No money, no love-Uhuru-Chan

Había escrito otra mi*rda y estaba taaan aburrido el capítulo, que incluso yo misma me aburrí escribiéndolo (LOL) así que lo borré todo y volví a empezar C; Disculpen.

Ericka-Sama me obligó a escribir esto D; (Como siempre), me ha atosigando desde que terminé el capítulo anterior C; (Así que no me reclamen por las ideas salidas y convulsiones que salieron de su mente y sus papeles con mensajitos LOL Yo sólo inventé lo más marica casi al final) Además es un poco más largo, si les molesta…se joden (?)xD
PD: Esto estaba listo el miércoles, pero tuve problemas con cierto internet al cual le llega la regla y no se conecta ¬¬ è_é

Respondo al Guest: Naol

Uff, bueno si esperas un cambio para "bien" en Arthur o Alfred no te doy esperanzas (No puedo decir más), y con respecto a lo demás, advertí al inicio del primer capítulo que este fic tendría OoC, no me culpes chica (chico?¿?¿?¿?¿), si no te gusta el OoC no leas, porque la verdad para esta historia y lo que pensamos al crearla no nos servían los personajes exactamente iguales a los originales (Después de todo, esto es un fanfic por algo), además considera que no pueden ser iguales a los del manga porque no tienen la misma historia (AU, ahí va otra advertencia), intento no meter tanto OoC, pero es inevitable :v (Si esto fuese otro universo los hubiese dejado intactos) La idea de la historia de todos modos es provocar sentimientos, la rabia es uno de ellos :3 LEL (Arthur es un emo con baja autoestima a propósito, o si no la historia hubiese acabado por el tercer capítulo y hubiese mandado a la mi*rda a Alfred y fin.?) Lamento decepcionarte, en serio, me esfuerzo en escribir esta porquería, si no te agrada no pierdas el tiempo con este capítulo tampoco, gracias por el review (Que tú me has dejado un review y hay unos fantasmas que solo dieron follow y fav xD Siento sus presencias e-e), byebye!

-Espero que haya venido a leer la respuesta (?)- O si no pueden leerla los demás (?)-

Disclaimer: Todo Hetalia es de Himaruya.

Capítulo 8: Cautivo

Habían terminado de almorzar cuando oyeron la puerta ser golpeada tranquilamente, Arthur se levantó ansioso y se dirigió hacia la puerta, Francis se quedó sobre el sofá, mirando la puerta con el rabillo del ojo.

Cuando el británico abrió la puerta, Alfred apareció como él mismo había anticipado, se miraron y el americano se abalanzó sobre Arthur para abrazarlo cariñosamente, él se alejó después de darse cuenta de que estaba siendo abrazado, pero sonrió de todos modos, se separaron y el dueño de casa cerró la puerta.

Alfred reparó de inmediato en la presencia de Francis, lo miró con desprecio, avanzó hasta quedar al pie de las escaleras y se volteó. Arthur miró a ambos hombres, el francés no saludó al americano, y el último tampoco lo hizo, Kirkland suspiró, en vez de mejorar su relación, la empeoraban. Se quedaron un rato en silencio, nadie sabía que decir. Alfred se removió incómodo, no se sentía bien como para esperar a que alguien hiciese algo.

-¿Puedo usar el baño?- Jones sintió otro molesto retorcijón.

-Claro.

El menor se marchó hacia el baño. Francis volteó sobre el respaldo del sofá para mirar a Arthur.

-No necesitan quedarse callados porque estoy aquí.

-No es eso, simplemente no se me ocurrió qué decir-Explicó, con sinceridad.

-Estuviste quejándote toda la semana porque no sabías como se encontraba el yankee, y ahora que está aquí ¿No le dirás nada?

-Cuando vuelva-Respondió frunciendo el ceño, Francis se había comportado de maravillas durante toda la mañana y había cambiado su actitud después de que Alfred lo llamó.

El francés bufó, se puso de pie y se cruzó de brazos, Arthur lo miró con una ceja alzada, pero no le dijo nada.

Alfred salió del baño, se sentía algo mareado, había vomitado en el camino y se había quedado con el estómago vacío nuevamente, caminó hacia la sala de estar y se sentó sobre una de las sillas, aferrándose a su abdomen.

-¿Te ocurre algo?-Preguntó Arthur, notando lo pálido que estaba el menor.

-No me siento muy bien.

Arthur miró de reojo a Francis, no podían hablar sobre drogas frente a él, volvió su mirada al americano y le sonrió.

-Ya te sentirás mejor-Aseguró-¿Te duele la barriga?

-Si, además siento asco.

-Te traeré medicina.

El británico fue hacia el baño del segundo piso en busca del botiquín, los dos hombres que quedaron en la primera planta se mantuvieron en silencio, mirándose indiferentes, hasta que Francis se acercó al americano, quedándose de pie frente a la silla donde estaba sentado, lo miró con enojo y entonces rompió el silencio.

-¿Volviste para aprovecharte de Arthur?

-No me jodas-Contestó Alfred, mirándole con expresión peligrosa, y respirando con trabajo por la nariz para evitar vomitar.

-No sé qué se traen ustedes dos con sus secretos, pero no me hace falta saberlo para notar que eres un sinvergüenza-Espetó Francis, mirándolo con odio.

Alfred frunció el entrecejo, iba a contestarle, pero sólo logró abrir la boca, hacer una arcada y vomitar sobre el francés. Arthur llegó al oír gritar a Francis, quiso reír al darse cuenta de lo que había ocurrido, pero no lo hizo porque su amigo traía cara de querer asesinar a alguien. Francis contempló asqueado su nada barata ropa arruinada, después miró horrorizado a Alfred, quien parecía querer volver a vomitar, se alejó varios pasos y lo señaló.

-¡Maldito puerco!, ¡Lo has hecho a propósito!

-¡Francis!, ¿Qué no ves que está enfermo?-Le regañó Arthur, sujetando a Alfred para que se pusiera de pie.

-¡Que puto asco!-Gritó Francis, asqueado, sacándose su chaqueta y su camisa negra-¿Qué se supone que haré ahora?

-Espera-Le dijo Arthur, haciendo beber agua a Alfred-¿Te sientes mejor?

-No…-Gimoteó el americano, ajeno a los gritos del francés.

-Tomate esta pastilla por mientras-Le entregó la pastilla al menor y fue al encuentro con Francis, quien ya se encontraba en boxers con expresión asesina, el vómito había manchado desde su barriga hasta la parte superior de sus pantalones.

-Lo hizo a propósito-Señaló Francis, cruzándose de brazos.

-Habrá sido porque lo estabas molestando-Respondió Arthur, deduciendo que habían pelado.

-¡Es que me enferma!, ¿Qué no lo ves?-Gritó expandiendo sus brazos y señalando al americano, él no se dio por aludido, había enjuagado su boca y tragado la pastilla, y en ese momento se encontraba sobre la silla otra vez. Arthur miró de reojo a Alfred, ¿A qué se refería la pregunta de Francis?

-No sé de qué hablas, pero quédate aquí.

Kirkland se dio media vuelta y marchó nuevamente escaleras arriba en busca de ropa para Francis, el último se quedó en la sala de estar fulminando con la mirada a Alfred, pero él no parecía tener ganas de pelear, tenía el rostro contraído en una expresión de dolor con los ojos casi cerrados, mientras se agarraba la barriga y la sobaba a intervalos.

Arthur volvió con un traje parecido al del francés, tenían suerte de medir lo mismo y tener una contextura parecida, le entregó su ropa y cogió la ropa manchada con fluidos, la llevó al baño y la dejó sobre la lavadora.

-Te lo entregaré cuando lo limpie-Informó llegando de vuelta.

-Como sea-Contestó Francis de mal humor, poniéndose la ropa con rapidez.

Arthur limpió el piso con un trapeador, Francis se le quedó mirando una vez que terminó de vestirse, lo sujetó del brazo con firmeza y le miró a los ojos.

-Este tipo…-Comenzó a susurrar, pero fue interrumpido.

-Francis, no empieces.

-…Te hará daño, ¿En serio no entiendes?-Continuó, mirando de reojo a Alfred, asegurándose de que no lo oyera.

-¿De qué rayos hablas?, ¿Estás paranoico?-Preguntó Arthur, mirándole con extrañeza.

-Te está utilizando, ¿No es así?- Afirmó.

-¡Claro que no!-Negó Arthur en un susurro.

-Apostaría a que le has comprado todo lo que tiene y que sólo ha vuelto ahora porque necesita que lo mantengas-Aseveró, seguro de que estaba en lo cierto, Arthur usaba todo su tiempo y dinero en aquel muchacho, aunque intentara disimularlo.

-Yo…no es así-Arthur se soltó del agarre que mantenía con el francés, estaba algo sorprendido por lo que su amigo era capaz de inventar por celos -Déjate de hablar tonterías.

-Eres jodidamente necio, pero te vas a dar cuenta Arthur-Suspiró y se acercó a la puerta, levantando la voz- Tú sabes que es cierto…

-¿Ya te ibas?-Preguntó Arthur, molesto, dejando el trapero de lado-Porque no me interesa oír tus berrinches ahora.

Francis emitió una risa desganada, le miró con lástima y se largó.

-¿Y eso por qué?-Cuestionó Alfred, confundido por la repentina pelea entre los europeos.

Arthur miró a Alfred, negó con la cabeza y le explicó que Francis estaba algo mal de la cabeza, después se lo llevó al segundo piso, le hizo ponerse el pijama y le entregó una pastilla para dormir, era de las fuertes, él mismo solía usarlas un par de años atrás, supuso que aquellas servirían para hacer descansar al americano del dolor provocado por la abstinencia.

Arthur esperó pacientemente a que el menor despertase durante la tarde, pero al parecer la pastilla había funcionado bien, y al final se fue a dormir, sin embargo, la conversación que tenían pendiente no iba pasar más allá del día siguiente, incluso si eso significaba que faltase al trabajo.

Alfred durmió bien, no despertó en toda la noche, pero cuando llegó la mañana todo el dolor y las molestias volvieron de súbito, se levantó algo mareado y fue a la habitación de Arthur, abrió bruscamente y se encontró con el mayor sentado con la computadora sobre sus piernas.

-¿Volvieron?-Preguntó Kirkland, haciendo alusión a los malestares. Alfred asintió y se dejó caer sobre la cama del mayor. Arthur suspiró, tendría que hacerlo de todos modos-¿Tanto necesitas meterte eso?

-Tú no sabes…como duele-Contestó aferrándose a su estómago con rictus amargo.

-Iré a traerte un poco, pero escúchame bien-Le sujetó el rostro para que le mirara. Alfred mostró sus azules ojos y se esforzó en no dejar caer sus parpados-Será la última vez, prométeme que después de esto te vas a tratar.

-¿Tratarme?

-Estuve investigando, ya que no quieres ir a una clínica-Explicó rápido, antes de que el menor protestara-La verdad sería mucho mejor que fueses a una clínica, pero sé que no me harás caso…-Alfred no dijo nada, estaba más concentrado en intentar apaciguar el dolor de sus músculos abdominales-Te ayudaré para que lo dejes, sé que puedes lograrlo.

-Arthur…

-Y si no lo logras ahora, no importa, vamos a seguir intentándolo, ¿Si?-Habló esperanzado, acariciando fugazmente con su pulgar la mejilla que sostenía con su mano.

-No servirá de nada.

-Promételo Alfred, promete que lo intentaremos.

Alfred miró al mayor a los ojos, ¿Era la única manera de obtener un alivio rápido?, entonces no le importaba lo que tuviese que prometerle, asintió lentamente con la cabeza, Arthur le sonrió y cerró su computadora, se puso de pie y comenzó a vestirse. Había pedido el día libre con la excusa de que tenía cosas que hacer, de todos modos le debían días, en julio no había tomado sus vacaciones de verano.

-Me duele…-Se quejó Alfred, enrollándose sobre sí mismo encima de la cama.

-Ya vuelvo, espérame aquí, sé fuerte, ¿Si?

Arthur le acarició el cabello y se marchó apresurado hacia su auto, intentó no quedarse atascado mucho rato en el tráfico, pero a esa hora de la mañana aún había muchos automovilistas intentando llegar a su trabajo. Se sentía nervioso, le pediría ayuda a Francis también, no conocía a nadie más de confianza, tendría que contarle sobre el estado de Alfred, y de seguro se enojaría con él, pero no le quedaba otra opción, no podría lograrlo él solo.

Primero se aseguró de comprar tres dosis pequeñas, nada más, él se las daría, no era bueno que Alfred se inyectara lo que quisiera. Habló con Antonio sólo para saber si había visto a Alfred durante esa semana, él le contó que había pasado por ahí un par de veces, pero que no se había quedado más de diez minutos, Arthur asintió y se marchó después de obtener las pequeñas bolsas, echó a andar su auto nuevamente, se estacionó fuera del edificio donde trabajaba, frunció los labios y miró hacia otro lugar, no sabía cómo abordaría el tema, y si lo pensaba un poco, la idea de pedir ayuda a Francis no tenía ni pies ni cabeza, estaba siendo egoísta, no debería darle problemas a su amigo, negó con su cabeza y encendió el auto nuevamente, debía dejar de perder el tiempo, Alfred se sentía mal.

Llegó apresurado a casa, había tardado demasiado, esperaba que el menor no estuviese muy mal, había pasado a una farmacia en el camino para abastecerse de algunas cosas que pensaba le serían necesarias. Entró a su hogar y subió raudo hacia su habitación, buscó al menor con la mirada, pero no estaba donde lo había dejado, escuchó la cadena del baño ser jalada, se acercó y golpeó la puerta.

-¿Estás bien?

-Ya salgo.

-¿Qué te pasa?

-Nada.

Alfred se sonrojó avergonzado, estaba seguro de que no podía salir nada más de sus tripas, pero seguía sintiendo retorcijones, sentirse así era patético, más si ahora tenía a Arthur oyendo desde el otro lado de la puerta.

-¿Lo trajiste?

-Sí.

-Ya salgo-Repitió, subiéndose los pantalones con ansiedad.

Arthur aprovechó de esconder dos de las tres pequeñas bolsas en su velador, ese que mantenía cerrado con llave, lo aseguró y sacó una jeringa de la bolsa plástica. Alfred salió del baño, seguía sintiendo sus mejillas acaloradas, le arrebató la jeringa al británico y le pidió la bolsa con el polvo marrón, él se lo entregó de mala gana, lo obligó a sentarse, parecía que Alfred iba a inyectarse así sin más.

-Puedo hacerlo solo-Afirmó mirándole con angustia.

-Toma-Le entregó su encendedor y bajó en busca de una cuchara, volvió con ella y prefirió no seguir viendo como el menor terminaba el proceso. Se dirigió al balcón y encendió un cigarrillo con otro de sus encendedores, tenía varios a mano, solía perderlos.

-Ahh…nngh.

Arthur oyó el placentero gemido de alivio y placer del menor, dio una calada nerviosa a su cigarrillo alejando los imprudentes pensamientos que allanaron su mente, aquello había sonado muy bien en la voz del americano.

-Artie…estoy en el cielo, dude-Comentó con voz pastosa y alegre, largándose a reír a continuación, se sentía tan bien.

Kirkland apagó su cigarrillo un par de minutos después, cuando ya estaba casi terminado, se adentró a la habitación, el muchacho estaba sonriendo con sus ojos entreabiertos y respirando lentamente, la jeringa aún descansaba en su mano, Arthur se la quitó con cuidado y le puso la tapa, después de tirarla a la basura volvió para hablar con el menor.

-Aprovecha de comer y beber algo ahora que te sientes bien.

-No necesito nada, dude.

-¡Pero si has expulsado toda el agua y comida que tenías entre el vómito y la diarrea!-Le regañó, intentando levantarlo.

-No me pasara nada-Dijo alejándolo con cuidado-No te preocupes Artie.

-Te traeré algo de todos modos.

-Bueno-Aceptó sin más, acariciando su mano. Arthur se sonrojó y se fue hacia la primera planta, ojalá el americano fuese así de agradable siempre y sin la necesidad de estar drogado.

Alfred comió con lentitud y bebió varios vasos de agua, estaba deshidratado, pero según él tenía sed porque tenía calor. Arthur mientras tanto se dedicó a quitar los muebles de la habitación de Alfred, iba a hacer que dejase de inyectarse, no iba a correr el riesgo de que le ocurriese algo al golpearse con los muebles mientras estuviese en abstinencia, metió los pocos muebles en su propia habitación, se veía desordenado, miró a Alfred, había acabado de comer y estaba a gusto metido entre las sábanas, en cierta forma le recordó a un gato.

-Alfred, cuando despiertes hablaremos sobre lo que prometimos.

-Umm…

El americano asintió y continuó dormitando. Arthur volvió a la habitación, hizo un pequeño agujero casi rozando el techo, instaló una cámara web que apuntaba hacia adentro y la conectó a su computadora, la cual dejó sobre el mueble del pasillo, no iba a arriesgarse a dejarlo solo ahí adentro. Una vez terminado su trabajo se fue al garaje en busca de tres cubetas grandes, volvió con ellas a la habitación y las dejó dentro, suspiró y sacó su celular, tendría una charla larga con su jefe.

Alfred despertó cuando ya había anochecido, se removió en la cómoda cama de Arthur y se puso de pie con pereza, necesitaba ir al baño, al parecer su estómago aún no estaba del todo bien, se detuvo a medio camino, estaba oscuro y no traía sus gafas, pero estaba seguro de que cuando había llegado no estaban aquellos muebles en la habitación, levantó una de sus rubias cejas con extrañeza y encendió la luz, pudo distinguir los que eran los muebles que solían estar en su habitación, se rascó la cabeza confundido y se dirigió al baño, salió y fue en busca de Arthur, primero se asomó en su habitación, sólo quedaba la cama y unos baldes, bajó hacia la primera planta casi a tientas, la casa estaba a oscuras.

-¿Arthur?-Escuchó un ruido y sintió un poco de paranoia, tragó saliva con dificultad y se adentró a la cocina, encendió la luz y gritó asustado al oír caer un par de ollas, pero se calmó al oír los maullidos de un gato inmediatamente después de ello, seguido de una mancha blanca huyendo a toda velocidad por la ventana. Alfred se arregló el cabello y suspiró, no era que tuviese miedo, él no sentía ese tipo de cosas, rió nervioso y levantó las ollas del piso, al voltearse casi le dio un infarto, emitió un grito horrorizado y cayó al piso.

-¿Qué te pasa?-Preguntó Arthur, acababa de entrar, había ido a comprar una sopa en sobre para prepararle al menor.

-¿Me quieres matar?-Gritó Alfred desafinando por el susto, jadeó y se levantó del piso, sin sus gafas y distraído con las ollas y el gato no se dio cuenta de cuando había entrado Arthur, simplemente volteó y creyó que había aparecido un fantasma o algo por el estilo.

-Sólo fui a comprar-Explicó aún sin entender por qué el otro tenía miedo.

-Ya…-Alfred se sonrojó avergonzado por haber sido capturado in fraganti siendo un cobarde, aunque lo olvidó al ver nuevamente al británico-¿Por qué sacaste los muebles de mi habitación?

-Sobre eso quería que habláramos.

-Te escucho.

-Vas a estar en tu habitación durante unos días-Reveló Arthur, dejando la sopa sobre el lavaplatos.

-¿Eh?

-Lo que acordamos para que dejes de consumir.

-¿Me vas a encerrar?, ¿Estás loco, dude?-Preguntó desconcertado, acercándose al británico.

-Yo voy a cuidarte, no te preocupes, estaré contigo-Intentó tranquilizarle sobando uno de sus brazos.

-¡Es incluso peor que una maldita clínica!

-Lo prometiste…

-Pero no sabía qué coño era lo que querías hacer, viejo.

-Sólo intentémoslo, por favor, no te rindas antes de intentarlo.

Arthur dejó el brazo de Alfred y le miró atento a los ojos, el estadounidense se quedó en silencio, ¿En serio pensaba hacer tal cosa?, si aceptaba era prácticamente suicidio, gruñó y desvió la mirada, no le quedaban más opciones.

-Si ya lo prometí…

-¡Vas a ver que saldrá todo bien!-Comentó el inglés con optimismo, sonriéndole dulcemente.

Luego de esa conversación Alfred se mantuvo silencioso, no quería someterse a la idea del británico, estaba seguro de que no iba a funcionar, suspiró hastiado y terminó su sopa, después Arthur le obligó a bañarse, su cabello estaba grasoso y su cuerpo estaba igual de sucio, dado que en el departamento donde había pasado la pasada semana no había agua.

Al terminar de bañarse salió con una interrogante en su cabeza, se acercó al inglés, ya iban a acostarse para dormir.

-¿Cómo se supone que me cuidaras?

-Igual que siempre-Le miró con sus verdes ojos y comprendió la confusión del menor-¿Te refieres a mi trabajo?

-¿A qué más?

-Pedí mis vacaciones, le hablé a mi jefe, le dije que tenía un asunto personal urgente que tratar, al principio creí que me echaría o algo así, pero al final cedió.

-¿Vas a estar todo el día pendiente de lo que hago?-Preguntó no muy convencido con la idea.

-¡Claro que no!-Exclamó sonrojándose ante la idea de estar todo el día pegado al americano como un acosador-Sólo por si me necesitas.

Alfred asintió sin creerle y se marchó a dormir, o a intentar hacerlo, últimamente no podía dormir sin la ayuda de algún medicamento o heroína directamente.

-Vas a ver con otros ojos cuando estés limpio-Le dijo Arthur antes de irse a dormir, sonriéndole levemente.

-¿Con otros ojos?-Preguntó desinteresado el menor.

-Sí, ya vas a darte cuenta, entonces volveremos a salir a la playa o iremos a algún otro lugar, lo prometo-Se le acercó para besarlo en la mejilla y se metió a su habitación-Buenas noches.

Alfred cerró la puerta de su habitación sin contestar. Arthur se metió a su cama y comenzó a pensar en lo que empezaría a hacer desde el día siguiente, no iba a ser fácil controlar al americano, pero confiaba en que podría lograrlo, lo tenía todo planeado en su mente, primero comenzaría dándole dosis más pequeñas de heroína, después le dejaría dentro de su habitación, o de otro modo estaba seguro de que el menor le manipularía y él cedería por lástima, o finalmente él volvería a irse.

Al día siguiente hizo lo que se había propuesto, le entregó al menor la mitad de la bolsa, que era más o menos la mitad de una cuchara, Alfred le miró enojado, pero no rechazó el contenido que le estaba ofreciendo, era eso o nada, pasaron un día normal, y en la noche Arthur le encerró con llave, por supuesto que previamente le había explicado al menor que iba a hacerlo, él no se negó, así que el británico continuó con su plan. El día que siguió a ese Alfred despertó agitado, se calmó al recibir la otra mitad del contenido de la bolsa, con eso sólo restaba una bolsa, el menor estuvo todo el día malhumorado y a ratos parecía deprimido, pero Arthur no cedió a darle más heroína. Los otros días que siguieron fueron más o menos iguales, con la excepción de que el humor del americano cambiaba continuamente, casi no hablaba y se quedaba encerrado en su habitación por cuenta propia para no hablar con el inglés, y cuando se acabó el polvo marrón fue cuando Arthur comenzó a supervisarlo más seguido, el primer día el menor estaba nervioso, se rascaba constantemente y le pedía dos o tres cigarrillos en la misma hora, Arthur no se los negaba, supuso que debería reemplazar un mal con otro, sabía que era prácticamente normal de la gente que comenzaba a dejar algo que le era adictivo, pero no pasaba nada más grave, en cambio los siguientes tres días que siguieron a ese fueron un infierno para Alfred, estaba encerrado en su habitación por cortesía de Arthur, no le iba a dejar suelto para que se marchara a la primera oportunidad. Alfred se quejaba a gritos sobre lo adolorido que estaba, vomitaba constantemente y le pedía salir para ir al baño, pero no podía ni pensar en huir, había comenzado a sufrir fuertes calambres en todas partes, así que era fácil para Arthur el guiarlo y vigilarlo en ese sentido, en el sentido sentimental era un infierno de igual modo para el británico, le dolía y se sentía mal él también al saber que el menor sufría, por las noches cuando él lograba dormir le oía llorar entre sueños o balbucear contra alguien, le había preguntado, él dijo que eran pesadillas, tenía unas ojeras marcadas y su piel estaba pálida, bebía agua cada vez que Arthur se lo ordenaba, no quería que se deshidratara. A veces no comía, no porque no quisiera, sino porque lo vomitaba todo al rato después, la solución a ello fueron los paquetes de suero que había comprado con anterioridad el británico, le daba a beber aquel líquido para que recuperara parte de lo que había perdido. Al día siguiente Alfred jadeaba todo el tiempo, cambiaba súbitamente su temperatura corporal del frío al calor, lo que le hacía sufrir escalofríos, respiraba forzado y apenas podía levantarse. Cuando Arthur entraba para ver cómo estaba él le rogaba, le pedía que le dejara ir, a veces entre lágrimas y otras veces era más violento, el británico se negaba obviamente y Alfred enfurecía y comenzaba a golpear la puerta para intentar salir, había ganado gracias a ello más de un moretón, de todos modos al final se cansaba, su cuerpo no estaba en buenas condiciones, se dejaba caer al piso y comenzaba a llorar como un niño mientras llamaba a Arthur incontables veces, rompiéndole el corazón, de verdad estaba sufriendo.

Cierto día de la semana, mientras estaba fuera de sí, lanzó lejos sus gafas y las pisó hasta hacerlas trizas, rato después cuando entró Arthur observó el objeto sobre el piso, negó con la cabeza, miró a Alfred, había logrado quedarse dormido echado en el piso, sus ojos estaban hinchados, Arthur le cubrió con una sábana y se llevó los baldes para lavarlos, cuando volvió él había despertado, pero no tuvo fuerzas ni para intentar rogarle.

Después de aquello siguió empeorando. El británico estaba oyendo las peticiones de Alfred desde el otro lado de la puerta, le había llamado a gritos durante la tarde, justo después de haber almorzado.

-¡Tienes que dejarme ir!, ¿Entiendes?

-Vamos, no digas eso.

-¡Necesito parar esto!, ¡Voy a morir!

-No vas a morir, cálmate.

-¡Déjame salir!-Demandó golpeando la puerta con violencia.

-Tienes que ser fuerte, lo prometimos.

-¡No puedo!, ¡Entiende!-Continuó golpeando la puerta mientras gritaba.

-Ya va a pasar…

-Entonces… ¡Entonces dame algo para el dolor!, ¡Ya no lo soporto!

-Debes sacar las toxinas de tu cuerpo Alfred, no meter más cosas en él.

-¡Eres un maldito bastardo!, lo estás disfrutando, ¿Verdad?

El americano comenzó a embestir la puerta con su cuerpo, Arthur se mordió los labios, miró a través del computador, se estaba golpeando con fuerza contra la madera, tenía una expresión descolocada.

-¡ME LAS VAS A PAGAR!, ¿OÍSTE?-Amenazó en un alarido, pateando la puerta con fuerza-¡ESTO NO SE QUEDARÁ ASÍ!

Arthur observó como el menor seguía golpeando en vano la puerta, y al final caía sobre sus rodillas bruscamente, se preocupó, había comenzado a llorar nuevamente, y su cara mostraba una expresión de pánico, comenzó a susurrar cosas que Arthur no pudo oír.

-Ayuda… viene…

-¿Alfred?

-Matthew…ayúdame.

-Oye, contéstame.

-Viene… está enojado conmigo…por favor, dile que no hice nada malo.

-¿De qué hablas, Alfred?

Podía ver claramente a Matthew escondido detrás de un mueble, estaba temblando asustado y tenía uno de sus ojos violetas magullado, él en cambio se había caído y se había doblado su pie izquierdo, no podía seguir huyendo ni esconderse.

-¡Matt!, ¡Por favor!-Rogó llorando amargamente. Arthur pudo ver que había comenzado a gatear lentamente, como si le costase moverse, le hablaba al vacío-¡Me matará!, ¡Si me pilla me matará!, ¡Ayúdame!

-Alfred, cálmate-Kirkland intentó traerlo al mundo real, pero él no le escuchaba-Aquí estoy.

Era demasiado tarde, había entrado, miró a Matthew una última vez, pero él desvió la mirada, tenía miedo, estaba llorando en silencio, sabía lo que le harían a su hermano. El hombre rubio y fornido miró con desprecio al pequeño Alfred, le agarró violentamente del cabello y le hizo levantarse, Alfred gritó, le pidió perdón entre lágrimas, había robado un pequeño caramelo de fresa de la tienda cercana a su casa, ni siquiera era para él, era para Matthew, lo habían castigado por levantarse tarde y no le habían dado almuerzo, pero la dueña del lugar le había visto, le gritó que era un ladrón, que gente como él no debería existir, y después fue a acusarlo con sus padre, simplemente por un pequeño caramelo.

-¿No te cansas de darme problemas, pequeño bastardo?-Le preguntó el mayor, acercando sus rostros, haciendo llegar a la nariz del menor su aliento alcoholizado.

-Perdón-Murmuró intentando dejar de llorar, a él no le gustaba verlo llorar-¡No volveré a hacerlo!

-¡No me jodas, pendejo!-Exclamó, dándole una brutal bofetada, haciéndolo caer al piso.

-¡Papito!, ¡Es verdad!, ¡Lo prometo!-Gimoteó Alfred, secándose las lágrimas e hipando en el piso.

-¡Cálmate, no te haré nada! –Arthur no entendía qué hablaba Alfred, había entrado a la habitación y él estaba mirando hacia la pared, gimoteando como un niño, sin percatarse de la presencia del inglés.

-¿Encima de ladrón saliste maricón?, ¡Deja de llorar!

Su madre había llegado también, observaba de pie en el umbral de la puerta, como siempre no hacía nada.

-¿Dónde lo tienes?-Interrogó el hombre, tironeándole del brazo para ponerlo de pie, le revisó los bolsillos, pero no encontró nada-¿Dónde lo dejaste?

Alfred no entendía, estaba asustado, miró a su madre en busca de ayuda, ella mantenía una expresión seria, pero no le miraba a él, estaba mirando a su padre.

-¿Qué…qué cosa, papito?

-"¿Qué cosa papito?"-Repitió en tono de burla el hombre, zamarreándolo sin paciencia-¡El puto dulce!, ¿Qué no ves que esa puta vieja de mierda está afuera esperando?

-Ah…

Alfred miró de reojo a Matthew, él se lo había comido, después de todo para eso lo había sacado. Tragó saliva con dificultad y enfrentó los azules ojos idénticos a los suyos.

-No lo teng…

No alcanzó a terminar de hablar y su padre le había abofeteado nuevamente.

-Alfred…escúchame-Arthur había abrazado al menor por la espalda y había comenzado a susurrarle al oído-¿Me escuchas?

-¿Ah?-Él le miró confundido, estaba hipando mientras seguían cayendo lágrimas de sus azules ojos a través de sus sonrojadas mejillas.

-Tranquilo, no pasa nada-Dijo acariciándole el cabello y limpiando sus lágrimas.

-¿Arthur?-Preguntó jadeando, mirándole atónito.

-Sí, soy yo.

-Arthur…

Alfred dejó caer su cabeza sobre el hombro del mayor y suspiró, se estaba volviendo loco, lo que faltaba. Arthur le abrazó nuevamente, acariciándole las manos suavemente, el americano estaba calmando su respiración, cerró sus ojos, no iba a explicarle aquello al británico.

-¿Estás mejor?

-Si…

-Acuéstate un rato, ¿Si?

-Bien.

Después de aquello el menor no volvió a levantarse en todo el día, Arthur le miraba preocupado desde la computadora, sabía que no estaba durmiendo, a ratos se volteaba en la cama o se enrollaba sobre sí mismo. Aquella noche él tampoco pudo dormir bien, toda esa situación en la que estaba metido le estaba pasando la cuenta también.

Al día siguiente Arthur se levantó tarde gracias a su mal dormir, apenas se puso en pie fue a espiar al americano, parecía dormido, observó su rostro sereno y recordó que debía conseguirle un par de gafas nuevas, iría en ese mismo instante, no tardaría más de quince minutos en ir al centro y uno cinco o diez minutos en volver, se vistió con lo primero que encontró y salió silencioso de su hogar, encendió el auto, lo sacó del garaje y condujo veloz hacia la primera óptica que encontrase abierta.

Alfred abrió un ojo, después el otro, odiaba al puto sol que se filtraba por la ventana, corrió la cortina y vio el automóvil del británico alejándose, suspiró tranquilo y se puso de pie, se vistió con la ropa que había usado el día anterior, no tenía más ropa ahí adentro, Arthur le entregaba un cambio de ropa cuando le traía el almuerzo. No iba a aguantar más, aquello era una estupidez, una tortura que no estaba dispuesto a mantener, no era un masoquista. Sacó el colchón con esfuerzo y lo dejó apoyado contra la pared, después pateó los palos que apoyaban al colchón y desclavó un par, lo tomó con decisión y miró fríamente la puerta, golpeó brutalmente el pomo dorado y redondo hasta sacarlo completamente, Arthur se había asegurado de poner pestillos y encerrarlo con llave, no tuvo idea de cómo lo hizo, a ese tipo le hacía falta una novia para distraerse y dejar de hacer el papel de santo.

Alfred intentó abrir la puerta con calma, pero seguían los pestillos en el otro lado, sonrió saboreando su libertad, embistió la puerta dos veces y esta cedió finalmente, tirando los pestillos y el pomo roto al piso. El americano se tambaleó y caminó apenas a través del pasillo, tomó la computadora de Arthur, eso bastaría, la apagó, entró a la habitación de Arthur y agarró el primer bolso que encontró, metió el aparato, aprovechó de buscar su chaqueta de bombardero y de ponérsela, cojeó después hacia las escaleras, aún persistían los calambres, chocó con las paredes en el camino, iba bajando cuando el esfuerzo le hizo vomitar en los peldaños, jadeó y siguió bajando apresurado, llegó al final de las escaleras y se cayó con fuerza de rodillas, se quejó y se levantó, salió del hogar dejando la puerta abierta y corrió torpemente hacia la parada de buses, no podía ver bien sin sus gafas, pero no le importó, sólo quería huir en busca de alivio, su desgastado cuerpo y su frágil mente ya no lo soportaban.

Arthur regresó con una cita para el oculista de la óptica, no sabía ni tenía la receta de cuantas dioptrías tenía Alfred, así que había aceptado aquella hora.

Se paró frente a la puerta de su casa paralizado, eso no era bueno, ¿Había entrado alguien o había salido Alfred?, entró con cuidado y miró hacia todos lados, no parecía haber nadie, subió las escaleras evitando el vómito, eso no indicaba nada bueno, llegó al pasillo y encontró la puerta casi destrozada, asomó su rostro por la habitación, y vio los palos de la cama.

Arthur arrugó el papel que traía en la mano con enojo, ¿Qué tenía ese mocoso en la cabeza?, ¡Habían retrocedido todo ahora!, pateó la golpeada puerta con frustración y gritó un insulto al aire. Lo había cagado todo.


Meh, en el próximo capitulo ya se pondrán más gays (?), no os preocupéis (A menos que cierta dama cofcofErickacofcof me haga escribir más relleno è-e)

Bye bye! -Se va con su cochina gripe-