Harry Potter no me pertenece, como ninguno de los personajes de J.K.R., aunque de momento sólo Hedwig ha aparecido por aquí.
Capítulo 7: Arriesgarse
Odile Southdown no creía en las casualidades. Después de su conversación con Elizabeth Williams, delante de una taza de te y bizcochos de frutas, supo que tenía que haber un modo de encajar todas las piezas de la historia.
Había pensado detenidamente en todas las "casualidades": el hallazago misterioso del ave, la cita interrumpida, el coche estropeado justo a unas pocas millas de su casa de huéspedes, que casi siempre estaba vacía en esa época del año, el encontrarse con Daniel, que sólo trabajaba en el taller unos días al mes... eran demasiadas cosas para tratarse de una serie de acontecimientos encadenados tan sólo por el azar.
Cuando aquella noche la joven pronunció la palabra "lechuza", se quedó paralizada durante casi un minuto, incapaz de pensar escuchar nada más que aquellas siete letras, ni de pensar en nada más que en un ave de pico curvado y alas silenciosas. Una lechuza en una jaula era algo tan cotidiano en su anterior mundo como encender una bombilla en su realidad presente.
Elizabeth no se dio cuenta de la parálisis y los labios apretados de su hospedera, parloteaba y comía bizcochos alegre e inconscientemente. La anciana bruja pudo recomponerse y continuar la conversación, conduciéndola lentamente hacia donde ella quería ir: a la verdad.
No tardó mucho en descartar cualquier habilidad o conocimiento mágico. La chica era lo que decía ser: una veterinaria londinense enamorada de su trabajo y que había tropezado con un ave muy especial. No sólo, había dicho ella, de una especie muy rara, Bubo scandiacus y completamente albina, sino también dotada de una inteligencia fuera de lo normal y una capacidad de recuperación, vista la extrema gravedad de sus lesiones, casi increíble
Lizzie le había parecido lo bastante inteligente para darse cuenta de que Hedwig tenía algo distinto de las demás aves del albergue. Pero también tenía la cualidad tan típica de los muggles de no ver más allá de sus narices, ni plantearse explicaciones fuera de las leyes naturales que le habían enseñado.
Buscaba una respuesta muggle, analizando teorías sobre el reino animal y el adiestramiento de aves, pero era lo suficientemente intuitiva para darse cuenta de que esa lechuza en concreto era especial, diferente de otras que conocía por naturaleza.
Al despedirse de ella a la mañana siguiente, le prometió que estarían en contacto y lamentó que el Estatuto Internacional del Secreto y todos los condicionamientos mágicos pesarán tanto sobre ella después de más de veinticinco años. Hubiera sido interesante, por una vez, hablar con alguien sobre la magia y todo lo que había alrededor de ella.
Por primera vez desde que rehabilitó la casona, se quitó la cadena de oro del cuello y abrió el cofre de sicomoro. Las dos varitas yacían sobre un forro de terciopelo, tan inocentes como uno de los juguetes infantiles que había regalado a los hijos de su sobrina nieta Emily. Odile acarició la vara de nogal con los ojos acuosos y una sonrisa casi imperceptible, casi sintiendo el amor que se le había ido en la madera torneada.
Después tomó su varita y la movió en el aire, pero sin pronunciar hechizo alguno. Sentía el familiar cosquilleo calentándole las venas y su corazón latió algo más rápido. Todo su cuerpo se rebelaba contra un cuarto de siglo de abstinencia y le pedía realizar cualquier hechizo, hasta el más sencillo lumos.
La señora Southdown miró su mano agarrándo firmemente la varita y casi cedió a su anhelo, pero su determinación fue más fuerte y recordó su promesa. Volvió a colocar la varita, de nuevo convertida en una vara de palisandro, y cerró el cofrecillo con la llave de oro. Mientras abrochaba en su nuca el cierre de la cadena, tuvo la certeza de que no tardaría mucho en usar la magia otra vez. Pero sintió también que aún no había llegado el momento de romper la promesa. Necesitaba una señal.
Se había alejado de la magia, pero no había podido sacarla de su propia esencia. Odile creía, como una gran mayoría de la población mágica, que el destino era una variable de la existencia a tener muy en cuenta y que las coincidencias rara vez eran producto del azar. Por eso decidió esperar una señal.
Y la señal no tardó mucho en aparecer. Apenas una semana. Ella estaba tejiendo una chaquetita de ganchillo para la menor de sus sobrinas-bisnietas, que pronto cumpliría un año, y Leah, su asistenta planchaba las sabanas en la cocina. La casa tenía que estar lista para un grupo de turistas que esperaban pasar la Pascua en el campo. A la señora Southdown apenas le extrañó que ese día Leah entrara apresuradamente en la salita y se pusiera a chillar.
-¡Un bicho! ¡Ha entrado en la cocina y no quiere irse! He tratado de espantarlo con la escoba, pero sigue ahí plantado.
-Cálmate Leah y vayamos a ver al bicho, ¿qué es?
-Un pájaro enorme. Me ha asustado. No veía nada así desde que era una niña-.
Al entrar en la cocina, Odile vio a una lechuza completamente blanca apoyada en la repisa de la ventana. Parecía exhausta y apenas soltó un gruñido al ver a las dos mujeres en la puerta. La antigua bruja sonrió casi al instante. Sabía con exactitud qué tenía que hacer y cómo hacerlo.
-No te preocupes Leah, no es peligrosa. Ha estado buscando un refugio y sé exactamente que hacer con ella.
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Hedwig parecía agotada y necesitaba cuidados, pero no estaba especialmente mal, mucho menos teniendo en cuenta que antes de escaparse no estaba completamente recuperada. Lizzie la devolvió a su antiguo recinto sintiéndose feliz.
Había olvidado la llamada de Daniel y estaba rellenando tediosos partes de materiales -el señor Richardson llevaba un control escrupuloso de todos los gastos, desde el más pequeño apósito al consumo de gasolina y ella solía dedicar los viernes a hacer recuento- cuando él apareció con la jaula en la mano, una sonrisa y un traje de chaqueta en lugar del mono azul.
Al descubrir cual era el obsequio de la señora Southdown sintió como si todo empezara a marchar bien de nuevo. Apenas pudo decir nada a su visitante antes de empezar la revisión de la lechuza. Estaba completamente sin palabras, pero en cuanto dejo a Daniel con Derek dando una vuelta por las instalaciones, se dedicó a regañar y cuidar de Hedwig al mismo tiempo.
Un hermoso ejemplar de águila imperial, traído desde España, ocupaba su antigua jaula, pero Elizabeth decidió por su cuenta reasignar los habitáculos y, arriesgándose a unos cuantos picotazos, trasladó el ave usurpadora y dejó a la lechuza en su lugar.
No tenía el aspecto más pulcro cuando por fin fue hasta la oficina, pero no le importó mucho. Estaba tan contenta y relajada que Daniel y Derek no pudieron menos que responder a la sonrisa que llevaba puesta cuando entró en la habitación. Ella iba a preguntar muchas cosas, pero todas acudían a su mente tan desordenadas que decidió empezar por la cuestión más sencilla.
-Daniel, ¿tienes algún compromiso para almorzar?
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Comieron y charlaron y pasearon por el parque antes de que ella tuviera que volver al trabajo, pero Lizzie no consiguió respuesta para muchos de sus interrogantes. Daniel sabía que su tía abuela había encontrado el ave y que creía que era de Elizabeth -una coincidencia muy extraña, en su opinión-, pero poco más. Tenía que hacer un par de recados en Londres, asuntos de abogados, y Odile le había encargado que llevara la lechuza.
-Desde pequeño me he acostumbrado a hacerle pocas preguntas. Es una mujer muy especial y casi nunca da respuestas- comentó.
-Parece una anciana encantadora.
-Sólo que no le gustaría que te refirieras a ella como anciana. Hay que ver la energía que tiene. Llegó a Peyton Hood cuando yo no había nacido y ya debía de pasar de los sesenta. Mi madre apenas la había visto nunca hasta entonces. Y no ha cambiado prácticamente nada en estos años. Es misteriosa, ¿sabes? Apenas habla de lo que hizo antes de venir ni de su marido. Sabemos que murió trágicamente, pero poco más.
-Hay gente a la que le pasan cosas extrañas.
-A mí no, al menos hasta hace poco. Todo esto de la lechuza me tiene mosqueado. No entiendo a que viene.
-Yo tampoco. Hay muchas cosas que no puedo explicar. Desde que, hace ya casi un año, mi hermana la encontró, mi vida parece girar en torno a ella - reflexionó Lizzie, tal vez por primera vez.- No lo había pensado hasta ahora. No es que yo tenga mucha vida a parte del trabajo, pero hay veces que pienso que... bueno, hay cosas que me tienen un poco frustrada.
Daniel se quedó a pasar la tarde. Tenía curiosidad por todas las aves recogidas e hizo muchas preguntas. Aún así, la huida de Hedwig, la vuelta de Hedwig, su alimentación durante el invierno, cómo había aparecido en el alfeizar de la casa de Odile a los pocos días de esta allí, la quincena que había pasado la lechuza en Peyton Hood antes de volver al albergue... fueron debatidas por Lizzie, Derek y Daniel durante horas.
A la hora de irse, alguien propuso seguir en un pub y seguir la conversación delante de unas jarras de cerveza. Derek se excusó en seguida, apenas acabada la primera ronda, y alegó que había quedado con su pareja.
A la tercera ronda, Lizzie se sentía mareada y seguía las palabra de Daniel a medias. Las hipótesis del misterioso regreso de Hedwig bailaban en su mente y se mezclaban con Nigel, Charlotte, su padre y todo lo que había ocurrido desde el verano anterior. Al final lo menos raro era que una lechuza hubiera sido su mejor amiga. ¿Sería que Nigel no era para ella?
Quizá su relación no tenía futuro por mucho que ella quisiera. Para empezar, ni siquiera había algo que definir como relación, sino un conjunto de momentos estropeados. Con Daniel, pensó inocentemente mientras él iba a la barra para pedir otra ronda y algo de comer, todo parecía más fácil. Aunque eso podía tener que ver con que se habían visto tres veces contando separadas la tarde de su encuentro y el viaje en coche de la mañana siguiente. Ahí sí que no había nada.
Y entonces lo vio por primera vez. Volvía de la barra con dos jarras en la mano. Hacía rato que se había quitado la corbata. Era guapo, más que Nigel seguramente, y parecía alegre, amable, inteligente... Aunque tan inteligente no debía de ser si no era más que un mecánico, se dijo. Nigel había estudiado en Oxford. Inmediatamente se sintió culpable por sus razonamientos clasistas.
Después se dijo que tampoco tenía porque compararlos y que ninguno de los dos era nada suyo, ni siquiera una cita. Él estaba allí porque se lo había pedido su tía abuela y Nigel... ni siquiera sabía donde estaba Nigel, seguramente preparándose para uno de sus "aburridos" compromisos sociales.
- Al final, esta tarde casi no has podido hacer nada en el trabajo por mi culpa- observó entonces Daniel, sacándola de sus pensamientos.
- No te preocupes. Por una vez que nos escaqueemos un poco no pasa nada, ¡casi siempre nos pasamos de horas! Me encanta mi trabajo y las aves que cuido son increíbles, tan inteligente, tan hermosas y fuertes... Hedwig es como el culmen de las aves rapaces.
Lizzie estaba un poco colorada por la cerveza y habló con tanto entusiasmo que Daniel pensó que resplandecía.
- Bueno, espero no enfadar a ningún halcón por estar privándoles de tu compañía - bromeó.
- Puede que a algún buitre, son muy celosos - contestó Lizzie, colocándose un mechón de pelo detrás de la oreja y preguntándose que aspecto tendría en ese momento. Después se acordó de su última conversación con Nigel y la sintió muy atrás.
- Son unos bichos muy grandes. ¿Me arriesgaré?
Elizabeth miró sus ojos sonrientes y mientras se levantaba para ir al baño, con el secreto objetivo de mirarse en el espejo, sintió como su boca se ensanchaba en una sonrisa y un cosquilleo subía por su nuca. Ella también podría hacerlo, quizá...
- Arriésgate, si quieres - susurró.
N/A Bueno, le estoy cogiendo la afición a esto de las notas a pie de página y no debería abusar. Aquí termina la primera parte del fic. Pronto llegarán los esperados personajes de la inefable J. K.R. El primero en aparecer lo hará en el siguiente capítulo. Os adelanto que no es ninguno de los protagonistas. Mmmm... también estoy cogiendo el gustillo a esto de dejar pistas.
