Capítulo dedicado a saandraah por recodarme que les tenía "un poco" olvidados.

Lo escribí cuando nació mi sobrinita ( Erin sweetie, I love you), por eso es un poco- demasiado azucarado, aún así espero que os guste :)


La estrella que me quería

El día que nació Harry cualquiera que hubiese visto a Sirius habría pensado que él era el padre. Y no solo por los impacientes paseos de la sala de espera sino porque cuando salió en medimago se abalanzó contra él, bombardeándole a preguntas sin dejar que contestase ninguna.

Solo cuando oyó la voz de James diciendo "Todo ha ido bien. Es un niño" soltó los brazos del sonriente medimago y chilló como un energúmeno.

- ¡Un niño! ¿lo has oído Remus? ¡¡Tenemos un niño!! ¡Un niño!!.

Remus que se levantaba en ese momento sonriente para abrazar a James le dijo.

- Tu sentido de la propiedad siempre será un misterio Canuto.

Cuando entraron en la habitación Lily sonreía cansada y pletórica, James corrió a los pies de la cama mirándola embelesado.

- ¿Verdad que no hay nadie más hermoso en este planeta Remus?

Lily brillaba, la alegría y el amor que sentía en ese momento parecía no caberle dentro del cuerpo.

- Desde luego – dijo abrazando a su amiga – pero nunca he sido imparcial, ¿como te encuentras?

- Muy bien, ¿dónde está…

No pudo terminar de preguntar porque en ese momento entraba Sirius, cargado hasta las cejas de globos, flores, bombones y una cantidad indecente de muñecos de peluche.

- ¡Donde está! ¿Y nuestro niño? – giraba la cabeza hacia los lados como si el recién nacido tuviese la capacidad de jugar al escondite con él.

- "Nuestro niño" – rió Lily – está descansando, le traerán en media hora.

- Pues vaya…

Realmente a Remus no le sorprendía la actitud de Sirius, desde que le prometieron ser el padrino (y aquello fue en séptimo curso) hablaba de cómo le trataría, que nunca jamás sería parecido a como le trató a él su familia, que nunca estaría solo y siempre sabría cuanto le amaban tanto ellos como sus padres. Los últimos meses fueron una auténtica tortura, comprando cuanto juguete le gustaba y contando cómo le enseñaría a volar, a jugar al quiddich, que le contaría historias divertidas sobre los merodeadores y como habían disfrutado de ese colegio que aún sentía como su primer hogar. Por eso, para él, también era SU niño.

Y ahora que había llegado Sirius tenía una sonrisa permanente en la cara y no veía el momento de empezar a hacer todo aquello. Realmente nunca había sido muy paciente y esos nueve meses se le habían echo eternos.

Remus se sentó junto a él y agarrándole del brazo apoyó la cabeza en su hombro.

- Serénate Canuto. Tienes mucho tiempo para disfrutar de él, no hay que hacerlo todo en este instante.

Sirius enfurruñado cedía poco a poco, era un juego al que llevaban demasiados años jugando. Sirius a alterarse como si pudiese estallar por nimiedades y Remus calmándole con suaves caricias y palabras.

James y Lily les miraban sonrientes.

- Mira Lil, que tierno, Canuto está totalmente domesticado.

- ¡¡Chitón Pito Potter!! o le contaré a Harry que su padre tuvo que desnudarse para conseguir que su madre se dignara a mirarle.

- Pues yo le contaré que leías por las noches y que te encantaba estudiar.

- Pero eso… ¡es mentira!

- ¿Y? soy su padre y me creerá.

Siguieron un rato pegándose, dándose puntapiés y ligeros empujones, como si aún tuviesen diecisiete años.

De pronto la enfermera trajo al pequeño Harry y se lo dio a su madre. Sirius después de la que había montado no se atrevía a acercarse viéndole tan pequeño así que Lily le dejó a Remus que lo cogiera. Después de unas cuantas carantoñas miró a Sirius con el bebé en brazos.

- Siéntate Canuto.

Sirius obedecía como un autómata, cuando Remus puso al niño con cuidado entre sus brazos todos habían jurado que Sirius no respiraba.

Lily le sonrió enternecida.

- Muy bien Black, dejemos las cosas claras, nada de locuras como montarle en la moto ni enseñarle ninguna de tus bromas y sobre todo cuidadito con las palabras que salen de tu boca delante suyo ¿estamos?

Lily habría seguido pero hoy no era día para ser muy dura porque Sirius estaba tan emocionado que se le saltaban las lágrimas.

Aquella tarde, increíblemente, Sirius permaneció en silencio, sentado en la silla observando como Harry dormía placidamente en su regazo y hasta que no vino la enfermera a llevárselo no hubo manera de despegarlo de sus brazos.