Y gracias a sus reviews, aquí tienen el final. Ahora, hay un epílogo, si lo quieren leer, no olviden dejar un review. Mil gracias por leer!
Indecisiones
En otras circunstancias el sonido que Jaime escuchó una hora más tarde lo habría hecho sentir dichoso; sin embargo en esos momentos únicamente consiguió que una hiel helada y densa le recorriera las entrañas. Su hijo o hija tenía unos pulmones impresionantes, pero según las palabras del maestre el llanto de esa criatura significaba también que Brienne estaba muerta.
La moza había sobrevivido a muertos renacidos, bandidos, el frío del norte, dragones a los Otros, a la Targaryen, y finalmente se había dejado vencer por el más indefenso de los Lannister.
Por alguna razón aquello le resultó hilarante y sin poder evitarlo soltó una escandalosa carcajada que retumbó en todo el pasillo.
—Después de todo lo que pasó… Después de todo… —explotó dirigiéndose a la pared.
Selwyn salió de una de las habitaciones contiguas a tiempo de verlo recargar la cabeza en la pared mientras se apretaba el muñón con fuerzas. El maestre salió al cabo de unos minutos más, seguido por una de las mujeres que los había ayudado durante la noche y quien llevaba en brazos un pequeño envoltorio de mantas que parecía moverse débilmente.
Al ver al viejo Jaime no fue capaz de contenerse.
—Te pedí que salvaras la vida de mi mujer ¬¬—gritó abalanzándose sobre el viejo hasta arrinconarlo en una pared.
—El niño… —empezó a decir la mujer, pero Jaime ni siquiera la miró.
—¡Al diablo con el crío! —rugió entre jadeos, dejando que la ira tomara control sobre el dolor—. ¡La que me importaba era mi esposa!
Las toscas manos de Selwyn tuvieron que intervenir para que Jaime soltara el cuello del hombre y éste pudiera articular algunas palabras.
—Lady… —hizo una pausa para carraspear un poco y aclararse la voz—. Lady Lannister perdió mucha sangre… y se encuentra muy débil, pero creo que se repondrá —declaró al fin.
A Jaime le tomó unos momentos digerir la información que acababa de recibir, pero una vez que entendió el significado de las palabras salió corriendo al lado de Brienne.
La encontró dormida, con la respiración ligeramente entrecortada y pálida como la nieve pero viva. Se sentó a su lado y tomó su mano en la suya. Su piel estaba fría pero se sentía tan familiar entre sus dedos que sin necesitar algo más se sintió relajado. Decidió esperar hasta verla despierta, quizás entonces ella entendiera que él estaba en el único lugar donde deseaba estar, con la única persona con la que quería estar.
—Mi nieto es un niño fuerte y grande, como su madre —exclamó Selwyn cuando ya casi anochecía—. Ahora mismo lo está atendiendo su ama de cría, pero estoy seguro de que puedes ir a conocer a tu hijo. Yo me quedaré con Brienne mientras tanto —el hombretón difícilmente podía contener su entusiasmo.
—No —dijo sin dudar—. Estoy bien aquí. Esperaré a que ella despierte para conocer al niño juntos.
El hombretón le dio una firme palmada en el hombro, luego acarició la frente de su hija y finalmente los dejó solos. De pronto Jaime notó lo cansado que se sentía. No había dormido una sola noche completa durante su travesía y en cuanto llegó a Tarth los sucesos se precipitaron sin darle tiempo a siquiera tener un alimento decente. Estaba hambriento, pero principalmente sentía que sus parpados estaban a punto de ceder. Colocó la cabeza sobre el pecho de su mujer y se quedó dormido, arrullado por los suaves y constantes latidos de su corazón.
Despertó con el cuello adolorido y aún con la mano de Brienne en la suya, su piel se encontraba más cálida aunque su rostro seguía demacrado y no despertaba. El maestre apareció a media mañana para introducir un poco de miel con agua en su boca, asegurándole a Jaime que eso la ayudaría a recobrar fuerzas antes, pero al finalizar ese día, cuando el viejecillo repitió la operación ya no sonaba tan convencido.
Aunque al principio le pareció algo estúpido, aquella madrugada comenzó a hablarle a pesar de que ella seguía tan inmóvil como una estatua. Le contó todo lo que había sucedido desde la última vez que la vio en Desembarco del Rey, le contó lo feliz que parecía Selwyn con su nieto, le reclamó su necedad al dudar de él, pero ella neciamente mantenía los ojos cerrados.
—Todo parece estar bien, pero ella no despierta. Es como si... — titubeó el anciano al amanecer del tercer día— como si ella no quisiera despertar.
Jaime sonrió: la moza sabía castigarlo ya fuera con una mirada de desprecio que cerrando los ojos con tozudez.
Cuando se convenció de que sin importar lo que le dijera ella no iba a despertar para mirarlo horrorizada por alguno de sus comentarios su necesidad de seguir hablando para no pensar era tal, que aprovechando una de las breves visitas de su suegro asaltó al hombre con palabras y le contó todo lo que había sucedido desde que Brienne se cruzó en su camino.
Le contó como se sorprendió un mañana cuando al despertar lo primero que deseó fue tenerla cerca. Le confesó que se había rendido con ella al entender que jamás podría tenerla de la forma honesta que ella merecía y que al finalmente quedar libre lo primero que se le ocurrió fue pedirle matrimonio. Sin asomo de vergüenza también declaró lo mucho que disfrutaba escandalizar a todos aquellos que cuestionaban los motivos de su matrimonio asegurándoles que estos eran puramente materiales y egoístas. Por supuesto, también le había contado el motivo por el que la moza se sentía tan herida. Repitió palabra por palabra lo que había dicho para salvarla.
—Hiciste lo único que podías hacer para protegerla y, en cuanto sus inseguridades se lo permitan, ella lo entenderá —le aseguró Selwyn.
Jaime no dijo nada, en aquella ocasión prefirió tragarse las palabras que agolpadas en su garganta hubieran advertido a su suegro de que Brienne podría ya no despertar.
Al momento de despertar se sintió extrañamente cálida y confortable. Aun antes de abrir los ojos sabía quien sostenía su mano y respiraba al mismo compás que ella. Por un breve instante su memoria la traicionó y se sintió en paz, querida y protegida. Luego los recuerdos sin pedir permiso acudieron terminando con su momento de dicha.
Mover sus dedos le resultó más difícil de lo normal, sus miembros se sentían torpes y entumidos, pero le bastaron unos leves movimientos para que el hombre a su lado se incorporara y la mirara con un par de ojos verdes llenos de ansiedad y alivio.
—¿Brienne? —murmuró ronco.
Ella tardó varios segundos en encontrar su voz. Tenía la boca seca, dolor de cabeza y se sentía extrañamente cansada… vacía.
—Mi hijo…
—Está bien —le aseguró el hombre, Jaime, su esposo—. Es un niño. Tu padre está loco con él. Nos diste un buen susto, moza.
—Me gustaría verlo —dijo y permitió que él la ayudara a enderezarse un poco. SE sorprendió al notar que ese leve esfuerzo la dejaba mareada y exhausta.
Jaime asintió, le acarició la mejilla rápidamente y salió a toda prisa.
Regresó tras unos minutos seguido por el maestre, una jovencita con una charola llena de alimentos y una mujer robusta que llevaba en brazos un pequeño bulto que se movía y pataleaba con fuerza. Toda su debilidad pareció ceder ante el impulso de tener a ese pequeño ser entre sus brazos.
Antes de poder siquiera mirar a su hijo tuvo que tolerar al maestre cerciorándose de que se encontraba bien, beber una bebida espesa y amarga y dar un par de mordidas a una manzana ácida, todo bajo la atenta mirada de Jaime que la contemplaba como si se tratara de un espectro.
Tan pronto sintió sus brazos el pequeño abrió los ojos: eran azules y grandes, pero la mirada alerta y vivaz era idéntica a la de su padre. Jaime se acomodó a su lado en la cama para observar al niño como si fuera la primera vez que lo tuviera frente a sus ojos.
Por un momento, cuando se quedaron solos los tres, Brienne cedió a la ilusión de que todo era perfecto. Sintió la tentación de vivir otra vez la mentira de sentirse amada por ese hombre, de olvidar que estaba con ella porque era lo único que le quedaba.
Sintió sus labios cálidos y suaves en su mejilla y supo que no era capaz de tolerar ese engaño.
—Me siento cansada, ser. ¿Podría dejarme sola con el niño? —se apartó de su lado sin siquiera mirarlo.
Lo notó apretar los labios y levantarse con ira contenida. El hombre suspiró y entonces Brienne se dio cuenta de lo cansado que lucía. Clavó la mirada en la puerta y apretó el puño, pero cuando se dirigió a ella su voz estaba calmada y serena.
—Voy a darte tiempo para descansar y recuperarte, pero en cuanto estés mejor vamos a solucionar esto de una vez por todas, Brienne. Todavía está muy débil para pensar con claridad.
Por un momento pensó que él iba a acercarse a ella para besarla, pero pareció pensarlo mejor y solamente acercó su mano al niño para rozarle la cabeza con la torpeza de cualquier padre primerizo.
Durante los siguientes dos días no volvió a verlo y algo que imaginó era orgullo puro le impidió preguntar por él. Para el tercer día por la tarde lo vio cruzar su puerta y apenas dando un par de pasos en el interior de la habitación le preguntó cono se sentía. Ella apenas soltó un par de palabras antes de verlo asentir y darse la vuelta para dejarla sin decir una palabra más.
La misma escena se repitió por varios días hasta que ella fue capaz de ponerse de pie y recorrer su habitación con el niño en brazos. Cada vez que veía a Jaime sentía una punzada de pánico imaginando que la tan esperada conversación tendría lugar en ese momento, porque no estaba segura de qué podía decir. No era capaz de perdonarlo pero a pesar de todo se sentía más segura sabiéndolo cerca. No iba a volver a creerle pero su cuerpo entero la traicionaba y reaccionaba deseoso de su tacto cada vez que lo veía.
De lo único que estaba segura era de que ya no podía ser feliz con él, y de que sin él su vida sería tan miserable que cada día sería una verdadera tortura.
Jaime esperó pacientemente por más de dos semanas hasta que el Maestre le aseguró que ya no había peligro alguno y, aunque todavía estaba débil, su mujer se recuperaría completamente en unas semanas más. Cuando la vio caminando despacio con el pequeño león en brazos, pensó que esa conversación que tenían pendiente no podía esperar más, no cuando se encontró sintiendo celos de su propio hijo porque el niño podía estar cerca de la moza y tocarla, placer que él tenía negado.
—Te ves mejor —le dijo para iniciar la conversación. En un rato más el ama de cría le llevaría al niño y quería hablar con ella a solas, sin que ella tuviera al pequeño para distraerse.
—Me siento muy bien, ser —contestó con fría formalidad y sin mirarlo.
—Creo que necesitamos hablar.
Brienne asintió y levantó el rostro para mirarlo a los ojos.
—Tienes que terminar con esto, Brienne. Sé que te lastimé pero tienes que entender porqué lo hice. En el fondo debes saber que la única mentira fueron esas palabras que escuchaste y no todo lo demás, no cada beso y cada caricia. ¿Crees que de verdad pude fingir todo ese tiempo? ¿Crees que miento ahora? Mentí lo aceptó. Pero tienes que entender que mentí con mis palabras de un día y no con mis acciones de todas esas noches.
Cerró la distancia hasta llegar a ella y tomarla por la cintura. Estaba tan delgada y débil todavía que por primera vez le pareció pequeña entre sus brazos. Ella no se alejó, no se resistió, pero tampoco hizo nada cuando él besó sus labios. Era como besar un cadáver.
La moza retrocedió un paso y sin molestarse en disimularlo se limpió los labios con la mano como si acabara de beber una poción especialmente desagradable.
—No puedo —su voz sonó casi como si se disculpara—No puedo. Por favor, le suplico que no vuelva a tocarme.
—¿De verdad me crees capaz de haberte hecho algo así? —reprimió el impulso de acercarse a ella.
El silencio fue su respuesta.
— Siento haberte lastimado. Pero no voy a pedirte perdón por lo que hice porque no me arrepiento, Brienne; lo volvería a hacer las veces que fuera necesario. Hubiera hecho cualquier cosa para salvarte —su voz era baja, tranquila y pausada—. Tú me conoces mejor que nadie, eres quizás la única persona que no tiene derecho a desconfiar de mí. Por eso, Brienne si no eres capaz de creerme… —sin poder evitarlo su voz fue subiendo de intensidad— Si no puedes confiar en mi… soy yo quien no puede perdonarte. Al diablo contigo también. No tengo nada más que hacer aquí. El niño estará mejor sin mí… y evidentemente tú también.
Repentinamente se sintió furioso. Furioso con ella. Toda su vida había soportado la desconfianza y recelo de la gente y era algo con lo que había aprendido a lidiar, porque después de todo, esa gente no le importaba en absoluto. Pero con Brienne era distinto; ella era la única persona frente a la que se había mostrado tal cual era, con defectos y debilidades, había sido más sincero con ella que consigo mismo.
No, de ella no estaba dispuesto a tolerar esa desconfianza. No lo merecía.
Se dio la vuelta y se dirigió a sus habitaciones. Hasta la mitad de las escaleras albergó la esperanza de que ella lo alcanzara, de escucharla gritar su nombre asegurándole que le creía. Nada pasó.
Con una decisión ya tomada se dirigió a las habitaciones de su hijo. Tomó al niño en brazos y lo estudió por un largo rato. Era grande y parecía fuerte para ser prematuro. Estaba llenó de toda la energía que le había robado a su madre al momento de nacer. También tenía los ojos de ella, aunque Jaime sospechaba que la pelusilla de su cabeza sería pronto del dorado color de los Lannister.
—Estarás bien, muchacho —le aseguró sin saber como dirigirse a él, Brienne no le había dado nombre todavía—. Tu abuelo hizo un buen trabajo con tu señora madre, estoy seguro de que entre los dos te criarán mucho mejor de lo que habría podido hacerlo yo… Aunque me hubiera gustado verte crecer, ser un padre de verdad contigo.
El pequeño suspiró y abrió los ojos después de parpadear perezosamente un par de veces. Lo colocó nuevamente en la cuna tratando de no ver en sus ojos la mirada profunda y honesta de Brienne. La mirada que ahora se llenaba de desprecio y asco al contemplarlo.
A través de la ventana el sol brillaba con toda la fuerza de la primavera. Calculó que quedaban un par de horas para mediodía. Si se daba prisa sería capaz de alcanzar el barco que provenía de Desembarco del Rey y como cada tercer día hacía escala en Tarth antes de partir rumbo a Essos.
—Jaime se va a ir —declaró Brienne sin esperar a que su padre preguntara algo.
El hombre asintió y se sentó a su lado.
—Tu esposo me lo contó todo —no tuvo tiempo de manifestar sorpresa alguna porque Selwyn continuó prácticamente sin hacer pausa alguna—. Me dijo lo que hizo y las razones que tuvo para ello. Tú debes conocerlo mejor que yo, y si estás segura de que esto es lo mejor para todos yo apoyo cualquier decisión que tomes. Sin embargo, si me permites decirlo, hija mía, no he visto a ningún hombre velar tan celosamente la cama de una mujer sin sentir algo muy profundo por ella.
—Perdió Roca Casterly, Tarth es su última carta, eso explica la profundidad de su pesar al imaginar que la perdiera —murmuró, pero sabía que con esas palabras trataba de convencerse a sí misma, de fortalecer su decisión.
—Tal vez es cierto. Ese hombre debe ser el cínico más descarado de los siete reinos porque no dudó un segundó en pedir que salvaran tu vida y no la del niño que le aseguraba una posición firme en esta isla. Ni siquiera se interesó en conocer a su hijo hasta que despertaste. Pero repito, querida, quizás es más fácil engañar a un viejo como yo que a una mujer que lo conoce tan bien como tú. Es mucho más fácil mentir con palabras que con hechos —se levantó de la cama y tras darle un par de palmadas en la cabeza la dejó más insegura de lo que se había sentido en toda su vida.
Tenía miedo de creerle y caer víctima de una mentira alimentada por su necesidad de sentirse correspondida. Tenía miedo de dejar que se marchara y fallarle. Jaime Lannister no era un hombre sencillo de entender. A pesar de lo que todos opinaran, ella seguía estando segura de que era un hombre de honor. Un hombre de honor que se había visto obligado a cometer actos terribles y despreciables para proteger a gente inocente y sobre todo a los que amaba.
Actos terribles y despreciables para proteger a los que amaba…
Terribles y despreciables para proteger…
Como impulsada por un resorte Brienne se levantó de la cama y salió corriendo, finalmente con la seguridad de lo que tenía que hacer.
—¡Jaime! —el grito provino de algún lugar distante, pero la voz le resultaba tan familiar que antes de volverse él estaba convencido de que era sólo un juego cruel de su imaginación.
Sin embargo, cuando finalmente dejó de contemplar el barco que estuvo a punto de abordar y miró hacía el sitio de donde provenía el grito, encontró a su mujer corriendo desesperadamente hacía el mismo barco, repitiendo su nombre una y otra vez como si de ello dependiera su vida.
Ella tenía toda su atención concentrada en el barco y uno de los hombres del puerto tuvo que detenerla cuando se acercó peligrosamente a la orilla del muelle.
Con pluma y un trozo de papel en la mano Jaime se precipitó hacia ella y llegó cuando dos hombres forcejeaban para mantenerla en su sitio y ella sollozaba repitiendo su nombre una y otra vez mientras miraba alejarse el barco que él estuvo a punto de abordar.
—¡Te creo, Jaime! ¡Te creo, por favor regresa! —Al final, en uno de los forcejeos había caído al suelo de rodillas.
—¿Es esa la forma de comportarse de la Señora de Tarth? —le pregunto, tendiéndole el brazo para ayudarla a levantarse.
—¿Jaime? —preguntó con el feo rostro distorsionado por las lágrimas, los ojos hinchados y los pómulos sobresaliendo extrañamente por su extrema delgadez. Nunca le había parecido tan fea, y a pesar de todo jamás había sentido tantas ganas de besarla.
—No debiste levantarte de la cama aún, moza estúpida —le gruñó cuando la sintió apoyarse en su hombro y empezar a llorar suavemente.
Sin rencor alguno comenzó a acariciarle el cabello con movimientos suaves y lentos. No podía seguir enfadado con ella cuando había estado tan cerca de perderla.
—Pensé que lo mejor era subirme a ese barco y dejarte tranquila con el niño, en tu casa, segura y en paz. Pero por una vez pensé en tragarme el orgullo y aclarar las cosas. Por una vez quise ser por lo menos tan terco como tú. Como quizás debí hacer con lo de Aerys —le señaló el papel que finalmente se había caído de su mano al sostenerla a ella—. Así que me imaginé que si tu te tomaste la molestia de escribir tantas cartas para salvarme, a pesar de pensar lo peor de mí, yo podía escribirle a Tyrion y a la mismísima reina para que te explicaran que alegremente cambié Roca Casterly por ti y por nuestro hijo. Para que te dijeran que era tu pecosa cara lo único que deseaba ver cuando estaba matándome la fiebre. Para que te convencieran de que fueron sólo palabras las de aquél día.
—Lo siento… Perdóname… —insistió con la cabeza incómodamente recargada en su hombro…
—Cállate ya, mujer idiota. Tenemos que conseguir un carro o por lo menos una carreta para que regreses a tu habitación, eres demasiado pesada para llevarte cargando y estás demasiado débil para volver caminando. Tienes un hijo ahora, moza, sería conveniente que dejarás ya estas estupideces suicidas por su bien.
—Sí, sí. Como tú digas —cedió con la mirada adormilada.
—¿Cómo tú digas? —repitió él con incredulidad, mientras la sostenía por la cintura al sentirla flaquear—. ¿Quién rayos eres y qué has hecho de la moza con la que me casé?
—Jaime —sonrió moviendo la cabeza con un ligero reproche.
—¿No más ser entonces? ¿He vuelto a ser simplemente Jaime? —inquirió burlón.
—Eres un idiota —le soltó un débil golpe en el pecho.
—Eso suena más parecido a algo que diría mi mujer.
Ella se rio.
—Vamos a casa, a nuestra habitación. Tenemos un hijo —le pidió recargándose peligrosamente en él.
—Sí, Brienne, tenemos un hijo y toda una vida por delante para permitirle que nos vuelva locos —le dijo y finalmente cedió a la tentación de besarla.
