hiccup le estaba coqueteando.
Su mente tuvo un pequeño corto circuito y por un momento no supo qué decir. Sacudió la cabeza contrariada.
— No entiendo — dijo finalmente — ¿Por qué harías eso? ¿Por qué eres amable conmigo? — La situación estaba comenzando a desquiciarla un poco.
Hiccup detuvo el auto aparcando frente a una casa. Astrid miró al frente y se dio cuenta que era la suya. Habían llegado. Él se quedó en silencio un momento antes de responder.
— Me gustaría conocerte. Me gustaría que fuéramos amigos. — dijo sin mirarla — No eres una mala persona, Astrid. — repitió — Me gustaría que los demás lo vieran.
Astrid tiró la toalla. No podía ganarle. Dejó que una sonrisa ligera se le extendiera por el rostro. Suspiró y se talló los ojos con las palmas de las manos.
— ¿Qué importa? No me preocupa lo que piensen los demás. — "Tú lo ves" pensó, "Eso es suficiente". — Gracias por traerme. — dijo levantando la vista y mirándolo. Tomó el pomo de la puerta y se preparó para salir.
—Astrid, aguarda. — Hiccup la detuvo — ¿Puedo… podría tener tu número? — preguntó atropellando las palabras — Ya sabes, por si vas a llevar la motocicleta al taller… — Hiccup tragó. Peor excusa no pudo haber dado, ¿verdad?
De cualquier manera, después de un momento en el que ella lo miró con los ojos más abiertos de lo normal, se sacó el teléfono móvil del bolsillo de la chaqueta de cuero. Él no se podía creer que hubiera sido tan sencillo. De haber sabido se lo hubiera pedido desde hacía mucho.
— ¿Te veo mañana?
Astrid asintió, sin atreverse a mirarlo otra vez. No fuera a ser que le pidiera su teléfono de casa, código postal, número de tarjeta de crédito y número de calzado. Cuando la miraba con la esperanza pintada en la mirada le daría lo que le pidiera, hasta su riñón. O su corazón.
Salió rápidamente del auto y corrió a su casa. No miró atrás y cerró dando un portazo. Hiccup no arrancó hasta que ella estuvo segura dentro de su casa.
Yeey, otro que tiene continuación (sarcásmo)
¿Por qué ya no me salen one-shots? ;-; *suspiro* Ah, cierto: dije que culparía públicamente a aleprettycat por influenciarme a que lo alargara.
Anyways, espero que lo hayan disfrutado y que les haya sacado al menos una risita, a mí sí me las sacó mientras lo escribía.
¡Nos leemos pronto! Les mando un abrazo muy fuerte y otro por si se les pierde por la red.
