Instrucción

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A pesar de sus dudas e inseguridades, Bella estaba encantada de tener un hermano. El príncipe Jacob la recibió con un beso y un abrazó.

¿Ca va? —Le preguntó y le acarició la barbilla— Estás asustada, ma petite soeur. Siento mucho lo que le ocurrió a tu madre. No permitiremos que ese crimen quede sin castigo, te doy mi palabra. Pero no dejes que el miedo te domine. Justo antes de que fuera a estudiar a la universidad, mi padre me dijo que habría muchas personas a las que, por una u otra razón, les molestaría mi origen. Y me advirtió que si mis enemigos eran capaces de oler mi miedo, eso les daría más poder sobre mí.

Bella tragó el nudo que tenía en la garganta.

— ¿A veces tienes miedo, Jacob?

—Sí. Y lo que más temo es no estar a la altura de mis responsabilidades —su rostro adquirió un tinte ceniciento— A Leah le está resultando muy difícil mi incapacidad para dejarla embarazada. Hay una clínica de fertilidad que quiere que visitemos la próxima semana, para contar con otra opinión.

— ¿Irás?

—Por supuesto.

— ¿Cómo es Leah? He consultado la web de La Push y he visto vuestras fotografías. Tu esposa es muy guapa.

—Guapa e inteligente —Jacob la guió hasta un sofá— Es británica, la hija de un conde, la conocí en Oxford. Es abogada y experta en economía internacional.

Bella sabía que su hermano consideraba la experiencia de Leah en economía como algo de lo que podría beneficiarse La Push. ¿Se habría casado su padre con su madre por los mismos motivos?

— ¿Estás enamorado de ella?

Su hermano sonrió con ironía.

—Cuando uno pertenece a la familia real, tiende a ser muy receloso con las intenciones de las personas que se le acercan. Leah y yo fuimos muy sinceros en cuanto a las expectativas que teníamos del otro. Desde que nos casamos, ha vivido completamente entregada a La Push y ése es uno de los motivos por los que la quiero cada día más. Es la mejor pareja que podría haber imaginado —Jacob la miró con expresión de franqueza— Y creo que si el príncipe Edward y tú sois honestos el uno con el otro, podréis disfrutar de un matrimonio que os satisfaga a los dos. Es un buen hombre al que tengo un gran respeto. Y también respeto mucho las opiniones de tu padre.

Desgraciadamente, Bella no compartía la opinión de Jacob sobre su padre.

— ¿Cómo era mi padre?

—Muy disciplinado. Y muy reservado. No le gustaba mostrarse débil. Trabajaba duramente para poder darle a su pueblo trabajo, salud y educación. Cuando murió, no hubo nadie que no asistiera a su funeral.

—Excepto yo, su propia hija.

Jacob la tomó por la barbilla.

—Pensaba a menudo en ti. Cuando murió, encontré en su cartera fotografías tuyas.

La tristeza se mezclaba con la amargura que devoraba su alma. Su padre tenía fotografías suyas y ella ni siquiera había tenido derecho a conocerlo.

— ¿Fotografías?

Jacob asintió.

—Tu madre le enviaba informes anuales hablándole de tus progresos y de los viajes que hacíais. Demetri Dartois, el secretario de mi padre, me entregó las cartas cuando mi padre murió. Las he traído pensando que podría gustarte tenerlas. Los viajes eran regalos de tu padre.

— ¿De verdad? —Bella renunció a cualquier pretensión de intentar disimular las lágrimas que nublaban sus ojos.

Mais oui. Ya conocerás a Demetri después de comer. Ahora es mi secretario. Le pediremos las cartas a él.

Bella se secó con la mano las lágrimas que empapaban sus mejillas. ¿Por qué nunca tendría un pañuelo cuando lo necesitaba? Jacob sacó un pañuelo de su bolsillo que Bella aceptó agradecida.

— ¿Mi madre se enteró de cuándo murió?

—Sí, pero decidió no asistir al funeral. Después, dejó de enviar los informes anuales.

Probablemente, esperando que Jacob terminara olvidando el acuerdo matrimonial. Bella se secó las lágrimas con furia. Su madre se había equivocado.

Bella no tenía mucho apetito. Bebió un poco de té frío y le estuvo haciendo a Jacob preguntas sobre su vida. Jacob adoraba la velocidad y los deportes al aire libre: el esquí, las carreras de yates y la bicicleta.

Después de comer, le presentó a Demetri Dartois, su secretario privado. Bella calculó que Dartois tendría unos años más que su hermano. Era un hombre de facciones afiladas, con una barba muy cuidada, que la miraba con expresión desdeñosa y altiva.

Bella se tensó.

Sabía que aquel hombre la estaba juzgando por las decisiones que había tomado su madre, no por las suyas. Y se preguntaba si el resto de los empleados del príncipe Jacob la recibiría de la misma manera. Anthony le había dicho que necesitaría ganarse sus corazones y su lealtad, y estaba empezando a darse cuenta de que era cierto.

—Demetri, ¿tienes las cartas para la princesa?

A Bella le temblaron las manos cuando el secretario de su padre le tendió un portafolios que acababa de sacar de su maletín.

—Están ordenadas por fechas —le explicó.

—Gracias. Esas cartas significan mucho para mí.

—Demetri te acompañará a casa y te dará allí una clase sobre el protocolo de palacio.

Bella se alarmó, pero recordó al instante lo que le había dicho su hermano sobre la conveniencia de no mostrar el miedo delante de los enemigos.

— ¿Vendrá también Anthony? —Anthony había desaparecido discretamente en cuanto habían llegado al hotel.

El secretario le dirigió una fría y educada sonrisa.

—Estará en su casa, con los demás. Había ciertas tareas que requerían su atención.

—Disfruta de tus clases. Iré a buscarte esta noche para ir a cenar —le dijo Jacob—. Tengo un partido de golf con representantes de la industria cinematográfica para animarlos a continuar rodando en La Push.

Bella le deseó suerte y dejó que Demetri Dartois y algunos de los guardaespaldas la acompañaran a la limusina. Soportó el desaprobador silencio de Demetri hasta que estuvo en el interior del vehículo. Entonces decidió hacer algo al respecto. No iba a dejarse intimidar por él.

—El príncipe Jacob me ha dicho que usted era el secretario personal de mi padre.

—Tuve el privilegio de servirle durante los tres años anteriores a su muerte.

—Supongo que lo conocía muy bien.

—Me temo que no puedo decir eso, Su Serena Alteza.

¿No podía o no quería?, se preguntó Bella.

— ¿Mis padres… hablaron o se vieron alguna vez después de su divorcio?

—Le ruego que me disculpe, madame —contestó Demetri sonrojado—, pero no puedo divulgar ningún detalle sobre mis años de servicio al príncipe Charlie. Como miembro de palacio, me vi obligado a firmar un acuerdo de confidencialidad.

—Pero después de su muerte —contestó Bella, también sonrojada—, le entregó a mi hermano las cartas.

—Siendo el nuevo soberano, le correspondía a él decidir si las cartas privadas del príncipe Charlie deberían conservarse o ser destruidas.

Y Jacob había decidido entregárselas. Pero Bella se preguntaba si la actitud de Demetri no sería un reflejo de la actitud de su padre hacia ella.

—Bueno, me gustaría saber algo más sobre mi padre y sobre La Push. ¿Podría conseguir una biografía de su vida y un resumen de los acontecimientos más importantes en la historia de La Push?

Demetri la miró con expresión pensativa. Había algo en sus ojos que a Bella le recordó por un instante a su hermano.

—Ya le he suministrado esa información a Rosalie Schoenfeldt, la secretaria del príncipe Edward. La conocerá esta tarde.

Bella escuchó con atención mientras Demetri le explicaba que, cuando fuera a La Push, le asignarían una suite en una de las alas de palacio y tendría sus propios empleados, un secretario de prensa personal, un guardaespaldas, un mayordomo, una doncella y un estilista.

De acuerdo con el príncipe Jacob y la princesa Leah, tendría que seleccionar algunos deberes públicos para ir asumiendo el papel de princesa y poder ser presentada al pueblo de La Push.

—Una vez sea oficialmente anunciado el compromiso, recibirá un gran número de invitaciones. Su secretaria debe remitírmelas para que sea yo el que valore cuáles debe aceptar en primer lugar. Y coordinaremos sus apariciones junto al príncipe Edward a través de Anthony Masen.

Bella comprendió que Demetri era un hombre importante en la vida de palacio. Para cuando la limusina llegó por fin a su casa, estaba deseando escapar de las instrucciones de Demetri y del tono condescendiente con el que le recordaba que no debía poner en una situación embarazosa a la familia real bajo ningún concepto.

Bella comprendió el mensaje. Demetri consideraba que ella era una vergüenza para la familia real, producto del imprudente matrimonio de su padre con una americana.

—Permítame aclararle algo —le dijo mientras esperaba a que el guardaespaldas abriera la puerta— Sé que no soy la mujer ideal para ser princesa, pero no tengo ninguna intención de convertirme en la vergüenza del principado, como tan evidentemente parece pensar que haré. Yo no intervine de ninguna manera en las decisiones que tomaron mis padres, lo único que estoy intentando hacer es adaptarme a ellas.

La boca de Demetri se transformó en una fina línea ante aquel estallido.

—Con todos mis respetos, madame. Sólo estoy proporcionándole las herramientas necesarias para suavizar su recepción en La Push. Su madre ofendió a La Push y a su padre al divorciarse de él para volver a América. Hay muchas personas que todavía lo recuerdan, que consideran indigno su comportamiento. Y, naturalmente, ven su regreso con escepticismo.

— ¿Los habitantes de La Push conocen ese tratado matrimonial?

—Ciertamente, no. Un príncipe soberano no tiene por qué dar explicaciones a nadie.

Y tampoco a su esposa y a su hija, pensó Bella con amargura.

—Así que juzgaron a mi madre sin conocer la verdad.

El guardaespaldas abrió la puerta del coche.

—Gracias por sus lecciones, Demetri. Han sido muy ilustradoras.

Bella estaba furiosa y deseando poder leer las cartas de su madre a escondidas. Pero si la casa estaba tan llena como el camino de su casa, no iba a tener ninguna oportunidad de estar sola.

Y Brönte no iba a poder descansar tanto como necesitaba.

Bella metió la llave en la cerradura. O por lo menos lo intentó, porque la llave no encajaba. Renunciando frustrada, llamó a la puerta.

Y un mayordomo abrió la puerta de su casa.

Había un mayordomo en su casa. Un mayordomo calvo, de piel clara y cejas canosas. Estaba furiosa. Ella le había dado permiso a Anthony para organizarle un calendario de clases y encargar una cena, no para cambiarle la cerradura y contratar un mayordomo.

El mayordomo inclinó la cabeza.

—Bienvenida a casa, Su Serena Alteza. Me llamo Sam.

—Hola —lo saludó Bella, consciente de que Demetri estaba pendiente de cada uno de sus movimientos—. Encantada de conocerte, Sam —le tendió la mano.

Sam miró la mano como si no supiera qué hacer con ella, pero al final se la estrechó. Cuando ya era demasiado tarde, Bella se dio cuenta de que quizá no debería haberle estrechado la mano a un mayordomo. En cualquier caso, ella iba a estrecharle la mano a quien le apeteciera.

—La están esperando en el salón.

—Por favor, acompañe al señor Dartois al salón. Yo necesito unos minutos para refrescarme.

Ignorando a quienquiera que estuviera en el salón, Bella se dirigió directamente a la cocina para ver cómo estaba Brönte. Tres desconocidos se habían hecho cargo de la cocina. Uno estaba cortando verdura, otro estaba preparando pasta fresca y un tercero manipulando un robot multiusos.

Y Brönte no estaba en su rincón favorito. Bella pensó seriamente en estrangular a Anthony con sus propias manos, corrió hasta su habitación y descubrió que también habían invadido aquel espacio. Las puertas del armario estaban abiertas y unas tres cuartas parte de su ropa estaban guardadas en dos cestos.

Bella estaba empezando a echar humo por las orejas. Anthony era hombre muerto.

Pero antes tendría que encontrar a su gata. Metió el portafolios con las cartas de su madre debajo de la almohada y buscó debajo de la cama. Al no encontrarla, la buscó en el baño y al final, la encontró acurrucada a los pies de la cama de su madre.

—Estás aquí, gatita. ¿Has venido aquí a esconderte?

Gracias a Dios, parecía que no habían tocado nada. Antes de irse al trabajo aquella mañana, Bella había guardado el bolso de su madre con la gargantilla que le habían regalado por su cumpleaños, envuelto en una manta, en el armario de su madre. Bella tomó a Brönte en brazos y abrió el armario para asegurarse de que el bolso estaba todavía allí.

Cuando estaba cerrando el armario, se volvió y descubrió a Anthony observándola desde el marco de la puerta. Su expresión de culpabilidad le hacía parecer casi un niño.

—Te pido disculpas —le dijo—.No pretendía molestarte. Sólo quería asegurarme de que encontraras a Brönte sana y salva, por eso la he traído aquí, lejos de cualquier distracción.

— ¿Distracción? Hay unos desconocidos en la cocina de mi casa, y otros me han vaciado el armario. ¡Y me ha abierto la puerta un mayordomo!

—Todas esas personas han firmado un acuerdo de confidencialidad.

Bella elevó los ojos al cielo.

—Oh, eso lo arregla todo. ¿De dónde ha salido ese mayordomo?

—Forma parte de los nuevos empleados de la casa. Todavía estamos intentando encontrar una doncella.

—Pero yo no necesito empleados en esta casa, ¡si vivo sola!

—Tienes que ir acostumbrándote a tener un cocinero, un mayordomo y una doncella. Considéralo como unas prácticas antes de tu vuelta a La Push.

— ¿Y dónde se supone que van a dormir? Tus guardaespaldas ya ocupan la habitación de invitados.

—En sus casas. Sólo estarán aquí durante el día.

— ¿Y cuándo se supone que voy a poder estar sola?

—Me temo que, a partir de ahora, vas a llegar a sentirte muy sola.

— ¿Y qué se supone que significa eso? —Bella se abrazó a Brönte, inquieta por la expresión preocupada de Anthony.

—El aspecto más difícil de aceptar tu título es la soledad. Tu posición definirá un cambio en la forma en la que eres tratada por tus amigos más cercanos y por tu familia. Y estaría descuidando mis obligaciones si no te preparara adecuadamente para ello.

Bella tragó el nudo que tenía en la garganta.

— ¿Cómo se enfrenta el príncipe Edward a la soledad?

—Recordando lo privilegiado que es. Y leyendo, poesía sobre todo. Goethe, Hugo, Longfellow, Byron…

—Thoreau.

Anthony la miró atentamente, abriendo la puerta a un mundo privado que jamás había sido capaz de compartir con nadie.

—Sí, Thoreau.

Bella sintió al instante una conexión con aquel hombre. Era como si estuvieran sintonizados en el mismo canal… Pero Anthony era el único hombre al que no podría tener nunca.

No, no podía enamorarse de Anthony.

Aun así, anhelaba sentir su pecho desnudo contra el suyo y la fuerte seguridad de sus dedos alrededor de su cintura. Con una sonrisa agridulce, Bella se preguntó si Anthony sería tan imprescindible para su príncipe como había llegado a serlo para ella.

En cuanto Bella vio a las dos mujeres que estaban esperándola en el salón, deseó subir a cambiarse. Algo que habría hecho si no le hubieran tirado la ropa.

Una de las mujeres era rubia, de rasgos finos y delicados. La otra tenía el pelo negro, unos ojos castaños vibrantes y aterciopelados y movía expresivamente las manos mientras hablaba.

Ambas miraron con curiosidad hacia Bella cuando Anthony la presentó. La rubia era la secretaria de prensa del príncipe Edward, Rosalie Schoenfeldt, y la morena era Alice Brandon, una estilista de Hollywood.

—Tendrá que perdonarme por haber asaltado su armario —dijo la morena en un tono alegre y eficiente— Es la única forma que tengo de conseguir un nuevo cliente y en esta ocasión tenemos prisa. Pero al final me lo agradecerá. Ahora, dese la vuelta.

Bella obedeció a regañadientes, consciente de que Anthony se había sentado en uno de los sillones de cuero para observar y estaba tan rígido que ni siquiera apoyaba la espalda en el respaldo. Podía sentir sus ojos sobre ella.

—Ahora, enséñeme las manos.

Bella le tendió las manos para someterse a su inspección.

— ¿Alguna vez se ha hecho la manicura o la pedicura?

Bella se sonrojó, sintiéndose muy poco femenina.

—No.

— ¿Utiliza maquillaje?

—Sólo lápiz de labios y algún filtro solar, a no ser que sea una ocasión especial.

Alice asintió.

—Ahora, ande un poco por la habitación. Supongo que ése es el tipo de ropa con el que habitualmente va a trabajar. ¿Se siente cómoda con ella?

Bella estudió el vestido blanco de verano que se había puesto para ir a trabajar.

—Sí, el ambiente de la librería en la que trabajo es informal.

Caminó hacia los ventanales que enmarcaban la siempre cambiante vista del océano. Era una tarde hermosa, sin una sola nube en el cielo. La arena de la playa resplandecía como un encaje blanco contra el color índigo del agua.

Bella deseó poder salir y hundirse en las olas. Se volvió, tropezando al hacerlo con el borde de la alfombra.

—Es evidente que hacen falta unas cuantas lecciones sobre comportamiento en público.

Rosalie le dirigió a Bella una sonrisa.

—Es comprensible que esté nerviosa. Pero con las ropas adecuadas y un buen maquillaje, estará maravillosa. La cuestión es definir su imagen. El príncipe Edward es uno de los solteros más codiciados del mundo y ella será la futura reina. De modo que debe ser vista como su igual.

—De momento, es la princesa de La Push —le recordó Demetri cortante.

—Naturalmente, y no pretendo sugerir otra cosa. El desafío reside en restar valor a su parte más americana y realzar su herencia de La Push. El príncipe Jacob y la princesa Leah son una pareja joven, profesional y trabajadora. Ella tiene que ser un complemento a esa imagen, Alice. La hija brillantemente educada que por fin vuelve a su país. Es una pena que no tenga un trabajo mejor remunerado… Pero quizá podamos darle un aspecto más positivo a su trabajo como dependienta en una librería.

El enfado hacía resplandecer las mejillas de Bella.

—Eh, estoy aquí. Y espero que no estén sugiriendo que hay algo malo en trabajar de dependienta en una librería. Los libros educan la mente, ¿qué sería el mundo sin nuevas ideas, sin experiencias nuevas o sin historias que nos entretuvieran?

Anthony apretó los labios.

—Creo que la princesa acaba de proporcionarte lo que sugerías, Rosalie.

El color iluminó las pálidas mejillas de Rosalie.

—Sí, eso parece. Demetri, quizá podrías hacerle participar en algún acontecimiento literario. ¿Sabe leer francés o alemán, Su Serena Alteza?

—Algo de francés —admitió Bella.

—No importa, aprenderá. En las escuelas europeas, los niños aprenden dos o tres lenguas. Los americanos tienden a pensar que el resto del mundo debe adaptarse a ellos.

Bella se mordió el interior de la mejilla y se dijo a sí misma que Rosalie sólo estaba intentando ayudarla.

La mirada de Rosalie se desplazó desde la mesita del café, en cuyo centro descansaba un delfín de bronce, hasta las estanterías que contenían los objetos de arte recopilados por su madre.

—Su casa sugiere gran interés por el arte.

—Eso era cuestión de mi madre. Viajábamos mucho y le gustaba coleccionar objetos de allí adonde íbamos.

— ¿Así que le gusta viajar?

—Sí.

—Bueno —dijo Demetri—, por lo menos ya es algo. Su posición la obligará a viajar mucho. ¿Tiene otros intereses o aficiones que podamos rentabilizar?

—Me gusta el surf y patinar.

— ¿Algún trabajo voluntario?

—Dono sangre regularmente.

El sudor empapaba el rostro de Bella a pesar del aire acondicionado. Se sentía como si le estuvieran haciendo una entrevista de trabajo y estuviera fallando estrepitosamente. Rosalie y Demetri continuaron acribillándola a preguntas hasta que Anthony se volvió hacia Alice, que había estado escuchando atentamente el interrogatorio.

— ¿Qué le parece? —le preguntó.

—Ya he visto y oído suficiente. Es hora de que le pruebe algunas prendas y encuentre su estilo.

Rosalie se aclaró la garganta delicadamente.

— ¿Y qué me dice del pelo? ¿Será un problema?

Alice le dirigió a Rosalie una mirada cargada de paciencia que hizo que Bella se sintiera como si ella no fuera la única que estaba notando la disimulada hostilidad de la secretaria.

—No. De hecho, se convertirá en su sello característico.

James cruzó por delante de la casa de la princesa Isabella Marie en moto, esperando averiguar si continuaba viviendo allí. El número de coches que vio en la entrada le proporcionó la respuesta. Y también vio a un guardaespaldas observándolo.

James tensó los labios. ¿Estaría Edward en aquel momento con la princesa? En los tres años que habían pasado tras la muerte de su hermana, James nunca había podido acercarse a él lo suficiente como para cumplir con su deber de hermano.

Aceleró la moto y una sonrisa llenó el vacío de su corazón al descubrir una playa de acceso público al final de la calle. Quizá fuera aquélla la oportunidad que había estado esperando.

Aparcó al lado de un coche y se quitó el casco. La casa de la princesa estaba a sólo unos metros. Si no fuera por la presencia de un hombre mayor que descansaba en uno de los dos bancos que había al lado de la escalera de madera que daba acceso a la playa, podría ver perfectamente el camino de su casa.

El anciano tenía un libro en el regazo y un termo a su lado. Parecía que tenía intención de pasar toda la tarde allí.

James soltó un juramento mientras sacaba de la moto la mochila en la que guardaba la pistola que había comprado al llegar a California.

Ocultó sus ojos tras unas gafas de sol y saludó al hombre con un movimiento de cabeza mientras pasaba por delante de él para dirigirse a las escaleras. Quizá encontrara la forma de acceder a la casa de la princesa desde la playa. Tenía que ajustar algunas cuentas con Edward.


bueno, que les pareció¿?... hay hostilidad por todas partes eh? jejeje... ya veremos... la mayoria cree que el malo es Jacob... quien sabe... jejejeje... les gustan las historias de gemelos... fisicamente iguales pero de personalidades totalmente diferentes... la prox. hª que suba creo que irá de gemelos, jejeje. un besote nos leemos.