Capitulo Ocho

Había vuelto a estar a punto de besarla, y en aquella ocasión, sin excusa, y ser consciente de que era capaz de perder el control lo alteraba sobremanera. Tres días después de que Hinata Hyuga lo hubiera localizado en su guarida, daba vueltas y más vueltas en la cama, intentando dejar de pensar en ella, aunque lo único que estaba consiguiendo era un estrepitoso fracaso.

No podía escapar a la sensación de que ella estaba presente en la habitación, observándolo. Hacía poco más de una hora lo había despertado un sueño de lo más inquietante, en el que ella estaba arrodillada junto a su cama. Con una mano le acariciaba el cuerpo del modo más provocativo mientras que con la otra le quitaba la máscara.

Se había despertado con una violenta sacudida, el pulso y la respiración acelerados, cubierto de sudor y necesitando a una mujer... y no a cualquier mujer. Hinata Hyuga había estado a punto de seducirlo aquella noche en la torre y ni siquiera había tenido que desplegar el poderoso armamento de su belleza, simplemente se había limitado a prepararle una emboscada con su interés por su vocación, la miel de su voz y la calidez de su compañía.

Incluso el aroma que se desprendía de su piel parecía calculado para atraparlo. No tenía nada que ver con el perfume floral que usaban otras mujeres para cautivar a los hombres, perfumes que Gaara había llegado a odiar, sino que era un olor que le recordaba a una pastelería: vainilla, limón y pan recién horneado.

Se había creído protegido por el velo familiar de la oscuridad. De no ser así, jamás la habría invitado a entrar en su santuario. Eso y su certeza de que iba a rechazar la invitación. Dos veces lo había engañado ya, dejándolo indeciso entre el ultraje y la admiración.

- Demonio de mujer...

Era una estupidez seguir intentando dormir, de modo que se levantó de la cama. Aquello tenía que parar. En tan solo unos días, Hinata Hyuga había puesto su mundo patas arriba. ¿En qué estado estaría al cabo de tres meses? Tenía que convencerla de que rompieran su compromiso cuanto antes.

Además, seguro que se sentía aliviada de deshacerse de él. Recordó entonces el escalofrío que la había sacudido al tenerla él en los brazos un poco más de lo necesario, un escalofrío que contradecía su supuesta buena disposición a que volviera a besarla. Sin duda lo que había querido decir era que no le importaba hacer de tripas corazón por el bien de su abuelo.

El abuelo.

Frunció el ceño mientras se vestía con unos pantalones de piel. A su abuelo no iba a hacerle ninguna gracia el desarrollo de los acontecimientos, pero si creía que la decisión de romper el compromiso había partido de ella, serviría para que ambos se distanciasen, y así su abuelo y él podrían compartir el tiempo que le quedase sin interferencias de extraños.

Mientras se abrochaba la camisa sintió un poco de vergüenza, pero prefirió no pensar en ello. Aquello era una guerra, y tenía que ganarla sin dar cuartel. Una vez acabó de vestirse, se colocó la máscara y salió dispuesto a presentar batalla.

Gaara se preparó para recibir el brillo del sol en la cara, pero al abrir la puerta de su dormitorio y salir al amplio corredor en el que colgaban retratos de sus antepasados, encontró que la luz era agradablemente suave. El buen tiempo debía haberse acabado por fin, y el cambio le sentó bien.

Al ver al mayordomo que iniciaba el descenso de la escalera, lo llamó:

- Baki, ¿sabe si mi abuelo está solo en la biblioteca?

Si Baki se sorprendió de ver al joven amo levantado en pleno día, su expresión solemne no lo traiciono.

- Solo sí, Milord, pero no en la biblioteca. Cuando lo vi por ultima vez, estaba en el invernadero.

¿En el invernadero? Durante su infancia, a Gaara le gustaba mucho pasar el rato en aquel enorme jardín interior, con su tejado de cristal y sus ventanales. Pero desde que volviera a Helmhurst después de la guerra, no había vuelto a entrar. En un día cubierto como aquel, podría ser tolerable.

Tras darle las gracias a Baki, se encaminó al vivero, donde encontró a su abuelo caminando entre los limoneros y las flores demasiado delicadas para el clima inglés. Miró a su alrededor, fingiendo buscar a Hinata.

- ¿Mi prometida no ha venido hoy?

El conde lo miró largamente antes de contestar con otra pregunta:

- ¿Habrías entrado aquí si estuviera ella?

Gaara tenía menos intención de morder aquel anzuelo que de lanzarse contra toda una escuadra de infantería él solo, así que fingió interés en las flores, inclinándose a oler un ramillete de flores blancas con los bordes sonrosados que le recordaron, a pesar de todo, a la señorita Hyuga.

- Hinata se ha pasado hace un rato para disculparse por no poder quedarse, y luego se ha ido al pueblo con el vicario. Parece ser que un amigo suyo inválido se encuentra peor. No creo que venga a cenar.

Aunque Gaara intentó sentirse satisfecho por su ausencia, no lo consiguió.

- Entonces hoy estaremos solos los dos. ¿Qué sugieres que hagamos para entretenemos?

Poco a poco, haciendo funcionar a sus quejumbrosas y rígidas articulaciones con mucho trabajo, el conde se sentó en una silla de cuero oscuro.

- Me temo que no va a colar, muchacho. Le he dicho a Hinata que será mejor que rompa vuestro compromiso.

Gaara se levantó tan deprisa de la silla que había ocupado frente a la de su abuelo que a punto estuvo de golpearse la cabeza con la rama de un limonero.

- ¿Qué dices que has hecho?

El conde movió la cabeza de un modo que mostraba tristeza y determinación.

- Por mucho que me gustase tenerla en la familia o por mucho que crea que necesitas una esposa como ella, la quiero demasiado para quedarme sentado y ver cómo la maltratas.

Antes de que Gaara pudiese recuperarse y preguntar a qué clase de maltrato se refería, el conde continuó:

- No. Haría mejor en casarse con el vicario.

El pecho de Lord Sabaku se llenó de fuego, como si un meteoro hubiese convertido la tierra en llamas. Y cuanto más intensa era la emoción, más se decidía él a ocultarla.

- ¿Ah, sí? - comentó como si hablara de un conocido - ¿Es que el vicario se lo ha pedido? Porque cuando lo hice yo, ella me aseguró que era libre.

Eso no era cierto. Cuando él le había preguntado si tenía algún admirador en particular, la joven le había contestado primero que si se burlaba de ella, y luego que por qué se imaginaba que ella iba a tener un admirador haciéndole la corte. Es decir, que no le había contestado directamente, algo de lo que solían acusarlo a él. Y no sin razón. El conde lo miró fijamente.

- No creo que el señor Uzumaki se haya declarado. A juzgar por lo que he visto hoy, parece ser un joven bastante tímido, a pesar de su buen físico.

- ¿Ah, sí? De modo que es atractivo.

Gaara intentó parecer indiferente, aunque el meteoro amenazase con hacerlo cenizas. El conde asintió.

- Adonis con alzacuellos.

- Vaya - Gaara comenzó a pasearse por la habitación - Me imagino que la señorita Hyuga debe estar prendada de él.

- Dudo que mi querida Hinata se haya dado cuenta de los sentimientos del vicario. Puede que ni siquiera el vicario se haya dado cuenta. Hay hombres que son así, ya lo sabes.

Por primera vez en su vida, Gaara se preguntó por qué sentía tanta devoción por su abuelo. El conde podía ser a veces una vieja lechuza insoportable.

- Así que piensas que ese vicario trataría mejor que yo a la señorita Hyuga.

El conde se encogió de hombros.

- Está con ella ahora, mientras que tú llevas por lo menos tres días llegando a extremos ridículos con tal de evitarla. Me parece que eso habla por sí solo, ¿no crees?

- ¿Evitarla? ¡Qué tontería! ¿Es que se te ha quejado de mi ausencia?

- No, pero me he dado cuenta de que sentía tu distanciamiento. Dime, ¿es que estás enfadado porque ha invadido tu intimidad? ¿O es porque ha descubierto que la verdad que ocultabas tras ese mito siniestro que has permitido que se construya en torno tuyo era totalmente inofensivo?

- ¡Yo no estoy enfadado con ella! -rugió Gaara.

O al menos, no debería estarlo. Sabía lo suficiente sobre mujeres como para darse cuenta de que Hinata Hyuga no había hecho esfuerzo alguno por tentarlo aquella noche en la torre. Más bien al contrario, así que no tenía derecho a culparla por sus propias inclinaciones.

- Si no estás enfadado con ella - continuó el conde - tienes una forma un poco curiosa de demostrarlo. Tu falta de educación de estos últimos días es imperdonable. No sé qué té ha podido pasar. Ni siquiera cuando eras un niño te enfurruñabas así.

Resultaba que se había lanzado a aquello de comprometerse para que los últimos días de su abuelo fuesen más felices, y estaba consiguiendo precisamente lo contrario. Y todo por intentar mantener las distancias con la señorita Hyuga.

Quizás fuese mejor lanzarse a aquel cortejo como si fuese a llevarlo a buen puerto, y preocuparse después de salvar el corazón. Si se decidía a hacerlo así, tendría que encontrar una oferta de paz. Ojalá no fuese ya demasiado tarde...


- ¿Para mí, Neji? - Hinata levantó la mirada de su desayuno para ver la caja envuelta con un precioso lazo que le ofrecía su hermano - ¡ Vaya! ¡ Muchas gracias, cariño!

Neji le entregó la caja y ocupó su lugar habitual junto a ella a la mesa. Hinata abrió la tapa y descubrió que se trataba de su dulce favorito, cortado en pequeñas formas. Sacó una amarilla con la forma de un pájaro regordete.

- No deberías haberte gastado el dinero en algo así. Debe haberte costado una fortuna.

El pobre debía habérselo comprado el día anterior, de camino a casa desde la escuela. Neji tomó un sorbo de café.

- Ya me la gastaría yo encantado en ti si la tuviera, pero me temo que no puedo ponerme esta medalla. Los dulces son un regalo de Lord Sabaku. Quería habértelo dado anoche, pero con el lío del equipaje, se me olvidó.

¿Lord Sabaku? Hinata se quedó con el dulce a escasos centímetros de los labios. ¡No había dulces suficientes en todo el reino para endulzar lo que sentía por él en aquel momento!

Al analizar lo ocurrido en los últimos días, no se podía creer que su estimulante compañero de la torre pudiese ser el mismo hombre que tantas molestias se había tomado para evitarla desde entonces. Incluso el conde había comentado el mal comportamiento de su nieto, llegando incluso a sugerirle que se pensara bien si quería seguir comprometida con él.

La tentación había sido fuerte. Y Gaara Sabaku se equivocaba de lado a lado pensando que podría comprar su perdón con una caja de sus dulces favoritos. Hinata dejó el pájaro de nuevo en la caja y la apartó de ella, en la confianza de que resultara menos tentadora en la distancia.

- ¿Quieres decir que Lord Sabaku fue a buscarte en persona? Yo pensaba que te había enviado uno de sus coches.

Una doncella entró en el comedor en aquel momento y colocó un plato bien abastecido delante de Neji. Era obvio que Kurenai quería hacerlo engordar antes de que saliera para la India. El joven olfateó entusiasmado la comida.

- ¡Una de las cosas que más voy a echar de menos de Inglaterra va a ser la cocina de Kurenai! - miró a su hermana con cariño - Y a ti, por supuesto. Aunque ya no me preocuparás tanto sabiendo que estás bien cuidada. Ojalá pudiera quedarme para la boda.

Hinata vio a su hermano atacar el desayuno con fruición. No recordaba la última vez que lo había visto de tan buen humor. ¿Podría soportar la desilusión de su hermano si rompía el compromiso antes de tiempo?

Miró la caja de los dulces, consideró la situación de su hermano y recordó la noche en que habían estado contemplando las estrellas. Gaara Sabaku no era tan diabólico como le gustaba fingir, desde luego.

- En un principio, no podía comprender qué veías en él - dijo Neji entre bocados de salsa de tomate y salchichas - Aparte del título y su fortuna, claro, cosas que yo sé que te importan un comino. Pero cuanto más lo conozco, más me gusta. Estoy seguro de que era un oficial del carajo.

- Cuida tu lenguaje en Sabbath, Neji.

- Perdón - tomó un sorbo de café - Pero ya sabes a qué me refiero: frío en momentos de crisis. Dispuesto a hacer el trabajo, por desagradable o peligroso que pudiera ser.

Hinata asintió. Lord Sabaku tenía un ramillete de cualidades admirables, desde luego. Ojalá aquella frialdad no se extendiese a su corazón. Y tampoco le gustaba sentirse como un deber desagradable. La caja de los dulces la llamó, y Neji, como si le hubiera leído el pensamiento, la empujó suavemente.

- Vamos, cómete uno. Ya has desayunado. La verdad es que no me parecía que Lord Sabaku fuese de los que compran regalos, pero es evidente que está enamorado de ti.

Hinata sintió deseos de negarlo, pero lo que hizo fue meterse en la boca uno de aquellos dulces para no decir lo que estaba pensando.

- Claro que es algo que no se aprecia a simple vista - continuó Neji - Es agua que corre bajo la tierra. Pero hay algo en su forma de decir tu nombre y en la forma de mirar cuando hablo de ti...

¿Había oído ella el eco de ese tono, o visto un atisbo de esa mirada? La posibilidad desencadenó una sensación en su interior muy parecida al sabor dulce que tenía en la boca. ¿Pero y si su hermano se había imaginado lo que quería ver y oír de Lord Sabaku? ¿Y si había sido ella?

- Tengo que vestirme para ir a la iglesia - dijo - ¿Vendrás conmigo al servicio?

- Si no te importa, prefiero ir la semana que viene - bostezó - Aún estoy cansado del viaje.

- Muy bien - dijo Hinata en tono de reproche - Ya rezaré yo por ti.

Miró por la ventana del comedor intentando discernir si la niebla que presidía el día iba a transformarse en lluvia o no. Pero lo que vio la hizo atragantarse. El coche de Lord Sabaku emergió entre la niebla, conducido personalmente por él. Sin decirle una palabra a su hermano, se levantó de la mesa y salió corriendo escaleras arriba para peinarse. Unos minutos más tarde, oyó que llamaban a la puerta de su dormitorio.

- ¿Sí?

- Lord Sabaku, señorita - anunció Asuma - Solicita el privilegio de acompañarla al servicio religioso.

- ¿Privilegio? - murmuró ella entre dientes - Será mentiroso...

- ¿Cómo dice, señorita?

Había un paseo hasta Graifon Renforth desde Netherstowe, y la niebla podía dejar paso a la lluvia. Además, tenía un par de cosas que decirle a Lord Sabaku que no quería que oyese ni su abuelo ni su hermano.

- Dígale que enseguida bajo.

- Bien, señorita.

Hinata se miró el vestido. Como casi todo lo que llevaba desde que Sakura y Ino habían crecido más que ella, había sido desechado por sus primas. Quizás Lord Sabaku lo encontrara demasiado subido de color o demasiado poco recatado para la iglesia...

Su opinión le importaba un comino; se recordó al ponerse el chal, el sombrero y los guantes. Además, aquel hombre no había pisado la iglesia en años, de modo que no podía ser una autoridad en modas para ir al servicio religioso. Aun así, llevaba el estómago suspendido en el aire cuando bajó las escaleras. Antes de llegar al vestíbulo, oyó voces en el comedor, y al asomarse por la puerta vio a Lord Sabaku charlando con su hermano. En cuanto la vio, interrumpió lo que estaba diciendo para saludarla:

- Mi querida señorita Hyuga... está usted preciosa, como siempre.

Tomó sus manos y se inclinó ante ella. Para sorpresa de Hinata, su mirada no era tan inescrutable como siempre, sino que sus ojos verdes brillaban con admiración. Y fue precisamente aquella mirada lo que le provocó un extraño calor en su interior, una reacción que le molestó mucho. No quería que su aprobación le afectara, del mismo modo que tampoco iba a permitir que le afectase su desprecio.

- Tengo entendido que ha venido a buscarme para ir a la iglesia, Milord. ¿A qué debo el honor?

- El honor es solo mío, querida. Puesto que nuestro compromiso ya se ha hecho público, he pensado que estaría bien que nos vieran juntos para darles a sus amigos la oportunidad de felicitarnos.

Estaba claro que su proposición era solo en beneficio de la audiencia, lo mismo que tanta cortesía estaba influida por la presencia de su hermano, que no dejaba de sonreír.

- Pues será mejor que nos vayamos si no queremos llegar tarde - contestó, mirando el reloj de la chimenea - El vicario es muy puntual.

- Un caballero estimable, sin duda.

A juzgar por su tono de voz, que no por sus palabras, daba la impresión de que tenía algo contra el señor Uzumaki. Pero eso era ridículo, si no se conocían...

Una vez salieron de la casa, Hinata se volvió hacia él y le preguntó.

- ¿Cuál es el verdadero motivo de que haya venido hoy? Porque la apuesta que hice con su abuelo la perdí.

- Sí, pero ganó la que hizo conmigo - contestó, sonriendo de medio lado. Una sonrisa que a Hinata le pareció más auténtica que tanta cortesía - Mejor dicho: es una apuesta que hice conmigo mismo.

- ¿Qué apuesta? - Él la miró a los ojos - Pues la otra noche aposté a que no tenía valor suficiente para subir a la torre conmigo.

Si supiera que había estado a punto de echar a correr ...

- Pero como subió - continuó él - tenía la sensación de que le debía una especie de premio.

- La verdad es que ver Saturno habría sido premio suficiente.

No estaba dispuesto a perdonarlo si es que era eso lo que pretendía. Pero los recuerdos de aquella noche volvieron a su cabeza con tal intensidad que no tuvo más remedio que admitir que había sido el momento más mágico de toda su vida. Lord Sabaku se encogió de hombros y miró para otro lado.

- Una caja de dulces y un servicio religioso no son comparables, ¿verdad?

- Los dulces estaban buenísimos, gracias.

Él asintió.

- Me alegro de que le gustasen.

Hinata tenia la impresión de que aquella clase de gestos no eran habituales en él. Y aún más: que le importaba que a ella le parecieran bien. ¿Cuánta atención por parte de aquel hombre iba a ser capaz de digerir? ¿O cabía la posibilidad que, después de haber disfrutado de su compañía, ya no fuese capaz de disfrutar con la de otro hombre?

Aquella idea le hizo reír. ¿Qué otros hombres?


¿Cómo era posible que Hinata no se diera cuenta de que el vicario estaba prendado de ella? El señor Uzumaki no había terminado de convocar a sus parroquianos al culto cuando Gaara tuvo la certeza absoluta. ¡Pero si apenas era capaz de mantener la mirada en el libro de oraciones! Con cada una de las miradas con las que adoraba a Hinata, Gaara sentía pasar una bala silbando al lado de su oído. Su instinto de soldado le empujaba a ponerse a cubierto y responder al ataque, o a calar la bayoneta y atacar. Pero aquella era una batalla para la que no poseía ni armas ni munición.

Su abuelo no había exagerado al describir al clérigo como un Adonis con alzacuellos blanco. El cabello dorado del señor Uzumaki y sus serenos ojos azules hacían juego con los de su adorada parroquiana. Su estatura y porte habrían lucido mejor con el uniforme de húsar que con las sotana, pero seguro que aun así, las señoras de St. Owen lo encontraban atractivo.

De no ser por la evidente atracción que sentía el vicario hacia Hinata, Gaara se habría alegrado de que poseyera aquellas facciones de escultura griega. De ese modo, atraía las miradas de la congregación hacia él y no hacia su destrozada faz, que ya había atraído las primeras miradas curiosas.

Tras haberse pasado los últimos tres años intentando evitar ese escrutinio, se sentía como bajo una ráfaga intensa de fuego de mortero. Cada mirada, rápidamente apartada cuando él la descubría, cada susurro que se ocultaba con la mano, cada movimiento condescendiente de la cabeza era como un proyectil que hiciera blanco en su orgullo.

Entonces sintió que alguien le apretaba el brazo con suavidad pero con firmeza. Era Hinata, que lo miraba fijamente, y la iglesia podría haber estado vacía para él.

- Bien, ¿qué opina? - le preguntó - ¿No le había dicho que el vicario es un buen predicador?

- Un hombre de muchos dones.

- Exacto. Sé que desea mucho conocerlo.

- Y yo a él.

Del mismo modo que un guerrero querría tomarle la medida a su adversario. Pero aquello era ridículo... ¡el vicario no era su rival! Aún estaba intentando convencerse de ello cuando llegaron a la puerta de la iglesia donde el vicario despedía a sus parroquianos.

- Señorita Hyuga, tengo entendido que estamos de enhorabuena - Cierta tristeza hacia de contrapunto a la melódica voz del vicario.

- Eh... sí. Creo que no conoce a Lord Sabaku.

El vicario le tendió la mano.

- No he tenido ese placer, aunque tuve la ocasión de saludar brevemente al conde el otro día, cuando estuvimos en Helmhurst la señorita Hyuga y yo.

Gaara estrechó su mano.

- No suelo salir durante el día.

Una mujer de mediana edad que iba tras ellos debió oír su comentario porque le dio con el codo al hombre que iba a su lado y bisbeó algo a su oído.

- Lord Sabaku se ve forzado a dormir durante el día porque pasa la mayor parte de las noches dedicado al estudio de la astronomía - explicó Hinata. El volumen de su voz pretendía llegar también a otro auditorio.

- Tiene una magnífica panorámica celeste desde una vieja torre de vigilancia que hay en Helmhurst.

Gaara vio cómo la información se iba transmitiendo de un grupo de parroquianos al siguiente, como las ondas en un estanque. Aunque no lo dijo, en el fondo de su corazón lamentó la muerte de Lord Lucifer.

- ¿Astronomía? - repitió el vicario - Una materia fascinante. Sería un placer para mí saber de sus observaciones.

- En ese caso, las compartiré con usted encantado - Gaara miró a Hinata con devoción - Ahora que tengo una razón tan agradable para mantener un horario más convencional, espero que nos conozcamos mejor.

- Lo estoy deseando, Lord Sabaku. Y acepte mi más cordial felicitación por su compromiso con la señorita Hyuga. Es usted un hombre muy afortunado.

La ironía del asunto le escoció. Sin embargo, con Hinata a su lado y el resto de la gente convencida de que era su prometida, se sentía más afortunado de lo que se había sentido en años. Cuando se acercaban ya al carruaje y tras mirar a su alrededor para asegurarse de que nadie los oía, le comentó:

- El abuelo me ha dicho que la ha animado a romper el compromiso.

Hinata no lo miró.

- ¿Quiere que lo haga?

- ¡No!

El fervor de su respuesta sobresaltó a Hinata. Incluso también al mismo Gaara.

- Pero si cree que debe hacerlo - continuó mientras la ayudaba a subir al coche - yo no retiraré el ofrecimiento que le he hecho a su hermano.

Hinata se quedó pensativa mientras él quitaba el freno del coche y se acomodaba a su lado.

- Estoy dispuesta a seguir adelante, Lord Sabaku, siempre que usted esté dispuesto a tratarme como un aliado, en lugar de como a un enemigo.

Gaara dudó. En demasiadas ocasiones había presenciado la traición de un aliado. Al menos con el enemigo, siempre se sabía a qué atenerse.

- De acuerdo - dijo al fin.

- ¿Significa eso que puedo volver a la torre a ver las estrellas con usted?

Gaara asintió. Aquellas últimas noches había tenido la sensación de que le faltaba algo vital a su trabajo. Algo que, aunque le fastidiara tener que reconocerlo, debía ser el asombro contagioso de Hinata.