En el trayecto de regreso a casa dejé que Cat condujera. Mi mente se negaba a dejar atrás el recuerdo de ese beso de despedida que me dio Ángel delante de todos. Aún notaba como me temblaban las piernas.
- Eso que ha pasado en el Crawford´s ha sido raro, ¿Verdad?
- Si, no se que ha pasado. –respondí. Sabía a que se refería. También me había fijado en esos hombres. Creí que Ángel les saltaría encima de un momento a otro.
- Me daban escalofríos. –admitió Cat a la vez que se estremecía.
- A mí también. Al menos no pasó nada. –murmuré.
No llegamos a casa muy tarde. Esa noche Catrina se quedó conmigo y enseguida nos cambiamos y nos fuimos a dormir.
No llevaba mucho rato dormida cuando la imagen de los hombres del café se coló en mi sueño. Estaban de rodillas en la ya demasiado familiar sala de piedra. El hombre de los cabellos color miel les daba la espalda.
- ¿Estáis seguros de que era ella? –su voz resonó en la piedra.
- Si, amo. –respondió el más alto. – La vimos en el Crawford´s Café. No estaba sola, por eso no la hemos traído. Pero la seguimos hasta un barrio del este de la ciudad. Ella y la otra chica entraron en una casa de aspecto Georgiano en la parte antigua y no volvieron a salir.
- Bien. Buen trabajo, Damon.
- Gracias, mi señor.
- Damon, Kurt, id a descansar. Os necesitaré pronto.
- Si, señor. –respondieron al unísono y se marcharon tras hacer una reverencia respetuosa.
- Catrina, mi amor, pronto volverás a mí y será para siempre…
Desperté de pronto. Una capa de sudor frío me cubría el cuerpo como una segunda piel. Respiraba entrecortadamente. ¡Otra vez! El muy maldito había enviado a esos tipos a por mi Catrina. Sabía que me habían dado mala espina por algo.
Si iban a por ella debía decírselo. Tenía derecho a saber que… ¿Qué que? ¿Qué un vampiro la buscaba porque creía que ella era la reencarnación de su amante perdida? Eso me sonaba ridículo incluso a mí. Pero algo debía decirle.
Tuve hasta el amanecer para pensarlo, ya que el sueño me eludía. Por suerte el agotamiento venció y pude volver a dormir, sin sueños esa vez.
Vuelta a la rutina de las clases. Al menos eso distraería mi mente de mis oscuros pensamientos. Y si no lo hacían las clases, los besos de Ángel harían su magia conmigo. Estar a su lado me hacía olvidar casi todo pensamiento coherente. Un solo roce de su mano en la mía y la habitación en la que estuviéramos bien podría ser un calabozo medieval en el que los gritos de los condenados resonaran en las paredes, que todo se volvía borroso y desaparecía de nuestro alrededor y solo quedábamos los dos en un lugar infinito y sin tiempo. Realmente parecía magia.
Los días pasaban con rapidez, y la compañía de Ángel apenas conseguía hacerme olvidar esas pesadillas cada vez más insistentes. Un día empecé a preguntarme si realmente eran pesadillas o una especie de poder de predicción que pudiera tener. No sabía gran cosa de mis poderes. Nunca me preocupé de ponerlos a prueba. Hacía poco más de un año que había descubierto que podía sentir lo que los demás que estaban a mí alrededor sentían. Fue poco después del accidente en el que murieron mis padres y mi hermano pequeño.
Estaba ya viviendo con los abuelos cuando pasó la primera vez. Llevaba en la casa apenas dos días, acababa de salir del hospital y aún tenía que tomar algunos calmantes, ya que de vez en cuando sentía unos dolores muy fuertes en la base del cráneo donde tenía una extraña cicatriz en forma de media luna que pensaba que me había hecho en el accidente. La abuela Nora estaba haciendo una tarta de manzana y yo estaba vistiéndome tras salir de una magnífica y relajante ducha. Mientras me hacía un par de trenzas para que se me rizase un poco el pelo cuando se me secase sonreí ante la sensación de paz y relajación que la ducha me había dejado en todo el cuerpo.
Me extrañó notar un olor dulce de caramelo y manzana, pero supuse que era porque tenía hambre.
Estaba recogiendo la ropa húmeda y la toalla con la que me había secado cuando noté un punzante dolor en la palma de la mano izquierda. Solté la ropa con un grito ahogado y me examiné la mano por si me había pinchado con algo, pero no tenía nada. Asombrada, aún sentía el escozor de la herida abierta y el calor de la sangre al llenar la palma con su olor metálico. Pero en mi mano no había nada. Con el ceño fruncido bajé a la cocina para dejar la ropa sucia en la lavadora cuando vi que mi abuela se estaba vendando la mano izquierda. Dejé la ropa sin cuidado en su sitio y me acerqué a ella deprisa.
- ¿Qué ha pasado? –pregunté.
- Oh, nada querida. Solo me he cortado al pelar esa manzana. –respondió la abuela Nora con naturalidad.
Le miré el vendaje. Sobre la tela blanca resaltaba una fina línea carmesí. Miré mi propia mano confundida. Había notado como la abuela se había herido, ¡Nada menos que a un piso de distancia! ¿Cómo demonios lo había hecho? Era del todo imposible. Simplemente había sentido un calambre o algo así. Si. Eso habría sido. Pero en el fondo no estaba convencida. Esa no fue la única vez que sentí cosas extrañas que le pasaban a otras personas. Poco a poco fui aceptando mi empatía.
Era eso o volverme loca.
Con el tiempo aprendí a alzar barreras mentales que me protegieran de oír o sentir lo que me rodeaba. Cuando empecé a ir a las clases ese entrenamiento me fue maravillosamente útil. Hubiera sido una pesadilla tener que lidiar con los conflictos internos de todo un instituto lleno hasta los topes de estudiantes con las hormonas bailando el mambo…
Algo me urgía a hablar con Cat. Me reprendía a mí misma no haberle avisado sobre mis sueños y sobre ese hombre. Le veía desde hacía meses. ¡Hasta había llegado a enviar esbirros a seguirnos y tenerla vigilada! La situación empezaba a complicarse. Si en algún momento se volvía más osado, o si simplemente decidía actuar y… ¿Quién sabe lo que podría hacerle a Cat? ¿Secuestrarla? ¿Seducirla? ¿Engañarla y – los Dioses no lo quisieran- hacerle daño? Estaba decidido. Esa misma mañana le diría que debía tener cuidado y ser más vigilante con los hombres que conocía ya que uno de ellos, o varios, podían intentar hacerle daño o llevársela. Puede que fuera el mismísimo hombre de los cabellos color miel y ojos fríos quien la atacase.
Una vez en el instituto me extrañó no ver a mi mejor amiga por ninguna parte. Normalmente solíamos encontrarnos cerca de la cafetería y recorrer el resto del camino juntas hasta clase, pero ella no estaba ahí. Con el ceño fruncido esperé hasta que ya no tuve más remedio que ir a clase sola. Tampoco estaba allí. Ángel estaba sentado en su sitio, esperándome con su maravillosa sonrisa. Cuando me sonreía así florecía una sonrisa igual en mis labios, pero esa vez solo logré una tenue sonrisa preocupada.
- ¿Pasa algo? –preguntó después de besarme.
- Cat no ha venido.
- Puede que llegue tarde.
- Puede…
Pero Cat no vino en todo el día. Al salir de clase Ángel se ofreció a acompañarme a casa de Cat para ver que le pasaba.
Aparcamos ante su casa y llamamos al timbre. Nos recibió su madre.
- Hola Julia. Venimos a saber porque Catrina no ha venido hoy a clase. –dije con cierta inseguridad.
- Hoy se ha levantado muy pálida y con fiebre, asíque le he dicho que se quedase en casa.
- ¿Podemos subir a verla? –preguntó Ángel. Cuando usaba ese meloso tono de voz a aquellos que lo escuchaban se les hacía imposible negarse.
- Claro, pero tened cuidado, no os contagiéis. –dijo con una sonrisa al permitirnos el paso.
Subimos al cuarto de Cat. Estaba sentada en la cama bebiendo té caliente mezclado con alguna clase de anticongestivo.
- Tengo un aspecto horrible, lo se. –hablaba con voz nasal. Tenía la punta de la nariz enrojecida. Era el único punto de color aparte de sus mejillas, enrojecidas por la fiebre. El resto era toda palidez.
- Recuerda que te he visto recién levantada. –Repuse con un dulce guiño- ¿Cómo te encuentras?
- Como si un troll de las cavernas me hubiera masticado y luego escupido.
- Tú céntrate en recuperarte y no te preocupes por las clases. Te traeremos los apuntes y eso.
Esbozó una cansada sonrisa.
- Si eso es lo mejor que puedes decirme…
Me reí entre dientes y me senté al borde de la cama. Le acaricié la frente. La pobre estaba ardiendo.
- Al menos sabemos que tu sentido del humor está intacto. Tú sigue durmiendo, mañana vendré a verte. –le susurré.
No tardó en hacerme caso. Casi cuando su cabeza rozó la almohada se quedó dormida.
Verla así me preocupó, pero cuando bajamos para volver a mi coche Julia me tranquilizó a su manera. Me dio un fuerte abrazo y me susurró al oído. "La cuidaré bien, tranquila." Y luego me miró con complicidad, lo cual me confundió aún más. ¿Qué sabía Julia? ¿Acaso ella también tenía alguna clase de superpoder? Cat lo tenía, por supuesto, pero ¿Julia? A saber. Pero aún sin saber que pensar sobre ella sus palabras me tranquilizaron.
Me despedí de Ángel y pasé la tarde en mi habitación buscando información sobre vampiros en Internet. Casi todo lo que salía eran imágenes de las películas de Crepúsculo y sucedáneos. Con media mueca divertida y media de asco intenté encontrar algo que pudiera ser interesante o remotamente cierto.
Muchas de las páginas que visité coincidían en algunas características como la palidez, la frialdad en su carne, la belleza, el ansia de sangre humana, la falta de alma o cualquier tipo de sentimiento de bondad. Todos decían lo mismo. Eran inmortales y prácticamente imposibles de matar. De cualquier forma, ya estaban muertos.
Las características físicas que los señalaban como no-muertos eran bastante simples.
- Además de una belleza y rapidez sobrehumana y la típica palidez de muerte, si les mirabas a los ojos y vivías para contarlo, (lo cual era bastante improbable), podías ver su falta de humanidad ya que los ojos son las ventanas del alma.
- Si perciben el olor de la sangre humana sus colmillos saltan al instante (ya que se supone que los pueden esconder)
- La única forma de acabar con un vampiro es quemarlo hasta reducirlo a cenizas. Cuanto más antiguo, más poderoso es el vampiro, y más difícil de asesinar, sin embargo más fácilmente prenden en llamas como madera seca.
- Vulnerables a la plata, al sol, (en varias páginas algunos "entendidos" discrepan sobre esto. Fans de Crepúsculo, que daño habéis hecho… -pienso con amargura-) y por supuesto, está la típica estaca en el corazón, si puedes acercarte lo suficiente sin morir en el intento. O la siempre divertida decapitación. ¿Crucifijos? ¿Ajo? Improbable. ¿Agua bendita? Siempre que llevara plata diluida…
- Algunos tienen poderes especiales tales como la capacidad de hipnotizar al mirar a un humano a los ojos, volar…
Suspiré cansada frotándome los ojos y preguntándome cuanto de esto sería cierto y cuanto sería pura fantasía. Bajé un poco más por la página.
- No pueden entrar en los domicilios sin ser invitados por alguien que viva ahí.
Al fin, algo bueno tenía que haber. Cada vez me costaba más mantener los ojos abiertos. Al mirar la hora me sorprendí. Eran casi las 3 de la madrugada. Apagué el portátil con un gemido. Tenía la espalda agarrotada de estar tantas horas en la misma postura. Apagué las luces de la mesita pero las luces de la calle aún entraban a través de la ventana, así que me levanté para cerrar las cortinas. Un movimiento al otro lado de la calle me llamó la atención. Una sombra. Un… ¿perro? Parecía demasiado grande para ser un simple perro. Debía ser totalmente negro pero estaba segura de que también era bastante grande al mirarle a los ojos. Eran del tamaño de dos pelotas de golf y brillaban como esmeraldas en mitad de la noche.
Un escalofrío bajó por mi espalda al sentirlos directamente sobre mi cuerpo. Un segundo después habían desaparecido, pero yo aún temblaba aferrada a las cortinas. Las cerré de golpe un poco tarde cuando pensé en protegerme de la mirada de ese animal. Curiosamente no sentía miedo de él. Casi podía percibir una antigua conexión con él que no sabía explicar. Culpé a la necesidad de dormir de esos pensamientos. No debía ser más que un perro vagabundo o que se habría escapado de su casa.
A la mañana siguiente ya había olvidado que había visto esos ojos realmente, pensando que solo había sido un sueño.
Llamé a Julia para preguntar por Cat. La fiebre parecía que le había bajado pero aún estaba débil como un gatito. Le pedí que le diera un beso de mi parte y que le dijera que iría a verla esa tarde tras las clases.
