Capítulo 8.

Kate sabía que Castle estaba herido. Y mucho. También sabía que aquella noche no iba a poder pegar ojo, así que decidió hacer lo único que podía en ese momento. Centrarse en intentar estudiar para su examen y esperar a que su marido entrase en razón y volviese al cabo de un par de horas. No le apetecía en absoluto enfrentarse a Martha o Alexis, por tanto decidió que lo mejor era encerrarse en la habitación y estudiar allí. Era su primera gran discusión desde que vivían juntos. Esperaba que las palabras de él fuesen solamente una amenaza y volviese esa noche junto a ella.

Castle caminaba todo lo deprisa que podía, como si su ira fuese a aplacarse con el movimiento de sus músculos. ¿Cuándo iba a aprender Kate? ¿Cuándo? ¿No se daba cuenta que guardar secretos al final era siempre motivo de sus grandes peleas?

Desde que había cerrado la puerta de su casa, únicamente tenía una cosa en la mente: olvidarse por un buen rato, hasta que se le pasase la frustración y poder ver las cosas con algo más de claridad para buscar una solución. Y sus pies le encaminaban al sitio justo. A ese negocio que había adquirido sólo para que no cerrase y del que le importaba bastante poco si era o no rentable. Su bar. En momentos como ese, bendecía tan sabia decisión, y mucho más cuando recordaba haber renovado el sofá del despacho por uno más grande y cómodo que sin duda le permitiría dormir lejos de miradas e interrogantes si lo hacía en el de su casa.

- ¡Jefe! – le saludó Brian al verle entrar - ¿Celebramos algo? – preguntó sabiendo que el dueño del local sólo pasaba por allí en contadas ocasiones y normalmente para pasar un rato en compañía de sus compañeros y su mujer.

- Hoy no Brian – dijo pasando tras la barra y eligiendo una botella del bourbon más caro – Hazme un favor ¿Quieres?

- Claro jefe…

- No le digas a nadie que me has visto por aquí.

- Eso está hecho.

- Estaré en mi despacho, cierra cuando quieras, si necesito salir lo haré por la puerta de atrás.

- Jefe…

- ¿Sí?

- ¿Está bien?

- Claro… - le dijo palmeándole la espalda – Perfectamente.

El joven asintió sin convencimiento. No le había visto así nunca. La sonrisa de Richard Castle siempre era permanente en su cara. Menos hoy.

Richard Castle, el famoso escritor de éxito, al que la vida le iba genial. Casado con una de las mujeres más bonitas que él había visto, una hija guapa e inteligente, una madre particular, pero al que se le veía muy unido y con una tropa de amigos que llenaban el local y no abusaban de su amistad. ¿Qué le pasaría? Apostaría las propinas de la semana a que tenía que ver con su mujer. Los problemas del corazón eran los que llevaban a la mitad de su clientela hasta allí, para beber de más y olvidarse por un rato.

Y eso era justo lo que comenzó a hacer Castle en cuanto pisó su despacho. Cogió un vaso, puso dos trozos de hielo y sin dejar que el líquido llegase casi a tomar contacto con el frío elemento, lo vació de un trago volviendo a llenarlo una vez más.

Kate era incapaz de concentrarse. Atenta a los movimientos de la casa había oído a Martha y a Alexis entrar en la casa, hablar entre ellas durante un rato que supuso emplearon en cenar algo y después había oído pasos en el piso superior. Y ahora todo estaba completo silencio. Por millonésima vez en las últimas horas, miró su móvil esperando tener alguna llamada pérdida o mensaje que no hubiese oído. Nada. Bufó desesperada. ¿Dónde estaría Castle? Imaginó que estaría en aquella oficina que alquiló meses antes para llevar sus propias investigaciones. O tal vez no, porque ahora tenía allí a un detective privado trabajando para él. O quizá había ido al Four Season. O tal vez había salido a olvidar y estaba en cualquier sitio jugando una partida de póquer vete a saber con quién.

En ese momento se dio cuenta que realmente su marido tenía muchos recursos que ella desconocía. No era previsible. Si se hubiese marchado ella, él habría tardado poco en encontrarla, o en comisaría, o en la casa de Lanie, o en la de su padre, por ese orden… Pero él… Meredith estaba en lo cierto. Conocer a Richard Castle era complicado, muy muy complicado.

Castle le daba vueltas a las frases que ella le había escupido a la cara antes de salir de casa. ¿Maquiavélico plan contra ella? ¿Castigarla? ¿De qué demonios estaba hablando?

Volvió a llenar su vaso y miró con una triste sonrisa la botella, era un excelente bourbon que él estaba engullendo sin saborear. Pensó que al menos, al día siguiente no tendría la resaca que el alcohol de baja calidad le provocaba.

Kate volvió a mirar el móvil y escribió un mensaje, que tras unos segundos borró de inmediato. ¿Acaso ella no se sentía también dolida? Ella era la que más había perdido durante aquellos días. Su boda, sus ilusiones, su miedo, su bebé… Utilizó todos los días de los que pudo disponer en tratar de encontrarle, usó incluso recursos de su trabajo que le podían haber costado el puesto. Se puso en evidencia ante las cámaras haciendo llamamientos para que cualquiera le diese una pista, por pequeña que fuese.

Por no hablar de cómo había quedado su orgullo y la vergüenza que había sentido después de que sus compañeros verificasen que Castle había participado en su propio secuestro. Después todo pareció aclararse, pero… ¿Todo aquello para qué? ¿Para ahora descubrir que era cierto lo que pareció en un principio y que era el propio Castle quien provocó su desaparición? Y se sentía herido… Herido por que ella le había ocultado lo del bebé.

La cabeza iba a estallarle si seguía dándole vueltas a las razones de Castle para hacer todo aquello. Necesitaba dormir, aunque fuesen un par de horas. Se levantó y a oscuras fue hasta el mueble bar para servirse una copa, aunque decidió no dejar la botella en su sitio. Se sentó en el sofá. Su vista se había acostumbrado y podía reconocer todos los objetos que tenía a su alrededor. Libros, fotos… De repente se sintió extraña allí. Aquella era su casa, pero no parecía su hogar. Era la casa de Castle, las cosas de Castle, sus libros, sus fotos… Había alguna de ambos pero…

De repente un ruido en la puerta hizo que girase la cabeza para mirar hacia allí.

Un torpe Castle hacía su entrada triunfal dejando caer las llaves al suelo junto a la mesita de la entrada. Él mismo se recriminó pidiéndose silencio.

- Muy discreto… – le recriminó Kate desde el sofá.

Él se acercó despacio y ella pudo ver como su equilibrio estaba bastante afectado.

- Estás borracho.

- Muy observadora… Quince años en la policía y ya sabes reconocer a un borracho.

Kate le miró con furia y él se sentó a su lado.

- Dijiste que no vendrías a dormir.

- He cambiado de opinión – le dijo quitándole el vaso de la mano y bebiéndose el contenido de un trago.

- Ya veo… ¿Han cerrado todos los bares y necesitas seguir bebiendo Castle?

El contuvo una risa haciendo una mueca. Llenó de nuevo el vaso y se lo tendió.

- Y tú… ¿Sueles salir de la cama a escondidas para beber? ¿Es otro de tus secretos?

- ¿Sabes Castle? – dijo levantándose – Vete a la mierda.

El escritor la agarró con fuerza de la mano tirando de ella.

- No vas a irte tan fácilmente. Esta vez no.

Ella hizo un rápido movimiento librándose de su agarre.

- No se te ocurra volver a hacer algo así – le avisó conteniendo la voz – jamás.

- Siéntate.

- Me voy a dormir.

- He dicho que te sientes.

Kate le miró desafiante. Castle sostuvo su mirada.

- ¡Siéntate! – ordenó elevando la voz.

- No estamos solos, no grites.

- Si no quieres despertar a nadie, hazme caso de una maldita vez.

Kate le miró negando con la cabeza y volvió a sentarse, queriendo evitar males mayores.

- Espero que tengas una buena razón para hablarme así.

- Claro inspectora… ¿O si no? ¿Vas a detenerme?... No, espera, espera… Algo mejor… ¡Vas a ocultarme algo! Esto se pone divertido.

Kate bufó. Era la primera vez que se enfrentaba a un Castle borracho.

- Estoy cansada Castle. ¿Qué quieres?

- No parecías estar muy cansada – le dijo señalando el vaso y la botella.

- Ésta competición la has ganado tú.

- Sí. Estoy borracho. Muy borracho. Tanto que me ha costado llegar a casa. Pero no estoy lo suficientemente borracho como para olvidar lo que me has dicho hoy. Lo he intentado pero no he podido. Así que vas a explicármelo…

- Castle… No es el momento… No estás en condiciones de…

- ¡Soy tu marido! Quiero respuestas.

Kate volvió a levantarse y se inclinó junto a su cara.

- ¿Crees que estás en el siglo dieciocho para ordenarme como si fuese de tu propiedad?

- ¡Ja! ¿De mi propiedad? – dijo fingiendo reírse – Tú jamás has sido mía. Sin embargo yo siempre he sido el muñeco con el que te divertías.

- Sigue bebiendo Ricky – dijo incorporándose y dándose la vuelta para ir a la habitación.

Castle llevó el vaso a sus labios mientras la miraba alejarse.

- ¡Ah! – dijo ella volviéndose – Y ahora soy yo la que te avisa: No esperes dormir a mi lado.

Se giró y desapareció por el despacho. Castle recibió la frase como un jarro de agua fría. Quiso lanzar el vaso contra la estantería, pero cambió de opinión al pensar en su madre y su hija.

Entonces, de un salto, se puso en pie y dando grandes zancadas la siguió a la habitación, alcanzándola cuando estaba junto a la cama, deshaciéndose de la bata.

- Ni lo sueñes… - advirtió ella recordándole que no iba a dejar que durmiese allí - No vas a…

Pero no dejó que acabase la frase, se abalanzó sobre ella sujetándola por la cabeza con ambas manos y besándola a la fuerza.

Tras unos segundos ella consiguió zafarse de su agarre y le empujó separándole.

- ¿Qué te crees que estás haciendo?

Castle volvió a la carga, inmovilizándola con sus brazos y atacándole el cuello con sus labios. Kate se resistió, pero tras unos segundos, jadeó respondiendo a las sabias caricias de su marido.

- Volviendo al siglo dieciocho – dijo mordiéndole el cuello - y recordándote que eres mi mujer…