Disclaimer | Ni Kuroshitsuji, ni sus personajes me pertenecen son propiedad de Yana Toboso. Y aunque desearía que Sebastian fuese mío, pertenece toditito a Ciel.

Advertencias | Slash. Shota.

Nota| ¡Hola Bonitas!

Me gustaría que por esta vez, realicen los siguientes parámetros antes de empezar la lectura (no es obligatorio, pero sería muy recomendable):

1. Eviten interrumpir la lectura. Hagan todo cuanto deban antes de empezar.

2. Tengan una bebida a mano. Yo tengo una taza de café cargado ;)

3. A medida de que avancen, elijan música de ambientación.

Ahora sí, pueden iniciar la lectura… ^_^


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PARTIDA DE AJEDREZ

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"Mientras el joven amo tenga la señal del "contrato"… yo soy su fiel sirviente… un sacrificio, un deseo… y un pacto me unen a mi amo." —Sebastian —Cap. 4—

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Capítulo VIII

"Medio Juego"

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—Hace tres años…

Pronuncia Ciel con voz tan tenue, similar a una brisa otoñal que mece delicadamente todo a su alrededor. Sebastian solo continúa contemplándolo con seriedad, sin necesidad de apresurarle.

Es preciso aclarar que le respeta, no por el hecho de ser su amo, sino por las muestras de innumerable valor que ha demostrado, y porque le ha visto quebrarse también, disfrutándolo, bebiendo todo su dolor.

Los demonios se regocijan de esas emociones, son la vida misma, lo que conduce a humanos tan extraordinarios como aquel en frente suyo, a entregar todo cuanto poseen.

Los tesoros reales, sus almas.

—Yo vi…

Solo intentar expresar esos recuerdos, provoca que todo se conviertan en nauseas para Ciel, quien se siente vulnerable, desazón incomprensible y sin sentido. No está exponiéndose por piedad ante Sebastian en realidad.

Y es esa, una verdad innegable.

—Esos hombres hicieron cosas con los otros niños…

Sebastian ve a Ciel jugar con sus dedos, gesto propio de momentos de elevado stress y que sabe, que a excepción de sí, nadie conoce.

—Según mis instructores de biología, ese acto se da entre un varón y una mujer para procrear. Mi madre me dijo una vez, que los niños solo podían nacer, si dos personas se amaban.

Ciel deja de jugar con sus dedos, sus manos se transforman en puños, y con seriedad, sin autocompasión en sus ojos, remata toda duda que le absorbe.

—Pero yo vi a esa gente hacer eso, y me pareció repugnante, ¿Es así, Sebastian?

El demonio inconscientemente eleva sus cejas de modo interrogante, y un júbilo se enciende en su pecho, viajando lejos, a vidas pasadas, ojos rojos, sombras esbeltas, una adulta, otra adolescente, observando a un hombre forzar una mujer a tener relaciones sexuales con él.

Esa mujer está sufriendo… es inmundo —había pronunciado, sin un atisbo de compasión o empatía por la desdichada.

Es la clase de seres que son los humanos. Criaturas bajas —pronunció otra sombra, otro demonio más viejo a su lado—, egoístas, concentrados en su propio deleite, cuando el real goce en la lujuria es ver rogando al rival por ser poseído.

En ese entonces Sebastian ya había vivido cientos de años, pero para su especie, él era tan joven, como lo es hoy su amo.

Ciel no siente lastima, y sin embargo, le percibe tentarse.

Tradiciones y convencionalismo, es ello lo que quiebra las alas de ese niño.

Su mano se extiende, solo un poco, acariciando los cabellos de Ciel, que va sintiéndose más voluble que nunca, deseando algo incomprensible.

Sebastian continua contemplándole, admirando su desapego por sus semejantes, un rasgo que les acerca, y sus emociones intensas y ocultas, que le dotan de humanidad, y les alejan.

No, no están distanciados ahora.

La debilidad de Ciel, le da de un atractivo que jamás tuvo antes, tanta desdicha, tanta duda, todo cuanto le gusta.

Ansiedad, no.

Desesperación, sí, eso es mejor.

Y quizá no sea todo, pero es cuanto necesita.

La mano de Sebastian cubre la mejilla de Ciel, abarcando con facilidad ese rostro pequeño, acercándose más, Ciel solo se limita a respirar con ligera dificultad, entreabriendo los labios, tantas dudas nublando su juicio, algo apremiándole en el pecho.

El reloj de pared suena rítmico, sin interrumpirles.

La frente de Sebastian se pega a la de Ciel, no busca seducirle ni nada parecido, pero Ciel no lo sabe, y su instinto falla al sugerirle que es así.

O talvez sea Sebastian, quien no sabe que la elocuencia no siempre requiere de voz.

—Sí, es un acto repugnante…

Afirma, entrecerrando los ojos, Ciel le imita, sintiendo el corazón latirle lento, pero con fuerza. Sebastian observa un brillo formarse en los ojos de Ciel, es una emoción desagradable, algo similar a decepción.

Presiente que el conde, ya no será capaz de ordenarle nada más en esa noche, aunque intuye que su mente gritara desesperada por hacer eso.

Solo por ello, decide acercarse más, Ciel no se aleja, dispuesto a…

Aún con esa respuesta. Si solo supiera…

Su nariz roza la de Ciel, acariciando con la punta también, las mejillas infantiles. Esos ojos aferrándose con desesperación a los suyos.

No es necesario esperar más.

O tan placentero como se desee…

Susurra sobre esa boca pequeña, antes de reclamarla de nuevo.

No, ese beso no es similar a ninguno que hayan compartido, es pasional, lento, y más íntimo.

Ciel está descubriendo ante su opuesto un cumulo de cosas, porque no es el juego lo que lo ha orillado a ese instante, es soledad, es tristeza, remembranzas, todo cuanto a encerrado con llave en su joven corazón, todo explotando y derramándose en la boca de Sebastian, aligerando su carga.

La gran necesidad de sentir amor.

Una voz amarga gritándole, que todo es fingido.

Y la ignora, porque necesita amar y sentirse amado. Solo hoy, aunque sea mentira.

Sebastian lo entiende, y su interior se inquieta, ante la inconciencia de Ciel.

No hay retorno. Tiene la seguridad que aquel niño no lo sabe.

Tan inocente.

El beso continua, pero las manos de Sebastian se encargan de elevar a Ciel para sentarlo en su regazo, estrechándole entre sus brazos, siente ese cuerpo pequeño acalorarse, y transmitirle su propio ardor a través de la ropa, elevando su propia temperatura.

—Se… Sebastian…

Boquea Ciel apartándose un poco del mayordomo, Sebastian se lo permite, teniendo claro que siempre deseó doblegar la voluntad de Ciel, reírse de su debilidad, mas nunca ultrajarlo.

Parece estar ya consciente, como si la embriaguez que le asaltó al momento del beso se hubiera extinto, y probablemente sea mejor así.

Obtener la contraorden. La victoria.

Pero Ciel navega lejos de las conclusiones precipitadas del demonio, tiene miedo, naturalmente, ganas de imponerse sobre ese ente magnifico, también. Emociones dispares agitándose a la par. Prejuicios que lucha por rezagar.

Él es varón, Sebastian también, no es posible…

No importa, si el secreto queda custodiado en sus memorias y en las paredes mudas de la elegante habitación.

Nadie tendrá que enterarse jamás.

Dedos finos en movimientos pausados se encaminan a la ropa de Sebastian, quien entreabre los labios como único gesto de sorpresa. Son manos pequeñas, delicadas, sin práctica para desvestirlo con eficiencia, pero las deja moverse, temblar sobre su cuerpo.

Son similares, piensa Ciel, cuando los botones ceden, permitiéndole observar el pecho y abdomen de Sebastian, y sin embargo diferentes, según lo comprueba cuando toca al más adulto, es fuerte, músculos torneados suavemente como una escultura.

Un cuerpo soberbio y hermoso.

Y el recato le invade, porque su fisonomía es realmente frágil en comparación a la de él.

Sebastian detiene los dedos sinuosos e incitantes de Ciel, besándole el dorso de la mano, con las pupilas encendidas en su rojo demoniaco, profundamente excitado, ruegos silenciosos manifestándose a través de sus ojos, solicitándole a Ciel el permitir guiarlo en esa experiencia novedosa y placentera.

El niño accede, buscando su boca como toda respuesta, y algo arde, diminutos fuegos artificiales explotando sobre los labios de ambos, movimientos presurosos y necesitados.

Pero Sebastian no quiere la premura insistente de Ciel, desea tomarse su tiempo, beber del señorito lentamente, ahora que su inocencia destila por cada centímetro de su tersa y pálida piel.

Gritaría, y nadie escucharía.

Su mano se posa sobre Ciel, acariciándole el pecho, el vientre, abriendo a la vez el atavío. El niño gime contra sus labios ante el tenue contacto de su mano sobre la piel.

Finalmente, las camisolas ceden, relegadas a un lado de la cama, Sebastian sujeta a Ciel de la cintura y los hombros, apretándolo contra sí, buscando sentirlo más suyo, más completo. Cuerpos desnudos, pieles encontrándose por primera vez y el corazón de Ciel amenaza con explotar, sin poder contener aquellos estúpidos soniditos que salen de su garganta. Necesita de pronto, aferrarse a algo, y sin encontrar nada mejor, enreda sus brazos en el cuello del mayordomo.

Vergonzoso.

No obstante, Sebastian acalla a Ciel con un nuevo beso, recostándolo en la cama, para acomodarse sobre él con una lenta inclinación, sin ser capaz de apartarse de esa boca de labios rosas, de morderla con dulzura, y explorarla completamente con su lengua.

Sus dedos rozan pausados el contorno de la cintura de Ciel, explorando su cuerpo juvenil de un modo distinto, reconociendo esa anatomía como algo hermoso.

Las ansias crecen, una necesidad palpitando en medio de sus piernas y Sebastian se inquieta, sin comprender porque Ciel le provoca una urgencia que no ha sentido antes por ninguno de sus amantes humanos.

No, no hay necesidad de comparaciones.

Ciel es una quimera, alma divina yaciendo en una atractiva envoltura, más allá de sus propias pretensiones.

Respira, determinado a concentrar su atención en la criatura que jadea deseosa bajo él.

Los dedos de Ciel le recorren los hombros, la espalda, con torpeza; esos resplandecientes ojos heterocromos conectados con los suyos, el ambiente incendiándolos y con anhelo escondido, sus dedos liberan a Ciel de la última barrera que cubre su cuerpo.

El conde rehíla un poco, sin acobardarse, elevando las caderas, para permitirle al demonio retirar con prontitud la discreta prenda.

Sebastian siente su miembro crecer un poco más, ante la visión de ese cuerpo y todos sus misterios expuestos, y con prontitud, impropia de su parte, retira la última de sus prendas, aliviando su incomodidad al dejar su entrepierna en libertad.

Para Ciel, todo es un sueño, una visión, porque un ser tan perfecto como el que se halla sobre él, no puede ser real.

Es tan maravilloso.

Ciel siente un beso, una ligera succión en su clavícula y su vientre se contrae sin poder evitarlo y una confirmación se anida en la mente de Sebastian.

El sabor de la piel de Ciel, continúa siendo tan exquisito como recordaba.

Baja más, y su boca sorbe una de las tetillas de Ciel, mordiéndola, succionándola, rozándola con la lengua y los dientes en flemáticas oscilaciones, su mano pellizca cariñosamente la otra y su pequeño amo se retuerce, arquea la espalda y por primera vez le llama con voz quebrada y desesperada.

Se… Sebastian…

No podía ser más perfecto.

Ciel le mira hacer eso, devorarle, las mejillas se le encienden más y cierra los ojos con fuerza en una reacción infantil e irracional.

Desearía que le observe, pero no le forzara, priorizando el momento de la penetración, donde si procurara que esos ojos no se aparten de los suyos.

Sus labios continúan probando a Ciel, repartiendo besos por ese vientre plano y estrecho, delineando el pequeño hueco alrededor del ombligo con su lengua. Ciel se ondula, y le agarra de los cabellos, en un aspaviento impulsivo e inconsciente.

La mente de Ciel está dejando de trabajar, deteniéndose en constantes flashes, captando todas las imágenes como si fuera un simple espectador, ignorando que los recuerdos le marcaran toda su vida.

Ciel solo sabe, que por ahora, no quiere que Sebastian baje más, y mire ahí, su falo erecto, confesando el deseo, todo cuanto ese ser es capaz de hacer en él.

Mas no protesta cuando el adulto hace exactamente lo contrario a su voluntad, descender al sur de su cuerpo.

Ciel tiene la intención de cerrar las piernas, por pudor, pero Sebastian se lo impide, sujetándole de las rodillas y exponiéndolo totalmente para él.

Las manos de Sebastian viajan por las piernas de Ciel, como si rozaran seda, sus labios pecaminosos consintiéndole a la vez, al besarle el interior de los muslos con insistencia, hasta llegar al centro del cuerpo de Ciel.

Le analiza sin prisas, observando una sombra tenue sobre el miembro erecto y en desarrollo. Se trata de los primeros vestigios del nacimiento de vello púbico, la prueba más innegable, de que su señorito está creciendo.

No puede evitar emocionarse ante la fantasía de imaginar a Ciel grande, desarrollarse magníficamente y resplandecer con una beldad sin igual, cautivando aún más, a todos aquellos que le rodean.

Tan halagado al pensar, en ser el testigo más importante de aquel milagro.

—Demasiada belleza —murmura, y Ciel siente su aliento rozarle esa zona tan sensible—, mi joven señor.

Lo prueba, finalmente, y Ciel da un gritito de puro goce, sintiendo la entrepierna ser devorada por su boca, en una succión hábil y hambrienta.

Su mente demoniaca desconectándose más, ansiando que sea la pequeña boquita de Ciel la que le de sexo oral.

Las ideas se vuelven más turbias, el júbilo crece y la necesidad con él.

El miembro pulsándole, más ansiosamente, suplicando por hundirse en Ciel.

No, aún no es momento, aún falta algo.

Respira y libera a Ciel de su boca, el niño solo gime entrecortadamente como única protesta, pero le ignora, descendiendo al lugar que anhela con todas sus fuerzas ocupar.

Quiere ir despacio, y entonces Ciel mece las caderas, incitándolo. Jadea por primera vez, percibiendo cuanta es también la necesidad de su amo por él. Hace un gran esfuerzo, y reúne todo el autocontrol que su voraz lujuria le permite.

Le saborea, y Ciel se estremece violentamente, con los ojos fijos en el techo. Su lengua se hunde entre la piel rosada del niño, y Ciel gimotea casi llorando de placer, al sentir una invasión húmeda y dulce en el lugar más íntimo de su ser.

La utopía es ya irrefrenable, sabe Sebastian, al imaginar que no es su lengua, si no su miembro el que se está deslizando en el interior de Ciel.

No, no es tiempo, el pequeño lord aún no está listo.

Lastimosamente, no puede esperar más, a menos que renuncie a correrse dentro de Ciel, y no lo hará, porque ha decidido poseerlo. Tiene que ser suyo por completo.

Su rostro se eleva y sus ojos encuentran los de Ciel, el pecho del niño se eleva suavemente en una agitada respiración, mientras se muerde el labio inferior, impidiéndole el placer de escucharle gemir.

Tan caprichoso, tan él, incluso en este majestuoso instante.

Retoma el camino de vuelta, besos, una estela de saliva hasta llegar al cuello de Ciel, y le muerde la oreja brevemente logrando que su señorito separe los labios, volviendo a gemir.

Las enormes pupilas azules apuntan a su dirección.

Ciel quisiera decir algo, pero la intensidad de las sensaciones, y ese algo que parece ser alegría, es suficiente.

Sus ojos quedan fijos en los del pequeño, que se deja arrastrar a su mágico encanto, anulándole la voluntad, en tanto dos de sus dedos continúan palpándole el interior, con controlada ansia, dilatándolo.

El ambiente encendido, el aire caliente alrededor de los dos, todo listo.

Ciel predispuesto, con su psiquis racional apagada, siendo puro instinto, y Sebastian ardiendo, consciente que sin importar que tan amable sea, le lastimara.

Cie le es tan frágil, tan débil y perfecto.

Enreda sus dedos con los de Ciel, elevándole las manos por encima de la cabeza, y las ansias por tomarlo y fundirse con él, aumentan.

Por reflejo, Ciel separa más las piernas y Sebastian se acomoda entre ellas.

—Aún… puede… darme la contraorden…

Le masculla al menor, preso de un sopor intenso, y a pesar de todo, no deja de hacer un último intento por salvar a Ciel, enmascarando su lealtad y preocupación, en una frívola victoria.

Ciel no contesta, aunque sus labios parecieran decir algo.

En tanto una vocecilla en el pecho de Sebastian ruega porque no se niegue ahora, porque la certeza de que su mano no será tan deliciosa como el interior de Ciel, para descargarse, es un hecho innegable.

Abstraído, escucha la orden final, la resolución del juego.

—Tómame… es una orden.

Y no henchirse es imposible, ante esa voz autoritaria y orgullosa, y esos melancólicos y preciosos ojos.

Tiembla, enredando más sus fuertes dedos con los de Ciel, uniendo su frente con la del pequeño, los ojos de ambos expresando sus ansias por convertirse en uno solo.

La punta de su miembro roza la entrada de Ciel, sus ojos aún conectados, y es casi conmovedor leer en ellos, que Ciel cree que jamás le lastimaría deliberadamente.

Y es así, aunque Sebastian lo ignore.

Yes, my lord.

Un movimiento sutil y decidido, basta para hundirse en un solo intento, en aquel cálido y estrecho lugar.

Ciel tiembla, su cuerpo se tensa y su rostro se distorsiona en una expresión de intenso dolor, para finalmente gritar ante la sensación de sus músculos siendo forzosamente expandidos.

Le punza demasiado.

No puede evitar llorar azorado, más porque, aunque desea apartar su mirada de la del demonio, no puede, pareciera que sus ojos se han enganchado con los de Sebastian, quien le mira complacido.

La expresión de dolor de Ciel es inmaculada, como la de esos seres divinos, llamados ángeles, y no existe nada que un demonio admire más que la belleza celestial sometida a un poder infernal.

De un movimiento rápido, porque su propio goce le domina, Sebastian sale, y vuelve a entrar en Ciel con brusquedad.

El conde grita otra vez.

Ese miembro le hiere, le lastima mucho.

Los labios le tiemblan, no puede controlar el llanto, su subconsciente ruega por dejar de ser poseído, y su voz amenaza por manifestar ese deseo.

Pero en cuanto Sebastian adivina sus intenciones le acalla con un beso, que le distrae, por supuesto, mas no es suficiente.

Entonces Sebastian, entre beso y beso, a su boca temblorosa, a sus mejillas arreboladas, le recita frases apremiantes y deseosas, permaneciendo quieto, logrando que su delicada fisonomía logre adaptarse a la poderosa de él.

El cuerpo de Ciel demora un poco en aceptarle, pero Sebastian no lo fuerza a más, siendo consciente, en una emoción turbia e intranquilizante, que necesita que Ciel lo disfrute, para alcanzar su propio goce.

Ciel se relaja, entonces decide moverse y con una primera y hábil estocada, consigue golpear la próstata, el punto de máximo placer del cuerpo del chiquillo, quien grita de nuevo y pone los ojos en blanco aturdido ante esa sensación de irrefrenable gozo.

Ciel cree que morirá y está bien, en cuanto pueda continuar sintiendo esa carne rígida entre sus caderas, explorarlo de tal forma que se asemeja a la felicidad.

Los movimientos continúan, Ciel sigue gimoteando ante el ímpetu de sentirse completo y libre. Sebastian jadea suavemente, observando a su señorito retorcerse, temblar, con ojos vidriosos, volando lejos, alto, tan alto, arrastrándolo en un torbellino de fuego, tan potente que pareciera que no terminara nunca.

Desenlaza sus dedos de los de Ciel, agarrándole de las muñecas, mientras sus caderas empujan con mayor fuerza, cada vez que sale y regresa a ese angosto paraíso. Ciel masculla y suelta más lágrimas descontrolado, drogado ante el placer y el ritmo más intenso que el acto está tomando.

Es el momento, determina Sebastian, al sentir a Ciel acomodar las piernas, alrededor de sus caderas, empujando su miembro aún más dentro de él, si eso es posible.

—Tu cuerpo me pertenece —gesticula Sebastian con voz ronca, apretando más las muñecas de Ciel, dándole una estocada mortalmente corta y profunda—, Ciel Phantomhive.

Los ojos vidriosos de Ciel le enfocan. Sus pupilas arden en su estado demoniaco.

—Solo yo puedo tocarte…

Aclara Sebastian con una sombría sonrisa, bajando una de sus manos, arañando superficialmente el cuerpo de Ciel, hasta que sus dedos se clavan como aspas en la cadera del chiquillo, que solloza mordiéndose el labio inferior.

—O besarte —sus labios atrapan los de Ciel, en un contacto salvaje— a partir de esta noche…

La voz de Sebastian se distorsiona al pronunciar la frase final, manifestando sus deseos infernales en un juicio del que Ciel no se podrá salvar.

—Mi pequeño y precioso amo —agitada, la voz de Sebastian vuelve a su estado natural—, diga con esa boca arrogante suya, que es solo mío…

Casi suplica Sebastian, su miembro se agranda más dentro de su amo, sabiendo que eso completaría todo, que la pureza de Ciel, que ha robado con cada beso, caricia y embestida, sus escasos vestigios, le pertenecería con esa confesión.

Pero nada, a excepción de gemidos, jadeos y algún quejido salen de la boca de Ciel, pese a que sus ojos jamás se apartaron de Sebastian. Ha cedido a una locura transitoria, en la cual solo sobrevive una idea.

Ha nacido para vivir ese momento, ha nacido para unirse de esa manera tan íntima a Sebastian, para ser todo cuanto el demonio desee.

Arcilla modelada bajo deseos pecaminosos por esta vez.

El adulto lee toda esa confesión en los ojos de Ciel.

—Sebastian…

Le llama, en un afligido gemido, jurándole inconscientemente fidelidad, aceptando pertenecerle de un nuevo modo.

La gloria es completa al fin para Sebastian, que más relajado, deja caer su cuerpo sobre Ciel, tomándolo de las caderas con sus manos, para empujarse más dentro, concentrando su atención en las últimas embestidas, que son más veloces y violentas, en tanto Ciel, débil, se aferra más a él, abrazándolo del cuello, rozándole la mejilla con la propia, gimiendo en su oído.

La temperatura de Ciel se eleva sin control, y comienza a ponerse más apretado para Sebastian, volviendo más difícil y casi dolorosa cada penetración, aunque más deleitante. Ciel le ayuda, meciéndose al ritmo que le marca.

La energía arrolladora de ambos, hace rechinar la cama, aunque el sonido muere antes de traspasar las paredes de la habitación.

Su resistencia comienza a decaer, calambres en su espalda baja, anunciándole que no soportara más, y se considera patético de aceptar que un ser tan grácil, es capaz de despertar y saciar toda la lujuria de un poderoso demonio.

En ese último y glorioso instante ansía todo de Ciel, invadir y marcar como suyo cada rincón, levanta la cabeza con dificultad, los pómulos le queman, está sudando.

Ciel le observa como si no estuviera ahí, los ojos aun vidriosos, la frente empapada en sudor igual que la suya, las mejillas ardientes y los labios rojos, apunto de correrse igual que él.

Busca la boca de Ciel, sellándole los labios con los propios, meciendo su miembro una vez más dentro de su joven señor, muy profundo.

Se acaba para Ciel, quien tiembla frenético bajo Sebastian, sintiendo un tirón en su entrepierna, algo viscoso mojarle el vientre y una desconexión tan grande con el mundo, como si de repente fuera algo incorpóreo volando entre las nubes y el sol.

El orgasmo de Ciel es devastador para Sebastian, la carne de ese suave interior se cierra avariciosa en torno a su sexo, estrujándolo enérgicamente, no puede evitar estremecerse y jadear en alta voz, entregándose totalmente a esa potente erupción, que baja por cada músculo y hueso de su cuerpo, como lava hirviente.

Lava que no es más que su semen, derramándose dentro de Ciel.

Termina.

Su esperma marca a Ciel como suyo.

Su cuerpo cae pesadamente sobre su señorito, quien sin quitar la vista del techo intenta regularizar su respiración.

Se incorpora un poco, apoyándose en sus brazos, para finalmente salir de Ciel, contemplando como resbala un poco de su semilla mezclada con finos hilos de sangre, de los muslos del conde.

Se recuesta a un lado de Ciel, enredando dócilmente sus dedos en los cabellos oscuros del menor, quien le regresa la mirada, totalmente lucido.

Le envuelve en sus brazos, Ciel se lo permite, ocultando la cabeza en su pecho, avergonzado.

Agotado, Ciel no tarda en dormirse, envuelto en un sueño manso y relajado, su respiración se torna tranquila y apacible. Sebastian no deja de estrechar ese diminuto cuerpo desnudo contra el suyo, aún en su duermevela. Su mente demoniaca gravita en un único pensamiento…

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Ciel le ha vencido.

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Quisiera decir que siento no haberlo advertido (los aislé en el piso de ese hotel, y casi nadie lo noto xD), pero no…

Ahí está, ahí lo tienen, el lemon…

Ciel no dio la contra orden, venció a Sebastian pero a qué precio…

Fue mucho para mí, lo admito, sin mencionar que es mi primer lemon slash, no que nunca haya escrito un lemon, pero nunca un slash, y menos shota…

*Suspiro*

Pasando a otra cosa, no sé si se habrán dado cuenta, pero el título de este capítulo es "Medio Juego", según lo había explicado, esto implica que dos de los tres tercios del fic, están completos… por lo cual entramos en la fase final de la historia, y ustedes entenderán finalmente porque esto es un drama.

Para acabar, solo quiero agradecerles de nuevo su apoyo, cada comentario/favorito/alerta es especial, más ahora que nos acercamos al final.

Gracias, muchas gracias… no puedo decir más, he tenido que explorar una fibra sensible de mi misma para escribir esto, y estoy muda, emocionada y apática, no lo entiendo xD

Cualquier cosa que no haya cubierto, pueden preguntarlo en los reviews :)

Con ustedes, la pizarra de honor:

valentinalondono3597 Sakura Hecate Valenttyna

PerlhaHaleLia-tan SoyUnDinosaurio Eru Shiro-San

Shinobu MichelleWasuu Johan Palma

itsumiminamino1

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Besos, Aredhiel!