Disclaimer: Candy Candy es propiedad de Keiko Nagita y Yumiko Igarashi.

Advertencias: Un poco de OoC, mención de crimen y violencia (asalto a mano armada)

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Déja-Vú

Capítulo 8


Neal estaba atónito.

Antes de cualquier cosa, Candy había sacado ese terrible malentendido del periódico. Una exclamación fuerte, aturdidora, que había salido desde lo más profundo de ella. Como un claro reproche antes que una felicitación. Su shock había hecho que su mirada se desenfocara de ella y se perdiera en el infinito. Al darse cuenta de ello, del terrible error del momento entre muchos otros, volvió su atención a la joven. Los bordes de sus párpados estaban tornándose de rosados a rojizos, una señal obvia de que estaba conteniendo un gran pesar.

Sus labios se entreabrieron, pero su voz no salió. Como idiota, seguía sin poder reaccionar. Ambos, se percató, estaban lo bastante turbados como para decir algo.

Ya estaba demasiado oscuro, empezaban las primeras horas de la noche. Debían irse y hablar las cosas en un mejor lugar que a mitad de la acera en una calle desconocida. Lo discutirían en el departamento de la chica, aprovecharía que su auto no estaba tan lejos de ahí para llevarla a casa. En su azoro, le pareció escuchar pasos detrás de él. Ignoró el murmullo que inundaba el ambiente, debía romper la tensión y calmar las cosas entre ambos.

—¡Oye, amigo! ¿Tienes la hora? —exclamó una voz extraña a sus espaldas. Claramente se dirigía a él, pensó fastidiado. No estaba para aguantar a nadie por el momento.

—No soy tu amigo, lárgate —respondió con la tonada más molesta y llena de desdén que tenía.

Esa respuesta no había sido lo que esperaba el otro sujeto.

Una gran palma se posicionó en el hombro grueso de Neal y lo hizo girarse sobre sus pies. Eso escandalizó tanto a Leagan como a Candy. Se dieron cuenta que no estaban solos y que un grupo de muchachos mal encarados les miraban con malicia. Los nervios se les pusieron de punta, eran bastante obvias sus intenciones: hacerles daño.

—Pues ahora vas a tener que dármela con tu maldito Rolex, malnacido —escupió con odio el que parecía el líder.

Sin embargo, Neal no se amedrentó. Al contrario, eso pareció encender la ira que llevaba acumulada por semanas. Puso detrás de sí a Candy, en un gesto de protección, y dio un par de pasos adelante. Estaba decidido a encararlo y darle una lección por su vulgar atrevimiento. Nadie se metía con él estando furioso. Ella trató de detenerlo, en un impotente amago de fuerza, pero lo único que consiguió fue sacar de sus manos la sombrilla. A pesar de todo, su mirada esmeralda ardía de valor y desagrado por esos delincuentes.

—Lo único que te voy a dar es un puñetazo en la boca, bastardo —contestó Neal en un resoplido enfurecido.

La pandilla pareció caerle en gracia lo que acababa de decir Leagan. Comenzaron a insultarlo con mayores obscenidades que apenas eran tolerables de escuchar. El líder de ellos parecía que miraba tanto a Candy como a Neal como presas fáciles con las que hacerse de un botín rápido. Desestimándoles, empezó a burlarse de ellos y a insultarles también.

En un momento, cambió de táctica a directamente dirigirse a atacar a Neal. Candy observó horrorizada en un vistazo rápido, como un flash, el brillo de una navaja. Gritó angustiada ante la idea de que corriera sangre ahí. Ante sus ojos verdes, se presentó el fantasma de un recuerdo: un maleante amenazante, una mano alzada con el único fin de herir, a Neal en peligro. Sin embargo, Leagan también realizó un movimiento sorpresivo que esquivó su tramposo golpe y le arrojó el café hirviendo. Atarantado por su ataque, no pudo detener que Neal le asestara un poderoso puñetazo en pleno rostro. Se logró escuchar un profundo "crack"; quizás había conseguido romperle la nariz e incluso soltarle unos cuantos dientes.

Sonrió orgulloso ante su proeza. Sin embargo, se percató de que esa era gente peligrosa y lo más conveniente era salir de allí. Regresó su atención a Candy, que le miraba estupefacta y susurró algo entre dientes. Ella no pudo entender nada, porque él salió corriendo mientras era perseguido por el grupo de delincuentes entre gritos e improperios varios. El viento se llevó su escándalo. La chica quedó sola, tomando con fuerza una sombrilla entre sus manos temblorosas, en mitad de la noche.

No sabía a dónde habían ido. No podía seguirles. Su corazón temió por Leagan como no lo había hecho antes. Ni siquiera por ella misma.

Neal salió disparado, huyendo con una energía que no sabía que tenía. A cada tanto, extendía la zancada de sus piernas, tratando de ganar mayor ventaja. Giraba el rostro, de vez en tanto, para ver si los había perdido de vista. Por desgracia, ese no parecía su caso. Cada paso que daban, parecía encender esa ferocidad colectiva que les volvía como bestias salvajes. Debía despistarlos, de algún modo.

No podía ir a su oficina, quedaba muy lejos. Ni mucho menos a los hogares de sus conocidos o al propio. Sería una completa emboscada para él mismo; esos lobos de la calle podrían hacerle daño en el futuro en cualquier descuido. Candy… No quedaba tan lejos, pero estaba completamente descartado. Antes se dejaría desollar vivo que exponerla más al peligro.

Sería una locura poder salir vivo.

Su mente fue iluminada por un repentino haz de luz que se reflejó en sus facciones. Un recuerdo que provocó una sonrisa. Por supuesto: ¡eso era lo que necesitaba hacer! Calculó el espacio, la velocidad que debía conservar y la calle en la que se desarrollaba la persecución. En cualquier momento, debía aprovechar el flujo de tráfico que se generaba en la avenida principal a esas horas de la noche.

Era su única opción. Su última oportunidad de salvación.

—¡Has aguantado, niño bonito! ¡Pero no más! —ladró el delincuente que estaba casi pisándole los talones.

—¡Detente, detente desgraciado! —corearon sus secuaces.

Uno, dos, tres… El destino y la causalidad se unieron en favor de Leagan.

—¡Parecen cansados, roñosos! —alcanzó a decir Neal en un deje de desdén ventajoso.

Fue cuando el joven dio una última zancada que le ayudó a trasladarse de una acera a otra; desconcertando a sus perseguidores al situarse entre ellos una marea repentina de automóviles. La persecución había terminado. Estaba a salvo. Soltó un suspiro de alivio y continuó su camino.

Candy caminaba sin rumbo. Izquierda, derecha; sus pies avanzaban sin que ella pudiera detenerlos. Sus ojos no enfocaban y era una suerte que la calle estuviera sola; eso definitivamente ayudaba a que no tropezara. Sabía que si caía, no podría levantarse. En su cabeza, sólo escuchaba la odiosa voz de la culpa. Un zumbido que se transformaba en aullido segundo a segundo: ¿por qué no hice nada?

Cabeceaba por inercia, de un lado a otro, buscando un policía que le auxiliase. ¿A qué?, volvió el entrometido eco, no serías de ayuda para Neal o siquiera para ti. No sabes a dónde fue ni quién le perseguía. No sabes nada, Candy llorona inútil White.

Por un momento, sintió un escalofrío gélido recorrerle la espina dorsal hasta la nuca. ¿Eso era pánico? Los ojos se le anegaron de gruesas lágrimas. Pero ante ella se presentó el volátil último recuerdo de Neal. Un susurro entre dientes, sus labios moviéndose en una ligera sonrisa y sus profundos ojos castaños. Algo dentro de su pecho volvió a latir, una repentina energía que le devolvió el alma al cuerpo.

La sombra trató de volver a sus pensamientos. Candy ignoró, ignoró, ignoró todo lo que su mente atormentada gemía. Debía hacer algo. ¿Qué, exactamente? No tenía idea, pero sabía que tenía que actuar.

Unas luces le enceguecieron momentáneamente y, por primera vez en la noche, en su rostro se dibujó una sonrisa genuina.

—¡Taxi! Lléveme a la comisaría del distrito, por favor.

Neal confiaba en ella. No le fallaría.

Leagan dio vueltas alrededor de la manzana con el mayor de los cuidados. Lo que cualquiera haría, después de semejante peripecia, sería marcharse a casa. Sin embargo, no quería que alguno de los malvivientes de rato atrás lo encontrase y lo siguiera. Y peor aún, se sentía bastante agotado y no se sentía con el ánimo suficiente de continuar jugando a las escondidillas. Lo cual se notaba en su paso presuroso pero donde arrastraba los pies a la vez. Además, estaba preocupado por Candy. ¿A dónde habría ido? No era muy religioso, pero le pedía a Dios y a cada uno de los santos que recordaba que ella estuviera bien.

Que estuviera en su hogar, tranquila. A él podría llevárselo el diablo a cambio de esa preciosa condición.

Paso a paso, recargaba su peso entre sus piernas y se apoyaba de las paredes que se encontraba en su camino. Fue cuando un repentino calambre le recorrió el brazo. Bajó la mirada y, con horror, se percató de que sangraba. ¿En qué momento esos desgraciados le habían rajado? A pesar de que no parecía una herida profunda, un ataque de pánico le atacó. Su respiración se volvió errática. Si algo no toleraba bien, era la sangre. Se sacó la bufanda y, como pudo, se vendó el brazo. Sin embargo, sabía que debía atenderse.

Gimió enfurecido y apretó el paso.

Quizá eso fue lo que llamó la atención de un policía adormilado que lo distinguió entre las sombras y la débil luz del alumbrado público. Si ya era bastante raro ver a alguien paseando por las calles a esas horas, el asunto se agravaba cuando ese alguien apenas si podía caminar. Encendió las luces de su patrulla y se acercó a la sombra temblorosa que resultó un joven bien vestido y malherido.

—Señor, ¿se encuentra bien?

—Oh, ¡por el amor de…! —Neal se mordió la lengua, evitando que saliera cualquier frase envenenada de sarcasmo ante la pregunta boba. Se contuvo por su propio bien—. Es una bendición encontrarlo, oficial.

Neal terminó subiendo a la unidad, después de relatarle los últimos hechos de su desafortunada noche. Le señaló que le encantaría dar con los responsables del mal rato, sin embargo, indicó que le era mucho más importante resolver la situación médica que le aquejaba. Una denuncia vendría de perlas después de un par de analgésicos y vendajes. Suspiró profundamente, por fin estaba a salvo. Cuando su cuerpo se percató de eso, poco a poco empezó a apagarse. El joven Leagan se perdió en un sueño oscuro y profundo. A lo lejos, escuchaba su propia voz: ¿Candy?

Pronto estarían en la comisaría. El chico podría hacer su denuncia y podría continuar con su vida. Sonrió ante la memoria del rostro moreno lleno de agradecimiento. Había sido el salvador de esa pobre alma en esa terrible noche. Su corazón se llenó de gusto, para ese tipo de situaciones era que había dedicado sus esfuerzos y sus días como policía. Días así le volvían a confirmar que todo había valido la pena.

El agradable momento de autoreconocimiento se perdió cuando en el radio se escuchó el rumor de la voz de la oficina central: "Atención, se registra un caso 10-57: individuo joven, 20-30 años, vestimenta formal, moreno, complexión media, cabello y ojos castaños. Última ubicación entre las calles número 5 y…." El policía dejó de escuchar el susurro que se perdía en la estática. Volteó a ver brevemente a su acompañante. Contuvo el aliento por unos instantes, ¡cumplía con la ligera descripción del requerimiento!

Tal vez podría ser alguna otra persona, pero lo mejor era cerciorarse. Aceleró y trató de llevar al adormilado varón a la comisaría más cercana.

—Señorita, no se preocupe —una mujer policía le tendió una taza de café a la nerviosa muchacha—. Pronto tendrá noticias de su…

—Ahm… amigo. Es mi amigo —murmuró dudosa—. No sabe, oficial. Fue terrible, ¡y no pude hacer nada! —la voz se le cortó por el pesar.

—Hizo bien, señorita. No sabe cómo se hubieran desenvuelto las cosas de haber intervenido usted —respondió la oficial con tonada reconfortante y firme.

Pero Candy ladeó suavemente sus rizos rubios. Ella sabía que todo habría salido bien. Esta situación no era sino un cruel déja-vú. No era la primera vez que se habían enfrentado a rufianes así. Entre los dos, codo a codo, todo habría salido bien. Sólo que no contó con una hostilidad superior, una navaja y a Neal con un espíritu más atrevido y valeroso. Idiota, rectificó, Neal se había comportado como el patán que era; sin medir las consecuencias de sus palabras y de sus actos, de nuevo, se había vuelto a meter en problemas.

¿Por qué se preocupaba por él?

No respondió. Su mente era un hervidero de pensamientos y sensaciones. Pero, aún así, no logró dar con una respuesta.

Amigo, taladró sus recuerdos y un brillante rubor se posó en sus mejillas.

—¿Señorita Candy White? Acuda a la oficina 05, por favor.

Se levantó pesadamente del asiento. Era un manojo de estrés. No obstante, sus piernas se movieron grácilmente después de las indicaciones de los amables agentes. Su corazón latió escandaloso en su pecho. Un presentimiento le recorrió el cuerpo en forma de escalofrío.

—Tú…

Neal y Candy estaban atónitos de encontrarse ahí, en esos momentos, después de todo lo que habían pasado. Aún cuando la rubia acudió expresamente para reportar su desaparición, no había esperado que dieran con él tan pronto. Leagan estaba estupefacto de que ella estuviera en esas oficinas frías y desordenadas, cuando él la imaginaba en su confortable casa.

Ambas miradas se observaban detenidamente, ambas bocas estaban desencajadas, ambas voces se hallaban perdidas. Estaban los dos en una misma habitación: tan cerca y tan lejos.

—Candy… —esbozó una sonrisa cansada.

—Tú… ¡Tú lo que eres es un mamarracho! —exclamó Candy con un resquicio de murmullo enfurecido que sonó lo bastante fuerte como para aturdirlo.

No la había escuchado bien, eso era claro. Por supuesto, mamarracho no había sido lo primero que había salido de sus labios al verlo después de ese horrible intento de asalto. Obviamente en su pecoso rostro se había dibujado una sonrisa radiante e incluso unas brillantes lágrimas habían adornado sus ojos. Había exclamado con dulzura "¡qué gusto verte a salvo!" o tal vez un "¡bendito sea Dios de haberte protegido!" o quizás "me he dado cuenta de lo mucho que te quiero ahora que casi te pierdo…" Sí, seguro había dicho eso último.

No había puesto esa fea mueca de estrechar los labios y tensar las cejas, volviendo su rostro el epítome de la ira e incluso de la inconformidad. Si no hubiera visto su preocupación durante la pelea con esos malnacidos, creería firmemente que hubiera preferido verlo muerto. Dentro de él, aún tenía algo de excitación contenida, que no pudo refrenar al verse confrontado por la osada muchacha.

—¡¿Cómo me llamaste, Chica Pony?!

—Como oíste, ¡mamarracho! —respondió tajante y más molesta si cabía posible.

—¡¿Y por qué mamarracho?! Después de-

—¡Porque es lo que tú eres, un mamarracho simplón!

—Nunca nadie me había llamado mamarracho antes… —murmuró entre dientes Neal, no sabiendo si era más para sí que para contestarle a Candy.

—¡Pues me sorprende que yo sea la primera en decírtelo! —el desafío brillaba en el verdor de sus ojos.

—¡Y espero la última! —atajó herido en su orgullo.

—Mira nada más cómo andas, ¡apenas si lo creo, señorito!

La rubia señaló su brazo, su torso, todo de él. No sabía en qué momento acalorado de su idiota discusión se habían acercado lo suficiente, el uno al otro, como para quedar a frente a frente a escasos centímetros de distancia. Y se dio cuenta que su ropa estaba rasgada, la manga de su saco y camisa bañada en sangre, entre el sudor y la sangre habían hecho un lienzo desagradable en su cara… Asintió desconcertado, apenas si lograba reconocer a ese Santocristo de la pasión con el empresario Neal Leagan.

—Dios, de verdad… ¿Por qué? —exhaló un último suspiro, exhausta.

—¿De qué estás hablando? —él ya no entendía nada.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué te fuiste? —un velo de rizos rubios cubrió el adorado rostro de Candy.

Un ligero temblor se apoderó de sus miembros. Apenas si se podía sostener de pie. Pero, con la fuerza que le quedaba, tomó entre sus manos los esbeltos hombros de la chica.

—Quería protegerte esta vez —susurró con el resquicio de sus fuerzas.

—Pudimos haberlo hecho entre los dos, como la última vez... ¿Lo recuerdas, Neal?

Precisamente porque recordaba esa bochornosa ocasión, era que había decidido actuar por él solo. Ya no era ese adolescente mimado y débil… quería creer que ya no. Que ya podía pelear sus batallas él sólo. Y con mayor razón si era para el bien de la persona que más quería.

—Salió bien después de todo, ¿no es así? —preguntó con una sonrisa afilada de engreído que sabía aplicar muy bien.

—Mamarracho.

Unas suaves manecitas se extendieron frente a él y se encerraron en torno a su cintura. Y a pesar del ambiente gélido que imperaba en la oficina, quizás el aire acondicionado no funcionaba del todo bien, una grata una calidez le embargó. Debajo de su mentón sintió el cosquilleo de unos mechones del color del trigo. A la altura de su corazón, una fresca humedad apareció. Lágrimas, aunque no pudiera apreciarlas, sabía que escapaban silenciosas de sus ojos de primavera. Alucinaba, ya que parecía que los tersos labios besaban con dulzura su torso herido.

—No vuelvas a hacer esas cosas por mí —exclamó Candy en un susurro que se transformó en sollozo.

Estrechó a la joven, con las fuerzas que le quedaban, contra su pecho maltrecho.

—No hay palabras para describir lo que haría por ti —añadió Neal en un suave murmullo que se perdió entre los rizos dorados de su cabello empapado.

El Cuerpo de Policía fue lo bastante amable de dejarlos relajarse: les ofreció café y unas mantas, buscando que recuperaran un poco las fuerzas. Posteriormente levantaron un acta de denuncia, actuando, conforme a lo estipulado por la ley, por haber sido víctimas del crimen. Con sonrisas cansadas y un tanto histéricas, agradecieron sus buenos tratos y se tomaron camino hacia la salida.

Sin embargo, ambos se detuvieron al traspasar las puertas de la comisaría.

—Vamos a casa —indicó Leagan, con un tono flemático, mientras extendía su mano frente a Candy.

Sin mediar palabra, ella asintió mientras entrelazaba sus dedos con los de él. No estaba segura de lo que significaban sus palabras.

Frente a ellos, se apreciaban finas gotas de lluvia que salpicaban la acera. La tormenta continuaba, levemente, y seguiría el resto de la noche hasta el amanecer. Por suerte, no había soltado la sombrilla de Neal Leagan. Y, en esos momentos, no soltaría su mano tampoco.

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To be Continued…


N/A:

Se me cae la cara de vergüenza, chic s. Me he tardado horrores en continuar. He tenido algunos problemas personales y laborales que me han dejado sin ánimos de nada. Afortunadamente, he superado el bache emocional en el que estaba estancada y espero poder continuar con esta historia más seguido. Sobre todo porque espero poder sacarle más jugo a esto.

Amo a Candy y a Neal, juntos y separados, y los amo a ustedes por seguir leyendo esta historia. Gracias por su apoyo. *heart

Y sí, el drama y los malentendidos continúan. ;)

Aún, a pesar de todo, espero que haya sido de su agrado este nuevo capítulo.

See you around…