Capitulo 7. "Placer"

Osomatsu dejó que sus sentidos le jugaran mal, dejó que las sensaciones se agolparan en su estomago y pecho destrozándole con cada segundo, ante esa puerta realmente nada le ponía tan ansioso como imaginar el sin fin de experiencias que le aguardaban en los brazos de aquella figura de mujer cuyos besos y caricias no podía hacer a un lado, después de todo fue gracias a ella que supo superar la soledad y la culpa que se cernían en su pecho cada vez que recordaba a sus hermanos junto al miedo de saber lo irremediable. No era su belleza ni su descomunal modo de llevar la intimidad lo que lo fascinaba, tampoco influía la extensa amistad que compartieron desde su encantadora infancia pues los fantasmas del pasado eran opacados poco a poco por las travesuras que realizaban en el presente. Una cama, un hombre y una mujer, labios inquietos empapados de saliva y dedos fríos, ásperos contra la piel, acciones sorpresivas y practicas enfermizas. Y como si fuera devuelto a la realidad con un golpe a traición, las puertas de aquel lugar se abrieron para ser recibido por una luz incandescente que terminó por cegar su visión acostumbrada a la oscuridad donde se mostró una silueta negra que Osomatsu reconocía muy bien en compañía de una voz que sin dudar estremeció todo su organismo, delatandole mortífero como la excitación animalesca acumulada en su vientre.

—Te estaba esperando. Entra, Osomatsu-kun— ofreció Totoko con una sonrisa dulce aunque traicionera, gestos desinteresados ocultos tras una mascara de inocencia que Osomatsu conocía. Ella se deslizó con gracia a un lado para indicar su aprobación a sus propias palabras, movimientos sutiles que permitieron a los pies de Osomatsu plantarse en el interior de aquel pasillo en el que apenas cerrarse sintió el impacto de un viento helado proveniente del final de este, las extrañas sensaciones que experimentaba en el interior de aquel lugar siempre eran chocantes pero atractivas. Le gustaba. —No seas tímido por favor, no es la primera vez que vienes aquí

La sonrisa de la castaña era coqueta no porque intentase lucir segura sino porque aquello eran muestras innatas de una personalidad arraigada. En completo silencio Osomatsu siguió la música que creaba el avanzar de sus pasos, su cabello amarrado por dos coletas danzando al ritmo de sus esbeltas caderas hacia un destino que ambos esperaban alcanzar rápido mas no de forma tan apresurada ya que no era necesario, como fuera llegarían.

—Es inusual que vengas a visitarme en pleno inicio de semana. ¿Te sentías tan solo sin mi?— la pregunta surge casual en los labios de Totoko que, sin volver un instante la mirada, le dedica una sonrisa a quien camina tras ella. Osomatsu no responde su pregunta escupiendo a la atmósfera el temor que aborda su pecho, demuestra duda al tragar saliva con dureza. —Sabes que puedes confiar en mi, después de todo somos amigos

La insistencia de la castaña refuerza el torbellino de pensamientos que giran en su cabeza pero se reconoce rendido cuando concluye que es inútil ocultarlo, ella lo sabe, es imposible que algo ocurra en aquel barrio sin que ella lo tenga registrado en su cabeza como archivos de oficina cuidadosamente organizados.

—Hace poco, no... hace varias semanas que mis hermanos se quedan en casa— Totoko no dice nada, no asiente a sus palabras, se limita a caminar con igual tranquilidad lo que impulsó a Osomatsu continuar. —Finalmente han vuelto y estoy feliz de ello pero...

Totoko se detuvo de forma abrupta en su andar, a sólo unos pasos de llegar a la habitación en que planeaban culminar el encuentro, esto desentendió a Osomatsu por completo.

—Osomatsu-kun, ¿qué haces aquí?

—¿Eh?

—Acabas de decir que tus hermanos han vuelto contigo, entonces, ¿qué haces aquí?

—Bueno, yo... no lo sé. Ciertamente lo que más anhelaba era que volvieran a mi lado pero, por alguna razón, no puedo estar con ellos, no como estamos ahora. Esto es una mierda— comentó mientras rascaba su nuca con irritación pues tampoco comprendía muy bien el motivo de su repentino rechazo hacia ellos. Habia sido sometido por sus celos asesinos hacia Jyushimatsu pero de pronto había dejado de darle vueltas al asunto como si se tratara de una insignificancia más en su vida, algo completamente contradictorio para sí.

—¿Dices que hablaste físicamente con ellos?— esta pregunta congeló por un momento el raciocinio de Osomatsu, dejandole helado hasta que consiguió reaccionar

—¿Ah? Por supuesto que si

Sin previo aviso la castaña tomó a Osomatsu del brazo y lo llevó al interior del cuarto iluminado por varios let de color rojizo, impactandolo contra la puerta de madera como si hubiese intentado desnucarlo. Los brazos de Totoko lo rodearon, pegándose a él salvajemente mientras una mirada gélida se penetraba a esas pupilas que inevitablemente temblaron con sorpresa; ocasionalmente Totoko parecía poseer mucho más fuerzas de las que él gozaba y esto -lejos de asustarlo- activó algo que yacía inerte en su subconsciente.

—Vuelvo a preguntar, ¿qué haces aquí, Osomatsu-kun? Ahora mismo deberías estar con ellos, no aquí, hay muchas cosas rotas que deben ser reparadas y poco tiempo para hacerlo

—Estoy aquí porque no quiero estar con ellos y eso es porque quiero estar aquí contigo, Totoko-chan. Está bien, ¿no?

—No, no está bien— aseveró tensando las palmas sobre la puerta, dibujando en su silueta cierto porte desafiante, destructor, uno que terminó siendo intercambiando por una mueca que Osomatsu no pudo identificar del todo como una sonrisa. —No eres nada honesto, Osomatsu-kun, sé que estas muriendo por dentro y que huyes de la realidad. Esa es una parte que me gusta de ti, lo sabes, ¿verdad?

—Totoko-chan...— Osomatsu observó a la distancia entre ellos quebrantarse, sus palabras fueron denegadas por el par de labios que apresaron su aliento en la húmeda cavidad de la chica a la que cedió sin oponer resistencia, sumiso como un perro ante su dueño. Sus heridas sanaban con la intromisión de esa otra piel, fogosa y caliente. Idolatraba sentir esos trozos de carne tersa restregarse contra su boca, a esa lengua deliciosa con la que lo invadía e incitaba profundizar el contacto de los cuerpos. Con arraigado poder de mando Totoko lo obligó separarse de la puerta en que descansaba su espalda para guiarlo al extremo de su cama donde lo hizo resbalar para enseguida colocarse encima antes de que Osomatsu pudiera tomar cualquier iniciativa. Osomatsu jadeó al encuentro de su entrepierna con la rodilla de Totoko quien presionó delicadamente antes postrar toda su pierna y moverla de forma circular para estimular su miembro, despertarle de un sueño que ella no planeaba extender por mucho tiempo. Jamas lo diría, jamas se rebajaría en admitirlo ante nadie por el bien de su vanidad, pero Totoko ansiaba este encuentro sexual mucho más que el propio Osomatsu, siempre había sido satisfactorio para ella dominarlo desde la primera vez que accedió ante la débil figura de su amigo de infancia llorando una batalla perdida para siempre; olvidada como un ataúd enterrado bajo tierra.

Las manos de Osomatsu finalmente abandonaron la comodidad de esas sabanas de felpa para apresurar trazar un camino en la esbelta figura de la castaña que lo tenía sometido como un esclavo frente a su reina omnipotente, él estaba dispuesto a convertirse en un juguete sexual, perecería si le era encomendada esta tarea, porque era Totoko quien curaba con fuego las quemaduras que cubrían cada una de sus asquerosas extremidades y que teñían su corazón con sucios recuerdos aclamando fusionarse con su mente.

No se dio cuenta en qué momento Totoko ya se mecía sobre él sin una prenda que ocultara el movimiento precipitado de sus senos, la forma en que se perlaba su frente con el sudor y que se deslizaba hacia su vientre mientras en su rostro se dibujaba el goce que abordaba su sistema; era una imagen tan hermosa como letal, erótica, acreedora de un amor propio que no se merecía, Osomatsu no merecía estar en presencia de una diosa encarnada. Matsuno también ya gemía y expresaba las increíbles sensaciones distribuyéndose como electricidad por cada poro en su piel, sentía al placer sofocarle hasta el punto de no resistirlo mucho más, estaba cerca de su segundo orgasmo pero no se detendría, ninguno de los dos pensaba hacerlo. No recordaba la última vez que celó la fortuna de poseer un lugar en la desnudez de esa mujer ni mucho menos cómo cedió ella la oportunidad de recostarse sobre su cama para gozar la intimidad.

—Quiero verte muerto, Osomatsu-kun— Totoko arañó el pecho de su amante en busca de calmar las ansias que le nacían por alcanzar el orgasmo, creando largas fisuras rojizas en la pálida piel del joven Matsuno—Muere para mi... ah, muere

—Totoko-chan...— Osomatsu gimió en respuesta, los arañazos de Totoko ardían como el infierno pero no podía replicarle nada, disfrutaba sus maltratos de forma indirecta porque aquel sadismo que expulsaba era vehículo de lo mucho que disfrutaba estar con él de esa manera a pesar de no ser el hombre que tanto ambicionó por tener. Con una fuerte calada de aire Totoko dio saber a Matsuno Osomatsu que de nuevo estaba hecho y, sin dudarlo un instante, se recostó sobre su pecho donde depositó sus largas uñas, jugando con estas a trazar lineas sin forma sobre los músculos y pezones de su acompañante. Esto provocó que Osomatsu se estremeciera, siendo victima de espasmos agradables.

—Jehe~ estás duro otra vez, Osomatsu-kun. Eres un sujeto insaciable— dijo embosando una sonrisa traviesa pues el miembro de su compañero recurrente no había abandonado su interior y podía sentirlo palpitar por más atención.

—¿Puedo?—Osomatsu posó ambas manos en los empapados hombros de la castaña quien con un bufido se alzó un poco para poder apreciar la expresión que se había formado en el rostro del joven Matsuno y le agradó mucho lo que vio; ese par de irises brillaban en un deseo lujurioso contaminado por el rojo ambiente que brindaban los faroles carmesí de su habitación. Sonrió aproximándose con moderada lentitud a la boca que parecía suplicar por un beso, dispuesta a cumplir con esa silenciosa petición mas -cuando quiso romper la distancia- un ruido hizo que se apartara sólo para mirar la oscuridad que dominaba tras el cristal de su ventana, sospechando de inmediato la presencia de alguien que ya no estaba ahí. —¿Totoko-chan?

—Oh, perdona Osomatsu-kun— la castaña retomó su camino a los labios de Osomatsu depositando en estos un beso demasiado corto para gusto del hermano mayor que esperaba un roce más ameno. —Se ha hecho tarde, lo mejor será que vuelvas a casa, tus hermanos deben estar esperando por ti

—Es verdad, el tiempo pasa rápido— aceptó Osomatsu aunque en su interior no deseaba volver a casa, tenía miedo de hacerlo.

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Totoko y Osomatsu no dijeron nada en su marcha a la entrada del edificio, hipnotizados por sus propios pensamientos, atentos a lo que podría convertirse en un arma de doble filo si la situación lo ameditaba. Sin embargo, Totoko consideró correcto actuar con normalidad, reflejando cordialidad y confianza ayudaría a evadir lo impensable mientras llegaba el momento ya que al final le intrigaba de verdad saber algo acerca de los otros Matsuno.

—Un día iré a visitarlos

—¿Eh?

—Definitivamente lo haré, ha pasado tanto tiempo desde la última vez, ¿no crees?

—Si, demasiado

—¿Verdad?

Unos momentos el silencio abrazó sus siluetas, quietud que les sirvió para llegar a las puertas de entrada donde Osomatsu colocó su mano sin llegar a girar la perilla, deteniéndose un instante para concluir de la mejor manera posible esa conversación.

—A ellos les dará gusto verte— dijo a la vez que se giraba a sus espaldas para brindarle una última sonrisa a su preciada compañía

—Es lo que espero

Totoko correspondió la sonrisa dejando que se le escapara una mueca de ligera superioridad, la cual no inspiró en Osomatsu más que confianza para girarse y salir del sitio no sin antes despedirse de la chica quien -sabiéndose a solas al fin- se quedó quieta, esperando el momento oportuno para articular las palabras que estuvieron atoradas en su garganta un minuto más mientras sacaba fuerzas para enfrentarse a cierta presencia fantasmal que ahora habitaba su morada.

—¿Cómo entraste aquí, Nyaa-chan?

La silueta de la aludida se formó a espaldas de Totoko donde gobernaba un espeso manto de oscuridad, las prendas de su atuendo adquirían un color opaco entre las sombras, de la misma forma que sucedía con sus largos cabellos rosados y la clara piel de su rostro donde se reflejaba una sonrisa compadeciente, hasta cierto punto burlona. No respondió, guardó silencio como si fuera una blasfemia que le pidieran explicación de sus meticulosas acciones, ella quien era respetada como la mejor en el ámbito de burlar cualquier cerrojo y candado.

—No dirás nada, ¿verdad?— insistió la castaña girándose sobre sus talones para enfrentarse a la excéntrica belleza de su sorpresiva visita, manteniendo a flote una sonrisa altanera. —En ese caso cambiaré mi pregunta. ¿Por qué estas aquí?

—¿Quién era ese sujeto?—contra-cuestionó ignorando las preguntas de Totoko, de pronto movida por un sentimiento abrasivo que se le subía a la cabeza como efecto de una droga venenosa. —Te veías muy complacida a su lado

—Era sólo mi amigo de infancia, no podría tratarse de nadie especial

—Mentirosa— espetó la pelirrosa quien -en cuestión de segundos- habia reducido la distancia entre ellas mientras acosaba con la punta de un cuchillo el cuello de la inmutable castaña. —Percibo su olor en ti, ese asqueroso aroma a semen proviniendo de este sitio...— con un dedo realizó un vulgar recorrido hacia la entrepierna de Totoko, redibujando el contorno de su cuerpo, el cual apenas rozó con las uñas —... de tu boca— suavemente movió el filo contra los labios donde comenzaba a formarse una sonrisa de cruel diversion. —Tendrás que hacer algo para compensarlo

Nyaa mostró su par de colmillos en respuesta a la sonrisa de su perra, ofreciendo en su melodiosa risa la ansiedad que no iba a ser frenada fácilmente ahora que el don de la lujuria había excitado su anatomía. Clavarle un cuchillo sería lo menos que le haría a esa puta que tenía enfrente pues la presumía como su platillo favorito durante la cena de cada noche, especialmente cuando la encontraba en la cama de su habitación con un hombre al que jamas se molestaba en identificar ya que, sin importar lo que ella hiciera, Totoko era suya, solamente suya.

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Con excesiva sutileza Osomatsu intentó surcar el interior de la vivienda pero, pese a su esfuerzo, fue recibido por el crujir de la puerta corrediza al cerrarse tras de sí. Maldijo mentalmente siguiendo su recorrido al interior de la casa de sus padres que en esos momentos no era adornado por nada más que un manto negro donde difícilmente lograba distinguirse una figura de otra y mientras seguía andando se permitió sentirse anonadado por lo tarde que se había extendido su visita en casa de Totoko. Seguramente sus hermanos ya estarían profundamente dormidos y ya habrían invadido todo el futon con sus desfachadas posiciones por lo que decidió quedarse a dormir en el sillón en cuyo cuartucho solía perder gran parte de su tiempo, no le importaría hacerlo, a esas alturas cualquier sitio o mueble de la casa le resultaba cómodo e incuestionable después de todo. Se giró con intenciones latentes de cumplir su cometido fuera de la cocina, sosteniendo su vaso lleno de agua en las manos, cuando vislumbró una silueta dibujada en el contorno de la puerta, borrosa y fría para sus sentidos alterados, haciéndolo helarse de la impresión y soltar el recipiente que de pronto le resultó demasiado pesado para los dígitos en sus manos.

—¿Quién es... ?— consiguió articular aturdido por las millas de emociones que le causó ver tan repentinamente la imagen blanca de cualquiera de su hermanos entre la negrura.

—¿Así es como cuidas de nuestra madre enferma?

El timbre de aquella voz fue suficiente prueba de identidad que pudo tranquilizar a Osomatsu de creerse receptor de una ingrata alucinación, al menos era un ser viviente aún si reconocerle ahora tampoco significara placentero para él.

—Verás... tuve algunos asuntitos por los cuales ausentarme pero... ¡pero sólo ha sido por esta vez! Te prometo por mi cuello que no volverá a repetirse— se excusó vanamente a sabiendas que una burda e insabora promesa no harían que un individuo como Karamatsu se conformase a ciegas, no si se trataba de un integrante de la familia considerando su estado de salud. —¡En serio!

—Baja la voz— ordenó Karamatsu dando unos pasos más cerca del primer hermano quien atinó a cubrirse la boca al momento, la distancia entre ellos estaba siendo cada vez más nula y esto creó una maraña de sensaciones en el cuerpo de Osomatsu. —¿Dónde estuviste?

—No puedo decírtelo...— respondió evitando esa mirada que parecía quemarlo. Retrocedió

—Sino puedes entonces no pudo ser más importante que atender las necesidades de mamá

—¿Ah? Lo era— cortó un tanto ofendido mas sintiéndose culpable enseguida. Volvió a evitar la mirada del segundo Matsuno, inquieto, nervioso. —De todos modos le he explicado a mamá y ella lo comprende

—Osomatsu, entiende que su estado es infernal, si te ha dicho eso debes entender que es porque no tiene más opciones

—Ya te dije que no volverá a pasar— con ello dicho, esquivó la figura del segundo hermano con cierta agresión dentro del movimiento pero sin llegar a rozarlo, hacerlo parecía una mala idea, tal que resultaba casi incuestionable por la mueca de disgusto que se formó en Osomatsu cuando sus miradas entraron en contacto de forma fugaz, como si mantenerlas encima del otro se tratase de un insulto grave. Karamatsu no insistió con el tema ni agregó nada a la conversación, sólo optó por seguirle los pasos sin decir nada, acción que rápidamente puso a Osomatsu incomodo; a diferencia de los demás, él no era bueno conteniéndose, no poseía la dignidad suficiente para imponerse limites en cuanto a sus deseos.

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Continuaron andando por el pasillo sin mediar palabras entre ellos, Osomatsu a la cabeza con ambas manos en los bolsillos y la mirada fija en el suelo sin atreverse a mirar atrás donde un serio Karamatsu acompañaba sus pasos; ignoraba cuáles eran sus pensamientos o sus razones para estar ahí acompañándole aunque Osomatsu no negaba lo bien que sentía el sonido de sus pies al arrastrarse sobre el suelo, suaves, creando de vez en cuando uno que otro rechinido por estar caminando descalzo tras él. Esa sensación de tranquilidad resultaba tan cómoda que podría morir en paz, ser consumido por el espacio-tiempo una eternidad. ¿Cuánto tiempo deseó que eso sucediera? Que Karamatsu lo siguiera le daba seguridad, sus otros hermanos jamas debían ganarse su fidelidad, no de él. Estando a su lado se daba cuenta que no podía dejar de desear su cuerpo, de querer apoderarse de cada molécula en su sistema pues estaba maldito por esa actitud vanidosa, por esa inocente indecencia que el segundo hermano adoptaba sin darse cuenta.

Entró al cuarto al cual era su objetivo llegar, de pronto no importándole nada, no más miedo, no más ansiedad, no más soledad. Su cabeza estaba en una nada casi absoluta cuando se dio cuenta que Karamatsu se encontraba a escasos centímetros aún exigiendo respuestas con su penetrante mirada y su cuestionable silencio que fue puesto bajo privacidad como una celda con la puerta cerrándose a espaldas de ambos, cubriéndoles como una frazada durante el invierno. Al fin solos.

—Osomatsu... hueles mucho a sudor...— tras varios segundos Karamatsu se dignó en revelar aquello de lo que se había dado cuenta apenas cruzar caminos con su hermano quien no se mostró afectado por la observación, al contrario, le causó gracia.

—Oh, ¿en serio? Creí que mi olor era peor que eso... ya que estuve con Totoko-chan

Los ojos del segundo hermano se abrieron de golpe como primera reacción, impactado con la información que le había sido entregada sin atisbo alguno de culpa, más bien despreocupado, su piel sufriendo el golpe de una brisa helada de la cabeza a los pies.

—Eso... no me lo esperaba— admitió con la mayor pasividad que fue capaz de conservar

—¿Qué cosa?

—Que estuvieras saliendo con Totoko

—Ah, no estamos saliendo

—¿Eh?

—Se podría decir que tenemos una relación más... intima, pero no es mi novia. Me gustaría que fuéramos algo más que amigos pero no es así, ella aún tiene muchas esperanzas de encontrar al hombre de sus sueños, ya sabes.

—Entiendo... pero eso...

—¿Te parece denigrante que haga algo como esto?— Karamatsu desvió la mirada de la espalda de Osomatsu sin saber cómo responder a esa pregunta —Bien, quizás lo es, no es un tema que me importa mantener en secreto, estuvieron tan lejos tanto tiempo que esperaba volverme loco y aquí están, como en los viejos tiempos

Las manos del segundo hermano se empuñaron con fuerza, receptor de una sensación de culpa combinada con frustración, quería decirle a Osomatsu tantas cosas pero ninguna se atrevía a salir fuera de su garganta, como si se trataran de gruesos y pesados bloques de piedra forzadas a la angosta punta de su traquea y es que no olvidaba la forma en que profanaron sus cuerpos ni la forma en que llevaron el sexo hasta el limite, perforando su hermandad con el llamado de sus sangres.

—Osomatsu yo...

—No hables, Karamatsu

Cuando los ojos del segundo en la linea de nacimiento se alzaron del suelo en busca de una razón a esta orden, se encontró frente a frente con el par de ojos gemelos que lucían débiles y delicados, insinuantes. ¿En qué momento Osomatsu se había devuelto? Era lo que el menor se preguntaba mientras sentía a las manos del contrario instalarse a sus costados y veía a ese rostro calmo hundirse en su pecho con suavidad digna de un perezoso que se ha mantenido despierto demasiado tiempo. La respiración de Osomatsu era acompasada, suspirando de momentos, embriagado por el aroma de quien detuvo todo su organismo por milésimas de segundo; sus poros percibieron la esencia a jabón emanando de esa otra piel, podía todavía sentir la frescura del agua corriendo por cada deliciosa extremidad bajo la regadera, sentía a Karamatsu en toda su gloria y parecía estar intacta solamente para él.

Onii-chan ha tenido un día muy largo— dijo contra la tela del pijama de su hermano, humedeciéndola un poco con su aliento

—Eso parece

—¿Te quedarás conmigo hasta el amanecer?

—¿Eso es lo que quieres?— cuestionó recibiendo un asentimiento de cabeza como única respuesta. —Todavía podemos volver con los demás

—No, no quiero ir con los demás, odiaría despertarlos— sin previo aviso, Karamatsu sintió la intromisión de dedos invasores entrar bajo su pijama, recorriendo su espalda recelosamente de abajo hacia arriba. —Nadie debe saber que estamos aquí

—Osomatsu... ¿qué crees que haces?

—¿Qué parece que estoy haciendo?

Las mejillas del segundo Matsuno enrojecieron ante esta respuesta, descubriéndose renuente y nervioso por aquella invitación tan descarada. No podía ceder tan fácilmente y aún así se supo turbado, no consiguiendo alejarse.

—No, Osomats-

Inesperadamente los labios del mayor habían callado sus replicas en definitiva, chupándolas al interior de su cavidad en forma de gemidos graves, sorprendidos. Osomatsu mordió, lamió y devoró esa boca de forma demandante, descubriéndose extasiado con ese sutil contacto pues besar a su hermano no era suficiente, nunca lo sería, necesitaba más. Estaba enloqueciendo. Con toda la pasión que calentaba su cabeza empujó al otro contra la puerta, apresándolo, fomentando sus propias reglas en ese morboso juego de caricias incesantes.

—Karamatsu...— aclamó entre suspiros, fascinado con la frescura que se restregaba contra su piel, habiendo un torbellino de ideas revoloteando en su cabeza.

Incapaz de luchar contra la insistencia del mayor y su propia lujuria, Karamatsu se dejó llevar al sillón donde ambos terminaron recostados con él bajo la ansiosa boca de Osomatsu cuya lengua se colaba bajo su barbilla, bajando por su cuello y alcanzando su clavícula. Con un suspiro complacido Karamatsu se acomodó sobre la acolchonada superficie aún debatiéndose entre permitir e impedir que aquello continuara su curso, estaba confundido. ¿No habría salvación para su sanidad? Después de todo había sido por culpa de esta enfermiza dependencia que había intentado lastimar a Choromatsu, obligandole albergar cierto odio hacia este mismo. Pensarlo le inquietó.

—Karamatsu...— volvió a jadear, atrayendo la mirada del mencionado hacia ese rostro que esta vez era consumido por un gesto de placer desbordante, obsceno, lascivo.

Verle de esa manera provocó que una corriente de electricidad viajara por todo su ser, activando algo en su interior que le hizo rendirse al impulso de rodear con sus brazos el cuello del primero y devolverlo a sus ya impacientes labios, los cuales besaron y succionaron con mayor intensidad, buscando dominar por completo el tambaleante juicio de Osomatsu que sin dudar había accedido a este nuevo ritmo, complacido. No cabía duda alguna que Totoko era su reina pero Karamatsu era diferente, no sentía ninguna clase de admiración por él o su cuerpo, simplemente le quería, le anhelaba y era adicto a su existencia. Y mientras lo reflexionaba vio al paisaje alrededor suyo ir y venir como si estuviera drogado, colores oscuros de diferentes tonalidades pasearse frente a sus ojos a gran velocidad; sentía el interior caliente de Karamatsu, escuchaba sus jadeos opacados tan sólo por el alucinante placer que juntos experimentaban, la manera que sus manos arañaban sus hombros tratando infundirle alguna clase de satisfacción masoquista, sin embargo lo que más gustaba a Osomatsu era ver las facciones de su cara contraídas, mezcladas con los espasmos que debía estar sintiendo a cada segundo. Por impulso lamió sus delgadas lagrimas de placer, degustando el sabor salado de estas casi con reverencia pero de pronto el ruido de un golpe le despertó de su ensueño, algo que a Osomatsu le supo como un deja'vu frecuente. ¿Se trataría de un sueño? Esa sensación de vacío le había golpeado antes, no dudaba que el tacto de su hermano podría tratarse de una ilusión como las muchas que ya había visto y sentido antes mientras su cuerpo físico yacía recostado en el futon, el golpe que escuchó pudo haberlo ejecutado alguien de sus hermanos entre sueños y él seguiría viviendo dentro de esta fantasía. Quizás nunca tuvo al verdadero Karamatsu entre sus brazos recibiendo el placer que le estaba entregando en ese momento, quizás nunca tuvo hermanos, quizás siempre fue hijo único y en ese preciso instante estuviera dentro de una habitación blanca sujeto a una camisa de fuerza, creyéndose vivir en un mundo paralelo.

—¡Osomatsu... !— apenas pudo escuchar la voz de Karamatsu llamándole, difícilmente pudo reconocer su figura bajo él agitándolo con sus manos en espera de una reacción, apenas consiguió volver en sí para reconocer la realidad que vivía siendo su hermano quien le trajo de vuelta con un gesto duro plasmado en el rostro, preocupado por el repentino congelamiento que sufrió frente a sus ojos. —¿Te sientes bien?

Las lagrimas no tardaron en empañar la visión de Osomatsu, descubriéndose temeroso y arrepentido, motivo por el que se dejó caer al pecho de su adorada compañía pues a su lado podía desahogarse sin sentirse capturado por las sombras, estimando ese lugar cálido en el mundo capaz de brindarle sanación a su agrietada cordura.

—Lo siento, Karamatsu. Perdóname, por favor... por favor...

Aniki...

—En verdad lo lamento, por favor discúlpame, discúlpame...— imploró, sollozó, suplicó como si su vida dependiera de ello, como si sus acciones se trataran de un crimen abominable. Y tal vez era un crimen pero Karamatsu no lo abofeteó con la verdad que los dos ya conocían, sólo lo abrazó con ternura tratando de curarle, de sanar su impetuosa tristeza que también caló en el palpitar de su propio corazón, arrancándole furiosas lagrimas cuales cristales líquidos no fueron calmados en toda la madrugada mientras ambos cuerpos permanecían aferrados entre si, el calor de antes reemplazado por el sentimiento de culpa integrado a sus ansias de morir para recibir su castigo allá en el infierno.


Notas Finales: La cuenta progresiva comienza.