Esta historia es una adaptación
Historia Original: Sin Secretos de Cynthia Rutledge
Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer
ISABELLA
—Qué bien está jugando Emmett —dijo Edward.
Isabella levantó la vista, sorprendida. Hacía dos semanas que venía a los partidos de Emmett y era la primera vez que se encontraba con Edward. Era la primera vez que lo veía desde que él le había preguntado si Emmett era su hijo.
—¿Qué haces aquí? —le preguntó.
—He venido a ver el partido —le dijo él—. Toma, sujeta esto.
Edward le pasó un vaso grande de gaseosa y puso su tumbona junto a la de ella al borde de la cancha.
—No, en serio —le dijo Isabella—. ¿Por qué estás aquí?
—Porque —dijo él con una sonrisa cautivadora—. Hay alguien a quien quería
ver.
Durante un brevísimo instante, Isabella imaginó que iba a verla a ella, hasta que su mirada tropezó con Matt, calentándose para entrar en el campo. Por supuesto. Había ido a ver jugar a su sobrino.
—Toma —dijo, devolviéndole el vaso de gaseosa
—¿Quieres un trago? —le ofreció Edward.
—No gracias. No bebo gaseosa.
Edward se encogió de hombros y tomó un trago del vaso de plástico.
—A mi hermana tampoco le gusta el sabor.
—No es el sabor lo que no me gasta —dijo Isabella, echándose hacia atrás y estirando las largas piernas—, sino las calorías.
—No parece que tengas que preocuparte demasiado por ellas—dijo él.
—Sí, claro —se mofó ella—. Como si fuese una reina de la belleza.
Se había vestido con prisa y llevaba el cabello recogido dentro de una gorra de béisbol, un top que te dejaba el vientre al aire y unos pantalones cortos color caqui.
La mirada masculina recorrió lentamente su cuerpo escasamente vestido, haciendo que la piel te ardiera.
—Pues a mí me parece que estás preciosa.
Isabella hizo un esfuerzo para no cruzar los brazos sobré sus pechos.
—Te he echado de menos —dijo él suavemente—. Te hubiese llamado, pero...
—No tienes por qué darme explicaciones —dijo Isabella, moviéndose en la silla y lanzando una risilla.
—Bueno, aunque no me echases en falta —dijo Edward, que se había quedado mirándola un instante, perplejo—, yo sí que te he extrañado. De hecho, estaba pensando si Emmett y tú querríais venir conmigo a Kansas City esta noche. Quizá podríamos ir a cenar o ver una película.
—Lo siento, pero Emmett tiene una fiesta de cumpleaños y luego se quedará a dormir en casa de un amigo —dijo Isabella.
—¿Y tú?
Fue la expresión insegura de sus ojos y el hecho de que sí lo había echado en falta lo que evitó que Isabella mintiese y le dijese que tenía plan. Además, ¿qué tenía de malo que pasasen la velada juntos?
—Una película sería divertido —dijo—. ¿Puedo elegirla?
Bromearon sobre la elección de la película durante el resto del partido y de camino a llevar a Emmett a su fiesta de cumpleaños. No fue hasta que llegaron a Kansas City que cedió y la dejó elegir a ella, haciendo cómicos gestos de exasperación cuando ella eligió una «peli de chicas».
Pero después, cuando él quiso comer algo dulce, le dejó elegir el sitio. Él eligió una elegante heladería en un encantador edificio de Country Club Plaza.
—Creía que te encantaba el helado —dijo Edward, mirando su enorme copa de helado de chocolate con nata y nubes y comparándola con la bolita de vainilla que comía ella,
—Claro que me encanta —dijo Isabella, tomando una cucharadita—. Lo que pasa es que ahora tengo un poco más de cuidado que antes. Cuando estaba en el instituto me atiborraba de helado todas las noches. Ya no lo hago más.
—Siempre te gustó comer—dijo Edward.
—Entonces, la comida era mi forma de enfrentarme a la vida.
—Habrá sido duro —dijo Edward—, perder a tu madre cuando eras tan pequeña.
—Ni te lo imaginas —dijo Isabella, echándose hacia atrás y dejando la cucharilla.
—Recuerdo que me decías que la extrañabas mucho.
—Como yo era única hija, no era solo mi madre, lo era todo, también mi amiga. Cuando mi padre nos dejó, fue duro. Pero cuando mi madre murió... —se interrumpió Isabella para tragar el nudo de la garganta—, nunca me había sentido más sola.
—Tenías a tu abuela.
—Sí —dijo Isabella—. Y ella hizo lo que pudo, dadas las circunstancias.
—¿Circunstancias?
—Era una anciana que tendría que haber estado jugando al bridge en vez de criar a una adolescente. Ella quería que mi padre se involucrase más, pero él no estaba interesado en ello —dijo Isabella, desviando la vista y parpadeando—. Cuando mi madre murió, él ya tenía una segunda mujer y un bebé en camino. Así que mi abuela no tuvo más remedio que hacerse cargo de mí. Yo intentaba no molestar, estudiaba mucho, la ayudaba con la casa y... comía. La comida se convirtió en mi mejor amiga.
—Yo sabía que te resultaba duro, pero no que lo era tanto —dijo Edward, alargando la mano por encima de la mesa para tomar la de ella—. Siento que hayas tenido que vivir todo aquello.
Las lágrimas hicieron que los ojos le escocieran, pero ella inspiró.
—¿Qué es lo que dicen? ¿Que lo que no mata nos hace más fuertes? Edward le apretó la mano antes de soltársela.
—Me hubiese gustado acompañarte.
—Y lo hiciste —dijo Isabella, dándose cuenta de que era verdad—. Todas aquellas veladas en la hamaca del porche de mi abuela significaron mucho para mí.
—Lo dices por pura bondad. Me he dado cuenta de que como amigo no fui una maravilla.
—¿Por qué dices eso?
Edward bajó la vista, con una expresión seria en su atractivo rostro.
—Por ejemplo, sabía que extrañabas a tu madre, pero nunca se me ocurrió siquiera invitarte para que conocieses a la mía.
—Tu madre ya tenía una hija —dijo Isabella—. No necesitaba otra.
—Sin embargo...
—En serio, Edward —lo interrumpió Isabella—, ni pienses en ello.
—Lo siento —dijo él—. Lo siento mucho.
—Ya te he dicho que no importa.
—Sí que importa —dijo él—. Quiero compensarte por ello.
—¿Compensarme? —se extrañó ella—. ¿A qué te refieres?
—Quiero que me des otra oportunidad para demostrarte lo buen amigo que puedo ser —le dijo—. Empezaremos otra vez. Esta vez no te fallaré.
Isabella lo miró a los ojos y se preguntó si sería tan tonta de considerar su oferta.
¿Pero no merecía todo el mundo una segunda oportunidad? Además, ella estaría en guardia. No le volvería a hacer daño, porque esta vez ella no se lo permitiría.
.
.
.
—No sé por qué Edward no ha venido con nosotros —dijo Emmett por enésima vez—. A él también le gusta la montaña rusa.
Aunque Worlds of Fun había abierto solo por el día, el aparcamiento estaba lleno de coches. El sol brillaba y prometía ser un día hermoso. Isabella se detuvo en el hueco más próximo.
—Ya te lo he dicho —dijo Isabella, intentando hablar con calma y no prestar atención al tono quejumbroso de Emmett—. Este es nuestro día especial. Edward tiene su propia vida y nosotros tenemos la nuestra.
—Pero podría...
—Basta, Emmett. No quiero oír más del asunto.
Emmett la miró sorprendido y Isabella intentó calmarse. No era necesario que se pusiese tan nerviosa. Que hiciese una semana que Edward no la llamaba no era motivo para perder la paciencia con su hijo. Alice le había dicho que estaba de viaje, pero Isabella sabía con certeza que había vuelto el día anterior. Había visto su todoterreno aparcado frente al banco el viernes.
Pero no pensaría en ello. Iba a concentrarse en pasárselo bien con su hijo. Durante toda la semana había hecho el esfuerzo de que no se le acumulara la limpieza o la ropa y así poder dedicarle el sábado a Emmett. Se habían levantado temprano para poder disponer de ocho horas completas de diversión en el popular parque de Kansas City.
—Pasaremos un día genial —dijo, esbozando una radiante sonrisa con esfuerzo—. Hasta sería capaz de subirme a la montaña rusa, ¿qué te parece?
—Pero siempre vomitas —dijo Emmett—. Cuando fuimos a Six Flags, vomitaste encima de aquel hombre...
—Acababa de comer —dijo Isabella, cuyo estómago comenzaba a revolverse al recordar el episodio—. Y el algodón de azúcar y la montaña rusa nunca han sido una buena combinación.
Una hora más tarde se encontraban frente al formidable Orient Express. La tortuosa estructura daba más miedo todavía vista de cerca y los alaridos de la gente le dieron escalofríos a Isabella. Se le aceleró el pulso y gotas de sudor le brillaron en el labio superior.
—¡Hala! —exclamó Emmett—. Lo pasaremos de miedo. Vamos a ponernos en la fila.
—¿Estás seguro de que quieres esperar? —preguntó Isabella, haciendo todo lo posible por retrasar el momento fatídico—. La fila parece larguísima.
—Pero se mueve rápido —dijo una conocida voz masculina detrás de Isabella.
—¡Edward! —exclamó Emmett, sonriendo.
Isabella se dio vuelta lentamente, con el corazón golpeándola en el pecho.
—Qué sorpresa.
—Ya lo sé —dijo Edward riendo—. Quién iba a pensar que nos encontraríamos aquí.
Desde luego que Isabella no, o no se hubiese puesto una camiseta y un par de pantalones cortos de tela vaquera. Edward, que llevaba pantalones cortos de color caqui y un polo azul marino, parecía haber salido de las páginas de una revista de moda.
—Estás preciosa, como siempre —le dijo.
Con las prisas, Isabella apenas se había puesto maquillaje y se había atado el cabello en una coleta. ¿Preciosa? ¡Qué va!
—Edward, ¿estás seguro de querer montarte en eso? —preguntó Missy, acercándose con un zumo helado en una mano. Se detuvo en seco—. Hola, Isabella, qué sorpresa.
Isabella deseó que la tierra la tragase. A pesar del calor, Missy estaba hecha una rosa, con un traje de pantalones cortos color limón y sandalias de finas tiras. Llevaba el cabello oscuro, con su perfecto corte, suelto sobre los hombros.
—Missy. Qué gusto verte —dijo Isabella, superando su vergüenza. Recorrió con la vista la multitud—. ¿Y Kaela?
—Iba a venir con nosotros —dijo Missy—, pero anoche se descompuso. Mi hermana la está cuidando hoy.
¿Había dejado a su hija enferma?
Isabella se mordió la lengua. Aunque nunca había dejado a Emmett solo cuando se encontraba enfermo, había mucha gente que no pensaba igual.
—Ma siempre se queda conmigo cuando estoy enfermo —dijo Emmett—, ¿A que sí, mami?
—Bueno, yo...—titubeó Isabella.
—Una vez hasta tuvo que faltar a un examen importante —dijo Emmett—. Yo tenía mucha fiebre. Cuarenta y nueve.
A Edward le temblaron los labios.
—Querrás decir, cuarenta, cielo —dijo Isabella con cariño—. Estabas muy malito.
—Kaela no tenía fiebre —dijo Missy—. Bueno, quizá unas décimas. Pero eso es muy común cuando tienen otitis.
—Estoy segura de que está en buenas manos —dijo Isabella con sinceridad.
—Mi hermana la cuidará bien, es verdad —dijo Missy, y su rostro se relajó—. Sabía que lo comprenderías; como tú también tienes que apañártelas sola... Hace rato que Edward y yo habíamos planeado esta salida. No quería cancelarla.
—Pero era más para Kaela que para nosotros —dijo Edward—. Te dije que comprendería si te querías quedar en casa con ella.
—Pero no quería cancelar la cita —dijo Missy, colgándosele del brazo—. Estoy tan cansada de quedarme los fines de semana en casa sin hacer nada... Aunque no estoy segura de querer pasarlo montada en este monstruo —añadió, mirando hacia arriba y simulando un escalofrío.
—A mí me encanta la montaña rusa —dijo Emmett—. Es espantosa. Mamá me prometió que esta vez iría conmigo.
Edward le sonrió al mito antes de mirar a Isabella.
—Creía que no te gustaba.
—La odia —dijo Emmett sin darle oportunidad de abrir la boca—. La última vez le vomitó encima a un señor calvo que se puso tan furioso...
—Basta, Emmett —dijo Isabella, apoyándole la mano en el hombro. Edward sonrió.
—Si quiere, se puede montar conmigo —dijo, lanzándole una mirada de a Missy—. A menos que tú quieras ir.
—Cedo mi asiento con todo gusto —dijo Missy con una carcajada y un gesto de la mano—. Id vosotros dos. Isabella y yo nos sentaremos en la sombra de aquel árbol a descansar un rato.
—Que os divirtáis —les dijo Isabella. Emmett se iba parloteando con Edward y no le prestó atención.
Isabella y Missy intercambiaron sonrisas y se dirigieron al banco.
—¿Quieres? —preguntó Missy, alargándole el zumo.
—No, gracias —dijo Isabella, negando con la cabeza.
Durante la siguiente media hora, Isabella y Missy hablaron de todo y de todos, menos de Edward. Finalmente, Isabella no lo soportó más. Necesitaba saber qué había entre Edward y Missy, así que cuando Missy mencionó a Edward, Isabella aprovechó la oportunidad.
—¿Vais en serio? —dijo Isabella, esperando que su tono pareciese natural.
Missy no respondió inmediatamente. Tomó un sorbo de su bebida con la mirada perdida en la distancia. Finalmente, cuando Isabella había comenzado a preguntarse si Missy le respondería, habló.
—Estoy saliendo de un mal matrimonio, un matrimonio realmente malo —dijo, con la voz tensa—. Es demasiado pronto para pensar en una relación seria con nadie. Pero si alguna vez decido dar el gran paso nuevamente, creo que lo haría con alguien como Edward. Es el mejor. Pero estoy segura de que tú ya lo sabes.
Isabella sonrió. Sabía que la mayoría de la gente de Lynnwood estaría de acuerdo con Missy. Edward tenía fama de ser un empresario trabajador, un miembro activo de la comunidad y, tal como Missy había dicho, un hombre estupendo.
Quizá, si te daban la oportunidad, incluso sería un buen padre.
—¿Crees que la gente puede, cambiar? —preguntó abruptamente.
—¿En qué aspecto? —preguntó Missy, extrañada.
—Por ejemplo, si una persona es egoísta y egocéntrica de joven, ¿crees que una persona así puede cambiar? ¿O crees que esas características son parte de la personalidad básica de una persona?
—Creo que las personas pueden cambiar y lo hacen —dijo Missy y se quedó en silencio un rato—. Algunos mejoran, algunos empeoran. Con el transcurso del tiempo, la gente muestra realmente cómo es. Basta con que les des la cuerda para que se ahorquen solitos o se salven. Mira a mi ex marido, por ejemplo. Cuando estábamos de novios, tenía el carácter fuerte, pero con el paso de los años se convirtió en un ser realmente malo.
Mientras Missy seguía parloteando, Isabella pensaba en otra cosa.
Le había dado mucho que pensar. Quizá Edward no era el mismo egocéntrico que le había roto el corazón. Emmett lo adoraba. Pero antes de permitir que Edward participase más de la vida de su hijo, haría lo que Missy sugería y pasaría más tiempo con Edward. Lo conocería mejor, vería si realmente había cambiado. Después de todo, ¿qué podía perder?
