Capítulo 8.
Todo su mundo le daba vueltas. Todavía no había abierto los ojos y ya se sentía como si acabara de domar a un mustang salvaje. El mareo, cada vez más acusado, acabó por hacerle perder el precario equilibrio en el que se encontraba y caer de bruces contra el suelo. Había sido un buen golpe, pero nada más estrellarse, aunque seguía algo perdido y descolocado con espirales por ojos, los mareos cesaron permitiéndole sentarse y descubrir que llevaba desde Dios sabe cuándo montado a lomos de un caballo. ¡Normal que estuviera mareado! Enfocando mejor la vista descubrió como el jinete del animal se giraba para recogerle. Aunque no vio el estado de ánimo en que se encontraba. Se trataba de Luffy, otra vez con esas adorables plumitas de colores en el pelo, se veía tan lindo así. Lógico que le hubiera robado el corazón, ¿quién hubiera podido resistirse a sus encantos de ángel indígena?
Volviendo de los mundos de yupi en los que parecía que pasaba la mayor parte de sus días desde que el pelinegro entrara en su vida, levantó las manos del suelo en el que se encontraba tirado, cogiendo algo de los pulverizados materiales rocosos que lo formaban. Terroso, igual que todo el territorio, aunque de un tono algo más rojizo y oscuro al habitual. Pero no fue eso lo que le extrañó, sino el hecho de que la composición de éste fuera muy concreta de zonas determinadas. No le sonaba que cerca del fuerte hubiera ningún lugar que cumpliera con las características necesarias como para albergar esa amalgama de minerales. Un momento… Centrándose en el entorno que le rodeaba miró a ambos lados. Para alguien que emprendía su viaje por primera vez todas las llanuras de la zona le parecerían iguales, pero él que las había recorrido tantas veces y se conocía un amplio rango como la palma de su mano, sabía que ésta no se hallaba cerca de su habitual territorio.
El ambiente era seco y sofocante; eso no cambiaba estuviera donde estuviera. Sin embargo los escarpados sistemas montañosos aquí eran más abundantes, aunque no de mucha altura, quizá cinco o seis metros los más altos; a lo lejos se divisaban cadenas mayores y de mayor altitud. Además había algunas plantas que no le sonaban. Y tampoco había rastro de Grand Line en todo el paraje, ni siquiera más allá del horizonte se divisaba su imponente silueta, sería por eso que la sedimentación de la zona no la recordaba. ¿Pero si no estaban en el fuerte, dónde demonios estaban?
¡Menos mal que paliducho estar bien...! –sollozaba el Lacota con ríos de lágrimas cayendo por sus mejillas- ¡por momento yo pensar que tú no nunca volver a despertar!
¿De qué estaba hablando? Pero si lo último que recordaba era estar jugando al ajedrez con él. Algo malo había ocurrido, lo presentía. Además el habitualmente risueño y alegre indígena, ahora lloraba cual magdalena.
Humo mucho y llamas, compañeros corriendo…- trataba de explicarse, sin embargo el nerviosismo unido a la ansiedad provocaban que fuera muy difícil seguirle en la explicación.
P-Para, Luffy, más despacio, tranquilízate. ¿Qué ha pasado, por qué no estamos en Grand Line?
El chico, algo más relajado que al principio empezó a relatar de nuevo los traumatizantes sucesos que horas antes sucedieran en el fuerte, arrasándolo todo a su paso.
Nosotros jugar aje-drez. Luego dormir y humo pronto mucho. Seguido de llamas devoradoras que con todo terminar. Fuego hacer desaparecer fuerte. Yo coger paliducho y salir de allí.
Shanks no daba crédito a las palabras del indio. En su memoria, apenas unas horas antes todo estaba como siempre, sumido en la tranquilidad habitual que se respiraba entre aquellos muros de madera. ¿Cómo entonces, desapareció? Un pequeño incendio podía llegar a comprenderlo. La pólvora, a causa del calor extremo, a veces explota. No sería la primera vez que les pasaba; pero rápidamente lo habrían sofocado. Sin embargo, según Luffy todo Grand Line ardió, por lo tanto no podía tratarse de un accidente con la pólvora. Fue provocado.
¿Salió alguien más del fuerte?- preguntó alterado. Mas su interlocutor permaneció en silencio. Lo tomó por los hombros zarandeándolo- Dime, Luffy ¿¡Salió alguien más del fuerte?!
No saber… ¡No saber!- contestó entre lágrimas-.
Ya había sido bastante duro para Luffy verse envuelto en esa situación como para que ahora su amigo le tratara así. No era culpa suya que malvado dios fuego hubiera decidido destruir la fortaleza. ¡No era culpa suya! Él también estaba asustado y no por ello le iba gritando. ¿Por qué paliducho no comprendía aquello, que ya no había vuelta atrás, y que ahora sólo estaban ellos? Luffy miró a los ojos del pelirrojo, transmitiéndole su desconsuelo con la mirada. Si no permanecían juntos, ¿qué les quedaba?
Lo siento. Lo siento… -dijo Shanks soltándolo y volviéndose a sentar en el suelo-. Es que me preocupan mis compañeros, ¿sabes? No sé si están bien o si han podido escapar…
El Lacota se sentó a su lado posando su mano en el hombro de su compañero en gesto tranquilizador. Comprendía en cierta medida lo que debía estar sintiendo Shanks. Cuando fue capturado, un sentimiento parecido se adueñó de él; la incertidumbre por no saber lo que podría pasarles a sus amigos y la ansiedad y el sufrimiento ante la imposibilidad de ayudarles.
Pasaron un rato así, sin hablar, consolándose en silencio. Después el pelirrojo reaccionó.
¿Tenemos provisiones, Luffy?
No, no dar tiempo a coger. Sólo cuchillo y manta que estar en silla de caballo.
No era bueno andar por el desierto sin ninguna provisión, si como mínimo tuvieran una cantimplora con algo de agua podrían plantearse la posibilidad de volver a Solèy. Aunque la verdad sea dicha, no tenía idea de dónde estaban y consecuentemente, tampoco de cómo volver al pueblo; sólo les quedaba seguir adelante.
¿Y por casualidad no sabrás ir a tu poblado desde aquí?- preguntó deseando que la respuesta fuera afirmativa. Para su desconsuelo, el pequeño le respondió negando con la cabeza.
Vale, lo tenían difícil. Sin provisiones. Sin agua. Sin mapa y sin saber cómo volver. Desde luego no era un panorama alentador pero en peores situaciones se había visto envuelto el gran Cienfuegos. Al menos, pensó animado, estaban en tierra firme, y el desierto era su especialidad.
Muchas veces durante sus primeras travesías marítimas el pelirrojo se aventuró a navegar él solo en su pequeño balandro. Por aquellos tiempos no le apañaba mucho el mar, lo había recorrido tantas veces de pequeño con su padre que comenzaba a aborrecerlo, pero si había que ir se iba y su sustento dependía de ello. Todavía no se había alistado como soldado y se ganaba la vida como algo parecido a un comerciante. Cierto día, una mañana se quedó dormido al timón y para cuando quiso darse cuenta estaba en mar abierto. No se divisaba la costa por ninguna parte y las oscuras aguas hacían parecer todas las posibles direcciones iguales. Sin saber muy bien si la ruta elegida era norte, sur, este u oeste, encaminó el balandro con el viento soplando sobre las velas, fuerte y constante, dejándole la elección del destino a la naturaleza, seguro que ella le traía de vuelta a tierra sano y salvo como hacía siempre.
Pero su dicha se acabó. Los días pasaban convirtiéndose en semanas. Las provisiones mermaron a un ritmo vertiginoso hasta agotarse. Él seguía a merced del viento, aún convencido de que le llevaría a puerto seguro. Por suerte en la siguiente jornada arribó a las costas de México, donde conoció al que hoy es su mejor amigo y se alistó. No llegó a morir de sed o hambre, aunque poco le faltó. Podría decirse que le fue de un soplo de brisa marina no perecer en alta mar. Y desde entonces que decidió no arrimarse al océano a no ser por imperiosa necesidad y qué decir de un barco. Aprendió todo cuanto era necesario para sobrevivir en tierra y más, convirtiéndose en un excelente nómada del desierto. Con el tiempo, sus superiores lo tuvieron muy en cuenta y le ascendieron a su rango actual, asignándole el territorio que tanto se ajustaba a sus inigualables habilidades.
Por eso estar perdido en medio de las vastas llanuras de tierra yerma se sentía como en casa, capaz de encontrar alimento, bebida y refugio donde otros sólo verían desesperación y un negro futuro.
Bueno, que se le va a hacer. ¿Tienes algún destino favorito joven Lacota, o vamos a la aventura?
¡Aventura! –exclamó alegre el pelinegro -
Ya me lo suponía- sonrió- Tengo curiosidad por el terreno en que nos encontramos. Pocas veces he visto esta composición de minerales todos juntos y me gustaría investigar- dijo cogiendo un puñado de tierra y mostrándoselo- ¿ves? Es muy raro- el moreno asentía como si supiera de lo que hablaba, asombrado por sus conocimientos del entorno- Este por ejemplo, según lo que sé, es característico de las tierras del norte, por lo que debemos estar bastante alejados de Grand Line. Además, estamos rodeados de muchas montañas y es posible que algo más allá haya árboles y los árboles son sinónimo de agua.
De ese modo, Luffy a lomos del caballo y Cienfuegos caminando, enfilaron sin saberlo dirección noreste, alejándose cada vez más del territorio Lacota, que de haber escogido el oeste, desde donde estaban, habrían llegado en pocas horas al cauce del río y posteriormente al poblado.
