Capítulo VIII
Y lo que fuera que David iba a hacer en su visita a esta ciudad quedó en el olvido al igual que mi trabajo y el resto de mi vida ordinaria. La ciudad había desaparecido desde ese último momento en la Biblioteca Nacional.
Aunque hubiéramos vadeado todo el tema por todos esos días, seguía allí y salía siempre a la luz otra vez en cualquier momento para ratificar nuestro destino.
Mientras veía a David, aquellos sentimientos volvían, y estaban regresando todos a tropel. Ya no podía seguir negando que lo amaba, porque era un amor que había estado dormido, y ahora despertaba más vivo que nunca.
Y era real.
Y él, él no me dejaría ir. Había regresado para no marcharse otra vez.
Sus manos temblorosas titubeaban, estuvimos parados un buen rato hasta que finalmente tomó las mías, suavemente, por primera vez su contacto.
-Entonces…- mi voz me fallaba –Es real, aunque no podamos entenderlo…- y mis ojos ardían porque tenía delante de mí a amado que una existencia desconocida me había arrebatado.
-Yo al fin lo entiendo. Al fin puedo- y David sonrió, porque al fin encontraba la paz en su alma.
No podía mirarlo a los ojos, porque me derrumbaría.
-Marianne, te amo- soltó como un torrente y esas suaves manos se aferraban a las mías–Te quiero conmigo siempre-
Aquella era claramente una propuesta, como la propuesta más seria que una mujer pudiera recibir. Porque ya él y yo estábamos casados, de hecho, es sólo que necesitábamos corroborarlo en esta vida.
-Faramir…- todas mis emociones hablaban al fin sin miedo –¡Faramir estás aquí!- dije en medio de las lágrimas y un suave beso en los labios selló el destino.
Y éramos los dos el príncipe y la princesa de Ithilien, aunque estuviéramos en otro lugar.
-Has regresado, Faramir-
-He regresado, mi amada- me dijo con emoción indescriptible.
La tarde lluviosa en Ithilien, la noticia que me dio Boromir… Dios, era de verdad el regreso de mi Faramir, en otro lugar, en otro tiempo, pero había regresado. Y ya no me importaba, ni a mí ni a él, buscar una explicación a eso.
Estábamos juntos otra vez y eso era lo único que importaba.
Esa noche, él no quiso que yo me quedara sola. Cada vez era más difícil separarnos: David volver a su frío hotel, y yo regresar a mi mísero apartamento.
Nuestras conversaciones eran interminables. Aparentemente él y yo podíamos trabajar juntos, o algo así, y nuestra atención en eso se perdía todo el tiempo. Ya no importaba nada de eso.
El apartamento estaba vacío. Todas las cosas las había vendido rápido.
A las once estaría David esperándome allá abajo en su automóvil rentado. Una última mirada a aquel lugar fue lo único que hice.
Al cerrar la puerta, bloqueaba ya esa vida conocida vacía, inútil e infeliz.
Renacía, o más bien me reencontraba al fin con mi verdadero yo.
FIN
