Capítulo 8: Desde el retrato

Harry esperó a que la comitiva proveniente de Estados Unidos abandonara la Oficina de McGonagall. Tardó varios segundos en retomar una charla con las únicas dos personas que aun permanecían en la habitación.

—Debo reconocer que estoy contento con como ha resultado esta primera reunión —rompió el silencio Kingsley. Minerva carraspeó sonoramente.

—Yo no esperaba menos—comentó al respecto la directora—. Después de la ayuda incondicional que Inglaterra les brindo, me sorprendería que se negaran a ayudarnos ahora… están en deuda con nosotros.

—Aun así, profesora, están asumiendo un riesgo muy grande al ayudarnos. Se están involucrando en una guerra que no les pertenece —intervino Harry. En su mente, no podía evitar pensar la cantidad de personas que el mismo había involucrado en esta guerra, y cuyas vidas ahora estaban en peligro constante.

—Solo esperemos que el Torneo sirva como factor distractor el tiempo suficiente para terminar de prepararnos —dijo Kingsley.

—Es lo mejor que podemos hacer por el momento… —fue toda la respuesta que Potter este pudo darle.

Existían muchos motivos por los cuales la Orden del Fenix había planificado ese Torneo. El primero, y posiblemente mas importante, era que el torneo serviría de excusa para reforzar el vinculo con los Estados Unidos y poder formar una alianza sin despertar las sospechas del Mago de Oz. A simple vista, aquello no era otra cosa que una competencia de magia entre dos de los colegios más prestigiosos del mundo mágico. De hecho, algunos en la Orden creían que el torneo también podía ser percibido por el Mago como si Inglaterra se creyera fuera de peligro. Después de todo, ¿quién organiza un torneo y reúne a cientos de niños en un país que en cualquier momento puede estallar?

Pero además, Harry tenía otras razones para considerar que el torneo era necesario. Porque dentro suyo, el sabia que ni siquiera con la ayuda de Estado Unidos lograrían detener al Mago a tiempo, antes de que la guerra se hiciera pública. El era conciente de que, si lograban hacerle frente a la Rebelión, entonces esta iba a ser una batalla que perduraría por años. Los estudiantes de Hogwarts no estaban listos para salir a un mundo de caos y muerte. No aún. Pero Potter esperaba que el torneo los ayudara en ese punto. Detrás de algo tan inocente como una competencia intercolegial, Harry buscaba que todos los estudiantes de Hogwarts comenzaran a entrenar sin siquiera ser concientes de ello. Él no estaba dispuesto a repetir los errores que se habían cometido en el pasado. Esta vez, Hogwarts estará listo.

—Yo debo irme. Hay varias cuestiones a resolver aún en el Ministerio si queremos que este Torneo se realice lo antes posible… El Departamento de Relaciones Internacionales va a volverse loco cuando les informe al respecto —comentó Kingsley mientras que se ponía de pie.

—Lo acompaño, señor Ministro —se ofreció Minerva. Harry notó la mirada de soslayo que la directora le dirigió antes de salir de la oficina y dejarlo allí solo.

—¿Es mi imaginación o te han salido algunas canas nuevas desde la última vez que viniste a visitarme, Harry? —habló una voz conocida a su espalda. Harry no pudo evitar sonreír al reconocer la voz burlona de su viejo director.

—Han pasado muchas cosas desde la última vez que lo visité capaces de sacarme unas cuantas canas nuevas, profesor Dumbledore —le respondió Potter en el mismo tono divertido.

Albus Dumbledore lo observaba con una sonrisa desde el retrato colgado detrás del escritorio de la Directora. Lucía igual que como Harry lo recordaba de su época de estudiante, y a pesar de que era conciente de que Dumbledore había muerto muchos años atrás, había algo reconfortante en volver a verlo y oírlo, aunque simplemente fuera a través de un cuadro.

—El mal nunca descansa, Harry… Alguien como tú debería saberlo —le recordó Dumbledore, lanzándole una mirada por sobre el marco de sus anteojos. Harry suspiró. —¿Cómo anda la Orden del Fénix? —le preguntó.

—Haciendo todo lo posible por evitar el caos —le respondió Potter, sin esconder su frustración y preocupación. Dumbledore lo observó atentamente durante unos segundos.

—Lo estás haciendo bien, Harry —le aseguró su antiguo director. Harry chasqueó la lengua y se incorporó de su silla, inquieto.

—Eso no es verdad —se quejó. Por alguna razón que Harry no terminaba de comprender, le molestaban las palabras de aliento de Dumbledore. El director pareció notarlo, pues a continuación formuló su pregunta con mucha cautela.

—¿Sucede algo?

—¿Usted sabía que Grindelwald tenía un Diario personal donde escribía maleficios y pociones que él iba inventado o modificando? —estalló finalmente Potter. Albus Dumbledore lo miraba impasible desde el portarretrato.

—Sí, comenzó a escribirlo por la época en que él y yo nos conocimos —le respondió el director pacíficamente.

—¡Cómo no me dijo eso antes, Dumbledore! —se enfadó Harry aún más.

—Nunca lo preguntaste, Harry —fue la respuesta que obtuvo. Potter tuvo que ahogar un grito de furia en su garganta.

—¿Acaso no creyó que sería importante comentarlo cuando vine a hablar con usted después del evento del Templo de Hades?

—En esa ocasión no acudiste a mí con esa intención, Harry. Viniste a hablar de tu hijo, ¿recuerdas? —le dijo con sutileza Dumbledore.

Harry se calmó un poco al escucharlo. Dumbledore tenía razón. Él nunca le había hablado de sus sospechas sobre el Diario de Grindelwald. La última vez que había visitado a Dumbledore en aquel retrato había sido para conversar sobre sus preocupaciones acerca de su hijo Albus y de su "fuga" de magia. Durante aquella charla, el viejo director le había asegurado que el joven Albus recuperaría su magia tarde o temprano. Toda la charla había girado en torno al pequeño Albus y el poder que se escondía dentro de él. Preocupado por su hijo, Harry se había olvidado completamente del Mago de Oz y de su intento por resucitar a Grindelwald.

—Pues el Mago de Oz lo ha encontrado y está utilizando los hechizos que Grindelwald alguna vez inventó —habló Potter, esta vez más tranquilo.

—¿Lo ha encontrado? —se sorprendió Dumbledore.

—¿Usted sabía dónde se hallaba escondido? —inquirió Potter. Albus negó con la cabeza.

—Gellert se dedicó específicamente a mantenerlo escondido de mí. Él sabía que si yo lo encontraba lo destruiría —le respondió Dumbledore.

—¿Nunca se le ocurrió buscarlo? —insistió Harry al respecto. Una sombra pareció cruzar el rostro del director ante la pregunta.

—Sí, muchas veces se me ocurrió —le respondió sinceramente—. Pero Gellert ya se encontraba encarcelado, y jamás escaparía de allí. No consideré que el Diario fuera un verdadero peligro, así que decidí cerrar ese capítulo y dejar el pasado en donde pertenece —explicó mejor. Harry comprendió perfectamente lo que el profesor intentaba decirle. Nunca había buscado el diario porque no deseaba seguir recordando y reviviendo lo que ese diario simbolizaba: su amistad con Gellert, el enfrentamiento con uno de sus hermanos y la muerte de la otra, el camino equivocado que había estado a punto de tomar.

—Hace varios meses que desaparecieron dragones del refugio donde Charlie Weasley trabaja. Hace unas semanas, los divisaron sobrevolando Bielorrusia… montados por personas con túnicas rojas. Creemos que son jinetes de la Rebelión de los Magos, porque ellos se esconden debajo de ese color de vestimenta. ¿Usted sabe si esto puede guardar alguna relación con el Diario? —Harry abordó finalmente el tema que tanto le preocupaba.

Los ojos de Dumbledore volvieron a reflejar sorpresa, y también cierta admiración, algo que Harry pocas veces había visto.

—Entonces finalmente lo encontró… —susurró el director, más para sí mismo que para Potter.

—¿Qué cosa encontró? —preguntó el morocho, confundido. Albus negó con un gesto de cabeza.

—La esencia de los Domadores —respondió. Pero lejos de aclarar algo, aquello simplemente consiguió confundirlo aún más.

—Profesor, no tengo idea de lo que está hablando —le confesó Harry. Dumbledore pareció volver a la realidad con aquellas palabras, pues su mirada volvió a fijarse en Potter.

—¿Has escuchado alguna vez la leyenda de los Domadores de Dragones, Harry? —fue el turno de preguntar del director. Harry negó algo avergonzado. Incluso después de tantos años, seguí habiendo cosas que Dumbledore podía enseñarle. —Existía una vieja leyenda que corría por los pasillos de Drumstrang sobre una antigua familia dotados con un poder mágico único: la capacidad de poder conectarse con los dragones. Una conexión profunda e íntima entre el domador y su dragón. A manos del Domador, el dragón se convertía en una criatura dócil y obediente, capaz de hacer cualquier cosa que su jinete le ordene —comenzó a contarle Dumbledore—. Había varias familias de Alemania que se decía que descendían de Domadores… Pero la realidad es nunca nadie había montado jamás un dragón. Finalmente, la gente terminó asumiendo que se trataba simplemente de una leyenda, y que si dicho poder alguna vez había existido, éste se había debilitado con las sucesivas generaciones, hasta finalmente esfumarse.

—Pero Grindelwald creía que la leyenda era verdad, ¿no es así? —Harry comenzó a comprender. Dumbledore torció las comisuras de sus labios en una suave sonrisa.

—El estaba convencido de que era real —afirmó el retrato—. Gellert siempre tuvo una obsesión por las leyendas mágicas… Así como las Reliquias de la Muerte, la leyenda de los Domadores también llegó a obsesionarlo. Siempre me decía cuan valioso sería poder encontrar algún descendiente de Domadores… Supongo que finalmente lo encontró.

—¿Crees que ahora el Domador trabaja para el Mago? —inquirió Potter, no muy convencido al respecto.

—No, seguramente el Domador que Gellert conoció murió hace mucho tiempo. No creo que el interés estuviera verdaderamente puesto en el Domador… Creo que lo que Gellert quería verdaderamente era descubrir qué secreto mágico corría por las venas de esa familia que los hacía capaces de controlar dragones —aclaró Dumbledore. Un silencio se extendió entre ellos mientras que Harry terminaba de asimilar esas palabras.

—Grindelwald debe de haber descubierto la forma de imitar la magia de los Domadores y lo escribió en su Diario… Así es como el Mago consigue controlarlos —razonó Harry.

—Muy posiblemente —coincidió Dumbledore.

Harry se sintió nuevamente abrumado por el reciente descubrimiento. Cada vez que creía que la Orden avanzaba y gana ventaja, el Mago encontraba la forma de superarlo. Dragones… ¿Cómo se suponía que harían frente a eso?

—Hay algo más, profesor… —recordó Harry repentinamente.

—Soy todo oídos, Harry.

—Hubo una explosión hace varias semanas en pleno Londres. Los muggles lo atribuyeron a una fuga de gas… Pero el Departamento de Accidentes y Castástrofes Mágicas tenía sus sospechas al respecto, así que me pidió que envíe un grupo de Aurores a analizar la escena… —comenzó a explicarle Potter.

—Oh, nunca es una fuga de gas en épocas de guerra —comentó Dumbledore con ironía.

—Encontraron rastros de magia en una de las habitaciones. El lugar estaba completamente vacío, salvo por la presencia de un marco dorado y de cientos de pequeños cristales en el suelo, como si el marco hubiera contenido alguna vez... —

—Un espejo —lo interrumpió Albus.

—Así es.

—Es interesante…. Muy interesante. ¿Había algún otro lugar en la casa con señales de magia? —inquirió el director, visiblemente interesado.

—No, ninguno… Solo esa habitación y ese espejo roto —le respondió. Albus permaneció varios segundos observándolo, como si esperara que Harry dijera algo más. Al ver que el director no parecía dispuesto a seguir hablando, Potter decidió intervenir. —Esperaba que usted me pudiera ayudar a descifrar qué es —lo incitó a hablar.

—Pero Harry… ¡Tú ya sabes lo que es! —le aseguró Dumbledore.

—Eh… No, no lo sé, profesor. Por eso estoy aquí.

—Sí lo sabes, sólo que no lo recuerdas. Pero lo has visto antes… De hecho, solías poseer uno —le recordó.

Su mente viajó entonces a muchos años atrás, cuando él todavía era un niño y Sirius Black estaba vivo. Aquel último regalo para mantenerlos conectados a través de la distancia. Un pequeño espejo a través del cual podían comunicarse entre los dos.

—Tengo que informarle esto al resto del equipo —anunció Harry mientras que se ponía de pie.

—He escuchado que has incluido al señor Malfoy en el equipo —comentó repentinamente Albus, lanzándole una mirada significativa.

—¿Minerva te lo ha comentado? —preguntó Harry. Dumbledore simplemente asintió con una sonrisa. —¿Crees que no debería haberlo hecho?

—Creo que tú debes tener tus propios motivos para haberlo hecho —le respondió evasivamente.

—Ron no está de acuerdo con mi decisión. Cree que me estoy equivocando con Draco —le confesó Harry en un momento de debilidad.

—¿Tú confías en Draco, Harry? —le preguntó Dumbledore, su mirada clavándose en Harry, atravesando la pintura y llegando a él con una intensidad sorprendente.

—Él pudo haberlo matado allí en la torre, profesor —recordó Potter, aquella noche en la Torre de Astronomía volviendo a su mente como si hubiera ocurrido ayer.

—Es verdad, pudo haberlo hecho —reconoció Albus.

—Pero no lo hizo —insistió Harry. Sus ojos se encontraron con las cuencas azules de su viejo Director, quien lo miraba de la misma forma que solía hacerlo en vida cuando él descubría algo por su propia cuenta.

—No, no lo hizo —afirmó Dumbledore. Nuevamente, un silencio cargado de significado inundó la sala.


Pensé que este capítulo demoraría mucho menos tiempo del que verdaderamente demoró, pero estoy contenta con el resultado final. Fue difícil trabajar con el personaje de Dumbledore, ya que al estar muerto nunca ha participado activamente de ninguna de mis tres historias anteriores... Pero me pareció un buen momento para que él volviera.

Ojala les haya gustado!

Gracias a todos por los reviews! Los he leído todos, y lo responderé personalmente y en forma privada a cada uno! Me hace muy feliz saber que del otro lado siguen leyendo esta historia, a pesar de las demoras que ha sufrido últimamente. Pueden confiar en que no abandonré esta historia por la mitad.

Saludos,

G.

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