Gracias a Peetasunset96 por tu comentario.
Este capítulo es algo cortito, pero el siguiente promete :D
Dicen que los médicos son los peores pacientes, pero es la opinión de esta cronista que cualquier hombre es un paciente terrible. Podríamos decir que ser un paciente exige paciencia, y Dios sabe que la mitad masculina de nuestra especie no goza precisamente de demasiada paciencia.
Revista de Sociedad de Lady Capitol,
2 de mayo de 1817
Lo primero que hizo Katniss a la mañana siguiente fue chillar.
Se había quedado dormida sentada en el sillón de respaldo recto junto a la cama de Peeta, con los brazos y piernas en posición muy poco elegante y la cabeza ladeada en una postura bastante incómoda. Pero después de una hora o algo así de un total y bendito silencio, el agotamiento pudo con ella y cayó en un sueño profundo, ese tipo de sueño del que uno debería despertar en paz, con una llana y descansada sonrisa en la cara.
Y posiblemente a eso se debió que cuando abrió los ojos y vio a dos personas desconocidas mirándola fijamente, se llevó un susto tan grande que a su corazón le llevó cinco minutos completos volver a latir con normalidad.
-¿Quiénes son ustedes?
Las palabras ya le habían salido por la boca cuando comprendió quiénes tenían que ser, necesariamente: el señor y la señora Donner, los cuidadores de Mi Cabaña.
-¿Quién es usted? -preguntó el hombre, en un tono no menos belicoso.
-Katniss Everdeen -respondió ella, atragantándose-. Eh... yo... -apuntó a Peeta, desesperada-. Él...
-¡Dígalo, muchacha!
-¡No la torturen! -graznó el enfermo.
Las tres cabezas se giraron hacia Peeta.
-¡Está despierto! -exclamó Katniss.
-Quisiera Dios que no lo estuviera -masculló él-. Me arde la garganta como si tuviera fuego ahí.
-¿Quiere que le vaya a buscar otro poco de agua? -le ofreció Katniss.
-Té, por favor.
Ella se levantó de un salto.
-Iré a prepararlo.
-Iré yo -dijo firmemente la señora Donner.
-¿Quiere que la ayude? -preguntó Katniss, tímidamente. Algo en ese par la hacía sentirse diez años mayor. Los dos eran bajos y rechonchos, pero irradiaban autoridad.
La señora Donner negó con la cabeza.
-Buena ama de llaves sería yo si no supiera preparar un té.
Katniss tragó saliva; no sabía si la señora Donner estaba enfadada o hablaba en broma.
-No fue mi intención dar a entender que...
La señora Donner interrumpió la disculpa agitando la mano.
-¿Le traigo una taza?
-A mí no debe traerme nada. Soy una c...
-Tráigale una taza -ordenó Peeta.
-Pero...
-Silencio -gruñó él apuntándola con el dedo. Después miró a la señora Donner con una sonrisa que podría haber derretido una cumbre de hielo-: ¿Tendría la amabilidad de añadir una taza para la señorita Beckett en la bandeja?
-Desde luego, señor Mellark, pero ¿podría decirle...?
-Puede decirme lo que quiera cuando vuelva con el té -le prometió él.
Ella lo miró severa.
-Tengo mucho que decir.
-De eso no me cabe la menor duda.
Peeta, Katniss y el señor Donner guardaron silencio mientras la señora Donner salía de la habitación, y cuando ya se había alejado bastante y no podía oír, el señor Donner se echó reír.
- ¡Le espera una buena, señor Mellark!
Se oyeron fuertes pisadas procedentes de la escalera; sin duda era la señora Donner que volvía con el desayuno.
-Tendría que ir a ayudarle -dijo Katniss, poniéndose de pie de un salto y corriendo hacia la puerta.
-Una vez criada, siempre criada -comentó sabiamente el señor Donner.
Peeta no habría podido asegurarlo, pero creyó ver a Katniss hacer un mal gesto.
Pasado un minuto, entró la señora Donner llevando un espléndido servicio de té de plata.
-¿Dónde está Katniss? -preguntó Peeta.
-La envié a buscar el resto -contestó la señora Donnrt-. No tardará nada. Simpática muchacha -añadió con toda naturalidad-, pero necesita un cinturón para esas calzas que le prestó.
Peeta sintió una sospechosa opresión en el pecho al pensar en Katniss, la criada, con sus calzas en los tobillos. Tragó saliva, incómodo, al comprender que esa opresiva sensación bien podía ser deseo.
Y a continuación gimió y se llevó la mano al cuello, porque la saliva tragada para aliviar la incomodidad le producía más incomodidad después de una noche tosiendo.
-Necesita uno de mis tónicos -dijo la señora Donner.
Él negó enérgicamente con la cabeza. Ya había probado uno de esos tónicos, y estuvo vomitando durante tres horas.
-No aceptaré una negativa -le advirtió ella.
-Jamás acepta una negativa -añadió el señor Donner.
-El té hará maravillas -se apresuró a decir Peeta-. No me cabe duda.
Pero la atención de la señora Donner ya se había desviado a otra cosa.
-¿Dónde está esa muchacha? -masculló, y fue a asomarse a la puerta.
-¡Katniss! ¡Katniss!
-Si consigue impedirle que me traiga un tónico -le susurró Peeta al señor Donner rápidamente- cuente con cinco libras en el bolsillo.
El señor Crabtree sonrió de oreja a oreja.
-¡Considérelo hecho!
-Ahí está -anunció la señora Donner-. Ay, Dios de los cielos.
-¿Qué pasa, querida? preguntó el señor Donner caminando lentamente hacia la puerta.
-La pobre criatura no puede llevar una bandeja y sujetarse las calzas al mismo tiempo -contestó ella, riendo compasiva.
-¿No la va a ayudar? -preguntó Peeta.
-Sí, claro que sí -contestó ella y echó a andar.
-Vuelvo enseguida -dijo el señor Donner a Peeta, por encima del hombro-. No quiero perderme esto.
-¡Que alguien le busque un maldito cinturón a la muchacha!-gritó Peeta, malhumorado.
No encontraba nada justo que todos salieran al corredor a ver el espectáculo mientras él estaba clavado en la cama.
Y ciertamente estaba clavado. La sola idea de levantarse lo mareaba.
Esa noche debió haber estado más grave que lo que pensó. Ya no sentía la necesidad de toser cada pocos segundos, pero sentía el cuerpo agotado, exhausto. Le dolían los músculos y le ardía la garganta de irritación. Hasta las muelas le dolían un poco.
Tenía vagos recuerdos de Katniss atendiéndolo. Le había puesto compresas frías en la frente, había estado velando al lado de la cama, incluso le había cantado una canción de cuna. Pero nunca logró verle la cara. La mayor parte del tiempo no había tenido la energía para abrir los ojos, y cuando lograba abrirlos, la habitación estaba oscura, y ella siempre estaba en las sombras, recordándole a...
Contuvo el aliento, y el corazón se le desbocó en el pecho, porque en un repentino relámpago de claridad, recordó su sueño.
Había soñado con «ella».
No era un sueño nuevo, aunque hacía meses que no lo tenía. No era una fantasía para inocentes tampoco. Él no era ningún santo, y cuando soñaba con la mujer del baile de máscaras, ella no llevaba su vestido plateado.
No llevaba nada encima, pensó sonriendo pícaramente.
Pero lo que lo asombraba era que ese sueño le hubiera vuelto después de tantos meses dormido. ¿Era algo que tenía Katniss lo que se lo hizo volver? Había supuesto, había deseado, que la desaparición de ese sueño significara que había acabado su obsesión por ella.
Era evidente que no.
Ciertamente Katniss no se parecía a la mujer con la que bailó hacía dos años. Su pelo no era del mismo color, y era demasiado delgada. Recordaba claramente las exuberantes curvas de la mujer enmascarada en sus brazos; comparada con ella, bien se podía decir que Katniss era escuálida. Sí, tal vez su voz se parecía un poco, pero tenía que reconocer que con el paso del tiempo sus recuerdos habían ido perdiendo nitidez y ya no recordaba con toda claridad la voz de su mujer misteriosa. Además, la pronunciación de Katniss, si bien excepcionalmente refinada para ser una criada, no era de tan buen tono como la de «ella».
Soltó un bufido de frustración. Como detestaba llamarla «ella». Ése le parecía el más cruel de los secretos de «ella»: se había negado a decirle su nombre. Una parte de él deseaba que le hubiera mentido, diciéndole un nombre falso. Así por lo menos habría tenido cómo llamarla cuando pensaba en ella.
Un nombre para susurrar por la noche, cuando miraba por la ventana pensando dónde demonios estaría.
Ya iba en su tercer plato cuando apareció la señora Donner en la puerta.
-Aquí estamos -anunció.
Entonces apareció Katniss, prácticamente sumergida en el voluminoso vestido de la señora Donner. Aparte de los tobillos, claro. La señora Donner era su buen medio palmo más baja.
-¿No está monísima? -dijo la señora Donner, sonriendo de oreja a oreja.
-Ah, sí, sí -repuso Peeta, curvando los labios.
Katniss lo miró indignada.
-Tendrá abundante espacio para el desayuno -dijo él, bravamente.
-Sólo lo llevará hasta que yo le haga limpiar su ropa -explicó la señora Donner-. Pero por lo menos es decente. -Se acercó a la cama-. ¿Cómo está su desayuno, señor Mellar?
-Delicioso. No había comido tan bien desde hace meses.
La señora Donner se inclinó a susurrarle:
-Me gusta su Katniss. ¿Nos la podríamos quedar?
Peeta volvió a atragantarse. Con qué, no lo sabía, pero se atragantó de todos modos.
-¿Qué?
-Ya no somos tan jóvenes el señor Donner y yo. No nos iría mal otro par de manos aquí.
-Eh... esto... yo... bueno... -se aclaró la garganta-. Lo pensaré.
-Excelente. -La señora Donner volvió hasta la puerta y cogió a Katnnis por el brazo-. Usted viene conmigo. El estómago le ha estado gruñendo toda la mañana. ¿Cuándo comió por última vez?
-Ehh... en algún momento ayer, diría yo.
-¿Ayer a qué hora? -insistió la señora Donner.
Peeta tuvo que ponerse la servilleta en la boca para ocultar su sonrisa. Katniss parecía estar totalmente arrollada. La señora Donner tendía a hacerle eso a las personas.
-Eh... bueno, en realidad...
La señora Donner se plantó las manos en las caderas. Peeta sonrió. Una buena le esperaba a Katniss.
-¿Me va a decir que ayer no comió en todo el día? -bramó la señora Donner.
Katniss miró desesperada a Peeta.
Él contestó con un encogimiento de hombros que le decía «no busques ayuda en mí». Además, disfrutaba viendo el cariño con que la trataba la señora Donner. Estaba dispuesto a apostar que esa pobre muchacha no había sido tratada con cariño desde hacía años.
-Ayer estuve muy ocupada -dijo Katniss, evadiendo la respuesta.
Peeta frunció el ceño. Lo más probable era que estuviera ocupada huyendo de Brutus Cavender y de la manada de idiotas que llamaba amigos.
La señora Donner hizo sentar a Katniss en el asiento del escritorio.
-Coma -le ordenó.
Peeta la observó comer. Era evidente que ella intentaba hacer uso de sus mejores modales, pero el hambre debió ganar la batalla, porque pasado un minuto estaba prácticamente zampándose la comida.
Sólo cuando cayó en la cuenta de que tenía las mandíbulas fuertemente apretadas comprendió que estaba absolutamente furioso. Con quién, no lo sabía exactamente, pero no le gustaba ver a Katniss tan hambrienta.
Había un extraño vínculo entre él y la criada. Él la había salvado a ella y ella lo había salvado a él. Ah, dudaba de que la fiebre de esa noche lo hubiera matado; si hubiera sido realmente grave, estaría batallando con ella en esos momentos. Pero ella lo había cuidado, lo había puesto cómodo y tal vez lo hizo avanzar en el camino a la recuperación.
-¿Me hará el favor de vigilar que coma por lo menos otro plato? -le pidió la señora Donner-. Voy a ir a prepararle una habitación.
-Uno de los cuartos para los criados -dijo Katniss.
-No sea tonta. Mientras no la contratemos, no es una criada aquí.
-Pero...
-No se hable más -interrumpió la señora Donner.
-¿Quieres que te ayude, querida? -le preguntó el señor Donner.
Ella asintió y al instante siguiente la pareja ya se había marchado.
Katniss detuvo el proceso de comer tanta comida como era humanamente posible para mirar la puerta por donde acababan de desaparecer. Sin duda la consideraban una de ellos, porque si no hubiera sido una criada de ninguna manera la habrían dejado a solas con Peeta. Las reputaciones se podían arruinar con mucho menos.
-Ayer no comió nada en todo el día, ¿verdad? -le preguntó Peeta en voz baja.
Ella negó con la cabeza.
-La próxima vez que vea a Cavender lo voy a dejar convertido en una pulpa sanguinolenta -gruñó él.
-Vuelva a llenarse el plato -le dijo él-. Aunque sólo sea por mi bien. Le aseguro que antes de marcharse la señora Donner contó los huevos y las lonjas de jamón que había en la fuente, y querrá mi cabeza si no ha disminuido el número cuando vuelva.
-Es una señora muy buena -dijo ella, poniéndose huevos en el plato. El primero le había aplacado apenas el hambre; no necesitaba que la instaran a comer.
-La mejor.
Con suma pericia, ella equilibró una loncha de jamón entre el tenedor y la cuchara de servir y la trasladó a su plato.
-¿Cómo se siente esta mañana, señor Mellark?
-Muy bien, gracias. O si no bien, por lo menos condenadamente mejor que anoche.
-Estuve muy preocupada por usted -dijo ella, quitando el borde de grasa del jamón con el tenedor y luego cortando un trozo con el cuchillo.
-Ha sido muy amable al cuidar de mí.
Ella masticó y tragó. Luego dijo:
-No fue nada en realidad. Cualquiera lo habría hecho.
-Tal vez, pero no con tanta gracia y buen humor.
El tenedor de ella quedó inmóvil a medio camino.
-Gracias -dijo-. Ése es un hermoso cumplido.
-Yo no... mmm...
P se interrumpió y se aclaró la garganta. Ella lo miró con curiosidad, esperando que acabara lo que fuera que iba a decir.
-No, nada -musitó él.
Decepcionada, ella se metió el trozo de jamón en la boca.
-¿No hice nada de lo que tenga que pedir disculpas? -soltó él de pronto, a toda prisa.
Katniss tosió y escupió el trozo de jamón en la servilleta.
-Eso lo interpretaré como un sí -dijo él.
-¡No! Simplemente me sorprendió.
-No me mentiría acerca de esto, ¿verdad? -insistió él, mirándola con los ojos entrecerrados.
Ella negó con la cabeza, recordando el beso perfecto que le había dado. Él no había hecho nada que exigiera una disculpa, pero eso no significaba que no lo hubiera hecho ella.
-Se ha ruborizado -la acusó él.
-No, no estoy ruborizada.
-Sí que lo está.
-Si me he ruborizado -contestó ella descaradamente-, es porque me extraña que a usted se le ocurra pensar que pudiera haber motivo para pedir disculpas.
-Se le ocurren muy buenas respuestas para ser una criada -comentó él.
-Perdone -se apresuró a decir ella.
Tenía que recordar su lugar; pero eso le resultaba difícil con ese hombre, el único miembro de la alta sociedad que la había tratado como a una igual, aunque sólo fuera por unas horas.
-Lo dije como cumplido. No se reprima por mi causa.
Ella guardó silencio.
-La encuentro muy... -se interrumpió, obviamente para buscar la palabra correcta-. Estimulante.
-Ah. -Dejó el tenedor en la mesa-. Gracias.
-¿Tiene algún plan para el resto del día?
Ella se miró el voluminoso vestido e hizo una mueca.
-Pensaba esperar a que estuviera lista mi ropa y entonces, supongo que iré a ver si en alguna de las casas vecinas necesitan una criada.
-Le dije que le encontraría un puesto en la casa de mi madre -dijo él, ceñudo.
-Y eso se lo agradezco mucho -se apresuró a decir ella-. Pero preferiría continuar en el campo.
Él se encogió de hombros, con la actitud de aquel al que jamás la vida le ha puesto ningún escollo por delante.
-Entonces puede trabajar en Aubrey Hall, en Kent.
Katniss se mordió el labio. Ciertamente no podía decirle que no quería trabajar en la casa de su madre porque tendría que verlo a él. No podía imaginarse una tortura más exquisitamente dolorosa.
-No debe considerarme una responsabilidad suya -le dijo finalmente.
Él la miró con cierto aire de superioridad.
-Le dije que le encontraría otro puesto.
-Pero...
-¿Qué puede haber en eso para discutir?
-Nada -masculló ella-. Nada en absoluto.
No serviría de nada discutir con él en ese momento.
-Estupendo -dijo él, reclinándose satisfecho en sus almohadones-. Me alegro que lo vea a mi manera.
-Debo irme -dijo ella, empezando a levantarse.
-¿A hacer qué?
-No lo sé -repuso ella, sintiéndose estúpida. Él sonrió de oreja a oreja.
-Que lo disfrute, entonces.
Ella cerró la mano en el mango de la cuchara de servir.
-No lo haga -le advirtió él.
-¿Que no haga qué?
-Arrojarme la cuchara.
-Eso ni lo soñaría -contestó ella entre dientes. Él se echó a reír.
-Pues sí que lo soñaría. Lo está soñando en este momento. Sólo que no lo «haría».
Katniss tenía aferrada la cuchara con tanta fuerza que le temblaba la mano.
Peeta se reía tan fuerte que le temblaba la cama. Katniss continuó de pie, con la cuchara bien cogida.
-¿Piensa llevarse la cuchara? -le preguntó él sonriendo.
«Recuerda tu lugar», se gritó ella, «recuerda tu lugar».
-¿Qué podría estar pensando para verse tan adorablemente feroz? -musitó él-. No, no me lo diga -añadió-. Seguro que tiene que ver con mi prematura y dolorosa muerte.
Muy lentamente ella se volvió de espaldas a él y colocó con cuidado la cuchara en la mesa. No debía arriesgarse a hacer ningún movimiento brusco; un movimiento en falso y le arrojaría la cuchara a la cabeza.
-Eso ha sido muy maduro de su parte -comentó él, arqueando las cejas, aprobador.
Ella se giró lentamente hacia él.
-¿Es así de encantador con todo el mundo o sólo conmigo?
-Ah, sólo con usted -contestó él. Sonrió-. Tendré que procurar que acepte mi ofrecimiento de encontrarle empleo en casa de mi madre. Usted hace surgir lo mejor de mí, señorita Katniss Everdeen
-¿Eso es lo mejor? -preguntó ella, con visible incredulidad.
-Me temo que sí.
Katniss se dirigió a la puerta limitándose a mover la cabeza. Sí que eran agotadoras las conversaciones con Peeta Mellark.
-¡Ah, Katniss! -exclamó él.
Ella se volvió a mirarlo. Él sonrió guasón.
-Sabía que no me arrojaría la cuchara.
Lo que ocurrió entonces no fue responsabilidad de Katniss. Ella quedó convencida de que por un fugaz instante, se apoderó de ella un demonio, porque de verdad no reconoció la mano que se alargó hasta la mesilla y cogió el cabo de una vela. Cierto que la mano parecía estar unida firmemente a su brazo, pero no le pareció conocida cuando esta mano se movió hacia atrás y arrojó el cabo de vela a través de la habitación.
Dirigida a la cabeza de Peeta Mellark.
No esperó para ver si su puntería había sido acertada. Pero cuando salía a toda prisa del dormitorio, oyó la carcajada de Peeta. Y luego lo oyó gritar:
- ¡Bien hecho, señorita Everdeen!
Y entonces cayó en la cuenta de que por primera vez en años la sonrisa que curvó sus labios era de alegría pura y auténtica.
