Disclamer: los personajes son de la fantástica Stephenie Meyer y la historia es completamente mía.
Capítulo 7
Llegó a casa de Alice sin avisar y la hicieron pasar. Ella agradeció y caminó por el pasillo lateral hacia el patio interno. Su amiga tomaba una limonada al aire libre. Estaba tan cansada de fingir luto que terminaría por revelarse en cualquier momento. Llevaba la cuenta de los días como cuenta gotas.
-¡Bella!- la saludó con efusividad, como siempre hacía- ¿Qué te trae por aquí?- evidentemente sorprendida. Apenas habría reconocido a Bella si no la hubieran informado. El vestido que llevaba jamás se le habría ocurrido usarlo pero en ella estaba fantástico.
-Faltan dos semanas para que dejes esos atuendos oscuros y aburridos- ahora llevaba uno azul marino muy oscuro, casi negro. Ya hasta se la veía demasiado triste y pálida- Y mientras tanto…- le extendió una carpeta. Alice la abrió y se sorprendió.
-¿Quieres que te diseñe los vestidos?- enarcó una ceja.
-¿Conoces a alguien mejor? Luego estarás muy ocupada con tu vida social y…- Alice gritó de alegría.
-¡Encantada! ¡Me pasaría horas haciéndolo! Te van a encantar.
-Estoy segura de eso.
Apreciaba el tiempo de calidad con su amiga. Pasaron dos horas planeándolo todo y Alice se quedó impactada cuando le dijo que ya tenía el vestido para su fiesta. Aunque planteó la posibilidad de hacer una fiesta en su propio hogar, prefirió que Alice la hiciera en su casa y la presentara como invitada de honor y le diera la bienvenida, luego de eso las cartas le lloverían. Donde vivía una bella dama, las cartas llovían a diario.
Alice tenía una cita con en el modista y Bella se retiró más tarde. Estaba exhausta y comenzaba dolerle la cabeza. Necesitaba dormir. Ansiaba llegar a casa…
-Distraída de nuevo- se quejó cuando lo llevó por delante tras doblar la esquina. Ella rió y en un rápido movimiento la apoyó contra la pared. -indecoroso. Bella con un aire juguetón lo miró expectante y Edward empequeñeció los ojos- No me provoques…
-Pienso jugar con mis cartas- susurró y su aliento lo envolvió como un remolino.
-Tengo un juego armado- estaba tan cerca que le dolía no poder besarla. Se alejó y Bella se mostró tranquila. Edward tenía el juego pero quien lo manejaba, era ella.
-Que tenga buenas tardes- inclinó la cabeza y la vio alejarse. Sonriente caminó a la casa y entró por la cocina.
-Madre, que sorpresa…- estaba peligrosamente cerca de la situación anterior y no le agradaba que pensara mal de él. Aunque ya se hacía la idea de las cosas que debía pensar de él. Estaba comportándose como un descarado frente a su propio luto. Endemoniado luto.
-Edward- sonrió con educación y se retiró de la cocina. Frunció el ceño y se sentó en compañía de la cocinera. ¿Por qué su madre no le dirigía la palabra? Su padre lo hacía solo con cosas de suma importancia y… maldito Edward, pensó. Recordó el motivo por el cual estaba molesta.
-¿Sabes dónde está Emmett?- la cocinera señaló el patio de entrenamiento. Claro ¿Dónde más podría estar? Bajó del taburete con dos sándwiches y se acercó a paso tranquilo.
A medida que se acercaba al patio podía escuchar los ruidos de combate. Esgrima, sonrió. Adoraba ese deporte. Se paró a un lado y observó atentamente mientras se enfrentaba a un contrincante experto. Fue duro, pero no estaba técnicamente perfecto. Podía ser mejor, con la práctica. Exhausto dejó caer la espada y se sacó el casco. Se acercó a Edward y se sentó a su lado.
-¿Piensas comértelo?- negó con la cabeza y se lo entregó- ¿Qué opinas?- dijo con la boca llena. Aterrado, esperaba su respuesta.
-Vas bien, perfecciona tu enfoque- se encogió de hombros. Emmett lo miró con el ceño fruncido. Había esperado que Edward le respondiera que él podía hacerlo mejor, que nunca llegaría a nada que mejor practicara otra cosa… Edward se levantó- Sigue practicando, eso hace al maestro.
Caminó hasta la caballeriza y salió con Tosh. Su caballo color marrón claro como el café con leche o la miel, era su color preferido y ahora sabía el motivo por el cual lo había elegido ocho años atrás.
Isabella estaba tendida en el césped con los ojos cerrados y los pies cruzados uno sobre otro. Meditaba. O pensaba en Edward, que era lo mismo. El vestido de montar era tan ligero y cómodo que lo llevaría hasta para dormir.
-¿Me esperabas?- ella sonrió y abrió los ojos para encontrarse con un par de ojos verdes esmeraldas que sonreían por sí solos.
-Tal vez- susurró para volver a cerrarlos. Edward se tendió a su lado y se acercó a ella. Cerró los ojos y lentamente deslizó la mano hasta la suya. Acarició el dorso y disfrutó de la suavidad- ¿Sabes a quién me encontré hoy?- él giró su cabeza para mirarla. Seguía con los ojos cerrados.
-¿Quién?- susurró mientras seguía con las caricias lentas en su mano. Era tan relajante.
-Jessica Stanley. Le grité- rió y se volteó para mirarlo, estaba sorprendido- En medio de la tienda de Madame Marie Bath. Le dije que dejara de gritarle a la anciana, quera una desvergonzada- Edward sonrió- no me reconoció y cuando le dije quién era me dijo que era imposible, que estaba muerta. ¿Puedes creerlo?- volvió a mirar el cielo.
-Había oído ese rumor, Alice se encargó de desmentirlo. Ella recibía tus cartas-
-Lo imaginé- Edward entrelazó sus dedos con los de ella. Bella afirmó el contacto.
-Bella… ¿Qué pasó en Suecia?- ella lo miró, la pregunta estaba en su rostro, una que no podía descifrar- Alice me dijo…
-Alice abre demasiado la boca-
-Lo sé, por eso quiero oírlo de ti- dejó de mirarlo.
-Nada. Fue todo un mal entendido- se encogió de hombros y Edward dejó el tema. No quería saber detalles. Prefería empezar una cuenta nueva- ¿Cómo están tus padres?- él rió amargamente. Le gustaba hablar con ella, a otra no le respondería con la verdad.
-Me detestan. No soportan estar cerca de mí. Mi madre me sonríe y me evita…
-Tal vez está dolida por algo.
-Oh si, estoy seguro. Mi padre no me habla para nada más que lo estrictamente necesario. Es un desastre…
-¿Intentaste hablar con ella?-
-No…- en realidad no lo había intentado y estaba quejándose de que ella no lo hacía.
-No lo hagas- se miraron- Primero arregla lo que crees que la enfadó y luego verás que comienza a ablandarse. Demuéstrale que eres diferente- Edward tragó en seco y se colocó de costado para verla mejor. Ella no separó la mirada de sus ojos.
-¿Podré demostrarle que soy diferente?- susurró y Bella presintió que esa pregunta, era para ella.
-Nunca has sido igual, puede ver un antes y un después. Intenta volver al antes- ella dejó de mirarlo- Solo eso…- volvió a tumbarse de espalda. Bella se sentó y miró a Beau.
-¿Qué suce…?- le cubrió la boca con una mano y le indicó que se callara. Bella se arrastró hasta detrás de un árbol, se asomó y respiró tranquila.
-Una liebre- parecía haberse preocupado.
-¿Te pusiste así por una liebre?- ella rió y negó la cabeza.
-Camino aquí me pareció haber visto a un perro. Beau le teme a los perros, podría ser un terrible desastre si alguna vez se cruza con uno- Se mantuvo de pie y se acercó al caballo para acariciarlo- Tengo que irme- dijo mientras acomodaba las riendas.
-¿Qué vamos a hacer, Bella?- Tenía el cabello suelto hacia un costado y su aliento le acarició el cuello provocando que se le erizara la piel.
-Nada, a eso lo sabes- sin ninguna otra palabra, subió a su caballo y montó hasta casa a paso decidido.
Por ahora, pensó él.
La tarde tocaba su fin. Ni siquiera lo hubiera imaginado. Pero las horas con Edward pasaban volando. Era una locura. Había pasado el resto de la noche escribiendo una carta a Jasper. Le contaba los últimos detalles de su vida, algunas cosas con respecto a su brusco cambio de vida y su aceptación al mundo de la alta sociedad. Estaba metida, no había marcha atrás. Evitó mencionar a Edward y preguntaba acerca de cómo ibas las cosas por ahí, su padre y su prometida. Esperaba que todo marchara bien.
La semana pasó volando entre las organizaciones de un nuevo ropero repleto de ropa y diseños de Alice, dijo que luego de que encontrara un marido se dedicaría al diseño de ropa para las damas por puro placer. Le haría bien y tenía buena mano para eso.
Rosalie estaba desmejorada y parecía que su madre quería regresar a América. Emmett no podía progresar con respecto al matrimonio y la gente comenzaba a hablar por lo bajo. Estaban prometidos hacía mes y medio y todavía no podían concretarlo.
Isabella se preguntaba por qué se retenían, había algo que debía saber. Su padre estaba llevando de maravillas la edición de su novela y eso la hacía feliz. Pero lo notaba cabizbajo y con ojeras. Oía la frase "estoy bien" a menudo y estaba segura de que estaba viendo otra cosa.
Sobre todos los motivos para generar un dolor de cabeza, hacía nueve días que no veía a Edward. Su relación secreta de amistad se basaba en eso. Compañía mutua escondida a los ojos de los demás. Se veían poco y nada, lo que afectaba notablemente en el humor de cada uno de manera negativa.
-Estoy exhausta- se tendió a su lado cuando llegó a su lugar preferido frente al río.
-Llevo esperándote casi dos semanas…- estaba molesto y malhumorado.
-Lo sé, no he parado. Temo que Beau pierda su entrenamiento y holgazanee- Edward se volteó a mirarla.
-Puedo ocuparme de él si quieres. No puedo hacer nada, este endemoniado luto inservible me estresa y amo tu caballo- Bella pensó con tristeza que le hubiera gustado que él la amara a ella. Desvió su mirada y se obligó a pensar que hacía lo correcto.
-De acuerdo, deberás seguir una serie de cosas…
-Estoy dispuesto- dijo firme.
-Bien- pacto sellado.
