Dark Haven

Capítulo 7

Perdición

Yo no quería ser salvada.

Pude ver mi propia muerte en los ojos negros del hombre que permanecía de pie frente a mí, mirándome con repugnancia: veía reflejado el fuego, el dolor y toda la miseria del universo, me vía reflejada a mí misma con el semblante calmado hasta casi dar miedo.

Se escuchó un ruido extraño, como si una estrella hubiera pasado a centímetros de mí y después, un círculo de energía comenzó a formarse en la palma de su mano, apuntándome. Fue en ese momento cuando me descubrí deseándolo. Lo deseé con todas mis fuerzas. Deseé que me matara.

Yo quería ser asesinada por él.

—¡Hazlo! —grité.

Algo se desgarró dentro de mí en ese momento, porque, casi inconsciente, supe que no lo haría. Su expresión cambió y al notarlo, comencé a llorar. La energía seguía allí, titilante, sin embargo, había dejado de pertenecerme.

—Pero qué espécimen tan extraño —su voz era tranquila, elegante, salvaje—. He asesinado millones de criaturas inservibles y todos han suplicado y llorado por vivir, en cambio tú, me pides que te mate.

Una carcajada perturbadora inundó el lugar, llenándome desde adentro. Era un demonio burlándose de mi dolor.

Inesperadamente, se acercó y se acuclilló hasta estar casi a mi altura.

—¿De verdad deseas la muerte, humana? —preguntó mientras que, con su mano, cálida, sujetaba mi barbilla. Me hizo girar, observando mi rostro detenidamente, como si nunca antes hubiera contemplado a un ser humano desde tan cerca. Sentí como si me estuviera escaneando, estudiándome. Y me sentí un espécimen extraño, tal y como había dicho él.

—Hazlo —volví a decir, pero esta vez era más una súplica que una petición—. Mátame.

Su entrecejo se frunció en respuesta a mis palabras.

—Los mortales nunca dejarán de sorprenderme —anunció al tiempo que volvía a ponerse de pie. En el instante en que retiró su mano de mi piel, sentí el extraño deseo de que me volviera a tocar. Su tacto era tibio y por un leve instante, me hizo sentir bien—. Entonces cumpliré tu deseo. Te mataré.

Las lágrimas cesaron como por arte de magia en el instante en que escuché mi sentencia de muerte, y sonreí. Sonreí genuinamente por primera vez en siete años.

Había llegado el momento. La energía que se volvió a formar entre sus manos era más grande, más brillante, casi cegadora y de un color morado precioso. Era como si de pronto, todo el dolor de mi alrededor hubiera desaparecido y solo quedáramos ese hombre, el hermoso desello morado y yo. Y estaba tan cerca, que supe que no solamente me mataría, sino que iba a desaparecer por completo. Me iba a convertir en polvo; una muerte parecida a la de Sekai. Finalmente iba a reunirme con él en el otro mundo, dejando atrás este mundo maldito que me había hecho tanto daño. Iba a dejar atrás todo ese blanco que me había perseguido desde que tenía uso de razón. Estaba ansiosa. Quería esfumarme, como la brisa en el mar, pero a pesar de que la luz había iniciado su trayectoria hacia mí, pasaron los segundos y nada sucedió.

Él llegó para salvarme.

En ese instante no supe qué fue lo que hizo que la energía púrpura se desvaneciera, pero después lo entendí. Alguien había creado otro poder para hacerlo colisionar con el que estaba destinado a terminar con mi vida. Escuché una explosión, pero yo seguía con vida.

—Al fin llegaste, saiyajin —dijo con una sonrisa.

A pesar de que no hizo ningún movimiento y sus ojos aún estaban posados en mí, supe que ya no me miraba. Su atención estaba puesta, de alguna manera, en el ser que había evitado que el rayo de energía chocara con mi cuerpo.

Mis ojos, desesperados, buscaron al culpable, pero no pude ser capaz de ver a nadie. Todas las personas habían muerto por los ataques. Era un paisaje desolado. Muerto.

—¡¿Quién eres y por qué has venido a atacar la ciudad?! —escuché gritar una voz masculina.

No supe identificar de qué dirección provenía. No fue hasta que el hombre vestido de negro se movió, dando media vuelta, que pude verlo. Se encontraba de pie sobre los escombros de un edificio. A esa distancia no pude ser capaz de distinguir su rostro, pero su cabello azul destacaba entre los tonos rojos y anaranjados que predominaban a los alrededores gracias al fuego que habían ocasionado las explosiones.

Siempre hubo rumores: historias fantásticas que hablaban sobre un chico de cabello azul que se dedicaba a desafiar a los androides y que, al final, logró vencerlos sin ayuda de nadie. Nuestro salvador.

—Trunks —susurré. Recordaba muy bien su nombre, porque era el nombre del héroe que no salvó a mi hermano.

Incluso yo, que permanecí confinada durante años en ese hospital, supe sobre las hazañas de aquél chico. Escuché cada una de las historias sobre cómo salvó a cientos de personas de ser asesinadas por los androides, de morir aplastados por edificios, de ser carbonizadas por los estragos de las explosiones. Pero Sekai no fue uno de ellos. Para mí no era más que un simple humano más.

Debió haber llegado a salvarlo a él aquel día hace siete años. No a mí.

El hombre de negro me miró por un segundo al escucharme pronunciar ese nombre. Parecía sorprendido, pero no dijo nada. En ese instante, supuse, era mucho más importante el hecho de tenerlo ahí, presente, a que yo supiera de quién se trataba.

—¡Te he hecho una pregunta! —su voz se alzó de nuevo, al tiempo que, sorprendentemente, su cuerpo descendía con cuidado hasta posarse cerca de nosotros.

Era otro ser extraño capaz de volar, capaz de manipular su energía y capaz de destruir el planeta si así lo quería.

Era otro monstruo.

—S-señor Goku… —dijo en apenas un susurró cuando estuvo lo suficientemente cerca de nosotros como para ver con claridad al hombre oscuro.

—Supuse que lo dirías —respondió con una sonrisa—. No te equivoques, mortal, yo no soy ese humano nefasto llamado Goku. ¡Yo soy un Dios que ha venido a salvar este mundo de la plaga más grande jamás vista: los humanos!

Claro que no.

No podía ser él.

Pero a pesar de que se lo había dicho, Trunks solo podía ver al señor Goku frente a él. Un Goku vestido de negro, con una expresión malévola en el rostro y disfrutando de la destrucción del mundo; disfrutando de la muerte de los terrícolas.

No podía ser él.

¿Pero entonces por qué estaba viendo su rostro? ¿Qué estaba pasando? ¿Y cómo es que sabía que era un saiyajin?

Su semblante se endureció y casi inconsciente, llevó su mano a la empuñadura de su espada, sujetándola con todas sus fuerzas. No importaba quién fuera, si era o no el señor Goku. Ese hombre había matado a miles de personas en apenas unos minutos y Trunks tenía la obligación de derrotarlo, de parar esa destrucción y su absurda matanza. Las palabras pronunciadas por aquel ser aún resonaban en su cabeza una y otra vez: "Soy un Dios que ha venido a salvar este mundo de la plaga más grande jamás vista".

—¿Acaso su intención es exterminar a todos los humanos? —dijo para sí mismo—. Es una locura.

Trunks se detuvo un par de segundos a examinar con cuidado el panorama que los rodeaba, con la intención de no ocasionar más estragos de los que ya había hecho aquel sujeto que había aparecido de la nada en medio de la ciudad, haciendo una masacre con su poder. A simple vista parecía que ya no había nadie con vida, a excepción de la chica que permanecía sentada y herida muy próxima al supuesto Dios, pero Trunks era capaz de percibir un par de energías cerca; pequeñas, casi imperceptibles, pero estaban ahí y eso solo significaba que había más sobrevivientes, aunque no pudiera verlos. Supuso que estarían escondidos, o atrapados en alguno de los tantos edificios que habían caído por la lluvia de explosiones. No podía simplemente atacar, principalmente por ella. Estaba demasiado cerca. El simple uso de su velocidad y la expulsión de energía resultaría fatal para la chica.

Tenía que protegerla

Tenía que salvarla a como diera lugar.

Era una espada. El chico de cabello azul llevaba una enorme espada colgada en su espalda y parecía dispuesto a utilizarla. Mantenía aferrada su mano a la empuñadura mientras observaba a su alrededor, como si quisiera encontrar algo. Parecía desesperado.

—No me digas que no me quieres atacar por proteger a esta humana.

Abrí muchos los ojos al escuchar la voz del hombre que se había presentado como un Dios. No podía dar crédito a lo que oía. ¿Por qué demonios me protegía? ¿Por qué había llegado a salvarme cuando yo solamente deseaba desaparecer?

—Te haré las cosas más fáciles, para que te des cuenta de que en realidad soy un Dios benévolo —su mano derecha se alzó y volvió a bajar, apuntándose a sí mismo—, te atacaré primero.

Y desapareció. En cuanto terminó de hablar, el hombre se desvaneció ante mis ojos como si jamás hubiera estado allí, y un segundo después, escuché un fuerte estallido en dirección de donde se encontraba el muchacho de cabello turquesa. Dirigí mi mirada hacia el estruendo y lo que vi me dejó totalmente atónita.

El sujeto de negro había atacado a Trunks en un abrir y cerrar de ojos, y este último detenía su ataque con ayuda de su espada. Los rodeaba un aura de luz blanca y salían rayos que destrozaban el suelo ahí donde lo tocaban. Se sentía una presión abrumadora aun a la distancia a la que me encontraba.

—Si acaso uno de esos rayos llegara a tocarme, será mi fin.

Lo pensé por un momento y decidí que aquella era mi oportunidad. Tan solo tenía que acercarme un poco y entonces, finalmente, se cumpliría mi más grande anhelo. Alguno de sus poderes tenía que alcanzarme, o quizá un pedazo de escombro de los que volaban por doquier por el poder que se esparcía por donde ellos pasaban. Su pelea era cada vez más intensa y, por ende, la devastación era cada vez peor. No había forma de salir ilesa de aquella situación. Solo un poco. Solamente tenía que avanzar un poco…

—¡Maldición! —alcé la voz con frustración—. Ni siquiera puedo moverme.

Dolía demasiado. La herida en mi pierna apenas me había permitido cambiar de posición, pero no era competente para avanzar ni siquiera un par de centímetros, mucho menos unos metros, que era lo que necesitaba para entrar en la zona de guerra.

Alcé la mirada, envuelta en lágrimas de impotencia que solamente servían para distorsionar la escena que en ese momento ocurría frente a mí. Era una batalla entre dos monstruos, algo fuera de este mundo. Cada que sus ataques chocaban era como si el planeta entero temblara.

Pensé en mi madre. ¿Estaría sintiendo el movimiento brusco de la Tierra ella también? ¿Acaso las explosiones habían llegado hasta nuestra casa, alcanzándola? Tal vez, incluso, ya era huérfana en ese momento. Pensé en Tenshi, atrapado entre los escombros de la cafetería, lleno de heridas, cubierto en su propia sangre… Era horrible. Todo era espantoso y yo seguía allí, sin poder escapar de aquel infierno.

Blanco. Todo era tan blanco.

Lo único que, ante mis ojos tenía otro color, era él. Negro. Negro como la noche, como la calma infinita que siempre me descubría buscando. Recordé su tacto cálido, su mirada severa, su semblante serio. Su cabello, su ropa, sus ojos y también su alma; todo era negro en él.

Me dolía la cabeza, la herida en mi pierna era una tortura, había varias partes del cuerpo que ardían como si tuviera fuego por dentro. Sentía que en cualquier momento iba a perder el conocimiento. Estaba confundida, tan destrozada, tan vacía. Ya no me importaba nada; ni Tenshi, ni mi madre, ni el destino de la humanidad. Solo quería dejarme ir.

—¿Qué pasa, humana? —escuché su voz. Estaba tan cerca otra vez—. No puedo creer que con esas heridas tan insignificantes ya estés a punto de morir. Ustedes los mortales son una raza débil e inútil; no sirven para nada más que destruir la belleza del universo.

Con las pocas fuerzas que me quedaban, pude levantar la mirada para poder verlo. Estaba de pie, como si hubiéramos regresado al momento en que iba a atacarme. Pude ver a Trunks a lo lejos, tirado cerca del fuego, inconsciente. Lo había derrotado. En menos de diez minutos había derrotado al salvador del planeta.

Ese hombre hermoso que tenía enfrente era capaz de destruirnos a todos con la misma facilidad con la que se destroza un hormiguero. Eso éramos para él: hormigas, y él un Dios con una lupa sobre nosotros, dispuesto a castigarnos por el simple hecho de existir. Y no me importó. Todo aquello que pude ver con tan solo mirarlo a los ojos, no me importó. Sekai se había ido y ya nada importaba.

—¿Vas a matarme o te vas a quedar ahí, observándome todo el día?

Mis palabras lo sorprendieron, pude notarlo al instante. Estaba tan molesta y mi deseo por morir hacía que no le tuviera ni una pizca de miedo; al contrario, mi miedo era que se marchara, dejándome allí, con vida.

Su risa apareció de nuevo, esta vez un poco menos genuina que antes. Lo había dejado desconcertado, y me gustó la sensación que dicho acto me produjo.

—Un nuevo color —pensé—. Había encontrado ese nuevo color en el lugar y la persona menos esperada.

—Te dejaré vivir —anunció—. Me deleitaré de verte sufrir por este mundo maldito. Yo no estoy aquí para cumplir deseos, niña estúpida, sino para castigar a los humanos que en su errónea existencia piensan que son dueños del mundo.

—Entonces llévame contigo —me descubrí pidiendo.

Si no iba a morir, al menos quería estar lo más cerca posible de lo más negro que había en el mundo: él. Y averiguar de qué color era aquello que sentí cuando lo escuché reír.

Sus ojos se abrieron como platos al escucharme. No dijo nada. O quizá lo dijo todo con su silencio, pero yo no pude ser capaz de entenderlo. Al menos no en ese momento…

Dio media vuelta y se marchó.

En ese momento, supe que él sería mi perdición.