Twilight pertenece a Stephenie Meyer y The Keepsake a Windchymes, quien me ha dado el permiso de traducir su historia.

Capítulo beteado por FungysCullen13.

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Estoy paralizada por el pánico.

Edward mira la cicatriz en mi muñeca. Su pulgar tiembla al trazar suavemente la piel dañada.

Él sabe qué es esto. Él sabe que es la marca de otro vampiro.

Está alerta.

Sus instintos están aflorando

Veo como curva los labios lentamente sobre sus dientes.

Quiero alejar mi brazo, tratar de ocultar la evidencia, pero no puedo. Aunque el agarre de Edward no es fuerte, es rápido.

Su toque es helado. Levanta la mirada y sus ojos negros me fulminan. Está enojado. ¿Conmigo? ¿Con quién dejó esta marca? No puedo decirlo.

—¿Cómo ocurrió? —pregunta. Sus ojos son hipnóticos, sostienen mi mirada, no puedo mirar hacia otro lado, no puede moverse, apenas puedo respirar.

Pero mi mente corre.

¿Qué digo? ¿Qué hago? No puedo mentir, él verá a través de mí... él sabe qué es esto. ¿Dónde está Alice en este momento? ¿Vio esto? ¿Lo sabe ella? Mi corazón late con fuerza en mi pecho, suena como truenos en mis oídos. Rezo porque mi teléfono suene, que ella o Carlisle me llamen... pero mi teléfono se queda en silencio.

—¿Cómo? —Edward pregunta otra vez. Su voz es muy suave, muy baja... no hay amenaza, pero hay... algo.

Él está esperando una respuesta. ¿Le digo que la cicatriz siempre ha estado ahí y que no puedo recordar cómo la conseguí?

De repente sus ojos flamean, deja caer el brazo con cuidado y retrocede lentamente, lejos de mí.

—No me ofreciste pastel —murmura. Su declaración críptica me desconcierta por un segundo, pero la comprensión llega rápidamente... está hablando del pastel de cumpleaños que me compró... se acaba de dar cuenta de que sé lo que él es.

Mi estómago cae como una roca y mi corazón cae con él. No tenía que suceder así... se suponía que debía confesarse él mismo, cuando estuviera listo.

—Edward, lo siento tanto... —tiro rápidamente la manga hacia abajo y doy un paso hacia él, pero él levanta sus manos, manteniéndome a distancia y me detengo, meciéndome sobre los talones. Su rostro, oh querido Señor, su angustiado rostro...

—Tú sabes lo que soy —susurra—. Lo has sabido todo el tiempo. Cada vez que hablamos, cada momento que he estado contigo...

No puedo negarlo. Él lo sabe.

—Sí. Edward, lo siento...

De repente, su cara está fría, ilegible. Oh, ¿qué está pasando por su mente ahora mismo mientras me mira fijamente? Pánico, apenas contenido, se arrastra sobre mi piel. Trato de adivinar sus pensamientos, trato de imaginar lo que siente. Me muerdo el labio para aguantar las lágrimas a la vez que me doy cuenta de que ya no soy la chica que invitó a patinar sobre hielo. No soy la chica con la cinta roja en el pelo... ahora soy la humana que lo podría exponer.

Soy un peligro. Una amenaza.

Pero yo quiero ser la chica con la cinta roja de nuevo. Quiero volver al festival de jazz. Quiero que me empuje la capucha sobre la cara y me compre un perrito caliente. Hace cinco minutos él estaba riendo, decía que tenía mejillas sonrosadas.

Quiero que me cuente chistes.

Él inclina la cabeza, toma un par de pasos lentos a mi alrededor. Me muevo también, girando en mi lugar, tras él, observándolo mientras él me mira. Mi corazón está golpeando contra mis costillas. ¿Qué le digo ahora? ¿Le cuento todo? ¿Quién soy y lo que significamos el uno para el otro? ¿O miento y le digo que es una coincidencia que me haya encontrado con dos vampiros en mi vida? Trato de medir su estado de ánimo, pero es imposible.

Nunca he visto a Edward más como un vampiro que ahora mismo... su postura, su cara, su voz. Sus ojos.

Da algunos pasos más, rodeándome lentamente.

—Sabes lo que soy, y te has encontrado con más de mi especie antes —sus ojos se deslizan rápidamente a mi mano que se asoma por la manga y luego de vuelta a mi cara—. Fuiste mordida, pero sigues siendo humana. Todavía estás viva.

Poco a poco inclina la cabeza hacia el otro lado.

Empiezo a temblar y envuelvo los brazos a mi alrededor, sosteniendo mi entereza porque en este momento siento que voy a desmoronarme. No sé qué hacer. ¿Cuánto le digo? Sus ojos se desvían hacia la mano de nuevo.

—Esa mordida no estaba destinada a matar, era para convertirte. Pero la transformación no funcionó… —la voz de Edward se desvanece y ahora lo miro con la boca abierta y observo, horrorizada, como destellos de traición aparecen vívidamente en sus ojos.

»Eso es lo que quieres de mí... —susurra—. Tu primer intento fracasó por lo que quieres volver a intentarlo, por la inmortalidad.

—¡NO! —lloro, intentando alcanzarlo. ¿Él cree que lo he estado usando? La idea es insoportable—. ¡No, no es eso! Edward, no... —y ahora la verdad sale corriendo, soy casi incoherente en mi desesperación por explicar—. Fui atacada, mordida... pero el... el veneno fue succionado... por ti.

Da un brusco paso hacia atrás. Sus ojos arden a causa de la nueva y ruda sorpresa. Pasa un tiempo muy largo y ninguno de nosotros está respirando. Espero. Y espero. Y espero, buscando sus señales.

—¿Me conoces? —susurra finalmente.

—Sí.

Mi corazón es casi ensordecedor al latir. Veo la sorpresa dejar el rostro de Edward cuando cierra los parpados. Él me ha bloqueado.

—Entonces me has puesto en desventaja —su voz suena entrecortada y aguda—. Me temo que no lo entiendo.

Aunque él está muy quieto, aprieta las manos a sus costados y sé que justo ahora, esto es agonía para él. Tomo aire. Me duele el pecho, creo que mi corazón ha latido el valor de una vida de latidos en los últimos diez minutos. Sólo quiero volver atrás en el tiempo, pero no puedo, y ahora que he comenzado a decir la verdad, tengo que seguir adelante.

—Yo te conocí... nos conocimos... en Forks.

—¿Forks? —la fachada se desliza un poco, abre los ojos en una pequeña fracción.

Asiento y trato de sonreír, pero tengo la boca seca y los labios se pegan contra mis dientes. Trago saliva y vuelvo a intentarlo.

—Nos conocimos en la escuela secundaria. Nosotros, um, salíamos.

Sé que "salir" ni siquiera lo cubre, pero va a tener que servir por ahora. Alzo mi muñeca llena de cicatrices.

—Esto lo hizo otro vampiro, un nómada, que iba de paso. Él me mordió, pero tú succionaste el veneno para salvarme. Alice, Jasper y Emmett lo mataron.

Abre la boca... su fachada se desarma.

—¿Eso es cierto? —jadea.

—Sí.

Sus manos vuelan a su cabeza, tirándose el pelo a la vez que jadea hacia mí y sé que todo su mundo acaba de desaparecer debajo de él. Tengo tantas ganas de abrazarlo, pero me muevo de un pie a otro, retorciendo los dedos y mordiéndome el labio.

—¿Por qué no dijiste algo? —jadea. Hay devastación en su rostro y angustia en la voz—. ¿Por qué no me lo dijiste…?

Comienzo a llorar.

—Yo quería, en serio quería, pero...

—Pero, ¿qué?

—Pero Carlisle me dijo que podría hacer más daño que bien. Edward, lo siento tanto...

Es como si lo golpeara en la cara. Se pone blanco, su rostro pálido se vuelve ceniciento.

—¿Hablaste con Carlisle? ¿Cuándo fue eso?

Me paso el brazo por la cara para intentar absorber las lágrimas.

—La primera noche que te vi. Cuando llegué a casa después de la biblioteca. Él y Alice fueron…

—¿Alice también?

—Ella vio…

Agita la mano bruscamente, cortando el resto de mi explicación. Sacude la cabeza y la deja caer en sus manos.

Hay un horrible y pesado silencio, no puedo soportarlo – no sé qué hacer, pero he comenzado a hablar, así que sigo adelante – él necesita saber.

Le han mentido lo suficiente.

—Me hablaron de Victoria y de lo que sucedió en los bosques y cómo habías perdido parte de tu memoria. Y la lectura de mentes…

Levanta la cabeza. Me mira y me detengo. Mierda, ¿he dicho demasiado? Tal vez no debería haber mencionado la lectura de la mente.

Cuando yo no digo nada más, me da un lento asentimiento.

—Adelante —murmura—. Dime lo que te dijeron —su mirada es fría.

—Ellos... ellos me dijeron que me bloqueaste. Carlisle piensa que los recuerdos eran demasiado dolorosos por lo que bloqueaste todo lo que tuviera que ver conmigo. Piensa que también explica la lectura de mente; no querías verme en los pensamientos de otras personas. Él piensa que fue un tipo de auto-preservación.

Sus ojos permanecen en mí. Está tratando de procesar todo esto, tratando de asimilar todo y ahora su fachada está de vuelta. No puedo seguirle el ritmo, me siento como si estuviera balanceándome en un acantilado preguntándome si voy a caer o no.

—Así que eras importante para mí —dice después de un momento. Sus palabras son lentas y medidas, como si estuviera pesando cada una de ellas antes de hablar—. Lo suficientemente importante como para formar una unión contigo, pero mi familia decidió que no necesito recordar eso. Que no necesito saber.

—No, Edward, no fue así —intento convencerlo—. Ellos estaban preocupados, habías pasado por muchas cosas y ellos estaban preocupados por hacerte daño nuevamente si te lo decían. Carlisle dijo que tenías que recordar a tu tiempo... cuando tu subconsciente estuviera listo para manejar la situación.

—¿Manejar qué, exactamente?

—A mí... nuestra ruptura. Fue mala.

Él parpadea, es una pequeña grieta en su armadura, pero luego su cara vuelve a ser como piedra de nuevo. Oh, Edward, por favor, déjame entrar

Mis piernas se sienten débiles y tambaleantes, quiero sentarme antes de que caiga al suelo, pero de alguna manera me quedo de pie.

—Carlisle tenía buenas intenciones —continúo—. Creyó que lo mejor era no decírtelo.

—¿Lo mejor? ¿Lo mejor? —Edward está incrédulo. Ahora ríe, es un sonido áspero, y da unos más pasos, se aleja y luego da media vuelta bruscamente.

»Oh, créeme, Bella, puedo pensar en un montón de cosas mejores que la gente en quien más confío me mienta. ¡Mejores que mantenerme en la oscuridad sobre de mi propia vida!

—Pero sus intenciones eran...

—¿Buenas? ¿Sus intenciones eran buenas? ¿Es eso lo que ibas a decir? —está gritando ahora, yendo un lado a otro mientras habla.

—Edward...

—Entonces las mentiras eran para mi beneficio, ¿cierto? —voltea bruscamente, mirándome fijamente, con la boca torcida en una mueca burlona. —¿Por mi propio bien?

—Edward...

—¿Todos ustedes creían que sabían que era mejor para mí?

—Edward...

—Así que todos ustedes han estado viéndome andar a trompicones y abriéndome paso a través de sentimientos que pensé eran nuevos, pero al parecer no lo son.

Oh, Edward...

Lágrimas calientes arden sobre mis mejillas.

—Edward, lo siento mucho. Nadie quería hacerte daño, todo el mundo pensaba...

—¡Todos pensaban que debían mentirme!

Oh, esto es demasiado para él. Hay traición en su rostro y su voz rebana mi corazón. Está superado por el dolor... esto lo ha hecho añicos.

Extiendo mis manos hacia él.

—Edward, lo siento, lo siento mucho, pero por favor, no puedes...

—¡NO ME DIGAS LO QUE NO PUEDO HACER! —ruge. Retrocedo. Lo he oído gritar antes, pero nunca así—. Sé exactamente lo que no puedo hacer —susurra ahora—. ¡No puedo leer mentes... y no puedo recordar!

No puedo soportar verlo así, con tanto dolor. Mis lágrimas caen libremente. Suelta un quejido y deja caer la cabeza entre sus manos. Me acerco a él, pero mis brazos caen vacíos a mis costados.

—Pensé... —susurra a la vez que levanta los ojos—. Creí que tú... nosotros... pensé que tal vez... —sacude la cabeza y mis lágrimas se convierten en sollozos ante su devastación—. Pero me has estado mintiendo todo este tiempo... —se le quiebra la voz. Cierra los ojos y se pasa las manos por el pelo otra vez. Y luego, rápidamente, su postura cambia otra vez y su voz es fuerte cuando sus ojos quedan fijos en los míos.

»Así que dime, ¿he sido repetitivo, Bella? ¿Ya tuvimos la conversación sobre la Navidad?

—No, Edward, por favor...

—¿Ya discutimos sobre Douglas Adams? ¿A cuántos festivales de jazz hemos ido?

—Por favor, escucha...

—¿Cuántas veces te llevé a patinar sobre hielo?

—Edward...

—¿Te reíste a escondidas la otra noche cuando pretendí caer para así mojarme las manos?

—¡No…!

—¿Llamaste a mi familia para informarlos después de que dijera buenas noches...?

—¡No… detente, Edward...!

—Yo...

—¡NO! ¡DETENTE, EDWARD! ¡SÓLO PARA!

Mi arrebato nos sorprende a ambos, y Edward se detiene.

—¡No fue así! —le grito, agitando los brazos hacia él. De repente, todo el estrés de las últimas semanas, tal vez los dos últimos años, está saliendo y yo estoy caminando hacia él, mientras él se aleja, aturdido.

»¡Todas estas cosas eran primeras veces! ¡Todas ellas! Y nunca le informé a nadie, ¡mantuve deliberadamente mi distancia! Y bien, mentí, tu familia mintió, ¡pero nunca fue para hacer daño! ¡Nadie andaba por ahí tratando de pensar en maneras de molestarte! A veces la gente miente porque piensan que la verdad es muy dolorosa, a veces creen que la mentira es la mejor opción. Tú debes saber, ¡te lo has hecho a ti mismo!

Se pone blanco.

—¿De qué estás hablando? —se detiene, retrocede.

—¡Tú! —lo señalo con un dedo al pecho—. ¡Cuando terminamos! ¡Creías que era demasiado peligroso que estuvieras a mi alrededor y mentiste, así que te dejé ir! ¡Me dijiste que yo no era buena para ti! ¡Jugaste con mis inseguridades, dijiste que había sido una distracción! —estoy gritando, estoy enojada, pero no estoy segura de sí ahora estoy enojada con Edward, o conmigo misma, o con su familia por haber elegido mantenerlo en la oscuridad. No sé si esto es por ahora en Portland, o por lo de hace dos años en Forks. Me mira, sorprendido otra vez.

—Yo no... Yo… —sus ojos están grandes y frenéticos, tartamudea. Mi enojo comienza amortiguarse ante su cara de confusión. Tomo una respiración profunda y niego con la cabeza.

—No te acuerdas, lo sé —le digo con más calma, ahora jadeando a causa de mi arrebato—. Pero, Edward, me mentiste porque pensabas que era lo mejor y creí lo que dijiste y lo he creído por más de dos años. Mi vida ha girado alrededor de tu mentira y no fue hasta hace unas semanas que Alice me dijo la verdad —me detengo para tomar aire—. No me gusta lo que hiciste, pero puedo entender por qué lo hiciste. Pensaste que me estabas protegiendo. Carlisle, tu familia, todos creían que te estaban protegiendo a ti.

Se me queda mirando de nuevo, y su respiración es rápida, superficial. Me paso la mano por la cara, sorbo mis lágrimas. Ahora me siento más vieja que Edward. Mayor que Carlisle, incluso.

De repente, Edward se da vuelta y camina hacia el otro lado del claro, hacia el bosque.

—¡Edward! —grito y corro unos pasos detrás de él, pero luego me detengo. Yo sé que no lo voy a alcanzar; no quiere dejarme. Necesita tiempo y espacio. Necesita digerir esto. Y yo también. Me dejo caer al suelo y abrazo mis rodillas sin preocuparme porque la humedad se filtre en mis pantalones.

No sé cuánto tiempo estoy sentada; se sienten como muchas horas, pero probablemente no más de quince minutos. Calmo mi respiración y mi corazón desacelera, pero me siento rota y magullada. Me pregunto qué va a pasar ahora, si Edward nunca me perdonará o a su familia. Me pregunto si Carlisle se enfadará conmigo. Y si él tenía razón, y si el decirle la verdad a Edward hace más daño que bien. Y si Edward nunca se repone de esto... de la traición y las mentiras.

No puedo ni siquiera pensar en ello.

No escucho cuando Edward regresa, pero de pronto él está a mi lado, sentado en la hierba, reflejando mi posición y doblando fuertemente las rodillas.

Sus ojos no están muy oscuros, pero si tristes. Él está tan perdido y sólo quiero abrazarlo, pero sé que no puedo. No me lo permitirá, no todavía. Me pregunto si alguna vez lo hará.

—Me disculpo por mi comportamiento —dice con calma—. Espero no haberte asustado.

Niego con la cabeza lentamente, tratando de evaluar su estado de ánimo. Es fríamente cortés, y eso no me gusta.

—No, no me asustaste. Y yo también lo siento, Edward, lo siento tanto...

Él asiente con la cabeza y desvía la mirada hacia los árboles.

—¿Entonces tú eres la hija del jefe Swan?

—Sí.

Él asiente con la cabeza de nuevo.

—¿Me contarías todo? —pregunta con suavidad—. ¿Desde el principio? ¿Por favor?

Él no me mira cuando comienzo. Mientras hablo me pregunto qué tan bueno es lo que estoy haciendo, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Ya le he dicho lo básico... y de nuevo pienso que la verdad ha estado oculta de él el tiempo suficiente.

Así que hablo. Y él escucha, sin dejar de mirar los árboles. Empiezo con la cafetería en mi primer día, en cómo él no podía leer mi mente. Le hablo de la clase biología y de mi olor estilo bola de demolición, de sus ojos negros y de la forma en que me había mirado, como si me odiara. Le cuento de la furgoneta de Tyler, del examen de sangre, los cuentos de terror de Jacob, Port Ángeles y el prado...

Le cuento todo... béisbol, James, Victoria y Laurent, Phoenix, el baile de graduación.

El cielo comienza a oscurecerse. Edward se queda en silencio, con las rodillas todavía abrazadas contra su pecho. Él no se mueve, sólo mira los árboles y nunca habla. Él está tan quieto que es desconcertante... sólo la ocasional presión en su mandíbula me dice que es real y que está escuchando, y empiezo a mirar el débil movimiento de sus músculos bajo la piel. Esperaba que me hiciera preguntas, incluso que quizás me gritara un poco más, pero no esto. No esta calma poco natural, no ésta inquieta tranquilidad.

Continúo con nuestro perfecto verano... los picnics, los paseos, las idas al cine, escuchar música en su habitación. Las salidas a Seattle para ver exposiciones y conciertos. El día en que me recogió flores.

Sigo con mi cumpleaños. La fiesta, el corte de papel. El ataque de Jasper. Le hablo de la caminata al bosque, sus palabras, su mentira.

Los regalos de cumpleaños que faltan.

Sin embargo, Edward no habla, no reacciona, no se mueve, excepto por el apriete sutil y la flexión en su mandíbula.

Termino con la manada de lobos, y Victoria. Mi voz está ronca de tanto hablar.

—Eso es todo —le susurro—. Hasta que te vi fuera de la biblioteca.

Después de la pesadez de su silencio, el sonido de la voz de Edward me sobresalta.

—Bella, ese marcador... ¿es tuyo?

—Er, sí.

Él da una pequeña inclinación de cabeza hacia los árboles, pero eso es todo.

El cielo está oscuro ahora, hay estrellas plateadas centellando contra el negro; sería bonito en cualquier otra noche.

Edward gira lentamente la cabeza y me mira finalmente, pero en la oscuridad no puedo leer claramente sus ojos o su expresión. Espero, con ganas de que él diga algo... cualquier cosa.

—Es como si me estuvieras hablando sobre los personajes de un libro o una película —dice en voz baja—. No sé quiénes son, podrían incluso no ser reales.

Oh, Edward...

Mis ojos arden y también lo hace mi corazón.

—Son reales —le susurro.

Se desenrolla lentamente desde su posición defensiva y suspira, ahora sentado con las piernas cruzadas mientras me mira, dejando los puños sueltos sobre sus muslos.

—¿Me lo ibas a decir alguna vez? —pregunta. Su voz es tranquila, pero no me dice nada. Podría estar preguntando por el clima.

—Carlisle quería que recordaras tú solo, pero sé que no podría haber seguido mintiendo mucho más tiempo. Nunca sentí que estuviera haciendo lo correcto. Ha sido... difícil.

—Tuviste un desliz anoche ¿cierto? Los autos rápidos de los que hablabas... era por mí.

—Sí.

El cabello le cae sobre los ojos. Observo como lo aleja con sus largos dedos y deseo poder ser yo quien haga eso por él. El cabello vuelve a caer hacia delante cuando inclina la cabeza.

—Bella, si fuiste ya expuesta a este peligro conmigo, si te traté tan mal, ¿por qué quieres estar conmigo de nuevo?

Mi respuesta sale con sencillez y honestidad de mis labios.

—Porque te amo. Nunca dejé de amarte. Nunca dejaré de amarte. Y esperaba que pudiéramos tener otra oportunidad.

Me mira y es como si no hubiera entendido lo que dije. Un dolor nuevo, crudo y real me golpea. En la oscuridad es tan difícil leer sus ojos.

Me acerco para tocarlo. Mis dedos rozan suavemente los suyos y no los aleja, y eso es bueno, pero tampoco responde. Su piel es fría, su mano dura. Me alejo y abrazo mis rodillas otra vez.

—Vamos, será mejor que nos vayamos —dice de repente y se levanta antes de que tenga incluso tiempo de pestañar. Él extiende su mano y me ayuda a levantarme. Mis piernas se sienten débiles, pero una vez que estoy erguida, Edward me suelta. Mete las manos en sus bolsillos y camina.

Mientras vamos de vuelta al auto, él me aparta las ramas, me ayuda con las raíces de los árboles y con los troncos caídos, pero nunca habla. Aunque su rostro se ve calmado, su dolor es casi tangible, pero no sé qué decir ni qué hacer.

El regreso a casa también lo hacemos en silencio. Edward no enciende la música. Acelera. Aprieta las manos alrededor del volante y la palanca de cambios, agarrándose de ellos hasta que sus nudillos casi asoman a través de la piel, y esto es lo que desmiente la expresión suave e impasible.

Pero yo no puedo estar quieta. Me muevo con nerviosismo en mi asiento y me muerdo las uñas. Me meto el cabello detrás de las orejas, me sacudo y hago rebotar mis piernas. Me pregunto si este es el final, si está demasiado dolido como para intentarlo de nuevo.

Me siento vacía para cuando estacionamos afuera de mi edificio.

Edward se estira para llegar a los asientos traseros, hacia su mochila que aún se encuentra allí.

—Toma —dice y extiende mi marcador—. Lo he tenido el tiempo suficiente.

Mi corazón se rompe.

—Edward, no... —susurro con voz ronca. Pero cuando me niego a tomarlo, simplemente lo desliza en el bolsillo de mi chaqueta. Luego, abre su puerta y viene a abrir la mía. Estoy temblando mientras me ayuda a pararme en la vereda.

—Siento mucho que la tarde haya terminado de esta manera —dice—. Pero gracias por decirme la verdad.

—Oh, Edward, también lo siento.

Él asiente con la cabeza y mira hacia otro lado. Él está tan herido, tan enfadado todavía. Puedo sentirlo, es como un muro entre nosotros.

—Por favor no te vayas. Entra y hablaremos... por favor...

—No creo que sea muy buena compañía en este momento —responde—. Pero gracias por la oferta. Tal vez en otro momento.

Bajo la cabeza y la derrota me recorre como una ola, hundiéndome.

—Edward, esto no tiene por qué terminar mal. Ya te he dicho lo que siento, y si tú aún tienes sentimientos por mí, entonces sé que podemos encontrarle una solución a todo esto.

Él está callado, me mira y espero que esté tomando en cuenta mis palabras. Ante el brillo fantasmal de la luz de la calle, él se ve algo irreal.

—¿Qué vas a hacer ahora? —le pregunto y deja escapar un largo suspiro.

—Ahora mismo voy a hablar con mi familia, y después de eso... —se encoge de hombros—. No lo sé.

Me da una sonrisa melancólica y triste y de repente sus ojos son lo más tierno que he visto desde que empujé mis mangas hacia arriba. Levanta la mano y el dorso de sus nudillos apenas toca mi mejilla.

—Siento mucho haberte hecho daño, Bella. Me entristece más de lo que nunca sabrás.

Mis lágrimas vuelven a caer e intento tocar su cara también, pero él quita rápidamente los dedos de mi mejilla y de pronto se va caminando de regreso al auto. Mi mano está todavía en el aire cuando se sube al asiento y, mientras conduce fuera de mi vista, me pregunto si esto es que la naturaleza siga su curso.

Y entonces recuerdo que a veces la naturaleza puede ser cruel.

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¡Qué horror! Pobre Bella, siempre Edward la hace sufrir. Esta vez la naturaleza se comportó como una verdadera perra.

Gente: Muuuchas gracias por seguir leyendo, sus comentarios y demás. Espero con ansías sus reacciones para este capítulo.

Cariños ;)