La cueva

-Muchos visitantes en una sola noche, sí, sí, si mi amo lo supiera, si lo supiera ¿qué diría del pobre Kreacher, qué? Demasiadas visitas son malas, diría mi amo, sí, eso diría, demasiadas visitas es malo para el amo y también para Kreacher -murmurando entre dientes el viejísimo elfo se retorcía las manos y estiraba de las puntas de sus orejas con sus deditos finos, sin hacer ni el menor caso de los tres jóvenes que trataban de recuperar el aliento tumbados sobre la arena de su roca.

-Un elfo doméstico -resopló Ron entre jadeos -¿Qué será lo próximo? ¿Un dragón?-

-Bueno -la voz de Hermione sonaba ahogada por debajo de su pelo mojado -ya nos hemos enfrentado a un vampiro, y los dragones verdes son originarios de esta zona, desde que en 1456 Harold Odkins descubrió el primer...

-Era una pregunta retórica, Hermione -Ron rodó los ojos.

-¿Qué hacemos ahora? -Harry miró a sus amigos mientras escurría el agua de sus pantalones con un movimiento poco elegante -¿Para qué se supone que estamos aquí? -se volvió hacia el elfo y lo interrogó con un movimiento de cejas -¿Quién es, emh, usted?

-El jovenzuelo está hablando a Kreacher, tienen el descaro de hablarle, como si Kreacher no supiera bien qué es lo que quiere, como si Kreacher no supiera que quiere robar el tesoro del amo, sí el tesoro, ladrones, ladrones, eso son todos ellos, ladrones -seguía retorciéndose las manos sin mirar a ningún lugar en concreto, dando vueltas sobre sí mismo.

-Majareta -concluyó Ron incorporándose a observarlo -Se le ha ido la pinza de estar aquí abajo.

-¿Señor? ¿Señor Kreacher? No somos ladrones, no queremos hacerle daño -Hermione se acercó un poco al elfo y enseguida hizo una mueca: aquel ser llevaba años sin conocer una buena ducha.

-Ladrones, ladrones todos ¡Queréis el tesoro del amo! -chilló la criatura con voz aguda, retrocediendo hacia la parte más alta del islote, donde se parapetó ante una roca que sobresalía.

Harry entrecerró los ojos para ver mejor. Había algo raro en aquella roca. Era como una especie de... destello.

-No queremos ningún tesoro, no queremos robarle a tu amo -dijo el chico con voz grave -Sólo queremos el Cáliz, nada más.

-¡Nada más! -bramó el elfo con las puntas de las orejas temblándole de furia -¡Quieres el tesoro sí, como todos, como todos antes que tú! ¡Pero no te lo llevarás, no, Kreacher lo impedirá, el tesoro es del amo!

-Chicos -susurró Hermione -mirad la roca en la que se apoya, miradla bien.

-¿No es eso un... cofre? -Ron abrió sus ojos azules desmesuradamente.

Teñido por los años de marrón y adornado con sal, líquenes, ostras y estrellas de mar, casi solidificado a la tierra por el tiempo y la humedad, el destello metálico era, en efecto, el cierre de un cofre que se escondía bajo toneladas de desperdicios y suciedad marina acumuladas.

-¡El Cáliz! -Harry no pudo evitar un susurro emocionado.

-¡No es vuestro! -gritó el elfo con toda la potencia de sus pulmones -¡Es del amo!

-¡No queremos robarlo! -Ron dio un paso adelante, y luego otro -¡Déjanos hablar con tu amo, se lo explicaremos!

El elfo estalló en violentos sollozos.

-Amo no puede venir, amo se ha ido, se ha ido para siempre y sólo ha quedado Kreacher, sólo Kreacher, siempre solo aquí abajo, cuidando del tesoro del amo, amo salvó la vida de Kreacher, amo se fue -las lágrimas rodaban dejando surcos en las polvorientas mejillas.

-No vamos a robarlo, no queremos hacerte daño -Ron avanzó de nuevo.

-Ten cuidado, Ron -el murmullo de Hermione le llegó desde atrás, la tensión contenida en la voz. Ron contuvo las ganas de volverse hacia ella y sonreír.

-Sólo necesitamos el Cáliz, sólo eso. No vamos a llevarnos nada más, seguro que a tu amo no le importa, al fin y al cabo el Cáliz sólo es una copa vieja –por debajo del ala ancha del sombrero perladas gotas de sudor se deslizaban por la frente pecosa, Ron avanzó un poco más. Calculaba que un par de pasos más le permitirían acercarse al cofre, abrirlo y salir pitando; al fin y al cabo sus piernas eran mucho más largas que las del elfo, aunque la magia de éste fuera más poderosa. Además él era mucho más joven y el elfo parecía estar medio majareta. Hermione y Harry se ocuparían de pensar el plan de escape, él ya estaba haciendo bastante.

-Ron, espero que sepas lo que haces –Harry debía estar cerca de Hermione, detrás de él, y su voz sonaba igual de preocupada –La magia de los elfos no es cosa de broma.

-El tesoro es del amo –repitió el elfo, y esta vez no había desesperación en su voz, sino decisión –el tesoro es del amo Regulus. Nadie más. Sólo el amo.

-Pero tu amo ya no está, y estoy segura de que si estuviese aquí nos dejaría llevarnos la copa. Gente muy mala anda detrás de ella, Kreacher, gente que podría hacerte daño –Hermione trató de razonar con el elfo, mirándolo fijamente.

El elfo emitió lo que debía ser una risita sarcástica, que se parecía más al gorgoteo de una rana que a un sonido humano.

-Gente mala, sí, claro, gente mala como vosotros, gente mala como él –estiró el dedito índice hacia el final de la cueva, donde anclado a la pared por dos gruesas argollas, con un hilillo de sangre brotándole de la frente e inconsciente, se hallaba un hombre de mediana estatura. Hermione se tapó la boca con las manos.

-¡Malfoy!

-Mierda –gruñó Harry en voz baja –Mierda Hermione, ahora tenemos que ayudarlo.

-Harry –protestó Ron por lo bajini con cierta indignación –tenemos cosas más importantes en que pensar ahora mismo. Y francamente, me importa un pito si Malfoy se queda aquí el resto de su vida.

-¿Es que no te das cuenta de lo que es capaz de hacer este elfo, Ronald? –se indignó Hermione -¡No avances ni un paso más!

-Tonterías. Malfoy es un imbécil, yo no.

Y dio otro paso.

En el mismo momento en que el pelirrojo avanzaba la pierna, Harry se dio cuenta de la existencia de tres curiosas piedras que formaban entre ellas un ángulo extraño. Parecían tres peñascos normales, excepto por la anormalidad de sus cantos, casi todos perfectamente rectos, y si uno se fijaba bien, incluso parecían ligeramente azuladas. Su vista siguió con rapidez las líneas que formaban entre sí, y descubrió cuatro piedras más en el espacio entre ellos y el elfo.

Una estrella de siete puntas. Frunció el ceño. ¿Seis piedras raras formando una estrella? Eso no parecía nada normal. Ni bueno. Y menos aún cuando Ron estaba a punto de meter el pie izquierdo dentro del área de la estrella.

-¡NO, RON!

Hubo un estallido y Ron se dejó caer en la oscuridad.

···

Unos puntitos de luz parpadeaban incesantemente frente a sus pupilas. Había un dolor sordo, unas palpitaciones en algún punto indescifrable de su cerebro; y un sonido como de sierra oxidada atravesando madera podrida. Prestó más atención al sonido cuando se dio cuenta de que tenía las manos aprisionadas dentro de unas argollas de metal.

Era como una risita.

El elfo se reía, el muy… Se reía. A su lado, Malfoy había perdido toda su arrogancia aristocrática con la ropa sucia y arrugada y los diversos cortes en la cara. Ron estuvo a punto de reírse también cuando abrió los ojos y lo vio así. A punto.

-Os advertí, os advertí, os advertí. El amo poderoso mago es, grandioso su apellido y su familia, incluso el Lord Oscuro le teme, sí, incluso él que quiso hacer daño a Kreacher pero el amo lo protegió. Os adevertí, os advertí –canturreaba entre dientes con una risita maníaca el menudo ser mientras se mecía atrás y adelante como un colegial.

-¡¿Y ya está?! –gritó Harry con una furia desconocida para Ron -¡¿Simplemente nos quedamos así, aquí, para siempre?!

El elfo se volvió a mirarlo. Fijamente, incluso dejó de reír. A la izquierda de Ron, Malfoy murmuraba toda clase de maldiciones que podrían haber sido bastante interesantes de ver si hubiera tenido una varita con que realizarlas.

-Razón tiene el joven ladrón. Todo el mundo olvida preguntar a Kreacher. Todo el mundo olvida.

-Dínoslo. Por favor –Hermione se agarraba con fuerza al brazo de Harry, como si temiera que al soltarlo el joven pudiera salir volando. Algo parecido a un pinchazo amargo le retorció el estómago a Ron cuando observó los dedos entrelazados de sus mejores amigos.

-Un sacrificio debe hacerse y así otro podrá alcanzar el tesoro. Pero deberá elegir entre el sacrificado y el cofre, pues no podrá salir de aquí con los dos o sin ninguno –recitó el elfo con la voz ligeramente más grave, casi como si pronunciara un hechizo o… una sentencia de muerte.

Hubo un silencio denso después de eso. Después, se oyó suspirar ligerísimamente a Malfoy.

-Prefiero esto a mi tía Bella.

De pronto, la lengua de Ron era terriblemente pastosa, como si se le hubiese pegado al paladar. Comprendía perfectamente lo que había querido decir el elfo, y por las expresiones horrorizadas de sus amigos, también ellos lo entendían.

O el Cáliz o él.

-Coged la Copa.

La mirada que le dirigió Hermione le hizo tanto daño que tuvo que mirar a Harry.

-Hazlo, Harry. Para eso estamos aquí. Para eso hemos recorrido pasillos, desafiado la magia antigua y matado un vampiro, maldita sea. Hazlo.

A su lado, Malfoy resopló.

-Eres aún más tonto de lo que pareces, Weasel.

-De acuerdo –la voz de Hermione sonó impersonal, vacía. No lo estaba mirando y Ron se convenció de que no le importaba en absoluto que ella tomara la decisión tan rápidamente, no, qué va. Harry la miró como si se hubiera vuelto loca. –Elegimos el tesoro.

-¡¿Pero qué demonios…?! –antes de que el chico tuviese tiempo de protestar ella dio un paso hacia delante y se metió dentro de la estrella. Todos contuvieron el aliento.

No pasó nada.

-El sacrificio está hecho, Kreacher –de pronto parecía más alta, no pudo evitar notar Ron. El elfo agachó las orejas, como si jamás en su vida hubiese pensado que alguna vez alguien podría llegar hasta el cofre de su amo. Gruesos lagrimones escaparon de sus enormes ojos.

-El t-tesoro del amo-o –hipó entre sollozos, como si tratara de reprimir las palabras que se escapaban de su boca –es-s tu-tuyo.

Y dicho esto se tiró al suelo y se echó a llorar salvajemente.

Todo pareció suceder a cámara lenta: primero Hermione avanzando hacia el cofre, abriéndolo y poniendo una cara de confusión tan cómica que Ron no habría parado de reír si no fuese porque estaba prácticamente condenado a muerte; luego la joven metiendo la mano en el viejísimo cajón y sacando un mísero trocito de pergamino y después los ojos del color del café clavados en los suyos propios.

Y el grito. Eso sería lo que mejor recordaría más tarde. El grito de ella.

-¡AHORA, HARRY!

El hechizo azulado explotó justo sobre la cabeza pelirroja y de pronto los brazos de Ron ya no estaban sujetos a la pared sino colgando a sus costados y Malfoy se había puesto en pie como un rayo. Hermione había saltado fuera de la estrella justo a tiempo y Harry corría hacia su amigo sin dejar de gritar hechizos protectores al mismo tiempo que la cueva parecía gritar roncamente de furia y rabia y descargaba sobre ellos una lluvia de cascotes.

-¡Harry, el elfo! –exclamó Hermione mientras la cueva comenzaba a inundarse.

-¿Estás loca? –rugió Ron -¡Tenemos cosas más importantes de qué preocuparnos! ¡Quería matarnos!

Pero Harry se dio la vuelta un microsegundo y murmuró un hechizo de protección sobre el sollozante elfo.

-¿Cómo demonios vamos a salir de aquí? –el agua les llegaba ya hasta los tobillos y las piedras se desprendían cada vez más grandes.

-Nos desapareceremos –Ron enrolló fuertemente el látigo alrededor de la cintura de los tres y se sujetó con firmeza el sombrero.

-¿Los tres a la vez? ¡Eso es peligrosísimo! –se escandalizó Hermione. Los dos chicos la miraron fijamente un segundo y ella no pudo evitar ruborizarse –Vale, perdonad, tenéis razón, después de todo lo que hemos hecho esta noche…

Los tres se cogieron de las manos y cerraron los ojos.

-Destino –murmuró Hermione y todos se concentraron –Decisión. Desenvoltura.

Hubo una vibración desagradable en el aire, como si a su alrededor se hubiese desatado una tormenta terrible cuyos vientos huracanados sólo los azotaran a ellos. Harry apretó con fuerza los ojos y los labios y se concentró en la oscuridad cambiante que parecía girar vertiginosamente. Detestaba la desaparición casi tanto como los polvos flú. Hubo un sonido muy fuerte, como madera al romperse de un solo golpe.

Y de pronto los tres estaban tumbados sobre la hierba húmeda y el sol brillaba alto, muy alto, sobre sus cabezas, suspendido en un cielo sorprendentemente azul.

-Estamos vivos –constató Harry, con un tono que delataba su sorpresa. –Joder, estamos vivos.

-No digas tacos –lo reprendió mecánicamente Hermione con voz cansada.

-Hermione, deja de reñirnos. Acabamos de salir del infierno –protestó Ron mientras se desperezaba sobre la hierba.

-¿Dónde estamos?

Harry se incorporó un poco.

-Cerca del castillo, en el bosque. Creo que aquellas ventanas de allí son nuestras habitaciones –se dejó caer de nuevo sobre la mullida alfombra del bosque –Merlín, qué cansado estoy.

-Mataría por un guiso de carne y patatas de mi madre –murmuró soñadoramente Ron.

-Y yo –dijeron los otros dos a la vez.

Hubo un largo silencio.

-Creo que sale un tren en dirección a Inglaterra todos los días a las 16:00. Y una vez allí… sólo tendríamos que desaparecernos. Estaríamos en la Madriguera a la hora de la cena –la voz de la chica sonaba insegura. –No creo que a Dumbledore le importe que nos tomemos un día libre.

-Y Malfoy estaba herido. Necesitará recuperarse –apuntó Harry.

Otra vez silencio.

-¿Ron?

Los dos amigos se echaron a reír al mismo tiempo cuando oyeron el primer ronquido.

···

¡Bien, por fin han salido, yujuuuu! Todavía nos queda mucha aventura por delante así que por favor ¡decidme que os ha parecido! Ignorad las faltas de consistencia con el anterior capítulo (lalalalaaaaa). Gracias especiales a Gilraen Vardamir que me recordó que soy una vaga y no había subido aún el capítulo ;)