8.-La virgen nómada

Ninguno de los personajes me pertenece, todos son propiedad de J K Rowling, sólo la trama de este fic en específico es de mi invención.

Antes de aquella disputa, Snape no había empleado más que su mal carácter habitual, pero tras ella parecía planear formas novedosas de hacerle la vida imposible a Hermione. Incluso su repertorio de insultos había crecido considerablemente.

Esa tarde el hombre necio tiró su comida y Hermione tuvo que comenzar a limpiar sin magia aquel desastre, resignada y cabizbaja, sin siquiera reñirlo o mirarlo feo por su ingratitud.

Abajo alguien tocaba la puerta, Granger levantó la bandeja, puso en ella los pedazos del plato roto y la comida deshecha, se dio prisa para ir a abrir.

Harry estaba en el umbral de la puerta, ojeroso y grave, la puerta apenas se abría cuando Granger ya estaba saltando a sus brazos, apretándolo fuertemente, hablándole en la oreja.

-Harry.- El muchacho la sentía aferrarse a su cuerpo como si se tratara de una tabla en medio del océano.- Los he extrañado tanto Harry. ¿Cómo está Ron?

El joven marcado se encogió de hombros.

-Ya sabes como es.

-Harry, Snape…-Se separó de él, con la cara roja y los ojos hinchados, anunciando que estaba cerca del llanto- ya no sé qué hacer con él Harry, sólo habla para insultarme, tira toda la comida, no deja siquiera que lo toque para cambiarle las vendas, Harry ya no sé qué hacer.

La mirada verde dibujo la cara de su amiga en el aire. De pronto Granger pareció poseída por una de sus ocurrencias.

-Hace unos días el profesor Snape me confesó que tú dices la verdad.

El muchacho levantó las cejas.

-Supuse que no me creías Hermione.

-Harry tienes que decirme, ¿Cómo voy a ayudarte en el juicio?

La cabeza de Potter se meneó apesadumbrada.

-No sé Hermione, el profesor…

Snape apareció en la parte alta de las escaleras, apoyándose en el pedazo de una escoba rota, a modo de bastón. Su expresión se tornó ácida al reconocer al hombre joven que estaba en el primer piso.

-Potter ¿A que debo la visita de tan importante celebridad a mi humilde…prisión?

El joven soltó la mano de Hermione que se había acurrucado entre las suyas y subió los peldaños de madera rápidamente.

-Profesor Snape.-Le tendió la mano al hombre, tragando saliva, esperando desde sus adentros, que por una vez las cosas salieran bien, que sin su parte de rencor, todo podría ir mejor y no terminar en groserías y mordeduras verbales.

Pero Snape observó su mano como si le ofrecieran un pedazo de basofia.

No soy Black, ni Lupin para correr tras de ti como un perro faldero.

-El profesor Lupin murió en batalla.- Dijo Harry, esforzándose por no reaccionar violentamente ante la dosis de veneno que el hombre acababa de destilar.

Los ojos hundidos y amargos rebotaron en varios puntos de la habitación, Snape pareció confuso y sorprendido durante unos instantes y luego fue a encerrarse en su pieza sin decir palabra y sin tomar nunca la mano que se le tendía.

La imagen de Hermione llegó hasta Harry, sus ojos siempre enormes y atentos lo esperaban abajo.

La luz lánguida y amarilla se deslizaba por el muro, llenando una parte de la habitación deshabitada, salpicándoles las caras de fragmentos de sol, naranjas y blancos, tupiéndoles los ojos tristes de un brillo de atardecer.


Harry estuvo en la casa de arraigo hasta que oscureció, Hermione lo acompañó a la puerta y se despidió de él, en medio del jardín reseco de malvas que circundaba la casa. Estuvo afuera hasta que lo vio desaparecer en la distancia.

Parecía que el mundo se hubiera vaciado, que no existiera nadie a calles y calles a la redonda y sólo le quedara Snape, acostado en el piso de arriba. El silencio contundente le aplastaba el pecho, se movía en medio de su soledad como un bichito comprimido.

Se sentó en el último peldaño de la escalera, observando la mancha de humedad en la pared, con la misma atención con la que observaría una pintura abstracta, tratando de descifrarla o encontrarle el sentido a una forma irrazonable.

Harry había hablado mucho sobre la cuarta sesión, no fue explícito, pero dio a entender que se pospondría indefinidamente y que deberían prepararse muy bien por que seguramente sería definitiva. Y sin embargo él no quiso decir nada más. Granger tendría que seguir esperando en la oscuridad y la incertidumbre.

Pero Hermione ya no toleraba respirar el aire de esa casa, beber su café insípido, aguantar su afonía sofocante.

Ya no quería ver a Snape, Harry no entendía el conflicto que nacía en ella cuando entraba a la habitación del pocionista: conmiseración, lástima, rencor, angustia y triunfando sobre todos los otros, la culpa. ¿Cómo había logrado Snape que terminara sintiéndose culpable ? Era absurdo y sin embargo, no lo podía evitar: creer que el hombre tenía derecho de tirar al piso cuantas bandejas quisiera y de insultarla sistemáticamente.

Subió a dormir de mala gana, sin ánimos de ver al profesor. Llegó a la habitación y tocó levemente en dos ocasiones, entonces entró. Estaba oscuro, un viento suave elevaba la tela vaporosa de la cortina, dejándole ver las ramas de los árboles, que parecían manos retorcidas y a lo lejos, en las calles unas farolas de luz aguada, como la luz de un sueño.

Reconoció el cuerpo del hombre insinuado bajo las cobijas, su cara metida en las sombras. Se sentó en la alfombra pensando en Ron y presintiendo una lágrima caliente que se formaba en uno de sus ojos. Un quejido la hizo virarse hacia el oclumante, adivinando su rostro en la penumbra.

-¿Profesor Snape?- Le susurró estando cerca, viendo nada más las líneas de sus ojos cerrados y un puñado de mechones negros que le escondían las facciones. Le acercó la mano a la frente con renuencia a tocarlo, apenas rozó la piel ardorosa y húmeda antes de sacar del buró un frasco de febrífugo y verterle unas gotas en la boca. Se le tensaron los músculos al ver como los párpados pálidos se iban alzando.

¿Granger?

-Tiene la fiebre muy alta, le di una medicina, disculpe que lo haya despertado.

La disculpo Granger, después de todo, ese es el menor de mis males y el menor de sus atrevimientos también.

La joven lo miraba entre sorprendida y molesta, sosteniendo débilmente el frasco. Snape le empujó la mano provocando que se tirara el febrífugo y le manchara el pantalón a Hermione. La sustancia oscura goteaba desde la mano de la muchacha, cayendo en los charquitos del piso, la mancha de su ropa se expandía lentamente.

-¿Pero que…?

Las pupilas de almendra observaban el piso mojado y luego al hombre, con rabia asfixiada en ellas.

Ya se lo advertí en varias ocasiones Granger, aléjese de mí o aténgase a las consecuencias

-Es usted un…- Pero amarró su lengua a tiempo y salió de la habitación dando un portazo, con las lágrimas brotándole de los ojos.


No lo soportaba más. La insultaba, tiraba la comida, las medicinas ¿Qué faltaba? ¿Que se orinara en la cama sólo para fastidiarla con la tarea de lavar las sábanas?

Se dejó caer de sentón en la escalera, llorando como una niña. Sentía vergüenza de estar haciendo aquello, después de todo lo que había soportado con Harry y Ron, aislados en una casa de campaña, ella terminaba llorando por algo tan insignificante como el hecho de que Snape hubiera tirado un frasco.

Quizás estaba harta de que las cosas tuvieran que ser tan difíciles. Era frustrante que a pesar de que la guerra había concluido ella tuviera que seguir peleando, sin poder estar con Ron o buscar a sus padres. Sin poder regresar a la normalidad.

Tras un rato de humedad acongojada se secó las lágrimas, después de llorar había recobrado un poco de sus fuerzas, se encaminó a la habitación del oclumante, a la noche de silencios zumbantes, a la adivinación de miradas en la oscuridad, a intentar sacar a Snape del pozo en el que se perdía.


Abrí el sobre, reconocí de inmediato la letra como la de Ron, eso explicaba que la carta no fuera muy larga, Snape estaba mirándome, traté de ignorar sus ojos penetrantes puestos en mí y me dediqué a leer.

Ron se despedía, no había conseguido el permiso para venir a decirme adiós personalmente y tenía que irse a ayudar a George en la tienda que había sido suya y de Fred. No sabía cuánto tiempo iba a quedarse lejos, no era muy explícito, incluso entre su voz distante representada por letras y pergamino yo esperaba encontrar algo más, que me dijera que me quería, que iba a extrañarme, que me prometiera que me escribiría, pero no hallé nada de eso en su carta breve y creí que estaba molesto conmigo por haberlo abandonado, por haberme recluido aquí por mi propia voluntad.

La tristeza que me provocaron sus líneas frías fue muy larga para haber sido resultado de una carta tan corta, yo sobrellevaba los días pensando que él quizás vendría, que en el momento menos esperado alguien tocaría a la puerta y al abrirla me toparía con su pelo refulgente y su sonrisa socarrona. A veces Ron es así, a veces parece que no se da cuenta de nada, que no ve, que no intuye cuánto lo necesito. Aún así le escribí una contestación de inmediato, le dije que iba a esperarlo, que le deseaba suerte y que añoraba el día en que pudiéramos vernos de nuevo.

Ojalá me responda, no sabe el alivio que sería sentirlo un poco más cerca, sentir próxima su presencia en esta casa solitaria, en este encierro.

Snape siguió mirándome con una curiosidad burlona en la cara. No sé, siento una pena por él, muy recurrente, es como si siempre fingiera, como si pusiera todas sus fuerzas en parecer duro y en hacerme sentir cuánto me desprecia y lo tonta que le parezco.

Pero cualquier cosa que pueda sentir por Snape es siempre una dualidad, después de todo no convivo con uno, si no con dos Snapes, el posible culpable y el posible héroe. Nunca sé por cuál irme y me debato entre ser amable, entre mi impulso de condescendencia y mi indignación por la muerte de Dumbledore y los otros.

Al fin no soy capaz de tomar ninguna via: ni escribo con ánimos un argumento para salvarlo, ni abandono el caso.

Odio estar así.


La lechuza enorme y grisácea del ministerio bebía un poco de agua, parada sobre el buró junto a la cama; Snape la observaba distraídamente, con los ojos apagados y sin luz. Granger revisaba la correspondencia con entusiasmo y desdoblaba el periódico, disfrutando de la mejor hora de su día.

Comenzó a leer en voz alta, mirando de reojo hacia el hombre para ver si lograba atrapar su atención. Había varios artículos de Skeeter que hablaban sobre los supuestos amoríos secretos de Harry, Hermione bufó fastidiada al darse cuenta de que la mencionaban como una de las amantes del niño que vivió, en la foto de la nota se apreciaba aquél abrazo que se había dado con Harry en el torneo de los tres magos.

-Es increíble que todavía tengan esa foto.

Snape rodó los ojos demostrando su aburrimiento. La mirada de Granger siguió rondando entre las páginas y las imágenes con curiosidad. Un título logró alarmarla y leyó completo el texto en voz alta. Algunos mortífagos desertores habían sido atacados y asesinados, incluso Lucius y Narcissa Malfoy habían sido agredidos, si los aurores no los hubieran hallado a tiempo quizás estarían muertos, los dos se recuperaban en San Mungo, después serían llevados a Azkaban y juzgados.

Hermione se mordió los labios, era un alivio estar en aquella casa escondida, donde difícilmente podrían encontrar a Snape. Al terminar de leer buscó en la cara del hombre un rastro de la angustia que ella misma sentía, pero el oclumante seguía con la vista fija en la lechuza que se acicalaba las plumas con detenimiento.

Abrió la carta de Harry, como había imaginado él también le advertía que se cuidaran y le explicaba que el ministerio le había prohibido ir a visitarlos nuevamente.

-Por Merlín, ya ni siquiera dejarán que Harry venga.- El pocionista volvió de su letargo, mirándola con hastío.

Qué gran desgracia, no me explico cómo lograremos sobrevivir sin Potter.

Hermione no le prestó atención a su comentario y continuó buscando ansiosamente en el periódico un poco más de información, sin embargo no halló nada más. Se sentó a beber un poco de jugo en la alfombra, intranquila, esperaba que al menos el hecho de estar aislados les significara seguridad.


Abrió el libro de cuentos, recorriendo con sus manos abiertas las páginas amarillentas y tersas, disfrutando el olor a papel antiguo que le era tan familiar. La hoja izquierda estaba embellecida por un dibujo caprichoso de colores penetrantes, de ondas y espirales finas. La bella retrocedía asustada ante la figura contundente y tosca de la bestia, que se erguía frente a ella, mostrando garras y dientes, como un lobo que fuera a comérsela. Hermione sonrió, al recordar la historia completa, al imaginar en su mente el cuerpo enorme de la bestia replegándose con mansedumbre de cordero ante la caricia de Bella.

-¿Cuen…tos?- Tartamudeó una voz despectiva a sus espaldas, al darse la vuelta su mirada tropezó con los ojos alargados de Snape.

Eres muy grande para eso ¿no crees? Quién lo diría, la sabia de Gryffindor entreteniéndose con historias infantiles.

-Los cuentos contienen cierta psicología implícita profesor.

No me digas.

El hombre alzó las cejas, irónico.

-Por ejemplo éste, la bella y la bestia, es un clásico, quizás lo haya oído nombrar.

En el fondo Hermione no esperaba ni remotamente que ese hombre tan frívolo y seco estuviera mínimamente interesado en esa clase de historias o las conociera siquiera de oídas.

-El príncipe es convertido en bestia por una bruja y…

El pocionista hizo una ademán de desinterés con la mano, dándole a entender que quería se callara.

Hermione suspiró, volviendo su atención al dibujo, en el que la bestia pelaba sus colmillos agresivos. Y pensó en Snape.


Granger recogía los pedazos de vidrio del suelo, uno le había rasgado un poco la mano, haciéndola sangrar. De nuevo el oclumante le había lanzado la bandeja al piso, la comida que se había tardado tanto en preparar estaba regada por el suelo. El plato y vaso se habían quebrado al caer y sus fragmentos tapizaban la habitación. Hermione levantaba el desastre sin quejarse, sin reclamar siquiera al hombre que la observaba desde la cama con un gesto altivo de satisfacción malsana.

Presentía que pronto iba a alcanzar su límite: Comida desperdiciada todos los días, insultos, muecas y recientemente había tirado el café o los frascos de la medicina en las sábanas o en la alfombra para que ella tuviera que lavarlas, le rompía las cartas que le llegaban y rasgaba el periódico para que no pudiera leerlo, lo único que Hermione había conseguido poner a salvo era aquel libro prestado de la biblioteca. Si las cosas continuaban así terminaría explotando en contra del hombre, sin embargo ponía empeño en contenerse, Harry le pedía en cada carta que lo tratara bien, y ella lo hacía haste el punto en que su paciencia y su estoicismo se lo permitían.

Cuando terminó de limpiar se sentó en el suelo desnudo (la alfombra estaba secándose en el patio) a intentar leer los retazos que le habían quedado de la carta de Harry. Al mediodía cocinó un estofado que el oclumante tiró al piso otra vez sin siquiera probarlo.

Antes de que oscureciera bajó a lavar el nuevo juego de sábanas que el profesor había empapado de té, el cielo estaba cubierto por unas nubes rebosantes y oscuras que impedían con su muralla etérea el reflejo de algún rayo solar.

El viento frio le volaba el cabello, a lo lejos, en la bóveda del cielo nacía un rayo, una inmensa serpiente de luz, deslizándose entre el aire embravecido. Pensó en lo que haría con las sábanas recién lavadas, temiendo que fueran a salir volando empujadas por el céfiro y terminaran en el lodo. Las tomo entre sus brazos, mojándose un poco con ellas, para introducirlas en la casa y tenderlas en la sala vacía. Caminó hasta la puerta que daba hacia el interior y tras el vidrio descubrió la cara sombría de Snape que la observaba con sorna, su inusitada presencia en la cocina la hizo preocuparse. Quiso abrir la puerta y notó con desesperación que le habían echado el cerrojo desde dentro.

-¡Profesor Snape!-Gritó golpeando en el vidrio con una mano extendida mientras con la otra sostenía las sábanas húmedas.- ¿podría abrir la puerta por favor?

La sonrisa despectiva del oclumante aumentó su aprehensión.

-Señor parece que va a llover.- Decía la joven detrás del vidrio, con el pelo azotándole en la cara y el cielo reventando en explosiones de luz tras ella.

Eso parece Granger.

-Ábrame por favor.

-No.-Dijo con una voz demasiado firme y terminante, tan grave como había sido en el pasado.

Granger se mantuvo junto a la puerta, el hombre se fue de la cocina, dejándola sin esperanzas de entrar, hasta que él se dignara a volver y correr el pasador. Hermione observó con impaciencia como la lluvia se desencadenaba poco a poco y lo que inició como una ínfima gota en su frente terminó convirtiéndose en una lluvia constante y generosa, que arrancó hojas de los árboles y convirtió la tierra suelta del patio en un lodazal.

Los gritos de la muchacha llegaban hasta el hombre que estaba en la sala leyendo un libro, sentado en las escaleras. Se asomó con curiosidad para verla mojándose bajo la tormenta incesante, con el pelo pegado a la cara, escurriéndole, con unas sábanas en las manos que parecían un fantasma enredado en sus brazos.

-Profesor, por favor…déjeme entrar, hace frio.

El hombre sorbía un café con toda tranquilidad y le sonreía cínicamente.

¿En serio Granger? Creo que es mejor que te quedes allí, con esos zapatos sucios vas a manchar el piso.

-¡Por Merlín profesor Snape!

Con su permiso Granger.

Se giró lentamente, con una elegancia afectada y enfadosa que hizo enfurecer a la joven, quien golpeó y pateó la puerta inútilmente, mirando hacia el cielo hostil, con una sensación de vulnerabilidad e impotencia que le provocaba ganas de echarse a llorar allí, tal como estaba. Harta ya de esperar se sentó en suelo de fango, mirando la desfragmentación de las gotas al quebrantarse al final de su larga caída. La tormenta empeoró eventualmente obligándola a envolverse en las sábanas mojadas, como en una mortaja o en un capullo de larva. La lluvia se fue fatigando, caía lánguidamente, formando honditas expansivas en los charcos. Al final cuando el cielo pareció aliviado la puerta se abrió.

Granger temblaba en el umbral de la puerta, envuelta en su manto blanco y empapado como una virgen nómada, sin decidirse a pasar, mirándolo desconcertada.

¿Qué pasa prefieres dormir afuera? Porque si es así…

-¡No!-Se metió en la casa rápidamente enlodando el piso con sus zapatos llenos de fango.

Espero que limpies eso Granger.

La muchacha lo observaba apretando los labios.

El hecho de que en estos momentos luzcas como una vagabunda no significa que vayas a portarte como una.

La Gryffindor extendió las sábanas sobre las sillas y se quitó el calzado, dejándolo en un rincón. Notó la presencia de la lechuza del ministerio, tenía las alas mojadas y las extendía inflando su pecho, con los ojos descomunales y amarillos fijo en la muchacha.

-¿Orestes?

El oclumante giró la cabeza hacia ella, mientras sorbía el café.

Llegó tu correspondencia Granger.

La muchacha se animó un poco con la noticia.

-¿Y dónde está?

La vista del hombre se dirigió hacia un cesto de basura que había cerca de la mesa, la joven entendiendo rápidamente se abalanzó a sacar los pedazos de papel rasgado, el desencanto se avivó en su cara cuando vio el nombre de Ron en uno de los sobres, la carta que había contenido estaba cortada en pedazos tan pequeños que era completamente ilegible, Snape había dejado el sobrecito relleno de confeti de pergamino.

Unos ojos enardecidos y húmedos buscaron el rostro del hombre.

Y pensar que aún con su retrasoWeasley te escribió cinco páginas, lástima.

Granger lo observaba, reteniendo en el pecho un enojo virulento e hinchado, se leía en su cara claramente el deseo apenas contenido de insultarlo y darle una bofetada. Tomó los trozos de sus cartas apresuradamente, con violencia y salió corriendo hacia el segundo piso, con los ojos mojados.

Abrió la puerta sin tocar, Granger estaba sentada en el suelo, frente a una hilera de papeles rotos, giró su cara húmeda para verlo, sus ojos enrojecidos parecían atravesarlo, fijos en él como clavos.

¿Qué ocurre Granger? ¿Estás enojada?

La muchacha torció la boca y giró la cara hacia otro lado. El cinismo que tenía el hombre la irritaba aún más, la expresión casi satisfecha que encontraba en Snape, mientras lo veía acostarse en la cama.

-Usted ha sido…se ha portado como un…

Como un ¿qué? Granger.

-Usted es un enfermo.- Le dijo la joven con una mezcla de compasión y odio que no agradó nada al oclumante.

-Y tú una imbe…becil.- Le irritaba no haber logrado insultarla de corrido.

En lugar de estar perdiendo tu improductivo tiempo en importunarme deberías ir a limpiar la porquería que dejaste en el piso de abajo.

La muchacha se levantó, sin quitarle de encima una mirada filosa y al salir dio un portazo violento.


Ron siempre estuvo en lo correcto, Snape es un idiota. Sé que es importante para ti, pero Harry, ese hombre no tiene nada que ver conmigo, es decir, ya no lo soporto más. El otro día traté de cambiarle los vendajes y me aventó las manos con una cara de asco que, bueno ¿Tú crees que de verdad le causo repulsión Harry?

Cuando estoy cerca de él siento que hago todo mal, no sé. Cuando me mira así, con esa expresión altanera que tú conoces mejor que nadie, siento que soy una tonta, que sigo siendo la misma niña inmadura alzando la mano en la clase de pociones.

Es como si estuviera haciendo algo inapropiado todo el tiempo, como si mi sola presencia le resultara ofensiva.

Créeme que he tratado de ser paciente, pero a veces él resulta nefasto. Sé que para ti él es un buen hombre, o al menos que alguna parte de él aún vale la pena, sin embargo es difícil recordar eso después de recibir tantos desaires suyos. Además Harry, debes tomar en cuenta que yo no he visto lo que tú, para mí, él es la misma persona que mató a Dumbledore, yo no puedo ver el otro lado de esta luna ¿me entiendes? No puedo hasta que tú me lo muestres.

Por favor, la próxima vez que me escribas pon un hechizo en el papel, para que Snape no pueda romperlo, como hizo con tu última carta, que no pude leer.

Te quiere y te extraña Hermione J. Granger

Hola! ¿Qué les pareció?

Gracias a todas las que han dejado sus comentarios, los he leído y los aprecio mucho. Por favor dejen review, con tomatazos y todo.

Saludos